viernes, 24 de julio de 2026 · Feria Abstinencia

jueves, 31 de diciembre de 2015

San Silvestre I, Papa y Confesor

Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.

Epístola (2 Tim. 4, 1-8)

Léctio Epístolæ beáti Pauli Apóstoli ad Timótheum Caríssime: Testíficor coram Deo, et Jesu Christo, qui judicatúrus est vivos et mórtuos, per advéntum ipsíus et regnum ejus: prǽdica verbum, insta opportúne, importune: árgue, óbsecra, íncrepa in omni patiéntia, et doctrína. Erit enim tempus, cum sanam doctrínam non sustinébunt, sed ad sua desidéria, coacervábunt sibi magistros, pruriéntes áuribus, et a veritáte quidem audítum avértent, ad fábulas autem converténtur. Tu vero vígila, in ómnibus labóra, opus fac Evangelístæ, ministérium tuum ímple. Sóbrius esto. Ego enim jam delíbor, et tempus resolutiónis meæ instat. Bonum certámen certávi, cursum consummávi, fidem servávi. In réliquo repósita est mihi coróna justítiæ, quam reddet mihi Dóminus in illa die, justus judex: non solum autem mihi, sed et iis, qui díligunt advéntum ejus.

Te conjuro, pues, delante de Dios y de Jesucristo, que ha de juzgar vivos y muertos, al tiempo de su venida y de su reino, predica la palabra de Dios con toda fuerza y valentía, insiste con ocasión y sin ella, reprende, ruega, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá tiempo en que los hombres no podrán sufrir la sana doctrina, sino que, teniendo una comezón extremada de oír doctrinas que lisonjeen sus pasiones, recurrirán a un montón de doctores propios para satisfacer sus desordenados deseos, y cerrarán sus oídos a la verdad, y los aplicarán a las fábulas. Tú entretanto vigila en todas las cosas de tu ministerio, soporta las aflicciones, desempeña el oficio de evangelista, cumple todos los cargos de tu ministerio. Vive con templanza. Que yo ya estoy a punto de ser inmolado, y se acerca el tiempo de mi muerte. He combatido con valor, he concluido la carrera, he guardado la fe. Nada me resta sino aguardar la corona de justicia que me está reservada, y que me dará el Señor en aquel día como justo juez, y no sólo a mí, sino también a los que llenos de fe desean su venida. Date prisa en venir pronto a mí. [Torres Amat]

Comentario patrístico · Homilía 9 sobre 2 Timoteo — San Juan Crisóstomo

Cap. IV, 1. Te conjuro, pues, delante de Dios y de Jesucristo, que ha de juzgar a los vivos y a los muertos. O bien se refiere a los impíos y a los justos, o bien a los que ya han partido y a los que aún viven; pues muchos quedarán con vida. En la primera Epístola infundía temor cuando decía: «Te encarezco delante de Dios, que da vida a todas las cosas» (1 Tim 6, 13); mas aquí le pone delante algo más temible: «que ha de juzgar a los vivos y a los muertos», esto es, que les pedirá cuenta en su aparición y en su reino. ¿Cuándo juzgará? En su aparición con gloria, y en su reino. O dice esto para mostrar que no vendrá del modo en que ahora ha venido, o bien: pongo por testigo su venida y su reino. Le pone por testigo, mostrando que le había recordado aquella aparición. Y luego, enseñándole cómo debe predicar la palabra, añade:

V. 2. Predica la palabra; insta a tiempo y a destiempo; reprende, ruega, increpa con toda paciencia y doctrina. ¿Qué significa a tiempo y a destiempo? Que no tengas tiempo señalado: sea siempre tu tiempo, no sólo en la paz y la seguridad, y cuando estás sentado en la iglesia. Ya estés en peligro, en la cárcel, entre cadenas, o caminando a la muerte, en ese mismo momento reprende. No retengas la reprensión, porque la reprensión es entonces más oportuna, cuando tu reprimenda será más eficaz, cuando la realidad queda probada. Ruega, dice. A la manera de los médicos, habiendo mostrado la llaga, hace la incisión y aplica el emplasto. Porque si omites cualquiera de estas cosas, la otra se vuelve inútil. Si reprendes sin convencer, parecerás temerario, y nadie lo tolerará; mas después que el asunto queda probado, se someterá a la reprensión: antes, será obstinado. Y si convences y reprendes, pero con vehemencia, y no aplicas la exhortación, todo tu trabajo se perderá. Porque la convicción es de suyo intolerable si no se le mezcla el consuelo. Así como la incisión, aunque de suyo saludable, si no lleva abundantes lenitivos que mitiguen el dolor, el enfermo no puede soportar el corte y el tajo, así sucede en este asunto.

Con toda paciencia y doctrina. Porque el que reprende ha de ser paciente, para no creer con precipitación, y la reprensión necesita consuelo, para que sea recibida como debe. Y ¿por qué a la paciencia añade la doctrina? No como con ira, ni como con odio, ni como quien insulta al otro, ni como quien ha apresado a un enemigo. Lejos de ti tales cosas. Sino ¿cómo? Como quien ama, como quien se compadece de él, como más afligido que él mismo por su pena, como enternecido por sus padecimientos. Con toda paciencia y doctrina. No se da a entender una enseñanza cualquiera.

V. 3. Porque vendrá el tiempo en que no soportarán la sana doctrina. Antes de que se vuelvan de dura cerviz, anticípate a todos. Por eso dice: a tiempo y a destiempo; hazlo todo, de suerte que tengas discípulos dóciles.

Mas según sus propios deseos, dice, se amontonarán maestros. Nada puede ser más expresivo que estas palabras. Pues al decir se amontonarán, muestra la multitud indiscriminada de los maestros, como también el ser elegidos por sus discípulos. Se amontonarán maestros, dice, teniendo comezón en los oídos. Buscando a los que hablen para halagar y deleitar a sus oyentes.

V. 4. Y apartarán sus oídos de la verdad, y se volverán a las fábulas. Esto lo predice, no por querer arrojarlo a la desesperación, sino para prepararlo a soportarlo con firmeza cuando suceda. Como también Cristo lo hizo al decir: «Os entregarán, y os azotarán, y os llevarán ante las sinagogas por causa de mi nombre» (Mt 10, 17). Y este bienaventurado varón dice en otro lugar: «Porque yo sé que después de mi partida entrarán entre vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño» (Hech 20, 29). Mas esto lo dijo para que velasen y aprovecharan debidamente la ocasión presente.

V. 5. Mas tú vela en todas las cosas, soporta los trabajos. Para esto, pues, predijo estas cosas; como también Cristo, hacia el fin, predijo que habría falsos Cristos y falsos profetas; así también él, cuando estaba a punto de partir, habló de estas cosas. Mas tú vela en todas las cosas, soporta los trabajos; esto es, trabaja, anticípate a sus mentes antes de que esta peste las asalte; asegura la salvación de las ovejas antes de que entren los lobos, soporta en todas partes las fatigas. Haz obra de evangelista, cumple tu ministerio. Así, era obra de evangelista el soportar fatigas, tanto en sí mismo como de parte de los de fuera; cumple, esto es, colma tu ministerio. Y he aquí otra necesidad de su padecer aflicción:

V. 6. Porque yo ya estoy a punto de ser derramado, y el tiempo de mi partida es inminente. No ha dicho: de mi sacrificio; sino, lo que es mucho más: de mi ser derramado como libación. Porque no todo el sacrificio se ofrecía a Dios, mas toda la libación sí se ofrecía.

V. 7. He peleado el buen combate, he acabado la carrera, he guardado la fe. Muchas veces, cuando he tomado en mis manos al Apóstol y he considerado este pasaje, me he quedado perplejo sin entender por qué Pablo habla aquí tan altamente: He peleado el buen combate. Mas ahora, por la gracia de Dios, me parece haberlo hallado. ¿Con qué fin, pues, habla así? Desea consolar el abatimiento de su discípulo, y por eso le manda tener buen ánimo, ya que él iba hacia su corona, habiendo acabado toda su obra y alcanzado un fin glorioso. Debes alegrarte, dice, no afligirte. ¿Y por qué? Porque he peleado el buen combate. Como un padre, cuyo hijo sentado junto a él llorase su orfandad, podría consolarlo diciendo: No llores, hijo mío; hemos vivido una buena vida, hemos llegado a la vejez, y ahora te dejamos. Nuestra vida ha sido irreprensible, partimos con gloria, y tú podrás ser admirado por nuestras obras. Nuestro Rey nos está muy obligado. Como si dijera: Hemos levantado trofeos, hemos vencido a los enemigos, y esto no por jactancia. No lo permita Dios; sino para levantar a su abatido hijo y animarle con sus alabanzas a soportar con firmeza lo sucedido, a abrigar buenas esperanzas y a no tenerlo por cosa penosa de sobrellevar. Porque triste, en verdad triste, es la separación; y oíd al mismo Pablo, que dice: «Privados de vosotros por un breve tiempo, en presencia, no en corazón» (1 Tes 2, 17). Si él, pues, sentía tanto el ser separado de sus discípulos, ¿cuáles piensas que serían los sentimientos de Timoteo? Si al partir de él aún vivo lloraba, de suerte que Pablo dice: «Acordándome de tus lágrimas, para llenarme de gozo» (2 Tim 1, 4), ¿cuánto más ante su muerte? Estas cosas, pues, le escribió para consolarlo. En verdad, toda la Epístola está llena de consuelo, y es como un testamento. He peleado el buen combate, he acabado mi carrera, he guardado la fe. Un buen combate, dice; por tanto, entra tú en él. Mas ¿es bueno aquel combate donde hay prisión, cadenas y muerte? Sí, dice; porque se pelea por la causa de Cristo, y en él se ganan grandes coronas. ¡El buen combate! No hay contienda más digna que ésta. Esta corona no tiene fin. No es de hojas de olivo. No tiene un árbitro humano. No tiene a hombres por espectadores. El teatro está lleno de Ángeles. Allá los hombres trabajan muchos días, padecen fatigas, y por una hora reciben la corona, y en seguida todo el placer se desvanece. Mas aquí es muy de otro modo: perdura para siempre en esplendor, gloria y honra. De aquí en adelante debemos alegrarnos. Porque entro en mi descanso, dejo la carrera. Habéis oído que es mejor partir y estar con Cristo.

He acabado la carrera. Porque nos conviene tanto combatir como correr: combatir, soportando las aflicciones con firmeza; y correr, no en vano, sino hacia algún buen fin. Es verdaderamente un buen combate, que no sólo deleita, sino que aprovecha al espectador; y la carrera no acaba en nada. No es un mero alarde de fuerza y de rivalidad. Lo eleva todo hacia el cielo. Esta carrera es más brillante que la del sol; más aún, ésta que Pablo corrió sobre la tierra, que la que corre en el cielo. Y ¿cómo había acabado su carrera? Recorrió el mundo entero, comenzando desde Galilea y Arabia, y avanzando hasta los extremos de la tierra, de suerte que, como dice: «Desde Jerusalén y sus alrededores hasta el Ilírico he predicado cumplidamente el Evangelio de Cristo» (Rom 15, 19). Pasó sobre la tierra como un pájaro, o más bien más veloz que un pájaro; porque el pájaro sólo vuela sobre ella, mas él, teniendo el ala del Espíritu, se abrió camino a través de innumerables impedimentos, peligros, muertes y calamidades, de suerte que era aún más raudo que un pájaro. Si hubiera sido un simple pájaro, podría haberse posado y ser cazado; mas, sostenido por el Espíritu, se remontó por encima de todos los lazos, como un pájaro con ala de fuego.

He guardado la fe, dice. Muchas cosas había que le habrían despojado de ella: no sólo las amistades humanas, sino las amenazas, y la muerte, y otros innumerables peligros; mas él permaneció firme contra todo. ¿Cómo? Siendo sobrio y vigilante. Esto habría bastado para consuelo de sus discípulos; mas añade además los premios. Y ¿cuáles son éstos?

V. 8. En lo demás, me está reservada la corona de justicia. Aquí de nuevo llama justicia a la virtud en general. No debes afligirte de que yo parta, para ser coronado con aquella corona que Cristo pondrá sobre mi cabeza. Mas si permaneciera aquí, en verdad más bien podrías afligirte y temer que yo desfalleciera y pereciera. La cual me dará el Señor, justo Juez, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida. También aquí eleva su ánimo. Si a todos, mucho más a Timoteo. Mas no dijo: y a ti, sino: a todos; dando a entender: si a todos, mucho más a él.

Homilía 9 sobre 2 Timoteo, San Juan Crisóstomo · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1889) · fuente: newadvent.org

Evangelio (Luc. 12, 35-40)

Sequéntia sancti Evangélii secúndum Lucam In illo témpore: Dixit Jesus discípulis suis: Sint lumbi vestri præcíncti, et lucernæ ardéntes in mánibus vestris, et vos símiles homínibus exspectántibus dóminum suum, quando revertátur a núptiis: ut, cum vénerit et pulsáverit, conféstim apériant ei. Beáti servi illi, quos, cum vénerit dóminus, invénerit vigilántes: amen, dico vobis, quod præcínget se, et fáciet illos discúmbere, et tránsiens ministrábit illis. Et si vénerit in secúnda vigília, et si in tértia vigília vénerit, et ita invénerit, beáti sunt servi illi. Hoc autem scitóte, quóniam, si sciret paterfamílias, qua hora fur veníret, vigiláret útique, et non síneret pérfodi domum suam. Et vos estóte paráti, quia, qua hora non putátis, Fílius hóminis véniet.

Estad con vuestras ropas ceñidas a la cintura, y tened en vuestras manos las luces ya encendidas. Sed semejantes a los criados que aguardan a su amo cuando vuelve de las bodas, a fin de abrirle prontamente, luego que llegue, y llame a la puerta. Dichosos aquellos siervos a los cuales el amo al venir encuentra así velando; en verdad os digo, que recogiéndose él su vestido, los hará sentar a la mesa, y se pondrá a servirles. Y si viene a la segunda vela, o viene a la tercera, y los halla así prontos, dichosos son tales criados. Tened esto por cierto, que si el padre de familia supiera a qué hora había de venir el ladrón, estará ciertamente velando, y ni dejaría que le robasen su casa. Así vosotros estad siempre prevenidos; porque a la hora que menos pensáis vendrá el Hijo del hombre. [Torres Amat]

Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino

San Lucas 12, 35-40 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.

Teofilato. Después que el Señor estableció a su discípulo en la moderación despojándolo de todo cuidado de la vida y del orgullo, lo induce ahora a servir diciendo: "Tened ceñidos vuestros lomos" -es decir estad siempre dispuestos a imitar a vuestro Dios-. "Y antorchas encendidas", esto es, no viváis entre tinieblas, sino que la luz de la razón os alumbre siempre dándoos a conocer lo que habéis de evitar. Este mundo es una noche, pero tienen ceñidos sus lomos los que llevan una vida práctica o activa. Porque tal es costumbre de los que trabajan, a quienes convienen antorchas ardientes, esto es el don de la discreción, para que puedan conocer en la práctica, no sólo lo que conviene hacer, sino cómo debe hacerse. De otra manera, los hombres caen en el precipicio de la soberbia. Y debe observarse que primero manda ceñir los lomos y después encender las antorchas, porque primero es la acción y después la reflexión, que es la luz del espíritu. Por tanto, estudiemos el modo de ejercer nuestras facultades y entonces tendremos dos antorchas ardientes, a saber: la inhabitación del Espíritu -que nos ilumina brillando en nuestra mente- y la doctrina con la que ilustramos a los demás.

San Máximo, in Cat. graec. Patr. O también nos enseña a tener encendidas las antorchas por la oración, la contemplación y el afecto espiritual.

San Cirilo, in Cat. graec. Patr. O bien el ceñirse los lomos significa la agilidad y prontitud con que debemos sufrir todos los males por el amor de Dios, y la antorcha encendida significa que no debemos permitir el que algunos vivan en las tinieblas de la ignorancia.

San Gregorio, in homil. 13, in Evang. De otro modo: ceñimos nuestros lomos cuando reprimimos la lujuria de la carne por la continencia. Porque la lujuria del hombre se encuentra en sus riñones y la de la mujer en el ombligo, aunque se designa por los riñones a la lujuria, por ser el sexo masculino el principal. Pero como no basta no obrar mal, sino que cada cual debe esforzarse por practicar buenas obras, añade: "Y antorchas encendidas en vuestras manos". Nosotros tenemos las antorchas encendidas en nuestras manos cuando con las buenas obras damos a nuestros prójimos ejemplos brillantes.

San Agustín, De quaest. Evang., lib. 2, cap. 25. O también, nos enseña a tener ceñidos los lomos por la continencia del amor de las cosas terrenas y a tener encendidas las antorchas. Esto es, para que todo ello lo hagamos con buen fin y recta intención.

San Gregorio, in homil. 13, ut sup. Pero aun cuando todo lo hagamos así, falta todavía que pongamos toda nuestra esperanza en la venida de nuestro Redentor. Por esto añade: "Y sed vosotros semejantes a los hombres que esperan a su Señor cuando vuelva de las bodas", etc. El Señor marchó a las bodas, porque cuando subió al cielo, se incorporó el hombre nuevo a la multitud de los ángeles.

Teofilato. Todos los días desposa en los cielos las almas de los santos, las que San Pablo u otro santo le ofrece como una casta virgen. Y vuelve de las bodas celebradas en los cielos, quizás de una manera universal, cuando al fin del mundo venga del cielo en la gloria del Padre, o quizás particularmente, apareciendo de repente en la hora de la muerte de cada uno de nosotros.

San Cirilo, ubi sup. Considera también que vuelve de las bodas como de una solemnidad en la que siempre existe la divinidad, porque nada puede causar tristeza a su naturaleza incorruptible.

San Gregorio Niceno, in Cat. graec. Patr., ex illius orat., vel. hom. 11, in cant. O de otro modo: terminadas las bodas y habiéndose desposado con la Iglesia y admitiéndola en el tálamo de sus misterios, se regocijarán los ángeles por la vuelta del rey a su natural beatitud. Con ellos conviene que esté conforme nuestra vida, porque así como ellos, exentos de malicia, están siempre preparados a celebrar el regreso de su Señor, así nosotros, vigilando a su puerta, debemos estar prontos a obedecer cuando venga llamando. Sigue pues: "Para que cuando viniere y llamare a la puerta luego le abran".

San Gregorio, in Evang hom, 13. Viene cuando nos llama a juicio, pero llama cuando da a conocer por la fuerza de la enfermedad que la muerte está próxima. Y le abrimos inmediatamente si lo recibimos con amor. No quiere abrir al juez que llama el que teme la muerte del cuerpo y se horroriza de ver a aquel juez a quien se acuerda que despreció. Pero aquel que está seguro por su esperanza y buenas obras, abre inmediatamente al que llama porque cuando conoce que se aproxima el tiempo de la muerte, se alegra por la gloria del premio. Por esto añade: "Bienaventurados aquellos siervos, que hallare velando el Señor, cuando viniere". Vigila aquel que tiene los ojos de su inteligencia abiertos al aspecto de la luz verdadera, el que obra conforme a lo que cree y el que rechaza de sí las tinieblas de la pereza y de la negligencia.

San Gregorio Niceno, ubi sup. Por esta vigilancia que, como queda dicho, nos mandó tener el Señor, dice que ciñamos nuestros lomos, teniendo encendidas las antorchas. Porque la luz puesta delante de nuestra vista rechaza el sueño, y cuando nuestros lomos están ceñidos con un cíngulo nuestro cuerpo no se duerme fácilmente. Porque el que está ceñido por la castidad e ilustrado por una conciencia limpia, vela siempre.

San Cirilo, ubi sup. Así pues, cuando venga el Señor y encuentre a los suyos despiertos y ceñidos, teniendo la luz en su corazón, entonces los llamará bienaventurados. Prosigue pues: "En verdad os digo que se ceñirá". En lo que comprendemos que nos retribuirá con lo mismo, porque se ceñirá El mismo con los que están ceñidos.

Orígenes, in Cat. graec. Patr. Estará ceñido por la justicia alrededor de sus lomos, según lo que dijo Isaías ( Is 11).

San Gregorio, ut sup. Se ciñe por la justicia, es decir, se prepara para la retribución.

Teofilato. O también: Se ceñirá en el sentido de que no dispensará toda la abundancia de sus bienes, sino que la retendrá en una cierta medida. Porque, ¿quién puede recibir a Dios en toda su grandeza? Por esto se dice que los mismos serafines velan sus rostros a causa de la excelencia del resplandor divino ( Is 6). Prosigue: "Y los hará sentar a la mesa", etc. Así como el que se sienta hace descansar todo su cuerpo, así a su futura venida los santos descansarán totalmente. Aquí no tuvieron descanso corporal, pero allí, hechos sus cuerpos espirituales e incorruptibles, gozarán con sus almas de eterno descanso.

San Cirilo, ubi sup. Hará que se sienten como queriendo desahogarlos del cansancio, ofreciéndoles satisfacciones espirituales y poniéndoles delante la mesa espléndida (u opípara) de sus dones.

San Dionisio, in epist. 9 ad Titum. Por el acto de sentarse creen algunos que debe entenderse el descanso de muchos trabajos, la vida sin molestias y el trato con Dios en la claridad y en la región de los vivos, cumplido con todo santo afecto y abundante donación de todas sus gracias, lo cual será el complemento de la alegría. Esto es lo que Jesús hará con los que haga sentarse, dándoles el descanso eterno y distribuyéndoles multitud de beneficios. Por esto sigue: "Y pasando los servirá".

Teofilato. Lo mismo hará cuando vuelva; porque así como ellos lo sirvieron, El los servirá.

San Gregorio, , in Evang hom. 13, ut sup. Se dice que pasando cuando vuelva del juicio a su reino. O bien, el Señor pasa a nosotros después del juicio porque nos eleva de la forma de la humanidad a la contemplación de su divinidad.

San Cirilo, ut sup. El Señor conoce, pues, la fragilidad humana para caer en el pecado. Pero como es bueno, no nos deja desesperar, sino que más bien se compadece y nos da la penitencia como remedio saludable. Por tanto añade: "Y si viniese en la segunda vela", etc. Los que velan en las murallas de las ciudades dividen, pues, en tres o cuatro vigilias la noche para que observen las acometidas de los enemigos.

San Gregorio, in homil. 13, ut sup. La primera vela es el primer tiempo de nuestra vida, esto es, la infancia. La segunda, la adolescencia o la juventud. La tercera, la ancianidad. Por tanto, el que no quiso vigilar en la primera vela, vigile en la segunda y el que no quiso vigilar en la segunda, no pierda el remedio de la tercera, para que aquellos que no se hayan convertido en la infancia se conviertan al menos en la juventud o en la ancianidad.

San Cirilo, ubi sup. No hace mención de la primera vigilia porque la niñez no es castigada por Dios, sino que merece perdón. Pero la segunda y la tercera edad deben obedecer a Dios y llevar una vida honesta para complacerlo.

Griego, id est, Servus Antiochenus, in Cat. graec. Patr. O bien pertenecen a la primera vigilia los que por su virtuosa vida han llegado al primer rango, a la segunda los que no son tan virtuosos y a la tercera los inferiores a éstos. Lo mismo debe pensarse de la cuarta y de la quinta, si la hubiera, porque son diversos los grados de la virtud y el buen remunerador mide a cada uno la recompensa que merece.

Teofilato. O bien, porque las vigilias son las horas de la noche que provocan el sueño, hemos de entender también que en nuestras vidas hay algunas horas que nos hacen bienaventurados si se nos halla vigilantes. ¿Te ha quitado alguno lo que es tuyo? ¿Se te han muerto tus hijos? ¿Has sido acusado? Pues si en todas estas ocasiones no haces nada en contra de lo que Dios tiene mandado, te encontrará despierto en la segunda y en la tercera vigilia, es decir en el tiempo de la desgracia que sume a las almas débiles en un sueño pernicioso.

San Gregorio, in homil. 13, ut sup. Para sacudir la pereza de nuestro espíritu, el Señor también nos da a conocer los daños exteriores con una comparación. Por esto añade: "Mas esto sabed, que si el padre de familia supiere la hora en que vendría el ladrón", etc.

Teofilato. Algunos creen que este ladrón es el diablo, la casa el alma y el padre de familia el hombre, pero esta opinión no parece conforme con lo que sigue. La venida del Señor se compara con este ladrón porque viene cuando menos se espera, según lo que dice el Apóstol ( 1Tes 5,2): "El día del Señor vendrá como el ladrón en la noche". Por esto se añade aquí: "Vosotros, pues, estad apercibidos, porque a la hora que no pensáis", etc.

San Gregorio, in Evang hom. 13. No sabiéndolo el padre de familia, el ladrón entra en la casa. Porque mientras el espíritu duerme abandonando la custodia, llega la muerte de manera imprevista e irrumpe en nuestro interior. Resistiría al ladrón si estuviese despierta. Porque precaviendo la venida del juez, que en secreto arrebata el alma, le saldría al encuentro con el arrepentimiento para no sucumbir impenitente. Quiso el Señor, por tanto, que nos fuese desconocida la última hora, para que no pudiendo preverla, estemos siempre preparándonos para ella.

Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena