martes, 6 de octubre de 2026 ✠ San Bruno, Confesor

La Divina Misericordia: el culto que Roma prohibió y Wojtyła hizo fiesta

Un Dios que «no puede castigar», un perdón «total de culpas y penas» sin penitencia y una vidente a la que Cristo da «la prioridad entre las vírgenes». El Santo Oficio lo prohibió en 1959; Wojtyła lo levantó, lo canonizó y le dio el domingo de la octava de Pascua.

El primer domingo después de Pascua se llamó durante siglos Dominica in Albis: el día en que los bautizados de la Vigilia dejaban la vestidura blanca. Desde el 30 de abril de 2000 se llama, en toda la Iglesia conciliar, «domingo de la Divina Misericordia». El cambio no lo pidió ningún concilio ni ningún Padre. Lo pidió una monja polaca que decía haberlo oído de labios de Cristo, en unos escritos que el Santo Oficio había prohibido difundir cuarenta y un años antes.

Este apunte recorre los tres tiempos de esa historia: qué se prohibió y por qué, qué dicen los textos cuando se los mide con la doctrina de Trento y con la regla que la Iglesia tenía para las revelaciones privadas, y cómo Karol Wojtyła hizo de una devoción proscrita la fiesta de su pontificado.

La monja, el cuadro y el Diario

Helena Kowalska nació en 1905 en Głogowiec, en la Polonia central, en una familia campesina de diez hijos. En 1925 entró en la Congregación de las Hermanas de Nuestra Señora de la Misericordia con el nombre de sor María Faustina, y allí vivió como cocinera, jardinera y portera hasta su muerte, de tuberculosis, en Cracovia-Łagiewniki el 5 de octubre de 1938, a los treinta y tres años.

El 22 de febrero de 1931, en su celda del convento de Płock, dice ver a Cristo con túnica blanca: del pecho le salen dos grandes rayos, uno rojo y otro pálido. La orden que recibe es precisa: «Pinta una imagen según el modelo que ves, y firma: Jesús, en Ti confío».1 Al día siguiente llegan las promesas y la petición de una fiesta: el primer domingo después de Pascua «ha de ser la Fiesta de la Misericordia».

Su confesor en Vilna, el P. Michał Sopoćko, le manda escribir lo que oye. Así nace el Diario: seis cuadernos redactados entre 1934 y 1938, que no se imprimirán íntegros hasta 1981. Sopoćko encarga en 1934 el primer cuadro al pintor Eugeniusz Kazimirowski; en 1943 Adolf Hyła pinta en Łagiewniki la versión que acabará dando la vuelta al mundo. A la imagen se suman la coronilla, la «hora de la misericordia» (las tres de la tarde) y la fiesta.

Las condenas

Roma dijo que no cuatro veces en seis años, y las dos primeras fueron bajo Pío XII.2

  • 1953. El Santo Oficio resuelve que no debe instituirse la fiesta de la Misericordia, que el episcopado polaco había pedido en 1946. Ese mismo año los obispos polacos, tras un informe muy negativo del arzobispo de Vilna —el ordinario de Faustina—, prohíben introducir imágenes nuevas y celebrar oraciones públicas, y mandan ir retirando los cuadros de los altares.
  • 1957. El Santo Oficio ordena investigar el culto en Polonia. La mayoría de los obispos responde negativamente y pide que la devoción «en las formas presentadas por sor Faustina» sea silenciada. Según lo que el primado Wyszyński contó a Sopoćko a su vuelta de Roma, allí se le dijo que la liturgia de la Dominica in Albis ya contenía bastante sobre la misericordia divina.
  • 19 de noviembre de 1958. Decreto del Santo Oficio, no publicado y comunicado al primado. Niega que conste la sobrenaturalidad de las revelaciones, excluye la fiesta, prohíbe difundir imágenes y escritos y ordena al P. Sopoćko, con un gravissimum monitum, cesar en su defensa.3
  • 6 de marzo de 1959. Notificación pública en Acta Apostolicae Sedis:

«Se hace saber que la Suprema Sagrada Congregación del Santo Oficio, examinadas las presuntas visiones y revelaciones de sor Faustina Kowalska, del Instituto de Nuestra Señora de la Misericordia, fallecida en 1938 cerca de Cracovia, ha establecido lo siguiente: 1) debe prohibirse la difusión de las imágenes y escritos que presentan la devoción de la Divina Misericordia en las formas propuestas por dicha sor Faustina; 2) se encomienda a la prudencia de los obispos retirar dichas imágenes, si ya estuvieran expuestas al culto».4

Página 271 de las Acta Apostolicae Sedis de 1959 con la Notificación del Santo Oficio sobre las visiones de sor Faustina Kowalska.
Acta Apostolicae Sedis 51 (1959), p. 271: la Notificación del Santo Oficio de 6 de marzo de 1959 (edición digital de la Santa Sede, vatican.va).

