¿Es la Virgen realmente Corredentora?

Esta es la versión dialogada del tema. Para la exposición sistemática, con las fuentes y la argumentación ordenada, lee el informe: «Por qué la Virgen no es Corredentora».

[La Casa del Peregrino huele a humo de encina y a cal vieja. Es domingo por la tarde; finales de marzo, y aunque la nieve se ha retirado de los caminos, el viento del norte todavía silba contra los postigos. El fuego arde bajo en la chimenea de piedra. Las familias ocupan los bancos de madera a ambos lados de la mesa larga; algunos hombres están de pie, apoyados contra el muro del fondo. Ricardo está sentado cerca de la chimenea, con las manos entrelazadas sobre la mesa. Frente a él, Bernardo — teólogo de formación, que ha subido esta mañana desde la ciudad para la misa que dice el padre Raita una vez al mes — ocupa el banco opuesto. Ha traído un cuaderno con notas.]

BERNARDO: Ricardo, con tu permiso quiero plantear algo que estos meses me tiene desconcertado. Se ha vuelto a hablar de proclamar el quinto dogma mariano: María Corredentora. Y lo que no entiendo es cómo un católico de verdad —tú, que combates a los modernistas— puede oponerse a un nuevo título de gloria para la Santísima Virgen. ¿No es eso, a fin de cuentas, hacerle el juego a la Roma de hoy, que es justamente la que acaba de rechazarlo?

RICARDO: Me opongo, Bernardo, y te digo desde el principio por qué, para que no lo tomes por tibieza. Por dos razones. La primera lo decide todo: «Corredentora» significa «redentora junto a Cristo» —co- delante de redemptrix—. Y María no puede redimir. Solo Dios puede reparar la ofensa infinita del pecado; una criatura, por inmaculada que sea, no. Lo demostró San Anselmo hace novecientos años, y es el corazón mismo de la fe: solo Cristo salva. Decir que María redime choca de frente con ese dogma. La segunda razón es histórica: «Corredentora» es un invento que no se generaliza hasta el siglo XIX, y detrás de ese invento late la misma maniobra modernista de siempre. Así que no es que yo le regatee gloria a la Virgen: es que esa palabra le cuelga lo que solo pertenece a su Hijo.

BERNARDO: Eso es mucho afirmar de una vez. Te lo voy a rebatir punto por punto, y verás que el título es tradicional: tiene raíces en la Escritura, en los Padres y en el Magisterio. Empiezo por los Padres. San Justino Mártir, en el siglo II, establece ya el paralelismo entre Eva y María: Eva, virgen, desobedeció y trajo la muerte; María, virgen, obedeció y trajo la salvación.1 San Ireneo de Lyon lo desarrolla con más fuerza: María es «causa de salvación para todo el género humano».2 Esto no es del siglo XIX, Ricardo. Esto es del siglo II. La cooperación de María en la redención es doctrina desde los orígenes.

[Una ráfaga de viento sacudió los postigos. El fuego se avivó un instante y luego volvió a su crepitar lento.]

RICARDO: Conozco a Ireneo y conozco a Justino. Y lo que dices es verdad: ambos hablan de María como causa de salvación y establecen el paralelismo Eva-María. Pero fíjate en lo que tú mismo acabas de decir: «cooperación de María en la redención». Cooperación. Eso es exactamente lo que dicen los Padres. Lo que no dicen — ni Justino, ni Ireneo, ni ningún Padre de la Iglesia — es que María sea «Corredentora». La palabra no existe en la patrística. Ni la palabra ni el concepto. María cooperó, sí. Como cooperaron los apóstoles, como cooperó San Juan al pie de la Cruz, como cooperó San José criando al Niño. Cooperar en la redención no es redimir. Y ya te lo he advertido al empezar: esa palabra no dice que María cooperase, dice que redime. Eso es lo que tendrás que demostrarme. Pero sigue.

BERNARDO: Pero el paralelismo es más fuerte de lo que sugieres. Ireneo no dice que María cooperó como cualquier cristiano. Dice que fue «causa de salvación» — causa salutis — para todo el género humano.3 Eso es mucho más que cooperación ordinaria.

RICARDO: Es mucho más, de acuerdo. Pero «causa de salvación» no significa «redentora». María es causa de salvación porque es Madre de Cristo. Por ella Dios nos da al Salvador. El mérito de la salvación es de Cristo; el privilegio de María es haberlo traído al mundo. Cuando Ireneo dice causa salutis, está diciendo exactamente eso: María es la causa por la que el Salvador llega a nosotros. No está diciendo que María salve. ¿O vas a decir que Santa Ana, madre de María, es también «causa de salvación» en cadena?

[Alguien en los bancos del fondo soltó una risa breve. Bernardo no se inmutó.]

BERNARDO: No, porque Santa Ana no consintió libremente a la Encarnación. María sí. Su «fiat» — «hágase en mí según tu palabra»4 — es un acto libre que hace posible la Redención. Sin ese consentimiento, no hay Encarnación. Sin Encarnación, no hay Redención. María es condición necesaria de la Redención, no mero instrumento pasivo.

RICARDO: ¿Condición necesaria? ¿Necesaria para quién? ¿Para Dios? ¿Dios necesitaba el permiso de María para salvarnos? Dios es omnipotente. Podría haber redimido al mundo de cualquier manera. Si eligió hacerlo a través de María, fue por voluntad suya, no por necesidad. María no pone condiciones a Dios; se somete a Él. Eso es lo que dice el texto: «hágase en mí según tu palabra», no según la mía.

BERNARDO: (abriendo su cuaderno) Bien, dejemos a los Padres y vayamos a la Escritura directamente. Génesis 3,15 — el Protoevangelio. Dios dice a la serpiente: «Ella te pisará la cabeza». Ipsa conteret caput tuum.5 «Ella», María. Pisar la cabeza de la serpiente es vencer al pecado. Si María pisa la cabeza de la serpiente, María vence al pecado. Y vencer al pecado es redimir.

[Ricardo levantó las cejas. Un hombre canoso, cerca de la puerta, se inclinó hacia delante en su banco.]

RICARDO: Veo que dejas la patrística y pasas a la Escritura. Está bien. Pero ese argumento tiene un problema grave, Bernardo, y es textual. La Vulgata de San Jerónimo dice efectivamente ipsa — «ella». Pero el texto hebreo original dice hu, que es pronombre masculino: «él».6 Se refiere a la descendencia, a la semilla — es decir, a Cristo, no a María. La lectura ipsa es una variante de la traducción latina, no del original inspirado. De modo que tu argumento se apoya en un error de traducción.

BERNARDO: La Vulgata fue el texto oficial de la Iglesia durante más de mil años. El Concilio de Trento la declaró auténtica.7

RICARDO: Auténtica, no inspirada. Trento dice que la Vulgata es fiable en materia de fe y costumbres, no que cada palabra sea traducción perfecta del original. Los mismos teólogos tridentinos sabían que ipsa era discutible. Pero concedamos por un momento que fuera ipsa, que fuera «ella». ¿Qué significaría? Que María pisa la cabeza de la serpiente. ¿Y cómo pisa María la cabeza de la serpiente? Dando a luz a Cristo, que es quien vence al pecado. Siempre volvemos al mismo sitio: el mérito es de Cristo, el privilegio de María es ser su Madre.

[El fuego crujió. El hombre canoso de la puerta asintió despacio. Bernardo pasó una página de su cuaderno.]

BERNARDO: Vayamos entonces al Magisterio. Benedicto XV, en la carta Inter Sodalicia de 1918, dice que María «con su Hijo sufriente y muriente, padeció y casi comurió, y abdicó de sus derechos maternos sobre su Hijo por la salvación de los hombres, de tal manera que se puede decir con justicia que Ella redimió al género humano juntamente con Cristo».8

RICARDO: ¿A quién va dirigida esa carta?

BERNARDO: Al Sodalicio Pío de la Buena Muerte.

RICARDO: Es decir, a una asociación concreta. No a la Iglesia universal. Además la firma el Cardenal Gasparri, Secretario de Estado, no el Papa directamente. Y — lo más importante — dice «se puede decir», no «es de fe» ni «definimos». Es una expresión tolerante, no definitoria. ¿Sobre eso fundamos un dogma?

BERNARDO: (con firmeza) No estoy fundando un dogma. Estoy mostrando que la idea tiene respaldo magisterial. Y no es el único documento. Pío XI llamó a María «Corredentora» explícitamente ante un grupo de peregrinos en 1933.9

RICARDO: Una alocución a peregrinos. No una encíclica, no una bula, no un decreto dirigido a la Iglesia universal. Además, ¿dónde consta? En la crónica de L’Osservatore Romano, no en las Actas de la Santa Sede. Bernardo, estás citando dos documentos que usan la palabra «Corredentora», pero ninguno de ellos es Magisterio de Pedro dirigido a la Iglesia universal. Son documentos menores, circunstanciales.

BERNARDO: (alzando ligeramente la voz) Entonces te cito uno que sí lo es. La encíclica Ad diem illum laetissimum, de San Pío X, de 1904. Encíclica dirigida a toda la Iglesia. Y dice textualmente: «De aquella comunión de dolores y de voluntad entre María y Cristo, ella mereció convertirse dignísimamente en reparadora del mundo perdido» — reparatricem orbis perditi. Y añade que María fue «asociada por Dios a la obra de la salvación humana».10 Eso sí es Magisterio, Ricardo. ¿Qué respondes?

[El silencio fue breve pero denso. Las familias miraron a Ricardo. Él no se movió.]

RICARDO: Que sí, que eso es Magisterio. ¿Y sabes lo que no dice esa encíclica? «Corredentora». Fíjate en lo que acabas de hacer, Bernardo, porque es revelador: primero me citaste dos documentos que usan la palabra «Corredentora» pero que no son Magisterio dirigido a la Iglesia universal. Ahora me citas un documento que sí es Magisterio, pero que no usa la palabra «Corredentora». Tienes la palabra sin la autoridad, o la autoridad sin la palabra. Nunca las dos juntas.

BERNARDO: Pero el concepto está ahí. «Reparadora del mundo perdido». «Asociada a la obra de la salvación».

RICARDO: El concepto que está ahí es que María es Madre de Cristo, y por eso repara el mundo: porque nos da al Reparador. Cuando San Pío X dice reparatricem orbis perditi, está diciendo lo mismo que Ireneo decía en el siglo II: María es causa de salvación porque por ella nos llega el Salvador. No porque ella salve. Lee la encíclica entera: todo el pasaje explica la cooperación de María en cuanto Madre. No hay una sola línea que diga que María redime.

BERNARDO: (sin recoger el cuaderno, pasando una hoja hacia delante) Espera, no cierro el Magisterio todavía, porque tu frase es ingeniosa pero falsa. Dices: la palabra sin la autoridad, o la autoridad sin la palabra, nunca las dos juntas. Te las traigo juntas. En 1914, el Santo Oficio, con la aprobación de San Pío X, indulgenció una oración que invoca a María «Corredentora del género humano». Y no en una crónica de periódico: consta en las Acta Apostolicae Sedis, el órgano oficial donde la Santa Sede publica sus actos.11 Ahí tienes la palabra y la autoridad romana, en un acto oficial. ¿Qué respondes?

[Por primera vez en la tarde, Ricardo tardó en contestar. Miró el cuaderno abierto de Bernardo como si calculara algo.]

RICARDO: Respondo que es el mejor argumento que has traído, y que no se despacha con una frase. Es verdad: ahí están la palabra y un acto de la Santa Sede. Concedo que, dicho así, mi lema era demasiado redondo. Pero mira qué acto es. Una indulgencia a una oración devocional, concedida por una Congregación. ¿Y sabes qué obliga a creer una indulgencia? Nada. No define una doctrina: regula una práctica piadosa. La Iglesia indulgencia oraciones que llaman a María «estrella del mar» sin definir que María sea una estrella. Que el Santo Oficio tolere e indulgencie una palabra no es que el Magisterio solemne la haga suya. Sigue faltando lo único que zanjaría la cuestión: una definición, una encíclica que enseñe a la Iglesia universal que María es Corredentora. Eso no existe. Has acercado la palabra a la autoridad más de lo que yo concedía; no las has unido en el grado que haría falta. Entre indulgenciar y definir hay la misma distancia que entre permitir y mandar.

BERNARDO: Pero reconoces que la palabra entró en los actos de la Sede.

RICARDO: En actos menores, sí. Reconozco el matiz. Lo que niego es que de ahí salte a doctrina obligatoria.

BERNARDO: Sea. Pero no me negarás al menos que es un título tradicional, que viene de antiguo.

RICARDO: Eso sí te lo niego, y con fechas. ¿Sabes cuándo aparece por primera vez la palabra Corredemptrix? En dos manuscritos de la abadía de San Pedro de Salzburgo, de los siglos catorce y quince, en un canto devocional: «Ut compassa redemptori… Tu corredemptrix fieres».12 Un himno de monasterio, Bernardo. Y marginal: durante trescientos años apenas se usa. Procede de un título anterior, Redemptrix, «Redentora», que desde el siglo X significaba sin más «Madre del Redentor». La palabra «Corredentora» no se generaliza hasta el siglo XIX. Búscala en San Bernardo de Claraval, el gran cantor de María del siglo XII: no está, ni una vez. Búscala en los Padres: no está. ¿Sabes dónde sí aparece pronto? En 1673, en un opúsculo jansenista que la atacaba, y que acabó en el Índice.13 De modo que cuando dices «tradicional», dices justo lo que el primer estudio histórico serio del término, el de Laurentin, desmiente página a página. El concepto de la cooperación de María es antiquísimo. La palabra es un invento tardío. No los confundas.

[Bernardo no replicó enseguida. Pasó dos hojas hacia atrás, buscando algo. Lo encontró, y al hablar lo hizo más despacio, como quien juega su mejor carta.]

BERNARDO: Entonces explícame esto. Cuando se preparaba el Concilio, en 1962, el esquema sobre la Virgen recogía el título Corredemptrix, y las notas explicativas decían que se omitía no por ser falso, sino por ser —cito en latín— «in se verissima», verdaderísimo en sí mismo, pero difícil de entender para los hermanos separados.14 ¿Lo oyes? Verísimo. El propio Concilio reconoció que el título es verdadero, y lo calló solo por no incomodar a los protestantes. La omisión fue ecuménica, no doctrinal. Llevas toda la tarde apoyándote en que el Magisterio evita la palabra; pues el Magisterio te dice por qué la evita, y no es porque sea falsa.

[El hombre canoso de la puerta volvió la cabeza hacia Ricardo. Alguno esperaba verlo titubear.]

RICARDO: (casi con sorna) Bernardo, ¿te oyes? Me citas un esquema preparatorio del Vaticano II —un papel de aquellos peritos— para demostrarme que un título es tradicional. Tú, que subes a la misa del padre Raita precisamente porque no comulgas con la iglesia conciliar. Lo que escribiera un borrador de ese concilio no me obliga a mí ni te obliga a ti: no es una autoridad, es la casa de enfrente. Pero te agradezco la cita, porque me sirves tú mismo la pieza que me faltaba: fueron ellos, los del Concilio, quienes llamaron «verísimo» al término. Recuérdalo, que al final volveremos. Y en cuanto al fondo: que un perito —conciliar, encima— escriba verissima en una nota a pie de página no hace verdadera ninguna doctrina. Lo verdadero lo da que Dios lo haya revelado y la Iglesia lo haya definido. Y de eso aquí no hay nada: ni una línea de la Escritura, ni un concilio, ni una definición dice que María redima.

BERNARDO: Lo reduces todo a la definición.

RICARDO: Lo reduzco a lo que obliga la fe. Lo demás es opinión, por respetable que sea. Y en opinión hay teólogos de sobra —y santos— que evitaron la palabra con todo cuidado. Empezando por el Papa más mariano del siglo, Pío XII, que la rehuyó a propósito.15

[Bernardo cerró el cuaderno con un golpe seco. Una mujer joven, sentada al fondo con un niño en las rodillas, lo miró con curiosidad.]

BERNARDO: Bien. Entonces hablemos de la palabra. «Co-» no significa igualdad. Significa cooperación, participación conjunta. Co-piloto, co-laborador, co-operador. El copiloto no es igual al piloto. María no es igual a Cristo. Pero coopera con Él en la redención de un modo único. Eso es lo que significa «Corredentora»: cooperadora en la redención.

RICARDO: (con calma) Veo que abandonas la línea de las fuentes y pasas a la lingüística. Bien. Consultemos a la Real Academia Española. El prefijo «co-» indica participación o colaboración en pie de igualdad. Copresidente: preside igual que el otro presidente. Coautor: escribe igual que el otro autor. Cofundador: funda igual que el otro fundador.16 Y tu propio ejemplo del copiloto: el copiloto está subordinado jerárquicamente al piloto, sí, pero puede pilotar el avión igual que el piloto. Para eso existe: para tomar los mandos cuando el piloto no puede. La cuestión no es la jerarquía. La cuestión es la capacidad.

BERNARDO: ¿Y adónde lleva eso?

RICARDO: A la pregunta decisiva, la que te anuncié al empezar: ¿puede María redimir? Y la respuesta es no. No es que no redima: es que no puede redimir. Es el argumento de San Anselmo.17 El pecado es una ofensa infinita. No infinita por la ofensa en sí, sino por el ofendido, que es Dios. Ahora bien, ningún hombre — ninguna criatura — puede reparar una ofensa infinita, porque es finita. El único hombre capaz de hacerlo es Jesucristo, que además de hombre es Dios, y como Dios, cualquier acto suyo tiene valor infinito. María, por santa, por inmaculada, por bienaventurada que sea, es criatura. Es hija de Adán y Eva. No puede reparar lo que solo Dios puede reparar.

[El fuego crepitó. Una chispa saltó sobre la piedra del hogar. Nadie la pisó. Se apagó sola.]

BERNARDO: (tras una pausa) Conozco el argumento de Anselmo. Pero hay una distinción escolástica que lo matiza. Suárez distingue entre el mérito de condigno — el mérito estricto, basado en la justicia, que solo Cristo tiene — y el mérito de congruo — el mérito de conveniencia, basado en la amistad con Dios.18 Nadie dice que María merezca de condigno. Pero puede merecer de congruo: por la conveniencia de su unión con Cristo, por su maternidad divina, sus méritos tienen un valor que, sin ser infinito, es superior al de cualquier otro santo.

RICARDO: Y eso es exactamente lo que yo digo, Bernardo. María tiene un mérito de intercesión superior al de cualquier otra criatura. Nadie lo niega. Pero interceder no es redimir. Merecer de congruo no es reparar la ofensa infinita. Suárez lo sabe perfectamente: por eso hace la distinción. El mérito de condigno — el único que redime — pertenece exclusivamente a Cristo. María intercede, media, coopera. Todo eso es cierto y es magnífico. Pero nada de eso es redimir. Y si no redime, no es redentora. Y si no es redentora, no es «co-redentora». Tú mismo acabas de confirmar mi argumento: lo que María tiene es mérito de intercesión, no de redención.

BERNARDO: (irritado) ¿Y San Alfonso María de Ligorio? Doctor de la Iglesia. En Las Glorias de María dice que la Virgen fue «asociada a la Pasión del Redentor» y que «ofreció a su Hijo al Padre por nuestra salvación».19 ¿También vas a decirme que un Doctor de la Iglesia se equivoca?

RICARDO: Veo que cambias otra vez de línea argumental. Vamos de Suárez a Ligorio. Pero respondo: no, San Alfonso no se equivoca, porque San Alfonso no dice lo que tú quieres que diga. Lee a Ligorio con cuidado. Dice que María ofreció a su Hijo. A su Hijo. El que redime es el Hijo ofrecido, no la Madre que ofrece. Un padre que lleva a su hijo al altar para el sacrificio, ¿es él el sacrificio? Abraham llevó a Isaac al monte Moria. ¿Fue Abraham el sacrificado? María ofreció a Cristo en el Calvario. ¿Fue María la redención? El sacrificio es Cristo, no María. Y precisamente en eso consiste la grandeza de María: no en que ella redima, sino en que ella da al Redentor, y lo da con un dolor que solo una madre — y una madre que es Madre de Dios — puede conocer.

[La mujer joven del fondo abrazó a su niño, que se había dormido. El hombre canoso de la puerta miraba al fuego. Un silencio largo. Bernardo se pasó la mano por el pelo.]

BERNARDO: Pero admites que su dolor es singular. Que no es como el de cualquier bautizado.

RICARDO: Por supuesto. María tiene una singularidad incomparable en la cooperación a la Redención: la de ser Madre de Dios. Eso implica una intimidad con Dios, un amor preferencial de Dios hacia María, absolutamente incomparable con cualquier otro ser de la creación, incluidos ángeles y hombres. Pero esa singularidad incomparable no la convierte en redentora. La constituye en Madre del Redentor.

BERNARDO: Entonces, ¿qué título le das a ese papel singular?

RICARDO: El que ya tiene: Madre de Dios. Theotokos.20 Teniendo María para toda la eternidad el título de Madre de Dios, ningún otro título añade un grano de arena a su honor y privilegio. Es más: en el imposible supuesto de que María fuera efectivamente Corredentora, eso, después de ser Madre de Dios, no podría engrandecerla en absoluto. ¿Qué es «Corredentora» al lado de Madre de Dios? Nada. Es como pretender honrar al sol diciendo que también alumbra.

BERNARDO: (endureciendo el tono) ¿Y no te parece que al rechazar el título estás ofendiendo a la Virgen? ¿No te parece que ese celo por la precisión teológica se convierte en frialdad ante la Madre de Dios?

[Ricardo no contestó inmediatamente. Miró al fuego.]

RICARDO: Eso, Bernardo, es el argumento emocional. El último recurso cuando se acaban los argumentos teológicos. Así que déjame responder con claridad.

¿Qué ofende realmente a María Santísima? Las ofensas y blasfemias contra su Hijo. ¿Y cómo es la espada que atraviesa el corazón de la Madre de Dios, la que le profetizó Simeón?21 La espada que atraviesa el corazón de María tiene forma de cruz de madera en el Gólgota. Lo que hiere a María es lo que hiere a Cristo. Y quien honra al Hijo, honra a la Madre. Negarle un título que nadie le dio no la ofende. Atribuirle lo que solo pertenece a su Hijo, sí.

BERNARDO: (tras un silencio) Bien, entonces dime una cosa. Aunque el título sea impreciso, aunque el término sea desafortunado — ¿qué daño hace? ¿Por qué combatirlo con tanta energía? Si al final estamos de acuerdo en que María cooperó de manera singular, ¿qué más da una palabra?

RICARDO: No es «una palabra». Por una sola palabra — el Filioque — la Iglesia se dividió en dos en el siglo X, y continúa dividida.22 ¿Por qué? Porque detrás de la palabra se esconde el concepto. Detrás del Filioque se escondía el arrianismo parcial de los ortodoxos. Y detrás de «Corredentora» se esconde algo igual de grave.

BERNARDO: ¿Qué se esconde?

[Ricardo se inclinó hacia delante. Las llamas le iluminaban la cara.]

RICARDO: El modernismo, en resumen, pretende negar a Cristo. Todo lo que Pedro condenó a lo largo de los siglos XIX y XX — libertad religiosa, derechos del hombre, democracia liberal — iba en ese sentido: negar a Cristo como rey y como único Salvador.23 ¿Y cómo se niega a Cristo? De mil maneras. Pero en el fondo, negando el núcleo central de la fe católica: solo Cristo salva.

La corredención va exactamente en ese sentido: Cristo no es el único redentor.

BERNARDO: Eso es injusto. Los que defienden el título de Corredentora son en su mayoría católicos devotos, no modernistas. Muchos son antimodernistas declarados.

RICARDO: Y sin embargo aplican la misma lógica que los modernistas. Mira: si María es «corredentora» porque coopera en la Redención, entonces por la misma razón lo son San José, San Juan Bautista, los apóstoles, todos los personajes del Nuevo Testamento. Es más: todos los bautizados, porque todos cooperamos en la Redención por el bautismo. Es más: todos los hombres, porque Cristo murió por todos. Y entonces también los musulmanes, los hindúes, los budistas… todos «corredentores». ¿Ves adónde lleva esto? Por ese camino ya hemos fundado el Vaticano II y su ecumenismo.

BERNARDO: Pero yo no baso el título en la cooperación genérica, sino en la cooperación única de María…

RICARDO: Y entonces la cooperación única de María se llama maternidad divina, y ya tiene su título: Theotokos. No necesita «Corredentora». Estás atrapado, Bernardo: si la base es la cooperación en general, todos somos corredentores y Cristo deja de ser el único Salvador. Si la base es la singularidad de María, esa singularidad ya tiene nombre y no incluye redimir.

[Silencio. El viento arreció fuera. El fuego se avivó con la corriente que se coló por los resquicios de los postigos. El hombre canoso de la puerta se levantó despacio y fue a echar un leño al hogar. Lo hizo sin mirar a nadie. Luego volvió a su sitio.]

BERNARDO: (en voz baja) ¿Y el Vaticano II? ¿Cuál es la conexión exacta?

RICARDO: Es directa. El Vaticano II, cuando dice que en religiones que niegan a Cristo — como el islam o el judaísmo — uno puede salvarse,24 no dice que Cristo no salve. Dice que hay otras maneras de salvarse. Luego Jesucristo es Salvador, pero no el único Salvador. La corredención, al introducir otro redentor junto a Cristo, sigue exactamente la misma lógica. No niega que Cristo redima; dice que no es el único que redime. Es el mismo principio: Cristo no es el redentor: Cristo es un redentor. Uno lo formula por exceso de devoción mariana mal entendida. El otro lo formula por apertura a las religiones falsas. Pero la consecuencia lógica es idéntica: se rompe el «solo Cristo salva», que es el núcleo de la fe.

[Bernardo miró su cuaderno cerrado. No lo abrió. La mujer joven del fondo se levantó en silencio con el niño dormido en brazos y salió. Se oyó el viento al abrirse la puerta, y luego el golpe sordo de la madera al cerrarse.]

RICARDO: Y por eso la ironía es amarga: los que promueven el título de «Corredentora» creen defender a la Virgen contra los modernistas, y sin saberlo aplican la misma lógica que los modernistas. El celo mal dirigido acaba sirviendo a aquello que pretende combatir.

[Otro silencio. Bernardo no contestó. El fuego consumía lentamente el leño que el hombre canoso había añadido. La corteza se desprendía en láminas encendidas.]

RICARDO: (con voz más baja) La Santísima Virgen María no es Corredentora. No lo es porque no puede serlo: solo Dios puede reparar la ofensa infinita del pecado. No lo es porque no necesita serlo: es Madre de Dios, y ese título contiene todos los honores posibles para una criatura. Y no lo es porque el concepto, bien analizado, socava precisamente aquello que sus defensores dicen querer proteger: que solo Cristo salva. Y no lo es, en fin, porque nada de esto está revelado ni fue jamás definido: «Corredentora» no pertenece al Depósito de la fe.

RICARDO: Y ahora mira la jugada entera. Los que defienden este falso dogma te dirán: «rechazarlo es ponerse del lado de la iglesia conciliar; mira, Tucho y Prevost lo condenaron hace unos meses, en esa nota, Mater Populi Fidelis».25 Y es verdad que lo condenaron. ¿Y qué? Nosotros no rechazamos «Corredentora» porque lo diga Prevost —a Prevost no le reconozco autoridad ninguna—, sino porque María no puede redimir, lo diga quien lo diga. Pero hay algo que esos tradicionalistas callan, y que tú mismo me serviste con aquel esquema del 62: los que llamaban «verísimo» al título eran los peritos del Concilio. Sigue el hilo: el único que lo defendió de forma expresa y repetida, siete veces, fue otro conciliar, Wojtyła. Wojtyła, Bernardo, tan conciliar como Tucho. En este lío los dos bandos son de la misma casa: uno empujó el término, el otro lo retira. Ninguno me obliga a nada.

[Por un instante miro a los ojos de su mujer, Blanca, que estaba sentada en segundo fila. Penso que el realidad no le importaba lo que los demas pesaran de sus palabra, pero si le importaba lo que pensara la madre del hijo que estaba en camino.]

RICARDO: Y ahí está la trampa para el tradicionalista incauto. Cree que defendiendo «Corredentora» defiende la Tradición contra la secta conciliar, y lo que defiende es una novedad de Wojtyła. Le dicen «Roma odia a la Virgen» y se lo cree —como si dejáramos de rezar el Padrenuestro porque también lo rezara Lutero—. No advierte tres cosas: que el término no es antiguo; que todo el empuje por «definir el dogma» se apoya en una aparición que el Santo Oficio ya rechazó como no sobrenatural en vida de Pío XII, la de Ámsterdam —La Señora de Todos los Pueblos, de tufo sospechoso, cuya oración pedía proclamar a María «Corredentora, Mediadora y Abogada»—;26 y que la lógica del título —una corredentora, y luego muchos corredentores, y al final Cristo dejando de ser el único Salvador— es la misma lógica modernista que él dice combatir. Acaba siendo más conciliar que aquellos a quienes acusa.

Quien honra al Hijo, honra a la Madre. Quien añade a la Madre lo que solo pertenece al Hijo, deshonra a ambos.

[Bernardo no respondió. El fuego crepitó una vez más. Fuera, el viento de marzo siguió soplando contra los muros de piedra de la Casa del Peregrino, como llevaba soplando cien años.]


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