lunes, 19 de enero de 2015
Santos Mario, Marta, Audifax y Abacum, Mártires
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (Sap. 5, 16-20)
Lectio libri Sapientiæ Justi autem in perpétuum vivent, et apud Dóminum est merces eórum, et cogitátio illórum apud Altíssimum. Ideo accípient regnum decóris, et diadéma speciéi de manu Dómini: quóniam déxtera sua teget eos, et bráchio sancto suo deféndet illos. Accípiet armatúram zelus illíus, et armábit creatúram ad ultiónem inimicórum. Induet pro thoráce justítiam, et accípiet pro gálea judícium certum. Sumet scutum inexpugnábile æquitátem.
Al contrario, los justos vivirán eternamente, y su galardón está en el Señor, y el Altísimo tiene cuidado de ellos. Por tanto recibirán de la mano del Señor el reino de la gloria y una brillante diadema; los protegerá con su diestra, y con su santo brazo los defenderá. Se armará de todo su celo, y armará también las criaturas para vengarse de sus enemigos. Tomará la justicia por coraza, y por casco el juicio infalible. Alzará por escudo impenetrable la rectitud. [Torres Amat]
Comentario patrístico · Comentario a la Sabiduría, cap. 5 — Cornelio a Lápide
Vers. 16. LOS JUSTOS, EN CAMBIO, VIVIRÁN ETERNAMENTE, Y JUNTO AL SEÑOR (en griego, «en el Señor», esto es, junto al Señor, o más propiamente: la bienaventuranza de los justos está puesta en la visión y posesión del Señor Dios) ESTÁ SU RECOMPENSA, Y SU PENSAMIENTO JUNTO AL ALTÍSIMO. Vuelve a la antítesis y enseña cuánto la dichosa suerte de los justos aventaja a la desdichada de los impíos: los justos, pues, vivirán eternamente una vida feliz y bienaventurada; los impíos, en cambio, aunque hayan de vivir en la gehena, como vivirán en perpetuos tormentos, su vida ha de llamarse más bien muerte que vida. «Junto al Señor está su recompensa», decretada y reservada a su trabajo y paciencia, para dársela después de la muerte. Y de nuevo «junto al Señor», como diciendo: no el hombre, sino Dios otorgará a los justos esta recompensa, a saber, divina, celestial, inmensa, perpetua, más aún, a sí mismo, según aquello dicho a Abrahán (Gén. XV, 1): «Yo soy tu protector, y tu recompensa sobremanera grande». La palabra «recompensa» arguye que los justos merecen la gloria eterna con sus buenas obras, pues la recompensa es correlativa del mérito; a esto ayuda aquello de Cristo (Apoc. XXII, 12): «Conmigo está mi recompensa, para dar a cada uno según sus obras».
Y SU PENSAMIENTO JUNTO AL ALTÍSIMO. En griego, φρόντισμα, esto es, pensamiento, cuidado, que puede tomarse tanto en sentido activo como pasivo. En sentido activo, como diciendo: Dios es la recompensa de los justos porque ellos dirigen todos sus pensamientos y cuidados a Dios; pues no piensan en otra cosa sino en cómo podrán agradarle más y amarle y honrarle más. Y además, los justos no piensan ni se cuidan ni andan solícitos de sí mismos, sino que arrojan toda su solicitud en Dios, como dice san Pedro, porque saben que Dios cuida de ellos, y dicen con el Salmista (Sal. XXII, 1): «El Señor me rige (en hebreo, el Señor es mi pastor, que me apacienta y rige como a oveja suya), y por tanto nada me faltará: en lugar de pastos allí me colocó». Así san Buenaventura, Hugo, Dionisio y Holcot. En sentido pasivo, como diciendo: «el pensamiento de ellos», esto es, la solicitud y cuidado de los justos, está junto al Altísimo: pues no un rey ni un pontífice, sino el mismo Dios cuida las cosas de los justos y piensa cómo adornarlos de gracia y de gloria, y protegerlos contra todos los enemigos y todos los males, y darles digna, más aún, sobreeminente recompensa por sus trabajos y aflicciones. Ambos sentidos, sin embargo, están enlazados: pues Dios piensa en los justos y los cuida porque los justos han apartado de sí todos sus pensamientos, esperanzas y cuidados y los han puesto en Dios, según aquello de Cristo a santa Catalina de Siena: «Hija, piensa asiduamente en mí, y yo pensaré en ti». Denota la seguridad y perpetuidad de la recompensa de los justos, pues Dios los ha tomado en su pensamiento y cuidado, según aquello de Cristo (Juan X, 27): «Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy la vida eterna, y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano».
