Diálogo sobre las herejías del Vaticano II (1)

Diálogo de Piedrasanta. Este diálogo transcurre en la comunidad imaginaria de Piedrasanta — escenario de la novela del mismo título. Más sobre la novela y los personajes →

Sobre el Concilio Vaticano II. Esta es la primera de dos partes. Segunda parte: 2. La secta anticatólica · El mismo tema, con todas las fuentes y citas, en el informe sistemático.

1. La nueva fe

[La Casa del Peregrino, un domingo de octubre por la tarde. El otoño ha llegado pronto este año y la chimenea ya arde con fuerza; huele a humo de roble y a lana mojada. La mesa larga está llena como cada domingo: Miguel y Elena con los niños mayores — Tomás, María, José, Isabel —, Blanca sentada junto a Elena con las manos sobre el vientre apenas abultado, Andrés y Lucía Vidal con el pequeño Daniel entre los dos, Tomás Ortega apoyado contra la pared con los brazos cruzados, Pedro y Marta Sánchez en su sitio de siempre junto a la ventana, y la vieja Asunción en el banco del fondo, con las manos cruzadas sobre el regazo. Los niños pequeños juegan en el suelo cerca del fuego; de vez en cuando Elena manda callar a uno sin levantar la voz. Ricardo tiene un libro viejo sobre la mesa. Esteban acaba de llegar — profesor de teología en un seminario diocesano, formado en la escuela de Ratzinger, que ha subido a Piedrasanta por primera vez tras una correspondencia de meses. Ha asistido a la misa moderna esta mañana en Sombraña y después ha subido los diez kilómetros de pista en el Patrol de Sebas; dormirá arriba, en una de las habitaciones de la Casa del Peregrino, porque el camino de tierra es peligroso de noche. Lleva un maletín con documentos. Se ha quitado el abrigo y lo ha doblado sobre el banco. Está de pie todavía.]

ESTEBAN: Ricardo, te agradezco que me recibas. He leído lo que escribes sobre el Concilio y me parece que cometes un error grave. Vengo a discutirlo contigo con franqueza.

RICARDO: Siéntate y habla con franqueza.

ESTEBAN: (sentándose) Mi tesis es sencilla. Reconozco que tras el Concilio ha habido abusos terribles. La liturgia se ha destruido. La catequesis ha desaparecido. La disciplina se ha relajado hasta la obscenidad. Todo eso lo veo y lo condeno. Pero esos abusos son culpa de una mala aplicación del Concilio, no del Concilio mismo. Los textos conciliares, leídos a la luz de la Tradición — lo que Benedicto XVI llamó la «hermenéutica de la continuidad» —, son perfectamente ortodoxos.1

RICARDO: ¿Perfectamente ortodoxos?

ESTEBAN: Sí. El Concilio no definió dogmas nuevos. Fue un concilio pastoral. Juan XXIII lo dijo claramente. Los textos son pastorales, no dogmáticos, y deben leerse en continuidad con la Tradición anterior.

[Ricardo cerró el libro que tenía sobre la mesa y lo apartó.]

RICARDO: Empecemos por ahí. ¿Puede un concilio ecuménico de la Iglesia Católica enseñar herejía?

ESTEBAN: No, evidentemente.

RICARDO: ¿Ni siquiera en un texto «pastoral»?

ESTEBAN: Bueno… un texto pastoral no tiene la misma autoridad que una definición dogmática…

RICARDO: No te pregunto por la autoridad. Te pregunto si un concilio ecuménico de la Iglesia Católica — convocado por el Papa, celebrado en la Basílica de San Pedro, firmado por el Papa con la fórmula «por la potestad apostólica… aprobamos, decretamos y establecemos» — puede enseñar herejía. ¿Sí o no?

ESTEBAN: No.

RICARDO: Bien. Entonces leamos un texto del Concilio. Unitatis Redintegratio 3. Te lo leo textualmente: «Las iglesias y comunidades separadas, de ninguna manera han sido privadas de significado e importancia en el misterio de la salvación. Porque el Espíritu de Cristo no se ha abstenido de usarlas como medio de salvación».2 ¿Qué dice esto, Esteban?

ESTEBAN: Dice que en las comunidades separadas hay elementos de santificación y de verdad que proceden de Cristo.

