sábado, 25 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

lunes, 15 de junio de 2026

Santos Vito, Modesto y Crescencia, Mártires

Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.

Epístola (Sap. 3, 1-8)

Léctio libri Sapiéntiæ Justorum ánimæ in manu Dei sunt, et non tanget illos torméntum mortis. Visi sunt oculis insipiéntium mori: et æstimála est afflíctio exitus illórum: et quod a nobis est iter, extermínium: illi autem sunt in pace. Et si coram homínibus torménta passi sunt, spes illórum immortalitáte plena est. In paucis vexáti, in multis bene disponéntur: quóniam Deus tentávit eos, et invenit illos dignos se. Tamquam aurum in fornáce probávit illos, et quasi holocáusti hóstiam accépit illos, et in témpore erit respéctus illorum. Fulgébunt justi, et tamquam scintíllæ in arundinéto discúrrent. Judicábunt natiónes, et dominabúntur pópulis, et regnábit Dóminus illórum in perpétuum.

Las almas de los justos están en la mano de Dios; y no llegará a ellas el tormento de la muerte eterna. A los ojos de los insensatos pareció que morían; y su tránsito, o salida del mundo, se miró como una desgracia, y como un aniquilamiento su partida de entre nosotros; mas ellos, a la verdad, reposan en paz. Y si delante de los hombres han padecido tormentos, su esperanza está llena o segura de la feliz inmortalidad. Su tribulación ha sido ligera, y su galardón será grande; porque Dios hizo prueba de ellos, y los halló dignos de sí. Los probó como al oro en el crisol, y los aceptó como víctima de holocausto; y a su tiempo se les dará la recompensa. Entonces brillarán los justos como el sol, y como centellas que discurren por un cañaveral así volarán de unas partes a otras. Juzgarán a las naciones y señorearán a los pueblos, y el Señor reinará con ellos eternamente. [Torres Amat]

Comentario patrístico · Comentario al libro de la Sabiduría, cap. 3 — Cornelio a Lápide

1. LAS ALMAS DE LOS JUSTOS ESTÁN EN LA MANO DE DIOS, Y NO LAS TOCARÁ EL TORMENTO DE LA MUERTE. El árabe traduce: alma bienaventurada. El nexo de este capítulo con el precedente es fácil y obvio: allí describió los amargos odios con que los impíos persiguen a los justos hasta la muerte, y aun la más afrentosa; para que nadie, pues, tenga por dichosos a los impíos, como si fuesen señores de las cosas, ni por desdichados a los justos, oprimidos por ellos, muestra aquí lo contrario, a saber, que las almas de los justos pasan tras la muerte a la vida bienaventurada, donde moran en la casa, más aún, en la mano de Dios; mientras que, por el contrario, las almas de los impíos pasan tras la primera muerte del cuerpo a la segunda, la de la gehena, y ésta eterna, donde están en la casa, más aún, en la mano del diablo. Por «justos» entiéndanse aquí cualesquiera, pero sobre todo los que padecen por la justicia, es decir, los mártires; de donde la Iglesia, leyendo este pasaje en el Oficio eclesiástico, lo aplica a los mártires. El sentido es, pues: la muerte sufrida por los mártires por Cristo no los aflige, sino que los deleita. No sufren en la salida, ni se horrorizan en el tránsito, ni quedan avergonzados ante el rostro y el juicio del Señor, que es el triple tormento de muerte de los impíos.

EN LA MANO DE DIOS ESTÁN. En la mano, esto es, bajo el particular cuidado, providencia, tutela, protección, conservación, fortalecimiento, dirección, remuneración, beatificación y glorificación de Dios; como si dijera: Dios protege, conserva y robustece en esta vida, y aun en los mismos tormentos, las almas de los justos y de los mártires, para que los venzan y guarden la fe dada a Dios, y mucho más después de la muerte las corona con la gloria eterna. Moralmente, el justo es llevado en la mano de Dios: primero, como el niño en la mano de la madre o de la nodriza (Os. 11, 3); segundo, como la carta en la mano del que escribe, para trazar en ella lo que quiera (Is. 49, 16: «He aquí que en mis manos te he grabado»); así Cristo crucificado inscribió a sus amados en sus manos, no con plumas sino con clavos, no con tinta sino con sangre; tercero, como el anillo en la mano del rey, pues tan preciosa es el alma del justo en la mano y a los ojos de Dios (Is. 62, 3: «Serás corona de gloria en la mano del Señor»); cuarto, como el enfermo o débil en la mano del que lo conforta; quinto, como los lirios y las flores en la mano del que los huele, pues las almas santas exhalan olor fragante en las narices de Dios; sexto, como la materia o el instrumento en la mano del artífice, para pulirlas con golpes y presiones, y como la espada en la mano del soldado para matar al enemigo, según dice san Crisóstomo: «En tu combate lucha el Señor, el Señor pelea, y la victoria se te atribuye a ti». Así, las almas de los justos están en la mano de Dios, que les impone las coronas y les infunde luz, vida y gloria; como dice san Juan Damasceno: la muerte de los santos es más bien sueño que muerte, pues «duermen con dulce sueño, velando la mente», como el niño duerme seguro en el regazo de la madre.

