24 de enero
Rojo
San Timoteo, Obispo y Mártir
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (1 Tim. 6, 11-16)
Léctio Epístolæ beáti Pauli Apóstoli ad Timótheum Caríssime: Sectáre justítiam, pietátem, fidem, caritátem, patiéntiam, mansuetúdinem. Certa bonum certámen fídei, apprehénde vitam ætérnam, in qua vocátus es, et conféssus bonam confessionem coram multis téstibus. Præcípio tibi coram Deo, qui vivíficat ómnia, et Christo Jesu, qui testimónium réddidit sub Póntio Piláto, bonam confessiónem: ut serves mandátum sine mácula, irreprehensíbile usque in advéntum Dómini nostri Jesu Christi, quem suis tempóribus osténdet beátus et solus potens, Rex regum et Dóminus dominántium: qui solus habet immortalitátem, et lucem inhábitat inaccessíbilem: quem nullus hóminum vidit, sed nec vidére potest: cui honor et impérium sempitérnum. Amen.
Pero tú, ¡oh varón de Dios!, huye de estas cosas, y sigue en todo la justicia, la piedad, la fe, la caridad, la paciencia, la mansedumbre. Pelea valerosamente por la fe, y victorioso arrebata y asegura bien la vida eterna, para la cual fuiste llamado, y diste un buen testimonio, confesando la fe delante de muchos testigos. Yo te ordeno en presencia de Dios, que vivifica todas las cosas, y de Jesucristo, que ante Poncio Pilatos dio testimonio, confesando generosamente la verdad, que guardes lo mandado, conservándote sin mancha, sin ofensión, hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo, venida que hará manifiesta a su tiempo el bienaventurado y solo poderoso, el Rey de los reyes y Señor de los señores, el solo que es inmortal por esencia, y que habita en una luz inaccesible, a quien ninguno de los hombres ha visto, ni tampoco puede ver, suyo es el honor y el imperio sempiterno. Amén. [Torres Amat]
Comentario patrístico · Homilía 17 + Homilía 18 sobre 1 Timoteo — San Juan Crisóstomo
«Mas tú, oh hombre de Dios» (v. 11). Éste es un título de gran dignidad. Porque todos somos hombres de Dios, pero los justos lo son de un modo particular, no sólo por derecho de creación, sino por el de pertenencia. Si, pues, eres hombre de Dios, no busques las cosas superfluas, que no te conducen a Dios, sino:
«Huye de estas cosas y sigue la justicia» (v. 11). Ambas expresiones son enfáticas: no dice apártate de una y acércate a la otra, sino huye de estas cosas y persigue la justicia, de suerte que no seas codicioso. «La piedad», esto es, la firmeza en la doctrina. «La fe», que se opone a las cuestiones. «La caridad, la paciencia, la mansedumbre.»
«Pelea el buen combate de la fe, echa mano de la vida eterna, a la cual fuiste llamado, habiendo confesado la buena confesión delante de muchos testigos» (v. 12). Aquí alaba su valentía y su hombría, porque delante de todos confesó con confianza, y le recuerda su primera instrucción.
No sólo hace falta la confesión, sino también la paciencia para perseverar en ella, y una lucha vehemente, y trabajos sin número, para que no seas derribado. Porque muchos son los tropiezos y los estorbos; por eso el camino es estrecho y angosto. Es necesario, pues, estar recogido en sí mismo y bien ceñido por todas partes. Por doquiera se presentan los placeres, atrayendo los ojos del alma: los de la belleza, los de la riqueza, los del lujo, los de la molicie, los de la gloria, los de la venganza, los del poder, los del dominio; y todos ellos son hermosos y amables en apariencia, y capaces de cautivar a los inconstantes y a los que no aman la verdad. Porque la verdad tiene un rostro severo y poco atractivo. ¿Y por qué? Porque los deleites que ella promete son todos futuros, mientras que los otros ofrecen honores y delicias presentes, y descanso, aunque todos falsos y engañosos. A éstos, pues, se adhieren las almas groseras, afeminadas y sin hombría, indispuestas para los trabajos de la virtud. Como en los juegos de los gentiles, el que no codicia ardientemente la corona puede desde el principio entregarse a las francachelas y a la embriaguez —y así lo hacen de hecho los combatientes cobardes y sin brío—, mientras que los que miran fijamente a la corona soportan golpes sin cuento; pues los sostiene y alienta a la acción la esperanza de la recompensa futura.