Detrás no hay un malentendido de oficina. Según contó el propio Wyszyński al arzobispo Gawlina, una comisión de obispos polacos había estudiado el caso y no había reconocido las revelaciones como sobrenaturales, y el Santo Oficio pudo apoyarse en ese estudio.5 Es una sola línea de rechazo que va del decreto de Pío XI contra las devociones nuevas (1937) a la Notificación de 1959, con el expediente instruido entero bajo Pío XII y con su personal. (Lo que no consta, aunque se repite mucho, es que Pío XII pusiera los escritos en el Índice.6)

La regla con que se juzgó

Los actos de 1958 y 1959 son posteriores al 9 de octubre de 1958 y, por eso, aquí no se alegan como autoridad. No hace falta: el Santo Oficio de 1953-1959 no inventó ningún criterio, sino que aplicó normas que estaban escritas desde mucho antes.

La primera es la de Benedicto XIV, recogida por toda la manualística: a una revelación privada, incluso aprobada, no se le debe fe católica, sino a lo sumo fe humana, si es «probable y piadosamente creíble»; y no puede publicarse sin aprobación eclesiástica.7 La segunda es el decreto del Santo Oficio del 26 de mayo de 1937, dado por mandato expreso de Pío XI cuando Faustina aún vivía y su cuadro ya se había expuesto en Vilna. Su diagnóstico parece escrito para el caso:

«Nadie ignora ya que nuevas formas de culto y devoción de este tipo, a veces ridículas, casi siempre imitación inútil o incluso contaminación de otras semejantes ya legítimamente establecidas, se multiplican de día en día y se propagan entre los fieles».8

El decreto recordaba a los obispos los cánones 1259, 1261 y 1279 del Código de 1917: ninguna devoción ni imagen insólita en las iglesias sin aprobación. Ese es el marco. Lo que sigue es lo que la regla encuentra cuando se abre el Diario.

Lo que dice el Diario

Las citas que siguen proceden de la edición oficial en español (Padres Marianos), con la numeración por párrafos que usan todas las ediciones. Las palabras en cursiva son las que el Diario atribuye a Cristo.

Un perdón que la Iglesia nunca prometió

La promesa central es la de la fiesta:

«El alma que se confiese y reciba la Santa Comunión obtendrá el perdón total de las culpas y de las penas» (n. 699). «Quien se acerque ese día a la Fuente de Vida, recibirá el perdón total de las culpas y de las penas» (n. 300).

Perdón total de la culpa y de la pena: es decir, la remisión de toda la pena temporal debida por los pecados, sin más condiciones que confesar y comulgar un domingo concreto. La Iglesia conoce un solo sacramento que borra culpa y pena por entero: el bautismo. Trento lo dice expresamente al tratar de la penitencia: en ella se perdona la culpa, pero no siempre toda la pena temporal, «como sucede en el bautismo». Y lo eleva a canon:

«Si alguno dijere que después de recibida la gracia de la justificación, de tal manera se le perdona la culpa y se le borra el reato de la pena eterna a cualquier pecador arrepentido, que no queda reato alguno de pena temporal que haya de pagarse o en este mundo o en el otro en el purgatorio, antes de que pueda abrirse la entrada en el reino de los cielos, sea anatema» (ses. VI, can. 30; Dz 840).9

Los defensores del culto no esquivan el paralelo: lo reivindican. El P. Ignacy Różycki, el teólogo al que Wojtyła encargó el estudio de los escritos, enseña que esa gracia es «mucho mayor que la indulgencia plenaria» y que Cristo la elevó «al rango de un segundo bautismo». Lo recoge hoy la web oficial de la Congregación de Faustina.10 Un segundo bautismo anual, prometido por revelación privada y fijado precisamente en la octava del bautismo pascual.

Tan fuerte es la promesa que la propia estructura conciliar tuvo que rebajarla. Cuando la Penitenciaría Apostólica reguló en 2002 la indulgencia de ese domingo, la sometió a las «condiciones habituales» y exigió el ánimo «totalmente apartado del afecto a cualquier pecado, incluso venial»; ni siquiera nombra a Faustina.11 Es decir: lo que el Diario promete, ni el Vaticano de Wojtyła se atrevió a firmarlo tal cual.

Un Dios que no puede castigar

El segundo eje es la relación entre misericordia y justicia. El Diario no niega el infierno —Faustina describe una visión de él—, pero coloca la justicia como una puerta que solo atraviesa quien rechaza expresamente la misericordia. Y a la misericordia le da un lenguaje de derecho exigible:

«Cuanto más grande es el pecador, tanto más grande es el derecho que tiene a Mi misericordia» (n. 723).

«No puedo castigar aun al pecador más grande si él suplica Mi compasión, sino que lo justifico en Mi insondable e impenetrable misericordia» (n. 1146).

«Tu confianza y tu amor impiden Mi justicia y no puedo castigar porque Me lo impides» (n. 198).

«No quiero castigar a la humanidad doliente, sino que deseo sanarla» (n. 1588).

«En esa hora se estableció la gracia para el mundo entero: la misericordia triunfó sobre la justicia» (n. 1572).

«Soy más generoso para los pecadores que para los justos» (n. 1275).

Y la propia Faustina saca la consecuencia: «Será condenada solamente el alma que lo quiera, porque Dios no condena a nadie» (n. 1452).

Santo Tomás enseña que en toda obra de Dios aparecen a la vez la misericordia y la justicia, y que es más propio de Dios compadecerse que castigar.12 Pero define también el pecado que nace de forzar esa verdad: la presunción, que consiste en esperar de la misericordia divina lo que no es posible según el orden que Dios ha puesto, «como si alguien esperara obtener el perdón sin arrepentirse, o la gloria sin méritos» (II-II, q. 21, a. 1). La teología clásica la cuenta entre los pecados contra el Espíritu Santo. Un Dios que «no puede» castigar porque la confianza del alma «le impide» su justicia ya no es el Dios que perdona: es un Dios atado por la confianza de la criatura.

La confianza que salva por sí sola

Ahí entra el lema del cuadro, «Jesús, en Ti confío», y la cadena de promesas que lo acompaña:

«Prometo que el alma que venera esta imagen no perecerá» (n. 48).

«Quien confía en Mi misericordia no perecerá» (n. 723).

«Hasta el pecador más empedernido, si reza esta coronilla una sola vez, recibirá la gracia de Mi misericordia infinita» (n. 687).

«Ningún alma que ha invocado Mi misericordia ha quedado decepcionada» (n. 1541).

«No encontrará alma ninguna la justificación hasta que no se dirija con confianza a Mi misericordia» (n. 570).

Trento dedicó un capítulo entero del decreto sobre la justificación a la confianza que salva por sí sola. Lo tituló «Contra la vana confianza de los herejes»: no debe decirse que se perdonan los pecados a quien «se jacte de la confianza y certeza de la remisión de sus pecados y en ella sola descanse», porque esa confianza «vana y alejada de toda piedad» se predicaba entonces «con gran ahínco contra la Iglesia católica» (ses. VI, cap. 9; Dz 802). Y sobre la perseverancia final: «nadie se prometa nada cierto con absoluta certeza» (cap. 13; Dz 806).13 El Diario pone en boca de Cristo, sujetas a una imagen y una coronilla, justamente las certezas que Trento negó.

El n. 570 añade algo más grave: hace depender la justificación de una devoción nueva. La Iglesia enseña con qué se justifica el hombre —la fe, el bautismo, la penitencia—, y en ese catálogo no figuran ni una fiesta revelada en 1931 ni un cuadro.

La vidente en el centro

La regla preconciliar de discernimiento tiene una piedra de toque: la humildad. Tanquerey, siguiendo a Benedicto XIV, escribe que las revelaciones verdaderas confirman al alma en la humildad y la obediencia, y que las falsas «engendran soberbia, presunción y desobediencia». Poulain añade que es señal de orgullo «tener prurito de divulgar las gracias que uno cree recibir».14 Lo que el Diario pone en boca de Cristo sobre la propia Faustina es esto:

«Te doy la prioridad entre las vírgenes, tú eres el honor y la gloria de Mi Pasión» (n. 282).

«Me uno a ti tan estrechamente como a ninguna otra criatura» (nn. 707 y 1546; cf. 587).

«Desde hoy no tengas miedo del juicio de Dios, ya que no serás juzgada» (n. 374).

«Por ti detengo la mano castigadora, por ti bendigo la tierra» (n. 431; cf. 980, 1061).

