jueves, 3 de diciembre de 2015
San Francisco Javier, Confesor
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (Rom. 10, 10-18)
Léctio Epístolæ beáti Pauli Apóstoli ad Romános Fratres: Corde enim créditur ad justítiam: ore autem conféssio fit ad salútem. Dicit enim Scriptúra: Omnis, qui credit in illum, non confundétur. Non enim est distínctio Judǽi et Græci: nam idem Dóminus ómnium, dives in omnes, qui ínvocant illum. Omnis enim, quicúmque invocáverit nomen Dómini, salvus erit. Quómodo ergo invocábunt, in quem non credidérunt? Aut quómodo credent ei, quem non audiérunt? Quómodo autem áudient sine prædicánte? Quómodo vero prædicábunt, nisi mittántur? sicut scriptum est: Quam speciósi pedes evangelizántium pacem, evangelizándum bona! Sed non omnes obédiunt Evangélio. Isaías enim dicit: Dómine, quis crédidit audítui nostro? Ergo fides ex audítu, audítus autem per verbum Christi. Sed dico: Numquid non audiérunt? Et quidem in omnem terram exívit sonus eórum, et in fines orbis terræ verba eórum.
Porque es necesario creer de corazón para justificarse, y confesar la fe con las palabras u obras para salvarse. Por esto dice la Escritura: Cuantos creen en él, no serán confundidos. Puesto que no hay distinción de judío y de gentil; por cuanto uno mismo es el Señor de todos, rico para con todos aquellos que le invocan. Porque todo aquel que invocare de veras el nombre del Señor, será salvo. Mas ¿cómo le han de invocar, si no creen en él? O ¿cómo creerán en él, si de él nada han oído hablar? Y ¿cómo oirán hablar de él, si no se les predica? Y ¿cómo habrá predicadores, si nadie los envía?, según aquello que está escrito: ¡Qué feliz es la llegada de los que anuncian la buena nueva de la paz, de los que anuncian los verdaderos bienes! Verdad es que no todos obedecen la buena nueva. Y por eso dijo Isaías: ¡Oh Señor!, ¿quién ha creído lo que nos ha oído predicar? Así que la fe proviene de oír, y oír depende de la predicación de la palabra de Cristo . Pero pregunto: Pues qué, ¿no la han oído ya? Sí, ciertamente: su voz ha resonado por toda la tierra, y se han oído sus palabras hasta las extremidades del mundo. [Torres Amat]
Comentario patrístico · Homilía 17 + Homilía 18 sobre Romanos — San Juan Crisóstomo
Para impedir, pues, que los judíos dijesen: «¿Cómo es que aquellos que no habían hallado la justicia menor hallaron la mayor?», les da una razón que no admite respuesta: que este camino era más fácil que aquél. Porque aquél exige el cumplimiento de todas las cosas (pues cuando lo hicieres todo, entonces vivirás); mas la justicia que es de la fe no dice esto, sino ¿qué?
«Si confesares con tu boca al Señor Jesús, y creyeres en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo.» Luego, para que no parezca que la envilecemos al mostrarla fácil y de poco precio, mirad cómo amplía su explicación de ella. Pues no llega en seguida a las palabras que acabamos de citar, sino ¿qué dice? «Mas la justicia que es de la fe habla de esta manera: No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo? (esto es, para hacer bajar a Cristo); o: ¿Quién descenderá al abismo? (esto es, para hacer subir de nuevo a Cristo de entre los muertos).» Pues así como a la virtud que se manifiesta en las obras se opone una desidia que afloja nuestros trabajos, y hace falta un alma muy despierta para no ceder a ella, así también, cuando se exige creer, hay razonamientos que confunden y arruinan el entendimiento de la mayoría de los hombres, y se requiere un alma de algún vigor para sacudirlos por completo. Y por esto precisamente lo pone delante. Y como hizo en el caso de Abraham, así hace también aquí. Pues habiendo mostrado allí que fue justificado por la fe, para que no pareciese que había alcanzado tan gran corona por mero azar, como si fuera cosa de ningún valor, para ensalzar la naturaleza de la fe dice: «El cual, contra toda esperanza, creyó en esperanza, para venir a ser padre