lunes, 22 de junio de 2026
San Paulino de Nola, Obispo
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
San Paulino, objeto de la admiración y de la veneración de los mayores hombres de su siglo, tan célebre en toda la Iglesia, como dice el martirologio romano, no solo por su grande erudición, por su eminente virtud y por su insigne caridad, sino también por el gran poder que tuvo contra los demonios, fue hijo de Poncio Paulino, prefecto del pretorio que había sido en las Galias, contando gran número de senadores en su familia, tanto por la línea paterna como por la materna. Nació el año de 353 en Burdeos, ó como quieren otros, en una aldea, que Ausonio llamaba Hebromage, á cuatro leguas de aquella ciudad. Criáronle sus padres con todo el cuidado que pedía su ilustre nacimiento; bien que dejaron poco que hacer á la educación las nobles prendas de cuerpo, de corazón y de entendimiento con que había nacido. Hacían sus padres profesión de la religión cristiana, y le educaron en los principios de ella. Fué su preceptor Ausonio, uno de los mayores hombres de su tiempo en la poesía y en la elocuencia. Hizo el discípulo tantos progresos en las letras humanas, que á poco tiempo pareció más hábil y fué más estimado que su mismo maestro. San Jerónimo confiesa ingenuamente que no conocía hombre más elocuente que Paulino. La pureza de su estilo, la delicadeza y la brillantez de sus pensamientos, la extensión de sus noticias, el aire y la facilidad en explicarse, el fuego de su imaginación, la fuerza y la suavidad de su elocuencia, junto todo á los inmensos bienes de fortuna de que se halló presto heredero, hicieron célebre en el mundo el nombre de Paulino.
Pero mucho más se dió á estimar por la pureza de sus costumbres. Amaba naturalmente la gloria, y como no era más que catecúmeno, era también muy superficial el gusto que tomaba á la doctrina de Jesucristo. Casóse con una doncella de nacimiento española, noble y rica, pero mucho más virtuosa, la que contribuyó no poco á inspirarle máximas más cristianas. A los veinte y cinco años fué creado cónsul de Roma, y poco después prefecto de la ciudad; dignidades que fomentaban su ambición, pero sin estragar sus costumbres. Así por los negocios públicos que le encomendaron como por los domésticos y de familia que se le ofrecieron, se vió precisado en quince años á hacer muchos viajes por Italia, Francia y España, y en ellos conoció en Milán á san Ambrosio y á san Agustín, en Tours á san Martín, en Ruán á san Vicricio y en Burdeos á san Delfín, que, habiéndole instruido fundamentalmente en los misterios de la religión, le persuadió y le redujo á que recibiese el bautismo.
Ilustrado con las nuevas luces de la gracia que recibió en el sacramento, descubrió Paulino la falsa brillantez de todo lo que tanto deslumbraba los ojos de los mundanos. Añadióse á esto que las mudanzas sucedidas en el imperio se comunicaron también á su fortuna; y juntándose á estos contratiempos las muchas enfermedades que padeció, contribuyeron no poco á desprender su corazón de los bienes caducos de esta vida, y á que suspirase únicamente por los eternos. Al disgusto de las grandezas humanas se siguió el tedio al tumulto y al bullicio. Retiróse á una casa de campo, donde se entregó enteramente al servicio de Dios, santificando aquel retiro con la oración y el ayuno. Pero como le interrumpiesen las frecuentes visitas de sus amigos, tomó la resolución de escaparse á España, adonde le siguió su mujer Terasia, no obstante hallarse muy adelantada en su preñez, porque, habiendo tenido tanta parte en sus santas resoluciones, quiso ser fiel compañera suya en la penitencia.
A poco tiempo después que llegaron á España, parió Terasia un niño que vivió solo ocho días; y privado Paulino de este único fruto de su matrimonio, resolvió vivir en adelante con su mujer en perpetua continencia, como hermano con hermana, y de común consentimiento se obligaron á ello con voto los dos, dedicándose á una vida perfecta. Volvió á Italia para visitar el sepulcro de san Félix, mártir, presbítero de Nola, á quien profesaba particular devoción, y en aquella ciudad tomó la resolución de dejar enteramente el mundo. Despidióse del senado romano, en cuya presencia renunció solemnemente la dignidad de senador; hizo lo mismo con toda su ilustre parentela; vendió todas sus posesiones y bienes, que eran muy cuantiosos, y repartió el precio entre los pobres. Lo mismo hizo Terasia con todos los que había traído al matrimonio, que también eran muchos, reservando de su dote no más que lo preciso para las necesidades indispensables. Asombró y edificó á toda la Iglesia tan generoso como universal despojo.
Ansioso ya únicamente de vivir desconocido, escogió para esto la ciudad de Barcelona. Vistióse un hábito pobre, entabló una vida oscura, dejóse ver con un aire humilde, penitente y mortificado; pero todo sirvió para dar nuevo lustre á su virtud y mayor veneración á su persona. Era su ánimo volverse á Nola y pasar sus días junto al sepulcro de san Félix, encerrándose en una celdilla cerca de la iglesia para hacer oficio de portero, cuando, á pesar de su humildad, fué elevado al sacerdocio, por un suceso verdaderamente singular. Hallábase en la iglesia el día de Navidad, absorto en la contemplación de aquel tierno y sagrado misterio, cuando el clero y el pueblo, movidos de una repentina inspiración, levantaron el grito, y todos á una voz pidieron que Paulino fuese elevado á los sagrados órdenes y que se le hiciese presbítero. En vano desplegó las velas de su elocuencia abogando en favor de su humildad; no fueron oídas sus razones, y el obispo Lampio le confirió los sagrados órdenes, no haciendo caso de su humilde resistencia.
Creció el fervor con la santidad del carácter; y conociendo bien la pureza de costumbres y la santidad de vida con que debía llegarse á las sagradas aras, aplicó todo su estudio á purificar el corazón con las mayores penitencias y á desviarle de los riesgos en la seguridad del retiro. Sobresaltado con la singular veneración que todos le profesaban en Barcelona, pensó seriamente en huir de ella, buscando asilo más seguro á su profunda humildad. Y como su devoción le llamaba siempre á Nola, se volvió á Italia, y entrando en Roma, noticioso el pueblo de su venida, se conmovió todo y concurrió de tropel á verle. Apenas podían conocer al antiguo senador y cónsul entre el humilde traje de monje. Todo el estado eclesiástico secular y regular le rindió grandes honores. Solo el papa Siricio, que aún no confiaba mucho de aquella virtud tan tierna y tan visoña, juzgó que convenía recibirle con aparente frialdad y con exterior indiferencia. Lejos de ofender esto á Paulino, hizo más aprecio de la sequedad del papa, que de cuantos honores y aclamaciones le habían tributado. Cumplió con sus devociones; visitó los sepulcros de los santos mártires y encaminóse á Nola, donde desde luego comenzó á practicar el retiro por que tanto había suspirado.
Concurrieron á él muchas personas de distinción, convertidas con su ejemplo; y poniéndose debajo de su dirección, se formó presto una especie de comunidad religiosa, en que se vivía con la más exacta observancia. Era continuo y muy riguroso el ayuno, reviviendo en aquel nuevo desierto, con el ejemplo de san Paulino, todas las virtudes de los antiguos anacoretas; solo se comía un pan grosero con algunas legumbres y no se bebía más que agua. Aquel antiguo senador, aquel cónsul de Roma, aquel hombre tan enfermo y tan delicado se dejaba ver cubierto de un áspero cilicio, debajo de una túnica de pieles de cabra, ceñida con una cuerda, siendo siempre el primero en todos los ejercicios más viles y más penosos. Pero con ser tan pura y tan penitente su vida, no estaba exenta de las tentaciones del enemigo de nuestra salvación. Por largo tiempo fué ejercitado con las más violentas, siendo el combate dilatado y cruel; pero el Señor le sacó victorioso. Fueron sus armas la humildad, huir de las ocasiones, la oración y la penitencia. Sirvióle siempre de gran socorro su tierna devoción á la santísima Virgen; y en virtud de la mucha que profesaba á san Félix, mártir, por mucho tiempo le componía cada año un poema el día de su fiesta. Todos los años iba también una vez á Roma á renovar sus votos delante del sepulcro de los santos apóstoles san Pedro y san Pablo; y en fin, no omitía medio alguno de cuantos juzgaba oportunos para aumentar su devoción y su fervor.
Extendióse luego su fama por todo el orbe cristiano, y apenas hubo siervo de Dios en aquel tiempo que no solicitase tener por lo menos correspondencia de cartas con el santo presbítero Paulino. Dos veces vino á Nola por verle desde las riberas del Danubio san Nicetas, obispo de Dacia. No solicitaron con menos ansia su amistad los mayores obispos de Italia, de las Galias, del África y de la Iliria; y el papa san Anastasio en todas las ocasiones le dió las mayores pruebas de su estimación y de su benevolencia. San Martín le proponía á sus discípulos por modelo de la perfección evangélica, y san Ambrosio hizo un magnífico elogio de su desprendimiento y de su generosidad. Recomendándole san Agustín á un discípulo suyo, le dice que le envía á su escuela para que le enseñe á ser perfecto; y san Jerónimo le escribe que no es tan tranquila su soledad de Belén, como su desierto de Campania.
Hallábase Paulino en este alto concepto de santidad, cuando vacó la silla episcopal de Nola por la muerte del obispo Paulo; y hubo bien poco en que deliberar, porque de unánime consentimiento fué aclamado para ocuparla; y á pesar de los esfuerzos que hizo para resistir á una dignidad de que se consideraba tan indigno, fué consagrado obispo hacia el fin del año 409, con aplauso universal de todos los fieles. Experimentó presto el rebaño los efectos de la vigilancia y de la eminente virtud del santo pastor, conociéndose muy luego lo mucho que puede un prelado santo. Proveyó su solicitud pastoral á todas las necesidades de los menesterosos; hízose todo á todos por ganarlos á todos para Jesucristo; con su afabilidad, con su dulzura y con su caridad ganó primero los corazones y después fácilmente los convirtió, viendo de repente mudado el semblante de toda la diócesis.
No tenía un año de obispo, cuando los godos, conducidos de Alarico, después de haber tomado y saqueado á Roma, se extendieron por la provincia de Campania para talarla y arrasarla. Trataron á Nola como á Roma; pero respetaron la virtud de Paulino. Registraron toda su casa, aunque veneraron su piedad, y muchas veces le oyeron hacer á Dios esta oración: No permitáis, Señor, que yo sea atormentado por la plata ni por el oro; pues bien sabéis que he puesto todos mis bienes en manos de los pobres. Disipada la tempestad con la muerte de Alarico, en poco tiempo hizo olvidar la caridad de nuestro santo todas las miserias que habían causado los bárbaros.
El cisma del antipapa Eulalio turbó la elección del papa san Bonifacio; y habiéndose convocado un concilio en Rávena para restituir la paz á la Iglesia, rogó el emperador Honorio á san Paulino que asistiese á él; y como le hubiese asaltado una enfermedad que no se lo permitía, quiso el emperador que se difiriese el concilio hasta que se recobrase el santo obispo. Sola su presencia disipó las facciones, y su voto era el oráculo que decidía. No contento san Agustín con mantener correspondencia por cartas con san Paulino, le dedicó el libro que intituló Del cuidado de los muertos; por haberle compuesto con ocasión de la pregunta que le hizo el mismo Paulino sobre si podía ser de algún provecho el mandarse enterrar al pié de algún determinado altar, ó en tal iglesia dedicada á tal santo.
Gobernaba pacíficamente el santo obispo su rebaño con una prudencia, con un zelo y con una caridad que le hacían verdaderamente feliz, cuando descargó sobre toda la Italia otra nueva tempestad. Excitada la codicia de los vándalos con el ejemplo de los godos, y por la facilidad con que la habían arrasado, sacando inmensos tesoros de ella, quisieron también aprovecharse de la ocasión, y entraron á talarla, comenzando por Campania. En tan grande y general desolación fué el único recurso la caridad de san Paulino. No contento con visitar, exhortar y consolar á todos, vendió cuanto le había quedado para socorrer á los miserables. En esta ocasión, dice san Gregorio, dió san Paulino á todo el universo el ejemplo de la más generosa y más perfecta caridad cristiana.
Echóse á sus pies una pobre viuda, toda afligida y desolada, suplicándole la diese con que rescatar á un hijo único que tenía, y se le había llevado por esclavo el rey de los vándalos. Hallábase el santo sin un maravedí é imposibilitado de consolar á aquella afligida mujer; pero su ardiente caridad le sugirió el medio más extraordinario para socorrer tan urgente necesidad: Hija, respondió el santo á la triste viuda, no tengo otra cosa que darte sino mi persona; desde luego me declaro por esclavo tuyo, y consiento en que me trueques por tu hijo; esto es en lo que te puedo servir. Cortóse y sorprendióse la buena mujer al oír tan extraña proposición; pero volviendo luego sobre sí, y pareciéndole que al obispo no le podían faltar medios para recobrar presto su libertad, estimulada del natural y tierno amor á su único hijo, aceptó el partido y presentó su nuevo esclavo para el cange.
Al principio reparó el bárbaro en la edad; pero preguntando al santo qué oficio sabía, y respondiéndole que el de jardinero, luego consintió en el trueque. Luego que llegó á África se aplicó á cultivar los jardines de su amo, y echando Dios la bendición á su trabajo, se granjeó toda la estimación de aquel, quien conoció á breves días los extraordinarios talentos de su jardinero. Fué luego reconocido el santo obispo por los otros esclavos, y no se hablaba de otra cosa en toda el África que de la excesiva caridad del santo prelado. Habiendo pronosticado á su amo la muerte del rey, su suegro, todos le miraban ya como á un hombre milagroso. En fin, el príncipe le dió libertad; entrególe todos los esclavos italianos y le volvió á enviar á su obispado colmado de beneficios. Fácilmente se puede discurrir el gozo con que sería recibido. No hubo triunfo más glorioso que la entrada de Paulino en la ciudad de Nola.
Pero sobrevivió poco á su gloriosa vuelta, porque así los trabajos del cautiverio, como las apostólicas fatigas del obispado y sus continuas penitencias habían estragado mucho su preciosa salud. Sintióse acometido de un violento dolor de costado que no cedió á los más eficaces remedios. Visitáronle tres días antes de su muerte dos obispos vecinos suyos, Simaco y Acindino; mostró mucho consuelo con su venida; mandó poner un altar en su mismo cuarto, y asistido de los dos prelados celebró el santo sacrificio y reconcilió con la Iglesia á los que había separado de su comunión. Pasó los dos días siguientes con una serenidad de espíritu y con una paciencia admirable; solo abría la boca para bendecir á Dios, para darle gracias por los beneficios recibidos, y para exhortar á la virtud á todos los que le visitaban.
Díjole el presbítero Postumino que todavía se debía algún dinero á los mercaderes que habían prestado el paño para vestir á los pobres; á que respondió sonriéndose: Ya no tengo un cuarto; pero la divina Providencia no me dejará morir con trampas; y un instante después le entregaron un bolsillo que le enviaban un obispo de Lucania y cierto caballero, con lo que bastaba para satisfacer á todos sus acreedores. Rezó después todo el oficio divino con los eclesiásticos que le acompañaban; y acabado, se quedó como en oración, en la que se le oía derramar su corazón delante de Dios con sensible devoción. Algunos momentos antes de espirar tembló el cuarto y se estremeció la cama, y un instante después entregó el alma á su Criador, el día 22 de junio de 431, á los setenta y cuatro años de su edad.
Todos le lloraron igualmente; hasta los judíos y los gentiles mostraron públicamente su dolor. Fué enterrado en la iglesia que había hecho edificar en honor de san Félix, á quien siempre había profesado muy particular devoción. Andando el tiempo, fué trasladado á Roma, y colocado en la iglesia de San Bartolomé, adonde acude el pueblo de tropel á venerarle, movido de los muchos milagros que obra el Señor por su intercesión. En sus epístolas y en sus poesías, cuya conservación debemos al cuidado de su grande amigo san Amante, obispo de Burdeos, se admira aún el día de hoy aquella elevación de pensamientos, aquella elegancia de estilo, y aquella devota moción que en parte formaban el carácter de este gran santo.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.