20 de junio
Rojo

San Silverio, Papa y Mártir
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (Jud. 1, 17-21)
Léctio Epístolæ beáti Judæ Apóstoli. Caríssimi: Mémores estóte verborum, quæ prædícta sunt ab Apóstolis Dómini nostri Jesu Christi, qui dicébant vobis, quóniam in novíssimo témpore vénient illusóres, secúndum desidéria sua ambulántes in impietátibus. Hi sunt, qui ségregant semetípsos, animáles, Spíritum non habéntes. Vos autem, caríssimi, superædificántes vosmetípsos sanctíssimæ vestræ fídei, in Spíritu Sancto orántes, vosmetípsos in dilectióne Dei servate, exspectántes misericórdiam Dómini nostri Jesu Christi in vitam ætérnam.
Vosotros, queridos míos, acordaos de las palabras que os fueron antes dichas por los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo, los cuales os decían que en los últimos tiempos han de venir unos impostores, que seguirán sus pasiones llenas de impiedad. Estos son los que se separan a sí mismos de la grey de Jesucristo, hombres sensuales, que no tienen el espíritu de Dios. Vosotros al contrario, carísimos, elevándoos a vosotros mismos como un edificio espiritual sobre el fundamento de nuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo, manteneos constantes en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para alcanzar la vida eterna. [Torres Amat]
Comentario patrístico · Comentario a la Carta de San Judas — Cornelio a Lápide
Jud. 1, 17-21
Mas vosotros, amados. — Esta es la conclusión, en la cual, después de haber expuesto los fraudes y los vicios de los herejes, exhorta a los fieles a mantenerse constantemente en la doctrina y en las amonestaciones de los Apóstoles, y a huir de aquellos hombres como de pestes.
Acordaos de las palabras que fueron predichas (esto es, dichas de antemano, dichas antes: así el siríaco, el arábigo, Pagnino y otros) por los Apóstoles, — como por San Pedro, Epíst. II, cap. III, v. 2; por San Pablo, I Tim., cap. I, v. 1, y Epíst. II, cap. III, v. 2, donde previenen a los fieles que se guarden de los herejes que pronto habían de levantarse, y que en parte se habían levantado ya. Véase lo que allí se dice.
Burladores. — En hebreo לצים letsim, esto es, escarnecedores, mofadores: así llaman a los hombres más perversos, que se burlan de todas las cosas divinas y humanas, como hacen los herejes. Hugo: «que se mofan de los fieles», como los judíos se mofaron de Cristo, de suerte que con razón pueden ser llamados anticristos; Dionisio: «que engañan a los sencillos» con dulces palabras, con hipocresía y fingimiento de piedad. Pero sobre todo los gnósticos se burlaban de la providencia y del juicio de Dios, para que, sin temor de Él, pudiesen entregarse libremente a sus concupiscencias. De ahí que en son de burla decían: ¿Dónde está su promesa o su venida? II Pedro III, 4.
Que andan según sus propios deseos en impiedades. — En griego ἀσεβειῶν, esto es, de impiedades, como si dijera: Sus deseos son deseos de impiedades, es decir, de cosas impías y muy impías. El siríaco: que andan según sus concupiscencias en pos de la impiedad; el arábigo: corren en sus deseos de deshonestidad.
Estos son los que a sí mismos se separan, — de la Iglesia y de la asamblea de los fieles, y por consiguiente de Dios, de Cristo y del cielo, haciendo un cisma, una Iglesia y secta propia; el «a sí mismos» falta en el griego. Por lo cual Ecumenio, vertiendo el griego ἀποδιορίζοντες, esto es, los que distinguen, dividen, discriminan, segregan, exterminando o más bien poniendo fuera de los límites, lo explica así: «Los que ponen fuera de los límites, es decir, los que apartan a los hombres y los separan fuera de los términos de la Iglesia, esto es, fuera de la fe y del sagrado tabernáculo de la Iglesia. Pues cuando han convertido sus moradas y reuniones en cuevas de ladrones, los arrebatan de la Iglesia y los arrastran hacia sí.» Por eso los Apóstoles desde el principio, por la unidad de la Iglesia y la comunión de los fieles, y para conocer, cuidar y promover mejor a todos, exhortaban encarecidamente a los cristianos a frecuentar las Iglesias y las asambleas comunes. De ahí, Hechos cap. II, v. 46: «Perseverando cada día unánimes en el templo»; y cap. XX, v. 7: «Habiéndonos reunido para partir el pan»; y I Cor. cap. XI, v. 20: «Cuando os reunís, pues, en un mismo lugar»; a los Hebreos X, 23: «No abandonando nuestra asamblea.» Clemente de Roma, libro II de las Constituciones Apostólicas, cap. LIX: «Reuníos», dice, «en la Iglesia cada día, mañana y tarde, para cantar los salmos.» San Ignacio, epíst. 6 a los Magnesios: «Venid todos juntos a orar en el mismo lugar, haya una sola oración común»; y epíst. 11 a Policarpo: «Celébrense con más frecuencia las asambleas y los sínodos, buscad a todos por su nombre.» Añade además la razón por la cual se separan, cuando dice:
Animal [sensual], — no de anima (alma) sino de animalidad, dice Hugo. Mas también anima significa esto, cuando se distingue de animus, esto es, de la parte superior. De ahí Accio en los Epígonos, citado por Nonio: «Por el animus somos sabios, por el anima vivimos; sin el animus el anima es flaca.» Los herejes, pues, son llamados «animales» por el alma sensitiva y vegetativa, a la cual sirven del todo; porque, como los animales, no siguen la razón sino el sentido, y viven en las concupiscencias de la carne, «no teniendo el espíritu»; el siríaco y el arábigo: en quienes no hay espíritu, como si dijera: Todos ellos son meros animales, mera carne; por eso no tienen nada de espíritu: pues «el hombre animal no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios», I Cor. II, 14. Y también: «Quien se aparta y no permanece en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios», dice San Juan, Epíst. II, 9. La razón, pues, por la cual se separan de la Iglesia es porque son animales. Porque así como los animales siguen su propio antojo, así ellos siguen su propio cerebro y juicio, negándose a creer y a someterse al juicio de la Iglesia y de sus Rectores. De ahí que el arábigo traduce: o vivientes. En segundo lugar, porque como los animales siguen sus propios apetitos — no los de la razón y del espíritu, sino los del sentido, a saber, de la gula, la avaricia, la ira, la soberbia, la lujuria, etc. De ahí que Ecumenio traduce: viviendo según la constitución del mundo. Y también: «No tienen», dice, «el Espíritu, a saber, el Espíritu divino que habla en ellos, porque usan de una sabiduría diabólica.» Oye a San Bernardo, a los Hermanos del Monte de Dios: «El alma», dice, «es cosa incorpórea, capaz de razón, apta para dar vida al cuerpo. Esto hace a los hombres animales, cuando saborean la carne, adhiriéndose a los sentidos del cuerpo. Cuando empieza a ser no sólo capaz, sino también partícipe de la razón perfecta, al punto despoja de sí el nombre del género femenino, y se hace animus, partícipe de la razón, apto para gobernar el cuerpo, o aun poseyéndose a sí mismo como espíritu. Pues mientras es anima, pronto se afemina en lo carnal. Mas el animus, o espíritu, en nada medita sino en lo que es varonil y espiritual, etc. Animus, digo, en cuanto anima bien y perfecciona su animal con la añadidura de la razón libre; mas bueno, en cuanto ama ya su bien, por el cual se hace bueno, y sin el cual no podría ni ser bueno ni ser animus. Y el animus se hace bueno y racional amando al Señor su Dios con todo su corazón, temiendo a Dios y guardando sus mandamientos. Porque esto es todo hombre.»
Mas vosotros, amados, edificándoos sobre vuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo, conservaos en el amor de Dios. — El «edificándoos» depende de «conservaos».
En las Escrituras es frecuente la metáfora de los edificios, en la cual los hombres y los hijos son llamados «casas»; mas los fieles y los santos son llamados «templo de Dios», cuyo fundamento es la fe, que descansa sobre la piedra angular firmísima que es Cristo Jesús, «en quien todo el edificio, bien trabado, crece para ser un templo santo en el Señor», Ef. II, 21. Por tanto, cuando se edifican sobre la fe santa, levantan a Dios una augusta morada. De ahí que San Pablo añade allí: «En quien también vosotros sois juntamente edificados para morada de Dios»; y San Pedro, Epíst. I, cap. II, v. 1: «Acercándoos a Él, piedra viva, etc., también vosotros, como piedras vivas, sois edificados, casas espirituales.» Así pues, Cristo y los fieles adheridos a Cristo levantan y forman un noble templo místico de Dios, a saber, la Iglesia, cuyo fundamento es Cristo, cuyos muros son las Iglesias particulares y provinciales, cuyas piedras son cada uno de los fieles, que sobre Cristo, el fundamento, son edificados por la fe y la gracia. Más aún, cada uno de los fieles se edifica a sí mismo como un templo particular, o capilla, para Dios, según aquello: «Vosotros sois templo del Dios vivo», I Cor. VI, 16. El fundamento de este templo es la fe, los muros son la esperanza y las demás virtudes, el techo es la caridad. De ahí San Agustín, sermón 22 Sobre las palabras del Apóstol: «La casa de Dios», dice, «se funda creyendo, se levanta esperando, se perfecciona amando»; y Orígenes sobre el cap. IV a los Romanos: «Los primeros comienzos y los mismos fundamentos de la salvación son la fe; los progresos y aumentos del edificio son la esperanza; mas la perfección y corona de toda la obra es la caridad.»
Llama a la fe no santa, sino «santísima», para significar su admirable y suprema santidad: pues por muchos títulos, nombres y causas es santísima, como mostré en II Pedro II, 20. Opone la santísima, esto es, purísima, fe de Cristo a la impiísima e inmundísima secta y perfidia de los gnósticos.
En el Espíritu Santo (a saber, por el Espíritu Santo) orando. — Ecumenio refiere «en el Espíritu Santo» a «edificándoos», que precedía. Mejor, los códices romanos y otros lo refieren a «orando». «Porque el mismo Espíritu pide», esto es, nos hace pedir, «con gemidos inefables», Rom. VIII, 27. El arábigo traduce: manteneos sobre vuestra fe santa, cuando oráis en el Espíritu Santo.
El siríaco: «guardemos nuestra alma en el amor.» Une el amor o caridad a la oración: primero, porque la oración por el Espíritu Santo alcanza la caridad, según aquello: «La caridad de Dios se ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado», Rom. v, 5; segundo, porque, para que Dios nos ame y conceda bienes a los que oran, quiere a su vez ser amado por nosotros; tercero, porque el fin, fruto, cumbre y perfección de la estructura de las virtudes — a saber, la fe, la esperanza y la oración — es la caridad, según aquello: «La plenitud de la ley es el amor», Rom. xiii, 10; y: «El fin del precepto es la caridad de un corazón puro», I Tim. i, 5: porque la caridad es la reina, más aún, el alma de todas las virtudes. Además, este amor de Dios incluye el amor del prójimo. Pues al prójimo se le ha de amar por Dios; porque así lo manda Dios, y así la caridad de Dios. Pues opone al cisma de los gnósticos la caridad de los fieles, para que, unidos por ella, conspiren y crezcan juntos en la única estructura de la Iglesia, según aquello de San Pablo: «Solícitos en guardar la unidad del espíritu en el vínculo de la paz», Ef. iv, 3. Porque, como dice San Agustín, tratado 2 sobre Juan: «La envidia separa, la caridad une.» Y el mismo, en la epístola 50 a Bonifacio: «Sólo la Iglesia Católica es el cuerpo de Cristo, del cual Él es la cabeza, el Salvador de su propio cuerpo. Fuera de este cuerpo el Espíritu Santo a nadie da vida, porque no es partícipe de la caridad divina quien es enemigo de la unidad.» Téngala, pues, cada uno, «para que crezca junto al árbol de la vida.»
Esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo (que os lleve) a la vida eterna, o bien, para que alcancéis la vida eterna. El arábigo: en la vida eterna. En ella sentiremos la inmensa misericordia de Dios, y la gozaremos en la visión y posesión de Dios. Exhorta a los fieles a retener firmemente la fe y la caridad de Cristo, alentándolos a la esperanza de la vida eterna, la cual sin duda alcanzarán de un Dios misericordioso si perseveran en la fe y la caridad. Con esta esperanza, como con un escudo, se han de rechazar y quebrantar todas las persecuciones, dificultades y tentaciones. De ahí que el siríaco traduce: «Guardemos nuestra alma en el amor de Dios, mientras esperamos la misericordia de nuestro Señor Jesucristo.» Porque la esperanza se apoya más en la misericordia de Dios que en nuestros propios méritos: primero, porque no tenemos méritos sino por la misericordia y la gracia de Dios; segundo, porque Dios no debe la gloria a nuestros méritos por justicia, sino que la ha prometido a ellos por misericordia. Así San Agustín, epístola 103. De ahí Pablo: «La gracia de Dios», dice, «es la vida eterna», Rom. vi, 23. Dios, pues, da a los fieles atribulados y afligidos, como consuelo y sostén poderosísimo, la esperanza (más aún, a Sí mismo en la esperanza), «la cual tenemos como áncora segura y firme del alma, que penetra hasta lo interior del velo», Heb. vi, 19.
Comentario a la Carta de San Judas, Cornelio a Lápide · Traducción del editor, sobre la versión inglesa de dominio público (T. W. Mossman) · fuente: lapide.org (dominio público)
Evangelio (Matt. 16, 24-27)
Sequéntia sancti Evangélii secúndum Matthǽum In illo témpore: Dixit Jesus discípulis suis: Si quis vult post me veníre, ábneget semetípsum, et tollat crucem suam, et sequátur me. Qui enim voluerit ánimam suam salvam fácere, perdet eam: qui autem perdíderit ánimam suam propter me, invéniet eam. Quid enim prodest hómini, si mundum univérsum lucrétur, ánimæ vero suæ detriméntum patiátur? Aut quam dabit homo commutatiónem pro ánima sua? Fílius enim hóminis ventúrus est in glória Patris sui cum Angelis suis: et tunc reddet unicuíque secúndum ópera ejus.
Traducción en preparación.
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Mateo 16, 24-27 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 55,1. Después de haber dicho Pedro: "Ten compasión de ti, Señor, de ninguna manera será esto contigo" ( Mt 16,22) y el Señor le contestó: "Ve en pos de mí, Satanás" ( Mt 16,23), el Señor no se contentó con esta sola reprensión, sino que quiso hacerle ver de una manera sobreabundante la inconveniencia de sus palabras y manifestarle el fruto de su pasión. Por eso se dice: "Entonces dijo a sus discípulos: si alguno quiere venir en pos de mí", que equivale a decir: Tú me dices: Ten compasión de ti. Pues yo te digo, que no sólo te será perjudicial el que yo evite mi pasión, sino que tú no te podrás salvar si no padeces, si no mueres y si no renuncias para siempre a tu vida. Y mirad cómo sus palabras no imponen violencia alguna. Porque no dijo: aunque no quierais debéis sufrir, sino el que quiera, de esta manera atrae más. Porque el que deja en libertad para elegir a quienes lo escuchan, los atrae mejor y la violencia sirve las más de las veces de obstáculo. Mas no propone esta verdad sólo a los apóstoles, sino a todo el universo, cuando dice: "Si alguno quiere", esto es, si el varón, si la mujer, si el rey, si el hombre libre, si el esclavo, etc. Tres son las cosas que dice el Señor que debe hacer. El negarse a sí mismo, el tomar su cruz y el seguirlo.
San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 32,2. Porque el que no se niega a sí mismo no puede aproximarse a aquel que está sobre él. Pero si nos abandonamos a nosotros mismos, ¿adónde iremos fuera de nosotros? ¿O quién es el que se va, si se abandona a sí mismo? Nosotros somos una cosa caídos por el pecado y otra por nuestra naturaleza original. Nosotros nos abandonamos y nos negamos a nosotros mismos, cuando evitamos lo que fuimos por el hombre viejo y nos dirigimos hacia donde nos llama nuestra naturaleza regenerada.
San Gregorio Magno, homiliae in Hiezechihelem prophetam, hom. 10. Se niega a sí mismo aquel que reforma su mala vida y comienza a ser lo que no era y a dejar de ser lo que era.
San Gregorio Magno, Moralia, 23. Se niega también a sí mismo aquel que pisoteando su vano orgullo se presenta delante de los ojos de Dios, extraño a sí mismo.
Orígenes. Aunque parezca que alguno se abstiene de pecar, sin embargo, si no ha tomado la cruz de Cristo, no se puede decir, que está crucificado con Cristo o que está abrazado a su cruz. Por eso sigue: "Y toma su cruz".
San Juan Crisóstom, homiliae in Matthaeum, hom. 55,1. O de otro modo, el que niega a otro o a un hermano, o a un criado, o a otro cualquiera y no le asiste cuando le viere azotado o sufriendo cualquier otro tormento, éste no le ayuda. De tal manera quiere El que desconozcamos nosotros a nuestro cuerpo, que aun cuando fuere azotado, o sufriere cualquier otro tormento, es su voluntad el que no lo perdonemos. Porque esto en realidad es perdonarlo, al modo con que un padre perdona a sus hijos, cuando los entrega al maestro y manda que no los perdone. Y a fin de que nadie pueda pensar que es necesario negarse a sí mismo, tan solamente en cuanto a las palabras injuriosas y en cuanto a las afrentas, el Señor manifiesta hasta dónde debe uno negarse a sí mismo, es decir, hasta la muerte más afrentosa (esto es, de cruz) y esto es lo que da a entender por las palabras: "Y tome su cruz y sígame".
San Hilario, in Matthaeum, 16. Debemos, pues, seguir al Señor, tomando la cruz de su pasión si no en la realidad, al menos con la voluntad.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 55,2. Como que los ladrones sufren también mucho, el Señor, a fin de que nadie tenga por suficientes esa clase de sufrimientos de los malos, expone el motivo del verdadero sufrimiento, cuando dice: "Y me siga". Todo lo debemos sufrir por El y de El debemos aprender sus virtudes. Porque el seguir a Cristo consiste en ser celoso por la virtud y sufrirlo todo por El.
San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 32,3. Podemos tomar la cruz de dos maneras. O dominando nuestro cuerpo con la abstinencia, o cargando nuestro espíritu con la compasión que inspiran las miserias del prójimo. Pero como muchas veces se mezclan algunos vicios con la virtud, debemos tomar en consideración que algunas veces la vanagloria acompaña a la mortificación de la carne y la virtud se hace visible y digna de alabanza, porque aparece la sequedad en el cuerpo y la palidez en el rostro. Y casi siempre se une una falsa piedad a la compasión del alma que nos arrastra con frecuencia a condescender con los vicios. El Señor a fin de evitar todo esto dice: "Y sígame".
San Jerónimo. O de otra manera, toma su cruz el que es crucificado para el mundo y sigue al Señor crucificado aquel, para quien el mundo está crucificado.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom.55,2. En seguida el Señor suaviza cuanto acaba de decir, a fin de que no pareciera duro, prometiendo grandísimas recompensas a los trabajos y aflicciones a la malicia, por eso sigue: "Porque el que su alma quisiere salvar, la perderá".
Orígenes, homilia 2 in Matthaeum. De dos modos puede entenderse este pasaje; primero: si alguno ama la vida presente y teme morir creyendo que por la muerte perece su alma, la perdona; pero éste queriendo salvarla de esta manera la perderá, porque se aleja de la vida eterna. Si alguno lucha por la verdad hasta la muerte con desprecio de la vida presente, perderá ciertamente su alma en cuanto a la vida presente, pero como la perderá por Cristo, la salvará en cuanto a la vida eterna. Segundo modo: si alguno comprendiendo en qué consiste la verdadera salvación y deseando obtenerla para su alma, se niega a sí mismo y pierde su alma por Cristo en cuanto a los placeres carnales, éste, perdiendo su alma de esta manera, la salva mediante las obras piadosas. Y como el Señor dice: "El que quisiera", resulta que las dos maneras de entender este pasaje son exactamente iguales y una sola. Si pues las palabras: "Niéguese a sí mismo", se refieren a la muerte del cuerpo, claro está que sólo deben entenderse en cuanto a la muerte. Si negarse a sí mismo es renunciar a la vida terrenal, el perder su alma significa despojarse de todos los placeres de la carne.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 55,3. Porque dijo el Señor: "El que quiere salvar, perderá y el que perderá, salvará" (poniendo en una y otra parte la salvación y la perdición), añade: a fin de que nadie crea que en ambos casos lo mismo es la salvación que la perdición. Porque ¿qué aprovecha al hombre si ganare todo el mundo y perdiere su alma? Como si dijera: a fin de que no digáis, que el que evitare todos los peligros que le amenazan por causa de Cristo, salva su alma; pero pon con tu alma todo el universo. ¿Qué hay para el hombre más terrible que el perder su alma para siempre? Porque si veis a vuestros criados alegres y vosotros sufrís la última enfermedad ¿de qué os sirve el mandar sobre ellos? Aplicad a vuestra alma esta consideración, teniendo presente que a los placeres lascivos debe seguir su perdición futura.
Orígenes, homilia 2 in Matthaeum. Yo soy de opinión, que aquel que no se niega a sí mismo ni pierde su alma en cuanto a los placeres carnales gana el mundo, pero pierde su alma para siempre. Entre estas dos cosas debemos preferir el perder el mundo, para de esta manera ganar nuestras almas.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 55,3. Aun cuando reinares sobre todo el mundo, no podrás comprar tu alma, por eso sigue: "Y ¿qué cosa dará el hombre por su alma?" Que vale tanto como decir: si perdieres las riquezas, podrás dar otras riquezas para comprarlas; pero si perdieres tu alma, no podrás dar otra alma, ni ninguna otra cosa cualquiera. ¿Por qué maravillarse de que acontezca esto al alma, cuando parece que también sucede al cuerpo? Porque aun cuando a un cuerpo enfermo de una manera incurable pusierais diez mil diademas, no por eso se pone bueno.
Orígenes, homilia 2 in Matthaeum. La primera cosa que se puede dar en cambio del alma, son los bienes temporales que puede dar el hombre a los pobres para salvar su alma. Pero no creo que tenga el hombre alguna otra cosa, que una vez dada, como en cambio de su alma, libre a ésta de la muerte; mas Dios dio en cambio de las almas de los hombres la preciosa sangre de su Hijo.
San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 32,4. O de otro modo puede continuarse. La Iglesia santa tiene dos épocas, la de la persecución y la de la paz; y el Redentor dejó distintos preceptos para estas dos épocas. En tiempo de persecución debemos presentar el alma y en tiempo de paz debemos quebrantar todo lo que nos pueden dar los deseos terrenales, por eso se dice: "Porque ¿qué aprovecha al hombre, etc?"
San Jerónimo. Al invitar el Señor a sus discípulos a que se negaran a sí mismos y tomaran su cruz, todos los que lo escuchaban se llenaron de terror; pero a estos pensamientos tristes sucede la alegría con las palabras del Señor: "Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre, etc." ¿Teméis la muerte? Oíd la gloria de su triunfo. ¿Tenéis miedo de la cruz? Escuchad a quién sirven los ángeles.
Orígenes, homilia 2 in Matthaeum. Que vale tanto como decir: Ahora vino el Hijo del hombre, pero no en su gloria, porque no era oportuno que viniese en su gloria cargado de nuestros pecados; pero vendrá en su gloria cuando hubiere preparado a sus discípulos y los hubiere hecho semejantes a El y participantes de su gloria.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 55,4. Mas no dijo El: en tal o cual gloria del Padre, a fin de evitar el que se sospechara que había dos glorias, sino en la gloria del Padre, para manifestar que hablaba de una misma gloria. Y si la gloria es una sola, claro es que también la sustancia es una sola. ¿Por qué tienes, oh Pedro, miedo a la palabra muerte? Entonces me verás en la gloria, mas si yo estoy en la gloria, también lo estaréis vosotros; pero al hablar de la gloria, insinúa cosas terribles, poniéndonos delante el juicio por las palabras: "Y entonces dará a cada uno según sus obras".
San Jerónimo. Porque donde no se atiende a las personas sino a las obras, no hay distinción entre el judío y el gentil, entre el hombre y la mujer, entre el pobre y el rico.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 55,4. Y dijo el Señor esto, no sólo para recordar a los pecadores los males, consecuencia de sus pecados, sino también las recompensas y las coronas a los justos.
San Jerónimo. Podía haber tenido lugar el escándalo que experimentaron los apóstoles en su interior de esta manera: nos anuncias los tormentos y la muerte para un tiempo venidero y dejas el cumplir tu promesa de venir en tu gloria para largo tiempo; mas el que penetra las cosas ocultas, previendo esta objeción, compensa el temor presente con una recompensa presente, diciendo: "En verdad os digo que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del hombre venir en su reino, etc."
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 56,1. El Señor queriendo manifestar lo que es la gloria en la que vendrá después, se la reveló a los apóstoles en la vida presente (en cuanto les era posible comprenderla), a fin de que no se abatieran con el pensamiento de la muerte del Señor.
Remigio. Esto que aquí se dice, fue cumplido a aquellos tres discípulos delante de quienes se transfiguró el Señor en la montaña, mostrándoles los goces de la recompensa eterna: ellos lo vieron cuando venía en su reino, esto es, brillando con la claridad, en la que lo verán, terminado el juicio, todos los santos.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 56,1. Mas el Señor, a fin de que los demás discípulos no desearan seguirle para ver la muestra de aquella gloria y no llevaran a mal el verse como despreciados, no dice de antemano los nombres de aquellos que debían subir a la montaña.
San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 32,4. O también la Iglesia actual es el reino de Dios y como muchos de los discípulos del Señor debían vivir hasta que vieran construída esta Iglesia, levantada contra la gloria del mundo, el Señor los consuela con la siguiente esperanza: "Hay algunos de los que están aquí, etc.".
Orígenes, homilia 2 in Matthaeum. En sentido moral se puede decir, que el Verbo de Dios tiene, para los que han sido llamados recientemente a la fe, la apariencia de un esclavo, mas para los perfectos viene en la gloria de su Padre. Sus ángeles son las palabras de los profetas, cuyo sentido espiritual no es posible entender antes de haber entendido espiritualmente la palabra de Cristo, a fin de que se vean aparecer al mismo tiempo las dos verdades en su Majestad. Entonces dará a cada uno la gloria según sus actos porque cuanto mejor obrare cada uno, tanto más espiritualmente comprende a Cristo y a sus profetas.
Orígenes, homilia 3 in Matthaeum. Los que están donde está Jesús son los que han puesto las bases sólidas de su alma en Jesús y de los más notables de éstos, son de los que se dice: "No gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del hombre venir en su reino". Ven la eminencia de Dios, que no pueden ver los que están envueltos en diferentes pecados; estos últimos son los que gustan la muerte porque el alma, cuando peca, muere. Porque así como El es la vida y el pan vivo que bajó del cielo ( Jn 6), así la muerte, su enemiga, es el pan muerto. De este pan comen algunos un poco y no hacen más que probarlo; otros, por el contrario, lo comen en abundancia. Los que pecan raras veces y levemente, no hacen más que gustar la muerte. Por el contrario, los que recibieron de un modo más perfecto la virtud espiritual, no gustan la muerte, sino que comen siempre del pan vivo. En las palabras: "Hasta que vean", no fija el tiempo, después del cual sucederá lo que no se verificó antes; esto no es más que la expresión de una cosa necesaria. Porque el que lo ve una vez en su gloria, jamás gustará la muerte.
Rábano. Los santos no hacen más que gustar la muerte del cuerpo y la aceptan con gusto un momento, pero están en plena posesión de la vida del alma.
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena