sábado, 25 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

viernes, 15 de mayo de 2026

San Juan Bautista de la Salle, Confesor

Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.

Epístola (Eccli. 31, 8-11)

Léctio libri Sapiéntiæ Beátus vir, qui invéntus est sine mácula, et qui post aurum non ábiit, nec sperávit in pecúnia et thesáuris. Quis est hic, et laudábimus eum? fecit enim mirabília in vita sua. Qui probátus est in illo, et perféctus est, erit illi glória ætérna: qui potuit tránsgredi, et non est transgréssus: fácere mala, et non fecit: ídeo stabilíta sunt bona illíus in Dómino, et eleemósynas illíus enarrábit omnis ecclésia sanctórum.

Bienaventurado el rico que es hallado sin culpa, y que no anda tras el oro, ni pone su esperanza en el dinero y en los tesoros. ¿Quién es éste y lo elogiaremos?; porque él ha hecho cosas admirables en su vida. El fue probado por medio del oro, y hallado perfecto, por lo que reportará gloria eterna. El podía pecar y no pecó, hacer mal y no lo hizo; por eso sus bienes están asegurados en el Señor; y celebrará sus limosnas toda la congregación de los santos. [Torres Amat]

Comentario patrístico · Comentario al Eclesiástico, cap. 31 — Cornelio a Lápide

«Bienaventurado el rico que fue hallado sin mancha.» Es decir: bienaventurado el rico, no el que ansía las riquezas, ni el que abunda en ellas, ni el que en ellas pone su esperanza y de ellas se jacta y ensoberbece, sino el que vive en las riquezas «sin mancha» e irreprensiblemente, y no va tras el oro, ni en él, sino en Dios espera y descansa. Este, digo, es feliz y bienaventurado: primero, porque íntegro e inculpable, pues la buena conciencia, la integridad y la justicia son la bienaventuranza de esta vida; segundo, porque es bien grande y raro, y don de Dios, que el rico no aplique su corazón a las riquezas, sino que las conserve intactas, libres y por encima de sí, dominándolas como señor y no sirviéndolas como esclavo; tercero, porque tal rico, aunque sea rico en hacienda, es con todo pobre de espíritu, y la pobreza de espíritu es la primera perfección y bienaventuranza evangélica, según aquello de Cristo: «Bienaventurados los pobres de espíritu —esto es, de mente y afecto—, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt. V). San Isidoro (lib. X de las Etimologías): «beatus se dice como bene auctus, bien acrecentado, por tener lo que quiere y no padecer nada que no quiera».

Nótese: fue herejía de los pelagianos que el rico no puede guardar los preceptos de Dios ni salvarse, y que, para salvarse, se le exige abdicar de las riquezas y hacerse pobre (así lo refiere San Agustín; y el artículo sexto de Pelagio, condenado en el concilio de Diospolis; y el libelo De Divitiis falsamente atribuido al papa Sixto III, que es de algún pelagiano, según advirtieron los doctores de París y de Lovaina). Lo contrario enseña aquí el Siracida: que el rico puede, en las riquezas, ser bienaventurado y salvarse, si tiene tres condiciones. La primera, si vive «sin mancha», esto es, sin pecado grave y mortífero, como hicieron Abraham, Isaac, Jacob y Job. La segunda, «que no fue tras el oro»: que no siguió al oro, sino a Dios y a su reino, según aquello de Cristo: «Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo esto se os dará por añadidura» (Mt. VI, 33). Y advierte Palacio: si el oro te viene por derecho —por don, por herencia, por arte justa—, tú no vas tras él; pero si lo buscas por medios injustos, violando lo sagrado o quebrantando las leyes de la Iglesia, entonces vas tras el oro, porque lo antepones como guía de tu vida y lo sigues, con todo tu amor, como un esclavo tras su ídolo. La tercera: «ni esperó en el dinero y en los tesoros», que se sigue de la segunda.

