viernes, 18 de marzo de 2016
San Cirilo de Jerusalén, Obispo y Doctor
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
Nació este santo en Jerusalen, ó en sus cercanías, por los años de 313. Aplicóse desde muy niño al estudio de las santas escrituras, y llegó á hacérselas tan familiares, que todos sus discursos, la mayor parte improvisados, son una cadena de textos ó alusiones á los libros sagrados. También estudió á fondo la doctrina de los padres que le habían precedido; ni se desdeñó de leer los libros de los filósofos paganos, persuadido de que en ellos encontraría armas para combatir fructuosamente los errores de la idolatría. Adornado con tales conocimientos, y mas todavía con la prenda de las virtudes, juzgó Máximo, obispo de Jerusalen, que debía ordenarle de presbítero. Así lo hizo, y luego le encargó el cuidado de anunciar la palabra de Dios y de hacer las catequésis; función de mucha importancia en aquellos tiempos, la cual desempeñó Cirilo con tanto zelo, y en la que adquirió tan grande reputación, que á la muerte de Máximo, por los años de 350, mereció ser elegido para sucederle.
El principio de su episcopado es célebre en la historia por un milagro que obró Dios para honrar el instrumento de nuestra salvación. Presenciólo el mismo santo, y dió cuenta de él en una carta que escribió al emperador Constancio. Copiaremos sus palabras:
«El día de las nonas (el 7) de mayo, sobre la hora de tercia (hacia las nueve de la mañana), se dejó ver en el cielo una luz resplandeciente, en forma de cruz, que se extendía desde el monte Calvario hasta el de los Olivos. Viéronla no una ó dos personas, sino toda la ciudad. Ni era uno de estos fenómenos pasajeros que se disipan al instante: esta luz brilló á nuestros ojos durante muchas horas, y con tanto resplandor, que el sol mismo no podía ofuscarla. Todos los espectadores, penetrados al mismo tiempo de temor y de gozo, fueron corriendo á la iglesia; ancianos y mozos, fieles é idólatras, naturales y extranjeros, todos no tuvieron mas que una voz para alabar á nuestro Señor Jesucristo, hijo único de Dios, cuyo poder obraba aquel prodigio; y todos reconocieron á una la divinidad de esta religión á la que daban testimonio los cielos.» La verdad de este hecho no admite duda alguna, y en su memoria celebran los griegos una fiesta el 7 de mayo.
Algún tiempo después de este suceso, se suscitó una disputa bastante acalorada entre san Cirilo y Acacio, arzobispo de Cesárea. Tratábase primeramente de materias de jurisdicción; pero de aquí se pasó á cuestiones mas graves; y Acacio, que era uno de los mas fogosos partidarios del arrianismo, no paró hasta hacer deponer á nuestro santo, en un conciliábulo de obispos arrianos. Para evitar mayores males, se retiró Cirilo primeramente á Antioquía, y después á Tarso de Cilicia, donde fué recibido con mucho honor por el obispo Silvano. Restablecido en su silla por decreto del concilio de Seleucia en 359, fué otra vez depuesto en el año siguiente, por maquinaciones de los arrianos, en un concilio de Constantinopla.
Después de la muerte de Constancio, acaecida en 361, tomó las riendas del imperio Juliano el Apóstata, el cual, con siniestras intenciones, dispuso que volviesen á sus diócesis los obispos desterrados. Su designio era hacer odiosa la intolerancia de su predecesor, tener la balanza igual entre católicos y herejes, y promover la división para desacreditar el cristianismo; política insidiosa, de la que se sirvió Dios para volver á nuestro santo á su iglesia, y hacerle presenciar uno de los mas brillantes prodigios que se han obrado en favor de la religión de Jesucristo. Este emperador filósofo había visto que todas las persecuciones contra la Iglesia no habían hecho mas que consolidarla; pero no por eso tenia menos deseo de acabar con ella. Instruido como estaba en sus creencias, sabía que el pueblo judío, disperso por todas partes, sin rey, sin templo, sin sacrificios, era un testimonio permanente de la verdad de las profecías; sabía también que Jesucristo había predicho la destrucción del templo, y que nunca sería reedificado. Para convencer de falso este vaticinio, escribió una carta muy lisonjera á toda la nación judía, eximiéndola de impuestos, y encomendándose á sus oraciones: en seguida mandó que volviendo todos los Judíos á su patria, reedificasen el templo, y pusiesen la ley en observancia; á cuyo efecto prometió ayudarles con todo su poderío. A esta noticia, de todas partes corrieron los Judíos á Jerusalen. Bien pronto reunieron sumas considerables. Las mujeres judías daban sus joyas y pedrerías para contribuir á los gastos de la empresa. Juliano mandó á sus tesoreros que suministrasen el dinero necesario para la construcción del templo; envió los mas hábiles arquitectos del imperio; confió la dirección de la obra á personas del primer rango, y dió la superintendencia general á su amigo Alípio.
San Cirilo, que veía todos estos preparativos, no manifestaba la menor inquietud; antes bien sostenía que los oráculos divinos tendrían un entero cumplimiento. Y como ya se empezase á demoler los fundamentos antiguos, aseguraba que esto les era permitido para que se verificase al pié de la letra la predicción de Jesucristo de no quedar piedra sobre piedra; pero que no podrían pasar adelante. Así sucedió en efecto; porque cuando quisieron poner los nuevos cimientos, castigó Dios la temeridad de los Judíos, haciendo que saliesen llamaradas de fuego. Pero oigamos á Amiano Marcelino, historiador gentil y panegirista de Juliano. «Mientras el conde Alípio, dice, asistido del gobernador de la provincia, apresuraba los trabajos, horribles torbellinos de llamas salieron de los parajes contiguos á los cimientos, quemaron á los obreros, y les hicieron el sitio inaccesible. En fin, como este elemento persistiese siempre con una especie de obstinación en rechazar á los obreros, hubo necesidad de abandonar la empresa.»
Este suceso milagroso es referido con todas sus circunstancias por una multitud de autores que vivían en el siglo de Juliano. San Gregorio Nazianceno hablaba de él un año después que pasó; san Crisóstomo hace mención de él en muchos pasajes de sus obras, como de un hecho sucedido hacia veinte años, á la vista de muchos de los que aun vivían. La relación de este acaecimiento se halla en san Ambrosio, en Rufino, que vivió largo tiempo en aquellos lugares, en Teodoreto, que pasó la mayor parte de su vida en las provincias inmediatas, y en las historias de Sócrates, Sozomeno, Filostorgio, etc.; de manera que no se puede contestar la verdad del hecho sin caer en el pirronismo mas deplorable.
A la vista de un triunfo tan glorioso para el cristianismo, san Cirilo adoró la omnipotencia de Dios, y siguió trabajando con mas zelo en la salvación de sus ovejas. Su adhesión inviolable á la fe de Jesucristo le hizo aborrecer de Juliano, el cual, como escribe Orosio, había resuelto sacrificarle, á su vuelta de la guerra de Persia; mas atajóle la muerte en su detestable proyecto. No obstante, todavía tuvo que padecer nuestro santo; porque el emperador Valente, inficionado con el arrianismo, le desterró en 367, y le tuvo desterrado hasta el año 378, en que el emperador Graciano le restituyó á su silla. Encontró su rebaño dividido por el cisma y la herejía, y trabajó con todas sus fuerzas en restablecer la paz y la unidad de doctrina. Asistió en 381 al concilio general de Constantinopla, donde suscribió á la condenación de los semi-arrianos y de los macedonianos. En fin, terminó su gloriosa carrera con una dichosa muerte el día 17 de marzo del año 386, á los setenta de su edad. Tenemos de san Cirilo las Catequésis, ó instrucciones dirigidas á los catecúmenos, en número de veinte y cinco, que compuso en Jerusalen, siendo catequista; obras muy útiles, porque en ellas se lee la misma doctrina que hoy día profesa la Iglesia acerca de los sacramentos, y sirven para refutar á los protestantes. También nos queda de él una homilía sobre el paralítico del Evangelio, y la carta de que hemos hablado, dirigida á Constancio, sobre la aparición de una cruz luminosa.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.