Diálogo de Piedrasanta. Este diálogo transcurre en la comunidad imaginaria de Piedrasanta — escenario de la novela del mismo título. Más sobre la novela y los personajes →
[Como todos los domingos por la tarde, la comunidad casi al completo se ha reunido en la Casa del Peregrino. Han comido cada familia en su casa y han ido subiendo después, para la sobremesa larga junto al fuego. Huele a leña de encina y a café de puchero. Fuera, la niebla de octubre ha bajado desde las cumbres próximas y borra las encinas y los robles cercanos. La gente habla en corros pequeños y en voz baja, como quien no quiere molestar al de al lado. En un sillón junto a la chimenea, el padre Raita —que ha dicho la misa por la mañana y se ha quedado— reza el breviario, los labios moviéndose despacio. Como otros muchos domingos, ha subido alguien de fuera a debatir con Piedrasanta: hoy es Daniel, que enseñó Historia de las Religiones y Sagrada Escritura en varios seminarios y universidades católicas, y que en los últimos años se ha ido acercando a los grupos tradicionales —Una Voce, la Fraternidad— y que ha dialogado largo, además, con luteranos tradicionales. Anda en un año sabático, sopesando una oferta para enseñar en el seminario de un grupo tradi, de esos más o menos integrados todavía en la secta del Vaticano II. Se ha sentado frente a Ricardo, en el banco largo, con una Biblia de tapas gastadas y un cuaderno. Cuando se vuelve hacia Ricardo y alza un poco la voz, los corros se acallan y el padre Raita cierra el breviario y lo deja sobre la rodilla.]
DANIEL: Ricardo, te quería plantear un único tema muy concreto. Tú eres hombre de los Padres y de Trento, y lo respeto. Pero hay una cosa que en tu mundo no se dice y que la Iglesia enseña hoy con todas las letras: que la Antigua Alianza no ha sido nunca revocada. Lo dice el Catecismo, en el número 121.1 Lo dijo Juan Pablo II en Maguncia. La vieja «teología de la sustitución», esa de que la Iglesia ocupó el lugar de Israel y que el judaísmo quedó vacío y maldito, ha hecho mucho daño: detrás de ella está el desprecio, y detrás del desprecio, a la larga, Auschwitz. ¿De verdad quieres defender eso?
RICARDO: Voy a defender algo, Daniel, pero no eso que tú acabas de describir, porque eso es un muñeco de paja. Y eso último que has soltado —que la «teología de la sustitución» ha hecho mucho daño, que detrás de ella está el desprecio a los judíos, y detrás del desprecio, a la larga, Auschwitz— todo eso es ruido. Ruido que repetís sin pesarlo. Te voy a contar una cosa para que la medites, y para que en adelante moderes tus palabras antes de acusar a la Iglesia de Cristo. Los judíos rezan, o tendrían que rezar, un mínimo de tres veces al día una oración que se llama Amidá. ¿Y sabes cuál es su bendición duodécima, en el centro mismo de esa plegaria? La Birkat ha-Minim: una maldición contra los herejes que, en sus versiones antiguas, nombra expresamente a los notzrim, a los nazarenos —es decir, a nosotros—. Y no es de anteayer: se compuso en tiempo apostólico, hacia el final del siglo primero, después de la segunda destrucción del Templo.2 ¿Lo oyes bien? Durante dos mil años, tres veces al día, han estado maldiciendo a los cristianos en su oración central. Y ahora vuelve a hablarme tú del antisemitismo cristiano.
[Ricardo, contra su costumbre, empezó a hablar más rápido y a subir el tono según hablaba. Blanca, que normalmente escuchaba con la vista baja, levantó los ojos, miró directamente a Ricardo y se puso un dedo sobre los labios. Ricardo se calló unos segundos, y luego siguió en un tono más bajo.]
Te resumo mi tesis, para que quede clara desde el principio. La Antigua Alianza, en cuanto régimen de la Ley —circuncisión, sábado, sacrificios del Templo, todo el sistema mosaico—, fue cumplida y abrogada por la venida de Cristo. Observarla hoy como camino de salvación no solo es inútil: es ilícito. Eso lo enseñó la Iglesia desde los Apóstoles y lo definió un concilio. Y a la vez te concedo, antes de que me lo eches en cara, que el Antiguo Testamento conserva su valor para siempre y que Dios no falta a sus promesas. Pero atiende, porque aquí está todo: lo único que de la Antigua Alianza sigue vigente es Cristo, que es su plenitud. La Escritura antigua, la promesa, la elección valen en cuanto lo anuncian a Él; fuera de Él no se sostienen. Cierto que «la Antigua Alianza no ha sido nunca revocada»: no ha sido revocada, ha sido cumplida en Cristo, de modo que el que rechaza a Cristo, en realidad, rechaza la Antigua Alianza. Por eso tu frase no es media verdad ni un descuido: es una trampa. Suena piadosa, sabe dulce, y por dentro lleva el veneno del error.
DANIEL: ¿Qué error? La frase es de una limpieza perfecta: la Antigua Alianza no ha sido revocada. ¿Qué hay que matizar ahí?
RICARDO: Hay que preguntar una cosa elemental: ¿no ha sido revocada qué? Porque «Antigua Alianza» no es una sola cosa. ¿Hablamos de la promesa hecha a Abrahán, de la elección de un pueblo, del Antiguo Testamento como palabra de Dios? Entonces sí, no se revoca nada: porque todo eso desemboca en Cristo, y lo que de verdad permanece —su plenitud— es Él. ¿O hablamos de la alianza del Sinaí, del pacto de la Ley con sus seiscientos trece preceptos, de los sacrificios de animales y la circuncisión como puertas de la gracia? Entonces la respuesta de toda la Tradición es que eso cesó. Cuando tú dejas la frase sin sujeto, dejas que el oyente entienda lo segundo. Y lo segundo es justamente lo que san Pablo combatió a vida o muerte.
[El padre Raita, con el breviario cerrado sobre la rodilla, escuchaba sin intervenir; sonrió apenas.]
DANIEL: Pues vamos a Pablo, que es mi terreno. Romanos 11. Pablo se pregunta expresamente si Dios ha rechazado a su pueblo, y responde: «¡De ningún modo!».3 Y remata con la frase que el Catecismo y Juan Pablo II recogen: «los dones y la llamada de Dios son irrevocables».4 Y antes ha puesto la imagen del olivo: las ramas naturales —Israel— pueden ser desgajadas, pero la raíz que las sostiene es santa, y Dios puede reinjertarlas.5 Pablo no dice que Dios haya cambiado de pacto como quien cambia de camisa. Dice que es fiel. Si Dios revocara su alianza, sería un Dios que rompe su palabra. Y eso es impensable.
RICARDO: Estoy de acuerdo en que Dios es fiel y no rompe su palabra. Pero mira lo que el propio Pablo dice tres versículos antes del que tú citas, en el mismo capítulo, porque no se puede cortar la frase por la mitad. Pablo dice: «todo Israel será salvo».6 ¿Cuándo? Cuando se cumpla la entrada de los gentiles y entonces Israel reconozca a su Mesías. Es decir: la fidelidad de Dios a Israel no consiste en mantenerle abierta una puerta aparte de Cristo; consiste en que al final Israel se convertirá a Cristo. Los dones son irrevocables porque la vocación de Israel sigue en pie: pero esa vocación es entrar en la Iglesia, no quedarse fuera con un pacto propio. Y tu olivo dice exactamente eso: las ramas desgajadas no se quedan tan ricamente en otro árbol. Pablo dice que hay que reinjertarlas en el mismo olivo.7 Un solo olivo, Daniel. No dos.
DANIEL: Pero «irrevocable» es irrevocable. Si la llamada sigue en pie, algo de la Antigua Alianza sigue en pie ahora, no solo al final de los tiempos.