Pues quien, abundando en riquezas, no les aplica el corazón, sino que vuelve a Dios los ojos de la mente apartándolos de ellas, ese no espera en ellas; espera, en cambio, quien, casi olvidado de Dios, pone en el oro el corazón y, por consiguiente, la esperanza. También, por metalepsis, puede exponerse: «ni se ensoberbeció ni se jactó en el dinero y en los tesoros»; pues, como dice San Agustín, «el gusano de las riquezas es la soberbia»: así como en la manzana nace el gusano, así en el oro nace la soberbia. Por eso Cristo intima a los ricos el «ay» de la condenación eterna (Lc. VI, 24; XVI, 25) y dice: «Más fácil es que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entrar en el reino de los cielos» (Mt. XIX, 24). San Bernardo: «Bienaventurado el que no fue tras aquellas cosas que, poseídas, cargan; amadas, ensucian; perdidas, atormentan.» Nota Orígenes que se dice «no fue tras el oro», y no tras las ovejas, ganados o campos: la opulencia antigua, sencilla e inocente, consistía en ovejas, bueyes y campos, como los de Job, Abraham y Lot; la inocencia engendró la agricultura, y la avaricia los tesoros de oro y plata. Místicamente, bienaventurado el rico, esto es, el varón santo, rico para con Dios (San Ambrosio), que no espera en lo suyo, sino en los méritos de Cristo.

Rara vez, en efecto, carece el rico de la mancha de injusticia, soberbia o gula; más raro se halla quien se contente con el oro que le viene; rarísimo, quien no espere en él y aparte de él la mente. Por eso, como de cosa rara, admirable y singular, dice: «¿Quién es este, y le alabaremos?» (el griego tiene ΜΑΚΑΡΙΟΥΜΕΝ, esto es: le llamaremos bienaventurado, le proclamaremos dichoso). Es como decir: tales son pocos y raros, pero grandes, excelentes y admirables. «Porque hizo maravillas en su vida.»

El primer prodigio y casi milagro es que, contra el común sentir y modo de los hombres, no ame desordenadamente las riquezas, sino que, buscándolas, acrecentándolas y conservándolas, guarde intacta e íntegra la conciencia sin mancha; pues las riquezas son incentivo de ambición, soberbia, gula e ira. San Bernardo: «¿Cómo no habría de peligrar la castidad entre las delicias, la humildad entre las riquezas, la piedad en los negocios, la verdad en el mucho hablar, la caridad en este siglo malo?» El segundo milagro es que no fue tras el oro, sino el oro tras él: como la sombra sigue al cuerpo, así el honor sigue al que huye de él y desprecia las riquezas. Séneca: «Nadie es digno de Dios sino quien desprecia las riquezas; estas inflan los ánimos, engendran soberbia y arrogancia, atraen la envidia»; y Epicuro solía decir: «Si vives según la naturaleza, nunca serás pobre; si según la opinión, nunca serás rico; poco desea la naturaleza, y la opinión, lo inmenso.» El tercer milagro es que no espere en su dinero, como hace el mundo, sino en el Dios vivo y verdadero, y que, por causa y amor de Dios, use el oro para su gloria, alimentando a los pobres, a los religiosos, a los ministros de Dios y a los lugares sagrados.

«El que fue probado en él —el oro— y hallado perfecto, tendrá gloria eterna.» Orígenes (lib. I sobre Job) aplica esto a Job, que tuvo riquezas castas, limpias e incontaminadas, y las sembró alegremente por las almas de los desdichados y por las bocas de los hambrientos. «Perfecto», porque la tentación y la prueba hacen perfecto al que es constante en ella; así se llama perfecto al que, por la prueba del oro, es hallado perfecto. Con mayor vigor leen muchos códices estos versos por interrogación (con el griego τίς, «quién»): «¿Quién fue probado en él y hallado íntegro? Sea ejemplo de gloria. ¿Quién pudo pecar y no pecó? ¿Quién hacer el mal y no lo hizo?»

«El que pudo prevaricar y no prevaricó, hacer el mal y no lo hizo.» Raro es el rico cuya virtud, probada por el oro, se halla íntegra y perfecta; por eso, quienquiera que sea, es digno de gloria eterna ante Dios y ante los hombres. Raro el que, teniendo por las riquezas los incentivos de todo pecado, y pudiendo impunemente traspasar todas las leyes, ninguna traspasó. Por eso las riquezas se llaman en griego δυνάμεις, esto es, fuerzas y potencias, y en latín «facultades», porque dan facultad, poder y fuerzas tanto para las virtudes como para los vicios, según al rico le pluguiere usar de ellas; pues, como vulgarmente se dice, «imán del corazón humano es el oro». El cuarto prodigio y casi milagro es que el rico, probado por el oro, fue hallado perfecto: fue probado y tentado Abraham, para ver si amaba más al hijo que a Dios; probado y tentado Job por las calamidades, para ver si por ellas maldeciría a Dios; así el rico es colmado de riquezas para ser probado, a ver si es cautivado por la confianza y el amor de ellas. Maravilla es que el joven ande entre vírgenes hermosas y no se ablande por su hermosura; maravilla morar entre relucientes riquezas y no ser cautivado por su fulgor.

Nótese: las riquezas son tentación y prueba, como también lo es la mujer hermosa; quien desea enriquecerse, desea exponerse al peligro: ¡ojalá no perezca en él! El rico es perfecto si vive sin culpa, pues ¿cómo el imperfecto no pecaría en tanta licencia de pecar? Las riquezas son poder, fuerza y facultad para pecar, pero también para hacer el bien; y es nuestra miseria que abusemos de ellas más bien para el mal. Elegantemente, Hugo (tomándolo de Rabano y de San Bernardo): «Verdadero género de martirio es la pobreza voluntaria. ¿Qué hay más admirable, o qué martirio más grave, que tener hambre entre los manjares, tener frío entre los vestidos, verse oprimido por la pobreza en medio de las riquezas que el mundo muestra, que el maligno ofrece y que nuestro apetito desea? Maravilla es tocar el fuego y no quemarse, recoger espinas y no herirse, cargar piedras y no lastimarse; y las riquezas son fuego, espinas y piedras.» Y con verdad dice el Filósofo: «Lo que el fuego es al oro, eso es el oro al hombre»; pues como el fuego prueba la pureza del oro, así el oro prueba la pureza del corazón.

«Tendrá gloria eterna»: porque a ella miró, y por ella despreció las riquezas y la gloria temporales. ¿Y cuán grande es esta recompensa? ¿Quién no la ambicionará, y por ella no despreciará todo lo terreno y caduco? La eternidad es, según Ricardo de San Víctor, «duración sin principio ni fin, carente de toda mutabilidad»; y, según Boecio, «el ahora que permanece, sin moverse, se hace a sí mismo la eternidad», de suerte que la eternidad es «la posesión total, simultánea y perfecta de una vida interminable».

«Por eso sus bienes están afianzados en el Señor, y todo el pueblo de los santos pregonará sus limosnas.» Es decir: por eso alcanzará de Dios gloria estable y eterna, y de los hombres —sobre todo de los fieles y santos— alabanza perenne; pues opone la Iglesia, esto es, la asamblea de los santos, a la turba de los impíos, que alaban no a los justos, sobrios y temerosos de Dios, sino a los injustos, rapaces, glotones y pródigos, para gozar de sus riquezas. Aquello de «en el Señor» equivale a «por el Señor», «junto al Señor», en la mente, memoria, remuneración y decreto del Señor; mas con más nervio dice «en el Señor» que «de parte del Señor»: en los tesoros mismos del Señor, en sus mismas arcas y aun en las entrañas mismas de Dios, se guardan segura, estable y fielmente estos bienes del rico limosnero. El griego dice concisamente: «Serán afianzados sus bienes, y la Iglesia pregonará sus limosnas.» «Limosna» la llaman los hebreos חסד (chesed), esto es, piedad, obra pía con que las riquezas y los trabajos se emplean en los pobres, los religiosos, los templos y las demás cosas piadosas.

«Afianzados» (o, según el griego, «serán afianzados») puede tomarse de tres modos. Primero, de la estabilidad, esto es, eternidad de la gloria que Dios le tiene preparada en el cielo, de modo que sus obras buenas se conservan firmes ante Dios para ser remuneradas con gloria estable, más aún, eterna. Segundo, de la estabilidad de los bienes temporales: que Dios se los hace firmes y estables al rico por su santidad y su limosna, así como, al contrario, se los quita a los injustos e impíos, según aquello: «De lo mal adquirido no goza el tercer heredero.» De donde aprende moralmente el rico que la limosna y la justicia le afianzan sus riquezas, y que la tenacidad y la injusticia se las menguan, debilitan y arrebatan; bien lo saben los mercaderes sabios, que aseguran sus mercancías, naves y ganancias mediante limosnas y obras pías (así lo enseña San Pablo, II Cor. IX). Tercero, Palacio lo entiende de cualesquiera bienes, temporales y espirituales: como Abraham, tentado en su hijo, no lo perdió, sino que lo recibió más firme, así el rico probado en las riquezas, y hallado sin culpa en ellas, no las pierde, sino que las afianza.

En esta segunda parte nos enseña el Autor muchas cosas: primero, que es propio oficio del rico santo hacer limosnas, de suerte que sea maravilla que el rico haga fluir de sí de continuo las riquezas, y que Dios las haga estables, devolviéndolas a su cauce como las aguas del Jordán; segundo, que la limosna del rico piadoso no llega a uno o a otro, sino a toda la Iglesia, que alaba los beneficios recibidos; tercero, que la limosna ha de darse sobre todo a los santos; cuarto, que es oficio del que recibe el beneficio alabarlo y pregonarlo. Ejemplo ilustre es San Gregorio Nacianceno, que celebra las largas limosnas de su padre y de su madre Nona; y San Ambrosio (lib. II de los Oficios), que mandó fundir aun los vasos sagrados de la Iglesia y repartirlos entre los necesitados. ¿Y qué es esta «Iglesia» sino los templos que edifican y adornan, los monasterios y hospitales que fundan, los religiosos que sustentan, las viudas y huérfanos que amparan, los enfermos que visitan, los desnudos que visten y los hambrientos que sacian? Pues su casa y su hacienda son como el seno de Abraham en la tierra, donde todos los pobres hallan su descanso.

Comentario al Eclesiástico, cap. 31, Cornelio a Lápide · Traducción del editor, del latín (Gran Comentario, dominio público) · fuente: lapide.org (dominio público)

Evangelio (Matt. 18, 1-5)

Sequéntia sancti Evangélii secúndum Matthǽum. In illo témpore: Accessérunt discípuli ad Jesum, dicéntes: Quis, putas, major est in regno cœlórum? Et ádvocans Jesus párvulum, státuit eum in médio eórum et dixit: Amen, dico vobis, nisi convérsi fuéritis et efficiámini sicut párvuli, non intrábitis in regnum cœlórum. Quicumque ergo humiliáverit se sicut párvulus iste, hic est major in regno cœlórum. Et qui suscéperit unum párvulum talem in nómine meo, me súscipit.

En esta misma ocasión se acercaron los discípulos de Jesús , y le hicieron esta pregunta: ¿Quién será el mayor en el reino de los cielos? Y Jesús , llamando a sí a un niño, le colocó en medio de ellos. Y dijo: En verdad os digo que si no os convertís y hacéis sencillos como a los niños, no entraréis en el reino de los cielos. Cualquiera, pues, que se humillare como este niño, ése será el mayor en el reino de los cielos. Y el que acogiere a un niño como acabo de decir, en nombre mío, a mí me acoge. [Torres Amat]

Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino

San Mateo 18, 1-5 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.

San Jerónimo. Después que los discípulos vieron que se había pagado el mismo tributo por Pedro que por el Señor, dedujeron que Pedro era el primero de los apóstoles.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 58,2. Esta idea suscitó en ellos una especie de resentimiento, que da a entender el evangelista cuando dice: "En aquella hora se llegaron los discípulos a Jesús diciendo: ¿Quién piensas que es mayor en el Reino de los Cielos?" Se avergonzaban de confesar la pasión que sufrían y por eso no dicen abiertamente: ¿Por qué honraste más a Pedro que a nosotros? sino que preguntan de una manera general: ¿quién es mayor? Cuando distinguió el Señor a sus tres discípulos a la vez -a Pedro, a Santiago y a Juan- en la transfiguración, no experimentaron lo demás resentimiento alguno; pero cuando ven que uno solo es el honrado, se quejan los otros. Mas debemos considerar, primeramente, que no exigen las cosas de la tierra y además, que depusieron después este movimiento apasionado; pero nosotros no podemos llegar ni hasta sus defectos, porque no preguntamos quién es el mayor en el Reino de los Cielos, sino quién es el mayor en el reino de la tierra.

Orígenes, homilia 5 in Matthaeum. Si dudamos en alguna ocasión y no encontramos la resolución de las dudas, debemos imitar a los discípulos aproximándonos tranquilamente a Jesús, que tiene poder para iluminar los corazones de los hombres y hacerles entender toda clase de cuestión; preguntemos también a los doctores que están colocados al frente de las iglesias. Sabían los discípulos, al hacer esa pregunta, que en el Reino de los Cielos no eran iguales todos los santos; pero deseaban saber de qué manera se llegaba a ser el mayor y por qué camino se descendía a ser el menor. O también, por lo que el Señor les había dicho antes, sabían quién era grande y quién el menor; pero no comprendían quién sería el mayor entre muchos que eran grandes.

San Jerónimo. Mas el Señor, al ver sus pensamientos, quiso curar su deseo de vanagloria, mediante una comparación sumamente humilde. Por eso sigue: "Y llamando Jesús a un niño, etc."

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 58,3. Me parece una cosa muy bien hecha la presentación, en medio de ellos, de un niño inocente.

San Jerónimo. De manera que por su edad fuese el tipo de la inocencia. Por otro lado, el mismo Señor se presentó en medio de ellos como un niño, para demostrarles que no había venido para ser servido, sino para darles ejemplo de humildad. Otros significan por la palabra niño, al Espíritu Santo, a quien puso el Señor en el corazón de sus discípulos, para cambiar su orgullo en humildad. Sigue: "Y dijo: En verdad os digo, que si no os volviereis, e hiciereis como niños, etc." El Señor no mandó a los apóstoles que tuvieran la edad de los niños, sino que tuvieran su inocencia y que obtuvieran por sus esfuerzos lo que aquellos poseían por sus años, de manera que fueran niños en la malicia, pero no en la sabiduría ( 1Cor 14). Es como si dijera: así como este niño, que os propongo como ejemplo, no es tenaz en la cólera, olvida el mal que se le ha hecho, no se deleita en ver una mujer hermosa, no piensa una cosa y dice otra; de esta manera, vosotros, si no tuviereis esa inocencia y esa pureza de alma, no podréis entrar en el Reino de los Cielos.

San Hilario, in Matthaeum, 18. Llamó también niños a todos los creyentes, por su obediencia a la fe; éstos siguen a su padre, aman a su madre, no saben querer el mal, desprecian los cuidados de los afanes de la vida, no son insolentes, no tienen odio, no mienten, creen lo que se les dice y tienen por verdadero lo que oyen. Tal es el sentido literal.

Glosa. Si no os convertís de ese orgullo y de esa indignación en que ahora vivís, y no os hacéis por la virtud tan inocentes y humildes, como son los niños por su edad, no entraréis en el Reino de los Cielos, porque de este modo no se puede entrar. Cualquiera, pues, que se humillare como este niño será el mayor en el Reino de los Cielos.

Remigio. Esto es, en el conocimiento de la gracia, o en la dignidad eclesiástica, o en cierta bienaventuranza eterna.

San Jerónimo. O de otro modo, cualquiera que se humillare como este niño -es decir, el que se humillare a ejemplo mío- entrará en el Reino de los Cielos.

San Jerónimo. Sigue: "Y el que recibiere a un niño tal, en mi nombre, etc."

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 58,3. Esto equivale a decir: No solamente recibiréis una recompensa si os hiciereis como este niño, sino que si honrareis por mí a todos los que se hacen semejantes a un niño, yo determino para vosotros, como recompensa del honor que les habéis dado, el Reino de los Cielos. Y aun les propone otra cosa mayor, en estas palabras: "A mí recibe".

San Jerónimo. Efectivamente, recibe a Cristo aquel que imita su humildad y su inocencia. Y el Señor añade oportunamente, a fin de que los apóstoles no se atribuyesen a sí mismos el honor que se les había dado, que habían recibido ese honor, no por sus méritos, sino por los de su Maestro.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 58,3. Enseguida sigue: "Mas el que escandalizare, etc.". Lo que equivale a decir: Así como tienen una recompensa los que por mí honran a éstos, así también los que los deshonran deben sufrir los más terribles males. Y no os admiréis de que se llame escándalo al desprecio, porque muchos pusilánimes se escandalizan por los desprecios que se les hacen.

San Jerónimo. Observad que el que se escandaliza es un niño. Porque los mayores no se escandalizan y aunque pudieran tomarse estas palabras en un sentido general y aplicarse a todos los que escandalizan a otro, sin embargo, el enlace de las ideas exige, que puedan aplicarse también a los apóstoles, quienes por la pregunta que hicieron al Señor: ¿Quién sería mayor en el Reino de los Cielos? parecía como que debatían una cuestión de dignidad. Si ellos hubieran continuado en esta lucha, podrían por su escándalo haber perdido a todos los que llamaban a la fe, a causa de que veían a los apóstoles divididos por una cuestión de esa especie.

Orígenes, homilia 5 in Matthaeum. Mas ¿cómo aquel que ha sido convertido y hecho como un niño es también el más pequeño y capaz de ser escandalizado? Podemos resolver este reparo de la manera siguiente: todo el que cree en el Hijo de Dios y conforma su vida con los preceptos evangélicos, está convertido y se hace semejante a un niño. Por el contrario, el que no se convierte de tal manera, que quede hecho como un niño, es imposible que entre en el Reino de los Cielos. En toda reunión de creyentes hay algunos que hace poco tiempo que se han convertido y se esfuerzan por hacerse semejantes a los niños, pero aún no se han hecho niños; éstos son tenidos por pequeños en Cristo y capaces de ser escandalizados.

San Jerónimo. Cuando dice el Señor: "Mejor le fuera que colgasen a su cuello una piedra de molino, etc." Usa el Señor el lenguaje acostumbrado en la provincia, pues era costumbre entre los antiguos judíos, castigar a los mayores criminales arrojándolos al mar atados con una piedra y les convenía más este castigo. Porque es mucho mejor recibir un castigo breve, que el ser reservado para sufrir las penas eternas.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 58,3. Era una consecuencia de lo anterior el decir: "A mí no recibe", que era el más amargo de todos los males; pero como ellos eran groseros y no se movían por esto, el Señor, para manifestarles la pena que les está reservada, usa un ejemplo conocido, por eso les dice que les fuera mejor el sufrir este castigo. Porque es mucho más terrible el que les está reservado.

San Hilario, in Matthaeum, 18. En sentido místico, el castigo de la piedra de molino significa el mal de la ceguera, puesto que a los asnos, después de vendarles los ojos, se les hace dar vueltas con la piedra. Y muchas veces se designan con el nombre de asnos a los gentiles porque su misma ignorancia les hace ciegos; mas no a los judíos a quienes la misma ciencia de su ley les traza su camino. A éstos les hubiera sido mejor ser precipitados en el mar llevando al cuello la piedra del asno, es decir, de quedar sumergidos en los trabajos de los gentiles y en las tinieblas del siglo, que el de escandalizar a los apóstoles de Cristo. Porque hubieran tenido menos responsabilidad no conociendo a Cristo, que no habiendo recibido al Señor de los profetas.

San Gregorio Magno, Moralia, 11,17. O de otro modo, ¿qué otra cosa significa el mar, sino el siglo? ¿y qué la piedra del asno, sino las acciones terrenales, que aprietan el cuello del alma con los deseos insensatos y la hacen girar en el círculo del pecado? Hay ciertamente algunos que abandonan las acciones terrestres, y, despreciando la humildad, se elevan con una fuerza superior a la de su inteligencia hasta los ejercicios contemplativos; no sólo se precipitan en el error, sino que arrastran consigo a los que están débiles en la verdad. Al que escandaliza, pues, a uno de estos pequeñuelos le hubiera sido mejor que le hubieran arrojado al mar con una piedra al cuello. Porque hubiera sido más fácil para esta alma perversa el ocuparse en los negocios del mundo, que el entregarse a los ejercicios de la contemplación con perjuicio de muchos.

San Agustín, quaestiones evangeliorum, 1,24. O de otro modo, el que escandalizare a uno de estos pequeños -esto es, de esos humildes como los que quiere el Señor que sean sus discípulos- o con su desobediencia, o con su resistencia, como dice el apóstol sobre Alejandro ( 2Tim 4,14.), conviene que se le ate una piedra de asno al cuello y sea arrojado al fondo del mar, es decir, le conviene que la pasión que tiene por los bienes terrenales (a los que están atados los necios y ciegos), le lleve atado con esa carga a la muerte.

Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena