sábado, 29 de agosto de 2026 La Degollación de San Juan Bautista

La Iglesia infiltrada (y 3): comunismo, marranismo, jesuitas y modernismo

3. Las cuatro corrientes y la mayor victoria

Tema: Que la masonería no es la única causa —concurren el comunismo, la corriente talmúdica y la dinámica de los jesuitas—, que la raíz es el marranismo y la enfermedad el modernismo, y por qué el Vaticano II fue la mayor victoria de dos mil años de conjura. Interlocutores: Ricardo y Damián Viene de la segunda parte.


[Sigue la misma tarde. Han pasado de las once. Miguel ha guardado el cuchillo y se ha ido a acostar; Asunción duerme en el banco del fondo y nadie la despierta. Tomás Mendoza ha echado el último tronco grande y se ha vuelto a sentar en el suelo. Damián se ha quitado la chaqueta y la ha puesto sobre el respaldo. Ricardo ha abierto el cuaderno por otra página.]

9. La segunda vía: Bella Dodd y los mil

DAMIÁN. — Concedamos, por hipótesis, la mitad de lo que dices sobre la masonería. Sigue siendo una sola causa. Y en tu cuaderno hay cuatro. Eso es lo que me hace desconfiar: el que tiene un solo enemigo puede tener razón; el que tiene cuatro está construyendo un mundo.

RICARDO. — Es la objeción justa y te la voy a contestar con precisión, porque yo tampoco creo que la masonería lo explique todo. Si me oyes decir que la crisis de la Iglesia es obra de la masonería, has entendido mal lo que sostengo.

DAMIÁN. — Explícate.

RICARDO. — Hay una enfermedad y hay unos vectores. Los vectores son varios y actúan a la vez. Empecemos por el segundo, que es el más fácil de documentar. Bella Dodd, alto cargo del Partido Comunista de los Estados Unidos, convertida al catolicismo, declaró públicamente haber enviado ella misma más de mil jóvenes a los seminarios católicos para que, una vez ordenados, trabajaran por destruir la Iglesia desde dentro. Y dijo a finales de los años cuarenta que algunos de aquellos hombres ya eran obispos.1

DAMIÁN. — Es un testimonio, no un archivo. Y hay quien duda de las cifras.

RICARDO. — Con razón, porque una mujer que declara ante un comité no lleva la contabilidad encima. Pero mira lo que pides otra vez: el archivo. Un partido que entrena agentes para infiltrar seminarios no publica su registro de agentes en seminarios. Si el criterio de prueba que exiges es el documento interno del que se oculta, has decidido de antemano que la infiltración nunca podrá probarse; y eso no es un método, es la conclusión disfrazada de método. En historia las conjuras se prueban por lo que dejan: testimonios convergentes, efectos anómalos y admisiones del adversario. Tú aceptas eso para el motín de Aranjuez y lo rechazas solo aquí.

DAMIÁN. — Digamos que lo acepto. ¿Qué relación tiene el comunista con el masón? Son enemigos entre sí. En España se degollaron.

RICARDO. — Se degollaron, y con una saña que no se emplea contra un extraño. El Partido Comunista exterminó al POUM de Andreu Nin, y a Nin lo torturaron hasta matarlo; el relato que corrió, y que viene de quien fue ministro comunista en aquel gobierno, es que lo despellejaron vivo.2 Y lo de mayo del treinta y siete en Barcelona, comunistas contra la CNT, fue una guerra civil dentro de la guerra civil. Pero fíjate en qué clase de matanza es esa. No es la de dos ejércitos extranjeros: es Caín y Abel, que es el estilo de la casa. Los que más se persiguen entre sí son siempre ellos.

DAMIÁN. — Y aun así los pones del mismo lado.

RICARDO. — Los pongo como hermanos, que es distinto y es peor. Hermanos en lo que buscan: los dos quieren acabar con el Antiguo Régimen, y a los dos los maneja el mismo Poder — y no me refiero solo a Satanás, que a ese lo dejo para el final de la noche. Mira lo que hacen juntos sin ponerse de acuerdo: los dos necesitan lo mismo, que es un clero que deje de creer en lo sobrenatural. Al comunista le sirve un cura que reduzca el Evangelio a justicia social; al masón le sirve un cura que reduzca el dogma a símbolo. Los dos empujan al mismo hombre en la misma dirección, y ese hombre no tiene por qué saber que lo empujan dos. Lo verás mejor dentro de un momento.