de muchas naciones.» «Y no siendo débil en la fe, consideró su propio cuerpo ya amortecido, y la esterilidad del seno de Sara. No dudó de la promesa de Dios por incredulidad, sino que se fortaleció en la fe, dando gloria a Dios, plenamente persuadido de que era poderoso para cumplir todo lo que había prometido»; así mostró que hay necesidad de vigor y de un alma elevada, que acoja las cosas que están por encima de lo esperado y no tropiece en las apariencias. Esto mismo, pues, hace también aquí, y muestra que se requiere una mente sabia y un espíritu celestial y grande. Y no dice simplemente «No digas», sino «No digas en tu corazón», esto es: ni siquiera pienses en dudar y decir contigo mismo: «¿Y cómo puede esto ser?» Veis que ésta es la característica principal de la fe: dejar todas las consecuencias de este mundo inferior, y así buscar lo que está por encima de la naturaleza, y desechar la flaqueza del cálculo, y así recibirlo todo del Poder de Dios. Los judíos, sin embargo, no afirmaban solamente esto, sino que no era posible ser justificado por la fe. Mas él vuelve aun lo que había sucedido a otro fin: que, habiendo mostrado ser la cosa tan grande que aun después de haber sucedido requería fe, pudiese con razón otorgar una corona a éstos; y emplea las palabras que se hallan en el Antiguo Testamento, esforzándose siempre por mantenerse del todo libre de las acusaciones de amar novedades y de oponerse a él. Pues esto que aquí dice de la fe, Moisés se lo dice del mandamiento, mostrando así que habían recibido de la mano de Dios un gran beneficio. Pues no hay necesidad —quiere decir— de subir al cielo, ni de atravesar un gran mar, para recibir después los mandamientos, sino que cosas tan grandes y sublimes las ha hecho Dios de fácil acceso para nosotros. ¿Y qué significa la expresión «La palabra está cerca de ti»? Esto es: Es fácil. Porque en tu mente y en tu lengua está tu salvación. No hay largo viaje que hacer, ni mares que navegar, ni montañas que traspasar, para salvarse. Antes bien, aunque no quisieras cruzar siquiera el umbral, puedes, sentado en tu casa, ser salvo. Porque en tu boca y en tu corazón está la fuente de la salvación. Y luego, por otro motivo también, hace fácil la palabra de la fe, y dice que Dios le resucitó de entre los muertos. Pues considera tan sólo la dignidad del que obra, y ya no verás dificultad alguna en la cosa. Que Él es, pues, el Señor, es manifiesto por la resurrección. Y esto lo dijo aun al comienzo de la Epístola: «El cual fue declarado Hijo de Dios con poder... por la resurrección de entre los muertos.» Mas que también la resurrección es fácil, ha quedado mostrado aun a los más incrédulos, por el poder de Aquel que la obra. Pues siendo, así, la justicia mayor, y leve y fácil de recibir, ¿no es señal de la mayor obstinación dejar lo que es leve y fácil, y emprender lo imposible? Porque no podían decir que fuese cosa que rehusaban por gravosa. Ved, pues, cómo los priva de toda excusa. Pues ¿qué merecen alegar en su defensa quienes escogen lo gravoso e impracticable, y dejan a un lado lo que es leve, y capaz de salvarlos, y de darles aquello que la Ley no pudo dar? Todo esto no puede proceder sino de un espíritu obstinado, que está en rebelión contra Dios. Porque la Ley es penosa, mas la gracia es fácil. La Ley, por mucho que disputen, no salva; la gracia otorga la justicia que de ella misma resulta, y también la de la Ley. ¿Qué alegato, pues, ha de librarlos, ya que se disponen a porfiar contra ésta, y se aferran a aquélla sin provecho alguno? Después, habiendo hecho una fuerte afirmación, la confirma de nuevo con la Escritura.
«Porque dice la Escritura —prosigue—: Todo aquel que cree en Él, no será confundido. Pues no hay diferencia entre el judío y el griego; porque uno mismo es el Señor de todos, rico para con todos los que le invocan. Porque todo aquel que invocare el Nombre del Señor, será salvo.»
Veis cómo aduce testigos, ya de la fe, ya de la confesión de ella. Pues las palabras «Todo aquel que cree» señalan la fe; mas las palabras «Todo aquel que invocare» declaran la confesión. Luego, para proclamar de nuevo la universalidad de la gracia y abatir su jactancia, lo que antes había demostrado por extenso, aquí brevemente lo trae a su memoria, mostrando otra vez que no hay diferencia entre el judío y el incircunciso. Pues no hay —dice— diferencia entre el judío y el griego. Y lo que había dicho acerca del Padre, cuando trataba este punto, eso dice aquí acerca del Hijo. Pues así como antes decía, afirmando esto: «¿Es Dios solamente de los judíos? ¿No lo es también de los gentiles? Sí, también de los gentiles, puesto que uno solo es Dios», así dice también aquí: «Porque uno mismo es el Señor de todos, rico para con todos» (y sobre todos). Veis cómo le presenta como deseoso en sumo grado de nuestra salvación, pues aun tiene esto por riqueza suya; de modo que ni aun ahora deben desesperar, ni imaginar que, con tal que se arrepintiesen, fuesen indignos de perdón. Porque Aquel que tiene por riqueza suya el salvarnos, no cesará de ser rico. Pues aun esto es riqueza: el que el don se derrame sobre todos. Pues como lo que más le afligía era que ellos, que gozaban de una prerrogativa sobre el mundo entero, fuesen ahora, por la fe, derribados de esos tronos y no estuviesen en nada mejor que los demás, trae de continuo a los Profetas como anunciadores de que habrían de tener honra igual a la de ellos. Pues «todo aquel —dice— que cree en Él, no será confundido»; y «todo aquel que invocare el Nombre del Señor, será salvo». Y el «todo aquel» se pone en todos los casos, para que nada pudieran replicar.
«¿Cómo, pues, invocarán a Aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en Aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin quien les predique? ¿Y cómo predicarán, si no fueren enviados? Según está escrito.»
Aquí de nuevo les quita toda excusa. Pues como había dicho: «Les doy testimonio de que tienen celo de Dios, mas no según ciencia», y que, ignorando la justicia de Dios, no se sometieron a ella, muestra a continuación que por esa misma ignorancia eran reos delante de Dios. Esto, a la verdad, no lo dice así, sino que lo prueba llevando su discurso a modo de preguntas, y convenciéndolos así más claramente, componiendo todo el pasaje de objeciones y respuestas. Mas mirad más atrás. El Profeta —dice— dijo: «Todo aquel que invocare el Nombre del Señor, será salvo.» Ahora bien, alguno podría decir tal vez: «Pero ¿cómo habían de invocar a Aquel en quien no habían creído?» Sigue luego una pregunta suya tras la objeción: «¿Y por qué no creyeron?» Luego otra objeción de nuevo. Bien puede alguno decir: «¿Y cómo habían de creer, no habiendo oído?» Y, con todo, sí oyeron, da a entender. Luego otra objeción todavía: «¿Y cómo habían de oír sin quien les predicase?» Y luego otra respuesta: mas sí les predicaron, y muchos fueron enviados para este mismo fin. ¿Y de dónde consta que éstos son aquellos enviados? Trae entonces al profeta, que dice: «¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian el Evangelio de la paz, de los que traen la buena nueva de los bienes!» Veis cómo por la índole de la predicación señala a los predicadores. Pues no otra cosa iban estos hombres anunciando por doquiera, sino aquellos bienes inefables y la paz hecha por Dios con los hombres. Y así, al no creer —da a entender—, no es a nosotros a quienes no creéis, sino al profeta Isaías, que hace muchos años dijo que habíamos de ser enviados, y de predicar, y de decir lo que decimos. Si, pues, el ser salvo venía de invocarle, y el invocarle de creer, y el creer de oír, y el oír de la predicación, y la predicación de ser enviados; y si fueron enviados, y predicaron, y el profeta andaba con ellos señalándolos, y proclamándolos, y diciendo que éstos eran aquellos que él había mostrado tantas edades atrás, cuyos pies alababa por razón del contenido de su predicación; entonces está bien claro que el no creer fue culpa suya sola. Y ello porque la parte de Dios se había cumplido por entero.
«Mas no todos obedecieron al Evangelio. Porque dice Isaías: Señor, ¿quién creyó a nuestro anuncio? Luego la fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Dios.»
