domingo, 26 de julio de 2026 Santa Ana, Madre de la Bienaventurada Virgen María · Comm. IX Domingo después de Pentecostés

miércoles, 4 de junio de 2014

San Francisco Caracciolo, Confesor

Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.

Epístola (Sap. 4, 7-14)

Léctio libri Sapiéntiæ Justus, si morte præoccupátus fúerit, in refrigério erit. Senéctus enim venerábilis est non diutúrna, neque annórum número computáta: cani autem sunt sensus hóminis, et ætas senectútis vita immaculáta. Placens Deo Jactus est diléctus, et vivens inter peccatóres translátus est. Raptus est, ne malítia mutáret intelléctum ejus, aut ne fíctio decíperet ánimam illíus. Fascinátio enim nugacitátis obscúrat bona, et inconstántia concupiscéntiæ transvértit sensum sine malítia. Consummátus in brevi explévit témpora multa, plácita enim erat Deo ánima illíus: propter hoc properávit edúcere illum de médio iniquitátum.

Mas el justo, aunque sea arrebatado de muerte prematura, estará en lugar de refrigerio o reposo. Porque no hacen venerable la vejez los muchos días, ni los muchos años; sino que la prudencia y juicio del hombre suplen por las canas, y es edad anciana la vida inmaculada. Porque el justo agradó a Dios, fue amado de él; y como vivía entre los pecadores, fue trasladado a otra parte. Fue arrebatado para que la malicia no alterase su modo de pensar, ni sedujesen su alma las apariencias engañadoras del mundo. Pues el hechizo de la vanidad del siglo oscurece el bien verdadero; y el inconstante ímpetu de la concupiscencia pervierte el ánimo inocente. Con lo poco que vivió, llenó la carrera de una larga vida. Porque su alma era grata a Dios, por eso mismo se apresuró el Señor a sacarlo de en medio de los malvados. Viéndolo las gentes, no entendieron ni reflexionaron en su corazón [Torres Amat]

Comentario patrístico · Comentario a la Sabiduría, cap. 4 — Cornelio a Lápide

Vers. 7. «Mas el justo, si le sorprende la muerte, estará en refrigerio.» Sale al paso de una objeción tácita. Había dicho el Sabio que los impíos y adúlteros, con sus hijos, son arrebatados por una muerte prematura como frutos acerbos. Podría alguien objetar que también los justos y sus hijos mueren a veces prematuramente. Responde que la muerte de éstos, aunque respecto de la naturaleza y de la edad parezca prematura, es para ellos madura: ya porque los traslada al descanso y a la gloria eterna, ya porque la tenían prevista, y aun esperada y deseada; por lo cual la muerte los halla preparados y aguardándola como tránsito a una vida mejor. «En refrigerio», en griego, «en descanso estará»; pues aun en el purgatorio hay descanso, dice Dionisio, por la certeza de la salvación, por los sufragios de los vivos y por el consuelo de los ángeles. Así la muerte es para el justo descanso, sueño, cesación del trabajo y del dolor, recreación; y por eso no es inmadura, sino la madurez misma.

Además, el justo, en este sentido, no es «sorprendido» por la muerte, porque él mismo la concibe de antemano en su ánimo y se le adelanta: al levantarse por la mañana tiene meditado aquello de Antonio, «Piensa que este día ha de ser el último para ti»; y aquello de San Jerónimo, «Vive como quien cada día ha de morir, estudia como quien siempre ha de vivir». Por eso el justo y sabio no difiere al día siguiente el bien que se propone, sino que, si puede, lo ejecuta el mismo día, memorioso de lo del Eclesiastés (IX, 10): «Todo lo que pueda hacer tu mano, hazlo sin demora, porque ni obra, ni razón, ni sabiduría, ni ciencia habrá en el sepulcro adonde te apresuras.»

Pasa aquí el Sabio de lo particular a lo general, del casto al justo; porque quien es casto fácilmente es también justo, y quien es incontinente es injusto. San Agustín (De vita christiana) declara este versículo: «Dirá alguno: ¿por qué vemos perecer también a los buenos con los malos? Ésos no perecen, sino que se evaden: como del consorcio y de las persecuciones de los malos son librados y trasladados al descanso. Perecen de veras aquéllos a quienes, al salir de este mundo, aguarda todavía mayor suplicio y pena. Son llamados antes de tiempo los buenos, para que no sean más vejados por los perversos; y son quitados los malos, para que no persigan más tiempo a los buenos. Los justos, de las opresiones, tribulaciones y angustias son llamados al descanso; los inicuos, de sus lujos, riquezas y deleites, son arrebatados al castigo.»

Vers. 8 y 9. «Porque la vejez venerable no es la larga en tiempo, ni se mide por el número de los años: las canas del hombre son su prudencia, y la edad de la vejez es una vida sin mancilla.» En griego «venerable» es τιμία, esto es, preciosa, digna, honrada, reverenda (San Jerónimo vierte «honorable»); «no larga» es πολυχρόνιος, longeva. Vatablo: «no es honorífica la vejez que consta de largo tiempo, ni la que mides por número de años, sino que las canas se las granjea a los hombres la sabiduría, y la edad de la vejez es una vida sin tacha.» El siríaco: «las canas son la inteligencia del hombre, y el estado de la vejez, morada tranquila»; el árabe: «la veneración de la vejez no está en la muchedumbre de los años, porque las canas son la sabiduría del hombre.» Ésta es la segunda diferencia entre el justo y el impío: que el justo, aunque le sorprenda la muerte en edad juvenil, ya es anciano por la prudencia y la virtud, pues la vejez no se aprecia por los años, sino por las virtudes y los méritos; mientras que el impío, aunque sea anciano en edad, por su insensatez y sus vicios pueriles es verdaderamente niño, según aquello de Isaías (LXV, 20): «El niño de cien años morirá, y el pecador de cien años será maldito.»

La razón es que la vejez es venerable por dos causas: la primera, por la experiencia de mucho tiempo y la prudencia con ella adquirida; la segunda, por la moderación de los humores y, por ende, de las costumbres, pues en los ancianos decae el hervor de la sangre y del calor, y en su lugar sucede el frío, que apaga el ardor de la libido, de la ira y de las demás pasiones. Por eso, si a algún anciano le faltan estas dos cosas —prudencia y costumbres moderadas—, nada tiene de la senectud digno de estima y veneración; mas si un joven las posee, tiene todo lo que en la vejez es precioso. De ahí: «las canas del hombre son su sentido»; pues en griego dice «las canas son la prudencia de los hombres» (πολιὰ δέ ἐστι φρόνησις ἀνθρώποις). Esto es lo que dice Salomón (Prov. XVI, 31): «Corona de dignidad es la vejez que se halla en los caminos de la justicia»; y el Eclesiástico (XXV, 8): «Corona de los ancianos es la mucha experiencia.» Sentencia ésta que es axioma recibido y aprobado por todos, tanto por los fieles cuanto por los gentiles.

Vers. 10. «Agradando a Dios, fue hecho amado, y viviendo entre pecadores fue trasladado.» Más claro será el sentido si, con los ejemplares vaticanos, se pone coma tras «amado» y tras «pecadores»; de donde Vatablo vierte: «porque Dios se agradó de él, fue tenido por querido; y como viviese entre pecadores, fue quitado de en medio.» El sentido es: el justo, como agradase a Dios, fue por Él amado, y por eso, mientras vivía entre los pecadores, fue por Él trasladado, no fuese que, morando más tiempo entre ellos, se contagiase con sus malas palabras y ejemplos, se corrompiese, se manchase y pasase a su suerte. Alude a Henoc, de quien dice Moisés (Gén. V), que «anduvo con Dios y no apareció, porque le arrebató Dios»; palabras que los Setenta trasladaron: «y agradó Henoc a Dios, y no se hallaba, porque le trasladó Dios» (cf. Eclo. XLIV, 16; Hebr. XI, 5). Digo que «alude», pues por lo precedente y lo siguiente consta que aquí no se trata propiamente de Henoc viviente, sino del justo arrebatado por la muerte.

Vers. 11. «Fue arrebatado, no fuese que la malicia mudase su entendimiento (griego σύνεσιν; Ambrosio lee «su corazón»), o el engaño (griego δόλος) sedujese su alma.» Vatablo: «fue arrebatado para que la malicia no le mudase el sentido, ni su alma fuese engañada con fraude.» Es decir: el justo, amado de Dios, fue arrebatado para que la perversidad de los hombres de su tiempo no imbuyese ni depravase su mente con opiniones torcidas, ni consintiese en los perversos consejos de una generación perversa, ni fuese engañado por su dolo, sino que, perseverando en su justicia y en la gracia de Dios hasta el fin de su vida, muriese y se salvase. Así, el justo, arrebatado pronto antes de ser tentado, fue predestinado, dice San Agustín (De correptione et gratia). Escuchad a San Cipriano (De mortalitate): «El Espíritu Santo, por Salomón, enseña que quienes agradan a Dios son sacados de aquí más tempranamente y librados más presto, no sea que, demorándose más en este mundo, sean contaminados por los contactos del mundo.»

Con esta sentencia consuela San Jerónimo a Santa Paula por la muerte de su hija Blesila. Y de este lugar arguye San Agustín (De praedestinatione sanctorum) contra los semipelagianos, que enseñaban que cada uno es predestinado o reprobado por su mérito o demérito previsto sólo bajo condición. Directamente lo contrario enseña aquí el Sabio: que el justo es arrebatado de la vida para que la malicia no le mude; luego preveía Dios que había de mudarse si antes no lo arrebataba, y lo arrebató para que no se mudase, sino permaneciese en la justicia y así fuese elegido y salvado. Palabras de San Agustín: «Fue arrebatado, no fuese que la malicia mudase su entendimiento. Dícese esto según los peligros de esta vida, no según la presciencia de Dios, que previó lo que había de ser, no lo que no había de ser.» De donde la muerte oportuna y a tiempo no es señal de odio, sino de sumo amor, y aun efecto propio de la predestinación y elección divina. (La larga disputa escolástica sobre la ciencia condicionada de los futuros, que a Lápide desarrolla, la remite a Suárez, Vázquez, Molina, Gregorio de Valencia y a Curiel.)

Vers. 12. «Porque el hechizo de la vanidad oscurece los bienes.» Por «vanidad» (nugacitas) el griego tiene φαυλότητος, esto es, malicia, vileza, ligereza, inepcia; el siríaco: «la envidia del mal corrompe los bienes.» El «hechizo» (fascinum) es un género de encantamiento con que se ligan los hombres, y con que los magos deslumbran los ojos y los sentidos, de modo que crean ver, oír y gustar cosas hermosísimas que en realidad no ven ni gustan. Se dan tres exposiciones: primera, Francisco Valesio entiende la concupiscencia de los ojos, esto es, la avaricia y codicia de lo ajeno, tomando la frase alegóricamente de la falsa creencia vulgar en el mal de ojo; segunda —más acomodada, de a Castro—, la persuasión y el consejo de los compañeros impíos, que aconsejan los males como bienes, de suerte que el simple tenga por malo lo bueno y por bueno lo verdaderamente malo; también la adulación, pues la alabanza hechiza y enloquece a muchos, haciéndoles estimarse en más de lo que son. Tercera, cualquier concupiscencia y halago del pecado puede llamarse hechizo de la vanidad, porque cubre y oscurece la razón, la virtud y la honestidad bajo la falsa especie del deleite: son las delectaciones como sirenes que con su hermosura y su canto hechizan, ligan y matan al hombre.

«Y la inconstancia de la concupiscencia trastorna el sentido sin malicia.» (San Fulgencio lee «la instancia», porque la concupiscencia instiga y urge al hombre a proseguir lo codiciado.) Por «inconstancia» el griego tiene ῥεμβασμός, esto es, divagación, error, agitación, remolino, giro. La concupiscencia es como un torbellino que hace girar al hombre en redondo, para que ahora a esto, ahora a aquello, ahora a lo otro sea arrastrado a codiciar. La causa es, primero, que la concupiscencia es pruriginosa y salta petulantemente de un deleite a otro; segundo, que no sacia el ánimo, por vil y exigua, y pronto engendra hastío, por lo cual busca otro y otro objeto; tercero, que los deleites y los vicios están entre sí encadenados. «Trastorna» —esto es, invierte, pervierte, muda de bueno en malo— «el sentido sin malicia», en griego ἄκακον, esto es, inocente, sincero, puro. Nota, pues, aquí el Sabio dos raíces del pecado: la perversidad de las opiniones y consejos en el entendimiento, que es el hechizo de la vanidad; y la vaga intemperancia de las codicias en el apetito, que es la inconstancia de la concupiscencia. De ambas está lleno este mundo; por eso Dios, con providente benignidad, saca pronto al justo por la muerte, no sea que caiga en estos lazos y perezca.

Vers. 13. «Consumado en breve, cumplió muchos tiempos.» En griego «muchos» es μακρούς, largos; y «consumado» es τελειωθείς, esto es, el que llegó a su cumplimiento y consumación, a saber, de la virtud y de la vida justa. Así, el justo que en breve tiempo, por la gracia de Dios y su estudiosa cooperación, salió perfecto en prudencia y virtud, ha de tenerse por haber vivido largamente; pues lo que otros hicieran en muchos años, éste lo consumó en pocos. «Consumado» no es lo mismo que «consumido», muerto o difunto, como vierten Vatablo y Guarino, sino perfecto en virtud, quien por actos frecuentes, intensos y heroicos llegó en poco tiempo a la cumbre de la santidad; de donde San Ambrosio (en las exequias de Teodosio): «Perfecta es la edad donde es perfecta la virtud.» Se llaman «muchos tiempos» los que están llenos de buenas obras, y «pocos» los vacíos de ellas. Así Cristo vivió sólo treinta y tres años, y otros tantos casi el Bautista; San Antonio de Padua treinta y seis; San Casimiro veinticinco; el beato Luis Gonzaga, consumado a los veinticuatro. Y San Bernardo (epíst. 254): el justo nunca dice «basta», sino que siempre tiene hambre y sed de justicia, de suerte que, si siempre viviese, siempre se esforzaría por ser más justo; por lo cual, aunque en breve se consume, se juzga haber cumplido muchos tiempos por la perpetuidad de su virtud.

Vers. 14. «Porque su alma era grata a Dios (por la justicia inherente y la gracia infusa en él por los méritos de Cristo): por esto se apresuró (el Señor) a sacarlo de en medio de las iniquidades.» San Fulgencio: «de en medio de la iniquidad»; el griego tiene sólo «por esto se apresuró a salir de en medio de la iniquidad», como Abraham de Ur de los caldeos, Lot de Sodoma, Moisés y los hebreos de Egipto; mas mejor refiere a Lápide el «se apresuró» y el «sacarlo» a Dios, pues Dios arrebató al justo (según dijo el vers. 11); no se libró, pues, el justo a sí mismo, ya que Dios es el origen, fuente y causa primera y principal de toda gracia, liberación, perseverancia, buena muerte y salvación nuestra. «Mas los pueblos, viéndolo, y no entendiéndolo, ni poniendo en su corazón tales cosas»: es decir, los pueblos infieles o rudos vieron la temprana muerte del justo y, no entendiendo las causas ya dichas, no las guardaron en su corazón; como el mismo Sabio se declara luego (vers. 17): «Verán el fin del sabio, y no entenderán lo que Dios pensó acerca de él.»

Comentario a la Sabiduría, cap. 4, Cornelio a Lápide · Traducción del editor, del latín (Gran Comentario, dominio público) · fuente: lapide.org (dominio público)