lunes, 19 de enero de 2015
Santos Mario, Marta, Audifax y Abacum, Mártires
Vida del santo de hoy, redactada al estilo del Año Cristiano sobre fuentes tradicionales.
Ilustres por la sangre que derramaron y más aún por la caridad que los condujo al martirio, san Mario y santa Marta, con sus dos hijos Audifax y Abacum, fueron de aquellos generosos campeones que la Iglesia venera como flores de su primavera perseguida. Refiérese, según la piadosa tradición conservada en su antigua «passio», que Mario era persona de calidad venida de la Persia, y Marta su esposa; mas la crítica más severa apenas nos deja por cierto de estos gloriosos mártires sino sus nombres, el lugar donde reposan y el día bienaventurado de su sepultura. Poco importa, en verdad, al que sabe que la corona no se labra del linaje de la tierra, sino de la fidelidad al rey del cielo.
Habiendo abrazado la fe de Jesucristo, no quisieron estos siervos de Dios que las riquezas fuesen embarazo á su salvación. Á imitación de aquellos primeros cristianos de Jerusalén que ponían sus haberes á los pies de los apóstoles, repartió Mario toda su hacienda entre los pobres, y quedó rico de aquella pobreza evangélica que es tesoro escondido para el cielo. ¿Quién perdió jamás lo que dió al mismo Salvador en la persona de sus pobres? Despojados así de todo, y libres ya de cuanto ata el corazón á lo perecedero, emprendieron con sus hijos la peregrinación á Roma para venerar los sepulcros de los santos mártires y de los príncipes de los apóstoles, Pedro y Pablo.
No corrían entonces para la Iglesia sino días de tribulación y de sangre. Las fuentes antiguas no concuerdan sobre el príncipe bajo cuyo reinado padecieron: unos los sitúan en tiempo de Aureliano ó de Claudio, otros bajo la furiosa persecución de Diocleciano á principios del siglo cuarto; y como los mismos autores tradicionales advierten que en tiempo de Claudio no hubo persecución declarada, débese dejar la fecha en aquella santa incertidumbre que no quita nada al mérito de los que murieron por Cristo. Lo que consta y edifica es que hallaron á la Ciudad eterna hecha teatro de martirios, y en ella supieron ser á la vez discípulos y consoladores de los que padecían.
Ocupáronse en Roma en el ejercicio más humilde y más heroico de la caridad. Visitaban á los cristianos presos que esperaban la sentencia, alentábanlos á la constancia, y con propia mano daban sepultura á los cuerpos de los mártires que yacían por los campos, arrojados sin honra á la vista de los fieles para escarnio de su fe. Ayudados de un santo presbítero, que la tradición española nombra Juan, recogieron y sepultaron con religiosa piedad cerca de doscientos sesenta cuerpos de mártires que, decapitados, permanecían sin sepultura. Obra fué ésta de misericordia y de valor, porque no había peligro que no arrostrasen aquellos corazones á quienes el amor de Dios había hecho superiores al miedo de los hombres.
Mas el mismo número de los enterrados vino á descubrir á los que los enterraban. Presos por orden de los magistrados, fueron llevados ante el prefecto y después ante el gobernador que las fuentes llaman ya Marciano, ya Musciano, quien los exhortó á que sacrificasen á los dioses del imperio y salvasen así la vida. Pero ¿qué había de poder la promesa del mundo sobre unos ánimos que ya habían despreciado el mundo entero? Firmes en la confesión de Jesucristo, se negaron á toda apostasía; y no queriendo mudar por la muerte pasajera la vida que no acaba, se ofrecieron con santa alegría á cuanto la crueldad del enemigo común quisiera inventar contra ellos.
Fué mucho lo que padecieron. Refiere la tradición que los azotaron con varas, los desgarraron con garfios de hierro, los quemaron con planchas encendidas y, cortadas las manos y atadas al cuello, los pasearon por las calles de Roma para afrenta suya y gloria de la fe que profesaban. En medio de tan atroces suplicios hallaron, por la oración, aquella fuerza sobrenatural con que los mártires triunfan del demonio y de la carne; que no es de la naturaleza tanta constancia, sino don del que asiste á los suyos en el peligro y no permite que sea tentado nadie más de lo que puede. Nada pueden, en efecto, los esfuerzos de los hombres cuando el Señor quiere coronar á sus escogidos.
Consumóse al fin su glorioso combate. Los tres varones, Mario y sus dos hijos Audifax y Abacum, fueron degollados á trece millas de Roma, en la vía Cornelia, en el lugar llamado in Nympha; y sus cuerpos entregados al fuego. Á la santa madre Marta se le reservó una palma no menos preciosa, pues, según unas fuentes ahogada y según otras arrojada á un estanque en aquel mismo paraje, coronó su martirio uniendo su sangre á la de los suyos. ¡Dichosa familia, que entró junta en el cielo por la puerta del martirio, y trocó los bienes de la tierra que había repartido por la herencia que no se reparte ni se acaba!
No permitió la Providencia que quedasen sin honra los que tanta honra habían dado á los mártires con darles sepultura. Una piadosa matrona romana, llamada Felícitas, recogió sus cuerpos y los depositó en una posesión suya sobre la misma vía Cornelia. Desde entonces fueron sus nombres celebrados con distinción en los martirologios de Occidente, y su memoria consta ya en el antiguo Sacramentario de san Gregorio Magno. Andando los siglos se repartieron sus reliquias entre diversas iglesias, y buena parte de ellas, según se refiere, fué llevada por Eginardo á la abadía de Seligenstadt, en Alemania, donde se guardaron con veneración.
Celebra la santa Iglesia su fiesta el día diez y nueve de enero. Aprendan los fieles de estos gloriosos mártires que la verdadera nobleza no está en la sangre que se hereda, sino en la que se derrama por Jesucristo; y que la caridad de enterrar á los muertos, tenida por baja á los ojos del mundo, es camino real que lleva á la corona. Á imitación suya despreciemos las riquezas que pasan, socorramos á los afligidos, y confesemos sin miedo, en la vida y en la muerte, á aquel Señor por cuyo amor entregaron entrambos padres y entrambos hijos, en un mismo día, la vida temporal por la eterna.
Vida redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (Butler, Enciclopedia Católica, hagiografía clásica).