miércoles, 24 de junio de 2026
La Natividad de San Juan Bautista
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
El año de 5198 de la creación del mundo, seis meses antes de la encarnación del Verbo, hacia el fin del reinado de Herodes Ascalonita en Idumea, el último que ocupó el trono de los reyes de Judá, fue servido el Señor de dar al mundo aquel ángel, de quien dice el profeta Malaquías que había prometido Dios enviar delante de Jesucristo para prepararle el camino; aquel profeta, y más que profeta, como dice el Salvador, en quien se había de acabar la ley y los profetas; aquel santo precursor, en fin, del verdadero Mesías, cuyo nacimiento había de llenar de gozo todo el universo, y cuya concepción fue acompañada de tantas maravillas; aquel hombre tan extraordinario, de quien aseguró el mismo Jesucristo no haber nacido otro mayor que él entre los hijos de las mujeres; Juan Bautista, hijo de Zacarías y de Isabel, ambos de la sacerdotal casa de Aarón, a la que únicamente estaba vinculado el sacerdocio; mas recomendables uno y otro por su singular virtud, que por su antigua nobleza. Eran justos delante de Dios, dice el Evangelio, llenando las obligaciones de la religión y de la ley; pero no tenían hijos, ni estaban ya en edad de tenerlos; fuera de que Isabel era estéril por naturaleza.
Era Zacarías sacerdote de la familia de Abías, la octava de aquellas veinte y cuatro clases en que distribuyó David toda la descendencia de Aarón, para evitar la confusión en el ejercicio de sus sagrados ministerios. Alternaban por semanas estas clases en el servicio de las funciones del templo. Al principio de cada semana se sacaba por suertes el sacerdote que había de entrar a servir para ofrecer el incienso al Señor por la mañana y por la noche en el lugar santo sobre el altar de oro. Dispuso la divina Providencia que, en la semana que tocó a la familia de Abías, saliese la suerte a Zacarías. Entró, pues, a la hora acostumbrada en aquella parte del templo donde solo era permitido entrar a los sacerdotes, quedándose los demás en el vestíbulo, o parte más exterior; y habiendo acudido aquel día mayor concurso de pueblo que el ordinario, lo que hace verisímil que fuese un sábado por la noche, notaron todos que duraba la ceremonia más de lo regular.
Fue el caso que, mientras Zacarías estaba ofreciendo el sacrificio, visiblemente se le apareció un ángel en forma humana, que estaba en pie al lado derecho del altar. Al principio se llenó de un religioso temor el santo sacerdote; pero el ángel le confortó, diciéndole: No temas, Zacarías, que mi presencia antes te ha de alegrar que estremecer: subieron al cielo las oraciones que ofreciste por la salvación del pueblo, y Dios las oyó benignamente. Y para que no pongas duda en ello, vengo a decirte, de su parte, que tu esposa Isabel, en medio de sus años y de su esterilidad, concebirá y parirá un hijo, a quien pondrás el nombre de Juan, el cual llenará de consuelo a toda la casa de Israel. Su nacimiento será de grande alegría para ti y para todo el mundo, porque nacerá para anunciar la venida de su Salvador: será grande a los ojos de los hombres, y mayor a los de Dios; destinado para precursor del Mesías; santificado y lleno del Espíritu Santo en el vientre de su madre. Por todo el discurso de su vida guardará una rígida abstinencia; no beberá vino, ni otro algún licor de los que pueden embriagar; predicará con tanto celo, que convertirá muchos hijos de Israel a su Señor y a su Dios; y este mismo Dios hecho hombre no se dejará ver en público hasta que Juan, su precursor, haya anunciado su venida, caminando delante de él con la virtud y con el espíritu de Elías: harálo con tanta eficacia, con tanta felicidad, que los padres se regocijarán de ver como resucitada en sus hijos su piedad y su fe; muchos de los que ahora están ciegos y son incrédulos, abrirán entonces los ojos, conocerán sus descaminos, y llenos de celestial sabiduría se aplicarán únicamente a buscar a aquel que viene a salvarlos, para que, cuando llegue, los encuentre enteramente dispuestos a recibirle, a obedecerle y a seguirle.
No dudó Zacarías que era ángel del Señor el que le hablaba; con todo eso, como eran tan portentosas y tan sobre las fuerzas de la naturaleza las cosas que le prometía, no se pudo resolver a creerlas. ¿Cómo me puedo persuadir (le replicó) que suceda lo que me dices, siendo yo tan viejo como soy, y siendo mi mujer poco menos que yo? Presto experimentó el castigo de su poca fe y de su poca confianza. Para mostrarle el ángel ante todas cosas la sinrazón con que dudaba de lo que había oído, le declaró quién era, qué empleo tenía y quién le enviaba. Yo (dijo) soy el ángel Gabriel, uno de los espíritus que asisten más cerca del Señor, prontos siempre a ejecutar sus divinas órdenes: él mismo me envió a ti para anunciarte esta dichosa nueva; mas porque dudaste de lo que te he dicho, ves aquí que desde este mismo punto quedarás mudo, y no recobrarás el uso de la lengua hasta que se cumplan todas estas cosas.
Esperaba mientras tanto el pueblo a que saliese Zacarías, admirados todos de que tardase tanto en ofrecer el sacrificio; pero se asombraron mucho más cuando al salir advirtieron que estaba sordo y mudo; novedad, que, añadida al espanto y a la turbación que notaron en su semblante, los persuadió a que sin duda había tenido alguna visión. Concluida la semana de su ministerio, se retiró a una casa suya en la tribu de Judá, situada en las montañas, que se cree fuesen las de Hebrón. Poco tiempo después se hizo preñada Isabel; y como si se avergonzase de parecerlo en aquella edad, estuvo cinco meses sin salir de casa, dando continuas gracias al Señor por la merced que la había hecho.
A los seis meses de su preñez vino a visitarla su prima la santísima Virgen, cuando acababa de concebir en su purísimo vientre al Hijo de Dios por el Espíritu Santo. Noticiosa esta Señora del milagroso preñado de su prima por habérsele anunciado el mismo ángel que se apareció a Zacarías en el altar de los inciensos, y conducida del Espíritu Santo, partió de Nazaret a Judea, no permitiéndola diferir un momento este viaje la misma divina inspiración que se lo había sugerido. Llegando a Hebrón, entra en casa de Zacarías, saluda a Isabel, y en el mismo punto de la salutación el niño de seis meses, que esta tenía en sus entrañas, da saltos de alegría dentro del mismo vientre a la voz de la santísima Virgen, y queda santificado antes de nacer por la presencia de su Señor que aquella purísima doncella llevaba en su casto seno.
Los saltos y la santificación del hijo fueron acompañados de un torrente de gracias que desprendió el cielo sobre la santa madre. Conoció en el mismo instante el incomprensible misterio de la encarnación del Verbo; y no pudiendo contener el gozo y el respeto, encarando con su dulcísima prima, prorrumpió en estas tiernas exclamaciones: Bendita eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí tanta dicha que la Madre de mi Señor y de mi Dios se digne visitarme? Luego que llegaron a mis oídos las primeras palabras de tu salutación, el hijo que tengo en mis entrañas saltó de gozo dentro de mi vientre, y yo misma me sentí ilustrada de su nueva luz. Ya se deja discurrir que la estancia de la santísima Virgen en casa de Isabel sería un continuo cauce de gracias para toda la familia.
Cerca de tres meses se detuvo la Señora en casa de su prima, y apenas salió de ella, cuando Isabel dio felicísimamente a luz aquel dichoso hijo, que, según las promesas del ángel, había de causar tanta alegría a todo el mundo; aquel a quien se le anticipó el perfecto y libre uso de la razón antes de haber nacido. Apenas se extendió por la mañana la noticia de su feliz alumbramiento, cuando concurrieron de todas partes los vecinos y los parientes a darla mil parabienes por la merced que el Señor la había hecho dándola finalmente un hijo al cabo de tantos años de esterilidad.
Ocho días después se volvieron a juntar los parientes, según la costumbre, para la ceremonia de la circuncisión, y preguntaron a la madre qué nombre se había de poner al niño, no dudando que se llamaría Zacarías como su padre, y ya le iban a nombrar de esta manera, cuando la madre se opuso, diciendo que se había de llamar Juan. Representáronla que aquel nombre era nuevo y extraño en la familia, no habiendo noticia de que alguno de ella le hubiese tenido jamás; pero manteniéndose firme Isabel en que se había de llamar Juan, sin duda por habérselo también revelado a ella el mismo ángel, determinaron los parientes consultar al padre y conformarse con lo que este resolviese. Preguntáronle por señas qué nombre quería se pusiese al niño; y Zacarías, pidiendo una pluma, escribió estas palabras: Juan es su nombre.
Quedaron todos atónitos; pero lo quedaron mucho más cuando vieron que, soltándosele de repente la lengua, recobró el uso de la voz, y comenzó a cantar alabanzas al Señor por las maravillas que había hecho en su favor. Recibió también al mismo tiempo el don de profecía, no cesando de publicar las misericordias del Señor, que iba en fin a cumplir las promesas hechas a su siervo Abrahán en orden al Mesías, asegurando que su hijo era su profeta y su precursor. Llenáronse todos de un respetuoso temor a vista de tan maravilloso suceso, y prorrumpieron en alabanzas del Señor.
Extendida la voz por toda la Judea, quedaron igualmente asombrados cuantos le oyeron; y como hasta entonces no se había visto semejante maravilla, todos hablaban de ella con cierto lenguaje de extático estupor. ¿Quién piensas será este niño? se decían unos a otros. Verdaderamente que hasta ahora no hay noticia de otro algún nacimiento de otro profeta, acompañado de tantos prodigios; y si hemos de hacer juicio de lo que será en lo futuro por lo que vemos en lo presente, será el mayor hombre que haya nacido de mujeres. Así hablaban y así discurrían aun aquellos que tenían menos interés en los favores que dispensaba la divina bondad al recién nacido infante y a toda la familia de Zacarías.
Como este dichoso padre de un hijo tan querido de Dios pasó repentinamente de mudo a profeta y a un hombre lleno del Espíritu Santo, sintiéndose ilustrado de una nueva luz, y encendido su corazón de un divino fuego, quiso luego dar parte a todo el mundo de la alegría que le causaba aquel bien, que había de ser común a todas las naciones de la tierra, y exclamó en este inspirado cántico: «Bendito sea para siempre el Señor Dios de Israel, que se dignó visitar a su pueblo y librarle de la esclavitud en que gemía después de tantos siglos. Abatida la real casa de David, habiendo decaído de su majestad, de su grandeza y de su poder, vuelve otra vez a levantarla y la restituye a su esplendor, enviándola el Salvador que nos habían prometido los profetas que nos precedieron, asegurándonos que, por formidables que fuesen los enemigos de nuestra salvación, él nos libraría de sus manos. Muestra bien que no puede nunca olvidar la alianza contraída con Abrahán, nuestro padre, y la promesa que le hizo de excitar sus misericordias con nuestros padres, extendiéndolas hasta nosotros; para que, libres de la esclavitud de nuestros enemigos, le sirvamos sin temor, con una vida pura y santa, caminando continuamente en su presencia y sirviéndole con fidelidad y con amor.»
Así publicaba a todos el santo viejo las misericordias del Señor, cuando, volviéndose hacia su hijo y mirándole fijamente, le dijo como arrebatado: «Tú, hijo mío, estás destinado para precursor y profeta del Salvador de los hombres: irás delante de él, allanarás el camino y dispondrás los pueblos para recibirle; enseñarás a los pecadores la ciencia de la salvación, para que, volviendo a él por la penitencia, consigan el perdón de sus pecados. Estos son los efectos de aquella incomprensible misericordia que nos muestra en este tiempo, haciéndose semejante a nosotros, y bajando del cielo para visitar y para alumbrar a los que están sepultados en las tinieblas y en las sombras de la muerte, y conducirnos a todos al camino de la paz.»
El concurso de tantas maravillas como sucedieron en el nacimiento del niño Juan le hicieron célebre en toda la Judea. Refiere san Pedro Alejandrino, como un hecho de pública notoriedad, que, cuando Herodes buscó al Niño Jesús para quitarle la vida, quiso hacer lo mismo con el niño Juan, por el ruido que había metido en el mundo su nacimiento; pero que le libró su madre santa Isabel, retirándose con él al desierto, hasta que, muerto Herodes, la madre se pudo volver libremente a buscar a Zacarías, pero dejándose a san Juan en el mismo desierto, donde quería el Espíritu Santo se mantuviese hasta el tiempo de su predicación.
La vida que hizo en él, la sabemos por relación de los mismos evangelistas: manteníase de miel silvestre, que es muy insípida, como también de langostas, y aun de esto era tan escaso y tan casi ninguno su alimento, como que no dudó decir de él la misma Verdad eterna, que no comía ni bebía. A la austeridad del alimento correspondía la del vestido; reducíase a una como zamarra de pelo de camello, atada a la cintura con una correa de cuero, pasando los días y las noches en conversar con Dios, y disponiéndose con la oración, con el ayuno y con todo género de penitencias para el ejercicio de su ministerio. Por esta inocente y penitente vida que hizo en el desierto, dice san Agustín y san Jerónimo, es tenido san Juan por modelo de vida austera y retirada de los anacoretas.
La Iglesia, dice san Bernardo, celebra la vida y la muerte de los demás santos, porque fueron santos; pero festeja el nacimiento temporal de san Juan Bautista, porque fue santo el mismo nacimiento y origen de una santa alegría. Es tan antigua la institución de esta solemnidad, que en uno de los sermones de ella dice san Agustín la celebraban ya los fieles de su tiempo como de tradición apostólica; y fue siempre tan solemne, que por algunos siglos se celebraban tres misas en este día como en el de Natividad. Es tan general la alegría casi en todas las naciones, que se ve cumplido el vaticinio del ángel, cuando predijo a Zacarías que el nacimiento de Juan causaría alegría universal a todo el mundo, como se está verificando aun el día de hoy, habiéndose pasado casi diez y ocho siglos.
Testifica el citado san Bernardo que este día no solo es uno de los más alegres en el cristianismo, sino que hasta los mismos gentiles le solemnizan con luminarias, con hogueras y con otros regocijos. Lo mismo hacen en él los turcos y todos los orientales, según nos lo refieren los viajeros. Lo cierto es que, después de las principales fiestas de la redención, no hay otra más solemne desde los primeros siglos de la Iglesia que la Natividad de san Juan Bautista; y el concilio de Agda, celebrado el año de 506, la cuenta por una de las más principales después de la Pascua, Navidad, Epifanía, Pentecostés y Ascensión; ni es menos antigua que la misma fiesta la solemnidad de su vigilia. Para disponerse a ella instituyó el concilio de Salgunstad un ayuno de catorce días; aunque no tuvo mucho efecto esta institución particular.
Habiendo dicho el ángel a Zacarías que el hijo que le anunciaba estaría lleno del Espíritu Santo desde el vientre de su madre, es evidente que san Juan conoció a Jesucristo y fue santificado antes de nacer. Por eso dice san Ambrosio que su padre Zacarías dirigió al mismo niño su cántico, bien persuadido a que le entendía; y san Gregorio asegura que, antes de nacer, estaba ya dotado del don de profecía.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.