Como le apremiaban de nuevo con otra objeción en este sentido: que si éstos eran los enviados en misión por Dios, todos debieran haberles escuchado, observad el juicio de Pablo, y ved cómo muestra que esto mismo que causaba la turbación, en realidad quitaba la turbación y el embarazo. «¿Qué te escandaliza, oh judío —diría—, tras prueba tan grande y abundante, y demostración de estos puntos? ¿Que no todos se sometieron al Evangelio?» Pues esto mismo, tomado juntamente con lo demás, basta para certificarte de la verdad de mis afirmaciones, aun en que algunos no crean. Porque también esto lo predijo el profeta. Notad también su inefable sabiduría: cómo muestra más de lo que buscaban, o esperaban que él tuviese que responder. Pues «¿qué es lo que decís? —da a entender—. ¿Que no todos han creído al Evangelio? Pues bien, también esto lo predijo Isaías desde antiguo. O, más bien, no sólo esto, sino aún mucho más que esto.» «Pues la queja que ponéis es: ¿Por qué no creyeron todos? Mas Isaías va más lejos que esto. Porque ¿qué es lo que dice? Señor, ¿quién creyó a nuestro anuncio?» Después, habiéndose librado de este embarazo al hacer del Profeta un baluarte contra ellos, vuelve de nuevo a la línea que antes seguía. Pues como había dicho que debían invocarle, mas que los que invocan han de creer, y los que creen han de oír primero, y los que han de oír han de tener predicadores, y los predicadores ser enviados; y como había mostrado que fueron enviados y predicaron; al ir a introducir otra objeción de nuevo, tomando ocasión primero de otra cita del Profeta con que poco antes había salido al paso de la objeción, así la entreteje y la enlaza con lo precedente. Pues habiendo aducido al Profeta que dice: «Señor, ¿quién creyó a nuestro anuncio?», con acierto se vale de la cita como prueba de lo que dice: «Luego la fe viene por el oír.» Y esto no lo deja en mera afirmación desnuda. Antes bien, como los judíos andaban siempre buscando una señal, y ver la Resurrección, y suspiraban mucho por ello, dice: «Con todo, el Profeta no prometió cosa semejante, sino que era por el oír como habíamos de creer.» Por eso prueba primero esto, y dice: «Luego la fe viene por el oír.» Y luego, como esto parecía cosa humilde de decir, mirad cómo la eleva. Pues dice: «No hablaba de un simple oír, ni de la necesidad de oír palabras de hombres y creerlas, sino que hablo de un oír excelso. Porque el oír es por la palabra de Dios.» No hablaban lo suyo, sino que anunciaban lo que habían aprendido de Dios. Y esto es cosa más alta que los milagros. Pues igualmente estamos obligados a creer y a obedecer a Dios, ya hable, ya obre milagros. Porque tanto las obras como los milagros proceden de sus palabras. Pues así el cielo como todo lo demás fue establecido de esta manera. Habiendo mostrado, pues, que debemos creer a los profetas, que siempre hablan las palabras de Dios, y no buscar nada más, pasa luego a la objeción que he mencionado, y dice:
«Mas digo: ¿Acaso no oyeron?»
«¿Qué —quiere decir—, si los predicadores fueron enviados, y predicaron lo que se les mandó, y éstos no oyeron?» Sigue entonces una respuesta perfectísima a la objeción.
«Sí, ciertamente: por toda la tierra salió el sonido de ellos, y hasta los confines del orbe sus palabras.»
«¿Qué decís? —da a entender—. ¿Que no han oído? Pues el mundo entero, y los confines de la tierra, han oído. ¿Y vosotros, entre quienes los heraldos moraron tan largo tiempo, y de cuya tierra eran, no habéis oído?» ¿Puede esto ser jamás? Sin duda, si los confines del mundo oyeron, mucho más vosotros.
Homilía 17 + Homilía 18 sobre Romanos, San Juan Crisóstomo · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1889) · fuente: newadvent.org
Evangelio (Marc. 16, 15-18)
Sequéntia sancti Evangélii secúndum Marcum In illo témpore: Dixit Jesus discípulis suis: Eúntes in mundum univérsum, prædicáte Evangélium omni creatúræ. Qui credíderit, et baptizátus fúerit, salvus erit: qui vero non credíderit, condemnábitur. Signa autem eos, qui credíderint, hæc sequéntur: In nómine meo dæmónia ejícient: linguis loquéntur novis: serpéntes tollent: et si mortíferum quid bíberint, non eis nocébit: super ægros manus impónent, et bene habébunt.