Y NO LAS TOCARÁ EL TORMENTO DE LA MUERTE. En lugar de «tormento» algunos leen «malicia»; ninguna de las dos voces está en el griego, que dice: «y no los alcanzará el suplicio»; así también el siro y el árabe. Nuestro texto (la Vulgata) añadió a la voz «tormento» el «de la muerte», porque los tormentos conducen a la muerte y matan a los mártires. El sentido es: como las almas de los justos están en la poderosa mano y tutela de Dios, aunque sean afligidas y atormentadas por los impíos, o no sienten esos tormentos (como muchos mártires no sintieron sus suplicios), o ciertamente los superan con ánimo fuerte y excelso, de modo que en ellos se gozan y no los estiman dolores, sino favores de Dios. Y en la muerte misma no sienten su agonía y tormento, porque ya su alma, por el deseo con que anhelan el cielo y a Dios, está como separada del cuerpo. El «tormento de la muerte» significa cinco cosas: primero, los tormentos acerbos y mortíferos que los tiranos infligieron a los justos, los cuales, sin embargo, no los penetraron ni los atormentaron, sino que más bien los hicieron alegres, fuertes y gloriosos; segundo, la misma agonía de la muerte, cuando el alma se separa del cuerpo, que es enorme tormento para los impíos, mas no para los justos, por la esperanza y el tránsito a una vida mejor; tercero, la muerte y aniquilación misma del alma, que los impíos creen infligir al justo, pero yerran; cuarto, el tormento de la gehena, que es la muerte segunda y eterna; quinto, el tormento de la mala conciencia, llamado «de la muerte» porque es acerbísimo y en la muerte atormenta más al moribundo por el juicio inminente. Escucha a san Bernardo: «Éste es el gusano que no muere, la memoria de lo pasado... No cesa de roer la conciencia, y, alimentado de ella, perpetúa la vida con manjar inconsumible».

2. A LOS OJOS DE LOS NECIOS PARECIÓ QUE MORÍAN, Y SE TUVO POR AFLICCIÓN SU SALIDA. En lugar de «aflicción» el griego tiene κάκωσις, esto es, miseria, calamidad; el siro y el árabe: «se les tuvieron por daños o lesiones»; como si dijera: así como fue mísera la entrada de los piadosos en la vida, así fue mísero su salir: miserablemente nacieron, miserablemente vivieron, miserablemente murieron; toda su vida no fue sino continua miseria. Así razonan los necios, pero neciamente. Escucha a san Bernardo: «Hermanos, los amigos de Dios parecen morir a los ojos de los necios; pero a los ojos de los sabios se juzga más bien que se duermen». En lugar de «exterminio» el griego tiene σύντριμμα, esto es, quebrantamiento, tomada la metáfora de las vasijas de barro, que, una vez quebradas por caso, ya no pueden repararse (Jer. 30, 11). Así la muerte de los justos parece a los mundanos, que sólo conocen lo presente e ignoran lo eterno, una misérrima ruina y una perdición del todo irreparable; pero yerran los ciegos cuanto es posible, pues, como dice el Apóstol (2 Cor. 5, 1), «sabemos que, si nuestra casa terrena de esta habitación se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, casa no hecha de mano, eterna en los cielos». De ahí que en el Martirologio el día de la muerte de los santos se llame su día natalicio, en que, muertos a esta vida, renacen a la bienaventurada inmortalidad.