RICARDO: Sigue en pie la elección y la promesa, que son irrevocables porque Dios las hizo a Abrahán por pura gracia, antes de la Ley y al margen de la Ley. Eso es lo que Pablo defiende en Gálatas: la promesa es anterior a la Ley en cuatrocientos treinta años, y la Ley, que vino después, no anula la promesa.8 La promesa abrahámica nunca se revocó: se cumplió en Cristo, que es «la descendencia» a la que se hizo.9 Lo que sí pasó, y Pablo lo dice con todas las letras, es que la Ley era «un ayo para llevarnos a Cristo; pero venida la fe, ya no estamos bajo el ayo».10 El ayo cumple su oficio y se retira. Eso no es infidelidad de Dios: es que el andamio se quita cuando el edificio está en pie.
DANIEL: Pero vuelvo a Nostra Aetate, que es donde tú no quieres entrar: Dios «no se arrepiente de sus dones ni de su llamada». Si no se arrepiente, los dones siguen. Eso lo dijo el Concilio en 1965, no Juan Pablo II en 1980. Tu pelea con la fórmula de Maguncia es una cortina de humo: la sustancia está en el texto conciliar mismo.
RICARDO: En eso te doy la razón, y me alegra que lo digas, porque es justo lo que yo sostengo: el problema no nace en 1980, nace en 1965. «No se arrepiente de sus dones» aplicado al judaísmo de hoy es decir que la Antigua Alianza sigue vigente. Maguncia solo lo pone en limpio.11 Pero mira lo que significa de verdad «Dios no se arrepiente», porque la Escritura lo enseña con un episodio terrible. Moisés sube al Sinaí a recibir la Ley, y mientras tanto, al pie del monte, el pueblo elegido —el mismo pueblo de la promesa— se fabrica un becerro de oro y lo adora. ¿Qué hace Dios? No se arrepiente de su promesa a Abrahán, cierto. Pero manda a los levitas pasar a cuchillo a los idólatras, y caen tres mil aquel día.12 Esa es la lección, Daniel: la promesa no se hereda por la sangre ni se conserva sin fidelidad. Hay que merecerla. No es un cheque al portador que el judío cobra por nacer judío.
DANIEL: Pero entonces, si la promesa exige fidelidad y la mayoría no fue fiel, ¿qué queda de la promesa? La haces depender del hombre.
RICARDO: No de los méritos del hombre, sino de la fe. Y lo que queda es lo que Pablo llama el resto. Toda la historia de la salvación es una línea recta: de Abrahán a Cristo, derecha como una vara. Y a lo largo de esa línea, una y otra vez, la mayoría del pueblo de Dios apostata —el becerro, los profetas asesinados, los reyes idólatras— y solo un resto permanece fiel. «Aunque el número de los hijos de Israel fuera como la arena del mar, solo un resto se salvará», dice Isaías, y Pablo lo repite.13 La promesa nunca falló: se fue estrechando hasta el resto fiel, y el resto fiel desemboca en Cristo y en los que le siguen. Esa es la fidelidad de Dios. No mantener con vida un pacto que el pueblo rompió, sino llevar la promesa a término por el camino del resto.
DANIEL: Te concedo la distinción entre promesa y Ley, es buena escolástica. Pero entonces explícame por qué hizo falta el Concilio para corregir siglos de antijudaísmo. Y te traigo una autoridad que hasta vosotros respetáis por su talla: Joseph Ratzinger escribió que antes del Concilio no existía propiamente una «teoría de la sustitución».14 Si lo dice un teólogo de su altura, tu «toda la Tradición lo enseñó» se tambalea.
RICARDO: Me citas a Ratzinger para validar el Concilio, cuando Ratzinger es uno de los redactores del Concilio. Fue perito en el aula, de los jóvenes que empujaron las novedades, y luego prefecto y papa de esa misma línea. Pedirle a él que certifique que el Concilio acertó es preguntarle al cocinero si el guiso está bueno. En lo sustancial no se distingue de Montini ni de Bergoglio; se distingue en que era mucho más inteligente y mucho más culto, y por eso supo vestir la ruptura con palabras de continuidad. Que un hombre sea brillante no lo hace ortodoxo: lo hace más capaz de disfrazar el error.
[Ricardo se inclinó hacia el fuego y atizó las brasas. Una familia se sentó en el banco del fondo.]