10. La raíz: el marranismo español

DAMIÁN. — Ahora viene la parte que no te voy a dejar pasar. En tu cuaderno hay judíos. Y ahí, Ricardo, se acabó la conversación erudita: eso tiene un nombre y es antisemitismo, con toda su historia detrás.

RICARDO. — Fíjate en lo que acabas de hacer: has pronunciado un nombre y has dado la conversación por terminada. Y eso me deja pensando. ¿La posición de los judíos no se puede defender con argumentos, y por eso hay que defenderla con una etiqueta? Porque una tesis que solo se sostiene impidiendo que se discuta es una tesis en muy mal estado.

DAMIÁN. — No es eso, y lo sabes.

RICARDO. — ¿Lo sé? No, mira: lo que sé es que eso de acusar de «antisemitismo» a cualquier argumento que no cuadre con el Guion me parece simplemente un intento de imponer ideas desde el poder. Por fortuna, como no estamos en Alemania, me puedo permitir enumerar unos meros hechos históricos, y tú te vas a tener que limitar a valorarlos como verdaderos o falsos, sin poder enviarme a la Policía del Pensamiento.

DAMIÁN. — No bromees con cosas serias.

RICARDO. — Yo nunca bromeo, ni con la libertad de conciencia ni con la verdad.

[Ricardo respiró profundamente y se alisó el pelo, como si estuviera recuperando la tranquilidad antes de seguir.]

RICARDO. — En fin, te explico mi posición al respecto: Sostengo que existe una corriente doctrinal — no una raza, y menos una raza semita — que es la del judaísmo posterior al Templo, el judaísmo rabínico construido sobre el Talmud, que se define a sí mismo por el rechazo de Jesucristo, a quien etiqueta de falso Mesías; y que esa corriente, en un momento y en un lugar precisos, entró en el cuerpo de la Iglesia por una puerta muy concreta. Ese momento es España, y esa puerta se llama marranismo.

DAMIÁN. — Los conversos.

RICARDO. — Los conversos que seguían siendo talmudistas en secreto. Y para evitarnos un debate estéril, en vez de mis fuentes de verdad, que serían Pinay y los suyos, voy a usar a un autor perfectamente aceptable y políticamente correcto: Cecil Roth, que fue un judío observante toda su vida, profesor en Oxford y en Jerusalén y editor en jefe de la Enciclopedia Judaica desde 1965 hasta su fallecimiento en 1970. Su Historia de los marranos es una de las referencias más seguras sobre el tema.

DAMIÁN. — Roth es un historiador de primera fila. Lo acepto.

RICARDO. — Claro, ya te dije que es políticamente correcto. Pero escucha lo que escribe. Que tras las conversiones masivas en tiempos de los Reyes Católicos, «las universidades y la misma Iglesia se vieron pronto abarrotados por los recién convertidos, de sinceridad más o menos dudosa, o por sus inmediatos descendientes», y que los más ricos se casaron con la más alta nobleza. Que en Valencia había una iglesia donde los marranos —así los llama él, y los define como «falsos cristianos, interiormente judíos»— enterraban a los suyos: fingían el rito cristiano, iban en procesión con el ataúd cubierto de un paño de oro y una imagen de San Cristóbal delante, y después, en secreto, lavaban el cuerpo y lo enterraban según sus propios ritos. Que en Barcelona, cuando un marrano decía «vamos hoy a la iglesia de la Santa Cruz», se refería a la sinagoga clandestina, que se llamaba así.3

DAMIÁN. — Es historia conocida. El criptojudaísmo existió.

RICARDO. — Existió, y la tesis de Roth es bastante más fuerte que eso: no que hubiera criptojudíos entre los conversos, sino que la mayoría de los conversos lo eran. Esa es su tesis, no la mía, y por tanto no es catalogable de «antisemita».

[Damián fue a decir algo, pero Ricardo continuó sin tomar aire.]

RICARDO. — Espera, que Roth sigue, y es él quien hace la lista, no yo. Juan de Torquemada, cardenal de San Sixto, de inmediata ascendencia judía — y aclara que no hay que confundirlo con el inquisidor. Hernando de Talavera, arzobispo de Granada. Alonso de Oropesa, general de la Orden de los Jerónimos. Juan Pacheco, marqués de Villena y Gran Maestre de Santiago, y su hermano Pedro Girón, Gran Maestre de Calatrava, con un tío arzobispo de Toledo. Y la frase que cierra: «Siete, por lo menos, de los principales prelados del reino tenían sangre judía.»4

DAMIÁN.(despacio) Y tú de ahí sostienes…

RICARDO. — Sostengo que en ese momento entró en el cuerpo de la Iglesia, junto con algunas conversiones sinceras que dieron también santos, un método: el de la fe fingida. Un hombre que durante tres generaciones ha aprendido a decir el credo en la calle y a rezar otra cosa en su casa, que camina en la procesión de San Cristóbal pensando en otro entierro, que llama a la sinagoga «iglesia de la Santa Cruz» — ese hombre ha desarrollado una destreza que antes no existía en la cristiandad: la de habitar la Iglesia sin creer en ella. Y esa destreza, una vez inventada, se transmite y se aprende. No por la sangre: por aprendizaje y práctica.

DAMIÁN. — Estás describiendo la simulación religiosa como técnica.

RICARDO. — Como técnica, exactamente. Y por eso la llamo raíz. Herejes ha habido siempre, desde el primer siglo; el Apóstol ya avisaba de los lobos. Pero el hereje antiguo se iba, o lo echaban: Arrio predicaba a la luz del día, Lutero clavó sus tesis en una puerta. Lo que aparece en la España del cuatrocientos es el modelo del hombre que no se va: que discute, transige, firma, sube y permanece dentro toda su vida sin creer una palabra. Ese es el molde de todos los infiltrados posteriores, sean de la logia, del partido o de la cátedra de teología. El marranismo no es el enemigo: es la escuela donde el enemigo aprendió a quedarse.

DAMIÁN. — Y los estatutos de limpieza de sangre, que aprobaron Pablo III y Pablo IV, ¿los defiendes?

RICARDO. — Explico su lógica. Fueron un recurso desesperado para frenar el marranismo, y hay que entenderlos así: no salieron del odio, salieron del apuro de quien ve el problema encima y no acierta con la herramienta. Porque puedes condenar al hereje que publica sus herejías, pero al hereje que calla y que afirma creer no puedes hacerle nada. Y al hacerlo se cometieron injusticias contra cristianos sinceros, como Santa Teresa, que tuvo que dar explicaciones ante la Inquisición; y como la Inquisición siempre fue un tribunal que buscaba sinceramente la verdad, creyó a Teresa.

DAMIÁN.(tras una pausa) Sin duda, la Inquisición fue un tribunal de misericordia que buscaba la Verdad.

RICARDO. — Por eso ni los Estatutos (las genealogías familiares tenían límites técnicos) ni la Inquisición lograron gran cosa con el marranismo. Y la cuestión continuó medio milenio sin confrontaciones directas, como ocurrió con otras herejías (la arriana, la cátara o la protestante). Pero, sin confrontaciones directas, sí hubo una serie de escaramuzas y «cambios». Fue un proceso muy relacionado con los jesuitas (o con la persecución antijansenista) primero, y luego con las corrientes subterráneas del modernismo en los dos últimos siglos.

[Ricardo se interrumpió y miró a Damián, que escuchaba en silencio con la cabeza baja.]

RICARDO. — Es una corriente subterránea que sobrevive y madura. Y si quieres el eslabón hasta hoy, ahí lo tienes: la corriente talmúdica no se ha ido a ninguna parte, y en el Vaticano II consiguió por primera vez que un texto firmado por un Papa reformulara la relación entre la Iglesia y la sinagoga en términos que ningún Padre habría reconocido. Eso lo hemos discutido otras veces y no toca esta noche.

11. El vector: la dinámica de la Compañía

DAMIÁN. — Falta la cuarta pieza de tu cuaderno, y es la que más me duele porque yo enseño en una casa que fue suya. Los jesuitas.

RICARDO. — Aquí quiero ser cuidadoso, porque la Compañía dio mártires en el Japón y en Inglaterra, dio a Belarmino y a Suárez, y sostuvo la contrarreforma entera. No estoy diciendo que la Compañía sea una conjura. Estoy diciendo que tiene una dinámica que la convierte en el mejor vehículo que existe para lo que estamos hablando, y por eso siempre aparece.

DAMIÁN. — ¿Qué dinámica?

RICARDO. — La de la obediencia sin contenido. Toma la máxima de los Ejercicios sobre la pared negra: lo que a mí me parece blanco, lo creeré negro si la Iglesia jerárquica así lo determina. Como acto de humildad ante el Magisterio de siempre, es heroico. Pero conviértelo en método de gobierno y dime qué queda cuando la jerarquía que manda ya no enseña lo de siempre: queda un cuerpo disciplinadísimo, internacional, con las mejores cabezas de la Iglesia, entrenado durante siglos para obedecer contra su propio juicio. Es decir, el instrumento perfecto. No hace falta infiltrar a diez mil jesuitas: basta con controlar el vértice, y el resto obedece por virtud.

DAMIÁN. — Eso es una caricatura de la obediencia ignaciana.

RICARDO. — Puede ser, y admito la corrección. Pero mira los nombres y dime si es caricatura. En el Concilio, el cardenal Bea, jesuita, confesor de Pío XII y después motor del decreto sobre los judíos. Rahner, jesuita, el teólogo que reescribe la relación entre naturaleza y gracia de tal modo que ya no se ve para qué hace falta la Iglesia. Caprile, jesuita, en Ariccia y en La Civiltà Cattolica explicando que uno puede afiliarse según su conciencia. Y en España, el padre Ferrer Benimeli, jesuita, catedrático, fundador y presidente durante veintiséis años del Centro de Estudios Históricos de la Masonería Española.

DAMIÁN. — Ferrer Benimeli es un historiador respetado. Hace historia académica de la masonería, no apología.

RICARDO. — Es un historiador respetado, y lo es tanto que hasta los autores católicos que escriben contra la masonería dependen de él: Bárcena lo cita más de veinte veces y lo llama el experto prudente. Eso es lo que quiero que veas. No estoy diciendo que sea masón; no tengo ni un indicio y no lo diré nunca. Estoy diciendo algo más raro: que un sacerdote de la Compañía llegó a ser, durante cuarenta años, el historiador del que dependen las dos partes. Y De la Cierva, que era catedrático de Historia Contemporánea y no un panfletista, escribió en el ochenta y siete que aquellos simposios eran «una nueva tenida histórico-masónica organizada por el jesuita Ferrer Benimeli», documentó el encuentro de Córdoba de junio de aquel año con sesenta y siete participantes entre profesores marxistas y jesuitas, observó que el tono «no era precisamente hostil, ni siquiera crítico, hacia la masonería», y concluyó: «Socialistas, jesuitas y masones; no es un invento de la propaganda ultra, sino un hecho real y creciente5

DAMIÁN. — Un congreso académico no es una tenida.

RICARDO. — Formalmente no. Pero fíjate en lo que sí es: el sitio donde el estudio de la masonería queda en manos de quien la trata con simpatía, bajo el patrocinio de los partidos que la masonería sostuvo, y con un sacerdote presidiendo. En cuatro décadas, eso hace algo que ninguna logia habría podido hacer por sí sola: vuelve inculto hablar mal de las logias. Y eso vale más que diez infiltrados.

DAMIÁN. — Todos tus nombres son del siglo XX. La Compañía tiene cuatro siglos y medio por delante de eso.

RICARDO. — Los tiene, y por eso la dinámica no me la invento yo esta noche. Vuelve al punto de antes, el de los conversos. La Compañía fue la orden que les abrió la puerta de par en par, y eso empieza en el fundador: Ribadeneira cuenta que San Ignacio dijo en la mesa que tendría por gracia de Dios venir de linaje judío, y que al preguntarle por qué contestó: «¡Cómo! ¿Poder ser hombre pariente de Cristo nuestro Señor y de nuestra Señora la gloriosa Virgen María?»6 Su sucesor, Diego Laínez, segundo general de la Compañía, era de ascendencia conversa. Y la puerta no la cerró la Compañía por convicción propia: oficialmente la cerró en mil quinientos noventa y tres, cuando las leyes de limpieza de sangre se lo impusieron desde fuera, y con la oposición de algunos de sus mejores hombres.7

DAMIÁN. — Lo cuentas como un reproche y a mí me parece un mérito.

RICARDO. — No es ni un reproche ni un mérito: es una constatación. Y otra constatación: la supuesta orden obediente al papado no solo fue condenada en algunas cosas, sino finalmente disuelta durante casi medio siglo. Pero sobre todo, y más allá de las condenas, es que, como una finísima grieta, filtró todo aquello que luego constituyó la base del modernismo. Y si quieres el efecto doctrinal, no lo busques en el siglo XX: te puedo dar seis ejemplos de lo que hizo la Compañía cuando estaba en su mejor momento.

DAMIÁN. — Te escucho. Enumera.

RICARDO. — La primera, la guerra contra San Agustín con el pretexto del jansenismo, que acabó dejando la doctrina de la gracia del mayor Doctor de Occidente bajo sospecha de herejía. La segunda, haber difundido el bautismo de deseo entre el pueblo llano a través de sus catecismos populares — una materia que el Catecismo Romano reserva a la instrucción del párroco y no manda predicar a los fieles.8 La tercera, una moral de manga ancha frente al rigorismo jansenista: el laxismo, con el probabilismo por armazón teológica, que los adversarios llamaron casuismo, o directamente jesuitismo, y no sin razón. La cuarta, su actitud en China, a medio camino entre el diálogo actual con otras religiones y la aculturación pura y dura, hasta el punto de ser condenada por Roma. La quinta, el poco valor dado a la perfección evangélica de la pobreza, hasta el punto de crear un verdadero imperio económico. Y la sexta, la defensa de un poder papal tan alto que acabó confundiéndose con un poder total: capaz no ya de custodiar la Tradición, sino de juzgarla y reinterpretarla.

DAMIÁN. — De las seis, la última me parece francamente injusta. Los ultramontanos defendían al Papa frente al Estado liberal que lo estaba despojando de todo.

RICARDO. — Defendían el poder temporal del papado. Cierto. Pero mira qué queda de aquel edificio cuando cambia el inquilino. Levantaron una doctrina del poder papal tan amplia que servía para cualquier contenido, y la dejaron construida y amueblada para el que viniera detrás. Cuando llegó quien quería cambiar la doctrina, no tuvo que discutir con la Tradición: le bastó invocar el poder que aquellos habían magnificado precisamente para defenderla. Y ese es el patrón de las seis: no una herejía proclamada desde un púlpito, sino una puerta que se deja abierta — en un manual de mano, en un tratado de moral, en una teoría del poder — y que tres siglos después está en todas partes sin que nadie recuerde de dónde salió. Desde Juan XXIII, los llamados papas manipularon sin pudor toda la tradición, y cuando alguien lo cuestionaba el argumento era «lo ha dicho el papa», como si hubiera alguien por encima del depósito de la fe y la tradición.

12. Lo principal: el modernismo

DAMIÁN. — Llevamos dos horas y sigo en lo mismo: masones, comunistas, marranos, jesuitas. Cuatro. Es demasiado. Guillermo de Ockham te diría que no multipliques los entes.

RICARDO. — Y Ockham tendría razón si yo estuviera poniendo cuatro causas. No las pongo. Pongo una enfermedad y varios vectores, y ahora te digo cuál es la enfermedad, que es lo que llevo toda la noche queriendo decirte: lo principal no es la masonería. Lo principal es el modernismo.

DAMIÁN. — Pues sí, es realmente la enfermedad.

RICARDO. — Porque el modernismo no es una herejía, sino una actitud que lleva a todas las herejías. El modernismo es la antitradición: es lo que ocurre cuando el dogma deja de entenderse como la formulación de una verdad recibida y pasa a entenderse como la expresión, siempre provisional, de una experiencia religiosa. Cuando eso se admite, ya no hace falta negar nada: todo se puede seguir diciendo, con las mismas palabras, vaciado por dentro. Se puede recitar el credo entero sin creer una sola de sus proposiciones, porque las proposiciones han pasado a ser símbolos de una vivencia. Es exactamente el mismo mecanismo del INRI del grado dieciocho: la palabra se queda en la pared y el contenido se sustituye.

DAMIÁN. — Esa es la definición de Pascendi.

RICARDO. — Esa es. Y lo que San Pío X dice de los modernistas es lo que llevo toda la noche intentando que oigas: que los partidarios del error no están «entre enemigos declarados», sino que —y son sus palabras— «cosa muy de lamentar y temer, se ocultan en el seno mismo y gremio de la Iglesia, siendo enemigos tanto más dañosos cuanto menos lo parecen».9 Un Papa, en una encíclica, en mil novecientos siete, describiendo una infiltración. Cuando yo digo esto me llamas conspiranoico. Cuando lo dice él, ¿qué es?

DAMIÁN. — Es un diagnóstico de época.

RICARDO. — Es un diagnóstico, y es el diagnóstico correcto. Y ahora une las piezas, que es lo único que te pido esta noche. El modernismo es la enfermedad: vacía las palabras. La masonería es un vector: aporta la doctrina — el naturalismo, el relativismo, la fraternidad sin fe — y aporta el prestigio social de decirla. El comunismo es otro vector: aporta cuadros y aporta la reducción del Evangelio a política. La corriente talmúdica aporta la técnica de habitar el cuerpo sin ser de él y una hostilidad de dos milenios. Y la Compañía aporta el vehículo: disciplina, internacionalidad y las mejores cabezas.

DAMIÁN. — Sigues necesitando que todo eso vaya junto.

RICARDO. — No lo necesito. Y ese es el último punto.

13. Por qué no hace falta un comité central

RICARDO. — Tú imaginas que para sostener lo que sostengo hace falta un sótano con una mesa, y unos señores repartiéndose el trabajo: tú los seminarios, tú la liturgia, tú la prensa. Y como eso es inverosímil, descartas el conjunto.

DAMIÁN. — Exactamente eso.

RICARDO. — Pues no hace falta nada de eso, y de hecho no funcionaría. Piensa en cómo actúan realmente los enemigos de una cosa. No necesitan coordinarse: les basta con querer lo mismo. Tres hombres que odian el mismo muro no tienen que reunirse para empujarlo; empujan, y el muro cae. Y si además uno de ellos sabe qué hacen los otros y aprovecha, mejor para él, pero no era necesario.

DAMIÁN. — Eso es una convergencia de intereses, no una conspiración.

RICARDO. — Son las dos cosas, y aquí está la clave: hay convergencia abajo y hay unidad arriba. Abajo hay numerosos solapamientos. Por ejemplo, tanto el comunismo como la masonería tienen una raíz talmúdica muy clara. Y en el comunismo y la masonería hay una exaltación del hombre hasta su práctica divinización. Por otra parte, los jesuitas son padres de la teología de la liberación, y la implicación de numerosos jesuitas en la masonería tampoco es dudosa. Además, parten del rechazo de Jesucristo, que es constitucional en el talmudismo. El comunismo es el mayor asesino de cristianos de la historia (el número es incalculable, pero por encima de 50 millones). Y en la masonería, el odio a Cristo, lo llaman luciferismo. Y luego, el solapamiento público más claro está en el rechazo del Antiguo Régimen, es decir, en el rechazo y destrucción de la cristiandad.

DAMIÁN. — ¿Y arriba?

RICARDO. — Arriba está lo que has admitido hace tres horas: una inteligencia que odia, que planea, que no muere y que dispone de todos ellos sin que ninguno lo sepa. Eso es lo que hace de esto una conspiración y no una casualidad, y es lo que ninguna investigación histórica podrá nunca ni probar ni refutar, porque el sujeto no está en los archivos. Ahí está la razón última de que tú y yo no podamos ponernos de acuerdo con documentos: tú buscas al director de orquesta entre los músicos.

DAMIÁN. — Y tú lo pones donde no puede ser contradicho.

RICARDO. — Lo pongo donde lo pone San Pablo. Principados y potestades. Si tú crees en eso los domingos, no puedes reírte de eso los lunes. Y la prueba de que la orquesta existe no es el director: es la partitura. Cuando cuatro corrientes que se odian entre sí, en cuatro países distintos y en cuatro lenguas, producen a la vez el mismo efecto — un clero que deja de creer en lo sobrenatural — el que tiene que dar explicaciones no soy yo. Es el que dice que sonó por casualidad.

14. La mayor victoria

DAMIÁN. — Terminemos, que es tarde y mañana quiero bajar si abren la pista. Dime en una frase adónde va todo esto.

RICARDO. — Va a mil novecientos sesenta y cinco.

DAMIÁN. — Ya estamos.

RICARDO. — Damián, la conspiración contra la Iglesia tiene dos mil años. Empezó un viernes, cuando completaron una conspiración para asesinar a un inocente, y continuó cuando los príncipes de los sacerdotes pusieron guardias en el sepulcro y pagaron a los soldados para que dijeran que el cuerpo lo habían robado. Ahí tienes la primera operación de desinformación de la historia, financiada, con testigos comprados y con una versión oficial que San Mateo dice que «se ha divulgado entre los judíos hasta el día de hoy».10 No empezó con Adam Weishaupt.11 Empezó con dinero y una mentira pagada, tres días después de la Cruz.

DAMIÁN. — Y en dos mil años no ha conseguido nada.

RICARDO. — En dos mil años no consiguió nada. Ese es el punto. Lo intentó todo. Diocleciano quemó a los cristianos y la Iglesia creció. Arrio se llevó a casi todo el episcopado y la Iglesia lo escupió en Nicea. El islam se llevó media cristiandad a hierro. Lutero partió Europa. La Revolución guillotinó a los sacerdotes en la plaza pública. Las logias del diecinueve tomaron todos los gobiernos de Occidente y León XIII les respondió con quince encíclicas. Los comunistas mataron más católicos en cincuenta años que todos los emperadores romanos juntos. Y en cada una de esas veces la Iglesia salió con menos hombres y con la doctrina intacta. Ni un dogma cedido. Ni una coma.

DAMIÁN. — ¿Y?

RICARDO. — Y entonces, en tres años, sin un mártir, sin un edicto, sin una persecución, con las puertas abiertas y los micrófonos encendidos, se consiguió lo que no habían conseguido veinte siglos de hierro: que la propia autoridad de la Iglesia enseñara a los católicos que el musulmán adora al mismo Dios, que el Estado no tiene que reconocer a Cristo, que la Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia católica en vez de ser la Iglesia católica, y que la salvación no exige entrar en ella. Y después, para rematar, se les cambió la misa.

DAMIÁN. — Esa es tu lectura de los textos, y yo la disputo.

RICARDO. — La disputas, y esta noche no vamos a resolverlo. Pero no me discutas lo otro, que no es teología sino aritmética. Cuenta los seminarios. Cuenta las órdenes religiosas. Cuenta cuántos católicos de tu país creen hoy en la presencia real, y cuántos se confiesan, y cuántos han bautizado a sus hijos. Ninguna persecución de la historia produjo esas cifras. Diocleciano no las produjo. La Revolución no las produjo. Ni siquiera Stalin las produjo: en Rusia la fe salió del gulag maltrecha, pero salió. Aquí no ha salido, porque aquí no ha habido gulag: ha habido una catequesis.

DAMIÁN. — Estás midiendo la fe con estadística.

RICARDO. — Estoy midiendo el efecto, que es el fruto, y no soy yo quien ha puesto ese criterio: «Por sus frutos los conoceréis. ¿Por ventura se cogen racimos de los espinos o higos de los abrojos? Todo árbol bueno da buenos frutos, y todo árbol malo da frutos malos. No puede árbol bueno dar malos frutos, ni árbol malo frutos buenos. El árbol que no da buenos frutos es cortado y arrojado al fuego. Por los frutos, pues, los conoceréis.»12 Y por eso te digo que el Vaticano II fue su mayor victoria — la mayor de dos mil años, sin comparación posible con ninguna otra. Nunca se perdieron tantas almas en tan poco tiempo. Y no se perdieron porque alguien las persiguiera: se perdieron porque se les dijo, desde el púlpito y con autoridad, que ya no hacía falta.

[Un tronco se partió en el fuego y saltaron chispas. Tomás Mendoza, que no había dicho una palabra en toda la noche, se levantó a echar otro. Asunción se había dormido del todo. Miguel dejó el cuchillo sobre la mesa.]

DAMIÁN.(despacio, sin mirarle) Hay un punto de la noche que no puedo contestar, y llevo dos horas dándole vueltas.

RICARDO. — ¿Cuál?

DAMIÁN. — El del satanismo. Me es difícil creer que haya quien le dé culto a Lucifer. Es como la quintaesencia de toda la ideología conspiranoica que rechazo.

RICARDO. — Pues es el más fácil de ver y aceptar. El Talmud construye una religión en cuyo fundamento está el odio a Cristo. Y probablemente lo empezaron a odiar cuando dio a entender que su reino no era de este mundo. Ellos esperan un mesías que les dé el reino de este mundo, y si Cristo fuera el verdadero Mesías prometido su esperanza sería vana. Por eso odian a Cristo y esperan al verdadero Mesías. Un Mesías que demostraría que Cristo es falso. O sea, esperan al Anticristo.

Y la masonería da culto a un Anticristo, a Lucifer. Y Marx, judío y fundador del comunismo moderno, escribió en su juventud poemas de marcado carácter satanista. En uno de ellos, esta estrofa:

«Así he perdido el Cielo, lo sé perfectamente. Mi alma, que antes creía en Dios, está destinada al Infierno.»

Y en cuanto a la masonería hay docenas de testimonios sobre el carácter luciferino de los grados superiores, tantos que ningún investigador serio los niega.13 Y de esa raíz sale lo que de verdad importa: el odio al Crucificado. El odio a la Iglesia, y el odio a la civilización que nació de la fe en Cristo. Un odio que coincide, y esto es lo curioso, con el del comunismo, que se presenta como una ideología materialista y anti espiritual. El mismo odio que es el motor de todo el modernismo. Porque a la postre todos ellos pretenden lo mismo: erradicar a Cristo del corazón del hombre. Una finalidad que solo se ha logrado con creces después de la revolución del Vaticano II. Pero el Vaticano II no nació de la nada: todos los papas de los dos siglos anteriores denunciaron el trabajo en la sombra que acabó dando allí su fruto.

DAMIÁN. — Hasta eso podría aceptarlo, pero… ¿Sabes qué es lo que de verdad me molesta de ti, Ricardo? Que llevo veinte años explicando en clase que la historia no la hacen los complots. Y es verdad, no la hacen. Pero esta noche me has enseñado que yo eso no lo aprendí estudiando. Lo aprendí porque en mi oficio decirlo cuesta la carrera.

RICARDO. — Es cierto, hoy ser conspiranoico cuesta la carrera. Pero reconóceme la contrapartida: no reconocer la conspiración puede costar la fe. Porque para un católico la historia es un combate perpetuo entre los hijos de Caín y los hijos de Abel — la guerra entre dos ciudades nacidas de dos amores, como lo explicó San Agustín: «Dos amores fundaron dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios hizo la terrena, y el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo hizo la celestial.»14

DAMIÁN. — Ya no sé muy bien qué creer.

[Fuera, el viento había amainado. Ricardo cerró el cuaderno y lo dejó sobre los tres libros. Tomás miraba el fuego.]



Notas

De la editorial
Cubierta de Piedrasanta

Piedrasanta

La novela y los diálogos

La novela de la comunidad católica en tiempos de apostasía. — Miguel Echeverría

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