sábado, 25 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

viernes, 10 de julio de 2026

Los Siete Santos Hermanos Mártires, y Santas Rufina y Segunda, Vírgenes y Mártires

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

Por los magníficos elogios que los santos padres tributan á santa Felícitas y por los grandes dictados que le aplican, se deja bastantemente entender que no solo fué una de las más virtuosas, sino de las más distinguidas señoras de Roma, así por su calificada nobleza, como por los empleos de su no menos ilustre marido. Floreció hacia la mitad del segundo siglo en tiempo de los emperadores Antonino y Marco Aurelio. Es muy verisímil que también fué cristiano su marido, cuando permitió que ella lo fuese y que criase á sus hijos en la fe y en el santo temor de Dios. Muerto el marido en el año de 160, se persuadió Felicitas que había el Señor disuelto el lazo que la tenía ligada á su esposo, para ocupar él solo en adelante todo su corazón. Hizo voto de no pasar á segundas nupcias, pareciéndole el estado de la viudez muy propio para santificarse; y renunciando á las galas, al fausto y á la profanidad, se dedicó á copiar perfectamente el retrato de una viuda cristiana que hace el apóstol san Pablo.

Desde luego encontró grandes atractivos en la soledad y en el retiro. Pasaba gran parte del día y de la noche en sus devociones; pero como sabía muy bien que la primera de todas ellas debía ser la educación de sus hijos y el gobierno de la familia, á esta se aplicaba principalmente. Tenía siete hijos, todos de poca edad, Januario, Félix, Felipe, Silano, Alejandro, Vital y Marcial, los cuales, por el cuidado que tuvo su santa madre de criarlos piadosamente, no solo con sus lecciones, sino también con sus ejemplos, muy en breve se hicieron unos ternecitos santos.

Hablábales continuamente del oropel y falsa brillantez de los honores de esta vida, como de la brevedad, vanidad é inconstancia de los bienes caducos y perecederos de este mundo, explicándoles frecuentemente la gloria que gozan los bienaventurados en el cielo. ¡Qué dichosos seríais, hijos míos (les decía muchas veces, contándoles lo que padecían en Roma y en otras partes tantos ilustres mártires), qué dichosos seríais vosotros, y qué afortunada madre sería yo, si algún día os viera derramar vuestra sangre por Jesucristo!

Las continuas oraciones que hacía por ellos y sus fervorosas palabras inflamaron de manera á aquellas inocentes almas en el deseo de ser mártires, que, cuando se juntaban los siete hermanos, no acertaban á hablar entre sí de otra cosa que del martirio. Yo, decía Januario, soy el mayor de todos, y como tal tengo derecho á dar mi sangre por la fe antes que otro alguno. Aunque nosotros dos seamos los más pequeños, replicaban Vital y Marcial, no seremos menos generosos; y si el tirano quisiera perdonarnos por más niños, levantaríamos tanto el grito diciendo que éramos cristianos, que le habíamos de obligar á no negarnos la corona del martirio. Y los demás, decían los otros, ¿piensan que habíamos de estar mudos? también tenemos nuestra lengua, y también sabríamos gritar de manera que nos oyesen.

Oía la virtuosísima señora con indecible gusto este piadoso desafío de sus hijos y pedía sin cesar al Señor que se dignase escogerlos por sus inocentes víctimas. Cumpliéronsele muy presto sus deseos. Hacía tanta impresión en los corazones la ejemplar vida de Felicitas y de sus hijos, que no solamente se edificaban y se confirmaban en la fe los cristianos de Roma, sino que hasta los gentiles mismos se admiraban; y persuadidos muchos que no podía menos de ser verdadera aquella religión que profesaban almas tan puras y tan santas, renunciaban sus impías supersticiones y abrazaban el cristianismo.

Sobresaltáronse tanto los sacerdotes de los ídolos, que acudieron al emperador Marco Aurelio, el cual se hallaba á la sazón en Roma, y le representaron que no había que esperar el favor de los dioses inmortales mientras Felicitas y sus siete hijos hiciesen tan alto menosprecio de ellos en medio de la capital del imperio; que así el bien del estado como el honor de su majestad imperial se interesaban mucho en que ya no se sufriese que aquella atrevida familia insultase por más tiempo la antigua religión de los romanos; y que para aplacar la cólera de los dioses suplicaban á su majestad expidiese sus imperiales órdenes, mandando que aquella señora y sus hijos públicamente les ofreciesen sacrificios.

Intimidado el emperador con esta representación, y siendo por otra parte muy zeloso de sus supersticiones, dió orden para que la madre y los hijos fuesen arrestados, encargando á Publio, prefecto de Roma, que les sustanciase prontamente su causa si se resistían á obedecer y á sacrificar á los dioses. En atención á la nobleza, á la reputación y á las extraordinarias prendas de aquella señora cristiana, tentó el prefecto todos los medios que pudo para ganarla y para reducirla.

No se puede explicar el gozo de la cristiana heroína y de sus hijos cuando se les intimó de orden del emperador que compareciesen ante el prefecto. Al punto partió Felicitas á casa de este magistrado, el cual la recibió con el mayor honor, y le habló con grande cortesanía, diciéndole que el emperador tenía voluntad de colocar á sus hijos en los más distinguidos empleos como ella y ellos sacrificasen á los dioses del imperio; sin lo cual, añadió, temo que todos seáis condenados á los más crueles tormentos.

Señor, respondió la santa con mucha modestia, pero con igual resolución, tan poca fuerza me harán los tormentos como las promesas, porque el Espíritu Santo, que habita en mí, fácilmente me puede sacar victoriosa de todos los esfuerzos del infierno. Toda mi confianza la tengo puesta en mi Dios; y como yo y mis hijos le seamos fieles, espero que no nos vencerán ni los suplicios ni los halagos.

Admirado Publio de semejante respuesta, le dijo: ¡Pobre señora, y qué lástima os tengo de que miréis la muerte con esa indiferencia! por lo menos dejad vivir á vuestros hijos. Mis hijos, replicó Felicitas, vivirán eternamente si perdieren la vida por tan buena causa; y desde luego los tendría yo por muertos si por vivir cayeran en la flaqueza de sacrificar á los ídolos.

Pasó esta conferencia privadamente en casa del prefecto sin formalidad de juicio; pero el día siguiente se dejó Publio ver en su tribunal del Campo Marcio, y compareció ante él la madre con sus siete hijos, llevando todos vivamente pintada en el semblante la alegría de sus corazones. Movido el prefecto de la hermosura de todos, se volvió á la madre y le dijo: ¿Es posible que no tengas compasión de esta tierna y bella juventud? Venid, pobrecitos niños, venid, hijos míos, que yo os quiero hacer dichosos.

No, sino eternamente desventurados, replicó prontamente Felicitas con autoridad de madre y con resolución de heroína; di que los quieres perder, y hacer infelices por toda la eternidad. Y volviéndose á los niños, prosiguió diciéndoles con entereza y con alegría: Hijos míos, ya llegó el día de vuestro triunfo; levantad los ojos al cielo y mirad á Jesucristo, que á cada uno de vosotros presenta una corona. Él derramó su sangre por vuestra salvación; derramadla vosotros valerosamente por su gloria: no temáis la muerte ni los tormentos; haceos dignos del martirio por vuestra constancia, mostraos fieles, y manteneos firmes hasta el último suspiro en la fe de Jesucristo.

Irritado el prefecto al ver la intrepidez de la santa, mandó que allí mismo le diesen crueles bofetadas en castigo de la libertad y de la osadía con que en su misma presencia se atrevía á exhortar á sus hijos á que fuesen desobedientes á las órdenes del emperador. Hizo después que se acercasen los hijos, y hablando con el mayor, le dijo: Sé más cuerdo que tu madre, y obedece al emperador, sino voy á mandar que te despedacen á azotes, y á condenarte á los más crueles suplicios. Mi madre fué muy cuerda, respondió Januario, y yo sería un insensato si por miedo de tus tormentos me procurase una muerte eterna. ¿Sería cordura desobedecer á mi Dios por obedecer al príncipe? No temo los azotes ni los suplicios, y espero que Dios me dará gracia para que le sea fiel hasta la muerte. Al oír el juez tan determinada respuesta mandó que le azotasen cruelmente, y después le llevasen á la cárcel.

Creyendo el prefecto que encontraría al segundo más dócil y menos resuelto, intentó engañarle, haciéndole un largo razonamiento sobre el quimérico poder de sus dioses. Interrumpióle Félix, y le dijo con intrepidez: No es menester más que una tintura de razón y de buen juicio para conocer que todos vuestros dioses son puras fábulas. Ten entendido que ni hay, ni puede haber más que un solo Dios verdadero. Esto es lo que yo creo, y esto es también lo que creen todos mis hermanos; no serán capaces todos los tormentos de alterar nuestra fe, ni disminuir el amor que profesamos á nuestro Salvador Jesucristo, por cuya gloria nos tendremos por dichosos en derramar nuestra sangre y en dar nuestras vidas.

Atónito el prefecto con tan valerosa respuesta, mandó que le tratasen como al primero; y juzgando por la de estos dos la disposición de los demás, dió orden para que á todos los llevasen á la cárcel, dejando solo en el tribunal á los dos más pequeños, que por más tiernos y más niños creyó serían más flacos y menos resueltos. Acariciólos y halagólos, procurando ya engañarlos con promesas, ya espantarlos con amenazas; pero los halló tan bien instruidos y tan determinados como á todos los demás.

¿Tú piensas, dijo el niño Vital, que porque soy más pequeño que mis hermanos he de ser menos generoso que ellos? Pues qué, le preguntó el juez, ¿estás ya cansado de vivir? No, señor, respondió el niño, pero estoy pronto á morir antes que sacrificar á los demonios. ¿Y quiénes son los demonios, replicó Publio? Los dioses que vosotros adoráis, respondió Vital, á los cuales querías tú que yo ofreciese sacrificios; pero no te canses, que no lo haré aunque me quites la vida.

Marcial, que era el más pequeño de todos, mostró una intrepidez y un valor igual al de los demás; y con el miedo de que le perdonasen por tan tierno, gritaba sin cesar: Yo también soy cristiano, también tengo horror á vuestros ídolos como mis hermanos; yo también quiero morir, porque soy cristiano, soy cristiano. Pasmóse Publio, no pudiendo menos de admirar tanto valor y tanta resolución en aquella tierna edad.

Mandó asegurar en la cárcel á todos los siete hermanos, y pasó á dar cuenta del interrogatorio al emperador, que no quedó menos asombrado, pero dió orden para que al instante les quitasen la vida. Llenáronse de gozo los santos mártires cuando les intimaron la sentencia, y fueron al lugar del suplicio como al teatro de su triunfo. Januario fué azotado con escorpiones de plomo, y espiró en este tormento; Félix y Felipe murieron molidos á palos; Silano fué precipitado; á Alejandro, Vital y Marcial les cortaron la cabeza. La misma suerte tuvo santa Felicitas, siendo degollada la postrera.

Temía tanto, dice san Gregorio, dejar á sus hijos en esta vida, como los padres carnales temen sobrevivir á los suyos. A la gloria de su martirio particular, dice el mismo santo padre en la homilía que predicó de santa Felicitas, se puede decir que añadió al suyo el martirio de sus hijos, y que fué ocho veces mártir.

El mismo día celebra la Iglesia el triunfo de dos santas vírgenes romanas, Rufina y Segunda, hermanas carnales hijas de Asterio y de Aurelio, de ilustre sangre, y ambas mártires. Fueron criadas en la religión cristiana, y eran muy conocidas en Roma por su virtud y por el zelo de la religión, cuando sus padres las desposaron con dos caballeros romanos, Armentario y Verino, que también hacían profesión del cristianismo; pero habiéndose encendido la persecución en tiempo del emperador Valeriano, nuestros dos desposados caballeros apostataron de la fe; lo que causó tanto horror á Rufina y á Segunda, que resolvieron no tener más esposo que á Jesucristo, y desde luego hicieron voto de perpetua virginidad.

Supiéronlo los tíos apóstatas, y las denunciaron por cristianas á Donato, prefecto de Roma. Mandólas este prender; y no perdonó diligencia alguna para derribarlas de la fe y combatir su constancia. Díjoles que era cosa indigna de unas doncellas tan nobles y tan ilustres incurrir en los delirios de una religión, que solo era buena para criar viles esclavos. Mal conocéis, señor, nuestra religión, le respondió Rufina, tomando la palabra: en ella solo se goza de una santa libertad, porque ella sola nos libra de la esclavitud de nuestras pasiones, y nos conduce á una felicidad eterna.

Desconfiando el prefecto de reducirla con sus largos razonamientos, hizo llamar á su hermana Segunda, y en su presencia mandó golpear cruelmente á Rufina. Tan lejos estuvo aquella de intimidarse en vista de esta crueldad, que dijo al prefecto: ¿Qué razón tenéis, señor, para honrar tanto á mi hermana, y para excluirme á mí de la misma honra? A lo que veo (respondió el juez) tan loca eres tú, como tu hermana. No somos locas (replicó Segunda), pero somos cristianas; y pues en ambas hay la misma causa, parece justo que ambas logremos la dicha de padecer por Jesucristo. ¿Qué dicha es (exclamó Donato) sufrir tormentos y perder la vida? Muy grande (respondió la santa), porque cuantos sean los tormentos, tantas serán las coronas; y lo que llamáis perder la vida, es el origen de una eterna felicidad.

Advirtiendo el prefecto que el pueblo se conmovía con aquel espectáculo, dió sentencia de que fuesen degolladas, y así se ejecutó el día 10 de julio, el mismo en que ocurrió el martirio de santa Felicitas y de sus hijos; pero no en el mismo año, porque estos recibieron la corona hacia el año de 164, y aquellas por los de 257.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.