«Te mando delante de Dios, que vivifica todas las cosas, y de Cristo Jesús, que dio buen testimonio bajo Poncio Pilato» (v. 13). De nuevo pone a Dios por testigo, como poco antes había hecho, para acrecentar a un tiempo el temor reverencial de su discípulo y asegurar su firmeza, y para mostrar que estos mandamientos no eran humanos; a fin de que, recibiendo el mandato como del Señor mismo, y teniendo siempre presente al Testigo delante del cual lo oyó, lo tenga más temerosamente grabado en su alma.
«Que vivifica todas las cosas.» Hay aquí a la vez consuelo en los peligros que le aguardaban, y el recuerdo de la resurrección despertado en él.
«Que dio buen testimonio bajo Poncio Pilato.» De nuevo saca la exhortación del ejemplo de su Maestro, y lo que quiere decir es esto: como Él hizo, así debes hacer tú; pues por esto dio Él testimonio, para que sigamos sus huellas.
¿Mas a qué buena confesión alude? A la que hizo cuando Pilato le preguntó: «¿Eres tú rey?» «Para esto —dijo— he nacido»; y de nuevo: «He venido para dar testimonio de la verdad. He aquí que éstos han oído mis palabras.» O bien quiere decir aquello: cuando, preguntado «¿Eres tú el Hijo de Dios?», respondió: «Vosotros lo decís, que yo soy el Hijo de Dios.» Y otros muchos testimonios y confesiones dio.
«Que guardes el mandamiento sin mácula, irreprensible, hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo» (v. 14). Esto es, hasta tu fin, tu partida de aquí; aunque no lo expresa así, sino que, para excitarle más, dice «hasta su venida». ¿Y qué es guardar el mandamiento sin mácula? No contraer mancha alguna, ni en la doctrina ni en la vida.
«La cual a su tiempo mostrará el bienaventurado y solo Poderoso, el Rey de los reyes y Señor de los señores» (v. 15). ¿De quién se dicen estas cosas? ¿Del Padre o del Hijo? Del Hijo, sin duda; y se dice para consuelo de Timoteo, a fin de que no tema ni se acobarde ante los reyes de la tierra. «A su tiempo», esto es, en el tiempo debido y conveniente, para que no se impaciente porque aún no ha llegado. ¿Y de dónde consta que Él lo mostrará? De que es el Poderoso, el solo Poderoso. Lo mostrará, pues, Aquel que es bienaventurado, más aún, la bienaventuranza misma; y esto se dice para mostrar que en aquella aparición no hay nada penoso ni desapacible.
«El único que posee la inmortalidad» (v. 16). ¿Qué, pues? ¿No tiene el Hijo la inmortalidad? ¿No es Él la inmortalidad misma? ¿Cómo no la había de tener quien es de la misma sustancia que el Padre? «Que habita una luz inaccesible.» ¿Es acaso Él mismo una luz, y hay otra en la que habita? ¿Está acaso circunscrito por un lugar? No lo penséis. Con esta expresión se representa la incomprensibilidad de la naturaleza divina. Así habla de Dios del mejor modo que puede. Ved cómo, cuando la lengua quiere proferir algo grande, desfallece su fuerza.
«A quien ningún hombre ha visto ni puede ver.» Como tampoco nadie ha visto al Hijo, ni puede verle. «A quien el honor y el imperio sempiterno. Amén.» Con propiedad y muy a propósito ha hablado así de Dios. Pues, como le había puesto por testigo, habla mucho de aquel Testigo, para que su discípulo esté en mayor temor reverencial. Con estas palabras le atribuye la gloria, y esto es todo cuanto podemos hacer o decir. No hemos de inquirir con demasiada curiosidad quién es Él. Si suyo es el imperio sempiterno, no temas. Pues aunque ahora no tenga lugar, suyo es el honor, suyo es el poder para siempre.
Homilía 17 + Homilía 18 sobre 1 Timoteo, San Juan Crisóstomo · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1889) · fuente: newadvent.org
Evangelio (Matt. 10, 34-42)
Sequéntia sancti Evangélii secúndum Matthǽum In illo témpore: Dixit Jesus discípulis suis: Nolíte arbitrári, quia pacem vénerim míttere in terram: non veni pacem míttere, sed gládium. Veni enim separáre hóminem advérsus patrem suum, et fíliam advérsus matrem suam, et nurum advérsus socrum suam: et inimíci hóminis doméstici ejus. Qui amat patrem aut matrem plus quam me, non est me dignus: et qui amat fílium aut fíliam super me, non est me dignus. Et qui non áccipit crucem suam, et séquitur me, non est me dignus. Qui invénit ánimam suam, perdet illam: et qui perdíderit ánimam suam propter me, invéniet eam. Qui récipit vos, me récipit: et qui me récipit, récipit eum, qui me misit. Qui récipit prophétam in nómine prophétæ, mercédem prophétæ accípiet: et qui récipit justum in nómine justi, mercédem justi accípiet. Et quicúmque potum déderit uni ex mínimis istis cálicem aquæ frígidæ tantum in nómine discípuli: amen, dico vobis, non perdet mercédem suam.
Traducción en preparación.
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Mateo 10, 34-42 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
San Jerónimo. Había dicho antes: "Lo que os digo en las tinieblas decidlo en la luz": ahora nos manifiesta lo que debe seguir a la predicación, diciendo: "No creáis que he venido a traer la paz".
Glosa. O bien continúa en otros términos: "Así como no os debe retraer el miedo de la muerte, así tampoco os debe atraer el amor carnal".
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 35,1. ¿Pues cómo les mandó que diesen la paz a las casas donde entrasen? ( Mt 10,12; Lc 10,5) ¿Pues cómo los ángeles dijeron: "Gloria a Dios en las alturas y paz a los hombres en la tierra" ( Lc 2,14)? Aquí se manda la paz como el supremo remedio para evitar todo lo malo y alejarse de todo lo que produce la división, pues con sólo la paz se une la tierra con el cielo. Por eso el médico, a fin de conservar el cuerpo, corta lo que tiene por incurable. Y una horrorosa división fue causa de que terminara en la torre de Babel la paz infernal que allí había ( Gén 11). Y San Pablo dividió a todos los que se habían unido contra él ( Hch 23), porque no siempre la concordia es buena y los ladrones también se unen. No es del propósito de Cristo este combate, sino de sus enemigos.
San Jerónimo. Porque todo el mundo, al advenimiento de la fe cristiana, se hallaba dividido: cada casa tenía sus infieles y sus creyentes y por consiguiente, un combate beneficioso debía poner fin a una paz mala.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 35,1. Dijo esto como consolando a los discípulos, lo cual es como si les hubiera dicho: "No os turbéis", como si estas cosas sucedieran fuera de lo que esperábais, porque yo he venido a dar principio al combate. Y no dijo el combate, sino lo que es más difícil, "la espada". Porque quiso El, por la aspereza de las palabras, excitar más su atención, a fin de que no desmayasen después en las dificultades que se les presentarían y para que nadie pudiera decir que había ocultado con expresiones suaves las cosas difíciles. Porque vale más la dulzura en las cosas que en las palabras. No se detuvo El en estas amenazas, sino que les expuso desde luego la clase de combate que habían de sostener y les manifestó que el combate era más terrible que toda una guerra civil, diciendo: "Porque he venido a separar al hombre de su padre y a la hija de su madre"; en cuyas palabras hace ver que, no solamente será el combate en el hogar de la familia, sino hasta entre aquellos que estén más estrechamente unidos por los lazos del corazón o la naturaleza de las cosas: la prueba más evidente del poder de Cristo consiste en que los Apóstoles que escuchaban estas palabras las tomaran para sí y las inculcaran a otros.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 35,1. Aunque no hizo Cristo esta separación, sino la malicia de los hombres, se la atribuye sin embargo a El, siguiendo la manera ordinaria de expresarse la Escritura; así, por ejemplo, cuando dice: "Dios les dio ojos para que no vieran" ( Rom 11; Is 6,10), da a entender el parentesco que el Antiguo Testamento tiene con el Nuevo. Porque cualquiera entre los judíos, cuando hicieron el becerro ( Ex 32) y después cuando ofrecieron sacrificios a Beelphegor ( Núm 25), podía asesinar a su prójimo. De aquí es que para demostrar que le parecían iguales los del Antiguo y los del Nuevo Testamento, les hace mención de la profecía de Miqueas ( Miq 7), diciendo: "Serán enemigos del hombre sus mismos domésticos". Y así sucedió entre los judíos: porque había bandos en el pueblo y las casas estaban divididas, había profetas verdaderos y profetas falsos. Los unos creían a unos y otros a otros.
San Jerónimo. Casi en los mismos términos está descrito este pasaje en el profeta Miqueas ( Miq 7,5) Y es de notar que siempre que el Salvador recurre al testimonio del Antiguo Testamento, no interesa, si concuerdan las palabras o tan sólo el sentido.
San Hilario, in Matthaeum, 10. En sentido místico, la espada es el arma más acerada de todas las armas y es figura del poder y del juicio, de la severidad y del castigo de los pecadores. También es emblema de la palabra de Dios, enviada a la tierra para penetrar en los corazones de los hombres. Esta espada divide entre sí los cinco habitantes de una misma casa: tres contra dos y dos contra tres. Estos tres los hallamos en el hombre y son su cuerpo, su alma y su voluntad; porque así como el alma fue dada al cuerpo, así el poder de usar de uno y otro ha sido dado al hombre. Y por esta razón la Ley fue propuesta a la voluntad, como se ve desde luego en los primeros que salieron de las manos de Dios. Mas por el pecado y la infidelidad del primer padre, el pecado llegó a ser para las siguientes generaciones el padre de nuestro cuerpo y la infidelidad la madre de nuestra alma y la voluntad se adhiere a uno y a otra. Luego ya tenemos cinco habitantes en una misma casa. Cuando somos renovados por las aguas bautismales, la virtud de la Palabra nos separa de los pecados de nuestro origen y por las aberturas que hace en nosotros la espada de Dios, nos separamos de las afecciones de nuestro padre y de nuestra madre y resulta una gran lucha en la casa permanecer en esta novedad del espíritu, mientras que si desea continuar en su antiguo origen, se detiene en los placeres de la concupiscencia.
San Agustín, quaestiones evangeliorum, 3. O de otra manera: "He venido a separar al hombre de su padre", significa aquel que renuncia al diablo, de quien él era hijo: "Y el hijo de su madre", es decir, al pueblo de Dios de la ciudad mundana, esto es, de la perniciosa sociedad humana, significada en la Escritura, ya por Babilonia, ya por el Egipto, ya por Sodoma y ya por una multitud de otras denominaciones. "A la nuera de su suegra", es decir, a la Iglesia de la Sinagoga, que produjo, según la carne, a Cristo, Esposo de la Iglesia. Y son ellos divididos por la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios: "Y los enemigos del hombre son sus domésticos", con quienes, por costumbre, antes había estado unido.
Rábano. No puede observarse derecho alguno entre quienes existe la lucha de creencias.
Glosa. O de otro modo: dice esto dando a entender que no ha venido a los hombres para afirmarlos en sus deseos carnales, sino para cortarlos con la espada espiritual y por eso dice muy bien: "Los enemigos del hombre son sus domésticos".
San Gregorio Magno, Moralia, 3. Porque el astuto enemigo, cuando se ve rechazado del corazón de los buenos, busca a aquellos a quienes él ama mucho, a fin de que, penetrado el corazón por la fuerza del amor, deje fácil paso a la espada de la persuasión y llegue hasta los últimos atrincheramientos de la rectitud.
San Jerónimo. Aquel que había dicho antes: "No he venido a traer la paz sino la espada y a separar al hombre de su padre, de su madre y de su suegra", añade a fin de que nadie anteponga el sentimiento a la fe, lo siguiente: "El que ama al padre o a la madre más que a Mí, no es digno de Mí". También en el "Cantar de los cantares" se dice: "El ordenó en mí el amor" ( Cant 2,4). En todo amor es indispensable este orden: Ama, después de Dios, al padre, a la madre y a los hijos. Y si fuere necesario elegir entre el amor de los padres y de los hijos y el de Dios y no se pudiese amar al mismo tiempo a todos, el abandono de los primeros no es más que una piedad para con Dios. No prohibió, pues, amar al padre, a la madre y a los hijos, pero añade de una manera significativa "más que a Mí".
San Hilario, in Matthaeum, 10. Porque aquellos que hayan preferido sus afectos familiares a su amor, serán indignos de la herencia de los bienes futuros.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 35,1. No nos debe admirar el que mande San Pablo ( Col 3) obedecer a los padres sobre todas las cosas, porque este mandato no se extiende a las cosas contrarias a la piedad. Es, en efecto, cosa santa el que les honremos sobremanera. Pero no debemos seguir su consejo cuando exigen de nosotros más de lo debido. Esta doctrina está conforme con el Antiguo Testamento: porque no solamente manda Dios ( Lev 20) abandonar, sino apedrear a los que adoraban a los ídolos y. En el Deuteronomio se lee: "El que dijere a su padre y a su madre: No os conozco y a sus hermanos: os ignoro, todos éstos guardarán tu palabra" ( Dt 33,9).
Glosa. Acontece con mucha frecuencia que los padres amen más a sus hijos, que éstos a sus padres. Por eso nos enseñó el orden gradual del amor: primero a El, después a los padres y y y después a los hijos. Así lo dice expresamente: "El que ama al hijo o a la hija más que a Mí, no es digno de Mí".
Rábano. Con estas palabras nos da a entender que no es digno de unirse con Dios el que prefiere el amor carnal al amor espiritual de Dios.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 35,2. En seguida, con el objeto de que no tuvieran pena alguna aquellos a quienes debe ser preferido el amor de Dios, los eleva El a pensamientos más sublimes. Nada verdaderamente hay más querido en el hombre que su vida y sin embargo, si no la abandonáis, tendréis adversidades. Y no sólo mandó simplemente el abandonarla, sino hasta entregarla a la muerte y a los tormentos sangrientos, enseñándonos que no sólo debemos estar preparados a morir, esto es, a sufrir cualquier clase de muerte, sino hasta la muerte más violenta y deshonrosa, es decir, hasta la muerte de cruz. Por eso dice: "Y el que no toma su cruz, etc". Aun no les había hablado acerca de su pasión, pero los va preparando entretanto, a fin de que acepten mejor sus palabras cuando trate de ella.
San Hilario, in Matthaeum, 10. O bien aquellos que han crucificado su cuerpo y con él sus vicios y sus concupiscencias, son de Cristo ( Gál 5) y es indigno de Cristo el que no sigue al Señor después de haber tomado su cruz, por la que nosotros sufrimos con El, morimos, somos enterrados y resucitados, para vivir con espíritu nuevo en este misterio de la fe.
San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 57. La palabra cruz viene de cruciatu (tormento o mortificación). Nosotros podemos cargar con la cruz de dos maneras: o bien dominando nuestra carne por medio de la abstinencia o bien haciendo nuestras por compasión las neecesidades del prójimo. Pero es preciso tener presente, que hay algunos que hacen alarde de la mortificación, no por Dios, sino por una gloria vana y hay también algunos que se entregan por compasión al servicio del prójimo de una manera carnal y no espiritual, de suerte que le conducen como con cierta compasión, no a la virtud sino al pecado. Y así parece que ellos llevan la cruz, pero no siguen al Señor y. Por esto dice: "Y me sigue".
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 35,2. Y puesto que a algunos podrían parecer demasiado duros estos preceptos, El expone su enorme utilidad mediante las siguientes palabras: "El que haya hallado su alma la perderá y el que la haya perdido por Mí la hallará", que equivale a decir: No sólo no es perjudicial lo que os he mandado, sino sumamente útil; lo contrario es lo perjudicial. Siempre el Señor toma sus argumentos de aquellas cosas que más desean los hombres: como si El dijera: ¿Por qué no quieres postergar tu alma? ¿Por qué la amas? Pues por lo mismo debes humillarla y entonces te será muy útil.
Remigio. Aquí se entiende por alma aquí, no la sustancia alma, sino la vida presente. Tiene el siguiente sentido: Aquel que ha hallado su alma, o sea esta vida presente, es decir, el que desea esta luz y su amor y sus placeres, con el objeto de poder tener siempre la vida que siempre deseó conservar, la perderá, esto es, se prepara para su condenación eterna.
Rábano. O de otro modo. No duda perder su vida, esto es, entregarla a la muerte, aquel que busca su salvación eterna. Ambas interpretaciones están conformes con lo que sigue: "Y el que perdiere su alma por causa mía, la encontrará".
Remigio. Esto es, y quien en el tiempo de la persecución, por confesar mi nombre, desprecie esta luz temporal, su amor y sus placeres, encontrará su salvación eterna.
San Hilario, in Matthaeum, 10. De esta manera la ganancia del alma conduce a la muerte y el perjuicio del alma a la salud; porque con el detrimento de esta vida rápida, se gana la inmortalidad.
San Jerónimo. Al mandar el Señor a sus discípulos a predicar, les enseña a no temer los peligros y a sujetar sus afectos a la fe. Y les había mandado no tener oro, ni llevar dinero en sus cintos, dura posición para los evangelistas. Porque ¿de dónde habían de sacar para sus gastos? ¿De dónde para su sustento? ¿De dónde para cubrir todas las demás necesidades? Por eso El suaviza la dureza de estos mandatos con la esperanza de las promesas, diciéndoles: "El que os recibe a vosotros, a Mí me recibe", a fin de que todo fiel crea que al recibiros a vosotros ha recibido al mismo Cristo.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 35,2. Verdaderamente son suficientes estas promesas para persuadir a todos los que recibieran a los apóstoles. Porque ¿quién no recibiría con el mejor deseo a unos hombres que de esta manera estaban fortalecidos, que despreciaban todas las cosas y no tenían más objeto que la salvación de otros? Ya más arriba amenazó castigar a todos los que no los quisieran recibir y ahora promete recompensar a los que los reciben y. Primero les promete tener la gran honra de recibir a Cristo y aun al Padre. Por eso dice: "Y el que me recibe, recibe a Aquel que me envió". ¿Y qué cosa puede igualarse a este grande honor de recibir al Padre y al Hijo?