Por último, les dijo: Id por todo el mundo; predicad el mensaje de salvación a todas las criaturas; el que creyere y se bautizare se salvará; pero el que no creyere será condenado. A los que creyeren, acompañarán estos milagros: En mi nombre lanzarán los demonios, hablarán nuevas lenguas, manosearán las serpientes; y si algún licor venenoso bebieren, no les hará daño; pondrán las manos sobre los enfermos, y quedarán éstos curados. [Torres Amat]
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Marcos 16, 15-18 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
Glosa. Para terminar su narración evangélica, refiere San Marcos la última aparición de Jesús a sus discípulos después de la resurrección, diciendo: "En fin, apareció", etc.
San Gregorio Magno, homilia in Evangelia, 29. Es de notar lo que dice San Lucas en los Hechos de los Apóstoles: "Y por último, comiendo con ellos, les mandó que no partiesen de Jerusalén" ( Hch 1,4), y poco después: "Dicho esto, se fue elevando a la vista de ellos por los aires" ( Hch 1,9). Comió y se elevó, para hacer ver, comiendo, la realidad de su carne, que es por lo que dice el Evangelista que se apareció a los once Apóstoles cuando estaban a la mesa.
Pseudo Jerónimo. Se apareció a los once cuando estaban reunidos, para que todos fuesen testigos, y refiriesen a todo el mundo lo que habían visto y oído.
Pseudo Jerónimo. "Y les dio en rostro su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado".
San Agustín, de consensu evangelistarum, 3,25. ¿Cómo, pues, pasó esto en el último día? El último día fue aquel en que vieron los Apóstoles al Señor por última vez en la tierra, que fue el cuadragésimo después de la resurrección. ¿Cómo, pues, se les tacha de no haber creído a los que vieron su resurrección, siendo así que ellos mismos le habían visto tantas veces después de ella? Debemos entender por tanto que, por abreviar, dijo San Marcos el último día, porque en él, a la entrada de la noche, tuvo lugar el último hecho, después que volvieron los discípulos del campo a Jerusalén, y encontraron, como dice San Lucas, a los once y a los que con ellos estaban hablando de la resurrección del Señor. Pero se encontraban allí también otros que no creían. En medio de los que estaban a la mesa, como dice San Marcos, y de los que hablaban del asunto, según nota San Lucas, se presentó el Señor y les dijo: "La paz sea con vosotros", palabras citadas por San Lucas (24,36) y San Juan (20,19). Y bien: entre las palabras que, según estos Evangelistas, dirigió el Señor a sus discípulos, se interpone el reproche del que habla San Marcos. Pero aquí se presenta otra dificultad, y es que no podrían estar comiendo juntos los once. Dice San Marcos que se apareció, a la entrada de la noche del día del Señor, siendo así que San Juan dice en términos precisos que no estaba con ellos Tomás, el cual debió salir de allí antes que entrara el Señor, y después que se unieron a los once los dos que volvieron del campo, como hallamos en San Lucas. Pero este Evangelista da lugar en su narración a suponer que había salido ya Tomás cuando hablaron del asunto, y que después entró el Señor. Y como San Marcos dice que se apareció a los once Apóstoles cuando estaban a la mesa, nos obliga a pensar que estaba Tomás allí, a menos que se refiriera a todos los Apóstoles, aunque estuviera uno ausente, puesto que con el número once se designaba a todo el colegio apostólico antes de que Matías ocupase el lugar de Judas. Y si esto es inadmisible, convengamos en que, después de haberles dado tantas pruebas de su resurrección, se apareció a los once reunidos en la mesa el día cuadragésimo. Y antes de subir al cielo, quiso reprocharles más en aquel día el que no hubiesen creído a los que habían visto su resurrección antes de verla ellos mismos, tanto más, cuanto que después de la ascensión habían de predicar el Evangelio a gentes que debían creer sin haber visto. Después de citar este reproche, dice San Marcos: "Por último, les dijo: Id por todo el mundo", y más adelante: "Pero el que no creyere será condenado". Y ¿acaso no era preciso que los que habían de predicar el Evangelio fueran reprendidos antes fuertemente porque, no viéndolo, no habían querido creer que se hubiese aparecido a otros el Señor?
San Gregorio Magno, homilia in Evangelia, 29. Increpó también el Señor a sus discípulos cuando iba a dejarlos corporalmente, para que sus palabras quedasen impresas más profundamente en sus corazones.
Pseudo Jerónimo. Reprueba la incredulidad, para que la reemplace la fe; reprueba la dureza del corazón de piedra, para que le reemplace otro de carne lleno de caridad.
San Gregorio Magno, homilia in Evangelia, 29. Increpa, pues, su dureza, para que oigamos nosotros sus avisos. "Por último, les dijo: Id por todo el mundo; predicad el Evangelio a todas las criaturas". Con el nombre de toda criatura señala al hombre, puesto que tiene algo de todas ellas, como el ser con las piedras, el vivir con los árboles, el sentir con los animales, el entender con los ángeles. Así que se predica el Evangelio a toda criatura cuando se predica para el hombre solo. Porque sólo él es enseñado, y para él ha sido creado todo, no siéndole extraño nada por cierta semejanza que tiene con todo. También se puede entender por todas las criaturas a todas las naciones. Antes había sido dicho: "No vayáis ahora a tierra de gentiles " ( Mt 10,5); ahora se dice: "Predicad el Evangelio a todas las criaturas"; para que la predicación apostólica, que antes fue rechazada por los judíos, venga en nuestro auxilio cuando, por haberla rechazado éstos en su soberbia, sea un testimonio de su condenación.
Teofilacto. O bien: a todas las criaturas, esto es, creyentes e incrédulos. "El que creyere, prosigue, y se bautizare", etc. Porque no basta creer; que el que cree y no está bautizado todavía, el catecúmeno, no ha alcanzado aún la salvación, sino imperfectamente.
San Gregorio Magno, homilia in Evangelia, 29. Pero se dirá tal vez cada cual a sí mismo: Yo seré salvo porque he creído. Y así será en efecto, si une las obras a la fe; porque la verdadera fe consiste en que no contradiga la obra lo que dice la palabra.
San Gregorio Magno, homilia in Evangelia, 29. "Pero el que no creyere será condenado".
Beda, in Marcum, 4,45. ¿Y qué podremos decir de los niños que por su edad no pueden todavía creer? Que en cuanto a los mayores no hay nada que decir. Porque en la Iglesia de Jesucristo los niños creen por la fe de los otros, así como por los otros contrajeron los pecados que les son borrados en el bautismo.
Beda, in Marcum, 4,45. "A los que creyeren, continúa, acompañarán estos milagros: en mi nombre lanzarán los demonios".
Teofilacto. Esto es, dispersarán las potencias sensibles e intelectuales, conforme al sentido de estas palabras: "Hollaréis con vuestros pies a las serpientes y los escorpiones" ( Lc 10,19). Puede entenderse también de las serpientes ordinarias, como la víbora que mordió a Pablo sin causarle daño. "Y, si algún licor venenoso bebieren, no les hará daño". Muchos hechos semejantes encontramos en las historias de hombres a quienes, defendidos bajo el estandarte de Cristo, no ha podido causar daño el veneno que habían bebido.
Teofilacto. "Pondrán las manos sobre los enfermos", etc.
San Gregorio Magno, homilia in Evangelia, 29. ¿Pero es que, porque no hacemos estos milagros, creemos menos nosotros? Mas estas cosas fueron necesarias en los principios de la Iglesia. Ha sido preciso, para que creciera la fe de los creyentes, que fuese nutrida por los milagros. Porque cuando plantamos un arbusto lo regamos hasta que crece suficientemente, y suspendemos el riego cuando conocemos que ha arraigado bien. Pero nos es preciso considerar más atentamente otros milagros especiales, que hace todos los días ahora la santa Iglesia, y que hacía entonces corporalmente por medio de los Apóstoles. Cuando los sacerdotes imponen sus manos sobre los creyentes, y se oponen, con la gracia que se les ha dado de exorcizar, a la permanencia del espíritu maligno en el corazón de aquéllos, no hacen otra cosa que lanzar de ellos a los demonios. Y el fiel que abandona el espíritu mundano y canta los santos misterios, hablará nuevas lenguas; dominará las serpientes, si con sus buenas exhortaciones quita la malicia del corazón de su prójimo; beberá licor venenoso y no le hará daño, si oye malos consejos y no se deja llevar al mal por ellos; pondrá, en fin, las manos sobre los enfermos, y quedarán éstos curados, todas las veces que, viendo vacilar a su prójimo en el camino del bien, le fortifica con el ejemplo de sus buenas obras. Y sus milagros, son tanto mayores, cuanto que son espirituales, y cuanto que por ellos despiertan de su sueño, no los cuerpos, sino las almas.
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena