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jueves, 3 de diciembre de 2015

San Francisco Javier, Confesor

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

San Francisco Javier, de la Compañía de Jesús, apóstol de las Indias.

San Francisco Javier, uno de los más bellos ornamentos de su orden, gloria de su nación, el Taumaturgo de estos últimos tiempos, el apóstol de las Indias y del Japón, la admiración de todas las naciones y el prodigio de su siglo, era navarro, y traía su origen de la sangre real de Navarra. Tuvo por padre á don Juan Jaso, señor de mérito, que tenia uno de los primeros puestos del consejo de estado en el reinado de Juan III. Su madre María Alpizcueta Javier, una de las señoras más cabales y perfectas de su tiempo, era la heredera de estas dos familias, ambas de las más ilustres del reino. Nuestro santo, el menor de sus hermanos, nació el dia 7 de abril del año 1506, en el castillo de Javier, que está al pié de los Pirineos.

El Señor, que le escogió para renovar en estos últimos tiempos todas las maravillas de los primeros apóstoles, le dió todas las cualidades naturales que piden las funciones del apostolado: un cuerpo robusto, una complexión viva y ardiente, un genio sublime y capaz de los mayores designios, un corazón intrépido, mucho agrado en su exterior, un aire apacible y agraciado, un humor alegre y amigo de complacer; sin embargo de todo esto se veia en él un sumo horror á todo lo que puede manchar la pureza, y una inclinación vehemente al estudio. Fué educado como correspondía á su calidad; pero especialmente cuidaron que su educación fuese muy cristiana. Apenas estuvo en edad de aprender, cuando, dejando á sus hermanos la profesión de las armas, y declarando su inclinación á las letras, le pusieron á estudiar. Los pasmosos progresos que hizo en pocos años obligaron á su padre á enviarle á la universidad de París, que era entonces la academia de toda la nobleza de Europa. La penetración de su espíritu y su aplicación al estudio le hicieron bien pronto hábil en las ciencias mayores: fué graduado de maestro en artes; y á los veinte y cinco años de edad enseñó con mucho lucimiento la filosofía. Las alabanzas que todo el mundo le daba, lisonjeaban demasiado su inclinación.

En esta alta reputación se hallaba Javier en la universidad de París cuando san Ignacio fué á continuar en ella sus estudios. El santo fundador de la Compañía de Jesús, ilustrado con luz sobrenatural, descubrió desde el principio que le trató los grandes designios que tenia Dios sobre este joven, maestro en artes, y así se aplicó á ganarle, para lo cual comenzó alabando los raros talentos que le habia dado la naturaleza; le buscaba discípulos para hacerle más estimado, y mezclando siempre algunas reflexiones cristianas con los elogios que le daba, le decia: Es verdad que eres hombre de mérito, que eres aplaudido; pero ¿de qué te sirve ganar todo el universo, si pierdes tu alma? Javier escuchaba con gusto á su amigo; pero el resplandor de una falsa gloria le deslumbraba demasiado, y lisonjeaba demasiado su ambición para que estas saludables conversaciones hiciesen en su joven corazón toda la impresión que debían.

Habiendo faltado el dinero á Javier, le asistió Ignacio liberalmente. Uno de los mayores servicios que le hizo fué el preservarle de los errores de los luteranos, que los emisarios del partido procuraban inspirarle: habiéndole preservado san Ignacio del error, determinó no omitir diligencia alguna para ganarlo para Dios. Habiéndole encontrado un dia más dócil, le habló con tanta energía de las grandes verdades de la religión, que, penetrado Javier del amor de las cosas celestiales, y de la nada de las grandezas mundanas, hizo firme propósito de pensar seriamente en su salvación, poniéndose para esto bajo la dirección de san Ignacio. Comenzó su nueva vida por un retiro espiritual, según el método de su nuevo director; y le practicó con tanto fervor, que pasó cuatro dias enteros sin tomar alimento alguno, suavizando la abundancia de los consuelos interiores sus excesivas austeridades. Abrasado este gran corazón en el amor de Dios, salió Javier de su retiro como un hombre enteramente distinto. No tuvo desde entonces otra ambición que la de padecer todas las humillaciones de la cruz: no sintió otro gusto que el que le resultaba de los malos tratamientos que daba á su carne, ni otro atractivo que el de ganar almas para Jesucristo.

Habiendo hecho sus votos en Montmartre, monte de los mártires, el dia de la Asunción de Nuestra Señora, el año 1534, con los otros ocho compañeros que el santo fundador se había asociado, partió con ellos para Italia. En este viaje fué cuando, habiéndose atado nuestro santo los brazos y las piernas con unos cordeles delgados para castigar no sé qué complacencia que había tenido de saltar y bailar mejor que los otros jóvenes de su edad, estuvo á pique de perder la vida; porque, habiendo el movimiento hecho entrar las cuerdas tan adentro en la carne, que ya casi no se veian, los cirujanos hicieron juicio que el mal era incurable. En este conflicto recurrieron á Dios sus compañeros; y al despertar Javier por la mañana se halló con las cuerdas caídas, y él perfectamente sano.

Habiendo llegado á Venecia con el designio de hacer el viaje de la Tierra Santa, repartieron entre sí todas las obras de misericordia de la ciudad: el hospital de los incurables tocó á Javier, el que, olvidando su calidad y su delicadeza, no hubo oficio bajo ni desagradable que no ejerciese. Uno de los enfermos que habia en él tenia una úlcera que no se podía ver sin horror, y la hediondez que despedia de sí era todavía más insoportable que la vista: nadie se atrevía á llegarse á este miserable, y Javier mismo sintió mucha repugnancia en servirle. Pero avergonzándose de su repugnancia natural, se fué corriendo al enfermo, le abrazó, puso su boca sobre la úlcera que le habia hecho estremecer, y le chupó la podre. Una victoria tan generosa le libró para siempre de su delicadeza: ¡tanto importa vencerse bien de una vez!