RICARDO: No. Lee otra vez. Dice que el Espíritu de Cristo usa las sectas heréticas como medio de salvación. No dice que hay elementos de verdad en ellas — eso sería banal: por supuesto que un protestante que reza el Padrenuestro usa un elemento de verdad. Lo que dice es que las sectas como tales son medios de salvación. Que el Espíritu Santo se sirve del luteranismo, del calvinismo, del anglicanismo para salvar almas. ¿Eso es doctrina católica?

[Esteban abrió su maletín y sacó una carpeta. La abrió sobre la mesa.]

ESTEBAN: El texto debe leerse en su contexto. El mismo párrafo dice que esas comunidades «padecen deficiencias». No las equipara a la Iglesia Católica.

RICARDO: ¿Y qué importa que «padezcan deficiencias» si son medios de salvación? Una balsa con agujeros sigue siendo un medio para cruzar el río. Si el Espíritu de Cristo usa las sectas como medio de salvación — con deficiencias o sin ellas —, entonces fuera de la Iglesia hay salvación. Y eso, Esteban, es herejía. No lo digo yo. Lo dice Bonifacio VIII en Unam Sanctam: «Fuera de la Iglesia no hay salvación ni remisión de los pecados».3 Definición ex cathedra. Lo dice Eugenio IV en Florencia: «Ninguno de los que están fuera de la Iglesia Católica — no solo paganos, sino también judíos, herejes y cismáticos — pueden participar de la vida eterna, sino que irán al fuego eterno».4 ¿Quién tiene razón? ¿Florencia o Unitatis Redintegratio?

ESTEBAN: Ambos. Florencia habla de los que culpablemente están fuera de la Iglesia. El Vaticano II habla de los que inculpablemente están fuera.

RICARDO: Florencia no dice «los que culpablemente están fuera». Dice «ninguno de los que están fuera». Nullos. Sin matiz, sin excepción, sin distinción entre culpable e inculpable. Y añade: «No solo paganos, sino también judíos, herejes y cismáticos». ¿Hace falta ser más claro?

[Tomás Ortega se descruzó de brazos y se inclinó hacia delante. Fuera se oía el viento entre los castaños. Uno de los niños pequeños empezó a lloriquear y Lucía lo sacó al porche un momento.]

ESTEBAN: Pero Lumen Gentium 16 no dice que se salven sin Dios. Dice que los que buscan sinceramente a Dios, con corazón recto, pueden alcanzar la salvación. No niega la necesidad de la gracia; solo dice que la gracia puede actuar fuera de los límites visibles de la Iglesia.

RICARDO: Leamos lo que dice. «Los que, ignorando sin culpa el Evangelio de Cristo y su Iglesia, buscan, sin embargo, a Dios con un corazón sincero, y se esfuerzan, bajo el influjo de la gracia, en cumplir con obras su voluntad, conocida mediante el dictamen de la conciencia, pueden alcanzar la salvación eterna».5 Fíjate bien: ignoran el Evangelio de Cristo. Ignoran su Iglesia. No tienen fe. No tienen bautismo. Y sin embargo pueden alcanzar la salvación eterna. ¿En virtud de qué? De su buena voluntad y del dictamen de su conciencia. ¿Sabes lo que es eso, Esteban? Es pelagianismo. Es la herejía de Pelagio: el hombre se salva por su esfuerzo natural, sin necesidad de Cristo.

ESTEBAN: No, porque el texto dice «bajo el influjo de la gracia». No es pelagianismo. Es la gracia de Dios actuando fuera de los cauces ordinarios.

RICARDO: ¿La gracia de Dios actuando sin fe y sin bautismo? San Pablo dice en Romanos 1,19-21 que los que no conocen a Dios son «inexcusables».6 No dice «salvables por ignorancia invencible». Dice inexcusables. ¿Y dónde queda entonces el pecado original? Si todo hombre que busca sinceramente con su conciencia puede salvarse, ¿para qué murió Cristo? ¿Para qué existe el bautismo?

[El fuego crepitó. Asunción se arrebujó en el mantón. Blanca miró a Ricardo desde el banco de Elena.]

ESTEBAN: Cristo murió por todos. El bautismo es el medio ordinario. Pero Dios no está limitado por sus sacramentos.

RICARDO: Si Dios no está limitado por sus sacramentos, ¿por qué instituyó sacramentos? ¿Para entretener a los fieles? Dios instituyó el bautismo porque el bautismo es necesario. Trento, sesión 5, canon 4: «Si alguno niega que los niños recién nacidos necesitan ser bautizados, sea anatema».7 Y Trento, sesión 7, canon 5: «Si alguno dice que el bautismo es libre, esto es, no necesario para la salvación, sea anatema».8 ¿Quién tiene razón? ¿Trento o Lumen Gentium 16?

ESTEBAN: (tras una pausa) Pero el Vaticano II no niega la necesidad del bautismo. Solo dice que Dios puede, en casos extraordinarios…

RICARDO: Lo que «puede» Dios no es materia de un concilio. Un concilio enseña lo que es: lo que la Iglesia ha recibido de Cristo y de los apóstoles. Y lo que la Iglesia ha recibido es que sin fe y sin bautismo no hay salvación. Eso es un dogma definido. No una opinión teológica, no una posición discutible: un dogma. El Vaticano II lo contradice. Y si lo contradice, o no es un concilio ecuménico, o la Iglesia puede contradecirse a sí misma. Elige.

[Esteban no respondió inmediatamente. Sacó un folio de su carpeta, lo miró, lo dejó otra vez.]

RICARDO: Pero hay algo peor que Lumen Gentium 16, Esteban. Sigamos leyendo. Lumen Gentium 16, mismo párrafo: «El plan de salvación también abarca a aquellos que reconocen al Creador, y entre estos los musulmanes son los primeros. Estos profesan tener la fe de Abrahán y junto con nosotros adoran al único Dios misericordioso quien juzgará a la humanidad en el día último».9

ESTEBAN: ¿Y?

RICARDO: «Junto con nosotros adoran al único Dios». Los musulmanes adoran al mismo Dios que nosotros. Eso dice el texto. Dime, Esteban: ¿los musulmanes creen en la Santísima Trinidad?

ESTEBAN: No.

RICARDO: ¿Creen que Jesucristo es Dios?

ESTEBAN: No.

RICARDO: El Corán dice textualmente: «Quienes dicen que Alá es uno en trinidad han caído ciertamente en la incredulidad».10 Los musulmanes no solo ignoran la Trinidad: la niegan explícitamente. Y el Concilio dice que adoran «al mismo Dios» que nosotros. Si nuestro Dios es la Santísima Trinidad, y los musulmanes niegan la Trinidad, ¿cómo adoran al mismo Dios? Solo si la Trinidad no es esencial para adorar al verdadero Dios. Y eso, Esteban, es negar la Trinidad. Es la herejía de todas las herejías.

[Silencio. Tomás Ortega miró a Esteban. Esteban miraba la mesa. Pedro Sánchez, desde la ventana, movió la cabeza despacio.]

ESTEBAN: El texto quiere decir que los musulmanes adoran a un solo Dios, Creador del cielo y de la tierra. En eso coinciden con nosotros.

RICARDO: Si Dios no fuera Trino, los musulmanes tendrían razón y nosotros estaríamos equivocados. Si Dios es Trino — y lo es, porque Cristo lo reveló —, entonces los musulmanes no adoran al verdadero Dios: adoran a una idea de Dios que ellos se han fabricado. San Dámaso I, Concilio de Roma, canon 15: «Si alguno no dice que Jesucristo vendrá a juzgar a vivos y muertos, es un hereje».11 El Concilio dice que los musulmanes adoran al Dios «que juzgará a la humanidad en el día último». Pero el Juez es Jesucristo. ¿Los musulmanes creen que Jesucristo juzgará? No. Luego no adoran al Juez. No adoran al verdadero Dios.

RICARDO: Pero no es solo la Trinidad, Esteban. El islam no solo niega que Dios sea Trino. Niega a Jesucristo. El Corán, Sura 4,171: «El Mesías, Jesús hijo de María, no es más que un mensajero de Alá. No digáis “tres”. Alá es un dios único».12 Sura 5,72: «Ciertamente han caído en la incredulidad quienes dicen que Alá es el Mesías, hijo de María».13 Y Sura 4,157: «No lo mataron ni lo crucificaron».14 Los musulmanes niegan que Jesús sea Dios, niegan que sea el Cristo, y niegan que muriera en la Cruz. Y ahora dime, Esteban: ¿qué dice el apóstol San Juan sobre el que niega a Jesucristo?

ESTEBAN:

RICARDO: Primera Epístola de San Juan, capítulo segundo, versículo veintidós: «¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Este es el anticristo: el que niega al Padre y al Hijo».15 Y capítulo cuarto, versículo tercero: «Todo espíritu que no confiesa a Jesús no es de Dios; este es el espíritu del anticristo».16 El apóstol San Juan — no yo, no un teólogo medieval, sino el discípulo amado — define al anticristo como el que niega que Jesús es el Cristo. El islam niega que Jesús es el Cristo. El islam es, por definición de San Juan, una religión del anticristo. Y el Vaticano II dice que adoramos al mismo Dios.

[Silencio. Tomás Ortega se había sentado en el suelo, con la espalda contra la pared. Los niños no se movían. Esteban miraba sus manos sobre la mesa.]

RICARDO: Y ahora los judíos. Porque el Concilio no se detiene en los musulmanes. Nostra Aetate 4 dice que «los judíos siguen siendo muy queridos por Dios a causa de los Padres, porque los dones y la vocación de Dios son irrevocables».17 Y añade que a los judíos «no se les ha de señalar como réprobos de Dios».18 Irrevocables, Esteban. La vocación de Dios a los judíos es irrevocable. ¿Sabes lo que significa eso?

ESTEBAN: Que Dios no retira sus promesas…

RICARDO: Significa que la Antigua Alianza no ha sido revocada. Si no ha sido revocada, sigue vigente. Si sigue vigente, los judíos no necesitan la Nueva. Si no necesitan la Nueva Alianza, no necesitan a Cristo. Y si no necesitan a Cristo, ¿para qué murió en la Cruz?

[El fuego crepitó. Elena miró a Ricardo. Blanca tenía las manos quietas sobre el vientre.]

RICARDO: Leamos lo que dice la Iglesia — la verdadera. Eugenio IV, Concilio de Florencia, Cantate Domino: «Todos los que después de la promulgación del Evangelio observan la circuncisión y el sábado y las demás prescripciones de la Ley, se les declara ajenos a la fe cristiana y no aptos para participar de la salvación eterna».19 No dice «queridos por Dios». Dice «ajenos a la fe» y «no aptos para la salvación eterna». Pío XII, Mystici Corporis Christi: «La Antigua Ley fue abolida… el Antiguo Testamento cedió ante el Nuevo… la Antigua Ley murió en la Cruz».20 San Pablo, Hebreos 8,13: «Al decir nueva alianza, declaró anticuada la primera. Y lo que se hace anticuado y envejece, está próximo a desaparecer».21

ESTEBAN: Pero San Pablo dice en Romanos 11 que Dios no ha rechazado a su pueblo…

RICARDO: San Pablo dice que Dios no ha rechazado a los judíos que se convierten. Lee el capítulo entero. Romanos 11,5: «Así también en el tiempo presente ha quedado un resto elegido por gracia». Un resto. Los que aceptan a Cristo. No todos. Y San Pablo mismo, en Romanos 11,23, pone la condición: «Y aun ellos, si no permanecen en la incredulidad, serán injertados; que poderoso es Dios para volverlos a injertar». Si no permanecen en la incredulidad. ¿Y los judíos que permanecen en la incredulidad? San Juan, Apocalipsis 2,9: «Los que se dicen judíos y no lo son, sino sinagoga de Satanás».22

[Una ráfaga de viento sacudió los postigos. El hombre del cuadro de la Crucifixión, sobre la chimenea, pareció moverse con la luz del fuego.]

RICARDO: El islam niega a Cristo. El judaísmo niega a Cristo. San Juan llama a eso el espíritu del anticristo. Y el Vaticano II dice que con los musulmanes compartimos a Dios y que a los judíos les basta su alianza. Es la negación sistemática de que solo Cristo salva. Pero el Concilio aún no ha terminado de hablar. Nostra Aetate 2 dice que «en el budismo se enseña un camino por el cual los hombres pueden alcanzar la iluminación más alta».23 Y que «en el hinduismo se explora y propone el misterio divino con una riqueza inagotable de mitos».24 «Riqueza inagotable de mitos». León XIII, en Ad extremas, llama a esos mismos mitos «viles supersticiones de los brahmanes» y dice que los hindúes están «miserablemente aprisionados en las tinieblas de la superstición».25 ¿León XIII o Nostra Aetate?

[Elena se levantó para servir vino. Lo dejó en la mesa sin decir nada. Esteban no lo tocó.]

RICARDO: Y ahora, Esteban, la clave de bóveda. Lumen Gentium 8. Aquí está el mecanismo que hace posible todo lo demás. El esquema preparatorio del Concilio decía: «La Iglesia de Cristo es la Iglesia Católica». Es. Los Padres del Concilio cambiaron esa palabra. Donde decía «es», pusieron «subsiste en». Subsistit in*. «La Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia Católica».26 ¿Sabes lo que significa ese cambio?

ESTEBAN: Significa que la Iglesia de Cristo se realiza con plenitud en la Iglesia Católica, pero que fuera de ella pueden encontrarse elementos de santificación y verdad.

RICARDO: Eso es exactamente lo que dice Ratzinger. Y Ratzinger mismo te da la razón a mí, no a ti. Escucha lo que dijo en L’Osservatore Romano, 8 de octubre de 2000: «Los Padres del Concilio querían decir que el ser de la Iglesia como tal es una entidad más amplia que la Iglesia Católica Romana».27 ¿Lo oyes? La Iglesia de Cristo es más amplia que la Iglesia Católica. El propio artífice de la «hermenéutica de la continuidad» te dice que la Iglesia de Cristo no se identifica exclusivamente con la Iglesia Católica. Y si la Iglesia de Cristo no es exclusivamente la Iglesia Católica, ¿qué es lo que tú estás defendiendo, Esteban? ¿Una Iglesia que no es exclusivamente la Iglesia de Cristo?

ESTEBAN: Ratzinger intentó después matizar esa declaración…

RICARDO: ¿Matizar? En Principles of Catholic Theology, Ratzinger escribió que Dignitatis Humanae representa «una revisión del Syllabus de Pío IX, una especie de contra-Syllabus».28 Y añadió: «no se puede volver al Syllabus». Es el propio artífice de tu «hermenéutica de la continuidad» quien admite que hay ruptura. ¿Quién te va a dar la razón si ni el que inventó tu argumento te la da?

[Esteban cerró la carpeta. El fuego ardía bajo. Una corriente de aire frío entró por debajo de la puerta.]

RICARDO: Y ahora quiero que veas a dónde conduce todo esto. Si la Iglesia de Cristo no es exclusivamente la Católica — subsistit in —, y si las sectas son medios de salvación — Unitatis Redintegratio 3 —, y si los musulmanes adoran al mismo Dios — Lumen Gentium 16 —, y si los budistas alcanzan la «iluminación más alta» — Nostra Aetate 2 —, ¿qué necesidad hay de la Iglesia Católica?

ESTEBAN: La Iglesia Católica tiene la plenitud…

RICARDO: La plenitud de una cosa que las demás también tienen. Si un vaso tiene vino puro y otro tiene vino mezclado con agua, los dos tienen vino. La «plenitud» es una diferencia de grado, no de esencia. Pero la fe católica no es una cuestión de grado. La fe católica o se tiene íntegra o no se tiene. León XIII, Satis Cognitum 9: «Quien se retroceda en el menor grado de cualquier punto de doctrina propuesta por la Iglesia como divinamente revelada, en verdad no tiene la fe católica».29 No hay grados. No hay «plenitud» frente a «plenitud parcial». O tienes la fe o no la tienes.

[Silencio. Miguel se levantó, caminó hasta la chimenea y echó un leño. Las chispas subieron por el tiro. Los niños habían dejado de jugar y se arrimaban a sus madres.]

RICARDO: Falta lo peor. Gaudium et Spes 22: «Por su encarnación el Hijo de Dios se unió de alguna manera a todo ser humano».30 Todo ser humano. Sin fe. Sin bautismo. Sin Iglesia. Juan Pablo II lo desarrolló en Redemptor Hominis: «Cada uno ha sido comprendido en el misterio de la Redención y con cada uno se ha unido Cristo, para siempre… cada uno de los cuatro mil millones de hombres vivientes sobre nuestro planeta, desde el momento en que es concebido en el seno de la madre».31 ¿Entiendes lo que dice? Todo hombre, desde su concepción, está unido a Cristo. Si todo hombre está unido a Cristo desde su concepción, ¿para qué el bautismo? ¿Para qué la fe? ¿Dónde está el pecado original? Si todo hombre nace unido a Cristo, nadie nace bajo el dominio del demonio. Pero Eugenio IV, en Florencia, definió que los niños sin bautismo están «bajo el dominio del demonio».32 Alguien miente. ¿Florencia o Gaudium et Spes?

ESTEBAN: (en voz baja) El texto dice «de alguna manera». Quodammodo. No dice que la unión sea plena ni que sustituya al bautismo.

RICARDO: Si un ladrón te roba «de alguna manera», te ha robado. El matiz no salva la herejía. Pero además, mira lo que hizo Juan Pablo II con ese «de alguna manera»: lo convirtió en la unión de Cristo con cada uno de los cuatro mil millones de hombres sin excepción y sin condición. El matiz desapareció en la aplicación. Y eso es precisamente lo que denunció San Pío X en Pascendi: la ambigüedad como método del modernismo.33 Ponen la herejía en el texto con un matiz que la disfraza, y luego la aplican sin el matiz.

[Esteban miraba al fuego. No abrió la carpeta. No buscó en sus papeles.]

RICARDO: Y ahora el centro de todo. Gaudium et Spes 12: «Todas las cosas de la tierra deberían relacionarse con el hombre como su centro y corona».34 ¿Lo oyes? El hombre es el centro y la corona. No Dios. El hombre. El Vaticano I definió, con anatema, que el mundo fue creado para la gloria de Dios, no del hombre.35 Gaudium et Spes dice lo contrario.

ESTEBAN: El texto no niega a Dios. Habla de la relación del hombre con las cosas de la tierra…

RICARDO: Pablo VI lo interpretó por ti. En el discurso de clausura del Concilio, el 7 de diciembre de 1965, dijo textualmente: «La religión del Dios que se ha hecho hombre se ha encontrado con la religión — porque tal es — del hombre que se hace Dios. ¿Qué ha sucedido? ¿Un choque, una lucha, una condenación? Podía haberse dado, pero no se produjo. Una simpatía inmensa lo ha penetrado todo. También nosotros — y más que nadie — somos promotores del hombre».36

[Ricardo hizo una pausa. Miró a Esteban a los ojos.]

RICARDO: La religión del hombre que se hace Dios. Pablo VI le dio nombre. Y no la condenó. Dijo que el Concilio la acogió con «simpatía». ¿Sabes quién es el hombre que se hace Dios, Esteban? San Agustín lo dice: «El Verbo de Dios se hizo hombre para que el hombre no osase hacerse igual a Dios».37 Pío XII lo dice: «El satanismo más profundo y capilar es la apoteosis del hombre».38 San Pío X lo dice: el culto al hombre es la señal propia del Anticristo.39 Y San Pablo lo dice: el hijo de perdición «se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios, tanto que se sienta en el templo de Dios como Dios, haciéndose pasar por Dios».40

[El fuego crepitó. Asunción, que se había quedado dormida en el banco del fondo, se despertó con el crujido de un leño y miró alrededor sin decir nada.]

RICARDO: La religión del hombre que se hace Dios se sentó en el templo de Dios — en la Basílica de San Pedro — el 7 de diciembre de 1965. Y Pablo VI dijo: «no se produjo» la condenación. «Una simpatía inmensa lo ha penetrado todo».

ESTEBAN: (tras un largo silencio) Ricardo, todo lo que me dices… las citas son reales. Las conozco. Pero me niego a aceptar que un concilio ecuménico de la Iglesia Católica pueda ser herético. La Iglesia es indefectible. Las puertas del infierno no prevalecerán.

RICARDO: En eso estamos de acuerdo, Esteban. Las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia. Pero fíjate en lo que acabas de decir: «me niego a aceptar que un concilio ecuménico pueda ser herético». Yo tampoco lo acepto. Y la conclusión es evidente: si los textos son heréticos — y acabamos de ver que lo son, porque contradicen definiciones ex cathedra — entonces el Vaticano II no es un concilio ecuménico de la Iglesia Católica. No es que la Iglesia haya enseñado herejía. Es que lo que enseñó herejía no es la Iglesia.

ESTEBAN: ¿Y entonces qué es?

[Ricardo no respondió inmediatamente. Se sirvió vino. Bebió un trago largo. Dejó el vaso en la mesa.]

RICARDO: Eso es lo que tenemos que hablar la próxima vez que vengas.

[Esteban se quedó mirando el fuego. La sala fue vaciándose despacio: Elena subió a los niños dormidos, con Miguel cargando a los más pequeños. Lucía envolvió a Daniel en su abrigo y salió con Andrés. Tomás Ortega se detuvo un momento junto a Ricardo, le puso la mano en el hombro y salió sin decir nada. Pedro y Marta se levantaron apoyándose el uno en el otro. Asunción abrió los ojos y dejó que Marta la ayudara a ponerse de pie. Blanca esperó junto a Ricardo. Fuera, el viento de octubre silbaba entre los castaños desnudos y arrastraba las últimas hojas contra los muros de piedra de la Casa del Peregrino. Miguel le indicó a Esteban la escalera. «Está preparada la de arriba a la derecha», dijo. «El camino de noche no es seguro.» Esteban asintió, recogió su maletín y subió sin decir nada. Ricardo y Blanca salieron a la noche.]


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