sábado, 25 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

jueves, 12 de febrero de 2026

Los Siete Santos Fundadores de la Orden de los Siervos de la B. V. María

Vida del santo de hoy, redactada al estilo del Año Cristiano sobre fuentes tradicionales.

Fueron los siete santos Fundadores de la Orden de los Siervos de María, ilustrísimos por su piedad más aún que por su cuna, ciudadanos todos de la noble Florencia, á quienes escogió el Cielo para dar á la Iglesia, cosa nunca vista, una religión entera nacida no de uno ni de dos varones, sino de siete corazones á un tiempo. Llamáronse en el siglo Bonfilio Monaldi, Buenayunta Manetti, Amadeo Amidei, Hugo Uguccioni, Maneto dell'Antella, Sosteño Sostegni y Alejo Falconieri; y quiso la Providencia que, siendo tan diversos en el nombre, fuesen uno solo en el espíritu, para que se cumpliese que la caridad, cuando es de Dios, hace de muchos una sola alma.

Eran prósperos mercaderes de la lana y de la seda, algunos hidalgos de familias esclarecidas, otros de la honrada burguesía; mas ninguno de ellos puso su corazón en las riquezas que el mundo les brindaba. Vivía por entonces Florencia miserablemente sacudida por la herejía de los cátaros y por las sangrientas discordias de güelfos y gibelinos; y en medio de tanta corrupción, unidos por estrechísima amistad, se habían todos alistado hacia el año de 1225 en la piadosa Compañía de los Laudesi, esto es, de los que alaban á la santísima Virgen en su catedral. ¿Y qué mejor escuela de santidad que las alabanzas de la Madre de Dios, para almas destinadas á ser un día sus mayores siervos?

Andando en estos santos ejercicios, el día de la Asunción del año de 1233, mientras oraban juntos y con particular fervor, se les apareció la Reina de los cielos exhortándoles á dejar el mundo. Refiérese que les dijo: «Dejadlo todo, hijos míos, y disponeos á seguirme.» No fueron sordos á la voz de su Señora, antes bien, repartieron sus bienes entre los pobres, dejaron á sus familias honestamente proveídas, y el día de la Natividad de la misma Virgen, ocho de septiembre de aquel año, comenzaron vida común y penitente en una casa apartada de las afueras de la ciudad, bajo la conducta de Bonfilio, que como el mayor de todos fué elegido cabeza de la naciente comunidad. ¡Dichoso desprendimiento, que troca los caudales de la tierra por el tesoro escondido del Evangelio!

Mas pareciéndoles todavía poco retirada aquella soledad, subieron al monte Senario, áspera cumbre distante algunas leguas de Florencia, que sería en adelante venerada como cuna de la Orden. Allí hicieron vida de anacoretas, en oración continua, silencio y rigurosísima penitencia; y tanto se maltrataban con ayunos y asperezas, que hubieron de intervenir el obispo de Florencia y el señor cardenal Castiglione para moderar aquel santo furor con que trataban sus cuerpos, temiendo que arruinaran del todo la salud. Cuéntase que, saliendo un día á mendigar por las calles, unos niños de pecho —y entre ellos, según piadosa tradición, el que había de ser san Felipe Benicio— los aclamaron diciendo: «¡Mirad á los Siervos de María!»; y de este modo, por boca de inocentes, quedó dado á la Orden su glorioso nombre.

Coronó la Santísima Virgen su obra con una segunda visita. Refiere la tradición que el Viernes Santo del año de 1240 se les apareció llevando en sus manos un hábito negro, y les mandó que lo vistieran, que abrazaran la Regla de san Agustín y que se llamaran Siervos de María. Era el negro color de su luto, memoria de los dolores que padeció al pie de la Cruz por la muerte de su Hijo; y de aquí tomó la Orden su carisma propio y su heredad más preciosa: la contemplación de los siete Dolores de la Dolorosa, á cuya devoción y á cuya corona tanto habían de contribuir estos siervos fieles. Porque ¿qué cosa más justa que quien se llama esclavo de tal Señora compadezca y acompañe sus penas?

No degeneró la santidad de aquellos varones al crecer la comunidad, sino que en cada uno resplandeció alguna virtud con particular hermosura. Amadeo Amidei fué llamado «el médico de los pobres», por la ternísima caridad con que asistía á los enfermos. Pero entre todos brilló la humildad de Alejo Falconieri, el más mozo de los siete: pidiendo el Sumo Pontífice que los Fundadores se ordenasen de sacerdotes, á todos plugo obedecer, salvo á Alejo, que por profundísima humildad quiso quedarse siempre hermano lego, empleado en los oficios más bajos y humildes de la casa, teniéndose por indigno de tan alta dignidad. Refiérese asímismo que, en un crudo invierno, amaneció una viña del monte Senario, contra toda ley de la naturaleza y bajo la nieve, verde y cargada de racimos ya maduros; lo cual entendieron los siervos de María por señal del Cielo de que la comunidad había de crecer y abrir sus puertas á nuevos hijos.

Y así fué, en efecto, que la Orden se dilató en breve por Siena, Pistoya y Arezzo, y luego, bajo el celo infatigable de san Felipe Benicio, por toda Italia y por Europa. Muchas divergencias hay entre los autores acerca de sus aprobaciones: créese que la aprobó primeramente Inocencio IV, que la favoreció Alejandro IV, y que le dió al fin su confirmación solemne y definitiva Benedicto XI, ya en los umbrales del siglo décimocuarto. Mas ora se pese esta fecha, ora aquélla, lo cierto es que nada pudieron contra ella los años ni la contradicción, porque cuando el Señor planta un árbol con su propia mano, ni los vientos lo derriban ni el tiempo lo marchita.

Uno tras otro fueron entregando aquellos santos varones sus almas al Criador con muertes tan preciosas como habían sido sus vidas. Cuéntase que Buenayunta Manetti expiró mientras se leía la Pasión, al oír las palabras: «En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.» Refiérese que á la muerte de Bonfilio Monaldi se difundió por el convento un perfume suavísimo, y que grandes resplandores rodearon el monte Senario cuando voló al cielo Amadeo Amidei. Hugo Uguccioni y Sosteño Sostegni, que habían gastado sus fuerzas en las misiones de Alemania y de Francia, murieron —según piadosa tradición— en un mismo día, orando juntos á la Virgen, como juntos habían servido á su Señora. En todos ellos se cumplió que preciosa es en los ojos del Señor la muerte de sus santos.

El último en partir fué Alejo Falconieri, á quien Dios reservó la dicha, negada á sus compañeros, de ver la Orden plenamente aprobada y florecida. Créese que llegó á la edad de ciento y diez años, con cerca de ochenta de religión, sin que se apagase jamás en él el fervor de los primeros días; y refiérese que en su lecho de muerte se le apareció el Niño Jesús para coronarle, premiando así con sus propias manos al que por humildad había querido ser el menor de todos. Expiró en olor de santidad el día diez y siete de febrero del año de 1310, tío dichoso de aquella santa Juliana Falconieri que había de ser gloria también de la misma familia y de la misma Orden.

Muchos siglos veneró la Iglesia el culto de estos bienaventurados, hasta que el Papa León XIII, en el año de 1888, los canonizó solemnemente á los siete juntos, como juntos habían vivido, penado y merecido; y no fué el menor de los motivos de canonizarlos á un tiempo un milagro obrado al invocarlos en común, con que quiso el Cielo sellar aquella maravillosa unidad de siete corazones en uno solo. Celebra el Martirologio su fiesta el día doce de febrero. Aprendan de ellos las almas cristianas cuánto puede la caridad fraterna cuando se funda en el amor de la Madre de Dios; y quien desee servir dignamente á María, mire á estos siete siervos suyos, que por seguirla lo dejaron todo, y todo lo hallaron en dejarlo.

Vida redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (Butler, Enciclopedia Católica, hagiografía clásica).