Habiendo empleado dos meses en estos ejercicios de caridad, y viendo que era imposible hacer el viaje de Jerusalén, se fué á Roma, en donde recibió los sagrados órdenes. Se preparó para su primera misa con un retiro de cuarenta dias, y la dijo en Vicenza con tal abundancia de lágrimas, que los que la oyeron no pudieron contener las suyas. Su vida austera y laboriosa alteró su salud tan notablemente, que cayó enfermo, y fué preciso llevarle al hospital. El gozo que tuvo de verse confundido con los pobres, y una visión de san Jerónimo, de quien era muy devoto, le consolaron tanto, que no tardó mucho en curar. Habiendo pasado el invierno en Bolonia, hizo allí infinitos bienes.

Mas habiendo sido aprobada la Compañía por el papa Paulo III el año de 1540, y erigida en orden religioso, fué Javier llamado á Roma, en donde predicó en la iglesia de San Lorenzo in Damaso con tanto fruto, que se le miraba ya como al apóstol de Italia, cuando Juan III, rey de Portugal, informado de los bienes extraordinarios que hacia ya este nuevo instituto, pidió al papa algunos de los hombres apostólicos que le componían para enviarlos á las Indias. El soberano pontífice mandó á san Ignacio que escogiera dos de sus hijos para esta misión. El santo nombró al punto á los padres Simón Rodríguez, portugués, y Nicolás Bobadilla, español. El primero estaba ocupado en Sena, y el otro en el reino de Nápoles, ejecutando algunos encargos del santo padre. Al llegar á Roma el padre Bobadilla cayó gravemente enfermo. Viendo san Ignacio que no se hallaba en estado de ponerse en camino, recurrió á la oración, suplicó al Señor que le diera á conocer quién era el que tenia destinado para las Indias: un rayo celestial le ilustró desde luego, y le dió á conocer que Javier era este vaso de elección. Habiéndole llamado, le dijo: Javier, yo había nombrado á Bobadilla para las Indias; mas el cielo os nombra á vos hoy, y yo os lo anuncio de parte del vicario de Jesucristo: recibid el empleo con que os honra su Santidad por mi boca.

Recibió Javier su misión como los apóstoles recibieron las suyas, con los mismos sentimientos de reconocimiento y de gozo, con el mismo ánimo, con la misma sed de padecer, con el mismo zelo, con el mismo ardor, con el mismo deseo de la salvación de las almas. A la verdad, Dios le habia anunciado ya su misión; pues casi todas las noches soñaba que llevaba sobre sus espaldas un grande indio muy negro; y habiendo visto una vez en sueños, ó en un éxtasis, vastos mares llenos de tempestades y de escollos, islas desiertas, tierras bárbaras que no le ofrecían en toda su extensión sino hambre, sed y desnudez, con infinitos trabajos, sangrientas persecuciones, y riesgos evidentes de perder la vida, se le oyó exclamar: Todavía más, Señor, todavía más.

Habiendo ido Javier á postrarse á los pies del santísimo padre para pedirle su bendición, el papa le abrazó tiernamente, y advirtió en él una humildad tan profunda, un valor tan cristiano y un zelo tan heroico, que al darle su bendición no tuvo el menor género de duda de que enviaba un apóstol á aquel nuevo mundo. Javier partió de Roma el día 5 de marzo del año de 1540, sin otro equipaje que un breviario. Como la ternura y la confianza en la santísima Virgen fué siempre la principal devoción de nuestro santo, quiso tener el consuelo de pasar por Loreto para consagrarse de nuevo á la Madre de Dios, y recomendarle su misión. Tardó tres meses en su viaje de Roma á Lisboa, y no hubo dia en que no se señalase con alguna acción particular la caridad, la humildad y el zelo de Javier. Pasó por junto al castillo de Javier; pero no fué posible persuadirle á que fuese á despedirse de su madre.

Habiendo llegado á Lisboa, no tomó otro alojamiento que el hospital. El rey le llamó á la corte, y le recibió con la mayor veneración y respeto; aunque se le dispuso una posada, no pudo resolverse á dejar el hospital, ni dejar de vivir de limosnas. Su detención en Lisboa fué como el ensayo de su misión, y el compendio de las maravillas que habia de hacer en las Indias. Apenas se dejó ver cuando toda la ciudad mudó de aspecto por sus predicaciones; y esta mudanza de costumbres se hizo visible hasta en el palacio del rey, así en la gente principal, como en los criados inferiores. Quisieron detenerle en Portugal; pero fué preciso ceder á los designios de la Providencia. Al irse á embarcar, le envió el rey cuatro breves del papa: en los dos le nombraba el soberano pontífice nuncio apostólico, y le daba poderes amplísimos para extender y conservar la fe en todo el Oriente: en los otros dos le recomendaba su Santidad á los gobernadores de las islas.

El dia 7 de abril de 1544 partió de la bahía de Lisboa con el padre Paulo de Camerin, italiano, y con el padre Mansilla, portugués. El viaje fué largo, pero fué todo él una misión apostólica. Se contaban más de novecientos hombres en el bajel, y se puede decir que fueron novecientas conquistas que hizo su zelo para Jesucristo. Desde el primer dia se desterraron los juegos, las rencillas, las palabras indecentes, los juramentos, y todos los desórdenes que la ociosidad produce ordinariamente en los que van á bordo. Oficiales, marineros, soldados, todo se rindió á las saludables instrucciones del hombre apostólico. Predicaba muchas veces al dia: confesaba, consolaba y servia á los enfermos, haciéndose todo para todos para ganarlos á todos para Jesucristo. El virey don Alfonso de Sousa no pudo obtener del santo que comiese á su mesa una sola vez, queriendo siempre Javier vivir y mantenerse de limosnas.

Los fríos insoportables de Cabo Verde, y los calores excesivos de la Guinea, con el agua y las viandas que se corrompieron bajo de la línea, causaron enfermedades muy peligrosas en la embarcación, las que á poco tiempo se hicieron contagiosas. Entonces fué cuando la caridad heróica de nuestro santo se manifestó más: enjugaba á los enfermos sus sudores, limpiaba sus úlceras, lavaba las vendas y los paños, y les hacia todos los servicios, aun los más viles y despreciables; pero sobre todo cuidaba de sus conciencias, y su principal ocupación era disponerlos á morir cristianamente. Lo más de admirar es, que hacia todo esto estando incomodado de continuos vómitos. Para aliviarle algún tanto, hizo el virey que le dieran un cuarto más grande y más cómodo: le tomó, pero fué para poner en él á los más enfermos; quedándose él á dormir en el combés, sin otra almohada que el cordaje del navío. Tantas y tan grandes acciones de caridad hicieron que desde entonces le diesen todos el nombre de santo padre; y este nombre le quedó para siempre hasta entre los idólatras y mahometanos.

Habiéndose visto obligada á invernar en Mozambique la flota de Sousa, desembarcaron todos los enfermos, y los llevaron al hospital. Javier con sus dos compañeros los siguió, y aunque pasaban de ochocientos, se empeñó en servirlos á todos; y estando él más enfermo que muchos de aquellos á quienes servia, le veian en las más fuertes accesiones de su fiebre asistir á los enfermos y á los moribundos, y hacer admirar en todas partes los milagros de su zelo: después de seis meses de detención y de trabajos, aportó á Melinda sobre la costa de África. La desgracia de los habitantes, que todos eran mahometanos, le enterneció, y se resolvió á permanecer allí lo más que pudiese para trabajar en la conversión de aquellos bárbaros; pero le fué preciso partir con el galeón, el que en pocos dias llegó á Goa, trece meses después que partieron de Lisboa.

Todavía se acordaban en aquella ciudad de la profecía del santo hombre Pedro de Covillan, religioso trinitario, martirizado por los indios el año de 1497, cuarenta y tres años antes del nacimiento de la Compañía de Jesús; el cual traspasado todo de flechas, cuando derramaba su sangre por Jesucristo, pronunció distintamente estas palabras: Dentro de pocos años nacerá en la Iglesia de Dios una nueva religión de clérigos, que llevará el nombre de Jesús; y uno de sus primeros padres, conducido por el Espíritu Santo, penetrará hasta los países más distantes de las Indias Orientales, cuya mayor parte abrazará la fe ortodoxa por el ministerio de este predicador evangélico.

Luego que Javier salió del navío, fué á alojarse en el hospital, á pesar de la resistencia y de los ruegos del virey; pero no quiso comenzar las funciones de misionero sin haberse presentado antes al obispo, y pedídole su beneplácito. Era entonces obispo de Goa don Juan de Alburquerque, religioso de san Francisco, uno de los más virtuosos prelados de la Iglesia. Después de haberle manifestado Javier las razones por las cuales el soberano pontífice y el rey de Portugal le habían enviado á las Indias, le presentó los breves de su Santidad, y le declaró que no pretendía servirse de ellos sino con su beneplácito: luego, arrojándose á sus pies, le pidió su bendición, y no quiso levantarse hasta que se la hubo dado. La modestia y la humildad del santo dejaron prendado al prelado, el que besó muchas veces los breves del papa; y volviéndoselos al padre, le dijo: Un legado apostólico, enviado inmediatamente por el vicario de Jesucristo, no tiene necesidad de recibir su misión de otra parte: use vuestra paternidad libremente de los poderes que la santa sede le ha dado; y esté seguro de que si la autoridad episcopal fuese necesaria para mantenerlos, no le faltará esta en las funciones de su ministerio.

Los descubridores de las Indias Orientales habían hecho renacer el cristianismo en algunos parajes; pero ya no quedaba rastro alguno: en todas partes reinaba la idolatría y el mahometismo; tanto, que hasta los mismos Portugueses vivían más como idólatras que como cristianos. No era menor la corrupción de sus costumbres, la cual hacia que todas las Indias pareciesen enteramente paganas. Tal era la faz de la cristiandad del nuevo mundo, cuando el padre Javier llegó á él. Mas apenas se dejó ver este nuevo apóstol, cuando aquella viña inculta vino á ser la porción más florida de la Iglesia.

Para hacer que el cielo derramara sus bendiciones sobre una empresa tan difícil, pasaba la mayor parte de la noche en tratar con Dios, y solo dormía tres ó cuatro horas: se ponía en oración al amanecer, y acabada la oración, decía misa. Lo restante de la mañana lo empleaba en los hospitales, y en visitar las cárceles. De vuelta de estos nuevos ejercicios se iba por las calles de la ciudad, tocando una campanilla para juntar los muchachos y enseñarles el catecismo. Estas jóvenes plantas recibían sin trabajo las impresiones que hacían en ellos las instrucciones del padre, y por ellas comenzó la ciudad á mudar de aspecto. Sus predicaciones acabaron de hacer la reforma de las costumbres: los pecadores más escandalosos, penetrados del horror de sus delitos, se confesaron los primeros. Bien pronto los siguieron los demás: los contratos ilícitos se anularon, como también los usurarios; se restituyó la hacienda mal habida; se dió libertad á los esclavos que se habían hecho cautivos injustamente: y en fin, se arrojaron las concubinas. El uso de los sacramentos se hizo frecuente, y la piedad se estableció en todas partes con tanta admiración del obispo de Goa, que no cesaba de publicar que una mudanza de costumbres tan repentina era uno de los mayores milagros.

