jueves, 12 de febrero de 2026
Los Siete Santos Fundadores de la Orden de los Siervos de la B. V. María
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (Eccli. 44, 1-15)
Léctio libri Sapiéntiæ Laudémus viros gloriósos et paréntes nostros in generatióne sua. Multam glóriam fecit Dóminus magnificéntia sua a sǽculo. Dominántes in potestátibus suis, hómines magni virtúte et prudéntia sua præditi, nuntiántes in prophétis dignitátem prophetárum, et imperántes in præsénti pópulo, et virtúte prudéntiæ pópulis sanctíssima verba. In perítia sua requiréntes modos músicos, et narrántes cármina scripturárum. Hómines dívites in virtúte, pulchritúdinis stúdium habéntes: pacificántes in dómibus suis. Omnes isti in generatiónibus gentis suæ glóriam adépti sunt, et in diébus suis habéntur in láudibus. Qui de illis nati sunt, reliquérunt nomen narrándi laudes eórum. Et sunt, quorum non est memória: periérunt, quasi qui non fúerint: et nati sunt, quasi non nati, et fílii ipsórum cum ipsis. Sed illi viri misericórdiæ sunt, quorum pietátes non defuérunt: cum sémine eórum pérmanent bona, heréditas sancta nepótes eórum, et in testaméntis stetit semen eórum: et fílii eórum propter illos usque in ætérnum manent: semen eórum et glória eórum non derelinquétur. Córpora ipsórum in pace sepúlta sunt, et nomen eórum vivit in generatiónem et generatiónem. Sapiéntiam ipsórum narrent pópuli, et laudem eórum núntiet Ecclésia.
Alabemos a los varones ilustres, a nuestros mayores, a quienes debemos el ser. Mucha gloria redundó el Señor por su magnificencia con ellos desde el principio del mundo. Gobernaron sus Estados, fueron hombres grandes en valor y adornados de singular prudencia; y como profetas que eran, hicieron conocer la dignidad de profeta. Gobernaron al pueblo de su tiempo con la virtud de la prudencia, dando muy santas instrucciones a sus súbditos. Con su habilidad inventaron tonos o conciertos musicales, y compusieron los cánticos de las Escrituras. Hombres ricos en virtudes, solícitos del decoro del santuario, pacíficos en sus casas. Todos éstos en sus tiempos alcanzaron gloria, y honraron su siglo. Los hijos que de ellos nacieron, dejaron un nombre que hace recordar sus alabanzas. Mas hubo algunos de los cuales no queda memoria, que perecieron como si nunca hubieran existido, así ellos como sus hijos; y aunque nacieron, fueron como si no hubiesen nacido. Pero aquellos fueron varones misericordiosos y caritativos, cuyas obras de piedad no han caído en olvido. En su descendencia permanecerán sus bienes. Sus nietos son una sucesión o pueblo santo, y su posteridad se mantuvo constante en la alianza con Dios; y por el mérito suyo durará para siempre su descendencia; nunca perecerán su linaje y su gloria. Sepultados en paz fueron sus cuerpos; y vive su nombre por todos los siglos. Celebren los pueblos su sabiduría, y repitan sus alabanzas en las asambleas sagradas. [Torres Amat]
Comentario patrístico · Comentario al Eclesiástico, cap. 44 — Cornelio a Lápide
Vers. 1. «ALABEMOS A LOS VARONES GLORIOSOS Y A NUESTROS PADRES EN SU GENERACIÓN.» Bellamente Orígenes (lib. I sobre Job): «Así como las lumbreras del cielo y los astros resplandecen sin cesar sobre cuanto hay bajo el cielo, así también las insignias de la virtud de los Santos y sus bienaventurados combates lucen singularmente para todos por siempre, y a todos muestran ejemplo de piedad. Pues dice el Apóstol: Una estrella se distingue de otra en claridad; y el ángel a Daniel: Entonces los justos brillarán como las lumbreras del cielo. Uno resplandece por la fe, como Abraham; otro por la castidad, como José.» Por eso Dios, por medio del Siracida, nos propone estos ejemplos de los padres como vivos dechados de vida santa; pues, según S. Basilio (epíst. 1 a Greg. Nacianceno), «las vidas de los varones santos, transmitidas por escrito, son como imágenes vivas propuestas a la república divina para imitación de las buenas obras»; y como los pintores, mirando sin cesar al modelo, trasladan sus rasgos a su obra, así quien anhela hacerse perfecto en toda virtud debe fijar los ojos en las vidas de los santos como en estatuas móviles y actuantes, y hacer suyos, por imitación, sus bienes.
No alaba a cualquiera, sino, primero, a los «varones», esto es, a los de ánimo viril y excelso, que se muestran hombres en la virtud y acometen y vencen lo arduo. Bajo el nombre de varones entiéndanse también las mujeres fuertes, como Sara, Rebeca, Ana la madre de Samuel, Susana, la madre de los Macabeos; y en el Nuevo Testamento Sta. Elena, Sta. Pulqueria, Sta. Inés, Sta. Cecilia, y sobre todas la Bienaventurada Virgen, superior a toda alabanza nuestra. Segundo, a los «gloriosos», que hicieron hazañas heroicas de fe, esperanza, caridad, paciencia y fortaleza (habla de la gloria de las virtudes, no de los milagros). Tercero, a los «padres» de su pueblo, es decir, patriarcas, príncipes y profetas de los hebreos. Cuarto, «en su generación», es decir, cada uno vivió y brilló en su siglo: unos antes del diluvio, como Henoc; otro en el diluvio, como Noé; otros después, como Abraham, Isaac y Jacob. Y alaba el Siracida a los padres por varias causas: porque la alabanza de los padres es alabanza de Dios, que a tanto los elevó; porque es alabanza de los hijos y de todo el pueblo; y porque la virtud alabada crece, y para seguir la virtud son más eficaces los ejemplos que los preceptos.
Vers. 2. «MUCHA GLORIA HIZO (en griego ἔκτισε, esto es, creó, fundó) EL SEÑOR CON SU MAGNIFICENCIA DESDE EL PRINCIPIO.» Entiéndase por su magnificencia, esto es, por su magnífica potencia, sabiduría, bondad y operación, que tuvo «desde el siglo», es decir, desde el comienzo del mundo y del tiempo, más aún, desde la eternidad. Los códices complutenses añaden ἐν αὐτοῖς, «en ellos», a saber, en los varones gloriosos: «Mucha gloria creó el Señor en ellos con su magnificencia desde el siglo.» Pues la gloria de los Santos es obra de la magnificencia de Dios, y ella misma es la gloriosa magnificencia de Dios; el Siríaco: «Mucha gloria les fue adjudicada, y toda su majestad está sobre las generaciones del siglo.»
Vers. 3. «DOMINANDO EN SUS POTESTADES, VARONES GRANDES EN VIRTUD Y DOTADOS DE PRUDENCIA, ANUNCIANDO ENTRE LOS PROFETAS LA DIGNIDAD DE LOS PROFETAS.» En griego, «en sus reinos» (ἐν ταῖς βασιλείαις αὐτῶν), que el Nuestro vierte «en sus potestades»; pues la mayoría de los padres que va a alabar el Siracida fueron patriarcas, jueces, príncipes y reyes de Israel, que con gran autoridad, derecho e imperio dominaron sobre él y lo rigieron según las leyes que Dios sancionó, sobre todo para conservarlo en la fe y culto del Dios verdadero. «Varones grandes en virtud»: en griego, varones nombrados y célebres por su poder y fortaleza; a estos llaman los hebreos anse chail, varones de valor, esforzados y animosos, como Josué, David, Judas Macabeo. «Dotados de prudencia»: prudencia triple —ética, que rige al hombre mismo; económica, que rige la familia; política, que rige la república—, las tres que tuvieron estos patriarcas y príncipes. «Anunciando entre los profetas la dignidad de los profetas»: anunciaban e inculcaban en las Escrituras de los profetas cuánta dignidad y autoridad, divina, tienen tanto las profecías como sus autores, por haber sido dictadas e inspiradas por Dios.
Vers. 4. «Y CON LA VIRTUD DE LA PRUDENCIA PALABRAS SANTÍSIMAS A LOS PUEBLOS.» Sobreentiéndese aquí un verbo, y ha de repetirse el «imperando» (en griego ἡγούμενοι, guiando, precediendo, yendo delante), como si dijera: nuestros mayores imperaban y precedían a los pueblos que les estaban sujetos con palabras santísimas, incitándolos con la palabra y el ejemplo a la observancia de la santísima ley de Dios. Pues esta es la virtud de la prudencia: que lo que enseñas y mandas de palabra, eso mismo lo enseñes y vayas delante con el ejemplo; porque los hechos dan eficacia a la palabra, y el ejemplo da autoridad al mandato. Así hicieron David, Ezequías y Josías, que no solo a los judíos, sino también a otros pueblos que sometían, transmitieron los preceptos de Dios.
Vers. 5. «EN SU PERICIA BUSCANDO LOS MODOS MUSICALES Y NARRANDO LOS CANTARES DE LAS ESCRITURAS.» En lugar de «en su pericia» (in peritia), Rabano, Lira y otros leen «en su niñez» (in pueritia), pues la voz griega ἐπιδεξιότης significa ambas cosas, y así piensa Jansenio que lo vertió nuestro Intérprete, mirando a David, que desde la niñez empezó a tañer la cítara y después dictó los cantares de las Escrituras. Pero ha de leerse «en su pericia», como leen los códices corregidos en Roma y casi todos los demás. Pues no señala a los cantores, sino a los autores de los salmos y cantos sagrados, y a los peritos en la música y modulación con que en el templo cantaban salmos e himnos, con la voz, con el salterio y otros instrumentos, y enseñaban a otros a cantarlos: tales fueron David, Asaf, Idithún y los hijos de Coré. Pues los antiguos teólogos de casi todas las naciones consignaron a la posteridad su sabiduría acerca de Dios en canto medido, para que penetrase con más dulzura en los ánimos y se grabase con más firmeza en la memoria.
Vers. 6. «VARONES RICOS EN VIRTUD, TENIENDO ESTUDIO DE LA HERMOSURA, PACÍFICOS EN SUS CASAS.» En griego: varones ricos, provistos de fuerza o fortaleza; viviendo pacíficamente en sus moradas. Pues «paz» significa para los hebreos prosperidad y abundancia de bienes. En el griego, pues, los mayores son alabados por tres bienes externos: primero, por las riquezas; segundo, por la virtud, esto es, el vigor del cuerpo y del ánimo y de los ejércitos; tercero, por la paz y la prosperidad. Mas el intérprete latino añade un cuarto: «teniendo estudio de la hermosura», que ha de entenderse así: nuestros mayores fueron celosos de la hermosura, para adornar bellamente el templo y las cosas sagradas y guardar el decoro en todo, como Moisés y Salomón, que edificaron al Señor el tabernáculo y el templo con sus variados vasos y utensilios. Grande es el atractivo de la hermosura: mucho se sienten los hombres atraídos al culto de Dios y a toda virtud si en ella ven hermosura; según S. Dionisio, la hermosura (κάλλος) se llama así porque a sí llama y atrae (καλεῖ) a todas las cosas.
Vers. 7-8. «TODOS ESTOS EN LAS GENERACIONES (por generaciones, edades y siglos que se suceden sin cesar) DE SU NACIÓN ALCANZARON GLORIA, Y EN SUS DÍAS SON TENIDOS EN ALABANZAS», es decir, en sus días dieron materia de alabanza perpetua, para que entonces y después fuesen alabados por toda la posteridad. «LOS QUE DE ELLOS NACIERON DEJARON UN NOMBRE PARA CONTAR SUS ALABANZAS»; porque, educados santamente por los santos padres e imitando sus santas costumbres, dieron a la posteridad materia de alabanza, tanto de sí mismos como de sus padres. Alaba, pues, a los padres por su prole santa y feliz, semejante a ellos.
Vers. 9. «Y HAY OTROS DE QUIENES NO HAY MEMORIA; PERECIERON COMO SI NO HUBIERAN EXISTIDO; Y NACIERON COMO SI NO HUBIERAN NACIDO, Y SUS HIJOS CON ELLOS.» Consta que esto pertenece a los impíos, no a los píos, por la frase usual en la Escritura, con que de los impíos, y no de los píos, se dice que perecieron como si no hubieran existido, y que nacieron como si no hubieran nacido; y también por la antítesis del versículo siguiente, con que a estos impíos opone los padres píos: «Pero aquellos son varones de misericordia.» Mejor, pues, juzga Palacio que este versículo, como el precedente, se refiere a los hijos de los patriarcas: de estos hay dos géneros, uno de píos, y por eso ilustres; otro de impíos, y por eso sepultados en el olvido. Pues aun los patriarcas tuvieron hijos perversos e innobles, que no tanto honraron como deshonraron el nombre de sus padres; mas tales hijos perecieron enteramente con los suyos, y por eso están como si no hubieran existido.
Vers. 10. «PERO AQUELLOS SON VARONES DE MISERICORDIA, CUYAS PIEDADES NO FALTARON.» Se llaman «varones de misericordia» no tanto pasivamente, como quienes alcanzaron misericordia de Dios (como quiere Rabano), cuanto activamente, es decir, varones plenamente misericordiosos, engendrados como de una madre por la misericordia, cual fue Job, que dice (cap. XXXI, 18): «Desde mi infancia creció conmigo la compasión, y del vientre de mi madre salió conmigo.» En hebreo se llaman anse chesed, varones de piedad, esto es, de beneficencia; podría también verterse «varones de plegarias u oraciones», es decir, fervientísimos intercesores por el pueblo. Pues la piedad es doble: una hacia Dios, a saber, su culto, invocación y oración; otra hacia el prójimo, a saber, la misericordia y beneficencia; máxime porque la oración del justo es la mayor beneficencia, ya que alcanza de Dios más bien del que puede dar el hombre. S. Bernardo (serm. 3) aplica esto a los santos Apóstoles Pedro y Pablo: «Con razón atribuye la Madre Iglesia a los santos Apóstoles lo que se lee en los libros de la Sabiduría: Estos son varones de misericordia, cuyas justicias no cayeron en olvido, con cuya descendencia permanecen los bienes.»
Vers. 11-13. «CON SU DESCENDENCIA PERMANECEN LOS BIENES, HERENCIA SANTA SON SUS NIETOS, Y EN LOS TESTAMENTOS PERMANECIÓ SU SIMIENTE.» Porque las piedades de los padres no faltaron, sino que permanecieron, por su mérito concedió Dios que con su descendencia permaneciesen igualmente todos los bienes, temporales y espirituales; y sobre todo que «sus nietos sean herencia santa», es decir, que dejen tras de sí herederos santos que imiten a sus santos padres y sucedan como por derecho hereditario en su santidad. Y «en los testamentos permaneció su simiente», esto es, sus hijos y posteridad perseveraron en las leyes y mandatos de Dios (que se llaman «testamentos», es decir, pactos), y por ello permanecieron también en los bienes prometidos por el pacto de Dios. Esta simiente de los padres, en tiempo del Siracida, era carnal, a saber, los hebreos; mas degenerando estos por su infidelidad e impiedad respecto de Cristo, y excluidos de la herencia y bendición de sus padres, suceden en ella los hijos espirituales, es decir, los fieles y cristianos, que según la fe son hijos de Abraham. Por eso «SUS HIJOS POR CAUSA DE ELLOS PERMANECEN PARA SIEMPRE, Y SU GLORIA NO SERÁ ABANDONADA» (en griego, no será borrada ni destruida): permanecerán eternamente, tanto en el cielo por la bienaventuranza como en la tierra por la continua propagación de los fieles.
Vers. 14-15. «SUS CUERPOS FUERON SEPULTADOS EN PAZ, Y SU NOMBRE VIVE DE GENERACIÓN EN GENERACIÓN.» «En paz», porque murieron llenos de días y de buenas obras, en buena vejez, ansiosos de otra vida mejor; porque tuvieron sus justas exequias (entre las cuales se cuentan preces, limosnas y sacrificios por los difuntos, como consta que creyeron y usaron los judíos, II Macab. XII, 43); porque fueron sepultados entre los suyos, con quienes habían vivido en paz; porque, reposando el cuerpo en el sepulcro, el alma descendía al limbo de los padres al seno de Abraham; y porque esperaban la resurrección. «Y su nombre vive de generación en generación», tanto en el cielo, ante Dios, los ángeles y los bienaventurados, como en la tierra, entre los hombres de todos los tiempos. Al cuerpo, sepultado en paz, opone el nombre, que reside principalmente en el alma; pues el alma desea nombre y fama eterna porque ella misma es inmortal, y este apetito de fama eterna es señal de la inmortalidad del alma; mas verdadera, no vana, fundada en su inmortal felicidad y gloria. Por eso concluye: «CUENTEN LOS PUEBLOS SU SABIDURÍA, Y ANUNCIE LA IGLESIA SU ALABANZA»; estos héroes son dignos de que la Iglesia celebre perpetuamente su sabiduría y sus alabanzas, y así como ahora los celebra, así en adelante los celebrará por todos los siglos; pues, como dice S. Antonio, «la memoria de los santos es camino hacia la virtud, y aguijón para la santificación.»
Comentario al Eclesiástico, cap. 44, Cornelio a Lápide · Traducción del editor, del latín (Gran Comentario, dominio público) · fuente: lapide.org (dominio público)
Evangelio (Luc. 12, 32-34)
Sequéntia sancti Evangélii secúndum Lucam In illo témpore: Dixit Jesus discípulis suis: Nolíte timére, pusíllus grex, quia complácuit Patri vestro dare vobis regnum. Véndite quæ possidétis, et date eleemósynam. Fácite vobis sácculos, qui non veteráscunt, thesáurum non deficiéntem in cœlis: quo fur non apprópiat, neque tínea corrúmpit. Ubi enim thesáurus vester est, ibi et cor vestrum erit.
No tenéis vosotros que temer, pequeñito rebaño, porque ha sido el agrado de vuestro Padre daros el reino. Vended, si es necesario, lo que poseéis, y dad limosna. Haceos unas bolsas que no se echen a perder; un tesoro en el cielo que jamás se agota, adonde no llegan los ladrones, ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro, allí también estará vuestro corazón. [Torres Amat]
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Lucas 12, 32-34 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
Glosa. Después que el Señor separó el cuidado de las cosas temporales de los corazones de sus discípulos, ahora los libra del temor que procede de los cuidados por las cosas superfluas, diciendo: "No temáis", etc.
Teofilato. El Señor llama pequeña grey a los que quieren hacerse discípulos suyos, ya porque en esta vida los santos aparecen pequeños en virtud de su pobreza voluntaria, ya porque son aventajados por la multitud de ángeles que nos son incomparablemente superiores.
Beda. El Señor también llama pequeña grey a los escogidos, ya comparándolos con el mayor número de réprobos, o más bien por su amor a la humildad.
San Cirilo, in Cat. graec. Patr. Manifiesta por qué no deben temer, añadiendo: "Porque a vuestro Padre plugo", etc, como diciendo: ¿Cómo aquél que concede gracias tan extraordinarias, dejará de tener clemencia con vosotros? Aun cuando aquí esta grey sea pequeña -por su naturaleza, su número y su gloria-, sin embargo la bondad del Padre ha dispensado a este pequeño rebaño la suerte de los espíritus celestiales, es decir el reino de los cielos. Por tanto, para que poseáis el reino de los cielos debéis despreciar las riquezas de la tierra. Así dice: "Vended lo que poseéis", etc.
Beda. Como diciendo: no temáis que falten las cosas necesarias a los que en esta vida trabajan por el reino de Dios. Más aún, vendan también lo que poseen y denlo de limosna. Esto se hace dignamente cuando alguno, una vez que ha dejado todos sus bienes por el Señor, no obstante gana con el trabajo de sus manos por el reino, lo necesario para el alimento y para dar limosna.
Crisóstomo, In Matthaeum hom. 26. No hay pecado que no pueda borrar la limosna que es remedio contra toda llaga. Pero la limosna no se hace sólo con dinero, sino también por las obras, como cuando alguno protege a otro, cuando un médico cura, o cuando un sabio aconseja.
San Gregorio Nacianceno, orat. 16. De pauperum amore, versus finem. Pero temo que penséis que la piedad no es necesaria, sino libre. Yo también lo creía así, pero me espantan los machos cabríos colocados a la izquierda no por haber robado, sino por no haber asistido a Cristo cuando los necesitaba.
Crisóstomo, in Cat. graec. Patr., ex homil. in Matth. Sin la limosna es imposible ver el reino, porque así como se corrompen las aguas detenidas en una fuente, así sucede a los ricos cuando guardan para sí sus riquezas.
San Basilio, in Cat. graec. Patr., ex Asceticis, id est, Regulis brevioribus, ad interrogat. 92. Alguno preguntará: ¿en virtud de qué consideración es conveniente vender lo que se posee? ¿Acaso porque es naturalmente dañoso, o por la tentación que ofrece al hombre? A esto debe contestarse, en primer lugar, que si cada una de las cosas que existen en el mundo fuese mala por sí misma, no habría creatura de Dios, porque toda creatura de Dios es buena ( 2Tim 4). En segundo lugar, que el precepto del Señor no nos ha enseñado a arrojar como malo lo que poseemos sino a distribuirlo, porque dice: "Y dad limosna".
San Cirilo, ubi sup. Este precepto molesta acaso a los ricos pero no es inútil para los que son prudentes, porque atesoran para sí el reino de los cielos. Por esta razón prosigue: "Haceos bolsas, que no se envejecen", etc.
Beda. Esto es, dando limosna, cuya recompensa dura eternamente. Pero este precepto no debe entenderse en el sentido de que los santos no puedan reservarse ningún dinero -ni para su uso ni para el de los pobres-, ya que el mismo Dios, a quien servían los ángeles ( Mt 4), tenía una bolsa en la que conservaba lo que le daban los fieles ( Jn 12). Ha de entenderse más bien en el sentido de que no debe servirse a Dios por estas cosas, ni abandonarse la justicia por temor de la pobreza.
San Gregorio Niceno, in Cat. graec. Patr. Mandó también colocar las riquezas materiales y terrenas en el cielo, a donde no alcanza la fuerza de la corrupción. Así añade: "Tesoro que jamás falta".
Teofilato. Como diciendo: Aquí destruye la polilla, pero no en los cielos. Y como la polilla no puede destruirlo todo, añade lo del ladrón. El oro no es destruido por la polilla, pero el ladrón lo roba.
Beda. Debe entenderse sencillamente en esto que el dinero que se guarda desaparece y que dado al prójimo produce un fruto eterno en los cielos. O bien que el tesoro de las buenas obras, si se coloca en asunto de interés mundano, se corrompe y desaparece fácilmente. Pero si se ahorra, no para merecer exteriormente la aprobación de los hombres -como el ladrón que roba de fuera- ni para buscar interiormente la vanagloria -como la polilla que destruye en lo interior- sino con santa intención, no se corrompe.
Glosa. O bien los ladrones son los herejes y los demonios -que se proponen despojarnos de los bienes espirituales- y la polilla que roe poco a poco los vestidos es la envidia, que destruye el celo o el fruto bueno y rompe el lazo de la unidad.
Teofilato. Pero como no todo se quita por el robo, da una razón más poderosa y que no admite réplica diciendo: "Porque donde está vuestro tesoro está vuestro corazón". Como diciendo: supongamos que la polilla no destruya, ni el ladrón robe, ¿cuán digno de suplicio no será tener el corazón aprisionado en un tesoro oculto y hundir en la tierra una obra divina como el alma?
San Eusebio, in Cat. graec. Patr. Porque todo hombre depende naturalmente de aquello de que está apasionado y fija toda su alma en aquello que cree que puede darle todo lo que le conviene. Por tanto, si alguno fija toda su atención y su afecto -lo que llamó corazón- en las cosas de la vida presente, únicamente se ocupa de las cosas de la tierra. Pero si se fija en las cosas del cielo, allí tendrá también su corazón. De modo que parecerá que trata con los hombres sólo por el cuerpo, pero que su alma ha alcanzado ya las mansiones del cielo.
Beda. Esto debe entenderse no sólo respecto del dinero, sino de todas las pasiones. Los festines son el tesoro para el lujurioso, las fiestas para el lascivo y la liviandad para aquél a quien domina el amor.
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena