viernes, 17 de julio de 2026
San Alejo, Confesor
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
Celebra la Iglesia en este día la fiesta de san Alejo, tan conocido por el generoso desprecio que hizo de los gustos y conveniencias de esta vida, y por la heroica victoria que consiguió de la carne y de la sangre. Nació en Roma hacia la mitad del cuarto siglo, siendo emperador Valentiniano I. Su padre fue Eufemiano, uno de los más ricos y más ilustres senadores de la ciudad; su madre Aglaís, cuya nobleza era igual y en todo correspondiente a la de su esposo; pero ambos más recomendables por su notoria virtud que por su nacimiento ni por sus bienes de fortuna.
Su casa era el abrigo de todos los pobres, y su caridad parece que no podía llegar a más. Fuera de las muchas limosnas secretas que repartían entre los pobres honrados y vergonzantes, cada día daban de comer a trescientos o cuatrocientos a la puerta de su casa; de manera que todas sus grandes rentas se consumían en limosnas. Inclinábalos más a esta misericordiosa liberalidad el hallarse sin sucesión; pero al fin les concedió el cielo un hijo que desde luego consideraron como fruto de sus limosnas y de sus oraciones. El nacimiento de Alejo llenó de gozo a toda la familia; pero la santidad de su vida la colmó con el tiempo de gloria y de esplendor.
Pasó los primeros años de su niñez en compañía de sus padres, cuyos ejemplos y cuya doctrina eran igualmente eficaces para grabar en su tierno corazón el amor a todas las virtudes. Pusieron el mayor cuidado en buscarle maestros que fuesen tan hábiles en la ciencia de los santos como en las ciencias humanas. Hizo en estas en muy poco tiempo tan extraordinarios progresos, que acreditó bien la excelencia de su ingenio; y como por otra parte era de índole suave y apacible, de mucha viveza y de rara penetración, acompañado todo de unos modales naturalmente gratos y cortesanos, en pocos años fue la admiración de la ciudad y de la corte.
Pero todo esto le hacía poca impresión. Al paso que iba creciendo en sabiduría, crecía también en virtud, y desde luego se reconoció el tedio y el disgusto a las cosas del mundo que le inspiraba su tierna devoción. Por lo mismo se dieron priesa sus padres en hacerle tomar estado; y significándole el deseo que tenían de casarle cuanto antes, prestó su consentimiento. Tanto por su nacimiento, como por sus grandes bienes y por su notoria virtud, se le proporcionó con la mayor facilidad la más apreciable conveniencia: era una doncella romana de la primera calidad, en quien competían la virtud y la hermosura, formada, al parecer, expresamente por el cielo para coronar las felicidades de aquella ilustre familia.
Había condescendido Alejo con la voluntad de sus padres, precisamente por el respeto que les profesaba, y por el miedo de no disgustarlos con la resistencia; en cuya consideración la boda que se acababa de celebrar con grande solemnidad, no le entibió el fervoroso deseo de ser todo de Dios, sin repartir el corazón con criatura alguna. Encendiósele más este deseo luego que se desposó; y tomó la generosa resolución de romper de una vez todos los lazos que podían aprisionarle en el mundo. Persuadióse de que sola la fuga le podía facilitar la ejecución de su generoso intento; y el mismo Dios que se la inspiró, le sostuvo en ella.
Mientras la casa de Eufemiano se hundía, por decirlo así, con la fiesta de la boda, y mientras toda la ciudad concurría a ella, interesándose toda en su justo regocijo, entró Alejo en el cuarto de su esposa, presentóle una sortija y un cintillo de inestimable valor, suplicóle que se sirviese admitir aquella corta demostración como una prenda de su tierno amor, y sin decirle más, se retiró; salióse secretamente de la casa de sus padres, y dirigiéndose disfrazado al puerto, se metió en un navío que estaba para partir, y se hizo a la vela para Laodicea.
Tardó poco en saberse la inesperada fuga de Alejo. Convirtióse la casa de Eufemiano en llanto y en clamores, poniéndose toda en movimiento. Búscanle, infórmanse, preguntan, examinan, despáchanse propios a todas partes; pero todo inútilmente. Estaba ya Alejo en alta mar cuando le andaban buscando dentro de Roma. No cabe en la ponderación el dolor de sus afligidos padres cuando perdieron del todo las esperanzas de tener noticias de él; todo era llanto, sollozos y suspiros; el padre sumergido en la aflicción, la madre sin consuelo, la mujer joven y desamparada, día y noche deshaciéndose en lágrimas; solo se explicaban por los ojos, y si pronunciaban alguna palabra, eran estas: ¿Dónde estás, nuestro querido Alejo?
