jueves, 31 de diciembre de 2015
San Silvestre I, Papa y Confesor
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
San Silvestre, destinado por Dios para los primeros días serenos que vio la Iglesia, libre ya de aquella multitud de perseguidores que la habían hecho gemir por espacio de más de trescientos años, y agregando al número de sus hijos al más grande y más poderoso emperador que había habido hasta entonces en el mundo; san Silvestre, digo, era romano, hijo de Rufino, de una familia opulenta, y que hacía en Roma uno de los primeros papeles. Sus padres eran cristianos, y agregaban a su celo por la fe una probidad y una caridad ejemplar. Uno de sus primeros cuidados fue dar a su hijo una bella educación, e inspirarle desde la cuna el amor a la virtud cristiana. Conociendo de cuánta consecuencia es para un joven el tener maestros hábiles y virtuosos, le dieron por preceptor a un santo hombre llamado Cirino, uno de los más hábiles y más piadosos que había en el clero de Roma.
El bello natural del joven Silvestre, lo despejado de su ingenio, su docilidad y su agrado abreviaron mucho las lecciones del santo sacerdote. Por más pasmosos que fuesen los progresos que hizo en las letras, especialmente en la ciencia de la religión, no fueron inferiores los que se le veían hacer cada día en la virtud y en el ejercicio de las buenas obras. Tenía gran gusto en recibir a los fieles extranjeros que venían en peregrinación a los sepulcros de los santos apóstoles; los conducía él mismo a la posada, les lavaba los pies, servía a la mesa y los proveía abundantemente de todo lo necesario. Tuvo el consuelo de recibir entre ellos a san Timoteo, el que, habiendo venido de Antioquía a venerar las reliquias de los santos mártires, después de haber trabajado con un prodigioso suceso en la conversión de los infieles por la fuerza y unción de sus instrucciones, mereció aumentar el número de los mártires, alcanzando la palma del martirio. San Silvestre tuvo medio de hacerse con su cuerpo, y le enterró con todo el honor que la persecución de los paganos le pudo permitir.
Turquino Perpena, prefecto de la ciudad de Roma, sabiendo que el santo mártir estaba hospedado en casa de nuestro santo, imaginó que Timoteo había traído del Oriente grandes riquezas a Roma; y así mandó prender a san Silvestre, le metió en la cárcel, resuelto a hacerle morir, a lo menos por ser cristiano, esperando con esto tener un doble despojo; pero la Providencia hizo inútiles todos sus designios, porque el prefecto murió el día siguiente, habiéndose tragado una espina de pescado que le ahogó en pocas horas. Esta muerte tan repentina hizo que dieran libertad al santo encarcelado, el que volvió al punto a sus acostumbradas obras de misericordia.
La vida pura y ejemplar de nuestro santo dio a conocer bastantemente que no se quedaría en el siglo. En efecto, fue admitido en el clero a los treinta años de edad, y le ordenó de sacerdote el papa san Marcelino. Esta nueva dignidad fue un nuevo lustre a su eminente virtud. Conoció la santidad y las obligaciones de su estado, y se dedicó a cumplir con ellas: quizá no se vieron jamás costumbres más puras, piedad más ferviente, ni porte más mortificado, más humilde ni más devoto. Su capacidad, junta a una regularidad extraordinaria, atrajo sobre él una furiosa persecución de parte de los donatistas, que, no pudiendo sufrir el que san Silvestre quitase la mascarilla a su hipocresía, y confundiese a sus más hábiles partidarios, tanto en particular como en público ejercitaron porfiadamente su caridad y su celo; pero toda su malicia solo sirvió para hacer conocer mejor el mérito de nuestro santo; pues, habiendo muerto el papa san Melquíades el año 314, san Silvestre fue ensalzado de común consentimiento del pueblo y del clero a la santa sede.
Había empezado a respirar la Iglesia después de la muerte del impío Diocleciano; mas aunque el emperador Constantino, después de la célebre victoria sobre el tirano Maxencio, la que este gran príncipe conocía deber a la virtud de la cruz de Jesucristo, se había declarado altamente por los cristianos, con todo, los magistrados paganos no dejaban de perseguirlos, especialmente mientras duró la guerra que este emperador se vio obligado a hacer a Maximino y a Lucio sus colegas en el imperio. La protección abierta que este príncipe concedía a los cristianos irritó furiosamente a los paganos, los que, aprovechándose de su ausencia, no omitieron diligencia alguna para exterminar a los cristianos de Roma: este era el último esfuerzo que hacía el infierno contra la religión. Aunque el santo papa deseaba dar su vida y su sangre por Jesucristo, con todo creyó debía conservarse para cuidar de su querida grey, la que, en unas circunstancias tan críticas, tenía mucha necesidad de su vigilancia y de su caridad pastoral. Y así le fue preciso salir de Roma y retirarse al monte Soracte, llamado después de San Silvestre, distante de la ciudad unas siete leguas.
Las actas de este santo, autorizadas por gran número de autores célebres, tanto griegos como latinos, y por una venerable tradición que sigue la Iglesia todavía el día de hoy en el oficio del santo, dicen que, viéndose el emperador Constantino cubierto de una especie de lepra, la que era muy común en aquel tiempo, consultó sobre ello a los más hábiles médicos del imperio, los que, siendo todos paganos, convinieron unánimemente en que el baño de sangre de niños pequeños era el único remedio eficaz para la mencionada enfermedad. Aunque este príncipe deseaba ardientemente sanar, se horrorizó no obstante del remedio; el aprecio que hacía de la religión cristiana, de la que todavía no tenía entonces más que una ligera tintura, comenzó a inspirarle ya sentimientos más humanos, y así rehusó tomar un baño tan bárbaro. La noche siguiente tuvo una visión, en la que vio en sueños dos venerables ancianos, cuyo porte apacible y majestuoso a un mismo tiempo le daba a entender bastante la dignidad de sus personas, los cuales, acercándosele, le dijeron cuán agradable había sido a Dios aquel acto de clemencia, y le añadieron que enviara a buscar al monte Soracte a Silvestre, sumo pontífice de los cristianos, quien le mostraría un baño mucho más saludable, con el cual sanaría al punto no solo de la lepra del cuerpo, sino también de la del alma. Habiendo despertado Constantino, llama a sus oficiales, y les manda le traigan sin dilación al soberano pontífice de los cristianos, llamado Silvestre, el que hallarán en el monte Soracte. Al ver el santo pontífice los oficiales del emperador con orden para llevarle a su presencia, no dudó sería para darle la corona del martirio; pero fue recibido del príncipe con afabilidad y con honor: declaróle la visión y la orden que había tenido, la que creía venir del cielo, quien quería curarle de su lepra.
San Silvestre, gustosamente sorprendido del buen acogimiento del emperador, y de lo que acababa de oír, le dijo: No dudes, gran príncipe, que la visión que has tenido viene de Dios. En cuanto a los dos venerables viejos que has visto, conocerás, viendo sus retratos, que son los dos grandes apóstoles de Jesucristo, las dos principales columnas de su Iglesia; y habiéndole mostrado las imágenes de san Pedro y san Pablo, reconoció Constantino en ellas a los dos viejos que había visto en sueños. Este suceso obró una gran mudanza en el alma de este gran príncipe, el que quiso ser instruido a fondo en los misterios de nuestra religión; y obrando la gracia en su gran corazón, fue admitido entre los catecúmenos. La santa impaciencia que mostró de ser cristiano obligó a san Silvestre a abreviar el tiempo de las pruebas. Fue en fin bautizado por nuestro santo; y apenas fue metido en las sagradas aguas del bautismo, cuando desapareció la lepra, y su alma quedó limpia de toda mancha.
No se puede decir cuál fue en esta ocasión el gozo del emperador, y los clamores de alegría de todos los fieles. Su ternura y su veneración a san Silvestre fueron extremadas desde este día: le miró siempre como a su padre en Jesucristo, y le veneró como a su maestro. Constantino, todavía más grande por su piedad y su celo por la religión que por las victorias que había conseguido sobre todos los enemigos del imperio, empleó todos los ocho días que llevó el hábito neófito, dicen sus actas, en hacer leyes y ordenanzas dignas del primer emperador cristiano. Dirigido por san Silvestre, empezó anulando todos los edictos hechos por los emperadores paganos contra los cristianos, y publicó muchos en su favor para el establecimiento y la gloria de la religión cristiana, cuyo libre ejercicio estaba ya establecido en todas partes, mandando al mismo tiempo abolir generalmente las supersticiones paganas. Se demolieron los templos de los ídolos en todo el imperio, y se edificaron sobre sus ruinas en Oriente y Occidente templos consagrados al verdadero Dios; de modo que puede decirse que, si el gran Constantino fue el instrumento de que se sirvió Dios para hacer triunfar la verdadera religión, san Silvestre fue como el alma de todas estas gloriosas hazañas. Movió al emperador a edificar la magnífica basílica del Salvador, llamada San Juan de Letrán, y la de los apóstoles san Pedro y san Pablo, la que este príncipe enriqueció, dándole muchos tesoros, después de asignarle rentas suficientes para la manutención de un gran número de eclesiásticos.
Mientras que el religioso príncipe hacía triunfar la religión católica del paganismo por sus magníficas liberalidades, san Silvestre conseguía insignes victorias sobre los judíos y herejes. A aquellos los confundió en presencia del emperador, y juntó contra ellos muchos concilios, en los que el error fue proscrito. El principal fue el de Nicea, el cual es el primer concilio general, al que concurrieron trescientos diez y ocho obispos, la mayor parte gloriosos confesores de Jesucristo; en él se condenó la impía herejía de Arrio. Asistió a él el emperador Constantino, y dio raros ejemplos de humildad y de religión. El puesto que se le dio, los honores que se le tributaron, y los elogios que se hicieron de su celo y su virtud, prueban evidentemente, dice el cardenal Baronio, que había ya recibido el bautismo. Después de la solemne condenación del arrianismo, después del famoso símbolo de fe que allí se hizo, escribió el concilio a san Silvestre, pidiéndole la confirmación de sus decretos; y habiendo juntado este santo papa otro concilio en Roma para este fin, confirmó todo lo que el de Nicea había hecho, con estas palabras: Confirmamos de palabra, y asimismo nos conformamos con todo lo que ha sido establecido en la ciudad de Nicea, en Bitinia, por los trescientos diez y ocho bienaventurados obispos, para el bien y conservación de la santa madre Iglesia católica y apostólica, y anatematizamos a todos los que intentaren destruir la definición de este grande y santo concilio, al que se ha hallado presente el piísimo y venerable príncipe Constantino Augusto.
La vigilancia del santo pontífice y su solicitud pastoral no se contentó con cuidar de la pureza de la fe, sino que se extendió también a perfeccionar la disciplina eclesiástica, para lo cual juntó algunos concilios. Uno de los más considerables fue el de Arlés, a que asistieron los obispos de las Galias, de Italia, de España y de África, donde se estableció que la fiesta de la Pascua se celebrase el domingo después del día 14 de la luna de marzo. En él se condenó la reiteración del bautismo, observada por los africanos. Ceciliano, obispo de Cartago, fue declarado inocente de los delitos de que le acusaban los donatistas, y se hicieron leyes muy justas contra los cismáticos. Finalmente, después de haber edificado muchas iglesias en Roma y en otras partes; después de haber hecho decretos muy prudentes y muy útiles para perfeccionar la disciplina de la religión cristiana; después de haber gobernado la Iglesia con una prudencia admirable, y con un acierto maravilloso por espacio de veintidós años, consumido de trabajos por la gloria de Dios, y colmado de merecimientos, salió de esta vida mortal para ir a gozar en el cielo de la que no tendrá jamás fin. Sucedió su muerte el año 335 de Jesucristo, siendo de una edad muy avanzada. Su cuerpo fue enterrado con mucha solemnidad en la vía Salaria, en el cementerio de Priscila, a una legua de Roma.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.