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viernes, 15 de mayo de 2026

San Juan Bautista de la Salle, Confesor

Vida del santo de hoy, redactada al estilo del Año Cristiano sobre fuentes tradicionales.

Fué san Juan Bautista de la Salle, ilustrísimo por su nacimiento y celebérrimo por su celo en la instrucción cristiana de los pobres, apóstol de la juventud y padre de innumerables maestros, escogido por el Señor para renovar la tierra por el más humilde de los caminos, que es la enseñanza de los niños. Nació en Reims, en Champaña, el 30 de abril de 1651, primogénito de familia noble y acomodada, y el mayor de siete hermanos. Fué su padre Luis de la Salle, magistrado y consejero de la corte presidial de aquella ciudad; y su madre Nicolasa de Moët de Brouillet, de esclarecida casa, que cuidó de criar á su hijo en el santo temor de Dios.

Bien presto dió el niño muestras de aquella virtud que había de hacerle grande. Apenas contaba diez años cuando ya manifestaba su inclinación al estado eclesiástico, prefiriendo el servicio de los altares á las esperanzas que el mundo le brindaba por su linaje. Y cosa admirable, con apenas quince ó diez y seis años fué instalado canónigo de la catedral de Reims, en 1667: dignidad que después había de dejar por amor de la pobreza, dando á entender que no eran los honores lo que buscaba su corazón.

No descuidó por eso los estudios, en los cuales hizo grandes progresos, y mayores aún en la virtud. Fué maestro en Artes; entró luego en el seminario de San Sulpicio de París, y cursó la teología en la Sorbona. Por fin, el Sábado Santo 9 de abril de 1678, recibió del arzobispo de Reims la dignidad del sacerdocio, objeto siempre de sus deseos; y en 1680 se graduó de doctor en Teología. Mas quiso la Providencia probar temprano á su siervo: muertos sus padres en la flor de sus años, hubo de tomar sobre sí, como hermano mayor, el gobierno de la casa y la crianza de sus hermanos. Y su director, el canónigo Nicolás Roland, murió pocos días después de su ordenación, dejándole encargado de sostener unas escuelas de niños: primer eslabón de la cadena con que Dios le llevaba á su destino.

Porque nada pueden los designios de los hombres cuando el Señor quiere apoderarse de un corazón. En 1679 rogóle una señora piadosa, Madama Maillefer, que ayudase á Adrián Nyel á abrir escuelas gratuitas para los niños pobres de Reims; y La Salle comenzó por alojar en su propia casa á aquellos maestros indigentes. La primera escuela se abrió, no sin misterio, el día de la Asunción de la Virgen; y desde entonces puso el Santo toda su obra bajo el amparo de la Madre de Dios. ¿Quién le dijera al noble canónigo que aquellos rudos maestros habían de ser el principio de un instituto extendido por toda la cristiandad?

Entendió luego el Santo que Dios le pedía más: consagrarse del todo á aquella obra y formar una comunidad de maestros seglares. Y aquí resplandece su heroica magnanimidad. Contra el escándalo de sus parientes, que veían á un noble canónigo rebajado á vivir con pobres maestros, renunció en 1683 á su canonjía, cediéndola no á un pariente, como era costumbre, sino á un sacerdote humilde; y en el crudo invierno del hambre de 1683 repartió entre los hambrientos toda su cuantiosa fortuna, para no edificar su obra sobre rentas propias, sino sobre la Providencia. ¿Quién perdió jamás lo que dió al mismo Jesucristo en sus pobres? Así nació, hacia 1684, el Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, primera congregación religiosa formada toda ella de hermanos legos, sin sacerdotes, para que fuesen maestros á todas horas: traza no de hombre, sino de Dios. Ya el día de San Juan de 1681 los había reunido en su propia casa, consumando la ruptura con el siglo.

No fué obra de paz, sino de guerra continua, la que emprendió el Santo, y por más de treinta y cinco años bebió el cáliz de la persecución. Levantáronse contra él los maestros calígrafos, que en las escuelas gratuitas veían mermado su provecho; hostigáronle eclesiásticos, jansenistas y autoridades; y hasta el cardenal de Noailles llegó á suspenderle en 1702, mas los Hermanos, fieles á su padre, rechazaron al intruso. En medio de tantos trabajos brilló su paciencia; y él mismo dejó dicho que si Dios le hubiera revelado á un tiempo el bien que aquel instituto había de obrar y las pruebas que le acompañarían, el ánimo le habría faltado: que así esconde la Providencia el porvenir para que la flaqueza no desmaye. Mas ya antes había puesto su confianza sólo en Dios: el 21 de noviembre de 1691, en el trance más apretado, hizo con dos compañeros, Nicolás Vuyart y Gabriel Drolin, el que llaman «Voto Heroico», prometiendo con juramento mantener la Sociedad de las Escuelas Cristianas aunque no quedasen más que ellos tres y hubiesen de vivir de limosna. ¿Qué maravilla que la obra, humanamente perdida, prevaleciese contra sus enemigos?

Ni fué el Santo menos insigne por su ingenio que por su virtud, pues á él debe la cristiandad un nuevo modo de enseñar. Introdujo el «método simultáneo», agrupando á los niños por clases en lugar de instruirlos uno á uno; enseñó las primeras letras en la lengua vernácula y no en latín; fundó en Reims las primeras escuelas de formación de maestros, y abrió academias, talleres y el internado de San Yon. Dejó también escritos de doctrina y de urbanidad cristiana, y meditaciones en que enseñaba á vivir en la presencia de Dios, alma de toda su pedagogía. Firme contra el jansenismo, firmaba «Sacerdote Romano» y defendió la doctrina católica frente al error.

Antítesis viva del mundo, dió el Santo al fin de su vida un raro ejemplo de humildad: en 1717 renunció al gobierno de su Instituto é hizo elegir por superior general á un simple Hermano, mostrando que la obra no pendía de él ni de sacerdote alguno, sino de Dios que la había levantado; y retiróse á vivir como el menor de todos.

Vino su muerte preciosa á los ojos del Señor. El Jueves Santo de 1719 bendijo á los Hermanos que en torno suyo lloraban; y el Viernes Santo, 7 de abril, en la casa de San Yon de Ruán, entregó su alma á Dios á los sesenta y siete años, en el mismo día en que el Salvador consumó en la cruz nuestra redención. Refiérese que sus últimas palabras fueron: «En todo adoro la voluntad de Dios sobre mí», digno remate de una vida toda entregada á ella. Confirmó Dios su santidad con milagros, y la Iglesia le levantó á los altares: beatificado en 1888 y canonizado en 1900 por el Papa León XIII.

Y no quiso el Cielo que quedara sin premio el que tanto trabajó por la niñez cristiana; pues el Papa Pío XII, el 15 de mayo de 1950, le declaró Patrono de todos los maestros y educadores. Aprendan de él cuantos tienen á su cargo la instrucción de la juventud, que no hay obra más grata á Dios que formar en la piedad los tiernos corazones de los niños; y aprendamos á despojarnos, como él, de cuanto el mundo estima, para hallarlo todo en Aquel que, siendo rico, por nosotros se hizo pobre.

Vida redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (Butler, Enciclopedia Católica, hagiografía clásica).