Vers. 17. POR ESO RECIBIRÁN EL REINO DEL HONOR (Vatablo: un reino preclaro) Y LA DIADEMA DE LA HERMOSURA (en griego, κάλλους, esto es, de la belleza; por lo cual mal leen algunos «de la esperanza» [spei] en vez de «de la hermosura» [speciei]) DE LA MANO DEL SEÑOR. El Siríaco: por eso recibirán un reino glorioso y una corona de hermosuras de la mano del Señor; el Árabe: por eso serán ceñidos con el reino del honor de la mano de Dios, y con la corona de la belleza de la gloria. Como diciendo: porque la recompensa de los justos está junto al Señor, de Él recibirán un «reino», no cualquiera, sino del honor, esto es, decentísimo, opulentísimo y ornatísimo; y una diadema de la hermosura, es decir, hermosísima, bellísima, elegantísima. La diadema es la insignia real, a saber, aquella cinta blanca con que los reyes ceñían la cabeza, a la que los romanos añadían el laurel; en su lugar sucedió después la corona tejida de oro y piedras preciosas. Es palabra griega, de δέω, esto es, ceñir, coronar. Por tanto, la diadema denota que los justos serán reyes en el cielo, porque obtendrán el reino celestial de Cristo y toda su gloria como vencedores del mundo, de la carne y del diablo: pues la diadema es insignia tanto del rey como del vencedor. Alude a aquello de Isaías (LXII, 3): «Y serás corona de gloria en la mano del Señor, y diadema del reino en la mano de tu Dios».
Y la gloria de este reino de los bienaventurados la describe gráficamente san Agustín (serm. 1 Sobre las palabras del Apóstol): «Cuál sea la gloria futura, y con qué riquezas florezca, podemos alabarlo, pero no explicarlo, porque leemos: Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni subió al corazón del hombre lo que Dios preparó para los que le aman. ¿Quién es, pues, este Dios que tales y tantas cosas preparó? ¿Qué sino inestimable, inefable, incomprensible, por encima de todo, fuera de todo, más allá de todo? Si buscas grandeza, es mayor; si hermosura, más hermoso; si dulzura, más dulce; si esplendor, más fúlgido; si justicia, más justo; si fortaleza, más fuerte; si piedad, más clemente». Poseen, pues, los bienaventurados un reino del honor y de la hermosura, esto es, hermosísimo, opulentísimo, esplendidísimo, quietísimo, felicísimo; mientras que los reyes en la tierra poseen un reino molestísimo, misérrimo, infelicísimo, en el que se atormentan y consumen entre continuos cuidados, molestias y peligros. Por lo cual el rey Antígono, viendo a su hijo insolente por el reino, le dijo: «¿Acaso no sabes, hijo, que nuestro reino es una noble servidumbre?» (Eliano, lib. II de las Historias varias); semejante fue el dicho del cardenal Belarmino: «No sabéis qué espinas se ocultan bajo esta púrpura».
POR CUANTO SU DIESTRA LOS CUBRIRÁ, Y CON SU SANTO BRAZO LOS DEFENDERÁ. El «con su santo [brazo]» ya no está en el griego. La palabra «por cuanto» es causal, pues da la causa de por qué el reino que Dios ha de dar a los justos será del honor y hermoso: a saber, porque Dios, colocándolos a su diestra en el día del juicio, los cubrirá, para que ningún enemigo ni mal alguno pueda sobrevenirles; más aún, Dios combatirá a los enemigos de ellos, esto es, a los impíos, y los abatirá con todos los dardos de su ira, de modo que los justos gocen en paz y con alegría de su reino de gloria por toda la eternidad, sin temor alguno de enemigos ni de males, y aun se gocen y exulten por la justa venganza de los enemigos, según aquello (Sal. LVII, 11): «Se alegrará el justo cuando viere la venganza, lavará sus manos en la sangre del pecador». En vez de «defenderá», el griego tiene ὑπερασπιεῖ, esto es, defenderá con vigor, protegerá y combatirá como oponiendo el escudo; pues ἀσπίς es escudo, y ὑπερασπιστής el que con su escudo cubre y defiende a otro. Así dice Dios a Abrahán (Gén. XV, 1): «Yo soy tu protector» (en griego, ἐγὼ ὑπερασπίζω σου); y David dice a Dios (Sal. XXX, 5): «Porque tú eres mi protector» (ὑπερασπιστής); y en el Sal. XVII, 3: «Mi protector (en hebreo מגן magen, esto es, escudo) y el cuerno de mi salvación». Así, la palabra «defenderá» significa una guerra de Dios contra los impíos no sólo defensiva sino también ofensiva: defenderá, es decir, vengará, abatirá y castigará duramente; como Nabucodonosor «juró que se defendería», esto es, se vengaría, de todas aquellas regiones (Judit I, 12); y como dice el Apóstol (Rom. XII, 19): «No defendiéndoos a vosotros mismos», es decir, no tomando venganza.
Vers. 18. TOMARÁ POR ARMADURA SU CELO, Y ARMARÁ A LA CRIATURA PARA LA VENGANZA DE LOS ENEMIGOS. Declara cómo Dios, egregiamente armado, ha de ser en el día del juicio defensor y protector (hyperaspistes) de los justos: pues irritado por la áspera ofensa de los impíos y por la injuria que éstos infligieron a los justos, se armará del celo de la venganza, se vestirá de todo género de armas, más aún, incitará y aguijará a toda criatura para tomar venganza de los impíos. En griego es λήψεται πανοπλίαν τὸν ζῆλον αὐτοῦ, esto es, tomará por armadura su celo. Pero mejor lee el Nuestro, en vez del acusativo ζῆλον, el nominativo ζῆλος, esto es, «el celo»: pues el celo de la justicia y de la justa venganza que ha de tomarse de los impíos en favor de los piadosos no es la panoplia de Dios, sino que mueve a Dios a vestir la panoplia y a armarse con ella. La panoplia de Dios se enumera en lo que sigue, cuando dice: «se vestirá de la justicia como de coraza», etc. El celo denota la suma indignación de Dios: pues tres son los grados de la ira, a saber, ira, furor y celo. Describe aquí a Dios antropopáticamente, esto es, a modo humano, como a un rey poderosísimo provisto de todo género de armas, que marcha con su ejército a vengarse de los enemigos por quienes ha sido gravemente injuriado.
Y ARMARÁ A LA CRIATURA. No saldrá el mismo Dios armado al combate, dice Cantacuzeno, pues eso sería indigno de Dios, como si necesitara de armas para derrotar a los enemigos; en lugar de armas, pues, se servirá de las criaturas. Interiormente, esto es, en su mente, Dios vestirá la panoplia de las virtudes que le mueven a la venganza, cuales son la justicia, la equidad, el juicio certero, etc.; exteriormente se servirá de todo género de criatura para ejecutar esta venganza con obra. La razón la da san Jerónimo (sobre Mateo, cap. VIII): «Que todas las criaturas sienten a su Creador, no por el error de los herejes que juzgan animadas todas las cosas, sino por la majestad del Hacedor, de suerte que lo que entre nosotros es insensible, para Él es sensible». Toda cosa creada, pues, siente por sentido natural a su Creador, y por eso desea vengar la injuria de Él, y lo haría con apetito racional si lo tuviera; por lo cual, permitiéndolo, más aún, obrándolo e incitándolo Dios, desplegará contra los impíos todas sus fuerzas en el día del juicio. Semejante panoplia da a Dios Isaías (LIX, 17): «Se vistió de justicia como de coraza, y con el yelmo de la salvación en su cabeza; se vistió con vestidura de venganza, y se cubrió como con manto de celo».
Vers. 19. SE VESTIRÁ DE LA JUSTICIA COMO DE CORAZA, Y TOMARÁ POR YELMO UN JUICIO CERTERO. En vez de «certero», mal leen algunos «recto»: pues el griego es ἀνυπόκριτον, esto es, sincero, no fingido, no hipócrita, carente de toda simulación y disimulación, así como de acepción de personas, de modo que no se deje corromper por ruego ni precio de nadie, ni por favor, temor o respeto se aparte del recto juicio. La coraza de Dios se pone rectamente como la justicia, con la cual Dios vengará justamente las injurias infligidas a los justos por los impíos, y castigará y penará sus crímenes según sus merecimientos, para que así se restituya a la justicia su honor. La razón es que la coraza cubre el pecho y el vientre, y allí está el corazón y las entrañas, donde tiene su sede la compasión y la misericordia. Por tanto, para que Dios no se doblegue por alguna compasión, viendo tan horrendos suplicios infligidos a los impíos, arma el pecho, el corazón y las entrañas con la coraza de la justicia, que no admita ningún sentimiento de misericordia y no permita que se decrete ni haga nada sino lo justo. En esta vida Dios templa la justicia con la misericordia, de donde se dice de Él (Hab. III, 2): «Cuando estés airado, te acordarás de la misericordia»; pero en la vida futura argüirá a los impíos con furor y juicio (Sal. VI, 2), pues allí habrá juicio sin misericordia (Sant. II, 13).
Y a la cabeza congruentemente se le da como yelmo un juicio certero, esto es, simple, sincero, íntegro: porque como el juicio de la cabeza fácilmente se corrompe por dádivas, favores, amistades, temores y respetos humanos, para excluirlos se arma de sinceridad, integridad e incorrupción, a fin de que, al dar sentencia de suplicio contra los impíos, no atienda a nada sino a la magnitud de los deméritos, y a ella iguale justamente el suplicio. Pues «certero» (certum), según Sipontino, se dice de cerno, esto es, ver, y es lo mismo que claro e indudable, de suerte que la verdad misma de la cosa sea manifiesta y como vista con los ojos, sin afeite, velo ni cobertura; de donde «certero» se opone a la simulación y a la hipocresía, como se llama amor cierto al no fingido, y amigo cierto al que no simula sino que de veras se muestra amigo.
Vers. 20. TOMARÁ POR ESCUDO INEXPUGNABLE LA EQUIDAD, en griego ὁσιότητα, esto es: primero, la santidad; segundo, la equidad, el derecho, lo lícito; tercero, la religión y el culto y observancia de la divinidad; cuarto, la expiación: pues Dios en el día del juicio expiará la tierra y el mundo, y por eso barrerá de ella como inmundicia a los impíos que la contaminaron con sus crímenes, y, abriéndose la tierra, los absorberá como purgaciones y expiaciones y los precipitará al tártaro como a la más profunda y hedionda cloaca. La santidad, pues, esto es, la plena inocencia y pureza, arma aquí la izquierda de Dios como un escudo inexpugnable, para que, revestido de ella, por nadie pueda ser acusado de crueldad contra los impíos: pues los impíos y condenados, por desesperación y furor, como perros rabiosos lanzarán maldiciones contra Dios, y le llamarán cruel, verdugo y tirano, porque los atormenta tan duramente; pero Dios recibirá y rechazará todas estas acusaciones y maldiciones con el escudo de la santidad, pues mostrará que no le mueve la pasión, sino la santidad, a esta tan atroz venganza de los impíos, y que obra santa y religiosamente la causa de cada uno. Así la santidad de Cristo al reprender y castigar a los pecadores, sobre todo a los escribas y fariseos, era tan grande que Él mismo se ofrecía con sus obras al juicio de sus enemigos: «¿Quién de vosotros —dijo— me argüirá de pecado?» (Juan VIII, 46). Grande en verdad e impenetrable es el escudo que se toma de la inocencia y santidad de vida. Menos rectamente Dionisio Cartujano entiende por «equidad» la ἐπιείκειαν o moderación con que Dios modera los suplicios y castiga a los réprobos por debajo de lo que merecen: pues todo aquí respira severidad, ira y áspera venganza de Dios contra los impíos.
Comentario a la Sabiduría, cap. 5, Cornelio a Lápide · Traducción del editor, del latín (Gran Comentario, dominio público) · fuente: lapide.org (dominio público)
Evangelio (Matt. 24, 3-13)
Sequéntia sancti Evangélii secúndum Matthǽum In illo témpore: Sedénte Jesu super montem Olivéti, accessérunt ad eum discípuli secréto, dicéntes: Dic nobis, quando hæc erunt? et quod signum advéntus tui et consummatiónis sǽculi? Et respóndens Jesus, dixit eis: Vidéte, ne quis vos sedúcat. Multi enim vénient in nómine meo, dicéntes: Ego sum Christus: et multos sedúcent. Auditúri enim estis prælia et opiniónes prœliórum. Vidéte, ne turbémini. Opórtet enim hæc fíeri, sed nondum est finis. Consúrget enim gens in gentem, et regnum in regnum, et erunt pestiléntiæ et fames et terræmótus per loca. Hæc autem ómnia inítia sunt dolórum. Tunc tradent vos in tribulatiónem et occídent vos: et éritis odio ómnibus géntibus propter nomen meum. Et tunc scandalizabúntur multi, et ínvicem tradent, et odio habébunt ínvicem. Et multi pseudoprophétæ surgent, et sedúcent multos. Et quóniam abundávit iníquitas, refrigéscet cáritas multórum. Qui autem perseveráverit usque in finem, hic salvus erit.
Y estando despúes sentado en el monte de los Olivos se acercaron algunos de los discípulos y le preguntaron en secreto: Dinos ¿cuándo sucederá eso? ¿Y cuál será la señal de tu venida y del fin del mundo? A lo que Jesús les respondió: Mirad que nadie os engañe: Porque muchos han de venir en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo , o Mesías, y seducirán a mucha gente. Oiréis asimismo noticias de batallas y rumores de guerra; no hay que turbaros por eso, que si bien han de preceder estas cosas, no es todavía esto el término. Es verdad que se armará nación contra nación, y un reino contra otro reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en varios lugares. Pero todo esto aún no es más que el principio de los males. En aquel tiempo seréis entregados para ser puestos en los tormentos y os darán la muerte, y seréis aborrecidos de todas las gentes por causa de mi nombre, por ser discípulos míos; con lo que muchos padecerán entonces escándalo y se harán traición unos a otros, y se odiarán recíprocamente; y aparecerá un gran número de falsos profetas que pervertirán a mucha gente. y por la inundación de los vicios, se enfriará la caridad de muchos. Mas el que perseverare hasta el fin, ése se salvará. [Torres Amat]
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Mateo 24, 3-13 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
Remigio. Continuando el Señor en su camino, llegó hasta el monte de los Olivos. Y mientras en el camino algunos de sus discípulos mostraban y alababan la construcción del Templo, delante de éste El les predijo que habría de ser destruido completamente. Por esto, habiendo llegado al monte de los Olivos, se acercaron a El para preguntarle. Por lo cual se dice: "Y estando sentado El en el monte Olivar".
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 75, 1. Se aproximaron en secreto, porque habían de preguntarle acerca de grandes cosas. Deseaban, pues, saber el día de su venida, porque deseaban con vehemencia ver su gloria.
San Jerónimo. Le preguntan tres cosas. Primera, cuándo sería destruida Jerusalén, diciendo: "Dinos, ¿Cuándo serán estas cosas?" En segundo lugar, en qué tiempo vendría Jesucristo, y por eso le dicen: "¿Y qué señal habrá de tu venida?" En tercer lugar, en qué tiempo sucederá la conclusión del mundo. Por esto dicen: "Y de la consumación del siglo".
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom 75,1. San Lucas dice que sólo preguntaron acerca de Jerusalén, creyendo que cuando Jerusalén fuese destruida habría de suceder la venida de Jesucristo y el fin del mundo. San Marcos dice que no preguntaron todos acerca de la destrucción de Jerusalén, sino únicamente San Pedro, San Juan, Santiago y San Andrés, porque eran los que hablaban con el Salvador con más libertad y confianza.
Orígenes, in Matthaeum, 27. Creo que el monte de los Olivos representa la Iglesia formada con los gentiles.
Remigio. El monte de los Olivos no tiene árboles infructuosos sino olivares, por medio de cuyo aceite se alimenta la luz para ahuyentar las tinieblas, para dar descanso a los fatigados y salud a los enfermos. Por lo tanto, sentándose el Salvador en el monte de los Olivos en frente del templo, y exponiendo a los judíos su ruina y destrucción, da a entender que El, estando quieto y sosegado en su Iglesia, condena la soberbia de los impíos.
Orígenes, in Matthaeum, 27. El labrador, residente en el monte de los Olivos, es la Palabra de Dios confirmada en su Iglesia. Es decir, que Jesucristo siempre está injertando los ramos de la oliva silvestre sobre el buen olivar de los padres. Los que tienen confianza ante Jesucristo, quieren conocer alguna señal de su venida y del fin del mundo. De dos maneras tiene lugar la venida del divino Verbo sobre el alma. Primero, cuando se verifica la predicación de Jesucristo; esto es, cuando predicamos que Jesucristo ha nacido y ha sido crucificado. Su segunda venida tiene lugar cuando viene sobre los varones perfectos, de quienes se dice: "Publicamos su sabiduría entre los perfectos" ( 1Cor 2,6); a esta segunda venida acompañará la consumación del mundo en un varón perfecto, para quien el mundo está crucificado.
San Hilario, in Matthaeum, 25. Y como los discípulos le preguntaron tres cosas, las separa en tres diferentes tiempos y con tres significaciones. Les responde primero acerca de la destrucción de la ciudad, y después les confirma la verdad de sus palabras, no sea que alguno se atreva a engañarles. Por esto sigue: "Guardaos de que no os engañe alguno, porque vendrán muchos en mi nombre y dirán, yo soy el Cristo".
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 75,1. El Señor no respondió inmediatamente ni acerca de la destrucción de Jerusalén, ni de su segunda venida, sino de los males que en seguida debíamos evitar.
San Jerónimo. Uno de aquéllos de quienes se trata, fue Simón el samaritano, de quien leemos en los Hechos de los Apóstoles ( Hch 8,9), que se atribuía a sí mismo una gran virtud, de quien leemos en sus obras entre otras cosas, estas palabras: yo soy la palabra de Dios, yo soy omnipotente, yo soy todo lo de Dios. Pero San Juan Apóstol dice en su carta: "Habéis oído que ha de venir el Anticristo, pues ahora hay muchos anticristos" ( 1Jn 2,18). Y yo creo que todos los herejes son anticristos. No debe llamar la atención si vemos que algunos son seducidos, porque el Señor ha dicho: "A muchos engañarán".
Orígenes, in Matthaeum, 27. Son muchos los seducidos, porque la puerta que conduce a la perdición es ancha, y son muchos los que entran por ella. Y esto solo es bastante para conocer la falsedad de los anticristos que dicen: "Yo soy el Cristo", lo que nunca se lee que haya dicho el Salvador. Eran suficientes para creer que El fuese el Cristo, las obras de Dios, la doctrina que enseñaba y su propia virtud. Toda palabra que explica las Sagradas Escrituras para que se crea en ellas, pero que no dice verdad, debe considerarse como el Anticristo. Jesucristo es la verdad, y toda verdad fingida, es el Anticristo. Sabemos además que todas las virtudes son Cristo y todas las falsas virtudes el Anticristo porque el diablo tiene en la apariencia para seducir a los santos todas las clases de bienes, que posee Cristo en la verdad para edificar a los hombres, por lo tanto, necesitamos el auxiliio de Dios, para que nadie nos engañe, ni predicación, ni virtud alguna. Es malo, pues, encontrar a alguno que se equivoca en su conducta, pero aun es peor no pensar según la regla segurísima de las Sagradas Escrituras.
San Agustín, Epistola, 199, 25. Preguntando los discípulos, contestó el Señor diciéndoles aquellas cosas que habían de suceder con el tiempo, ya acerca de la destrucción de Jerusalén, que dio motivo a su pregunta; ya acerca de su venida por medio de su Iglesia, por la que no cesará de venir, hasta el fin, como se ve todos los días que viene a los suyos, porque todos los días nacen miembros suyos; ya acerca del último día en que vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos. Manifestando las señales que habrán de preceder a estas tres cosas, como debe decirse algo de estas tres señales, debemos evitar con cuidado referir a unos sucesos lo que se refiere a otros.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 75, 1-2. Aquí, pues, se habla de las guerras que vendrían sobre Jerusalén, cuando les dice: "Y también oiréis guerras y rumores de guerras".
Orígenes, in Matthaeum, 28. El que oye la gritería en las batallas, oye también las guerras y el que oye hablar de guerras lejanas, percibe las opiniones y los rumores sobre las guerras.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 75,2. Como los discípulos podían asustarse por esto, el Salvador añadió: "Mirad que no os turbéis". Además, como creían que Jerusalén sería destruida, después de estas guerras, y que el fin del mundo vendría a continuación, les dice la verdad acerca de esto, añadiendo: "Porque conviene que esto suceda, mas aun no es el fin".
San Jerónimo. Esto es, no creamos que el día del juicio se aproxima, sino que se reserva para otro tiempo. Dan señales de ello las siguientes palabras: "Porque se levantarán gente contra gente y reino", etc.
Rábano. Se advierte esto a los apóstoles para que no se asusten y abandonen Jerusalén y Judea. El fin no vendrá inmediatamente, sino que a los cuarenta años se verificará la desolación de Judea, a la que seguirá la última destrucción de la ciudad y del templo, acerca de lo cual sigue: "Se levantará gente contra gente y reino contra reino". Consta también que las profundas aflicciones con que fue devastada toda esta provincia se cumplieron al pie de la letra, como Jesucristo había dicho.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 75,. Después, para manifestar que El sería quien pelearía contra los judíos, no solamente anuncia las guerras, sino también las desgracias que vendrían de parte de Dios. Por esto añade: "Y habrá epidemias, hambres y terremotos por los lugares".
Rábano. Debe advertirse que cuando dice: se levantará una gente contra otra gente, se da a conocer la perturbación de los hombres. Que habrá pestes, he aquí la desigualdad de los cuerpos; que habrá hambre, he aquí la esterilidad de la tierra; y los terremotos por diversos lugares, he aquí la manifestación de la ira divina 1.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 75,2. Y no sucederán estas cosas sencillamente según suelen ver los hombres, sino por medio de la ira que vendrá de lo alto. Por esto no dijo que habrían de venir estos males sencillamente, esto es según se acostumbra entre los hombres, sino según la justicia que viene de lo alto Y por esto no dijo sencillamente que habrían de venir, ni de repente, sino lo dijo con cierto énfasis, por esto añade: "Y todas estas cosas principio son de dolores", de los males que sufrirían los judíos.
Orígenes, in Matthaeum, 28. Así como enferman los cuerpos antes de la muerte, así es necesario que antes de la destrucción del mundo, la tierra, como agonizante, experimente grandes y frecuentes sacudidas; que el aire, tomando cierto aspecto mortífero, se convierta en pestilente; y que faltando la fuerza vital de la tierra, ésta no produzca frutos. Por lo tanto, en virtud de la escasez de los alimentos, los hombres se excitarán por la avaricia, y harán grandes guerras. Y como las insurrecciones y las luchas serán hijas de la avaricia, y además por las codicias de mando y de la vanagloria, habrá alguno que sea la causa primera de todos aquellos males que habrán de suceder antes de la destrucción del mundo. Así como la venida de Jesucristo trajo la paz para muchas gentes en virtud de la misericordia divina, así es consiguiente que por la multiplicación de la iniquidad se enfríe la caridad de muchos, y que Dios y Jesucristo los abandonen; que se levanten muchas guerras entre ellos, puesto que la santidad no evitará que obren los principios germinadores de las guerras. Por el contrario, las fuerzas adversarias, no detenidas ni por Cristo ni por los santos, actuarán sin obstáculo en los corazones de los hombres para que se levante pueblo contra pueblo, y reino contra reino. Por lo tanto, así como algunos creen, que el hambre y la peste son producidos por los ángeles de Satanás, estos poderes también se envalentonarán entonces por las virtudes enemigas, cuando no haya discípulos de Jesucristo que sean la sal de la tierra y la luz del mundo destruyendo todo lo que siembra la malicia de los demonios. Alguna vez venían hambres y pestes sobre Israel por sus pecados, pero habían quedado libres de ellas por las oraciones de los buenos. Se dice oportunamente "por los lugares", porque el Señor no quiere destruir al género humano en un sólo día, sino juzgarlo por partes, y darle lugar a que se arrepienta. Por lo tanto, si cuando empiecen los males no se ha declarado aun la corrección general, le sucederá peor. Por esto sigue: "Todas estas cosas son principio de dolores", que habrán de seguir contra los impíos, para que sean atormentados, con agudísimos dolores.
San Jerónimo. En sentido espiritual, parece que el triunfo de la Iglesia habrá de ser mucho más glorioso después que se haya levantado un reino contra otro reino y que se haya suscitado la peste de aquéllos cuya palabra se arrastra como un reptil, y después del hambre de oír la palabra de Dios, y de la agitación de toda la tierra, y de la separación de la verdadera fe, especialmente entre los herejes que mutuamente se combaten.
Orígenes, in Matthaeum, 28. Conviene, por lo tanto, que sucedan estas cosas antes que veamos la perfección de la sabiduría que hay en Jesucristo. Pero no vendrá en seguida el fin que buscamos, porque el fin pacífico está lejos de estos hombres.
San Jerónimo. Cuando dice: "Todas estas cosas principio son de dolores", parece más bien que se parecerán a los abortos o concepciones de la venida del Anticristo, que no partos naturales.
Rábano. El Señor manifiesta la razón por que habrían de venir tantos males sobre Jerusalén y la provincia de los judíos, añadiendo: "Entonces os entregarán", etc.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 75,. O de otro modo, los discípulos al escuchar todas estas predicciones sobre Jerusalén, estaban en tal disposición de espíritu, que no sentían turbación alguna, como si oyeran males que les fueran extraños. Esperaban que les vendrían los días de prosperidad, que deseaban llegasen con grande interés. Por esto les anuncia el Salvador graves acontecimientos, que los ponían en cuidado. Así como antes les había advertido que evitasen los engaños de los seductores, ahora les predice la violencia de los tiranos, por medio de estas palabras: "Entonces os entregarán a la tribulación, y os matarán". Con toda oportunidad les hizo conocer estos males para calmarles en cierto sentido de las desgracias de los demás. No sólo los consoló así, sino que manifestándoles la causa de su aflicción, les añadió que todo lo sufrirían por su nombre. Por esto sigue: "Y seréis aborrecidos por todas las gentes por causa de mi nombre".
Orígenes, in Matthaeum, 28. ¿Pero de qué modo sería odiado el pueblo de Cristo, aun por los habitantes en los últimos extremos de la tierra? A no ser que alguno diga que ha sido dicho por exageración todos, por muchos. Pero se plantea otra cuestión respecto de las palabras: "Entonces os entregarán". Se comprende desde luego la verdad. Porque antes que sucediesen estas cosas los cristianos ya sufrían tribulaciones. Pero alguno responderá, que entonces los cristianos sufrirían tribulaciones mayores que nunca. Desean generalmente los que viven en tiempo de mayores calamidades, examinar sus causas, y tener motivo de hablar. Por lo tanto, es consiguiente que como los hombres habían de dejar el culto de los falsos dioses, por la multitud de cristianos que habría, diríase que éstos eran la causa de las guerras, hambres y pestes y también de los terremotos; por esta razón la Iglesia ha sufrido grandes persecuciones.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 75, 2. Después que había hablado de las dos clases de guerras, esto es, de las de los seductores y de las de los enemigos, les habla también de una tercera guerra, que provendría de los falsos hermanos, por esto dice: "Y muchos entonces serán escandalizados", etc. También San Pablo deplora esto diciendo: "En el exterior batallas, en el interior temores" ( 2Cor 7,5), y en otro lugar: "Peligros en los falsos hermanos" ( 2Cor 11,26): de quienes dice en otro lugar: "Los tales falsos apóstoles son operarios engañadores". Por esto añade aquí el Salvador: "Y se levantarán muchos falsos profetas", etc.
Remigio. Cuando estaba próxima la destrucción de Jerusalén, se levantaron muchos, llamándose cristianos y seduciendo a otros, a quienes San Pablo llama hermanos falsos y San Juan, Anticristos.
San Hilario, in Matthaeum, 25. Como fue Nicolás, uno de los siete primeros diáconos, que pervirtió a muchos, tergiversando la verdad.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 75, 2. Además, manifiesta lo que es más penoso para éstos, que tales falsos profetas enfriarían la religiosidad, por lo que sigue: "Y como se multiplicará la iniquidad, se enfriará la caridad de muchos".
Remigio. Esto es, el verdadero amor de Dios y del prójimo; porque cuanto más se aumenta la iniquidad, respecto de uno y de otro, tanto más se apagará el fuego de la caridad en su corazón.
San Jerónimo. Debe advertirse que no negó la fe o la caridad de todos, sino la de muchos; porque la caridad siempre permanecería en los apóstoles y en aquéllos que estuviesen identificados con ellos, acerca de lo que dice San Pablo: "¿Quién nos separará de la caridad de Cristo?" ( Rom 8,35). Por lo que se añade aquí: "Mas el que perseverare hasta el fin, éste será salvo".
Remigio. Dice hasta el fin, refiriéndose al término de su vida; porque quien persevera hasta el término de su vida, confesando a Jesucristo y en su amor, se salva.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 75, 2. Después, para que no dijeren: ¿Cómo podremos vivir entre tantos malos? les ofrece lo que es más, que no sólo vivirían, sino que también enseñarían en todas partes; por esto añade: "Y será predicado este Evangelio del reino por todo el mundo".
Remigio. Como el Señor conocía que los corazones de sus discípulos habrían de entristecerse por la destrucción de Jerusalén, y la extinción de sus gentes, los consuela diciendo, que serían muchos más los que creerían de los gentiles, que los que perecerían de los judíos.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 75, 2. En cuanto a que se había predicado el Evangelio por todas partes, antes de la destrucción de Jerusalén, oigamos lo que dice San Pablo: "En toda la tierra resonó su voz" ( Rom 10,18). Y véase cómo vino desde Jerusalén hasta España. Por lo tanto, si uno solo recorrió tanto espacio, júzguese cuanto recorrerían los demás. Por lo que escribiendo a algunos les dice acerca del Evangelio: "Que fructifica y crece en toda criatura que habita debajo del cielo" ( Col 1,6). Esta señal del poder de Jesucristo, es más grande que todo lo que había hecho en el espacio de treinta años. Porque apenas empezaba la predicación del Evangelio ya se había extendido por todos los confines de las tierra. Y aun cuando el Evangelio ya se había predicado por todas partes, sin embargo, no todos habían creído; por lo que añade: "En testimonio a todas las gentes", esto es, para acusar a aquéllos que no habían creído; porque los que creyeron testificarían contra los que no creyeron y los condenarían. Por lo tanto, después que el Evangelio haya sido predicado por todo el mundo, Jerusalén será destruida. Por esto sigue: "Y entonces vendrá el fin", esto es, el fin de Jerusalén, porque los que vieron brillar el poder de Jesucristo y que había invadido en poco tiempo toda la tierra, ¿qué perdón podían esperar si todavía eran ingratos?
Remigio. También puede referirse esto a la consumación del mundo. Porque entonces muchos se escandalizarán separándose de la fe, viendo la multitud y las riquezas de los malos y los milagros del Anticristo, y perseguirán a sus compañeros, y el Anticristo enviará falsos profetas que engañarán a muchos. Se aumentará la malicia, porque aumentará el número de los malos, y se enfriará la caridad, porque disminuirá el número de los buenos.
San Jerónimo. Será también una señal de la venida del Señor, la predicación del Evangelio en todo el mundo, de modo que ninguno tendrá excusa.
Orígenes, in Matthaeum, 28. Cuando dice: "Y seréis aborrecidos de todas las gentes por mi nombre", nadie podrá salvarse porque a la sazón todas las gentes estarán de acuerdo en contra de los cristianos, y cuando sucediese todo lo que Jesucristo ha predicho, tendrán lugar las persecuciones, ya no en una sola parte como antes, sino en general en todo el mundo se levantarán contra el pueblo de Dios.
San Agustín, Epístola, 149, 46. Y los que examinan estas palabras: "Será predicado este Evangelio del reino en todo el orbe", no crean que esto ya se verificó por medio de los apóstoles, porque esto no sucedió así, según está demostrado por documentos fidedignos. Hay, pues, en Africa innumerables gentes bárbaras, a quienes todavía no se ha predicado el Evangelio. Especialmente puede decirse esto de aquellos que son vendidos como esclavos, y no puede admitirse con justicia que éstos no pertenecen también a la promesa de Dios, porque el Señor no solamente ofreció esto a la descendencia de Abraham ni sólo a los romanos, sino que comprendió a todas las gentes en aquel juramento. Entre cuyas gentes todavía no ha penetrado la Iglesia, lo cual conviene que suceda, para que crean todos los que están fuera de ella y entonces se cumplirá aquella promesa. "Y seréis aborrecidos de todas las gentes por mi nombre". (Cómo sucedería esto si no hubiese en todos los pueblos quienes aborrezcan y quienes sean aborrecidos? Por lo tanto, la predicación no podía ser terminada por los apóstoles, siendo así que todavía hay gentes a quienes no ha llegado. Respecto a lo que dijo el Apóstol: "En toda la tierra había resonado su voz" ( Rom 10,18), aunque esta frase se refiere a tiempo pasado, dijo con palabras lo que habría de suceder, no lo que ya había sucedido o se había ultimado, como el profeta a quien se refiere como testigo. Pero dijo también que el Evangelio fructificaba y crecía en todo el mundo, para dar a entender hasta dónde podría llegar, creciendo con el tiempo. Por lo tanto, si no se sabe cuándo el Evangelio llenará todo el mundo, tampoco se sabrá cuándo llegará el fin del mundo; porque antes no sucederá.
Orígenes, in Matthaeum, 28. Cuando todo el mundo haya oído la predicación del Evangelio, vendrá el fin del mundo. Y esto es lo que sigue: "Y entonces vendrá el fin". Muchas gentes, no sólo de los bárbaros, sino también de los nuestros, no han oído todavía la palabra cristiana.
Glosa. Puede defenderse lo uno y lo otro, si se entiende de diverso modo la extensión de la predicación del Evangelio. Porque si se entiende en cuanto al fruto de la predicación que se derrama por la Iglesia de los que creen en Jesucristo sobre todas las gentes (como dice San Agustín), se da a entender que el Evangelio estará predicado por todas partes, antes de la destrucción del mundo; y esto no sucedió antes de la destrucción de Jerusalén. Pero si se entiende en cuanto a la fama de la predicación, entonces ya se ha cumplido antes de la destrucción de Jerusalén, porque los discípulos de Jesucristo ya estaban diseminados por las cuatro partes del mundo. Por esto dice San Jerónimo: no creo que hayan quedado algunas gentes que desconozcan el nombre de Jesucristo, y aun cuando no hayan tenido quien le predique, no pueden desconocer en absoluto lo que es la fe, por las gentes vecinas.
Orígenes, in Matthaeum, 28. Moralmente hablando, el que crea que esto se refiere a la venida gloriosa de Jesucristo sobre su alma, es necesario que sufra por la venida de El las asechanzas de los que obran en sentido contrario, como esforzado atleta. Cristo será aborrecido en él por todos, no sólo por las gentes materiales, sino también por las gentes que viven en exageraciones espirituales. En ciertas cuestiones habrá pocos que comprendan la verdad de una manera evidente, siendo muchos los que se escandalizarán. Caerán de ella los traidores y los acusadores, por la discusión que se suscitará entre ellos, acerca del dogma de la verdad, lo que servirá de motivo para que se aborrezcan mutuamente. También habrá muchos que predicarán con mal fin, acerca de lo que habrá de suceder, e interpretarán mal las profecías (a quienes llama falsos profetas), que seducirán a muchos, haciendo que se enfríe la caridad ferviente que antes se encontraba en la sencillez de la fe. Pero el que pueda perseverar en la tradición apostólica, se salvará; y así, predicado el Evangelio a todas las almas, servirá de testimonio a todas las gentes, esto es, a todos los pensamientos incrédulos de ciertas almas.
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena