viernes, 18 de marzo de 2016
San Cirilo de Jerusalén, Obispo y Doctor
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (2 Tim. 4, 1-8)
Léctio Epístolæ beáti Pauli Apóstoli ad Timótheum Caríssime: Testíficor coram Deo, et Jesu Christo, qui judicatúrus est vivos et mórtuos, per advéntum ipsíus et regnum ejus: prǽdica verbum, insta opportúne, importune: árgue, óbsecra, íncrepa in omni patiéntia, et doctrína. Erit enim tempus, cum sanam doctrínam non sustinébunt, sed ad sua desidéria, coacervábunt sibi magistros, pruriéntes áuribus, et a veritáte quidem audítum avértent, ad fábulas autem converténtur. Tu vero vígila, in ómnibus labóra, opus fac Evangelístæ, ministérium tuum ímple. Sóbrius esto. Ego enim jam delíbor, et tempus resolutiónis meæ instat. Bonum certámen certávi, cursum consummávi, fidem servávi. In réliquo repósita est mihi coróna justítiæ, quam reddet mihi Dóminus in illa die, justus judex: non solum autem mihi, sed et iis, qui díligunt advéntum ejus.
Te conjuro, pues, delante de Dios y de Jesucristo, que ha de juzgar vivos y muertos, al tiempo de su venida y de su reino, predica la palabra de Dios con toda fuerza y valentía, insiste con ocasión y sin ella, reprende, ruega, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá tiempo en que los hombres no podrán sufrir la sana doctrina, sino que, teniendo una comezón extremada de oír doctrinas que lisonjeen sus pasiones, recurrirán a un montón de doctores propios para satisfacer sus desordenados deseos, y cerrarán sus oídos a la verdad, y los aplicarán a las fábulas. Tú entretanto vigila en todas las cosas de tu ministerio, soporta las aflicciones, desempeña el oficio de evangelista, cumple todos los cargos de tu ministerio. Vive con templanza. Que yo ya estoy a punto de ser inmolado, y se acerca el tiempo de mi muerte. He combatido con valor, he concluido la carrera, he guardado la fe. Nada me resta sino aguardar la corona de justicia que me está reservada, y que me dará el Señor en aquel día como justo juez, y no sólo a mí, sino también a los que llenos de fe desean su venida. Date prisa en venir pronto a mí. [Torres Amat]
Comentario patrístico · Homilía 9 sobre 2 Timoteo — San Juan Crisóstomo
Cap. IV, 1. Te conjuro, pues, delante de Dios y de Jesucristo, que ha de juzgar a los vivos y a los muertos. O bien se refiere a los impíos y a los justos, o bien a los que ya han partido y a los que aún viven; pues muchos quedarán con vida. En la primera Epístola infundía temor cuando decía: «Te encarezco delante de Dios, que da vida a todas las cosas» (1 Tim 6, 13); mas aquí le pone delante algo más temible: «que ha de juzgar a los vivos y a los muertos», esto es, que les pedirá cuenta en su aparición y en su reino. ¿Cuándo juzgará? En su aparición con gloria, y en su reino. O dice esto para mostrar que no vendrá del modo en que ahora ha venido, o bien: pongo por testigo su venida y su reino. Le pone por testigo, mostrando que le había recordado aquella aparición. Y luego, enseñándole cómo debe predicar la palabra, añade:
V. 2. Predica la palabra; insta a tiempo y a destiempo; reprende, ruega, increpa con toda paciencia y doctrina. ¿Qué significa a tiempo y a destiempo? Que no tengas tiempo señalado: sea siempre tu tiempo, no sólo en la paz y la seguridad, y cuando estás sentado en la iglesia. Ya estés en peligro, en la cárcel, entre cadenas, o caminando a la muerte, en ese mismo momento reprende. No retengas la reprensión, porque la reprensión es entonces más oportuna, cuando tu reprimenda será más eficaz, cuando la realidad queda probada. Ruega, dice. A la manera de los médicos, habiendo mostrado la llaga, hace la incisión y aplica el emplasto. Porque si omites cualquiera de estas cosas, la otra se vuelve inútil. Si reprendes sin convencer, parecerás temerario, y nadie lo tolerará; mas después que el asunto queda probado, se someterá a la reprensión: antes, será obstinado. Y si convences y reprendes, pero con vehemencia, y no aplicas la exhortación, todo tu trabajo se perderá. Porque la convicción es de suyo intolerable si no se le mezcla el consuelo. Así como la incisión, aunque de suyo saludable, si no lleva abundantes lenitivos que mitiguen el dolor, el enfermo no puede soportar el corte y el tajo, así sucede en este asunto.