«Tú eres la secretaria de Mi misericordia; te he escogido para este cargo en ésta y en la vida futura» (n. 1605).

«Dile a la Superiora General que cuente contigo como con la hija más fiel de la orden» (n. 1130).

Y cuando la monja llora porque querría que su casa tuviera una santa: «No llores, tú la eres» (n. 1650; cf. 1571).

La Iglesia llama a una sola criatura Virgo virginum, y no es Faustina. Unión con Cristo «como a ninguna otra criatura», exención del juicio, bendición del mundo por sus méritos, cargo de «secretaria» para la eternidad y anuncio de su propia santidad: ninguna vidente aprobada por la Iglesia habla así de sí misma. Bernadette entró en Nevers y desapareció; Catalina Labouré guardó el anonimato cuarenta y seis años y solo al final de su vida dijo que era ella la vidente de la Medalla Milagrosa. Aquí el mensaje y la mensajera crecen juntos.

A esto se añaden episodios que la teología sacramental no puede pasar por alto: la Hostia que, según el n. 44, sale del sagrario y va a parar a las manos de la monja, que la vuelve a colocar dentro tres veces; y la afirmación del n. 1302 de que «la Santa Comunión permanece en mí hasta la Santa Comunión siguiente» y de que su corazón es «un tabernáculo vivo en el que se reserva la Hostia viva».15

Una fiesta exigida por revelación

La regla preconciliar es tajante en un punto: la Iglesia no funda fiestas sobre revelaciones privadas. Tanquerey lo explica: «cuando se trata de la institución de alguna festividad […] espera muchos años antes de pronunciar fallo definitivo». Y Poulain observa que la bula del Corpus alude a las visiones de santa Juliana solo de pasada, y que la Misa del Sagrado Corazón ni siquiera menciona las de santa Margarita María.16

El Diario, en cambio, ata la fiesta a una amenaza: «Les ofrezco la última tabla de salvación, es decir, la Fiesta de Mi misericordia. Si no adoran Mi misericordia, morirán para siempre» (n. 965). Cuando Faustina objeta que ya existe una fiesta de la Misericordia —en Cracovia había una iglesia con esa advocación desde 1629—, la voz responde: «¿Y quién sabe algo de esa fiesta? ¡Nadie!» (n. 341). Una revelación privada que no solo pide una fiesta para toda la Iglesia, sino que condena a quien no la acoja, ha dejado de ser privada.

El Corazón que desaparece

Queda la imagen. En 1928 Pío XI había enseñado en Miserentissimus Redemptor que, al enfriarse la caridad en el mundo, Dios propuso a los fieles el culto de su amor en el Corazón de Jesús, y que en esa devoción «se encierra la síntesis de toda la religión»; una devoción con un nervio preciso, la reparación.17 La imagen de Faustina conserva los rayos y la mano que señala el pecho, pero el Corazón ya no se ve. Es un Sagrado Corazón sin corazón ni espinas, sin llama ni cruz, y debajo, en lugar de la reparación, un lema de confianza.

Es exactamente lo que el decreto de 1937 describía: una forma nueva que se presenta como imitación de otra «legítimamente establecida» y acaba desplazándola.

El cuadro que dirigió la vidente, y sus dos cuernos

Hay además una rareza que pocos señalan. La imagen que hoy da la vuelta al mundo no es la que Faustina vio pintar. La que ella dirigió es la de Eugeniusz Kazimirowski, pintada en Vilna en 1934: la monja acudía al taller con su confesor y corregía al pintor. El Diario da a ese lienzo una doble ratificación. Cuando Faustina llora porque el cuadro no es tan bello como Cristo, la voz le responde: «No en la belleza del color, ni en la del pincel, está la grandeza de esta imagen, sino en Mi gracia» (n. 313). Y en abril de 1935, expuesto en la Puerta de la Aurora de Vilna, ese mismo cuadro «tomó un aspecto vivo y los rayos penetraron en los corazones» (n. 417).

Pues bien: la imagen ratificada así fue arrinconada. En 1943, en Cracovia, Adolf Hyła pintó otra, y es la que se impuso: la que preside Łagiewniki y la que se reproduce por millones. Sopoćko y la biógrafa Winowska la llamaron «traición del original». En 1954 el episcopado polaco aprobó para el culto una tercera, la de Sleńdziński, y tampoco era la de Kazimirowski.18 Si la primera imagen se pintó por mandato del Señor y bajo la dirección de la vidente, lo lógico sería venerar esa. No se hizo.

Basta mirarla de cerca para entender por qué incomoda. A ambos lados de la raya, en el nacimiento del pelo, dos reflejos claros se curvan hacia arriba y dibujan sobre la frente de Cristo dos cuernos. La apariencia es evidente, y no la explica ningún retoque tardío. En 1986, al colgarla en Vilna, se repintaron por completo el rostro, las manos y buena parte de la túnica. En 2003 una restauradora quitó esos repintes, y lo que salió debajo fue el original de Kazimirowski: según ella misma, «el modelado del rostro y del cabello resultó completamente distinto».19 Lo que se ve hoy es, por tanto, la cabeza que pintó Kazimirowski bajo la mirada de Faustina.

Detalle de la cabeza de Cristo en el cuadro de Eugeniusz Kazimirowski (Vilna, 1934): a ambos lados de la raya del pelo, dos reflejos curvados hacia arriba.
Detalle del cuadro de Kazimirowski (Vilna, 1934), en su estado actual tras la restauración de 2003, que retiró los repintes de 1986.

La explicación devota habla de reflejos de luz en el cabello y de pareidolia. Puede ser. Pero la regla de discernimiento no pide adivinar intenciones: pide examinar si una aparición se muestra «con dignidad». Tanquerey enumera entre las señales de imitación humana o diabólica las apariciones sin dignidad o ridículas.20 Un Cristo que el público ve con cuernos en la imagen que la vidente dirigió, y que el «Señor» del Diario hizo suya, no supera esa prueba. Y quienes difunden el culto parecen haberlo entendido así, porque han preferido otro cuadro.

El papel de Wojtyła

La prohibición duró diecinueve años. Que cayera, y que el culto proscrito acabara convertido en fiesta de toda la Iglesia conciliar, es obra de un solo hombre, que estuvo en la causa desde antes de la condena.

El defensor (1957). En la encuesta del Santo Oficio de Pío XII, mientras la mayoría del episcopado pedía silenciar el culto, uno de los pocos informes favorables lo redactó, en nombre del arzobispo Baziak de Cracovia, un joven sacerdote: Karol Wojtyła.21

El que deshace la prohibición (1965-1978). Ya arzobispo de Cracovia, abre el proceso diocesano sobre Faustina (1965-1967) y encarga al P. Różycki el estudio de los escritos. Como la prohibición sigue vigente, el vicepostulador aconseja tratar «por separado» la santidad de la monja y sus visiones: primero la santa, después el mensaje. En 1967 obtiene de Ottaviani permiso para publicar en polaco la biografía de Faustina. Escribe a Pablo VI pidiéndole que levante las prohibiciones. El 15 de abril de 1978, a petición «especialmente de Polonia, también con autoridad», la Congregación para la Doctrina de la Fe declara que las prohibiciones de 1959 «ya no son vinculantes». No da una sola razón doctrinal: alega «documentos originales no conocidos en 1959», «circunstancias profundamente cambiadas» y «el parecer de muchos Ordinarios polacos».22 Seis meses después, Wojtyła es elegido.

El que lo impone a toda la Iglesia (1980-2002).

  • En 1980 publica Dives in misericordia. Años después dirá que el mensaje de Faustina fue «mi experiencia personal, que llevé conmigo a la Sede de Pedro y que en cierto sentido forma la imagen de este pontificado».23
  • En 1993 beatifica a Faustina, en el domingo in Albis.
  • El 30 de abril de 2000 la canoniza y, en la misma homilía, anuncia que el segundo domingo de Pascua «en toda la Iglesia se designará con el nombre de domingo de la Misericordia divina». Presenta a la monja como «don de Dios a nuestro tiempo» y cita el Diario como palabra de Cristo (n. 300).
  • En 2002 encomienda el mundo a la Divina Misericordia en Łagiewniki y pide que se cumpla «la promesa vinculante del Señor Jesús» del n. 1732.24 Una revelación que la Iglesia había prohibido difundir se ha convertido en promesa vinculante del Señor, exactamente lo que, según Benedicto XIV, una revelación privada no puede ser nunca.

El sello (2005-2014). Muere el 2 de abril de 2005, víspera de esa fiesta. Ratzinger lo beatifica y Bergoglio lo canoniza en ese mismo domingo. El culto que Wojtyła rescató sirve de marco litúrgico a su propia glorificación.

La coartada de la mala traducción

Para levantar la condena hacía falta una explicación, y se dio una: el Santo Oficio se habría equivocado por culpa de una mala traducción italiana del Diario.25 Pero esa explicación no figura en el documento de 1978. La lanzó en 1959 la biógrafa de Faustina para defender la causa. Y, sobre todo, ninguna traducción explica los textos citados arriba, que se leen hoy en la edición oficial de los promotores: si «perdón total de las culpas y de las penas», «no puedo castigar» o «te doy la prioridad entre las vírgenes» fueran errores del traductor, no estarían allí. Hasta un vaticanista nada tradicional, John Allen, reconoció en 2002 que hubo «reservas teológicas serias».26

Por qué encajaba con el Concilio

Que fuera Wojtyła quien rescatara a Faustina no es una casualidad de paisanaje. El culto de la Divina Misericordia es la piedad que corresponde a la teología del Concilio.

El 11 de octubre de 1962, al abrir el Concilio, Roncalli fijó el método: «En nuestro tiempo, la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad», «mostrando la validez de su doctrina más que renovando condenas».27 Tres años y medio después de que su Santo Oficio prohibiera a Faustina, el programa de la asamblea era una misericordia que ya no condena. Y Gaudium et spes 22 dio a Wojtyła su texto preferido: el Hijo de Dios, con su encarnación, «se ha unido en cierto modo con todo hombre». Es una salvación que se presume para todos y que no necesita juez.

Si se ponen en fila las tres cosas, se ve que hablan el mismo idioma. Un Concilio que renuncia a condenar. Un Dios que «no puede castigar» a quien confía. Y un domingo que deja de recordar el bautismo —la vestidura blanca, la vida nueva que hay que guardar— para celebrar un perdón total que se obtiene por la confianza. La fe del bautizado que tiene que perseverar «con temor y temblor» deja paso a la confianza del que está seguro. Bergoglio no tuvo más que sacar la consecuencia con su Jubileo de la Misericordia de 2015-2016.

Lectura

Desde la posición que sostiene este sitio, la historia tiene una lógica difícil de esquivar.

Primero. La doctrina que permite juzgar el Diario no depende de ningún documento posterior a 1958. Trento (Dz 802, 806, 840), Santo Tomás, Benedicto XIV, el decreto de Pío XI de 1937 y el Código de 1917 bastan. Medido con ellos, el Diario contiene promesas contrarias a la doctrina definida sobre la pena temporal y la certeza de la salvación; una relación entre misericordia y justicia que lleva a la presunción; una autoexaltación de la vidente que la regla de discernimiento señala como marca de ilusión; y la pretensión de imponer una fiesta universal con amenaza de condenación.

Segundo. Pío XII no puso a Faustina en el Índice, pero su Santo Oficio dijo que no a la fiesta en 1953 y abrió en 1957 la investigación que terminó en la prohibición. La prohibición formal de 1958-1959 llevaba ya la firma de Roncalli, y por eso no se la invoca aquí como autoridad. Pero el expediente se instruyó en tiempo de Pío XII y con su personal: Ottaviani era prosecretario por nombramiento suyo. Fue la última vez que la regla católica funcionó con la inercia de antes. Lo que vino después es el mismo aparato aplicando la regla contraria. Y en ese tránsito hay un hombre a los dos lados: Wojtyła, que defendió el culto ante el Santo Oficio de Pío XII en 1957 y lo impuso a toda la Iglesia conciliar en 2000.

Tercero. La revocación de 1978 no refuta nada. No declara sobrenaturales las revelaciones ni corrige un solo error doctrinal: dice que las prohibiciones «ya no son vinculantes» porque las «circunstancias» están «profundamente cambiadas». Es verdad: había cambiado la religión de quien juzgaba. Lo que el Santo Oficio consideró peligroso en 1959 era peligroso precisamente por lo mismo que la Iglesia conciliar celebra: un Dios cuya misericordia ha absorbido su justicia.

Cuarto. Wojtyła no se limitó a tolerar el culto. Lo convirtió en fiesta universal sobre la base de una revelación privada, cosa que la Iglesia no había hecho nunca. Llamó «promesa vinculante del Señor» a una frase del Diario. Y quitó al domingo de la octava de Pascua su memoria bautismal para dársela a una monja cuya «fiesta» promete lo que solo el bautismo da. La sustitución de in Albis por la «Divina Misericordia» resume en el calendario lo que el Concilio hizo con la doctrina.

Al católico le basta la devoción que la Iglesia le dio y aprobó: el Sagrado Corazón, con su reparación, sus espinas y su cruz. No necesita un Corazón sin corazón ni un perdón sin penitencia.

Notas

De la editorial
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