Después de convertida Goa, dijeron á Javier que en la costa de la Pesquería habia un gran número de pescadores, llamados Páravas, que habian sido bautizados en otro tiempo, pero que ya no tenían de cristianos sino el bautismo. No fué menester más para inflamar el zelo del santo, el cual sin detenerse pasó allá; y luego que hubo llegado, supo que en una de aquellas chozas habia una mujer, que, después de tres dias de dolores vehementísimos de parto, no podía dar á luz la criatura. Acude el santo á este riesgo, instruye á aquella pobre india en los misterios de nuestra religión, la convierte, la bautiza, y al instante pare felizmente, y se halla perfectamente sana: un milagro tan visible llena la cabaña de espanto y de alegría: toda la familia se convierte, y dentro de pocos dias siguen su ejemplo toda la aldea, y casi toda la costa de la Pesquería, en donde bautizó un tan gran número de Páravas, que escribió de su puño á los padres de Roma, que de tanto bautizar ya no podia levantar el brazo, y que veia renovarse todos los días en aquel país los prodigios de la primitiva Iglesia. Se servia de los niños bautizados para curar los enfermos. Los templos de los falsos dioses fueron destruidos en poco tiempo, y los ídolos hechos pedazos. Los brahmanes, que eran como los sacerdotes y religiosos del país, sobresaltados de la novedad, se juntaron en número de muchos millares. Javier los confundió, y convirtió á muchos; y con esta gloriosa conquista triunfó la fe de Jesucristo en toda aquella comarca.

El mismo santo confiesa que por medio del Ave María alcanzó de Dios la conversión de la mayor parte de los paganos. Comenzaba todas sus instrucciones rezando el Padre nuestro, y las terminaba con el Ave María. Su mansedumbre, su caridad, sus modales agradables, su modestia le ganaban todos los corazones: la fuerza y la unción de sus palabras convencían los espíritus; y su santidad manifestada por una infinidad de milagros, acababa de convertir los pueblos. Sanó repentinamente á un hombre, cuyo cuerpo era todo una llaga; y resucitó en presencia de los bracmanes cuatro muertos. En su vuelta á Goa fundó el seminario de Santa Fe, que vino á ser muy en breve un plantel de zelosos misioneros. Pasó al reino de Travancor, donde predicó la fe, y en menos de un mes bautizó por su mano diez mil idólatras. Le comunicó Dios el don de lenguas; y, lo que no se había visto desde los apóstoles en aquellas tierras, hablando una sola lengua á muchos millares de pueblos todos diferentes, todos le entendían, estando persuadidos todos y cada uno de ellos que hablaba en su propia lengua.

Viendo los bracmanes abandonado el culto de las pagodas, determinaron matarle; pero Dios le conservó de un nublado de flechas, de las que una sola bastaba para quitarle la vida. Entraron los badajes armados en el reino de Travancor, resueltos á llevarlo todo á sangre y fuego: su ejército era muy numeroso: corrió hacia ellos san Javier con un crucifijo en la mano, y luego que estuvo en paraje que pudiera ser oido, les gritó: Yo os prohíbo en el nombre de Dios vivo pasar más adelante; y os mando de su parte que volváis atrás: lo mismo fué decir estas palabras, que aquella inundación de bárbaros, sobrecogidos de un terror pánico, echaron á huir con el mayor desorden.

La reputación del nuevo apóstol no estuvo encerrada en los límites del reino de Travancor, sino que se extendió á todas las Indias. Los habitantes de la isla de Manar le pidieron que fuese á instruirlos: les envió misioneros, y se convirtió toda la isla. Siendo cada dia más abundante la mies, llevó Javier la luz del Evangelio de isla en isla, de reino en reino, hasta las últimas extremidades del Oriente; y habiendo ido á Meliapor, donde está el sepulcro de santo Tomás, hizo prodigiosas conversiones. Un mercader de Meliapor al irse á embarcar para Malaca le pidió una prenda de su amistad; Javier le dió su rosario, y le dijo: No os será inútil esta alhaja, con tal que tengáis confianza en María. Apenas se habia hecho á la vela, cuando una furiosa tempestad echa el bajel contra una roca, y le estrella. El mercader, lleno de confianza en la santísima Virgen, y teniendo el rosario de Javier en la mano, se encuentra repentinamente trasportado á la costa de Negapatan, á muchas leguas de donde habia sucedido el naufragio.

Llega el santo apóstol á Malaca, para pasar de allí á Macasar; predica, confiesa y convierte á una infinidad de facinerosos y de pecadores; bautiza á muchos idólatras, mahometanos y judíos, y entre otros á un famoso rabino, que abjuró públicamente el judaismo. En ninguna parte hizo el santo tantos milagros como en Malaca: con solo tocar su sotana, besar sus manos, ó recibir su bendición, quedaban curados repentinamente toda suerte de enfermos. Habiendo ido á hacer un corto viaje por los alrededores de Malaca, murió una doncellita, á quien habia bautizado poco antes: la madre va á buscar al santo desconsolada, y postrándose á sus piés hecha un mar de lágrimas, le dice: Siervo de Dios, mi hija ha muerto; pero si queréis invocar sobre ella el nombre de Jesucristo, al instante recobrará la vida. Movido Javier de compasión, ora á Dios en silencio un poco de tiempo; y volviéndose luego hacia ella, le dice: Véte, tu hija está viva. Hace tres dias que está enterrada, replica la madre. No importa, responde Javier; véte, abre su sepulcro, y la hallarás viva. Corre la madre á la iglesia, hace levantar la piedra que cubría la sepultura, y encuentra á su hija viva y sana.

No hallando el santo apóstol descanso sino en sus trabajos, va á Amboina, donde predica la fe á los paganos, y casi toda la isla se hace cristiana. Recorriendo las islas vecinas, se consternan los del bajel á vista de una furiosa tempestad; saca Javier de su pecho un pequeño crucifijo que llevaba siempre consigo; y queriendo tocar con él el mar, se le escapa de la mano y se le llevan las ondas: esta pérdida le aflige; pero veinte y cuatro horas después, habiendo abordado á la isla de Baranura, se vió asomar un cangrejo que llevaba en sus uñas al mismo crucifijo, y que venia derecho á la ribera á entregárselo al padre.

De Baranura pasa á la isla de Ulate; encuentra á su rey sitiado en la capital, y á punto de entregarse al ejército enemigo por falta de agua: el santo solicita hablarle, y le pide licencia para plantar una cruz, ofreciéndose á darle agua con abundancia si le da palabra de hacerse cristiano con todo su pueblo. El príncipe viene en ello; y apenas se plantó la cruz, cuando una lluvia abundante proveyó á la necesidad, y obligó al enemigo á levantar el sitio. El rey, en cumplimiento de su palabra, recibió el bautismo de mano del santo con todo su pueblo; y después de haber convertido algunos otros reinos vecinos, parte á las Molucas. Recorre rápidamente las islas de Ternate, de Tidor, de Motir, de Machan y de Bacan: predica, convierte y hace triunfar la fe de Jesucristo en todos estos parajes, que no habían tenido jamás la dicha de que llegase á ellos ningún apóstol.

Habiendo recibido de Europa un nuevo refuerzo de misioneros, emprende la conversión de todo el Oriente. Intentan impedirle el viaje á la isla de Moro, por ser el país más bárbaro y más terrible. Basta que haya en ella almas rescatadas con la sangre de Jesucristo para que Javier no halle ni peligro ni obstáculos: se mete en la isla, anuncia la fe á sus habitantes, los suaviza, los instruye, los convierte; y estos pueblos bárbaros y crueles vienen á ser una de las porciones más bellas de la iglesia del nuevo mundo. Convierte y bautiza en Ternate á casi toda la familia real: hace otro tanto en la isla de Zeilán, en los reinos de Candi, de Jafanapatán, en las Molucas y en todas las islas que hay al rededor de Macasar; y haciendo conversiones y milagros en todos los países, viene á ser él mismo el mayor de todos los milagros.

El año de 1547 los acheneses, enemigos mortales de los cristianos, se presentan á la vista de Malaca con una flota de más de sesenta barcos grandes, todos bien equipados y bien armados, sin contar las barcas, los brulotes y las fragatas. Su primera expedición fué quemar todos los navios portugueses que se hallaban en el puerto. Esta victoria hizo á los bárbaros tan fieros y tan insolentes, que, habiendo hecho cortar su general las narices y las orejas á algunos pescadores que habían hecho prisioneros, los remitió al gobernador de Malaca con esta carta: «Bajaja Soora, que tiene el honor de llevar en vasos de oro el arroz del gran Soldán Alardin, rey de Achen, y de las tierras que lava el uno y el otro mar; te advierto escribas á tu rey que estoy aquí á pesar de él, infundiendo terror en su fortaleza con mis fieros rugidos, y que me mantendré aquí todo el tiempo que se me antoje. Pongo por testigo de cuanto digo, no solo á la tierra y á las naciones que la habitan, sino también á todos los elementos hasta el cielo de la luna; y les protesto y declaro por las palabras de mi boca, que tu rey está sin valor ni reputación; que sus estandartes abatidos no podrán enarbolarse jamás sin el permiso del que acaba de vencerle; que por la victoria que hemos conseguido, tiene mi rey á sus piés la cabeza del tuyo, el cual desde este dia es su vasallo y su esclavo; y para que tú mismo confieses esta verdad, te desafio al combate en el sitio donde estoy al presente, si te sientes con bastante ánimo para resistirme.»

Aunque la carta del general bárbaro era ridícula y fanfarrona, no dejó de poner en gran consternación á toda Malaca: solo Javier, lleno de confianza en Dios, animó á aquellos espíritus abatidos, y dijo al gobernador: Si los bárbaros tienen tantos navios y tropas, nosotros tenemos en nuestra ayuda al Dios de los ejércitos: es menester ir á presentarles la batalla. Pero ¿cómo nos embarcaremos, dijo el gobernador, y en qué navios? pues de ocho bajeles grandes que habia en el puerto, solo quedan siete cascos de fustas enteramente maltratados: y cuando pudiéramos servirnos de ellos, ¿qué seria esto contra una escuadra tan numerosa? Es verdad, replicó el santo sonriéndose, que las siete fustas son viejas, y solo buenas para el fuego: sin embargo, que se dispongan á toda priesa. Nadie se atrevió á replicar á una orden tan precisa del varón de Dios.

En dos dias se aprestaron las fustas; y apenas habían levado anclas para ir á buscar al enemigo, que se había desviado un poco para ponerse fuera de tiro del cañón de la fortaleza, cuando la almiranta de esta pequeña tropa se abrió por medio, y se hundió repentinamente, sin que se pudiese salvar otra cosa que la tripulación. Javier estaba diciendo misa en la iglesia de Nuestra Señora del Monte cuando le vinieron á dar noticia de esta triste aventura: hizo señal al criado del gobernador que se retirara, y cogiéndole después de la misa, le dijo: Vé á decir á tu amo que la pérdida de un bajel no debe desanimarnos: véte, y confía; porque esa pequeña flota está bajo la protección de la santísima Virgen.

Se pasó cerca de un mes sin que hubiese nuevas de las dos escuadras, cuando el padre, predicando un dia en la iglesia mayor de Malaca á las diez de la mañana, al mismo tiempo que las dos flotas estaban en el combate á más de cien leguas de Malaca, se paró de repente, como fuera de sí mismo: luego volviéndose hacia el crucifijo con las lágrimas en los ojos, y los suspiros en la boca, exclamó: ¡O buen Jesús, Dios de mi alma, padre de misericordia, yo os suplico humildemente por los méritos de vuestra sagrada pasión que no abandonéis á vuestros soldados. Acabadas estas palabras, bajó la cabeza, recostándose sobre la silla, sin decir palabra: después, levantándose de pronto, dijo en voz alta con un trasporte de gozo, que no pudo contener: «Hermanos míos, Jesucristo ha vencido por nosotros. En este mismo instante acaban los soldados de su santo nombre de derrotar la armada de los enemigos, en los que hacen una gran matanza: nosotros solo hemos perdido cuatro de los nuestros; el viernes próximo recibiréis la noticia, y nuestra flota vendrá bien presto.» El suceso lo verificó todo: una fragata llegó el viernes, y dos dias después entró triunfante la pequeña flota al son de trompetas y al ruido de la artillería.

Habiendo el nuevo apóstol conquistado para Jesucristo casi todas las Indias, y meditando nuevas conquistas, un japón, llamado Angeró, arribó en una embarcación china, el cual venia á buscar la quietud de su conciencia en los consejos del santo, cuya reputación se habia extendido por todo el Oriente. Luego que Javier le vió, conoció que aquel hombre no solo seria el primero del Japón que recibiría el bautismo, sino que por su mediación le recibirían otros muchos en su tierra. Este conocimiento hizo que se llenase de gozo al verle, y que le abrazase con mucha ternura. Sin aguardar el santo á que el japón le manifestara sus penas, le aseguró que hallaría el sosiego que habia venido á buscar tan lejos; pero que era preciso ante todas cosas que abrazara la ley del verdadero Dios; para lo cual le envió al seminario de Goa, á fin de prepararle á él y á todos los de su familia á recibir el bautismo.

El padre le siguió, y después de haber acabado de convertir los idólatras que habian quedado en la costa de la Pesquería, en Monapar, en el cabo de Comorin y en la isla de Zeilán, que están al paso, llegó á Goa, donde encontró á su nuevo prosélito; y viéndole perfectamente instruido, le bautizó, le puso por nombre Pablo de Santa Fe, é hizo de él uno de sus más zelosos catequistas. Habiendo sabido por este neófito el estado del Japón, que era uno de los mayores reinos del mundo, determinó llevar á él las luces del Evangelio, á pesar de todo lo que se le pudiese oponer para desviarle de su piadoso intento.

Escribió muchas cartas á Europa: la primera, al rey de Portugal Juan III, llena de sabios consejos sobre el modo como debe gobernar un monarca. Escribió otra á san Ignacio su general, y á los padres de Roma, en la cual les dice: «Que Dios le ha dado á conocer lo mucho que debe á las oraciones de los de la Compañía, que trabajan en la tierra, y que gozan en el cielo del fruto de sus trabajos. Cuando empiezo á hablar de nuestra Compañía, añade, no puedo acabar; pero la partida de las embarcaciones me obliga, contra mi voluntad, á no ser más largo. Hé aquí lo que yo hallo más á propósito para acabar mi carta: Si yo te olvidare en algún tiempo, ó Compañía de Jesús, mi mano derecha me sea inútil, y se me olvide el uso que debo hacer de ella: Si oblitus unquam fuero tui, Societas Jesu, oblivioni detur dextera mea. Pido á nuestro Señor Jesucristo que, ya que en esta vida miserable nos ha juntado en su Compañía, nos junte por toda la eternidad en la compañía de los santos que le ven en el cielo.»

Habiendo recibido un nuevo refuerzo de misioneros con el arribo de algunos jesuítas llegados de Europa, prescribió las reglas que debian observar en sus misiones; y en calidad de nuncio apostólico y de superior general de todos los jesuítas de Oriente, les asignó á todos el lugar de su misión, y nombró superiores que en su ausencia gobernaran la Compañía en las Indias. Mientras esperaba que la navegación fuese libre, nuestro santo se aplicó más particularmente á los ejercicios de la vida interior, disponiéndose por medio del retiro para nuevos trabajos. Entonces fué cuando estando en el huerto del colegio de San Pablo que habia fundado en Goa, unas veces paseándose, otras retirado en una pequeña ermita, colmado de aquellas dulzuras espirituales, de que estaba inundado su corazón, exclamó: Basta, Señor, basta; abriendo su sotana delante del pecho para dar un poco de aire á las llamas que abrasaban su alma.

Finalmente, en abril de 1549 se embarcó en una fusta que iba á Cochin con el padre Cosme de Torres, el hermano Juan Fernandez y los tres japones convertidos, Pablo de Santa Fe y sus dos criados Juan y Antonio. Estando en Malaca, supo que uno de los reyes del Japón pedia predicadores evangélicos al gobernador de las Indias; no se puede decir cuál fué el gozo del santo apóstol, y cuál su deseo de partir cuanto antes á esta nueva conquista. Se embarcó el 25 de junio para el Japón, y después de muchas tempestades que el santo serenó y aplacó, abordó á Cangoxima.

Sería necesario un volumen entero solo para contar una parte de los trabajos, de los viajes, de las conversiones y de los prodigios que obró este santo apóstol en aquel vasto imperio. Comenzó á predicar en Cangoxima, donde convirtió muchas personas: disputa con los bonzos, que eran como los sacerdotes del país, y los confunde: cura toda especie de enfermedades con sola la señal de la cruz: resucita muchos muertos, entre los cuales algunos habían sido ya enterrados: predica en Saxuma, en Ekandono, en Firando, en Amanguchi: se hace mozo de espuela de un caballero para ir á Macao: anuncia el Evangelio en el reino de Bungo y en otras partes, en donde convierte millares de paganos; y en menos de un año hace florecer en el Japón la religión cristiana.

Habiendo convertido Javier todos estos reinos, insaciable todavía de conversiones, busca nuevos países dónde hacer nuevas conquistas. Habiéndose embarcado para volver á la India, una de las borrascas más furiosas desarboló la embarcación, la que á cada momento se veia en peligro de naufragar: la sola presencia de Javier infundía seguridad en los soldados y marineros; mas un accidente que sobrevino, introdujo la consternación en el navío. Habia cinco portugueses con diez japones en la chalupa que iba detrás, y que habían amarrado al navío con gruesos cables; pero habiéndose embravecido el viento durante la noche, la violencia de las olas rompió los cables, y la chalupa era llevada al arbitrio de las olas, que se levantaban como montañas. Todos creyeron que los cinco hombres habían perecido, y que la chalupa había sido ó estrellada, ó tragada por las olas.

El capitán Eduardo de Gama, amigo del santo, estaba inconsolable, por haber perdido á su sobrino, y los otros sentían igualmente la pérdida de sus compañeros, cuando san Javier, saliendo de su oración, y encerrándose con Gama, le dijo con un rostro risueño: No os aflijáis, hermano, antes de tres dias vendrá la hija á encontrar á su madre. Bien se comprendió lo que quería decir el santo; mas la cosa parecía tan poco posible, que no se podia creer. Viendo el santo que no cesaban las lágrimas, les dijo con un tono de seguridad: La confianza que tengo en la divina misericordia, me hace esperar que no perecerán las personas que he puesto bajo la protección de la santísima Virgen, y por las que he hecho voto de decir tres misas en Nuestra Señora del Monte. Dijo al capitán que hiciera subir á alguno á la gavia para ver si acaso parecía la chalupa. El santo pasó todo el dia en plegarias; y saliendo de su retiro por la tarde, preguntó si habia parecido la chalupa: no le respondieron sino con la risa. Dijo que se bajaran las velas para dar tiempo á la chalupa de alcanzar al navío. Se reían interiormente de la confianza del santo, cuando un niño, que estaba sentado al pié del árbol mayor, exclamó repentinamente: Milagro, milagro, miren ustedes allí la chalupa: en efecto abordó la chalupa, quedando todos admirados y gozosos; abrazaron á aquellos hombres que ya creian perdidos; pero se sorprendieron todavía más cuando supieron que habían venido en medio de la más horrible tempestad que se vió jamás, sin que temieran ni perecer ni descaminarse; porque decían que el padre Javier era su piloto, y su presencia los tranquilizaba.

Habiendo arribado á Malaca el santo apóstol, toma la resolución de llevar á la China las luces de la fe. Aunque se ofrecían muchas oposiciones, capaces cada una de trastornar una empresa tan santa, Javier, superior á todos los obstáculos cuando se trataba de la gloria de Dios y de la salvación de las almas, no se acobardó. Deseaba que se enviara una embajada á la China, para abrir por medio de ella la puerta al Evangelio; pero se opuso con tenacidad don Alvaro, gobernador de Malaca. El santo lo siente vivamente, y atribuye á sus pecados el que no tenga efecto la embajada: el gobernador fué castigado terriblemente, como el santo se lo habia profetizado; pero Javier no desistió de su empresa. Habiendo arreglado todas las cosas, así por lo que miraba á la Compañía, como á las misiones; después de haber nombrado al padre Barcia por rector del colegio de Goa y viceprovincial, y distribuido los otros padres en las diversas misiones del Japón y de la India, se embarca con un solo hermano en una nave que iba á la isla de Sancian, para pasar desde ella á la China.

Después de algunos dias de navegación, se echó el viento repentinamente; y habiéndose aplanado las olas, quedó inmóvil la embarcación. Como la calma duró catorce días, llegó á faltar el agua dulce, con lo que murieron algunos al principio; y toda la tripulación, que se componía de unas quinientas personas, cayó enferma. El santo, movido á compasión, se pone á orar; después de lo cual baja á la chalupa con un niño, al cual hace probar el agua del mar, y le pregunta si estaba dulce; y respondiéndole el niño que estaba salada, le dice que la pruebe otra vez; y el niño la halla tan dulce como la de cualquiera fuente. Subiendo entonces el padre á la embarcación, hace llenar de agua todas las vasijas y toneles del navío; pero corriendo todos á beber, la hallaron sumamente salada: el santo hizo la señal de la cruz sobre las vasijas, y al punto perdió el agua su gusto salobre, y quedó excelente para beber. Este milagro hizo tal impresión en los árabes y sarracenos que estaban á bordo, que creyeron en Jesucristo, y recibieron todos el bautismo. Lo restante del viaje fué una serie continuada de milagros y de profecías. Finalmente, habiendo arribado á la isla de Sancian, apenas hubo desembarcado cuando libró á la isla de los tigres de que estaba inundada.

El santo apóstol se disponía para ir á la China, de la que se descubrían ya los primeros puertos, cuando Dios le dió á conocer que se contentaba con su ardiente deseo; que quería recompensarle sus inmensos trabajos, y que la ejecución de su designio sobre la China la reservaba á sus hermanos. Dios trató á Javier como en otro tiempo trató á Moisés, quien murió á la vista de la tierra adonde tenia orden de conducir los Israelitas. Le entró una fiebre al padre Francisco el dia 20 de noviembre, y desde el principio de ella tuvo un conocimiento claro del dia y hora de su muerte, como lo manifestó ingenuamente al piloto del navío. Habiéndose declarado el mal un dolor de costado muy agudo, y con una grande opresión de pecho, el santo se vió muy en breve á los últimos, sin tener otro socorro que algunas frutas que le dió el capitán.

Todo el tiempo de su enfermedad fué una continua conversación con Dios; se le oia repetir sin cesar estas palabras: Jesu, fili David, miserere mei: Jesús, hijo de David, tened misericordia de mí; y estas otras: O sanctissima Trinitas. Y dirigiéndose á la santísima Virgen, le decia continuamente: Madre mía muy amada, monstra te esse matrem: muestra que eres mi madre. Finalmente, el dia 2 de diciembre, que era viernes, teniendo los ojos bañados en lágrimas, y fijos en un crucifijo, pronunció con la mayor ternura estas palabras: In te, Domine, speravi; non confundar in aeternum: Señor, yo esperé toda mi vida en vos; haced que no experimente la confusión de haber esperado en vano. Y trasportado al mismo tiempo de un gozo celestial, entregó apaciblemente su espíritu, á cosa de las dos de la tarde, el año 1552, á los cuarenta y seis de su edad, de los que había empleado diez y medio en las Indias.

La nueva de su muerte hizo en todos los espíritus y corazones aquella impresión que hace la muerte de los santos. Corrieron en tropas las gentes á su cabaña para besarle los piés, y le encontraron con el rostro tan encarnado y bermejo como si hubiera estado vivo. Así terminó su gloriosa carrera el apóstol de las Indias y del Japón, después de haber dilatado la Iglesia seis mil leguas más de lo que estaba, después de haber predicado el Evangelio á cien islas ó reinos diferentes, y convertido á Jesucristo más de cien mil almas. Sus trabajos fueron inmensos, sus milagros infinitos. Se cuentan ocho muertos resucitados; y casi puede decirse que todos los milagros estupendos de los santos que le precedieron no igualan al número de los de este santo apóstol.

No se dió tierra á su cuerpo hasta el domingo siguiente: su entierro se hizo sin ceremonia alguna: se le quitó la sotana, la que los oficiales dividieron entre sí. El capitán hizo cubrir el cuerpo de cal viva, para que, consumiéndose antes la carne, se pudieran llevar los huesos en la embarcación que debía volver á las Indias dentro de pocos meses. El último año de la vida del santo se vió sudar sangre con abundancia todos los viernes á un crucifijo que estaba en la capilla del castillo de Javier; y lo mismo fue morir el santo, que dejar la sangre de correr.

Dos meses y medio después de la muerte del santo apóstol, desenterraron su cuerpo, y le encontraron entero, tan fresco, tan encarnado, tan palpable y flexible como si hubiera estado vivo. Las vestiduras sacerdotales, de que le habían revestido, así como las carnes, no habían recibido la menor lesión de la cal; y el santo cuerpo exhalaba un olor tan suave y agradable, que excedía al de los perfumes más exquisitos. Luego que llegó á Malaca, cesó la peste que hacia grandes estragos en la ciudad; fué recibido como en triunfo por la nobleza, el pueblo y el clero. Después de algunos meses fué desenterrado otra vez, y le encontraron tan entero y tan fresco como antes de enterrarle; se mandó hacer una caja de madera exquisita, y después de haberla guarnecido de un rico damasco de la China, se puso en ella el santo cuerpo, envuelto en un paño de tela de oro, con una almohada de brocado debajo de la cabeza. Este precioso depósito fué recibido en Goa con toda la pompa y veneración que le era debida. El virey con toda su corte, la nobleza y los magistrados acompañaban al clero. Este santo tesoro fué depositado en la iglesia de San Pablo del colegio de la Compañía de Jesús al son de las campanas, y al ruido de toda la artillería: todavía se conserva allí con mucho cuidado.

Se obraron infinitos milagros en todos los parajes por donde pasó el santo cuerpo: y Dios continúa hoy en hacer otros muchos por la intercesión de este gran santo, no solo en Goa, sino en todo el mundo. Después de un jurídico examen de las virtudes y milagros innumerables de este gran siervo de Dios, el papa Paulo V declaró beato á Francisco Javier, presbítero de la Compañía de Jesús, el dia 25 de octubre de 1619; y el papa Gregorio XV, sucesor de Paulo V, le canonizó solemnemente el dia 12 de marzo de 1622. El papa en la bula de su canonización le llama apóstol de las Indias, y dice que su apostolado tuvo todas las señales de una vocación divina, como son el don de milagros, el de profecía, el de lenguas, con las más perfectas virtudes evangélicas.

Se puede decir con verdad, que no se vió jamás un agregado más pasmoso de virtudes, todas eminentes, como el que se notó en este santo: su amor de Dios, tierno, ardiente y generoso, era sin medida; su zelo por la salvación de las almas sin límites; su pobreza y su mortificación excesivas; su humildad tan profunda, que jamás escribió á san Ignacio, su general, que no fuese de rodillas; y en una carta firma de este modo: El menor de vuestros hijos, y el más apartado de vos, Francisco Javier. Su devoción á la santísima Virgen fué tan tierna, tan perfecta y tan llena de confianza, que jamás pedia nada á nuestro Señor sino por la intercesión de su Madre. Acababa todas las instrucciones con la Salve Regina. Cuando pasaba las noches en oración en la iglesia, casi siempre era delante de alguna imágen de la Madre de Dios. Tomé á la Reina del cielo por mi patrona, dice en una de sus cartas, para alcanzar el perdón de mis innumerables pecados. Sobre todo era tan devoto de su inmaculada concepción, que había hecho voto de defenderla toda su vida. El cuerpo del santo subsiste siempre en Goa: solo un brazo entero fué llevado á Roma, y se conserva con mucha veneración en la iglesia de la casa profesa de los jesuítas, que se llama de Jesús.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.