Con toda paciencia y doctrina. Porque el que reprende ha de ser paciente, para no creer con precipitación, y la reprensión necesita consuelo, para que sea recibida como debe. Y ¿por qué a la paciencia añade la doctrina? No como con ira, ni como con odio, ni como quien insulta al otro, ni como quien ha apresado a un enemigo. Lejos de ti tales cosas. Sino ¿cómo? Como quien ama, como quien se compadece de él, como más afligido que él mismo por su pena, como enternecido por sus padecimientos. Con toda paciencia y doctrina. No se da a entender una enseñanza cualquiera.
V. 3. Porque vendrá el tiempo en que no soportarán la sana doctrina. Antes de que se vuelvan de dura cerviz, anticípate a todos. Por eso dice: a tiempo y a destiempo; hazlo todo, de suerte que tengas discípulos dóciles.
Mas según sus propios deseos, dice, se amontonarán maestros. Nada puede ser más expresivo que estas palabras. Pues al decir se amontonarán, muestra la multitud indiscriminada de los maestros, como también el ser elegidos por sus discípulos. Se amontonarán maestros, dice, teniendo comezón en los oídos. Buscando a los que hablen para halagar y deleitar a sus oyentes.
V. 4. Y apartarán sus oídos de la verdad, y se volverán a las fábulas. Esto lo predice, no por querer arrojarlo a la desesperación, sino para prepararlo a soportarlo con firmeza cuando suceda. Como también Cristo lo hizo al decir: «Os entregarán, y os azotarán, y os llevarán ante las sinagogas por causa de mi nombre» (Mt 10, 17). Y este bienaventurado varón dice en otro lugar: «Porque yo sé que después de mi partida entrarán entre vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño» (Hech 20, 29). Mas esto lo dijo para que velasen y aprovecharan debidamente la ocasión presente.
V. 5. Mas tú vela en todas las cosas, soporta los trabajos. Para esto, pues, predijo estas cosas; como también Cristo, hacia el fin, predijo que habría falsos Cristos y falsos profetas; así también él, cuando estaba a punto de partir, habló de estas cosas. Mas tú vela en todas las cosas, soporta los trabajos; esto es, trabaja, anticípate a sus mentes antes de que esta peste las asalte; asegura la salvación de las ovejas antes de que entren los lobos, soporta en todas partes las fatigas. Haz obra de evangelista, cumple tu ministerio. Así, era obra de evangelista el soportar fatigas, tanto en sí mismo como de parte de los de fuera; cumple, esto es, colma tu ministerio. Y he aquí otra necesidad de su padecer aflicción:
V. 6. Porque yo ya estoy a punto de ser derramado, y el tiempo de mi partida es inminente. No ha dicho: de mi sacrificio; sino, lo que es mucho más: de mi ser derramado como libación. Porque no todo el sacrificio se ofrecía a Dios, mas toda la libación sí se ofrecía.
V. 7. He peleado el buen combate, he acabado la carrera, he guardado la fe. Muchas veces, cuando he tomado en mis manos al Apóstol y he considerado este pasaje, me he quedado perplejo sin entender por qué Pablo habla aquí tan altamente: He peleado el buen combate. Mas ahora, por la gracia de Dios, me parece haberlo hallado. ¿Con qué fin, pues, habla así? Desea consolar el abatimiento de su discípulo, y por eso le manda tener buen ánimo, ya que él iba hacia su corona, habiendo acabado toda su obra y alcanzado un fin glorioso. Debes alegrarte, dice, no afligirte. ¿Y por qué? Porque he peleado el buen combate. Como un padre, cuyo hijo sentado junto a él llorase su orfandad, podría consolarlo diciendo: No llores, hijo mío; hemos vivido una buena vida, hemos llegado a la vejez, y ahora te dejamos. Nuestra vida ha sido irreprensible, partimos con gloria, y tú podrás ser admirado por nuestras obras. Nuestro Rey nos está muy obligado. Como si dijera: Hemos levantado trofeos, hemos vencido a los enemigos, y esto no por jactancia. No lo permita Dios; sino para levantar a su abatido hijo y animarle con sus alabanzas a soportar con firmeza lo sucedido, a abrigar buenas esperanzas y a no tenerlo por cosa penosa de sobrellevar. Porque triste, en verdad triste, es la separación; y oíd al mismo Pablo, que dice: «Privados de vosotros por un breve tiempo, en presencia, no en corazón» (1 Tes 2, 17). Si él, pues, sentía tanto el ser separado de sus discípulos, ¿cuáles piensas que serían los sentimientos de Timoteo? Si al partir de él aún vivo lloraba, de suerte que Pablo dice: «Acordándome de tus lágrimas, para llenarme de gozo» (2 Tim 1, 4), ¿cuánto más ante su muerte? Estas cosas, pues, le escribió para consolarlo. En verdad, toda la Epístola está llena de consuelo, y es como un testamento. He peleado el buen combate, he acabado mi carrera, he guardado la fe. Un buen combate, dice; por tanto, entra tú en él. Mas ¿es bueno aquel combate donde hay prisión, cadenas y muerte? Sí, dice; porque se pelea por la causa de Cristo, y en él se ganan grandes coronas. ¡El buen combate! No hay contienda más digna que ésta. Esta corona no tiene fin. No es de hojas de olivo. No tiene un árbitro humano. No tiene a hombres por espectadores. El teatro está lleno de Ángeles. Allá los hombres trabajan muchos días, padecen fatigas, y por una hora reciben la corona, y en seguida todo el placer se desvanece. Mas aquí es muy de otro modo: perdura para siempre en esplendor, gloria y honra. De aquí en adelante debemos alegrarnos. Porque entro en mi descanso, dejo la carrera. Habéis oído que es mejor partir y estar con Cristo.
He acabado la carrera. Porque nos conviene tanto combatir como correr: combatir, soportando las aflicciones con firmeza; y correr, no en vano, sino hacia algún buen fin. Es verdaderamente un buen combate, que no sólo deleita, sino que aprovecha al espectador; y la carrera no acaba en nada. No es un mero alarde de fuerza y de rivalidad. Lo eleva todo hacia el cielo. Esta carrera es más brillante que la del sol; más aún, ésta que Pablo corrió sobre la tierra, que la que corre en el cielo. Y ¿cómo había acabado su carrera? Recorrió el mundo entero, comenzando desde Galilea y Arabia, y avanzando hasta los extremos de la tierra, de suerte que, como dice: «Desde Jerusalén y sus alrededores hasta el Ilírico he predicado cumplidamente el Evangelio de Cristo» (Rom 15, 19). Pasó sobre la tierra como un pájaro, o más bien más veloz que un pájaro; porque el pájaro sólo vuela sobre ella, mas él, teniendo el ala del Espíritu, se abrió camino a través de innumerables impedimentos, peligros, muertes y calamidades, de suerte que era aún más raudo que un pájaro. Si hubiera sido un simple pájaro, podría haberse posado y ser cazado; mas, sostenido por el Espíritu, se remontó por encima de todos los lazos, como un pájaro con ala de fuego.
He guardado la fe, dice. Muchas cosas había que le habrían despojado de ella: no sólo las amistades humanas, sino las amenazas, y la muerte, y otros innumerables peligros; mas él permaneció firme contra todo. ¿Cómo? Siendo sobrio y vigilante. Esto habría bastado para consuelo de sus discípulos; mas añade además los premios. Y ¿cuáles son éstos?
V. 8. En lo demás, me está reservada la corona de justicia. Aquí de nuevo llama justicia a la virtud en general. No debes afligirte de que yo parta, para ser coronado con aquella corona que Cristo pondrá sobre mi cabeza. Mas si permaneciera aquí, en verdad más bien podrías afligirte y temer que yo desfalleciera y pereciera. La cual me dará el Señor, justo Juez, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida. También aquí eleva su ánimo. Si a todos, mucho más a Timoteo. Mas no dijo: y a ti, sino: a todos; dando a entender: si a todos, mucho más a él.
Homilía 9 sobre 2 Timoteo, San Juan Crisóstomo · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1889) · fuente: newadvent.org
Evangelio (Matt. 10, 23-28)
Sequéntia sancti Evangélii secúndum Matthǽum In illo témpore: Dixit Jesus discípulis suis: Cum persequéntur vos in civitáte ista, fúgite in áliam. Amen, dico vobis, non consummábitis civitátes Israël, donec véniat Fílius hóminis. Non est discípulus super magístrum nec servus super Dominum suum. Súfficit discípulo, ut sit sicut magíster ejus: et servo, sicut dóminus ejus. Si patremfamílias Beélzebub vocavérunt; quanto magis domésticos ejus? Ne ergo timuéritis eos. Nihil enim est opértum, quod non revelábitur: et occúltum, quod non sciétur. Quod dico vobis in ténebris, dícite in lúmine: et quod in aure audítis, prædicáte super tecta. Et nolíte timére eos, qui occídunt corpus, ánimam autem non possunt occídere: sed pótius timéte eum, qui potest et ánimam et corpus pérdere in gehénnam.
Entretanto, cuando en una ciudad os persigan, huid a otra. En verdad os digo que no acabaréis de convertir a las ciudades de Israel antes que venga el Hijo del hombre. No es el discípulo más que su maestro, ni el siervo más que su amo. Baste al discípulo el ser tratado como su maestro, y al criado como su amo. Si al padre de familia le han llamado Beelzebub, ¿cuánto más a sus domésticos? Pero por eso no les tengáis miedo, porque nada está encubierto que no se haya de descubrir, ni oculto que no se haya de saber. Lo que os digo de noche, decidlo a la luz del día; y lo que os digo al oído predicadlo desde los terrados. Nada temáis a los que matan el cuerpo y no pueden matar el alma. Temed antes al que puede arrojar alma y cuerpo en el infierno. [Torres Amat]
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Mateo 10, 23-28 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,1. Después de haberles hecho las terribles profecías de lo que había de acontecer después de su crucifixión, de su resurrección y de su ascensión, les conduce a otros pensamientos más dulces; porque no les mandó el que fueran con arrogancia a la persecución, sino que huyeran de ella. Por eso les dice: "Y cuando os persiguieren, huid"; usa este lenguaje condescendiente porque estaban ellos aún al principio de su conversión.
San Jerónimo. Todo esto se refiere a aquel tiempo en que los Apóstoles eran enviados a predicar; por eso les dijo con toda propiedad: "No vayáis por el camino de los gentiles". Porque no debían tener miedo a la persecución, pero sí debían evitarla. Es precisamente lo que hicieron los primeros fieles, cuando se levantó en Jerusalén la persecución contra ellos; en seguida se dispersaron por toda Judea ( Hch 8) y de esta manera la persecución vino a ser la escuela del Evangelio.
San Agustín, contra Fausto, 22, 39. La razón de por qué el Salvador les manda huir y dio El mismo primero el ejemplo, no es porque fuera incapaz de defenderlos, sino para enseñarles la debilidad humana y para que no se atrevieran a tentar a Dios en cosas que ellos podían y era conveniente que evitaran.
San Agustín, de civitate Dei, 1, 22. Pudo muy bien haberles aconsejado que se valiesen de sus manos, para no caer en las manos de sus perseguidores. Pero esto ni lo mandó ni lo aconsejó, porque quiso que no dejaran esta vida de esa manera aquellos a quienes prometió que El mismo iría a prepararles la mansión eterna y es bien claro, que, a pesar de los muchos ejemplos que puedan oponer los que no conocen a Dios, esto no es lícito a los que creen en un solo Dios verdadero.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,1. A fin de que no se pueda decir: ¿A qué viene esto, si cuando nos persiguen nos vamos a otro país y de éste nos arrojan también?, el Señor desvanece esta creencia, diciéndoles: "En verdad os digo, que no habréis recorrido todas las ciudades de Israel, hasta que llegue el Hijo del hombre". Es decir, no llegaréis antes que yo cuando venga por vosotros, aun cuando recorráis toda la Palestina.
Rábano. O bien les predice, que no todas las ciudades de Israel habrán adoptado la fe que ellos predicaban, antes de la resurrección del Señor y de que les sea permitido predicar el Evangelio en todo el mundo.
San Hilario, in Matthaeum, 10. O de otro modo: les aconseja huir de ciudad en ciudad, porque la predicación de su palabra pasó huyendo de Judea a Grecia y diseminada por todas las ciudades de Grecia por diferentes persecuciones de los Apóstoles, se detiene al fin en todas las naciones. Mas, a fin de hacer ver que todas las naciones, convertidas al Evangelio por las palabras de los Apóstoles, lo mismo que todo el resto de Israel, no debían la fe que tenían más que a su venida, dice: "Vosotros no recorreréis todas las ciudades"; es decir, después de la plenitud de las naciones, lo que quedare de Israel para completar el número de los Santos, vendrá a reunirse a la Iglesia en la futura venida de la resurrección de Cristo.
San Agustín, epístola 228. Hagan, pues, los servidores de Cristo lo que El les ha mandado, o les ha permitido: así como El huyó a Egipto, huyan también ellos de ciudad en ciudad, especialmente cuando sea buscado alguno de ellos por los perseguidores. Pero no abandonen la Iglesia aquellos que no son buscados, sino que permanezcan al frente de ella, a fin de dar el alimento a aquellos que no podrían vivir sin ellos. Y cuando fuere el peligro común a todos (a los obispos, a los clérigos y a los laicos), los que necesitan de los otros no sean abandonados por los que les pueden ayudar, o refúgiense todos reunidos en sitios seguros, sin que sean abandonados los que tienen precisión de permanecer, de aquellos que deben atender a sus necesidades espirituales, a fin de vivir todos reunidos, o de sufrir todos reunidos los tormentos que el Padre de familia les enviare.
Remigio. Debe tenerse presente, que así como el precepto de no huir en las persecuciones comprende especialmente a los Apóstoles y a los hombres fuertes que les sucedan, así también el permiso de huir fue conveniente a aquellos que estaban débiles en la fe, con los cuales tuvo mucha condescendencia el piadoso Maestro, no sea que al ofrecerse con gusto al martirio, una vez puestos en los tormentos, abjuraran de la fe. Mejor es huir que negar. Y aun cuando los que huyen no dan muestras de esa constancia de la fe perfecta, sin embargo, en la misma huida tienen su mérito; porque dan a entender con la huida, que están preparados a abandonar todas las cosas por Cristo. Y algunos, si no se les hubiera dado el permiso de huir, hubieran dicho que ellos eran declarados indignos de la gloria del reino celestial.
San Jerónimo. Podemos nosotros decir en sentido espiritual: Cuando fuéremos perseguidos en una ciudad (esto es, en un libro, o en un pasaje de las Escrituras), huyamos a otras ciudades (esto es, a otros pasajes); porque aunque fuere disputador el perseguidor, el auxilio del Señor nos vendrá antes de que los contrarios alcancen la victoria.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,1. Como era natural que por las persecuciones ya anunciadas quedaran los discípulos en mal concepto (cosa sumamente bochornosa para muchos) El los consuela con su propio ejemplo y con lo mucho que de El dijeron, que es el mayor consuelo que podían tener.
San Hilario, in Matthaeum, 10. Porque el Señor, luz eterna, jefe de los creyentes y padre de la inmortalidad, anticipó a sus discípulos el consuelo de sus propios sufrimientos, a fin de que tuviéramos como una gloria el igualarnos al Señor, al menos en los padecimientos. Por esta razón dice: "No está el discípulo sobre el maestro", etc.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,1. Deben entenderse estas palabras: mientras fuere discípulo y siervo, no está sobre el maestro y sobre el amo, al menos en cuanto a la posición y no sirve oponer a esto algunas excepciones raras, sino que estas palabras deben aplicarse a lo que generalmente sucede.
Remigio. Se llama a sí mismo Maestro y Señor y por las palabras discípulo y siervo quiere que se entiendan los Apóstoles.
Glosa. Como si dijera: no os indignéis porque sufrís lo que yo sufro; porque haciendo yo lo que quiero, soy vuestro Señor y enseñándoos lo que sé que os es útil, vuestro Maestro.
Remigio. Y como esto parece que no concuerda con lo que antecede, a fin de manifestar el sentido de sus palabras, añade: "Si llamaron Belzebub al Padre de familias, ¿con cuánta más razón lo llamarán a sus domésticos?
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,1. No dijo siervos, sino domésticos, a fin de manifestar la familiaridad que tenía con ellos, según se lee en otro lugar: "No os diré siervos, sino amigos" ( Jn 15,15).
Remigio. Como si dijera: No busquéis vosotros los honores temporales, ni la gloria humana, mientras veis que redimo yo al género humano por las burlas y los oprobios.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,1. Y no solamente dice: ellos han ultrajado al Maestro, sino que, diciendo que le llamaron Belzebub, marca hasta la misma clase de ultraje.
San Jerónimo. Belzebub es el ídolo de Acarón, que en el libro de los Reyes se le llama el ídolo de la mosca: Beel es lo mismo que Bel o Bal y Zebub significa mosca; de ahí es que el príncipe de los demonios es conocido por el nombre del ídolo más impuro, llamado mosca, a causa de su impureza, que destruye la suavidad del aceite ( Ecle 10).
Remigio. Luego de la anterior consolación, añade otra no menor, diciendo: "No les temáis"; es decir, a los perseguidores. Y les da la razón de por qué no les deben temer, a saber: "Porque nada hay oculto que no sea revelado".
San Jerónimo. ¿Cómo es posible que en el tiempo presente no se sepan las maldades de muchos? Aquí habla, pues, del tiempo futuro, cuando Dios juzgará los misterios de los hombres, iluminará los escondrijos de las tinieblas y pondrá de manifiesto las intenciones de los corazones ( 1Cor 4,5): el sentido es éste: "No temáis la crueldad de los perseguidores y la rabia de los blasfemos, porque llegará el día del juicio y en él se verán bien a las claras vuestra virtud y su malicia".
San Hilario, in Matthaeum, 10. Les aconseja, pues, que no tengan miedo ni a las amenazas, ni a las afrentas, ni a las revoluciones, ni al poder de los perseguidores; porque ya verán en el día del juicio de cuán poco les valieron todas estas cosas.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,1. Parece, a primera vista, que tiene un sentido general lo que acaba de decir; sin embargo, no lo dijo de todos, sino solamente de aquellos de que habló antes. Es como si dijera: Si vosotros sufrís oyendo los ultrajes, tened presente que bien pronto quedaréis libres de toda sospecha: Os llamarán adivinos y magos y seductores; pero esperad un poco y veréis como, cuando la misma realidad de las cosas os declare bienhechores y atiendan ellos a la verdad de las cosas y no a las habladurías de los hombres, os proclaman ellos mismos salvadores de todo el género humano.
Remigio. Opinan algunos que prometió el Señor a sus discípulos por estas palabras que revelarían ellos todos los misterios ocultos por el velo de la letra de la Ley. Por eso dice el Apóstol: "Cuando se hubieren convertido al Señor, entonces se quitará el velo" ( 2Cor 3,16), cuyo sentido es: ¿por qué debéis temer a vuestros perseguidores, vosotros que habéis sido elevados tal dignidad, que por vosotros hayan sido puestos de manifiesto los misterios de la Ley y de los Profetas?
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,2. Después que les quitó el miedo y les hizo superiores a los oprobios, les habla en tiempo oportuno de la libertad de la predicación, diciéndoles: "Lo que os digo en las tinieblas".
San Hilario, in Matthaeum, 10. No hemos oído que el Señor acostumbrase a predicar o a enseñar por la noche, sino que dice esto porque para los hombres carnales sus palabras eran tinieblas y para los infieles noche. Y así dijo que debía El ser anunciado con la libertad de la fe y de la predicación.
Remigio. El sentido, pues, es el siguiente: "Lo que os digo en las tinieblas", esto es, entre los judíos incrédulos, "decidlo vosotros a la luz", esto es, predicadlo a los fieles: "Y lo que habéis escuchado al oído", esto es, lo que os he dicho en secreto, "predicadlo sobre los techos", esto es, públicamente y delante de todos; solemos decir muchas veces: Le habla al oído, esto es: en secreto.
Rábano. Sin duda cuando dijo: "Predicad sobre los techos", habla según la costumbre de la provincia de Palestina, donde se habitan los techos, porque no están terminados en punta, sino en una superficie plana. Será, pues, predicado en los techos lo que deba decirse delante de todos los oyentes.
Glosa. O de otra manera: "Lo que os digo en las tinieblas", esto es, cuando aun estáis en el temor carnal, "decidlo en la luz", esto es, en la confianza de la verdad cuando fuereis iluminados por el Espíritu Santo. "Y lo que oísteis al oído", esto es, percibisteis con sólo el oído, "predicadlo" completándolo con vuestras obras, estando sobre los techos, esto es, en vuestros cuerpos, que son el domicilio de las almas.
San Jerónimo. O también: "Lo que os digo en las tinieblas decidlo a la luz", esto es, lo que oísteis en el misterio, predicadlo con más claridad: "Y lo que oísteis al oído predicadlo sobre los techos", esto es, lo que Yo os enseñé en una pequeña aldea de Judea, decidlo sin temor en todas las ciudades del mundo entero.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,2. Así como cuando decía: "El que cree en Mí hará las obras que Yo hago y las hará mayores que éstas" ( Jn 14,12), también aquí muestra de que manera todo es obrado a través de ellos más que por sí mismos, como dice: "Yo di el principio; pero más aun, quiero culminarlo a través de vosotros"; pues esto no sólo concierne al que manda, sino también a los que enseñen y prediquen porque triunfarán sobre todo.
San Hilario, in Matthaeum, 10. Debemos sembrar constantemente el conocimiento de Dios y revelar con la luz de la predicación el secreto profundo de la doctrina del Evangelio, sin temor de aquellos que sólo tienen poder sobre los cuerpos, mas nada pueden sobre el espíritu; por eso se dice: "Y no temáis a aquellos que matan el cuerpo y al alma no pueden matar".
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,2. Mirad el modo de que se valió para hacerlos superiores a todos: aconsejándoles a despreciar por temor a Dios, no solamente las preocupaciones y las calumnias y los peligros, sino lo que es aun más terrible que todo esto, hasta a la misma muerte; por eso añade: "Sino temed más bien a aquel que puede arrojar al infierno vuestro cuerpo y vuestra alma".
San Jerónimo. No se encuentra en los libros antiguos la palabra gehenna y el Salvador es el primero que la emplea: indaguemos ahora a qué da motivo esta nueva palabra. Muchas veces hemos leído que el ídolo Baal estuvo cerca de Jerusalén, en la base del monte Moria, de donde brota la fuente Siloé. Este valle y pequeña planicie, regada y cubierta de árboles, era sumamente deliciosa y contenía un bosque consagrado al ídolo. El pueblo de Israel llegó a tal grado de locura, que abandonó los templos inmediatos para ofrecer en él los sacrificios, olvidar las ideas severas de la religión y quemar a sus hijos delante del demonio. Llamábase el bosque Gehennón, esto es, valle del hijo de Ennón. Este nombre está sumamente repetido en los libros de los Reyes, en las Crónicas y en Jeremías y Dios los amenaza con llenar ese lugar de cadáveres, para que no volviera a llamarse Tophet y Baal, sino Polyandrium, esto es, tumba de los muertos. Con este nombre son designados los futuros suplicios y las penas eternas de los pecadores.
San Agustín, de civitate Dei, 13,2. No se verificará esto antes que el alma esté unida al cuerpo con una unión de que jamás se separará y sin embargo, aun entonces se llama propiamente muerte del alma, porque no vive de Dios y muerte del cuerpo, porque aunque no deja de sentir el hombre en su última condenación, sin embargo, como este sentimiento no le proporciona ninguna dulzura ni tranquilidad alguna, sino el dolor de la pena, merece con muchísima razón que se le dé el nombre de muerte.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,2. Observad además que no les promete librarlos de la muerte, sino que les aconseja el despreciarla, que es mucho más que el librarlos de la muerte y que les insinúa el dogma de la inmortalidad.
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena