lunes, 15 de junio de 2026
Santos Vito, Modesto y Crescencia, Mártires
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
Fué san Vito siciliano de nación, de familia muy ilustre; pero de padres gentiles por desgracia. Aquel Señor, que en las mayores persecuciones manifestó siempre más el poder milagroso de la gracia y se complace tanto en echar mano de lo más flaco del mundo para confusión de lo más fuerte, escogió á nuestro santo para que en la edad de doce á quince años fuese un niño de milagros. Por dicha era cristiano el ayo que le buscaron sus padres y se llamaba Modesto, del cual, como es verosímil, se valió Dios para sacar al niño Vito de las tinieblas de la idolatría, previniéndole desde luego con aquellas gracias extraordinarias que dan tan declaradamente á conocer la virtud del Todopoderoso.
Estaba encendido en todas partes el fuego de la persecución contra los cristianos; pero el tierno Vito, despreciándole con generosidad, hacía abierta profesión de este glorioso nombre y en todas ocasiones se declaraba contra la ciega superstición de los gentiles. Llegó esto á noticia de Valeriano, gobernador de Sicilia por los emperadores Diocleciano y Maximiano; y llamando á Hylas, padre de nuestro santo, le significó lo mucho que extrañaba tener entendido que su hijo era uno de los más acalorados sectarios de la religión cristiana; y le añadió en tono severo: Si quieres salvar la vida de ese inconsiderado muchacho, haz que tenga juicio y que salga cuanto antes de su error.
Era Hylas tan zeloso gentil, como fervoroso cristiano su hijo; y llamándole sin perder un instante, le dijo con semblante desconsolado y afligido: ¿Qué es lo que oigo, hijo mío de mi vida? ¿será posible que esta maldita raza de los cristianos te haya hechizado de manera que adores por dios á un vil Judío, colgado por sus delitos en un infame madero, y que por esta caprichosa extravagancia incurras en la indignación de los emperadores, manchando con tan feo borrón tu esclarecida familia? Al decirle esto le daba estrechos abrazos y derramaba copiosas lágrimas, explicando en estas demostraciones su dolor y su ternura.
Mantúvose el niño Vito con inmutable entereza, y respondió á su padre en esta sustancia: «Amado padre y señor, mucho os equivocáis en el concepto que hacéis de los cristianos, teniéndolos por magos y por hechiceros; no hay cosa más pura, no la hay más santa que sus costumbres y que su doctrina. La muerte de Jesucristo en la cruz solo parece locura á los ojos de los gentiles; por lo demás ella fue el gran misterio de la redención del mundo. Perdió el hombre la amistad de su Dios por el pecado, y fué menester que Dios se hiciese hombre y muriese en esa cruz para restituirle á su gracia, porque cualquiera otra satisfacción sería improporcionada. El que á vos se os representa suplicio fue un milagro de la divina clemencia: la que tratáis de extravagancia es celestial sabiduría; y creedme, nunca podría yo añadir mayor lustre á toda la familia, que el que la comunico precisamente por la gloriosa profesión que hago y espero siempre hacer de fervoroso cristiano.»
Enmudeció Hylas á vista del respeto y de la intrepidez con que le habló el santo hijo; pudieron más la admiración y la ternura que la cólera y la indignación. Retiróse sin hablar palabra y dejó en paz al niño Vito. No era posible que esta le durase mucho á vista del ruido que hacían las maravillas que Dios obraba por él. Cobraban vista los ciegos y repentina salud los enfermos, solo con hacer Vito sobre ellos la señal de la santa cruz, y hasta los demonios, ó por malignidad, ó por precepto, publicaban sus virtudes por boca de los energúmenos.
Dióse noticia de todo á Valeriano, atribuyéndolo á hechicería y encantamiento, según la manía en que se habían encaprichado los gentiles; y mandando el gobernador llamar á Hylas: Ya te previne, le dijo en tono colérico y dominante, que tu hijo era cristiano; te advertí que le redujeses á la razón; sin embargo sé que es uno de los más perniciosos mozos de esta maliciosa secta; no puedo ya dispensarme de hacerle comparecer en mi tribunal; quiero que tú estés presente y que entiendas no podré dejar de castigarle si no me obedece con presteza.
Compareció el santo niño; y tratándole Valeriano con cariñosa blandura, le preguntó: ¿En qué consiste, hijo mío, que no te dejes ver en nuestros templos, ni asistas á nuestros sacrificios? ¿ignoras por ventura que los emperadores mandan quitar la vida con los más atroces tormentos á todos los cristianos? No, señor, respondió Vito sin dar muestras de la más leve turbación, no lo ignoro; pues yo mismo he sido testigo de la crueldad de los suplicios y de la constancia de los mártires: pero ¿qué razón habrá para obligarnos á reconocer por dioses á un pedazo de mármol, ó á un tronco sin vida, que no valen por el más vil de todos los hombres? Por lo que toca á mí, resueltamente te digo que jamás adoraré á otro Dios que al único que lo es verdaderamente del cielo y de la tierra, porque tampoco hay otro.
Cuando Hylas oyó estas palabras salió fuera de sí, y comenzó á exclamar como frenético: ¡Ay desdichado de mí! Compadeceos de la triste suerte de este desgraciado padre todos los que sois amigos míos; no tengo más que un hijo, y ese le voy á perder miserablemente sin remedio. No, padre mío, no me perderéis, ni yo pereceré, replicó el santo tan fresco como tranquilo, pues no hay mayor felicidad que derramar toda la sangre por amor de Jesucristo, mereciendo por una dichosa muerte entrar en la compañía de los bienaventurados.
Quedó como atónito Valeriano al ver tanta cordura y tanta constancia en un niño de catorce á quince años, pero igualmente indignado de una respuesta tan animosa, le dijo: Por respeto á tu calidad y por la amistad que profeso á tu padre te he dejado hasta ahora de castigar; mas ya que abusas tanto de mi bondad, veremos si la pena te hace más cuerdo y más dócil. Mandó, pues, que le despedazasen á azotes; orden que se ejecutó al punto con inhumanidad y con exceso, pero sin perder el santo niño un punto de su tranquilidad. En vano se valió el gobernador de promesas y de amenazas: Ya le he dicho de una vez para siempre, respondió el santo mancebo, que jamás reconoceré ni adoraré otro Dios que á Jesucristo.
Colérico Valeriano mandó que le aplicasen á la cuestión de tormento; íbanlo á ejecutar los verdugos, y se hallaron de repente con una general contracción de todos los miembros, y al mismo gobernador se le secó de repente la mano con agudísimos dolores. Al principio lo atribuyeron, según su ordinaria cantinela, á la mágica profesión que suponían en todos los cristianos; pero queriendo desengañarlos el niño Vito de que todos estos milagros eran solo por virtud del nombre de Jesucristo, pronunció sobre ellos este dulcísimo nombre y al punto quedaron todos sanos. Neutral el gobernador entre el agradecimiento y la cólera, se contentó con entregársele á su padre, repitiéndole el encargo de que le procurase reducir á obedecer á los emperadores.
Parecióle á Hylas que los regalos, las diversiones y los deleites serían más eficaces que los suplicios, y ninguno omitió de los más propios para lisonjear el corazón, ablandarle y corromperle; pero el santo mancebo se mostró invencible á todo; y aun se dice que, habiendo quedado repentinamente ciego el inconsiderado padre, en castigo de su indiscreta curiosidad, experimentó él mismo lo mucho que podía con Dios su milagroso hijo, porque recobró la vista solo con hacerle este la señal de la cruz sobre los ojos; milagro que, en vez de obrar su pronta conversión, produjo un efecto enteramente contrario; pues persuadido á que su hijo era mago y hechicero, tomó desde entonces la bárbara resolución de perderle: pero Modesto, antiguo preceptor del santo niño, fue avisado en sueños por un ángel que secretamente le sacase del poder de su padre y le condujese á la orilla del mar, donde encontraría un navío prevenido para llevarle donde le destinaba la divina Providencia.
Declaró Modesto á Vito las disposiciones de esta, y encaminándose entrambos al sitio señalado, encontraron un navío que estaba para hacerse á la vela, y entrando en él, dieron fondo en un puerto de la antigua Lucania, provincia del reino de Nápoles, que se llama hoy Basilicato. Hicieron alto en un desierto cerca del río Siluro, tomando el Señor de su cuenta el mantenerlos por medio de una águila, que cada día les llevaba la provisión que bastaba para no morirse de hambre.
Comenzaban á gustar los dulces consuelos de la soledad cuando se hallaron en precisión de dejarla, para que triunfase Jesucristo en la capital del imperio y á los ojos mismos del emperador. Apoderóse el demonio de un ministro muy favorecido de Diocleciano, y atormentándole extrañamente, protestaba á voz en grito que no saldría de aquel cuerpo hasta que Vito, solitario de Lucania, le compeliese á dejarle. Mandó buscar el emperador á un hombre, cuya virtud poderosa mostraba temer el mismo demonio; halláronle en oración con su preceptor Modesto; é informado el emperador de que eran cristianos, dio por cierto que ambos serían dos insignes magos y que tendrían estrecho comercio con el demonio, en cuya suposición les hizo muchas preguntas.
Las respuestas del santo niño hechizaron á Diocleciano, el cual le preguntó sobre todo, con qué artificio lanzaban los demonios de los cuerpos. Señor, le respondió Vito, no hay otro artificio que la virtud omnipotente de mi Salvador Jesucristo, á cuyo nombre doblan la rodilla el cielo, la tierra y los abismos, reconociendo su infinito poder. Pues hagamos la experiencia, replicó el emperador, y libra del demonio á mi favorecido. Hizo oración el fervoroso mancebo; puso la mano sobre la cabeza del energúmeno, y haciendo en ella la señal de la cruz, dijo estas palabras: Sal de ese cuerpo, espíritu inmundo, que así te lo mando en nombre de Jesucristo, mi Salvador y mi Dios. Al punto salió el demonio con espantoso ruido, queriendo quitar la vida á muchos de los gentiles que se hallaban presentes y habiendo vomitado mil blasfemias contra nuestra santa religión.
Dicen las antiguas actas del martirio de nuestro santo que, movido el emperador de tantas maravillas y enamorado de la gracia, del agrado, de la viveza y del brillante espíritu del santo niño, no perdonó diligencia alguna para ganarle, hasta ofrecerle que le adoptaría por hijo y le asociaría en el imperio. Horrorizóse de la proposición el invencible mancebo, convirtiéndose en saña la ternura de Diocleciano: mandó que así á él como á Modesto los encerrasen en un tenebroso y hediondo calabozo y los dejasen morir de hambre; pero apenas entraron en él cuando se abrieron las puertas, se hicieron pedazos las cadenas y se apoderó un pavoroso terror de todos los corazones. Atónito el carcelero corrió desolado á palacio, y temblando con el asombro y con la turbación, dió cuenta al emperador de lo que pasaba.
Temió Diocleciano las consecuencias de aquella maravilla, y acudiendo prontamente á borrar la impresión que podía hacer en los ánimos á favor de los cristianos, ordenó que luego al punto fuesen expuestos á las fieras en el anfiteatro. Alentaba Vito á Modesto á vista de los tigres y de los leones que habían soltado contra ellos, en presencia de más de cinco mil personas que habían concurrido; pero apenas hicieron los santos la señal de la cruz, invocando el nombre de Jesucristo, cuando los leones y los tigres se postraron á sus pies, halagándolos blandamente con la cola.
Resonaron al punto los gritos de admiración en que prorrumpió todo el pueblo, y al oírlos se irritó tanto el emperador, que, sin poder disimular su cólera, mandó se emplease el hierro y el fuego para atormentarlos, pero nada bastó para vencerlos. Convirtióse á la fe una mujer llamada Crescencia á vista de aquella heroica constancia y alegría, mereciendo ser condenada á morir con ellos. No pudo subir á más la crueldad de los verdugos; despedazaron á los santos mártires hasta descubrirse las entrañas; sin que por eso dejasen de cantar jamás las alabanzas del Señor.
Iban ya á acabar con las dos víctimas, cuando de repente se sintió un furioso terremoto, que, llenando á todos de espanto, disipó toda aquella muchedumbre. Aseguran las mismas actas que los tres santos mártires fueron sacados del cadalso por ministerio de los ángeles y conducidos al mismo lugar donde Vito y Modesto habían sido encontrados; y que, habiendo suplicado Vito al Señor se dignase de consumar su sacrificio, todos tres rindieron en sus manos el espíritu.
Hacia la mitad del octavo siglo pasó á Roma Fulrado, abad de san Dionisio en Francia, y habiendo conseguido del papa Zacarías un cuerpo santo de los cementerios, con nombre de san Vito mártir, le depositó en una heredad de la diócesis de París, que pertenecía á un hermano suyo, donde se edificó una iglesia con la advocación del santo, y andando el tiempo, en el año de 836, fué trasladado este santo cuerpo con grande solemnidad á la abadía de Corvey en Sajonia.
Pero este no es el cuerpo de san Vito martirizado con san Modesto, del cual en ninguna parte se halla vestigio de que jamás fuese trasladado de Lucania á Roma; y lo más concluyente es, que cincuenta años después que Fulrado llevó de Roma para Francia la referida reliquia, se hallaron los cuerpos de san Vito, san Modesto y santa Crescencia en su antigua sepultura, de la cual fueron transferidos á Polignano el año de 886, donde se mantienen hasta el día de hoy con grande veneración. Hállase también otro san Vito que fué martirizado en Roma, cuyas reliquias fueron sin duda las que llevó á Francia el abad Fulrado.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.