3. Y LO QUE PARA NOSOTROS ES CAMINO, LO TUVIERON POR EXTERMINIO; MAS ELLOS ESTÁN EN PAZ. Léase así con los ejemplares romanos y griegos. El sentido es: la salida de los justos de esta vida, que es como un camino por donde salieron de nosotros, esto es, de la sociedad de los hombres, fue tenida por los impíos por exterminio, es decir, por plena ruina y aniquilación; siendo así que esta salida es para los justos entrada en la paz, esto es, en el descanso y la vida eterna; pues, como dice san Agustín, tan gran gracia de la fe concedió Dios, que la muerte, que consta ser contraria a la vida, es el instrumento por el cual se pasa a la vida. Mira aquí la paradoja: la muerte es para los justos principio y puerta de la vida; de donde, en lugar de «camino», el griego pone πορεία, esto es, partida, tránsito. Los hebreos con el nombre de «paz» significan todo bien y toda felicidad; la vida eterna, pues, es paz, en la que descansan plenamente los justos, libres de toda miseria, dolor y peligro, y llenos de toda felicidad, gozo y seguridad. Añádase que, antes de Cristo, cuando se escribió este libro, aún no estaba abierto a los justos el acceso al cielo para ver a Dios, sino que sus almas descendían al limbo de los padres, esto es, al seno de Abrahán, y allí esperaban en quietud a Cristo, que había de abrir el cielo; con razón se llama «paz» a este lugar de reposo.

4. Y SI ANTE LOS HOMBRES PADECIERON TORMENTOS, SU ESPERANZA ESTÁ LLENA DE INMORTALIDAD. Habla propiamente de los justos que padecen tribulaciones y persecuciones, pero sobre todo de los mártires; pues a éstos en los tormentos los sostiene y robustece la esperanza de la gloria, que después pronto se convierte en la cosa misma. Primero, «esperanza» puede tomarse por metonimia por la cosa esperada, esto es, por el premio: el galardón de los justos afligidos y de los mártires, que en esta vida esperaron y ya poseen en el cielo, es la plenitud de la inmortalidad, riquezas que no perecen. Escucha a san Cipriano: «Qué esperanza y qué galardón aguarda a los mártires, tras los combates y padecimientos de este tiempo, lo mostró y predijo el Espíritu Santo por Salomón». Segundo, «esperanza» puede tomarse propiamente: los mártires, tanto en la vida como en la muerte, y mucho más después, ya alcanzada la victoria, esperan la plena inmortalidad. De aquí consta que en las almas de los padres en el limbo, igual que en las que están en el purgatorio, permanece la esperanza, aunque ellas mismas estén ciertas de su salvación; lo prueba Francisco Suárez: primero, porque en ellas permanecen la fe y la caridad, luego también la esperanza, que es media entre ambas; segundo, porque aún no obtienen la bienaventuranza, luego la esperan; tercero, porque no hay en ellas causa alguna de corrupción de la esperanza. Y añade Suárez que también en las almas ya bienaventuradas en el cielo permanece el hábito de la esperanza, e incluso un acto secundario, pues esperan actualmente la resurrección y la gloria del cuerpo.

5. AFLIGIDOS EN POCAS COSAS, EN MUCHAS SERÁN BIEN DISPUESTOS. El griego, con elegancia: ὀλίγα παιδευθέντες μεγάλα εὐεργετηθήσονται, esto es, «castigados en poco, con muchos beneficios serán favorecidos». Entiéndase «disciplina» por la corrección de las costumbres que impone Dios, o el superior, o aun el enemigo; como dice Cantacuceno, no son propiamente tormentos, sino castigo, y no grave, sino leve. Y del griego puede verterse propiamente «instruidos y enseñados», pues el efecto de la tribulación de los justos es su instrucción, según la exhortación de Pablo (Heb. 12, 5, tomada de Prov. 3, 11): «Hijo mío, no desprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres por él reprendido». Habla el Sabio propiamente de los mártires, pero consecuentemente de cualesquiera justos que sufren y superan cosas graves por la paciencia, la fortaleza, la continencia u otra virtud; pues toda virtud tiene su combate y su martirio. De donde san Jerónimo: «Tu madre fue coronada con largo martirio; pues no sólo se reputa por martirio el derramamiento de sangre, sino también la inmaculada servidumbre de una mente entregada: el martirio cotidiano»; y san Bernardo cuenta un triple martirio sin sangre: parquedad en la abundancia, largueza en la pobreza, castidad en la juventud.

PORQUE DIOS LOS PROBÓ Y LOS HALLÓ DIGNOS DE SÍ. Dios no tienta, esto es, no solicita a nadie al pecado, pues eso es obra del diablo; se dice, sin embargo, que tienta, es decir, que prueba y examina la fe y la virtud de los hombres, cuando les envía o permite la pobreza, la enfermedad, la infamia, la persecución, la muerte, el martirio; pues, aunque él conoce de antemano su fe y su virtud, quiere que ellos mismos la ejerciten y la hagan patente a los demás. Así san Gregorio: «He aquí que en la adversidad brilló con más fuerza el vigor de la fe... Fueron tentados con la adversidad de los azotes, pero hallados dignos». Y «los halló dignos de sí», de su gracia, amistad, herencia, reino y gloria celestial; de aquí consta que los justos merecen la gloria celestial no sólo de congruo, sino de condigno: pues aunque las obras consideradas en sí desnudas no merezcan tanta gloria (Rom. 8, 18: «No son dignos los padecimientos de este tiempo, en comparación de la gloria venidera»), sin embargo, en cuanto manan de la gracia de Dios y de un hombre grato a Dios, son condignas de tanta gloria; pues la gracia se ajusta a la medida de la gloria, y es como su semilla e iniciación.

6. COMO ORO EN EL HORNO LOS PROBÓ. Como si dijera: así como el oro en el horno se purifica de la escoria y resplandece más brillante, así Dios purga a los justos de la hez de los vicios veniales por las tribulaciones y los martirios, y los hace más fuertes y esclarecidos por la paciencia y la virtud. El primero que usó esta sentencia fue Job (23, 10): «Él conoce mi camino, y me ha probado como al oro que pasa por el fuego»; después David (Sal. 65, 10), Salomón (Prov. 17, 3: «Como en el fuego se prueba la plata y el oro en el crisol, así el Señor prueba los corazones»), Isaías (48, 10), Daniel (11, 33), Zacarías (13, 9), Malaquías (3, 2) y el Eclesiástico (2, 5): «Porque en el fuego se prueban el oro y la plata, y los hombres aceptables a Dios en el horno de la humillación». Ley eterna es, sancionada por Dios, que todos los justos sean probados, purgados y perfeccionados por la tribulación como por el fuego; nadie se exceptúa de ella. Bellamente san Agustín: «El horno es el mundo; la paja, los inicuos; el oro, los justos; el fuego, la tribulación; el orfebre, Dios. Lo que quiere el orfebre, hago; donde me pone el artífice, allí lo soporto; me manda soportar, mas él sabe purificar». La tribulación es, pues, el horno que prueba a los hombres: los fuertes y santos salen de él resplandecientes como oro; los pusilánimes quedan como escoria.

Y COMO VÍCTIMA DE HOLOCAUSTO LOS RECIBIÓ. El griego: «como holocausto de víctima». Todos los justos que padecen la adversidad por amor de Dios son holocaustos suyos, pero sobre todo los mártires, que se ofrecen a Dios enteros en holocausto. Triple era la víctima de los judíos (Lev. 1, 2-3): la víctima por el pecado, la víctima pacífica —ofrecida por la paz y salud de alguien— y el holocausto, que se quemaba todo entero para Dios (esto significa en griego ὁλοκάρπωμα), mientras que de las demás víctimas sólo el sebo y la sangre cedían a Dios, y lo restante a los sacerdotes y legos oferentes. Así pues, los penitentes son como víctima por el pecado, porque por él ofrecen a Dios la maceración de la carne; los inocentes son como víctima pacífica, porque consagran a Dios la pureza de la mente; mas los mártires son como holocausto, porque dedican a Dios por el martirio la maceración de la carne, la pureza de la mente, la vida y cuanto tienen. Este holocausto del martirio ambicionaba para sí san Ignacio, que en su epístola a los romanos proclama: «Estoy dispuesto al fuego, a las fieras, a las espadas, a la cruz, con tal de ver a Cristo, mi Salvador y Dios, que murió por mí».

7. RESPLANDECERÁN LOS JUSTOS, Y CORRERÁN COMO CENTELLAS EN EL CAÑAVERAL. «Resplandecerán» como estrellas, más aún, «como el sol en el reino de su Padre», según lo explica Cristo aludiendo a este pasaje (Mt. 13, 43). En el griego, «resplandecerán» se enlaza con la sentencia precedente: «en el tiempo de su visitación resplandecerán». Aunque san Atanasio lo explica de la vida presente, otros con más propiedad refieren éste y los versículos siguientes a la vida futura y a la gloria celestial, y no a la presente; pues así lo significan claramente las palabras, y lo exige lo dicho en el v. 2: «A los ojos de los necios pareció que morían», que no puede entenderse sino de los difuntos y bienaventurados. Así lo juzgan Clemente Alejandrino, san Cipriano, san Buenaventura, Lirano, Dionisio, Francisco Suárez y otros, que en la voz «resplandecerán» ven notada la dote de la claridad, y en «correrán» la dote de la agilidad, que habrá en los cuerpos de los bienaventurados, sobre todo de los mártires, quienes con la oscuridad de las cárceles merecieron esta claridad, y con sus cadenas esta agilidad. San Buenaventura ve significadas en estas palabras las cuatro dotes del cuerpo glorioso: en el fulgor, la claridad; en la justicia, la impasibilidad (pues la justicia es perpetua e inmortal); en la centella, la sutileza; en el correr, la agilidad. En cuanto a «cañaveral», tropológicamente san Jerónimo (o quienquiera que sea el autor) entiende a los infieles e incrédulos, entre los cuales los justos no fijan pie ni mente en este mundo, sino que, como peregrinos anhelantes del cielo, discurren; y san Gregorio: «Cañaveral llama a la vida de los seculares, que a modo de cañas suben en apariencia a lo alto por la gloria temporal, mas por dentro se vacían de la solidez de la verdad».

8. JUZGARÁN A LAS NACIONES Y SE ENSEÑOREARÁN DE LOS PUEBLOS, Y EL SEÑOR DE ELLOS REINARÁ PARA SIEMPRE. Todos los justos, en el juicio universal, juzgarán a las gentes infieles y a los pueblos impíos con un juicio no propiamente dicho, sino metafórico y comparativo: porque con el ejemplo de su vida y de sus virtudes condenarán tácitamente la vida criminal de los impíos. Así dice Cristo (Lc. 11, 31): «La reina del Mediodía se levantará en el juicio contra los hombres de esta generación, y los condenará». De este modo entendieron muchos Padres el juicio de los santos, como san Jerónimo: «Juzga uno con el Señor no por la autoridad del que reina, sino por comparación de virtudes». Pero los apóstoles y los varones apostólicos y religiosos, sobre todo los mártires, que todo lo dejaron por Cristo y aun ofrecieron su vida en holocausto, juzgarán en el juicio propiamente, como asesores de Cristo, aprobando y confirmando su sentencia; esto es lo que Cristo les promete (Mt. 19, 28): «Os sentaréis también vosotros sobre doce sedes, juzgando a las doce tribus de Israel». Por eso, en el juicio, los mártires juzgarán y condenarán a los reyes y jueces que en otro tiempo injustamente los juzgaron y mataron: los Macabeos a Antíoco, san Pedro y san Pablo a Nerón, san Lorenzo a Decio y Valeriano. Y REINARÁ EL SEÑOR DE ELLOS PARA SIEMPRE: el pronombre «de ellos» no se refiere a «el Señor», sino a «reinará»; como si dijera: el Señor Dios reinará «de ellos», esto es, reinará sobre ellos o en ellos, como vierte Vatablo (es un grecismo, pues el griego dice βασιλεύσει αὐτῶν). Significa, pues, que el rey de los justos y de los mártires no será Antíoco, Nerón o Decio, como antaño en esta vida, sino el mismo Dios, que reinará en ellos por el amor y por la gloria, comunicándoles todo su gozo, todas sus riquezas, todo su reino y toda su felicidad, haciéndolos reyes de todo el universo (Dan. 7, 27); pues entonces «será Dios todo en todos» (1 Cor. 15, 28).

Comentario al libro de la Sabiduría, cap. 3, Cornelio a Lápide · Traducción del editor, del latín (Gran Comentario, dominio público) · fuente: lapide.org (dominio público)

Evangelio (Luc. 10, 16-20)

Sequéntia sancti Evangélii secúndum Lucam In illo témpore: Dixit Jesus discípulis suis: Qui vos audit, me audit: et qui vos spernit, me spernit. Qui autem me spernit, spernit eum, qui misit me. Revérsi sunt autem septuagínta duo cum gáudio, dicéntes: Dómine, étiam dæmónia subjiciúntur nobis in nómine tuo. Et ait illis: Vidébam sátanam sicut fulgur de cœlo cadéntem. Ecce, dedi vobis potestátem calcandi supra serpéntes et scorpiónes, et super omnem virtútem inimíci: et nihil vobis nocébit. Verúmtamen in hoc nolíte gaudére, quia spíritus vobis subjiciúntur: gaudéte autem, quod nómina vestra scripta sunt in cœlis.

El que os escucha a vosotros, me escucha a mí; y el que os desprecia a vosotros, a mí me desprecia. Y quien a mí me desprecia, desprecia a aquel que me ha enviado. Regresaron los setenta y dos discípulos llenos de gozo, diciendo: Señor, hasta los demonios mismos se sujetan a nosotros por la virtud de tu nombre. A lo que les respondió: Yo estaba viendo a Satanás caer del cielo a manera de relámpagos. Vosotros veis que os he dado potestad de hollar serpientes, y escorpiones, y todo el poder del enemigo, de suerte que nada podrá hacer daño. Con todo eso, no tanto habéis de gozaros, porque se os rinden los espíritus, cuanto porque vuestros nombres están escritos en los cielos. [Torres Amat]

Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino

San Lucas 10, 16-20 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.

San Ambrosio. Enseña el Señor que serán dignos de mayor castigo los que no reciben el Evangelio que aquellos que creyeron que debía quebrantarse la ley. Por eso dijo: "Ay de ti, Corozaim; ay de ti Betsaida!"

Beda. Corozaim, Betsaida y Cafarnaúm, y también Tiberias, a la cual nombra San Juan, son ciudades de Galilea, situadas a las orillas del lago de Genezareth, que los evangelistas llaman mar de Galilea o de Tiberíades. Se lamentaba el Señor de que estas ciudades no hiciesen penitencia después de tantos milagros y predicaciones, y que fuesen peores que los gentiles que sólo violaron la ley natural; porque, después de haber despreciado la ley escrita, no temieron despreciar también al Hijo de Dios y su gloria. Por lo que prosigue: "Porque si en Tiro y en Sidón se hubiesen hecho los milagros que se han hecho entre vosotros, tiempo ha que sentados en cilicio y ceniza hubiesen hecho penitencia", etc. En cilicio, que tejido de pelo de cabra, significa la áspera memoria del pecado que punza; en ceniza, representando la consideración de la muerte (por la que nos reducimos a polvo); además "sentados" significa la humildad de la conciencia. Hoy vemos realizada la profecía del Señor, porque Corozaim y Betsaida no creyeron en El, aun cuando estuvo presente; mientras que Tiro y Sidón, aliadas de David y de Salomón en otro tiempo ( 1Re 5), creyeron después a los discípulos de Cristo, que las evangelizaron.

Crisóstomo in Mat. hom. 38. Deplora el Señor estas ciudades para nuestro ejemplo, porque la efusión de lágrimas y los gemidos tristes sobre los que padecen insensibilidad de dolor, no es pequeño antídoto para la corrección de los pacientes y para el consuelo de los que lloran sobre ellos. No sólo los invita a obrar bien por medio del llanto, sino también por el terror. Por lo que sigue: "Por eso para Tiro y Sidón habrá menos rigor", etc. También nosotros debemos oír esto, porque el juicio más riguroso no será sólo para aquellas ciudades, sino también para nosotros, si no recibimos a los huéspedes que vienen a nosotros, a quienes manda también que sacudan el polvo en este caso. Además, como el Señor había hecho muchos milagros en Cafarnaúm y lo habían tenido como habitante, parecía elevada sobre las demás ciudades; pero por su incredulidad cayó en las ruinas. Por esto sigue: "Y tú, Cafarnaúm, ensalzada hasta el cielo, hasta el infierno serás sumergida". Esto es, para que tu castigo sea proporcionado a tu elevación.

Beda. Esta sentencia tiene dos sentidos. O bien serás sumergida hasta el infierno porque resististe soberbiamente a mi predilección, elevándote así por el orgullo hasta el cielo; o porque exaltada hasta el cielo por mi residencia y mis milagros, serás castigada con mayores suplicios, porque tampoco quisiste creer a esos signos. Y para que no se creyese que esta repulsa sólo se dirigía a las ciudades o personas que habiendo visto al Señor en su carne le despreciaron, y no a todos los que hoy desprecian también la doctrina del Evangelio, añade diciendo: "El que a vosotros oye, a mí me oye".

San Cirilo. Por medio de esto nos enseña que todo lo que nos dicen los apóstoles debe aceptarse, porque quien los oye, a Cristo oye. Inevitable castigo amenaza, pues, a los herejes, que menosprecian las predicaciones de los apóstoles; y por ello sigue: "Y el que os desprecia, a mí me desprecia".

Beda. A saber, que para que se comprenda que, oyendo o despreciando la predicación del Evangelio, no se oye o desprecia a unas personas cualesquiera, sino al Señor Salvador, y aún al mismo Padre. Prosigue: "Y el que a mí me desprecia, desprecia a Aquél que me envió", etc. Porque en el discípulo se oye al Maestro y en el Hijo se honra al Padre.

San Agustín, De verb. Dom., serm. 24. Si, pues, la palabra de Dios llegó hasta vosotros y os constituyó en ese lugar, cuidad de no despreciarnos, para que no llegue a El lo que con nosotros hagáis.

Beda. Puede también entenderse así: "El que a vosotros desprecia, a mí me desprecia" ( Mt 25). Esto es, el que no hace misericordia a uno de mis hermanos más pequeños, no me la hace a mí; y el que me desprecia (no queriendo creer en el Hijo de Dios), desprecia a Aquel que me envió; porque el Padre y Yo somos uno ( Jn 10,30).

Tito Bostrense. También consuela en esto a sus discípulos, como diciéndoles: No digáis: ¿Por qué vamos a sufrir afrentas? Moderad la lengua; Yo doy la gracia, en mí recae vuestra afrenta.

San Cirilo. Antes se ha dicho que el Señor envió a sus discípulos revestidos con la gracia del Espíritu Santo y que, constituidos ministros de la predicación, recibieron poder para dominar los espíritus inmundos. Ahora, cuando vuelven, confiesan el poder del que los ha honrado. Por lo que dice: "Volvieron los setenta y dos con gozo, diciendo: Señor, hasta los demonios se nos sujetan en tu nombre". ¡Parece que se alegraban más porque habían hecho milagros, que por haber sido destinados a la predicación! Mejor se hubieran alegrado en aquellos que hubieran convertido, como decía San Pablo a los llamados por él ( Flp 4,1): "Vosotros sois mi gozo y mi corona".

San Gregorio, Moralium 24, 7 super Job 32, 8. El Señor reprendió admirablemente el orgullo en el corazón de sus discípulos, recordándoles la perdición del maestro de la soberbia, para que en el autor de la soberbia aprendiesen lo que debían temer de ese vicio. De donde sigue: "Veía a Satanás que caía del cielo como un relámpago".

San Basilio in homen. quod Deus non sit auctor mali. Se llama satanás porque es enemigo de todo lo bueno (esto significa en hebreo), y se llama diablo porque coopera con nosotros al mal y después es nuestro acusador 1. Su naturaleza es incorpórea y habita en el aire.

Beda. No dice, pues: veo ahora; sino veía antes, cuando cayó. En cuanto dice: Como un relámpago, o significa la caída del cielo a los abismos, o bien que, después de su caída, se transforma todavía en ángel de luz.

Tito Bostrense. Dice que lo vio El, como juez que conoce los movimientos de los seres incorpóreos. Dice también como un relámpago, porque por naturaleza era refulgente como el relámpago, pero se hizo tenebroso como el pecado, porque lo que Dios hizo bueno, él lo alteró en malo.

San Basilio, adversus Eunomium, lib. 3. Las virtudes de los cielos no son santas por naturaleza, sino que, según la analogía del amor divino, reciben la medida de santificación. Y así como el hierro, puesto al fuego, no deja de ser hierro, pero por la vehemencia del fuego, tanto por el efecto como por el aspecto, se transforma en él; así las virtudes celestes tienen injerta la santificación por participación de aquel que es santo por naturaleza. Satanás no hubiera caído si por naturaleza hubiese sido incapaz de lo malo.

San Cirilo. O de otro modo: Veía a Satanás que caía del cielo como un relámpago; esto es, desde la virtud más perfecta, hasta la debilidad más extrema. Porque antes de la venida del Salvador había sometido todo el mundo a su dominio, era adorado por todos. Pero desde que el Divino Verbo bajó del cielo, cayó como un relámpago, porque es pisoteado por los que adoran a Cristo. Por lo que sigue: "Veis que os he dado poder para pisar sobre serpientes", etc.

Tito Bostrense. Alguna vez serpientes figurativas mordían a los judíos en el desierto y los mataban, porque eran infieles ( Núm 21); mas he aquí que vino la serpiente de metal crucificada a matar a aquellas serpientes, para que, si alguno la mira con fe, se libre de las mordeduras y se salve.

Crisóstomo. Después, para que no creyésemos que esto se decía de las bestias, añadió: "Y sobre todo el poder del enemigo".

Beda. Esto es, de expulsar de los cuerpos de los poseídos todo género de espíritus inmundos. Y en cuanto a ellos, añade: "Y nada os dañará". Aunque también se puede tomar a la letra, porque San Pablo, acometido por una víbora, no sufrió daño alguno ( Hch 28), y San Juan no se perjudicó (en su vida) con el veneno que tomó. Hay además, según creo, esta diferencia entre las serpientes que dañan con la boca y los escorpiones que hieren con la cola. Las serpientes que atacan abiertamente y los escorpiones que acechan a escondidas, significan ya a los hombres, ya a los demonios. O las serpientes representan a los que se oponen a las virtudes nacientes con el veneno de su persecución, y los escorpiones a los que intentan viciar al fin las virtudes ya consumadas.

Teofilato. O serpientes son los que dañan visiblemente, como el demonio de la fornicación y del homicidio; mas los que dañan invisiblemente, como sucede con los vicios espirituales, se llaman escorpiones.

San Gregorio Niceno ex homilis in Cant. La voluptuosidad se llama serpiente en la Escritura, porque tal es la naturaleza de la serpiente que si su cabeza llega a la rendija de un muro, atrae a sí todo el resto del cuerpo. Así la naturaleza concedió al hombre el domicilio necesario, pero la voluptuosidad, tocando el alma por esta necesidad, la atrae a cierto lujo inmoderado. Esto trae la subsiguiente avaricia, a la que sigue la impureza, esto es, el último miembro y cola de la bestialidad. Mas así como no se retrae a la serpiente por la cola, así no se debe empezar por las últimas para arrancar las pasiones, sino cerrar la primera entrada a la malicia.

San Atanasio, in serm de Passione et Cruce. Los niños triunfan ahora, por la virtud de Cristo, de la sensualidad que en otro tiempo seducía a los ancianos; y perseveran vírgenes hollando con los pies las falacias de la serpiente sensual. Y aun algunos, hollando el tormento, esto es, la muerte del escorpión (o sea del diablo), no temieron el suplicio; hechos mártires de Cristo, la mayor parte despreciaron las cosas de la tierra y habitan en el cielo sin temor al príncipe del aire.

Tito Bostrense. Mas como la alegría con que los veía satisfechos sabía a vanidad, pues se alegraban de haber sido elevados hasta hacerse temibles a los demonios y a los hombres, añade el Señor: "Mas en esto no gocéis, porque los espíritus os están sujetos", etc.

Beda. Se les prohibe, siendo carnales, alegrarse porque sujetan a los demonios. Porque arrojar los espíritus, así como obrar otros prodigios, no siempre procede del mérito del que obra, sino que la invocación del nombre de Cristo hace esto para condenación de aquellos que lo invocan o para la utilidad de aquellos que ven y oyen.

San Cirilo. Pero Señor, ¿por qué no dejas que se alegren en los honores que concedes, cuando está escrito: "En tu nombre se alegrarán todo el día?" ( Sal 88,17). Es que el Señor quiere elevarlos a un gozo mayor; por lo que dice: "Mas gozaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos".

Beda. Como diciendo: No os conviene alegraros de la humillación de los demonios, sino de vuestra exaltación. Debe entenderse, pues, que si alguno ejecuta buenas obras, ya sean terrenas, ya celestiales, queda anotado como con caracteres y fijo en la memoria de Dios eternamente.

Teofilato. Los nombres de los santos escritos están en el libro de la vida, no con tinta sino en la memoria y en la gracia de Dios. El diablo cae de lo alto, pero los hombres, viviendo abajo, son inscritos arriba en el cielo.

San Basilio, in Isaías cap. 4. Algunos hay también que se inscriben, no en el libro de la vida, sino según Jeremías ( Jer 17,13), en la tierra, para que, según esto, se entienda que hay una doble inscripción: de éstos para la vida, mas de aquéllos para la perdición. En cuanto a lo que se dice: "Bórrense del libro de la vida" ( Sal 68,29), entiéndese de aquéllos que eran considerados como dignos de ser inscritos en el libro del Señor y de quienes dice la Escritura que son borrados cuando caen de la virtud en el pecado; por el contrario son inscritos cuando se convierten del pecado a la virtud.

Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena