Robert Drinan votó diez años en el Congreso de los Estados Unidos a favor del aborto y de pagarlo con dinero público. Presentarse se lo tenía prohibido su general, y su provincial mintió para cubrirlo; los votos no se los prohibió nadie, y ninguna autoridad lo castigó jamás. Murió con una cátedra a su nombre. Cincuenta años después, la gobernadora de su mismo estado firma el aborto hasta el nacimiento y recibe un comunicado
Hyannisport, verano de 1964
En la finca de los Kennedy en Hyannis Port, Massachusetts, se reúnen un fin de semana de 1964 la familia al completo y un grupo de sacerdotes. El asunto es de una sencillez brutal: cómo puede un político católico votar a favor del aborto sin dejar de llamarse católico.
Los sacerdotes son el moralista Joseph Fuchs, jesuita; Richard McCormick, jesuita; Charles Curran; Giles Milhaven; Albert Jonsen, jesuita entonces; y Robert F. Drinan, jesuita, decano de la Facultad de Derecho de Boston College. Trabajan sobre unos argumentos de otro jesuita, John Courtney Murray: cabe tolerar una ley permisiva cuando reprimirla acarrearía males sociales mayores.
No es reconstrucción de adversarios. Lo cuenta el propio Jonsen, que dejó después el sacerdocio y llegó a catedrático de Ética, en The Birth of Bioethics (Oxford, 2003), p. 292. Testimonio de participante, publicado por quien no lo tenía por escándalo.
De aquel fin de semana salió la fórmula que repetiría media clase política norteamericana durante cuarenta años —personalmente opuesto, legalmente a favor—, y salió con la firma de seis sacerdotes, cuatro de ellos jesuitas.
El decano que quería que la ley callara
En 1967, presidiendo la sección de Derecho de Familia del colegio de abogados norteamericano, Drinan dio a Time la entrevista que fija su posición. No pedía ampliar los supuestos legales del aborto: pedía derogar todas las leyes sobre el aborto, para que —son sus palabras— la ley y la sociedad no se metieran «en el negocio de seleccionar a las personas cuya vida puede terminarse legalmente».
Adviértase la elegancia de la jugada. Un católico que pida legalizar el aborto en cuatro supuestos queda retratado. Un católico que pida que la ley calle se presenta como el más escrupuloso de todos: no aprueba nada, solo se niega a que el Estado ponga condiciones, porque poner condiciones —dirá— sería sancionar el acto. El resultado material es el aborto libre. El resultado formal es un decano de Derecho que no ha firmado nada.
Diez años de votos, y una jerarquía que lo sostuvo
En 1970 se presenta al Congreso. Ricardo de la Cierva lo resume sin adornos: se presentó contra las órdenes del padre Arrupe y «ganó su puesto en el Congreso con el apoyo de protestantes y judíos contra el voto de los católicos de su circunscripción».
Hasta qué punto existió la orden no se supo hasta mucho después. En abril de 2007, el jesuita Paul Mankowski vació el archivo de la provincia de Nueva Inglaterra y redactó un memorándum interno, publicado póstumamente en Jesuit at Large (Ignatius, 2021): el general Arrupe prohibió la candidatura repetidamente, y Drinan y su provincial, William Guindon, se concertaron durante años —con mentiras y evasivas que constan por escrito— para burlar la prohibición. No hubo zona gris: hubo orden, desobediencia y un superior que cubrió al desobediente ante su propio general. Nadie fue sancionado.
Drinan ocupó el escaño de 1971 a 1981. Llegado Roe v. Wade en 1973, defendió la sentencia y votó cuanto ampliaba la licencia, incluida la financiación con dinero de los contribuyentes. Malachi Martin lo llama «destacado adalid del aborto libre»; de la Cierva, en una línea: «votó siempre en favor del aborto». En un foro de su distrito llegó a conceder que el aborto era «infanticidio», sosteniendo a la vez que estaba constitucionalmente protegido; en un debate de la PBS se defendió alegando que había dicho «miles de veces que el aborto es inmoral». Lo había dicho miles de veces y lo había votado cientos.
Y aquí está el nervio, que no está en los votos. Burlada la prohibición, Arrupe no lo expulsó ni lo desautorizó: bendijo la línea entera. «Repudiamos la idea —declaró, contradiciendo la orden explícita de Roma— de que los jesuitas debamos sistemáticamente evitar toda implicación política.» No hubo suspensión a divinis, ni interdicto, ni censura pública. Durante diez años un sacerdote votó el aborto en un parlamento y siguió celebrando la Misa con licencia de sus superiores.
Cuando salió, en 1980, no salió castigado por el aborto. Wojtyła promulgó una norma general —los sacerdotes no ocupan cargos públicos— y esa norma le hizo imposible presentarse. Sin nombres, sin delito y sin pena. Obedeció en veinticuatro horas y fue aplaudido por obediente. Pasó a enseñar Derecho en Georgetown, universidad de la Compañía, hasta su muerte. En 1996 firmó en The New York Times una tribuna contra la prohibición del aborto por nacimiento parcial, agradeciendo a Clinton el veto; el cardenal O’Connor le respondió: «Podía haber alzado su formidable voz por la vida; la ha alzado por la muerte.» Siguió en su cátedra.
Y siguió publicando. En 1985 apareció God and Caesar on the Potomac: A Pilgrimage of Conscience, la recopilación de sus escritos y discursos sobre justicia y paz. La cubierta anuncia quién lo presenta: «Preface by Jimmy Carter, Former President of the United States». El presidente en cuyo mandato transcurrieron los últimos cuatro años de Drinan en el Congreso prologaba el peregrinaje de su conciencia. Sobre la cúpula del Capitolio, en la ilustración de portada, la editorial dibujó el ojo dentro del triángulo radiante.

El último acto
El 3 de enero de 2007, en Trinity Washington University, se celebró una Misa en honor de Nancy Pelosi, antigua alumna, la víspera de su juramento como presidenta de la Cámara. El celebrante y predicador fue el padre Drinan, de ochenta y seis años. Fue su último acto público: murió veinticinco días después. Lo enterraron con Pelosi y Ted Kennedy en los bancos y unos cuarenta sacerdotes en el presbiterio. Georgetown creó la cátedra Robert F. Drinan, S. J., de Derechos Humanos.
Nótese lo que hace un sacerdote y no puede hacer ningún seglar. Ted Kennedy votando el aborto es un político apartado de su fe. Un jesuita votando el aborto es la fe misma diciendo que se puede. Ese es el servicio que Drinan prestó, y no hay otro modo de prestarlo.
Los cuatro tiempos de la revolución
Aquí el caso deja de ser una biografía y se vuelve un método. El Vaticano II no cambia la doctrina de un golpe: la cambia en cuatro tiempos, y en ninguno se puede señalar y decir «aquí».
Primero, no lo dice: se suprime la pena y se deja la formulación intacta en el papel. Segundo, lo hace: la práctica corre por delante durante años sin castigo, y quien la denuncia queda como el que exagera. Tercero, lo sugiere: una autoridad de segunda fila, una entrevista de avión, una nota a pie de página. Cuarto, lo afirma: un documento firmado y publicado, que para entonces ya no escandaliza porque describe lo que lleva treinta años ocurriendo.
Con la masonería: el Código de 1917 castigaba la inscripción con excomunión reservada a la Sede (c. 2335); el 19 de julio de 1974 el cardenal Šeper escribió al cardenal Krol que el canon solo alcanzaba a quienes se inscribieran en logias que verdaderamente conspiren contra la Iglesia; el Código de 1983 borró el nombre de la masonería; y Quaesitum est (26-XI-1983) explicó que el juicio negativo permanece. De cuatro cosas que obligaban al obispo a actuar no queda ninguna: queda un adjetivo.
Con el divorcio y el adulterio, los cuatro tiempos completos: Trento anatematizó a quien dijera que el vínculo se rompe por adulterio (ses. XXIV, can. 7); las nulidades en los Estados Unidos pasaron de 338 en 1968 a 63.933 en 1991, sostenidas por la «incapacidad psíquica» del c. 1095; Amoris laetitia metió el acceso a los sacramentos de los divorciados vueltos a casar en la nota 351; y la carta privada de Bergoglio a los obispos de Buenos Aires diciendo que esa era «la única interpretación posible» fue declarada magisterio auténtico y publicada en los Acta Apostolicae Sedis. Del anatema a los Acta sin una línea que diga que ha cambiado algo.
Con los anticonceptivos: Casti connubii los condenó sin resquicio en 1930; a las cinco semanas de Humanae vitae, las declaraciones de Königstein (30-VIII-1968) y Winnipeg (27-IX-1968) remitieron el asunto a la conciencia de cada matrimonio, y ninguna ha sido corregida ni ha costado la mitra a nadie. Con la sodomía, el cuarto tiempo ya está cumplido: de la distinción entre acto y tendencia de Persona humana (1975) al «¿quién soy yo para juzgar?» de 2013 y a Fiducia supplicans, firmada y fechada el 18 de diciembre de 2023.
El aborto va por el tercero
Aplíquese la plantilla y se verá por qué Drinan importa: fue el segundo tiempo ejecutado cincuenta años antes de hora, la práctica corriendo por delante, sin castigo, con la firma de un sacerdote y la bendición de su general.
Lo que vino después ya lo documentamos aquí: la Orden de San Gregorio Magno a Lilianne Ploumen, fundadora de una plataforma para financiar el aborto en el mundo entero; las rosas a Emma Bonino; los estatutos de 2016 que quitaron a la Pontificia Academia para la Vida los tres cerrojos de Wojtyła —la declaración doctrinal, la vitalicidad y la dependencia de la Congregación—; monseñor Paglia llamando a la ley 194 «un pilar de nuestra vida social»; y el 10 de agosto de 2026 la gobernadora Maura Healey firmando en Boston el aborto hasta el nacimiento veintisiete meses después de estrechar la mano de Bergoglio y escribir «como católica». El caso, entero, aquí.
Massachusetts: el estado de Drinan, la misma archidiócesis, el mismo partido. Y la respuesta del arzobispo fue un comunicado con la palabra «gravemente inmoral» y una invitación a rezar.
Los que piden la excomunión
Dentro de esa misma estructura hay quien lleva veinte años pidiendo lo obvio. El cardenal Burke sostiene que el de los políticos abortistas es exactamente el caso «en el que el canon 915 debe aplicarse». El arzobispo Cordileone lo invocó el 20 de mayo de 2022 para prohibir la comunión a Pelosi —la misma a la que Drinan dijo la Misa cuatro meses antes de morir—. El obispo Paprocki ha hecho lo propio en Springfield. Y cuando Healey firmó, hubo católicos pidiendo por escrito que se le negara el Sacramento.
Lo demoledor es lo que pasó cuando lo pidió Roma. En julio de 2004 el cardenal Ratzinger envió a los obispos norteamericanos, por medio del cardenal McCarrick, el memorándum Worthiness to Receive Holy Communion: puede haber legítima diversidad de opinión sobre la guerra o la pena de muerte, «pero no sobre el aborto y la eutanasia», y ante la obstinada persistencia «el ministro de la sagrada comunión debe negarse a distribuirla». Debe. McCarrick presentó a la asamblea un resumen que decía otra cosa; el texto real lo filtró Sandro Magister el 3 de julio de 2004. La instrucción murió ahí, y el hombre que la enterró fue McCarrick.
Compárese con lo que la ley católica mandaba. Código de 1917, c. 855 § 1: Arcendi sunt ab Eucharistia publice indigni… nisi de eorum poenitentia et emendatione constet et publico scandalo prius satisfecerint. Han de ser apartados: gerundivo de obligación, dirigido al ministro, con la condición de que antes se repare el escándalo público. Y en abril de 1962 —seis meses antes de abrirse el Concilio— el arzobispo Rummel aún excomulgaba nominalmente a tres católicos de Nueva Orleans y los privaba de sepultura eclesiástica. La máquina funcionaba, y funcionaba hasta 1962.
La secta del Anticristo
Póngase todo junto, sin adjetivos. Una orden religiosa manda a un sacerdote al parlamento contra la prohibición expresa de su general; el provincial miente para cubrirlo; el general bendice el conjunto en público; el sacerdote vota diez años el aborto y su financiación; ningún tribunal eclesiástico se ocupa de él; cuando sale, sale por una norma sobre cargos públicos y no por el aborto; enseña después en una universidad de la Compañía; y muere con una cátedra de derechos humanos a su nombre. Mientras tanto, la Congregación para la Doctrina de la Fe redacta la instrucción que lo habría impedido, y la instrucción se conoce porque se filtra a la prensa: dentro de casa la habían enterrado.
Que la doctrina siga escrita en algún sitio no significa nada. La Iglesia católica no es un archivo: es una sociedad visible con potestad de mandar y de castigar, y una sociedad que no castiga jamás lo que declara mortal está diciendo, con la única voz que en esta materia cuenta, que no lo cree. Ahí está el fraude entero del Vaticano II: no se derogó ningún dogma, se derogó la sanción, y con ella se derogó el dogma sin firmar nada.
San Pablo no dijo que el hijo de perdición derribara el templo. Dijo que se sienta dentro, y que se presenta como si fuera Dios (2 Tes 2, 4). Eso es lo que se ve en el altar de Trinity Washington University el 3 de enero de 2007: un sacerdote católico, revestido, ofreciendo el Santo Sacrificio en honor de quien ha hecho del aborto la bandera de su carrera.
Que alguien se extrañe todavía de que a esto lo llamemos la secta del Anticristo.
Fuentes:
- Anne Hendershott — la reunión de Hyannisport y el giro de los Kennedy
- Robert F. Drinan, «The Morality of Abortion Laws», The Catholic Lawyer 14/3 (1967)
- Raymond J. de Souza — el memorándum de Mankowski y la complicidad de los jesuitas con el aborto
- InfoVaticana — la misma reseña, en castellano
- Roger J. Landry — «The Drinan Effect»
- Peter Sprigg — «Robert Drinan, Infanticide, and the Unthinkable», First Things
- Ethics & Public Policy Center — la tribuna de 1996 y la réplica del cardenal O’Connor
- Trinity Washington University — la Misa del 3 de enero de 2007 y la muerte de Drinan
- Georgetown Law — cátedra Robert F. Drinan, S. J., de Derechos Humanos
- La carta de la Congregación sobre la masonería (Šeper a Krol, 19-VII-1974) y su desarrollo
- Quaesitum est — Declaración sobre las asociaciones masónicas, 26-XI-1983
- Catholic World Report — las cifras de nulidades en los Estados Unidos
- Ratzinger — «Worthiness to Receive Holy Communion» (memorándum de 2004)
- National Catholic Reporter — cómo se presentó a los obispos el memorándum y cómo se filtró el texto real
- America Magazine — el precedente del arzobispo Rummel (abril de 1962)
- Ediciones Católicas — «Como católica»: la gobernadora que Bergoglio recibió en el Vaticano firma el aborto hasta el nacimiento
Fuentes impresas: Albert R. Jonsen, «The Birth of Bioethics» (Oxford, 2003), p. 292; Paul V. Mankowski, S. J., «Jesuit at Large» (Ignatius Press, 2021); Malachi Martin, «Los jesuitas»; Ricardo de la Cierva, «Jesuitas, Iglesia y marxismo»; Juan Claudio Sanahuja, «Poder global y religión universal».
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