San Hilario, in Matthaeum, 10. En estas palabras nos enseña que El tiene el oficio de mediador: porque viniendo El de Dios y recibiéndolo nosotros a El mismo, El mismo nos transmite a Dios y. Y según este orden de gracias, lo mismo es recibir a los apóstoles que recibir a Dios, puesto que Cristo está en los apóstoles y Dios en Cristo.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 35,2. Después de esta promesa les promete otra en los siguientes términos: "El que recibe al profeta en nombre del profeta, recibirá la recompensa del profeta y el que recibe al justo, etc". No dijo simplemente el que recibe al profeta o el que recibe al justo, sino que añadió en nombre del profeta y en nombre del justo: es decir, no por su dignidad o por otro motivo temporal, sino porque es profeta o porque es justo.
San Jerónimo. O de otro modo. Puesto que el Señor había alentado a los discípulos a recibir a los maestros, podían los fieles responderle desde el fondo de su corazón: Luego debemos recibir a los falsos profetas y y a Judas, el traidor. Para evitar esta interpretación, les dice el Señor que no miren a las personas sino al nombre y que no pierde la recompensa aquel que recibe, aun cuando el recibido haya sido indigno.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 35,2. Recibirá recompensa de profeta y recompensa de justo, esto es, la que corresponde a aquel que acoge al profeta o al justo, o la que ha de recibir el profeta o el justo.
San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 20,12. Porque no dice: es del profeta o del justo la recompensa que ellos recibieron, sino la recompensa de profeta o de justo: puede ser justo este último y cuanto más despojado esté de este mundo, con tanta más confianza hablará en favor de la justicia. Aquel que posee alguna cosa en este mundo y con ella sostiene el justo, participará del mérito de la libertad de ese justo y dividirá el premio de la justicia con aquel a cuyas necesidades atendió. Ese hombre está lleno de espíritu de profecía, pero, sin embargo, necesita del alimento corporal y es cierto, que si no está alimentado su cuerpo, le faltará hasta la voz. Por consiguiente, el que alimenta al profeta, le da fuerzas para hablar; recibirá, pues, la recompensa del profeta aquel, que puso delante de los ojos de Dios los socorros con que ayudó al profeta.
San Jerónimo. En sentido místico, dividirá con el profeta la recompensa del profeta todo aquel que reciba al profeta como profeta y que esté convencido de que ese hombre habla de cosas futuras: por eso los judíos, que no comprendían a los Profetas más que en sentido carnal, no recibirán la recompensa de los Profetas.
Remigio. Entienden algunos por profeta al mismo Nuestro Señor Jesucristo, del cual dice Moisés: "Os suscitará Dios un profeta" ( Dt 18,15) y también por el Justo, porque El es el justo por excelencia. El que recibe, pues, al Profeta y al Justo en nombre del Profeta y del Justo, esto es, de Cristo, recibirá la recompensa de parte de Aquél por cuyo amor recibe.
San Jerónimo. Podría alguno excusarse diciendo: yo soy pobre y mi pobreza me impide dar hospitalidad, excusa que desvanece el Señor con el ejemplo de una cosa tan insignificante como es el de dar de todo corazón un vaso de agua fría a uno de estos pequeñuelos. Dice de agua fría y no caliente, a fin de que la pobreza no careciese de mérito en la imposibilidad de calentar el agua por no tener combustible para ello.
Remigio. Dice a uno de estos pequeñuelos, esto es, no solamente a los justos y a los Profetas, sino a cualquiera por insignificante que sea.
Glosa. Notad cómo Dios atiende más al piadoso afecto del que da, que a la cantidad de la cosa que se da. O también: son pequeñitos aquellos que nada poseen en este mundo y serán jueces con Cristo.
San Hilario, in Matthaeum, 10. O también: previendo El que había de haber muchos que no teniendo más gloria que la que da el nombre de apóstol y que por las acciones de su vida harían dudosa toda verdad, no deja sin recompensa el obsequio que por un motivo religioso se haga a éstos mismos. Porque aunque éstos sean los más pequeños de todos, esto es, los últimos de los pecadores, los servicios que se les haga, aun los más insignificantes expresados por el vaso de agua fría, tendrán valor, porque no se dio el honor a los pecados del hombre, sino al nombre de discípulo.
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena