La guerra de 1936 tiene algo que no tiene ninguna otra guerra del siglo XX. Fue quizá la última guerra defensiva que el pueblo católico fue capaz de librar contra la revolución. Y fue, desde luego, la última que ganó. La España que salió de ella vivió de la fe y prosperó como nadie esperaba. Treinta años después se vino abajo, y no la derribaron sus enemigos: cayó cuando cayó la Iglesia en el Vaticano II.
Este noviembre se cumplen noventa años de Paracuellos, la cima del genocidio de católicos que sufrió España durante la Segunda República y la guerra.
Paracuellos, la guerra resumida
En noviembre y comienzos de diciembre de 1936, mientras las tropas nacionales llegaban a las puertas de Madrid, las cárceles de la capital se vaciaron en «sacas». Camiones de presos salieron de noche hacia Paracuellos del Jarama y Torrejón de Ardoz. Allí los fusilaron junto a fosas abiertas de antemano, sin juicio y sin sentencia alguna. No eran combatientes ni amenaza militar: eran presos, desarmados y encerrados. Solo el 7 y el 8 de noviembre mataron a unos 650.
Cuántos fueron en total se discute todavía. Julius Ruiz, que ha hecho el estudio académico más detallado, habla de unos 2.500. Pero César Vidal habló de más de 4.000, y el historiador José Luis Orella afirma que ya hay 4.200 asesinados identificados con nombre y apellidos, sin contar los 414 fusilados en Torrejón de Ardoz.1 Las cifras más ajustadas se sitúan hoy entre 4.000 y 5.000. Según Ruiz, además, la Junta de Defensa de Madrid, cuya Consejería de Orden Público dirigía Santiago Carrillo, sabía lo que estaba ocurriendo, y las órdenes fueron muy claras.2
Entre los fusilados había militares, políticos, abogados, estudiantes, sacerdotes y religiosos, muchos de ellos jóvenes. Los martirologios de la persecución repiten el nombre de Paracuellos como un estribillo. De una sola comunidad, la de los Hermanos de San Juan de Dios del sanatorio de Ciempozuelos, mataron allí a veintidós religiosos. Uno de ellos, el beato Diego de Cádiz, de cuarenta y cuatro años, el último día de su vida dio la profesión religiosa in articulo mortis a los novicios que estaban presos con él. Al despedirse les dijo: «¡Hasta pronto! ¡Hasta el cielo!». El 30 de noviembre de 1936 lo llevaron a Paracuellos «con las manos atadas a la espalda».3
Paracuellos es la guerra entera en una sola escena. De un lado, un bando que mataba a presos indefensos por lo que eran y por lo que creían. Del otro, una nación que se negó a morir.
Un bando que mataba por odio a Cristo
No es una exageración de vencedores. Lo dejó escrito Pío XI en 1937, en plena guerra, en la encíclica Divini Redemptoris contra el comunismo:
«También en las regiones en que, como en nuestra queridísima España, el azote comunista no ha tenido tiempo todavía para hacer sentir todos los efectos de sus teorías, se ha desencadenado, sin embargo, como para desquitarse, con una violencia más furibunda. No se ha limitado a derribar alguna que otra iglesia, algún que otro convento, sino que, cuando le ha sido posible, ha destruido todas las iglesias, todos los conventos e incluso todo vestigio de la religión cristiana. […] Ha matado a un gran número de seglares de toda clase y condición, asesinados aún hoy día en masa, por el mero hecho de ser cristianos.»4
Las cifras le dan la razón. Más de seis mil miembros del clero, obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, fueron asesinados por el delito de ser lo que eran. En la zona republicana mataron exactamente a 6.832 eclesiásticos: 4.184 del clero secular, entre ellos doce obispos; 2.365 religiosos y 283 religiosas. Los seglares muertos por su fe fueron, probablemente, varios millares más.5 Es la mayor persecución religiosa de la historia de España.
España no fue una excepción. Fue el lugar donde el comunismo enseñó lo que era antes de poder hacerlo en todas partes. En el siglo XX mató a decenas de millones de personas: el Libro negro del comunismo calcula cerca de cien millones.6 En todos los países donde llegó al poder, el primer enemigo fue la Iglesia. Pío XI lo advertía en la misma encíclica: «lo que hoy sucede en España tal vez podrá repetirse mañana en otras naciones civilizadas». Se repitió.
La victoria
Lo que no se repitió fue la victoria. Ningún otro pueblo católico venció al comunismo con las armas en el siglo XX. España, sí. Y Pío XII, al mes de acabar la guerra, se lo dijo a los españoles en un radiomensaje del 16 de abril de 1939:
«Con inmenso gozo Nos dirigimos a vosotros, hijos queridísimos de la Católica España, para expresaros nuestra paterna congratulación por el don de la paz y de la victoria, con que Dios se ha dignado coronar el heroísmo cristiano de vuestra fe y caridad, probado en tantos y tan generosos sufrimientos.»
Y más adelante:
«La Nación elegida por Dios como principal instrumento de evangelización del Nuevo Mundo y como baluarte inexpugnable de la fe católica, acaba de dar a los prosélitos del ateísmo materialista de nuestro siglo la prueba más excelsa de que por encima de todo están los valores eternos de la religión y del espíritu.»7
Esto es lo que la Iglesia dijo de aquella guerra mientras era la Iglesia: no una guerra entre dos Españas igualmente culpables, sino la defensa de la fe frente a quienes querían borrarla. Pío XII honró a los que «han sellado con sangre su fe en Jesucristo», agradeció su sacrificio a los que lucharon «en defensa de los derechos inalienables de Dios y de la Religión» y pidió perdón y misericordia «para todos los que murieron».
La España que salió de la victoria
De aquella victoria nació una sociedad que, con todos sus defectos, vivió de la fe. Y en lo que de verdad importa era más libre que la actual: había paz y había orden, y nadie tenía que esconder su fe ni temer por ella. El Estado se declaraba católico: el Fuero de los Españoles de 1945 decía que la religión católica era «la del Estado español» y gozaba de «protección oficial».8 La fe estaba en la escuela, en la ley, en el calendario y en las calles.
Y esa sociedad prosperó contra todo pronóstico. En 1946 la ONU recomendó retirar los embajadores de Madrid y dejó a España aislada.9 Sin el Plan Marshall que recibió el resto de Europa, salió de la ruina por sus propios medios. Entre 1960 y 1973 creció en torno al 7 % anual, el mayor crecimiento de su historia.10 Se habló de «milagro español», y la palabra no era del todo impropia.
Y cayó con el Concilio
Treinta años después de la victoria, esa España se vino abajo en muy poco tiempo. No la derribó una revolución ni la invadió nadie. Cayó, y el camino de la caída está escrito en sus propias leyes.
El 7 de diciembre de 1965, el Vaticano II aprobó la declaración Dignitatis humanae: el derecho a la libertad religiosa, fundado en la dignidad de la persona, debía reconocerse en el ordenamiento jurídico de cada nación y convertirse en un derecho civil. España era el país donde esa declaración chocaba de frente con la ley. Y el régimen obedeció a lo que tomaba por la Iglesia.
En enero de 1967 se cambió el artículo 6 del Fuero de los Españoles. En junio se aprobó la Ley de Libertad Religiosa, y su preámbulo no dejaba dudas sobre la causa:
«porque, como es sabido, el Concilio Vaticano II aprobó, en 7 de diciembre de 1965, su declaración sobre la libertad religiosa, en cuyo número 2 se dice que el derecho de esta libertad “fundado en la misma dignidad de la persona humana, ha de ser reconocido en el Ordenamiento jurídico de la sociedad, de forma que llegue a convertirse en un Derecho civil”.»11
Lo que la guerra no consiguió, lo consiguió un documento conciliar en dieciocho meses. La Constitución de 1978 solo puso la firma: «Ninguna confesión tendrá carácter estatal».12 Desde entonces, España ha recorrido en cuarenta años el camino que a otros les costó dos siglos: el divorcio, el aborto, la eutanasia, las iglesias vacías.
La lección es dura. La España católica no cayó porque la vencieran: cayó porque le quitaron aquello por lo que se había levantado. Un pueblo puede defender su fe con las armas contra quien quiere arrancársela. No puede defenderla contra quien, desde Roma y con apariencia de Iglesia, le dice que esa fe ya no obliga a nadie. Los mártires de Paracuellos murieron por la España que Pío XII llamó «baluarte inexpugnable de la fe católica». Treinta años después, el Concilio declaró que ese baluarte ya no hacía falta.
Imagen: cementerio de los Mártires de Paracuellos de Jarama. Foto de Contando Estrelas, CC BY-SA 2.0, vía Wikimedia Commons.
Notas
Piedrasanta
La novela y los diálogos
La novela de la comunidad católica en tiempos de apostasía. — Miguel Echeverría
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