Entre tanto llegó el santo a Laodicea, y temiendo ser conocido en esta ciudad, partió a pie para Edesa, donde resolvió fijar su asiento, como pueblo muy a propósito para vivir desconocido y en una extrema pobreza. Repartió entre los pobres lo que le había quedado, y se entregó en manos de la Providencia. Por ser extranjero, por el aire de simplicidad que afectaba, por lo pobre y andrajoso de su vestido logró buena cosecha de insultos y desprecios. Mirábanle como a un hombre sin mansión y sin oficio, como a un holgazán y vagamundo, por lo cual le daban limosna con dificultad y de mala gana. Los muchachos le escarnecían, el vulgo le ultrajaba, y en aquel general abatimiento triunfaba Alejo, inundado su corazón en una santa alegría, viéndose harto de oprobios, a imitación de su divino Maestro.
Por su tierna devoción a la santísima Virgen, que había mamado con la leche, y había crecido con la edad, escogió la iglesia de nuestra Señora para su residencia ordinaria. Pedía limosna a la puerta de esta iglesia algunas horas del día, y las demás las pasaba en oración. Por la noche dormía en el pórtico de ella tendido en la dura tierra. Era muy contrario este género de vida a aquella en que se había criado, y así en breve tiempo se desfiguró de manera que no era posible conocerle. Llegaron a Edesa en busca suya algunos criados de su padre, con la noticia que tuvieron de que un mancebo se había embarcado para el Oriente; conociólos él muy bien, pidióles limosna, y se la dieron, sin saber a quién la daban.
No estuvo largo tiempo escondida una virtud tan extraordinaria; dióse a conocer, a pesar de sus andrajos y de sus diligencias para ocultarla, confundiéndose con la gente más vil, y afectando grosería en sus modales. Corrió la voz por la ciudad, de que el extranjero que pedía limosna a la puerta de la iglesia de nuestra Señora no era lo que parecía. Cada uno contaba lo que había notado en él: unos ensalzaban su modestia y su dulzura; otros su recogimiento, su devoción, su humildad y su paciencia. Todo esto servía de mortificación a nuestro santo, haciéndosele intolerable la estimación con que le comenzaban a tratar; pero lo que aumentó más su reputación, y lo que acrecentó también el dolor a su humildad, fue el milagroso testimonio que el mismo Dios quiso dar de su virtud.
Considerando un día el sacristán de nuestra Señora la humildad, el agrado, la constancia y el continuo ejercicio de oración que había observado en Alejo, oyó una voz que le pareció salir del simulacro de la santísima Virgen, colocado sobre la puerta, la cual le decía que aquel pobre que nunca se apartaba del pórtico de la iglesia era un gran siervo de Dios, cuyas oraciones podían mucho con el Señor. El buen sacerdote, que ya de antemano le miraba con veneración, le hizo grandes instancias para que admitiese un cuarto en su casa, ofreciendo asistirle con todo lo necesario para la vida. Sobrado era esto para sobresaltar a la humildad del siervo de Dios; pero lo que últimamente le determinó a dejar un país donde era ya tan honrado, fue otro segundo testimonio que dio el Señor de la santidad de su siervo; porque, hallando un día cerrada la puerta de la iglesia, oyó el portero a la misma imagen, que le decía: Abre, y deja entrar al hombre de Dios, cuyas oraciones son tan bien recibidas en el cielo: milagroso suceso, que, extendido por toda la ciudad, obligó a Alejo a salir de ella cuanto antes.
Embarcóse en el primer navío que se hizo a la vela, suplicando al Señor le encaminase donde fuese su voluntad. Era el intento del capitán y de la tripulación partir a Laodicea, y el pensamiento de nuestro santo trasferirse desde allí a Tarso; pero una furiosa tempestad llevó el navío a las costas de Italia, y le metió en el puerto de Roma. Conoció entonces Alejo que Dios le había conducido a su mismo país para disponerle a una victoria mucho más gloriosa que todas las antecedentes. En fuerza de esta luz, resolvió entrar en Roma para vivir en ella como había vivido en Edesa; y queriendo el Señor dar a su Iglesia un ejemplo del más perfecto desasimiento que se había visto hasta entonces, y la prueba más sensible de lo que puede su gracia, le inspiró la resolución de irse directamente a la casa de sus mismos padres, sabiendo la caridad con que eran recibidos en ella todos los pobres.
Lleno de valor, y de un fervoroso deseo de corresponder con fidelidad al interior impulso de la gracia, llegó a la puerta del palacio de Eufemiano, y acercándose a él cuando volvía del senado, le dijo: Señor, tened piedad de este pobre de Jesucristo, y permitid se recoja en algún rincón de vuestro palacio, que Dios os pagará esta grande caridad. Enternecióse extraordinariamente Eufemiano al oír aquella humilde súplica, y admirado él mismo de no poder contener las lágrimas a la vista de aquel pobre extranjero, dio orden a un criado de que le alojase en algún rincón, y cuidase de darle de comer todos los días. No gustó mucho el criado de tal orden, teniéndola por sobrecarga; y mirando con ceño al pobre que le ocasionaba aquel ligero trabajo, después de hartarle de injurias y desprecios, le alojó en un aposentillo muy oscuro debajo de la escalera principal. Luego que Alejo se vio en él, fue su primera diligencia dar muchas gracias al Señor por verse tan maltratado en la misma casa de su padre.
No es fácil explicar lo mucho que el santo tuvo que sufrir de la insolencia y de la rusticidad de los criados por espacio de diez y siete años que le duró aquella vida. Teniéndole por algún esclavo fugitivo, o a lo menos por un holgazán y vagamundo de la más vil canalla del pueblo, le hicieron objeto y asunto de sus pesadísimas burlas; su inalterable paciencia y mansedumbre le calificaban de estúpido; muchas veces le dejaban sin comer, y nunca le daban un triste bocado sin sazonársele con alguna injuria. Alejo por su parte jamás estaba más contento que cuando se veía más maltratado; pero no dándose por satisfecho con esto, a los malos tratamientos de los otros añadía él rigurosas penitencias. Su cama era la tierra; sus muebles un crucifijo; su ayuno continuo; su alimento pan y agua, y eso con tanta escasez, que no se comprendía cómo podía vivir; su ocupación de día y de noche era la oración. Nunca salía para ir a otra parte que a la iglesia; comulgaba todos los domingos; y las dulces lágrimas que derramaba eran efectos del divino fuego que abrasaba y derretía su corazón.
Pero ni la dureza de los criados, ni el rigor de sus penitencias era lo que le mortificaba más; el tormento más terrible y el mayor dolor que despedazaba su tierno corazón era el de tener siempre a la vista a un padre afligido, a una madre inconsolable, y oír incesantemente los ayes y los suspiros de una esposa, que mil veces al día pronunciaba el dulce nombre de Alejo. Como tenía perpetuamente delante de los ojos estos objetos tan halagüeños como tentadores, cada momento renovaban en su amoroso pecho los naturales impulsos del amor y de la ternura; pero acudía inmediatamente a la oración; protegíale la santísima Virgen; sostenía la gracia su valor, y le daba fuerzas para resistir a tan porfiados y tan furiosos asaltos.
Después de diez y siete años de tantas victorias como combates, quiso, en fin, premiar el Señor la heroica fidelidad de su gran siervo. Sabiendo por revelación divina el día y la hora de su muerte, se sintió fuertemente inspirado de Dios para manifestar al mundo las maravillas de la gracia, escribiendo él mismo la historia de su vida, que con tanto cuidado había escondido a su conocimiento. Hízolo así, expresando individualmente en un papel todos los pasos de su vida, su nombre, el de sus padres, el regalo que hizo a su esposa el día de la boda, con todas las circunstancias más menudas de su niñez y de su educación; cerróle, apretóle en la mano, púsose en oración, y colmado de merecimientos pasó dulcemente al descanso del Señor.
Aun no se sabía su muerte, a tiempo que Eufemiano se hallaba en la iglesia de San Pedro asistiendo a la misa que celebraba el papa Inocencio I en presencia del emperador Honorio, donde se oyó una milagrosa voz que decía: Acaba de espirar el siervo de Dios; es grande su poder, y murió en casa de Eufemiano. Fue general el asombro; pero más que todos se sorprendió Eufemiano, el cual, llegándose al emperador, le dijo: Señor, si es cierto lo que nos anuncia esta voz, el santo no puede ser otro que un pobre extranjero a quien muchos años ha recogí en mi casa por caridad. Luego que se acabó la misa, el papa y el emperador, seguidos de innumerable gentío, se dirigieron a casa del senador Eufemiano. Acudieron inmediatamente al aposentillo del siervo de Dios, y le hallaron muerto, tendido en el suelo.
Al mismo tiempo que todos los concurrentes estaban preocupados de los primeros movimientos de respeto y de veneración, se reparó que tenía un papel cerrado en la mano. El ansia y la curiosidad de saber lo que contenía movió a Eufemiano a querérsele tomar; pero no pudo arrancársele, mandando el papa que todos se hincasen de rodillas; y dichas algunas oraciones, él mismo se le sacó sin dificultad, y le entregó a Aecio, canciller de la Iglesia romana, mandándole que le leyese en alta voz. No hay voces para explicar el asombro y la admiración de todos cuando llegaron a entender que el imaginado extranjero era Alejo, hijo del senador Eufemiano; y se enteraron de toda la historia de su portentosa vida.
Más fáciles son de concebir los afectos de las diferentes pasiones que se apoderaron de todos los concurrentes, con especialidad de Eufemiano y de toda su familia. Al primer pasmo sucedió inmediatamente la admiración y el sentimiento, el gozo y el dolor; y batallando entre estos distintos afectos el corazón de aquel dichoso padre, se arrojó sobre el cuerpo de su hijo, explicándose no con voces, sino con lágrimas y gemidos. Mientras se procuraba arrancar al venerable anciano del santo cadáver, llegaron la madre y la esposa del siervo de Dios. No es posible ver espectáculo más tierno; regaron el cuerpo con sus lágrimas, sin poder al principio articular una palabra, cortándolas el respeto y el dolor; pero al fin, pudiendo el dolor más que el respeto, se desahogaron las dos en quejas amorosas: Hijo mío Alejo (exclamó la madre), ¿es posible que siquiera no me hayas dejado recibir tus últimos suspiros? Esposo mío de mi vida (continuó la nuera), ¿qué te hice yo para que me hayas tratado así? ¡Es posible que era mi hijo (volvía a exclamar la madre) aquel pobre que todos los días tenía delante de mis ojos! ¿Es posible (volvía a decir la nuera) que aquel pobre tan mal sustentado y tan ultrajado era mi dulce esposo, y que no lo haya sabido yo hasta ahora que ya no está en esta vida!
Extendida por toda la ciudad la noticia de esta maravilla, acudió toda Roma al palacio de Eufemiano, ansioso cada uno de lograr el consuelo de besar, o a lo menos de ver el santo cuerpo. Creció el concurso con los milagros que obró Dios en la misma hora; y aunque se arrojaron monedas al pueblo para divertir la gente y para que se retirase, pudo más la devoción que la codicia; de manera que no fue posible abrir paso por el concurso para conducir el cadáver a la iglesia hasta que los soldados le abrieron con espada en mano. Acompañáronle el papa, el emperador y todo el senado, convirtiéndose los funerales en un triunfo tan pomposo cual no le vio Roma semejante.
Al principio se llevó el santo cuerpo a la iglesia de San Pedro para que el pueblo lograse la satisfacción de verle y de venerarle, y de allí fue trasladado a la de San Bonifacio, donde se había desposado. Su padre, su madre y su esposa estuvieron siete días enteros sin separarse de sus reliquias. Erigiósele un magnífico sepulcro, que hizo glorioso el Señor con gran número de milagros, y con el tiempo se convirtió en iglesia de San Alejo el palacio de Eufemiano, que estaba en el monte Aventino, donde aun el día de hoy se muestran algunos pasos de la escalera, bajo la cual estaba el aposentillo del santo, y también una imagen de nuestra Señora, que se dice ser la misma que estaba colocada sobre la puerta de la iglesia de Edesa, y habló al sacristán en favor de san Alejo.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.