RICARDO: San Justino, en el siglo segundo, discutiendo con el judío Trifón, le dice que «la ley dada en el Horeb ya es vieja, y era solo para vosotros; esta otra es para todos».15 San Ireneo distingue con una claridad que deberías agradecer: los preceptos naturales —no matar, no robar, amar a Dios— Cristo no los abolió, «los amplió y los llevó a la perfección»; pero los preceptos ceremoniales de Moisés cesan con la venida del Señor.16 ¿Ves? No es desprecio del Antiguo Testamento. Es distinguir lo que permanece de lo que era figura. Eso es lo que tu frase del Catecismo no distingue, y los Padres sí.
DANIEL: Citas a Justino y a Ireneo, que son suaves. Pero detrás de tu posición está Crisóstomo, con sus discursos contra los judíos, que son un monumento de dureza. ¿Eso también lo defiendes?
RICARDO: Lo defiendo entero, tono incluido, porque su tono no es odio: es ira santa, la misma de Elías ante los profetas de Baal y la de Jeremías ante los que quemaban incienso a dioses ajenos. Los profetas de Israel no fueron suaves con la idolatría, y nadie los acusa de antisemitas. Y fíjate en lo que de verdad le quemaba a Crisóstomo, porque lo malinterpretas: no le preocupaba que los judíos existieran; le preocupaba que cristianos de Antioquía iban a guardar el sábado y los ayunos en la sinagoga. Su grito —«cuando había necesidad de observar la Ley, la pisotearon; ahora que la Ley ha dejado de obligar, se obstinan en observarla»17— es contra un peligro concreto: que esos judaizantes arrastraran a otros. No es que el que vuelve a la Ley se tire él solo al fuego; es que con su ejemplo lleva detrás a los débiles. Por eso la dureza. El pastor que ve al lobo no susurra.
DANIEL: «Fuera de tiempo» no es «pecado mortal». Hay distancia.
RICARDO: La hay, y la recorrió san Agustín, que es quien fija la doctrina. En la carta 82, a san Jerónimo, escribe que las ceremonias judías, después de la pasión de Cristo, «son mortíferas y perniciosas para los cristianos, y quien las observe recae en el abismo del diablo, ya venga de los judíos, ya venga de los gentiles».18 Y distingue los tiempos: lo que en tiempo de los Apóstoles aún podía tolerarse, «ahora hay que detestarlo». Santo Tomás recogió esto y lo ordenó en la fórmula clásica de los tres tiempos: la Ley ceremonial era viva antes de Cristo, quedó muerta con su Pasión, y es mortífera una vez promulgado el Evangelio, porque observarla «es contraria a la verdad de la fe cristiana, que confiesa ya cumplido lo que aquellos ritos prefiguraban».19 No es un exabrupto de Crisóstomo, Daniel. Es Agustín, es Tomás, y es doctrina común.
DANIEL: (pasando una página del cuaderno) Pero eso son Padres y teólogos. Yo te puedo oponer Padres y teólogos modernos. La cuestión es qué enseña la Iglesia, no qué opinó Tomás.
RICARDO: Entonces te doy lo que la Iglesia definió, que es de otro rango que una opinión. Concilio de Florencia, año 1442, bula Cantate Domino. Escucha, porque es un concilio ecuménico definiendo solemnemente: «la santa Iglesia Romana firmemente cree, profesa y enseña que las prescripciones legales del Antiguo Testamento, o sea, de la Ley de Moisés, cesaron una vez venido nuestro Señor Jesucristo… y que peca mortalmente quienquiera que, después de la Pasión, las observe como necesarias para la salvación; declara ajenos a la fe de Cristo a todos los que, después de promulgado el Evangelio, observan la circuncisión, el sábado y las demás prescripciones legales, y afirma que en modo alguno pueden ser partícipes de la salvación eterna».20 Eso, Daniel, es un concilio. No es un sermón. ¿Cómo se concilia con un judaísmo «vigente y salvífico»?
[El padre Raita asintió despacio, sin apartar la vista de los dos. Daniel se quedó un momento mirando el fuego.]
DANIEL: Florencia habla de quien observa la Ley «como necesaria para la salvación». No condena al judío de buena fe que vive su tradición sin haber conocido el Evangelio. Es más estrecho de lo que lo pintas.
RICARDO: Te voy a hacer una pregunta, Daniel, y piénsala antes de responder: ¿de qué judío me hablas? Porque ese «judío de buena fe que no ha conocido a Cristo» es una figura de seminario, no un hombre real. El judaísmo de hoy no es la religión de Moisés congelada en el tiempo. Es el rabinismo, y su libro normativo, junto al Tanaj, es el Talmud. ¿Y sabes qué hay en el Talmud sobre Jesús? No silencio, no ignorancia: hay blasfemia. Lo presenta como hijo bastardo de un adulterio, con la Santísima Virgen difamada como adúltera; lo da por ejecutado con justicia y castigado en el otro mundo en excremento hirviente. Y esto no es panfleto antisemita mío: lo documenta un catedrático judío de Princeton, Peter Schäfer, que las llama contranarrativas que parodian deliberadamente los Evangelios.21 Dime entonces: ¿dónde está ese judío que «no conoce» a Cristo? El judío coherente con su religión está educado, desde niño, contra Cristo.
DANIEL: Estás cargando contra una religión entera por unos pasajes polémicos de hace mil quinientos años.
RICARDO: Estoy señalando lo que cambia toda la cuestión, y atiende, porque es el corazón del asunto. Una cosa es decir que alguien se salva sin Cristo —ya sería negar que solo Cristo salva y que fuera de la Iglesia no hay salvación—. Pero la tesis de la alianza vigente, aplicada al judaísmo real, dice algo peor: que alguien se salva contra Cristo, profesando la religión que lo blasfema. Y eso ya no tiene nombre de herejía corriente. San Juan lo nombró: «¿Quién es el mentiroso sino el que niega que Jesús es el Cristo? Ese es el anticristo».22 Por eso lo que cierra Florencia de un portazo no es un detalle ritual: es que la observancia de la Ley sea vía de salvación tras Cristo. Lo dijo también Pío XII, a quien nadie acusará de antisemita después de lo que hizo por los judíos en la guerra: la Antigua Ley «murió en la Cruz».23 Murió. No quedó en un carril paralelo, y menos en uno que lleva el signo contrario.
DANIEL: Ya, pero Pío XII es preconciliar. Yo te hablo del Magisterio vivo. Nostra Aetate, en 1965, dijo que los judíos siguen siendo queridísimos por Dios y que no hay que presentarlos como reprobados.24 Juan Pablo II habló de la alianza «jamás revocada». El documento de la Comisión para las relaciones con el judaísmo, en 2015, dice que la Iglesia no dirige una misión institucional a los judíos y que la teología de la sustitución está «privada de fundamento».25 ¿Quién eres tú para poner a Florencia por encima del Papa que vive?
RICARDO: Para ahí, Daniel, porque la pregunta misma está envenenada y no te la voy a admitir. Hablas de «Magisterio vivo» como si fuera una instancia que pudiera estar por encima de la fe definida. Eso no existe en el catolicismo, y conviene que lo veas antes de mirar un solo papel. Te doy el principio, y es de lógica férrea: la Iglesia enseña la verdad sin error; cuando define dogmáticamente una verdad, esa verdad es eterna e inerrante, porque la asiste el Espíritu Santo. Por tanto, si después —y da exactamente igual quién: un papa, mil papas seguidos, mil concilios— alguien enseña lo contrario de lo definido, no hay nada que sopesar ni balanza que sacar: sabemos con certeza que ese que contradice es hereje y apóstata y que no tiene la autoridad que aparenta. La contradicción del Vaticano II respecto a los judíos no abre un debate; lo cierra.
DANIEL: Pero yo no te estoy contradiciendo a Florencia: te estoy citando al Papa que vive hoy.
RICARDO: Y por eso te doy la vuelta a la pregunta, que es donde está la trampa. No soy yo quien pone a Florencia por encima del «papa que vive»: es Florencia, definición solemne de un concilio, la que juzga a quien la contradiga, viva cuando viva. El que se ha puesto por encima del dogma es tu papa vivo, y al ponerse por encima se ha puesto fuera. Fíjate bien en lo que esto significa, porque lo tienes del revés: que el Vaticano II choque con Florencia no es, como tú crees, un argumento contra Florencia ni una prueba a favor del Concilio. Y te lo repito, a ver si así te cala: aunque lo proclamara un papa en la encíclica más solemne, contra una definición de fe no solo no obligaría, sino que, al revés, probaría su caída.
DANIEL: Hablas como si lo moderno fuera todo ruptura. Pero hay una lectura moderada que no rompe nada. El mismo Benedicto XVI dijo que las dos tesis —que Israel no es sustituido por la Iglesia y que la alianza no fue revocada— son «básicamente correctas, pero imprecisas».26 Y en su Jesús de Nazaret escribe que la Iglesia no debe ocuparse de convertir a los judíos, porque eso se reserva al fin de los tiempos, «hasta que entre la totalidad de los gentiles».27 Eso no es la herejía judaizante. Es prudencia apoyada en Romanos 11. ¿Eso también lo condenas?
RICARDO: Distingue, porque mezclas dos cosas. Hay un sentido en que esas frases son verdad, y lo sostengo yo mismo: que el Antiguo Testamento conserva valor permanente como Escritura —contra eso atentó Marción, no la Iglesia—; que hay un resto elegido y que Israel se convertirá al final; que la elección y la promesa son irrevocables. Si «alianza no revocada» significara eso —la fidelidad de Dios a su promesa, que culmina en la conversión de Israel a Cristo—, no tendría nada que objetar. Pero fíjate de dónde saco yo ese sentido verdadero: de Pablo y de san Bernardo, no de Ratzinger. Que Ratzinger cite a Bernardo no convierte su lectura en tradicional; lo tradicional es Bernardo. Y lo que Ratzinger añade de suyo —que las dos tesis son «correctas pero imprecisas»— no es una garantía de continuidad: es la imprecisión calculada que deja la puerta entornada. El hombre era lo bastante fino para saber que la frase, dicha sin sujeto, se leería en el sentido fuerte; y la dejó así. Esa ambigüedad no la firmo como salida legítima. El sentido verdadero lo tenía la Iglesia dos mil años antes de que él naciera, y es uno solo: Cristo. Lo único vigente de la Antigua Alianza es Él, su plenitud; el Antiguo Testamento solo se entiende de verdad en función de su promesa cumplida, que es Cristo. Y aquí está el veneno que te anuncié al principio: en cuanto sacas a Cristo del medio —que es lo que hace quien rechaza el Nuevo Testamento, y lo que esa frase consiente—, el Antiguo Testamento mismo se vuelve falso. Deja de ser palabra de Dios sostenida y se convierte en veneno. No hay un Antiguo Testamento «vigente» al margen de Cristo: hay un libro que, sin su cumplimiento, miente.
DANIEL: Entonces estamos de acuerdo.
RICARDO: No del todo, y te digo dónde nos separamos. Lo que yo rechazo, y lo que Florencia cierra, es la lectura fuerte: que el judaísmo posterior a Cristo sea, como religión, un pacto válido y salvífico por sí mismo, paralelo a la Iglesia. Esa es la tesis que un teólogo serio, Christopher Ferrara, denunció hace años cuando ciertos católicos de origen judío sostuvieron que Dios «adaptó» la religión rabínica de la Antigua Alianza para que subsistiera como «canal de gracia válido y eficaz» para los judíos.28 Eso, Daniel, es exactamente la herejía que Pablo combate en Gálatas. Óyelo: «si os circuncidáis, Cristo de nada os aprovechará… habéis roto con Cristo los que buscáis la justificación en la Ley».29 No lo digo yo: lo dice el Apóstol, contra los que querían sostener los dos sistemas a la vez.
DANIEL: Pero el documento de 2015 no dice eso. No dice «hay dos vías». Dice que no se hace proselitismo institucional con los judíos.
RICARDO: «No dirige misión a los judíos». Para en esa frase, Daniel, y mídela contra el mandato del Señor, que es lo último que dijo antes de subir al cielo: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. El que crea y se bautice se salvará; el que no crea se condenará».30 A toda criatura. No dijo «a todos menos a los judíos». De modo que decir que a los judíos no hay que predicarles significa exactamente tres cosas, y conviene nombrarlas sin pudor. Primera: desobedecer expresamente al Señor, que mandó predicar a todos los hombres. Segunda: condenar a los judíos —dejarlos sin el único medio de salvación es, en cristiano, abandonarlos a la condenación, por mucho que se disfrace de respeto—. Y tercera: para poder callar sin remordimiento, hay que enseñar antes que sin Cristo alguien se salva; si no, el silencio sería un crimen, y nadie lo sostendría. Y hay una cuarta, la más honda, porque toca el cimiento: esa frase descansa sobre una mentira. El judaísmo no ha salvado nunca, ni antes ni después de Cristo —ya te lo mostraré en Romanos, donde Pablo machaca que ni por la Ley se justificó nadie—. Tan cierto es, que después de morir en la Cruz, Cristo descendió a los infiernos a rescatar a los profetas y a los justos de la antigüedad, que no estaban en el cielo, sino esperando en el seno de Abrahán. A todos tuvo que ir a buscarlos: a Abrahán, a Moisés, a David, y hasta a su propio padre putativo, san José, que tampoco se había salvado todavía, porque sin Cristo no se salva nadie.31 Si ni los santos de la Antigua Alianza se salvaron por ella, sino que aguardaron a que Cristo bajara a abrirles la puerta, dime cómo va a salvar hoy esa misma alianza a un judío que rechaza a Cristo. Por eso lo que el Vaticano II enseña sobre los judíos no es una torpeza pastoral: es una enseñanza contra Dios, que mandó lo contrario, y a favor del que no quiere que los hombres se salven. A favor del anticristo. A favor de Satanás. Y lo demás cae por su peso: por eso se suprimió la oración del Viernes Santo por su conversión, y por eso se les llama «hermanos mayores» callando que el hermano mayor de la parábola es el que se quedó fuera del banquete.
[Daniel guardó silencio. El fuego se había consumido un poco; alguien echó un tronco nuevo y saltaron chispas.]
DANIEL: Dejo entonces la autoridad, que ahí no me das tregua. Pero me queda lo que de verdad me pesa: toda la Iglesia que yo conozco —el Papa, mis obispos, el Catecismo con que me formé— enseña esa frase. Si tienes razón, me he criado entero dentro de algo que no es la Iglesia.
RICARDO: Eso es justamente lo que el principio te obliga a concluir, por duro que suene; y prefiero decírtelo claro a consolarte con vaguedades. En lo que toca a este punto, eso con lo que te formaste no es la Iglesia de siempre con unas arrugas nuevas: es la estructura que ocupó su sitio. No hay término medio. Florencia definió que la Ley mosaica cesó y que observarla como salvífica tras el Evangelio excluye de la salvación eterna; lo que enseña lo contrario no es Magisterio, lo firme quien lo firme. Florencia no se equivocó: ese es el punto fijo, y desde él se mide todo lo demás, empezando por quien hoy se siente con derecho a contradecirla.
DANIEL: Pero eso, llevado hasta el final, condena a un concilio ecuménico entero.
RICARDO: Hasta el final es a donde hay que llevarlo, sí. No te lo voy a dorar. Si un «concilio» enseña que se puede salvar uno contra Cristo —y eso es lo que enseña al dar por vigente y salvífica la religión que blasfema de Cristo—, ese concilio no profesa la fe de Cristo: profesa la del anticristo, en el sentido exacto de san Juan. Y lo que se funda sobre esa enseñanza no es la Iglesia Católica con una mancha: es otra religión, una religión del hombre con ropaje católico, levantada a mayor gloria del que niega al Hijo. Sé que es una frase tremenda. Pero no es un exabrupto: es la única conclusión que respeta a la vez el principio dogmático y los textos. Lo que no se puede es proclamar el principio y luego hacer la vista gorda con quien lo viola desde la cátedra.
DANIEL: Es coherente dentro de tu sistema. No lo comparto, y seguiré sin compartirlo, pero no encuentro ahora mismo dónde romper la cadena.
RICARDO: Búscalo, que para eso discutimos. Y mientras lo buscas, fíjate en lo único que de verdad nos une hoy: ni tú, como católico que acepta el Concilio, ni yo, podemos firmar que «el judaísmo salva sin Cristo» —y menos aún contra Cristo—. Si tú lees «alianza no revocada» en su sentido débil para huir de esa conclusión, es que tu instinto católico va por el buen camino, aunque la fórmula te empuje al otro. Ahí, al menos, estamos del mismo lado de la trinchera.
DANIEL: (con media sonrisa) Curioso aliado me has salido.
RICARDO: Más curioso es el otro aliado que tienes sin saberlo, y deberías conocerlo porque te toca de cerca en la ciudad. La misma idea de dos pueblos con dos planes —Israel por un lado, la Iglesia por otro— la predican los evangélicos americanos. Se llama dispensacionalismo: lo armó un tal Darby en el siglo diecinueve y lo popularizó la Biblia anotada de Scofield.32 De ahí sale el sionismo cristiano, esa gente que sostiene que el judío fiel a la Torá no necesita convertirse. Fíjate en la ironía: el progresista católico que quiere ser amable con los judíos y el fundamentalista protestante que quiere acelerar el fin de los tiempos llegan a la misma conclusión por caminos opuestos —dos alianzas, dos vías— y los dos rompen el único olivo de Pablo. Cuando una tesis la firman a la vez Darby y una comisión romana, algo falla en la tesis.
DANIEL: No me parece justo meter en el mismo saco a la Comisión para el Judaísmo y a los telepredicadores de Texas.
RICARDO: No los meto en el mismo saco moral; te señalo que la estructura del error es la misma. Dos pueblos, dos pactos, dos salvaciones. Y la Escritura conoce un solo pueblo de Dios, ni dos ni tres: el Israel verdadero, que es Cristo y los suyos, judíos y gentiles injertados en el mismo tronco. Ese pueblo, hoy, es la Iglesia Católica, y nada más. Ella es el resto fiel del que hablábamos; lo que queda fuera no es un segundo pueblo elegido con pacto propio, sino los que renegaron y aún no han vuelto. Un solo pacto definitivo sellado en una sola sangre, y un solo nombre bajo el cielo por el que podamos salvarnos. Esa es la Nueva Alianza: no la abolición del Antiguo, sino su cumplimiento. Lo que estaba escrito en tablas de piedra, ahora en el corazón;33 lo que era sombra, ahora cuerpo; lo que era promesa a un pueblo, ahora ofrecido a todos —a condición de entrar por la única puerta—. La Antigua preparó; la Nueva consuma. Y entre las dos no hay dos caminos: hay un camino que llega a su término, y fuera de él, intemperie.
[Un silencio. La niebla había llegado hasta los cristales. El padre Raita, que lo había seguido todo callado, dejó escapar un suspiro hondo.]
DANIEL: Me llevo lo que más me cuesta admitir, Ricardo: que esa frase, suelta, es mucho más peligrosa de lo que yo creía. Lo que no te concedo todavía es la conclusión sobre la sede; ahí seguiremos discutiendo otro domingo. Pero ya no la repetiré con la inocencia con que la traía.
RICARDO: No la repitas con ninguna inocencia, porque no es media verdad: es una trampa de miel. La pruebas, está dulce, y sigues comiendo… y lleva veneno dentro. Lo único vigente de la Antigua Alianza es Cristo, su plenitud; quítale a Cristo y lo que te queda en la boca no es la mitad de una verdad, es el azúcar puesto sobre el veneno. Decirle «tu alianza sigue vigente» a un pueblo que rechaza a Cristo no es consolarlo con una verdad a medias: es darle de comer la mentira con dulce, y dejarlo tan tranquilo camino de la perdición. Por eso hay que escupir la frase entera, no completarla. Anda, quédate a cenar; el padre Raita se vuelve mañana a la ciudad y os bajáis juntos.
[El padre Raita se guardó el breviario en el bolsillo de la sotana y se levantó del sillón hacia la mesa. Fuera, la niebla lo había borrado todo menos la luz amarilla de la ventana.]