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viernes, 2 de junio de 2017

Santos Marcelino y Pedro, Mártires

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

Era san Marcelino presbítero de la iglesia de Roma, y san Pedro exorcista de la misma hacia el fin del tercer siglo, y á principio del cuarto. La eminente virtud de Marcelino, y la santidad de su exorcista brillaban tanto en aquella capital del mundo, que no podían esconderse á la persecución de Diocleciano en un tiempo en que todos los parajes estaban teñidos de la sangre de los mártires. El gran poder que el santo exorcista ejercía sobre los demonios irritó á todo el infierno, y este conmovió contra san Pedro todo el furor de los gentiles. Por su mucha reputación, por su gran zelo y por sus continuos milagros fué acusado ante Sereno como el mayor enemigo de los dioses. Fué preso y encerrado en un oscuro calabozo después de haber sido despedazado muchas veces su cuerpo con azotes muy crueles.

Asombró á los mismos paganos la alegría que el generoso mártir mostraba en los tormentos, sufriéndolos con un semblante apacible, modesto y siempre risueño. Oíanle cantar de día y de noche alabanzas al Señor en medio de su horrorosa prisión, cargado de hierro, y estando su santo cuerpo hecho todo una llaga. Observó un día que el carcelero, llamado Artemio, siempre que bajaba al calabozo se mostraba triste y lloroso, manifestando en el semblante la amargura que afligía su corazón. Preguntóle qué cosa era la que tanto le desconsolaba. Lloro (dijo Artemio) la desgracia de una hija mía, á quien amo tiernamente, y no hallo remedio ni alivio para sus males. Años ha que está poseída de un demonio que la atormenta horriblemente, obligándola á hacer espantosas contorsiones, y ahora mismo la dejo en tan lastimoso estado. Pues si no te aflige otra cosa, respondió el santo, fácil será consolarte. ¿Pero cómo? replicó el carcelero. Librando á tu hija de ese demonio, respondió san Pedro. Eso es bien cierto, dijo Artemio; pero ¿qué hombre ni qué Dios será capaz de hacer ese milagro? Yo, respondió el santo exorcista, por virtud de mi Señor Jesucristo, único Dios verdadero, á quien adoro y á quien sirvo.

Oyó con risa y con lástima esta respuesta el carcelero, y le replicó como haciendo burla: según eso, muy simple ó muy loco eres en no valerte del gran poder de ese tu Dios y Señor para librarte de las cadenas y del calabozo. Conozco lo mucho que vale este calabozo y estas cadenas, respondió el santo exorcista, y estoy muy lejos de desear verme libre de ellas; ni el grande amor que me tiene mi divino Salvador permitirá que yo me prive de tan preciosa corona. En los tormentos está toda la fortuna de los cristianos. Pues mira, le interrumpió Artemio, si quieres que yo crea en ese tu Dios, y en el gran poder que le supones, rompe por ti mismo las cadenas; abre el calabozo, penetra por medio del cuerpo de guardia que está á la puerta, y búscame esta noche en mi cuarto. Dicho esto, volvióle las espaldas con un género de desprecio, y se retiró á su casa.

Apenas entró en ella cuando dijo á su mujer: Vengo de visitar los presos, y dejo en el calabozo á un pobre mozo cristiano, á quien los tormentos y la prisión han trastornado la cabeza; pero su locura es muy graciosa: dice que por la virtud de Jesucristo, su Dios, librará del demonio á nuestra hija Paulina. Pero en eso ¿qué locura hay, ni qué se va á aventurar en hacer la prueba? respondió Cándida, que así se llamaba la mujer de Artemio. La locura, replicó este, consiste en que, habiéndole pedido, en prueba de la virtud de su Dios, que viniese esta noche á buscarme en mi cuarto, el pobre mozo me lo prometió, aunque le doblé las prisiones y la guardia. Como él cumpla su palabra, respondió Cándida, será buena prueba de que no hay otro Dios verdadero mas que el suyo. Tan loca me parece que estás tú como lo está él, replicó Artemio; aunque Júpiter y todos nuestros dioses se empeñaran en librarle de las cadenas, y en sacarle del calabozo, no lo podrían conseguir.

Ibase acalorando la conversación cuando san Pedro, librado milagrosamente de las prisiones, se dejó ver en la puerta del cuarto, vestido de blanco, y con un crucifijo en la mano. Quedaron atónitos Artemio y Cándida; vuelven en sí, arrójanse á sus pies, deshechos todos en lágrimas, y claman á voz en grito que no hay otro Dios verdadero sino el Dios de los cristianos. Acude Paulina al ruido; arrodíllase delante del santo, y no pudiendo sufrir su presencia el demonio que la atormentaba, sale de su cuerpo rabiando y irritado: O Pedro, la virtud de Jesucristo que está en ti me arroja de mi casa, y me obliga á dejar libre el cuerpo de esta doncella.

Corrió luego la voz de tan estupenda maravilla; llenóse la casa de vecinos y de parientes, que, siendo testigos de un hecho tan milagroso, preocupados de asombro y de admiración, pidieron todos el bautismo. Inundado san Pedro de un suavísimo consuelo á vista de tantas conversiones, salió luego á buscar al presbítero Marcelino, el cual, habiéndoles explicado los principales misterios de la fe, y viéndolos á todos en la mejor disposición, les administró el sacramento por que tanto suspiraban; y Artemio, no cabiendo dentro de sí por el gozo de verse ya cristiano, fué á las prisiones, ofreció la libertad á todos los que quisiesen bautizarse, y se la dió á todos los cristianos.

Por haber caído malo á la sazón el vicario Sereno, tuvieron tiempo y libertad san Marcelino y san Pedro para instruir por espacio de cincuenta días á los nuevos cristianos, preparándolos y fortaleciéndolos para recibir la corona del martirio. Luego que el vicario convaleció, llamó á Artemio, y le mandó traer á su presencia á todos los prisioneros. Señor, respondió el alcaide, las prisiones están del todo vacías, porque Pedro, exorcista de los cristianos, rompió las cadenas de todos los que por vuestra orden estaban en los calabozos, y les abrió las puertas de la cárcel por la virtud omnipotente de Jesucristo; á vista de cuyo milagro todos abrazamos la fe, todos nos hicimos cristianos, recibiendo el santo bautismo; y solo el presbítero Marcelino, Pedro su exorcista y yo estamos á vuestra disposición.

Salió fuera de sí el vicario con la respuesta de Artemio, y mandó que allí mismo le despedazasen las carnes con unos ramales armados de bolillas de plomo, á cuyo tormento no pudiera sobrevivir sin particular milagro. Hizo después venir á san Marcelino en presencia de san Pedro, y dijo á los dos: Disponeos para ser tratados de la misma suerte, después de lo que acabáis de ver ejecutar, si en este mismo punto no ofrecéis incienso á nuestros dioses inmortales, renunciando á ese vuestro Jesucristo. No permita Dios, respondió Marcelino, que cometamos jamás tan sacrilega impiedad; no hay mas que un solo Dios verdadero, y reconocer á otro por tal es la mayor de todas las locuras. Por la virtud poderosa de este Dios se hicieron pedazos las cadenas de los que teníais en la cárcel, y se abrieron las puertas de las prisiones; no quieras imputarnos á delito esta maravilla; antes bien reconoce por ella que no hay otro Dios que el Dios de los cristianos.

Ya no pudo contener mas la cólera Sereno; y mandando apalear cruelmente á Marcelino, cuando vió molido todo su cuerpo, ordenó que le condujesen á un tenebroso calabozo, y le dejasen tendido en el suelo sobre cascotes de vidrio, sin agua ni alimento, para que muriese de dolores y de hambre. San Pedro fué llevado á otra prisión, donde le dejaron con fuertes grillos en los pies, y con todo el cuerpo atormentado. Pero la misma poderosa mano, que había puesto en libertad á los otros santos confesores, libró también á nuestros invictos mártires. Aquella misma noche entró un ángel en el calabozo donde estaba Marcelino, y haciendo pedazos las cadenas, le ordenó que tomase sus vestidos; condújole á la prisión del exorcista Pedro, libróle de los grillos, curólos á entrambos, y los llevó á la casa donde estaban los nuevos cristianos en oración, en cuya compañía se mantuvieron algunos días, confirmándolos en la fe y disponiéndolos para el martirio.

Cuando supo Sereno que Marcelino y Pedro habían desaparecido de la cárcel, descargó contra Artemio todo su furor. Mandó que él, Cándida su mujer, y Paulina su hija fuesen llevados al templo de Júpiter, y no queriendo ofrecerle sacrificio, sin dilación fuesen enterrados vivos, cubriéndolos de piedras en una profunda hoya que se abrió á sus mismos pies, con cuyo tormento en breve tiempo consumaron su martirio. Cuando los conducían al suplicio, iban delante de ellos san Marcelino y san Pedro con otros muchos cristianos, acompañándolos como en triunfo; pero Dios premió luego su zelo y su fervor, porque volviéndolos á prender, fueron luego degollados por sentencia de Sereno.

Por temerse alguna sedición se ejecutó la sentencia á una legua fuera de Roma, en un paraje que entonces se llamaba la selva negra, y después en memoria de los santos mártires la selva blanca, y recibieron la corona del martirio hacia el año de 304. Arrojaron sus santos cuerpos en una profunda sima, donde estuvieron ocultos hasta que los mismos mártires se lo revelaron á una piadosa mujer, llamada Lucina, quien los retiró de allí, y les dio decente sepultura.

En tiempo del emperador Ludovico Pío, por los años de 826, fueron trasladadas de Roma á Michelstad en Alemania, las reliquias de san Marcelino y san Pedro, y desde allí el año de 827 lo fueron segunda vez á Mulinhein, colocándolas en la abadía que hoy se llama de Salgenstad.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.