Versión revisada (21 de agosto de 2026). Esta primera parte se ha reescrito de fondo. La anterior empezaba por el cambio posconciliar; esta empieza por lo que se cambió: qué es la masonería, cómo está construida por grados y cuándo dejó de combatir a la Iglesia desde fuera para hacerlo desde dentro. El expediente posconciliar —Ariccia, Würzburg, el paso del canon 2335 al 1374— pasa a la segunda parte, junto con la condena pontificia que lo precede.
1. La máquina, los grados y el cambio de objetivo
Tema: Qué es la masonería —máquina de guerra contra la cristiandad antes que doctrina—, cómo está construida por grados, y el día en que dejó de combatir a la Iglesia desde fuera para hacerlo desde dentro. Interlocutores: Ricardo y Damián
En esta primera parte:
- La palabra «conspiranoico»
- Qué es la masonería: la máquina antes que la doctrina
- El sistema graduado: del humanismo al altar invertido
- La Alta Vendita, o el día en que cambió el objetivo
- Léo Taxil, o cómo se pierde una discusión ganada
La segunda parte trata de la condena continua de la Iglesia y del día en que esa condena cambió de fundamento.
[La Casa del Peregrino, un jueves de enero, ya de noche. Lleva tres días nevando y la pista está cortada desde el mediodía; el viento del norte golpea los postigos con un ruido seco y regular. En la chimenea arden dos troncos de haya y huele a resina y a sopa. La mesa larga está casi vacía a esta hora: Miguel Mendoza afila un cuchillo en el extremo, sin decir nada; Tomás Mendoza ha traído más leña y se ha quedado, sentado en el suelo con la espalda contra la piedra de la chimenea; la vieja Asunción dormita en el banco del fondo con el rosario en la mano. Ricardo tiene delante tres libros y un cuaderno abierto. Damián Arjona lleva dos días en Piedrasanta sin poder bajar: sacerdote, doctor en Historia de la Iglesia, profesor en una universidad pontificia romana, autor de un libro reciente sobre lo que él llama «la fábula del complot». Subió el martes a documentarse sobre las comunidades tradicionales para un artículo; la nieve lo ha dejado aquí. Se ha pasado la tarde leyendo lo que Ricardo ha escrito.]
DAMIÁN. — He leído sus apuntes sobre la masonería y supongo que no le sorprenderá nada de lo que le voy a decir.
RICARDO. — Conociendo su libro, realmente no me va a sorprender en absoluto. De hecho, por eso le he pasado esas notas mías: para estimular el diálogo.
DAMIÁN. — Todo esto —(pone la mano sobre el cuaderno)— es historia de la conspiración. Un género literario, no una disciplina. Tiene sus reglas: siempre hay un plan, el plan siempre es antiguo, los agentes son invisibles, y todo lo que ocurre confirma el plan. Si la masonería ataca, es el plan; si la masonería dialoga, es el plan más astuto. Una teoría que no puede fallar no es una teoría: es una devoción.
RICARDO. — Sigue.
DAMIÁN. — La crisis de la Iglesia en el siglo XX tiene explicaciones sobradas y ninguna necesita hombres de negro. La urbanización acelerada, el desplome de la sociedad rural que sostenía la práctica religiosa, la escolarización universal, la píldora, la televisión, el vaciamiento de los seminarios en toda Europa a partir de 1965 — que empieza, por cierto, también en los países donde el Concilio apenas se aplicó. Todo eso lo explica sin necesidad de una sola logia. Y tú, en lugar de estudiarlo, te vas a la Alta Vendita.
RICARDO. — ¿Terminaste?
DAMIÁN. — Casi. Lo más grave es lo otro. Cuando en un mismo cuaderno aparecen los masones, los comunistas, los judíos y los jesuitas, el lector honrado ya sabe lo que tiene delante, y no es un libro de historia. Es la misma lista de siempre.
1. La palabra «conspiranoico»
RICARDO. — Empecemos por la palabra que has usado tres veces. Conspiranoico.
DAMIÁN. — La he usado porque describe algo real.
RICARDO. — No lo discuto, y yo lo soy. Quiero saber qué crees tú que hay debajo de esa palabra.
DAMIÁN. — Hay una explicación fácil del mal. El mundo es complicado, la decadencia es dolorosa, y en lugar de aceptar procesos largos y sin culpable, se busca un culpable con nombre. Es un consuelo. Es cómodo tener enemigos.
RICARDO. — ¿Cómodo? (se ríe brevemente) Damián, mi comodidad estaría en tu tesis, no en la mía. Si esto es un proceso sociológico sin culpables, yo puedo bajar mañana a Sombraña, sentarme en un banco y no volver a pensar en nada de esto el resto de mi vida. Es tu explicación la que consuela. La mía me cuesta el sitio donde vivo.
DAMIÁN. — Es la que se sostiene.
RICARDO. — Vamos a ver si se sostiene. Dime: ¿tú crees que hay un enemigo personal de Dios que actúa en la historia?
DAMIÁN. — Creo en el demonio, sí. No soy un racionalista.
RICARDO. — ¿Y crees que es inteligente?
DAMIÁN. — Naturalmente.
RICARDO. — ¿Y que quiere algo?
DAMIÁN. — Adónde vas.
RICARDO. — Voy despacio, contéstame. Un espíritu purísimo, de inteligencia angélica, que odia a Dios, que odia a la Iglesia, que tiene un fin determinado, que dispone de siglos y que no muere. ¿Ese ser actúa al azar? ¿Improvisa? ¿O planea?
DAMIÁN. — Planea, supongo. Pero eso es teología, no historia.
RICARDO. — Son las dos cosas, y ahí está tu problema. Porque si existe una inteligencia que odia, que planea y que no muere, entonces la palabra que describe su acción en el tiempo es exactamente conspiración. Y entonces la conspiración no es un género literario: es un artículo de fe.
DAMIÁN. — Estás forzando el vocabulario.
RICARDO. — No lo estoy forzando yo. Abre el libro que tienes al lado. (empuja una Biblia por la mesa) Éfeso, seis, doce. Léelo en voz alta, que Tomás lo oiga.
DAMIÁN. — (lee) «Porque no tenemos que luchar contra la carne y la sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus de maldad en las alturas.»1
RICARDO. — Ahí tienes descrita una organización. Principados, potestades, dominadores. San Pablo no está diciendo que el mal sea un accidente difuso: está diciendo que tiene mandos y escalafones. ¿Eso es conspiranoia?
DAMIÁN. — Eso es lenguaje apocalíptico.
RICARDO. — Justamente. Y ahí quería llegar. Nosotros tenemos el Apocalipsis, Damián. Tenemos los discursos apocalípticos del Señor. Y por eso somos conspiranoicos.
DAMIÁN. — Eso es un juego de palabras.
RICARDO. — Es una descripción. ¿Qué hay en Mateo veinticuatro? Una advertencia sobre el engaño: «Mirad que nadie os engañe», «se levantarán falsos cristos y falsos profetas y harán grandes señales y prodigios, de modo que sean inducidos a error, si es posible, aun los escogidos.»2 ¿Qué es eso sino la descripción de una operación de engaño tan bien montada que casi engaña a los elegidos? ¿Y el Apocalipsis? Una bestia, una segunda bestia que hace que la primera sea adorada, una marca sin la cual no se puede comprar ni vender, y una ciudad que embriaga a los reyes. ¿Es eso un proceso sociológico sin culpables?
DAMIÁN. — Es teología de la historia, no un organigrama.
RICARDO. — Y en los Hechos, cuando San Pablo se despide de los presbíteros de Éfeso, ¿qué les anuncia? Que después de su partida entrarán lobos rapaces que no perdonarán al rebaño, «y de entre vosotros mismos se levantarán hombres que hablarán cosas perversas para arrastrar discípulos en pos de sí.»3 De entre vosotros mismos. De entre los presbíteros. Es decir: infiltración. Dicha por el Apóstol, a los obispos, sobre los obispos, treinta años después de la Ascensión.
DAMIÁN. — Sobre los herejes que vendrían.
RICARDO. — ¿Y qué es un hereje infiltrado sino un agente? San Juan lo dice con más frialdad todavía: «Salieron de entre nosotros, pero no eran de los nuestros; porque si hubieran sido de los nuestros, hubieran permanecido con nosotros.»4 Y el Señor, en la parábola, no dice que la cizaña brotara sola. Dice que vino un enemigo mientras los hombres dormían y la sembró, y que hay que dejarla crecer hasta la siega.5 Enemigo, nocturnidad, siembra deliberada, y prohibición de arrancarla. Si eso lo escribiera yo en mi cuaderno, tú me llamarías paranoico.
DAMIÁN. — Te llamaría literalista.
RICARDO. — Entonces admite al menos esto: la sospecha de que hay un plan inteligente y sostenido para destruir la Iglesia desde dentro no es una manía moderna de tradicionalistas resentidos. Es el contenido explícito de la predicación apostólica. Vosotros habéis convertido en enfermedad mental lo que la Escritura enseña como vigilancia. Y le habéis puesto un nombre clínico para no tener que discutirlo.
DAMIÁN. — Eso es retórica.
RICARDO. — Es una observación sobre el método. Cuando a una tesis se le responde con un diagnóstico en vez de con un argumento, la discusión ya se ha perdido por el lado de quien diagnostica. Yo no voy a decirte que eres un ingenuo: voy a decirte por qué creo que te equivocas, y con papeles.
2. Qué es la masonería: la máquina antes que la doctrina
DAMIÁN. — Adelante con los papeles. Pero antes quiero una definición, porque llevas media hora hablando de un enemigo y todavía no me has dicho qué es. Y te aviso de que la pregunta no es retórica: yo he tratado a masones, y si lo que vas a describirme no se parece a ellos, algo falla en tu descripción.
RICARDO. — Es la pregunta correcta y te voy a contestar en dos planos, porque hay dos respuestas y la gente suele quedarse en una. El primero es lo que la masonería hace. El segundo es lo que es. Y el segundo explica el primero.
DAMIÁN. — Empieza por el que quieras.
RICARDO. — Por lo que hace, que además es lo que cualquier historiador puede comprobar sin salir de los archivos civiles. Durante siglo y medio, del mil setecientos treinta y tantos a la Gran Guerra, la masonería es sobre todo una máquina de guerra contra el Antiguo Régimen. Y hay que entender bien qué significaba eso, porque hoy decimos «Antiguo Régimen» y pensamos en pelucas y privilegios.
DAMIÁN. — ¿Y qué debería pensar?
RICARDO. — En la cristiandad. En un orden en que el bautismo era el registro civil, el calendario era el litúrgico, la universidad nacía de la Iglesia, el hospital y la escuela eran de las órdenes, el matrimonio era un sacramento y no un contrato, y el poder político se reconocía sujeto a una ley que no había hecho él. No digo que fuera un paraíso: digo que era una estructura, y que esa estructura sostenía la fe de millones de hombres que nunca leyeron un tratado.
DAMIÁN. — Eso ya lo veo. ¿Y?
RICARDO. — Y que ahí está la inteligencia de la operación, Damián. Discutir con un campesino de Vendée sobre la Trinidad es perder el tiempo. Quitarle el cura, cerrarle el convento, secularizarle la escuela donde aprendieron sus hijos, casarle por lo civil, incautar el hospital de las monjas y sustituir el domingo por el descanso semanal — eso no le discute la fe: le retira el suelo. Y a la tercera generación ya no hay que convencer a nadie de nada, porque no queda quien enseñe.
DAMIÁN. — Estás describiendo la secularización, que es un proceso, no un plan.
RICARDO. — Estoy describiendo un proceso que en muchos sitios tuvo actas, presupuesto y firma. La supresión de las órdenes religiosas, la desamortización, la escuela laica obligatoria, el matrimonio civil, la expulsión de los jesuitas una y otra vez, las leyes de Portugal en mil novecientos diez, las de México, la Ley de Separación francesa, la toma de los Estados Pontificios. Puedes llamarlo espíritu del siglo. Pero cuando el espíritu del siglo firma siempre en el mismo sentido y sus firmantes pertenecen con notable frecuencia a la misma sociedad, el historiador honrado se hace al menos la pregunta.
DAMIÁN. — La pregunta me la hago. La respuesta conspirativa no la acepto. Coincidencia no es causa.
RICARDO. — De acuerdo. Entonces no me creas a mí. Que lo diga quien tenía delante el expediente entero. León XIII, ochenta y cuatro, y fíjate muy bien en lo que dice que es el objetivo, porque casi nadie lo lee despacio. (abre el libro y lee) «Brota aquello que es lo último de sus designios, a saber: derribar hasta los cimientos toda aquella disciplina religiosa y civil que engendraron las instituciones cristianas, y edificar otra nueva a su modo, con los fundamentos y las leyes tomados del naturalismo.»6
DAMIÁN. — Sigue.
RICARDO. — No, espera aquí conmigo un momento. Disciplinam religionis reique publicae. De la religión y de la cosa pública. El Papa no está diciendo que ataquen la fe. Está diciendo que el objeto es el orden entero nacido de las instituciones cristianas — el religioso y el civil, los dos, porque son uno solo. Y que en su lugar se levantará otro edificio con planos distintos. Eso no es una queja de sacristía sobre unos señores que hablan mal de los curas. Es la descripción de un proyecto de sustitución de civilización.
DAMIÁN. — Concedo que la encíclica dice eso. Concedo incluso que la lectura es correcta. Pero un objetivo político declarado no convierte a una asociación en religión rival, que es adonde tú vas.
RICARDO. — Vamos entonces al segundo plano, que es lo que la masonería es, y de ahí sale todo lo demás. León XIII lo pone en una sola frase y no tiene desperdicio: «Lo capital de los naturalistas es que la naturaleza y la razón humanas deben ser en todas las cosas maestra y soberana.»7 Y saca en el acto las tres consecuencias: «Niegan que haya algo transmitido por Dios; no admiten dogma alguno de religión, ni verdad alguna que no comprenda la inteligencia del hombre, ni maestro a quien se deba creer por la autoridad de su oficio.»8
DAMIÁN. — Eso es racionalismo. Media Europa culta del XIX era racionalista.
RICARDO. — Sí. Y por eso el asunto es grave y no anecdótico: la masonería no inventó el racionalismo, le dio templo. Mira lo que hay ahí dentro cuando lo desmontas pieza a pieza. Hay un dios, el Gran Arquitecto, que es exactamente el que cabe en la razón y no dice nada. Hay altar, hay templo, hay ceremonias de iniciación, hay grados que se confieren, hay un cuerpo de doctrina que se transmite, hay una moral y hay un más allá. Y hay una regla de oro: ninguna verdad es indiscutible.
DAMIÁN. — Y eso, según tú, la convierte en…
RICARDO. — En una religión. No en un partido anticlerical ni en un club de beneficencia con delantal: en una religión completa que ocupa el mismo lugar del alma que la nuestra y que, por su propia constitución, no puede convivir con ella. Fíjate en que no lo digo por hostilidad. Lo digo porque si niegas la revelación, si no admites ningún dogma y si no reconoces maestro alguno a quien creer por su autoridad, has negado a la Iglesia en su definición, no en sus defectos. No hay reforma de la Iglesia que arregle eso, porque lo que se rechaza es que haya podido hablar Dios.
DAMIÁN. — Y sin embargo esos hombres que cenaron conmigo eran católicos practicantes, algunos de misa dominical.
RICARDO. — Lo sé. Y ese es el hecho más interesante de toda la noche, no una objeción a lo que digo. Porque la pregunta que hay que hacerse no es «¿mienten?», sino cómo está construida una cosa en la que un hombre honrado puede pasar veinte años sin enterarse de lo que sostiene la casa donde entra. Y esa pregunta tiene respuesta, y la respuesta está escrita por ellos.
3. El sistema graduado: del humanismo al altar invertido
DAMIÁN. — Vamos entonces al fondo, porque tú y yo estamos discutiendo sobre una cosa que apenas has definido. ¿Qué es para ti la masonería? Porque yo he tratado a masones. He comido con ellos. Son notarios jubilados que hacen beneficencia, se ponen un delantal y se llaman hermanos. La idea de que ahí dentro se adora al demonio es sencillamente ridícula, y quien haya pisado una logia lo sabe.
RICARDO. — Te creo. Y creo que has descrito con exactitud lo que viste.
DAMIÁN. — Entonces estamos de acuerdo.
RICARDO. — No, porque lo que viste es lo que estaba dispuesto para que lo vieras. Aquí es donde tengo que pedirte que pienses en el sistema como lo que es: un sistema graduado. Y el secreto masónico no funciona solo hacia fuera, hacia ti que estabas cenando con ellos. Funciona hacia dentro. León XIII lo pone entre las notas esenciales de estas sociedades: no se comunican a todos «las finalidades últimas y más íntimas, las jerarquías supremas de cada secta, ciertas reuniones íntimas y ocultas», ni «sus signos y sus doctrinas».9
DAMIÁN. — Todo grupo iniciático tiene grados. Los tienen los boy scouts.
RICARDO. — El cardenal Caro Rodríguez, arzobispo de Santiago de Chile, lo explica mejor que yo: «Estos símbolos y todos los demás se van interpretando de diversas maneras, según los grados, porque la enseñanza masónica se va graduando para no espantar al iniciado.» Y añade lo que a mí me parece la frase más importante de toda la literatura sobre el asunto: «el símbolo sirve para ocultarla a los mismos adeptos», de modo que muchos masones, y aun en muchos grados, «no sospechan el sentido oculto de los símbolos que usan ni lo que se enseña y practica en grados más altos».10
DAMIÁN. — Un obispo chileno de hace un siglo.
RICARDO. — Un cardenal que documenta ritual por ritual. Pero no hace falta que me creas a mí ni a él. Acabas de concederme el dato de Alemania: las logias solo enseñaron los tres primeros grados y descartaron discutir los superiores. Esa admisión no es mía ni de Caro Rodríguez: es de la parte masónica, en una negociación en la que tenía interés en el acuerdo. Ellos mismos pusieron el límite. ¿Por qué crees que lo pusieron?
DAMIÁN. — Porque los altos grados son historia interna, folclore de la orden.
RICARDO. — Entonces habrían sido lo más fácil de enseñar. Se oculta lo que compromete, no el folclore. Y ahora déjame que te describa lo que hay en los dos tramos, porque de ahí sale todo lo demás.
DAMIÁN. — Descríbelo.
RICARDO. — Abajo, en los tres grados azules, hay humanismo. El símbolo central es el hombre como piedra bruta que se desbasta a sí misma hasta la piedra cúbica. Perfeccionamiento indefinido por el trabajo propio; nada que recibir de fuera. Fíjate en lo que eso niega: niega el pecado original, porque la piedra no está herida, solo está sin pulir; y niega la gracia, porque el cincel lo lleva uno mismo. No hace falta que nadie blasfeme: la sola metáfora ya es una antropología completa y contraria a la nuestra. Y es exactamente lo que los obispos alemanes encontraron en el sexto año de reuniones: un perfeccionamiento del hombre que «volvería irrelevante la justificación cristiana del hombre mediante la gracia».
DAMIÁN. — Eso es pelagianismo, no satanismo.
RICARDO. — Es pelagianismo. Y es el primer escalón. Ahora dime tú, que eres historiador: ¿qué le ocurre a un hombre al que se le enseña durante años que se construye a sí mismo, y que además se le va soltando la moral por el camino? Porque hay una segunda cosa que trabaja mientras tanto, y es la corrupción de las costumbres. No como fin: como disolvente. Un hombre casto puede resistir un argumento. Un hombre que ha cedido en su vida necesita que el argumento le dé la razón.
DAMIÁN. — Eso es psicología barata.
RICARDO. — Es San Agustín, y es la experiencia de cualquier confesor. Los hombres no suelen perder la fe por haber leído a Kant. La pierden primero en la carne y luego buscan la doctrina que les absuelva. La masonería, en el tramo que tú visitaste, ya trabaja eso: el culto a la naturaleza, la fiesta en los solsticios, la rosa junto a la cruz. Caro Rodríguez lo señala: a la cruz, símbolo del sacrificio y del dolor, se le da el sentido del placer.
DAMIÁN. — Y arriba, según tú, ¿qué hay?
RICARDO. — Arriba está el tercer escalón, y ya no es humanismo: es dualismo. Grado dieciocho, Rosa-Cruz. La inscripción de la Cruz, INRI, se reinterpreta: Igne Natura Renovatur Integra, «por el fuego la naturaleza se renueva íntegra». ¿Entiendes lo que se ha hecho ahí? Se ha dejado la Cruz en su sitio y se le ha cambiado el contenido. Ya no es el título de la condena del Rey de los judíos: es una fórmula de regeneración natural. La Cruz sigue en la pared y la Redención ha desaparecido de ella. Es el grado, dice Caro, en que se reniega de la divinidad del Redentor.11
DAMIÁN. — Sigue.
RICARDO. — Grado Gran Escocés de San Andrés, resumido en una fórmula que no admite dos lecturas: «Guerra a la cruz de Jesucristo; culto de Lucifer, del fuego y de la carne.» Grado veinte: el presidente dice al iniciado: «En el nombre sagrado de Lucifer, desarraigad el oscurantismo.» Caballero de la Serpiente de Bronce: se venera a la serpiente «enemiga de Adonái, amiga de los hombres», que con su triunfo hará volver a los hombres al Edén.
DAMIÁN. — (despacio) Eso último es una inversión del Génesis.
RICARDO. — Es la inversión. Y no es un adorno: es la conclusión lógica del primer escalón. Si el hombre se diviniza a sí mismo por su propia razón, entonces el que le dijo «seréis como dioses» no fue el tentador: fue el primer maestro. La serpiente pasa de homicida a benefactora, y el Dios del Génesis, que prohibió el árbol, pasa a ser el tirano celoso que quiso mantener al hombre en la ignorancia. Caro lo formula sin adornos: los adoradores de la naturaleza «no pueden menos de sentirse llenos de veneración, de amor y agradecimiento hacia el ángel que enseñó al hombre a tener la libertad masónica, despreciando a Dios, y con razón miran a Satanás como a su padre y fundador».12
DAMIÁN. — Y el cuarto escalón, supongo, es el altar.
RICARDO. — Grado treinta, Caballero Kadosh, que Ragón llamaba el non plus ultra de la alta masonería filosófica. Y aquí te pido que retengas la restricción, porque la fuente la pone y yo no voy a quitarla: en algunas logias —no en todas, no como ritual del grado— se le deposita al iniciado un crucifijo a los pies y el Gran Maestro le ordena: «Pisotea esa imagen de la superstición; quiébrala.» Y ahora atiende al detalle, porque es el que descubre toda la máquina: si el iniciado se niega, no se le expulsa. Se le aplaude, y se le recibe. Pero sin revelarle los secretos. Y la fuente añade por qué: para no dejarle adivinar nada.13
DAMIÁN. — (levanta la vista) Repite eso.
RICARDO. — Se le aplaude y se le recibe sin revelarle los secretos. ¿Comprendes lo que significa? La negativa no castiga: filtra. El hombre decente sale del cuarto convencido de que ha pasado una prueba de integridad y de que aquello era una comprobación de su carácter. Y se queda para siempre en el escalón donde está, contento, hablando bien de la orden, sirviendo de fachada respetable. Los que quiebran el crucifijo suben, y a esos se les hace ejecutar después la venganza sobre tres simulacros: la superstición, el rey y el papa.
DAMIÁN. — Y por eso los notarios con los que yo cené eran buena gente.
RICARDO. — Por eso, y no es ironía: probablemente lo son. Es el diseño. León XIII lo dice expresamente, y es de las cosas más misericordiosas que ha escrito un Papa sobre esta materia: puede haber entre los afiliados «no pocas personas que, aunque culpables por haber ingresado en estas sociedades, no participan por sí mismos en los crímenes de las sectas e ignoran los últimos intentos de éstas».14 El sistema fabrica su propia coartada, y la fabrica con hombres honrados que declararán de buena fe, ante quien pregunte, que allí dentro no hay nada.
DAMIÁN. — (tras un silencio) Es un argumento mejor construido de lo que esperaba. Pero te has apoyado en un solo autor y en rituales del siglo XIX.
RICARDO. — Entonces te doy uno de este siglo, y de dentro. El padre Weninger, sacerdote, funcionario del Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso, capellán de tres logias austríacas, tesis aprobada summa cum laude en la Gregoriana en dos mil diecinueve. En junio del año pasado dio una conferencia en la Gran Logia Nacional Francesa y dijo que el Gran Arquitecto del Universo corresponde «al Yahvé de los judíos, al Alá de los musulmanes y a la Trinidad de los cristianos».15
DAMIÁN. — Eso es sincretismo, y es un disparate teológico. Pero no es satanismo.
RICARDO. — No lo es. Es el primer escalón, dicho en el año dos mil veinticinco por un sacerdote con cargo en la Curia y sin que le pasara nada. Yo no necesito que Weninger sea satanista. Me basta con que el hombre que lleva veinte años explicando a los católicos que la logia es compatible con la fe esté colocado exactamente en el escalón que está diseñado para producir esa frase. Y que nadie lo haya sancionado.
4. La Alta Vendita, o el día en que cambió el objetivo
DAMIÁN. — Llevas toda la noche citando un documento como si yo supiera lo que es. La Istruzione de la Alta Vendita. Dime qué es exactamente, de dónde ha salido, y por qué debería concederle una sola línea de crédito.
RICARDO. — Tienes razón en reclamármelo, y te lo voy a dar entero, incluida la parte que no me conviene.
DAMIÁN. — Empieza por lo primero.
RICARDO. — La Carbonería italiana estaba organizada en vendite, ventas, y por encima de todas había una venta suprema: la Alta Vendita. Entre mil ochocientos veinte y mil ochocientos cuarenta y seis se cruzan una serie de cartas e instrucciones internas entre sus jefes — firman con nombres de guerra, Nubius, Volpe, el Piccolo Tigre —, y entre esos papeles hay uno de carácter programático que se llamó Instrucción permanente.
DAMIÁN. — ¿Y cómo llegan esos papeles a manos católicas? Porque de eso depende todo.
RICARDO. — De ahí depende todo, sí. Los incauta la policía pontificia en registros contra los focos carbonarios. El veinte de mayo de mil ochocientos cuarenta y seis, Gregorio XVI hace llamar al Quirinal a un historiador seglar francés, Jacques Crétineau-Joly, y se los entrega en mano. Crétineau-Joly los publica en el cincuenta y nueve, dentro de L’Église romaine en face de la Révolution. Y el veinticinco de febrero de mil ochocientos sesenta y uno, Pío IX le dirige un breve en que garantiza la autenticidad de esos documentos y le prohíbe a la vez divulgar los nombres verdaderos de los implicados. León XIII pidió después que se difundieran.16
DAMIÁN. — Ahí tengo mi objeción, y es seria. He leído la crítica moderna sobre ese texto, y la hay abundante, incluso en medios que te serían simpáticos. Se dice que se le ha dado un uso desmedido: que de un panfleto conspirativo del Risorgimento se ha fabricado un plan maestro de siglos, y que trazar una línea de mil ochocientos veinte al Concilio es una hermenéutica sencillamente falsa.
RICARDO. — Toda esa crítica existe y la conozco. Y ahora quiero que repares tú en una cosa, Damián, porque es la más importante que se va a decir esta noche sobre este documento.
DAMIÁN. — Dila.
RICARDO. — Esa crítica no dice que sea falso. Ni uno. Los que más empeño ponen en desactivarlo conceden el origen, conceden la incautación, conceden la entrega de Gregorio XVI y conceden la publicación. Lo que discuten es el uso: que leamos «permanente» como si fuera una profecía, o que dibujemos una flecha recta hasta mil novecientos sesenta y cinco. De modo que la discusión no es sobre si el papel es auténtico. Es sobre qué prueba. Y en eso tienen parte de razón, así que fijemos el alcance nosotros, que es lo que casi nadie hace.
DAMIÁN. — Fíjalo.
RICARDO. — Vuelve a lo que hemos dicho hace un rato. Durante todo el siglo XVIII y la primera parte del XIX, la operación consiste en derribar la estructura: el trono, los conventos, las escuelas, los Estados de la Iglesia. Y esa operación gana. En mil setecientos ochenta y nueve gana en Francia de manera espectacular, y en las décadas siguientes gana en media Europa.
DAMIÁN. — Gana, sí.
RICARDO. — Y entonces, hacia mil ochocientos quince, cuando cae Napoleón y llega la Restauración, los vencedores levantan la cabeza y se encuentran con una cosa que no habían previsto. Han ganado la revolución y Occidente sigue siendo cristiano. Han decapitado al rey, han cerrado los monasterios, han descristianizado el calendario — y el pueblo vuelve a misa en cuanto se lo permiten, y nace toda una generación católica, y el papado, que dieron por enterrado dos veces, sigue ahí.
DAMIÁN. — (despacio) Y de ahí sacas el cambio.
RICARDO. — De ahí sale el cambio, y es un cambio de objeto, que es lo único que importa de este documento. Si demoler la estructura no basta porque la fe sobrevive a la estructura, entonces hay que ir a la fe. Y a la fe no se llega desde fuera, porque desde fuera solo se producen mártires, y el martirio siembra. Se llega desde dentro. La conclusión, escrita por ellos, es que hay que dejar de conspirar contra la Iglesia para conspirar dentro de ella.
DAMIÁN. — ¿Y cómo se hace eso, según el papel?
RICARDO. — No captando conversos, que es lo que todo el mundo imagina y lo que ellos descartan expresamente. Nadie va a reclutar cardenales. Lo que se propone es ir a la juventud, y si es posible a los niños; ganar al clero joven; ocupar los seminarios y las cátedras; y esperar el tiempo que haga falta, porque la venta no tiene prisa y sus miembros no verán el resultado. Y la meta la formulan con una frase que no se olvida: no habrán predicado la revolución en tiara y capa, pero habrán hecho una revolución en tiara y capa.
DAMIÁN. — Es una frase de efecto.
RICARDO. — Es una frase de efecto y es un programa. Fíjate en lo que renuncia y en lo que gana. Renuncia a la victoria en vida, que es muchísimo pedirle a un revolucionario. Y gana la única posición desde la que la Iglesia no se puede defender, porque la Iglesia tiene defensas magníficas contra el enemigo que llama a la puerta y ninguna contra el que ya está sentado a la mesa con sotana.
DAMIÁN. — Ahora dime lo que no te conviene, que lo has prometido.
RICARDO. — Lo digo, y quiero que quede dicho porque es donde se distingue un argumento de una devoción. Este documento no prueba que haya un comité que haya funcionado sin interrupción desde mil ochocientos veinte hasta el Concilio. No lo prueba, no lo dice, y quien lo alegue así está haciendo mala historia y me está haciendo un flaco favor. No hay una cadena de mando documentada. No hay actas que enlacen a Nubius con nadie de la Curia de mil novecientos sesenta y dos.
DAMIÁN. — Entonces, ¿qué te queda?
RICARDO. — Me queda lo que sí prueba, que no es poco y es exactamente lo que necesito: que a principios del siglo XIX el adversario había identificado ya que el terreno decisivo no era el Estado sino el clero, que lo puso por escrito, que describió el método con precisión — la lentitud, la juventud, los seminarios, la paciencia de generaciones — y que la Iglesia tuvo ese texto en la mano y lo dio por auténtico al más alto nivel. Eso convierte el papel en lo que es: no una profecía que haya que ver cumplirse, sino un método declarado y verificable. Está escrito lo que se pretendía hacer y cómo. Nos toca mirar si se hizo.
DAMIÁN. — Y si se hizo, dirás tú, no hará falta ninguna cadena de mando.
RICARDO. — No hará falta ninguna, igual que no hace falta el plano del arquitecto para saber que el edificio se levantó, si tienes el edificio delante. Y por eso la parte seria de esta conversación no es esta. Es la de después, cuando pongamos al lado lo que la Iglesia dijo de la masonería durante ciento cincuenta años seguidos y lo que se hizo con esa condena a partir de mil novecientos sesenta y nueve. Ahí no hay que interpretar nada: hay que leer dos textos y ver cuál dice lo contrario del otro.
5. Léo Taxil, o cómo se pierde una discusión ganada
DAMIÁN. — Voy a jugarte ahora mi mejor carta, y creo que te derriba. Todo eso que has contado — el culto a Lucifer, los altares, el paladismo — tiene un origen conocido y es un fraude. Léo Taxil. Jogand-Pagès. Un anticlerical que fingió convertirse, se inventó una secta luciferina, se inventó a una gran maestra llamada Sofía Walder y a una conversa llamada Diana Vaughan, hija de un demonio, y estuvo doce años vendiendo eso a los católicos, que se lo tragaron entero, con periódicos, con congresos, con audiencia de León XIII. Y en mil ochocientos noventa y siete convocó una conferencia en París para presentar a Diana Vaughan y anunció que no existía, que se lo había inventado todo, y que llevaba doce años riéndose de nosotros. ¿Sabes lo que eso costó? No la reputación de unos periodistas: costó que desde entonces cualquier católico que hable de esta materia sea, de entrada, un crédulo. Vosotros comprasteis la mentira y todavía la estáis pagando.
RICARDO. — Todo lo que has contado es cierto y no voy a discutirte una coma. Pero has contado la mitad de la historia, y precisamente la mitad que a ellos les interesa que se cuente.
DAMIÁN. — ¿Qué mitad falta?
RICARDO. — Antes de eso, concédeme lo que corresponde. De la cantera de Taxil salen la instrucción a los veintitrés Consejos Supremos sobre «la pura doctrina luciferiana» que se atribuye a Albert Pike, y la carta de Pike a Mazzini de mil ochocientos setenta y uno anunciando tres guerras mundiales. Ninguna tiene respaldo documental. Yo no las uso. Si alguna vez me oyes usarlas, corrígeme en público.
DAMIÁN. — Me sorprendes. ¿Y la mitad que falta?
RICARDO. — Empieza por una pregunta que tú no te has hecho: ¿qué era Taxil antes de convertirse?
DAMIÁN. — Un anticlerical. Un panfletista.
RICARDO. — Era masón. Iniciado. Con un odio particular a la Iglesia documentado desde años antes, cuando publicaba obscenidades sobre Pío IX. Y esto no lo digo yo: lo dice Bárcena, que es quien mejor ha estudiado el caso en español, y lo dice con estas palabras: un masón «que llegó a fingir una conversión con el único fin de ridiculizar al papa».17 Fíjate en el verbo. No dice que se convirtiera y luego se burlara. Dice que fingió. La conversión no fue sincera y después traicionada: fue la primera pieza de la operación.
DAMIÁN. — Aunque fuera así, sigue siendo un hombre burlándose.
RICARDO. — ¿Doce años? Damián, tú eres profesor: piensa en el coste. Doce años de trabajo sostenido. Libros por entregas, una revista, una Liga del Labarum fundada en mil ochocientos noventa y cinco para defender a la Iglesia de la masonería, la asistencia al congreso antimasónico de Trento con la fotografía de una mujer que no existía, y una audiencia de tres cuartos de hora con León XIII, que le recibió agradecido. Eso no es una broma de café: es una campaña, con presupuesto y con calendario. Nadie sostiene doce años de eso para reírse una tarde en un salón de París.
DAMIÁN. — Entonces, ¿para qué?
RICARDO. — Para lo único que produjo, y lo produjo perfectamente. Mira el diseño entero de una vez. Primero se fabrica un satanismo de feria: misas negras, un demonio llamado Bitru que engendra hijas, una gran maestra imposible. Segundo, se coloca ese material dentro de la denuncia católica de la masonería, hasta que ya no se distingue lo uno de lo otro: obispos que lo citan, congresos que lo aplauden, un Papa que recibe al autor. Tercero, se revienta en público, con notario y con periodistas.
DAMIÁN. — Y el resultado.
RICARDO. — El resultado es una vacuna. Desde abril de mil ochocientos noventa y siete, cualquiera que cuente lo que se hace en una logia queda desactivado sin necesidad de refutarlo: basta con pronunciar el nombre de Taxil. Ese es el servicio que aquel hombre prestó, y no fue a la incredulidad ni al humor francés: fue al secreto masónico. Le regaló una protección que ninguna ley de silencio habría podido darle, porque la ley de silencio la puede romper un arrepentido, y esto no lo rompe nadie. Después de Taxil, el arrepentido que hable ya no es peligroso: es gracioso.
DAMIÁN. — Eso es leer la intención desde el efecto. Es exactamente el vicio que te reprocho.
RICARDO. — Es preguntar a quién aprovecha, que es lo primero que se pregunta ante cualquier fraude, y tú lo preguntas cada vez que estudias una falsificación medieval. Contéstame: en ciento treinta años, ¿a quién ha beneficiado el asunto Taxil? Nómbrame un solo beneficiario que no sea la masonería. Porque a él, personalmente, le costó la ruina y el descrédito, y murió pobre. Sostuvo doce años una impostura carísima para un beneficio que recayó íntegro y perpetuo en el sitio del que venía y del que nunca dijo haberse ido de veras.
DAMIÁN. — (callado un momento) Sigo pudiendo decir que fue un hombre vanidoso al que se le fue de las manos.
RICARDO. — Puedes, y no podré probarte lo contrario, porque nadie ha encontrado el mandato — y quien lo diga, miente. Bárcena mismo escribe que el asunto Taxil «no está del todo aclarado». Pero atiende a lo que añade De la Cierva, que era catedrático de Historia y estudió el episodio a fondo: que Taxil tuvo miedo de que Roma pudiera destruir del todo a la masonería, y que por eso «tramó esa conspiración auténtica» para hundir a la Iglesia. Y luego esto, que es lo que a mí me quita el sueño: «Se quiso adelantar Taxil en crear un falso satanismo donde ya había un satanismo real. De hecho los masones satanistas tienen verdadero terror a que se les identifique.»18
DAMIÁN. — (muy despacio) Eso invierte por completo el sentido del caso.
RICARDO. — Lo invierte. La lectura corriente dice: Taxil demostró que el satanismo masónico era un cuento. La lectura de De la Cierva dice lo contrario: Taxil fabricó un cuento de satanismo precisamente porque había un satanismo verdadero que proteger, y lo hizo justo antes de que aquello creciera. Se pone delante una falsificación ruidosa para que, cuando alguien traiga después el original, ya nadie mire.
DAMIÁN. — Es ingenioso. Demasiado ingenioso.
RICARDO. — Es viejo. Es lo que hace cualquier servicio de inteligencia cuando quiere quemar una fuente: no la desmiente, la mezcla con un embuste y luego revienta el embuste. La fuente queda inservible para siempre y no ha habido que tocarla. La única novedad de Taxil es que lo hizo en mil ochocientos ochenta y cinco, contra la Iglesia, y que le salió tan bien que sigue funcionando esta noche, en esta mesa.
DAMIÁN. — ¿En esta mesa?
RICARDO. — Hace cinco minutos me has dicho que jugabas tu mejor carta. Y lo que has hecho ha sido pronunciar un nombre. No has refutado un ritual, ni una fecha, ni una fórmula de juramento: has dicho «Taxil» y has dado la cuestión por resuelta. Eso es exactamente lo que aquel hombre compró con doce años de su vida. La carta no era tuya, Damián. La estás jugando por él.
DAMIÁN. — (tras un silencio) Y aun así, la distinción que hay que sostener sigue siendo estrecha.
RICARDO. — Estrecha y firme, y no la invento yo: la marcaron los que estaban dentro. Copin-Albancelli, que había sido masón, escribió que hay sociedades masónicas satánicas «no en el sentido de que el diablo venga a presidir las reuniones, como lo pretendía ese mistificador de Leo Taxil, sino en el de que los iniciados profesan el culto de Lucifer».19 Y el propio Caro Rodríguez, cuando reproduce la famosa carta de Pike, escribe él mismo: «Si esta carta no es auténtica…». La duda está en el texto, en mil novecientos veinticinco. No hizo falta que nos corrigierais vosotros.
DAMIÁN. — Entonces, ¿dónde pones tú la frontera?
RICARDO. — Donde se pone sola. Taxil vendía apariciones, fenómenos, prodigios: teatro. Lo que hay en los rituales de grado no es un demonio que se aparece, sino una doctrina que se enseña: una fórmula, un gesto, un juramento, una edición y una página. Eso no lo escribió Taxil ni podía escribirlo, porque es anterior a él y le sobrevive. Y por eso te pido que no me despaches con su nombre: tráeme el ritual y demuéstrame que la fórmula no está. Yo haré lo mismo si me la pides.
[Damián se quedó un rato mirando el fuego sin decir nada. Después alargó la mano hacia la jarra y se sirvió agua.]
Notas
Piedrasanta
La novela y los diálogos
La novela de la comunidad católica en tiempos de apostasía. — Miguel Echeverría
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