2 de abril
Blanco

San Francisco de Paula, Confesor
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (Philipp. 3, 7-12)
Léctio Epístolæ beáti Pauli Apóstoli ad Philippénses.
Lectura de la Epístola del bienaventurado apóstol san Pablo a los Filipenses.
Fratres: Quæ mihi fuérunt lucra, hæc arbitrátus sum propter Christum defriménta. Verúmtamen exístimo ómnia detriméntum esse propter eminéntem sciéntiam Jesu Christi, Dómini mei: propter quem ómnia detriméntum feci et árbitror ut stércora, ut Christum lucrifáciam et invéniar in illo, non habens meam justítiam, quæ ex lege est, sed illam, quæ ex fide est Christi Jesu: quæ ex Deo est justítia in fide, ad cognoscéndum illum, et virtútem resurrectiónis ejus, et societátem passiónum illíus: configurátus morti ejus: si quo modo occúrram ad resurrectiónem, quæ est ex mórtuis: non quod jam accéperim aut jam perféctus sim: sequor autem, si quo modo comprehéndam, in quo et comprehénsus sum a Christo Jesu.
Pero estas cosas que antes las consideraba yo como ventajas mías, me han parecido desventajas y pérdidas al poner los ojos en Jesucristo. Y en verdad, todo lo tengo por pérdida o desventaja, en cotejo del sublime conocimiento de mi Señor Jesucristo, por cuyo amor he abandonado y perdido todas las cosas, y las miro como basura, por ganar a Cristo, y en él hallarme, no con tener la justicia mía, la cual es la que viene de la ley, sino aquella que nace de la fe de Jesucristo, la justicia que viene de Dios por la fe, a fin de conocerle a él, esto es, a Cristo, y la eficacia de su resurrección, y participar de sus penas, asemejándome a su muerte, de modo que al cabo pueda arribar a merecer la resurrección gloriosa de los muertos; no que lo haya logrado ya todo, ni llegado a la perfección de asemejarme a Cristo; pero yo sigo mi carrera para ver si alcanzo aquello para lo cual fui destinado, o llamado, por Jesucristo. [Torres Amat]
Comentario patrístico · Homilía 11 sobre Filipenses — San Juan Crisóstomo
Mas las cosas que para mí eran ganancia, las he reputado por pérdida a causa de Cristo. Y en verdad, todas las cosas las reputo por pérdida ante la eminencia del conocimiento de Cristo Jesús mi Señor, por cuyo amor todo lo he perdido, y lo tengo por estiércol, con tal de ganar a Cristo y ser hallado en él, no teniendo justicia propia, la que viene de la ley, sino la que es por la fe en Cristo, la justicia que viene de Dios.
En nuestros combates con los herejes debemos acometer con el ánimo vigoroso, para que puedan prestar exacta atención. Comenzaré, pues, el presente discurso donde acabó el anterior. ¿Y cuál fue? Después de enumerar toda jactancia judía, así la que provenía de su nacimiento como la que era de su elección, añadió: Mas las cosas que para mí eran ganancia, las he reputado por pérdida ante la eminencia del conocimiento de Cristo Jesús mi Señor; por cuyo amor todo lo he perdido, y lo tengo por estiércol, con tal de ganar a Cristo. Aquí se lanzan los herejes al ataque; pues aun esto proviene de la sabiduría del Espíritu: sugerirles esperanzas de victoria, para que emprendan la lucha.
Porque si se hubiera dicho abiertamente, habrían obrado aquí como han hecho en otros lugares: habrían borrado las palabras, habrían negado la Escritura, al no poder en modo alguno mirarla de frente. Mas, como sucede con los peces, aquello que puede prenderlos está oculto para que suban a la superficie, y no queda a la vista; esto mismo ha acontecido en verdad también aquí. La Ley, dicen, es llamada estiércol por Pablo, es llamada pérdida. Dice que no le fue posible ganar a Cristo sino padeciendo esta pérdida. Todo esto indujo a los herejes a aceptar este pasaje, juzgándolo favorable a ellos; mas cuando lo hubieron tomado, entonces los encerró por todas partes con sus redes. Pues ¿qué dicen ellos mismos? ¡Mirad! La Ley es pérdida, es estiércol; ¿cómo, pues, decís que es de Dios?
Pero estas mismas palabras son favorables a la Ley, y cómo lo son se hará desde aquí manifiesto. Atendamos con exactitud a sus mismas palabras. No dijo: La Ley es pérdida, sino: La he reputado por pérdida. Mas cuando habló de la ganancia, no dijo: Las reputé, sino: Eran ganancia. Pero cuando habló de la pérdida dijo: Reputé; y esto con razón: pues lo primero lo era por naturaleza, mas lo segundo llegó a serlo por mi juicio. ¿Qué, pues? ¿No es así?, dice. Es pérdida a causa de Cristo.
¿Y cómo se hizo la Ley ganancia? Y no fue reputada ganancia, sino que lo era. Pues considerad cuán grande cosa fue conducir a los hombres, embrutecidos en su naturaleza, a la figura de hombres. Si la Ley no hubiera existido, no se habría dado la gracia. ¿Por qué? Porque vino a ser como un puente; pues cuando era imposible subir a lo alto desde un estado de gran abatimiento, se formó una escala. Mas quien ya ha subido no tiene ya necesidad de la escala; y con todo no la desprecia, antes le está agradecido. Porque lo ha colocado en tal posición que ya no la necesita. Y aun por esta misma razón, porque no la necesita, es justo que reconozca su deuda, pues no podía volar hacia lo alto. Y así es con la Ley: nos ha conducido a lo alto; por lo cual era ganancia, mas en adelante la estimamos pérdida. ¿Cómo? No porque sea pérdida, sino porque la gracia es mucho mayor. Pues como un pobre que padecía hambre, mientras tiene plata escapa del hambre, mas cuando halla oro, y no le es lícito guardar ambas cosas, tiene por pérdida retener la primera, y, arrojándola, toma la moneda de oro; así también aquí: no porque la plata sea pérdida, pues no lo es, sino porque es imposible tomar ambas a la vez, y es necesario dejar una. No es, pues, pérdida la Ley, sino el adherirse el hombre a la Ley y abandonar a Cristo. Por lo cual es entonces pérdida, cuando nos aparta de Cristo; mas si nos envía hacia Él, ya no lo es. Por esta causa dice: pérdida a causa de Cristo; si es a causa de Cristo, no lo es por naturaleza. Mas ¿por qué no nos permite la Ley venir a Cristo? Para esto mismo, nos dice, fue dada. Y Cristo es el cumplimiento de la Ley, y Cristo es el fin de la Ley. Sí nos lo permite, si queremos. Porque Cristo es el fin de la Ley. Quien obedece a la Ley, deja la Ley misma. Nos lo permite, si atendemos a ella; mas si no atendemos, no nos lo permite. Y en verdad, todo lo he reputado por pérdida. ¿Por qué, quiere decir, digo yo esto de la Ley? ¿No es bueno el mundo? ¿No es buena la vida presente? Mas si me apartan de Cristo, tengo estas cosas por pérdida. ¿Por qué? Ante la eminencia del conocimiento de Jesucristo mi Señor. Pues cuando ha aparecido el sol, es pérdida sentarse junto a una candela; de suerte que la pérdida viene por comparación, por la superioridad de lo otro. Ved que Pablo hace la comparación por superioridad, no por diversidad de género; pues lo que es superior, es superior a algo de naturaleza semejante a sí. De modo que muestra la conexión de aquel conocimiento por los mismos medios con que saca la superioridad de la comparación. Por cuyo amor todo lo he perdido, y lo tengo por estiércol, con tal de ganar a Cristo. Aún no está manifiesto si habla de la Ley, pues es probable que lo aplique a las cosas de este mundo. Porque cuando dice: las cosas que para mí eran ganancia, ésas he reputado pérdida a causa de Cristo; y en verdad, añade, todo lo reputo pérdida. Aunque dijo todas las cosas, con todo son las cosas presentes; y si quieres que sea también la Ley, ni aun así se la injuria. Pues el estiércol proviene del trigo, y la fuerza del trigo es el estiércol, quiero decir, la paja. Mas como el estiércol era útil en su estado anterior, de suerte que lo recogemos junto con el trigo, y si no hubiera habido estiércol, no habría habido trigo, así también es con la Ley.
¿Veis cómo por todas partes la llama pérdida, no en sí misma, sino a causa de Cristo? Y en verdad, todo lo reputo por pérdida. ¿Por qué de nuevo? Ante la eminencia del conocimiento de Él, por cuyo amor todo lo he perdido. Y otra vez, ¿por qué también todo lo reputo por pérdida? Con tal de ganar a Cristo.
Ved cómo, desde todo punto, se aferra a Cristo como su fundamento, y no permite que la Ley quede en parte alguna expuesta ni reciba golpe, sino que la guarda por todos lados. Y para ser hallado en Él, no teniendo justicia propia, la que viene de la Ley. Si quien tenía justicia corrió a esta otra justicia porque la suya no era nada, ¿cuánto más deben correr a Él los que no la tienen? Y bien dijo: justicia propia mía, no la que gané con trabajo y fatiga, sino la que hallé de la gracia. Si, pues, quien era tan eminente se salva por la gracia, mucho más vosotros. Porque, como era probable que dijeran que la justicia que viene de la fatiga es la mayor, muestra que es estiércol en comparación con la otra. Pues de otro modo yo, que era tan eminente en ella, no la habría arrojado para correr a la otra. Mas ¿cuál es esa otra? La que viene de la fe de Dios, es decir, también ella es dada por Dios. Ésta es la justicia de Dios; ésta es enteramente un don. Y los dones de Dios sobrepujan con mucho aquellas viles buenas obras que se deben a nuestra propia diligencia.
Mas ¿qué significa: Por la fe, para conocerle a Él? Así pues, el conocimiento es por la fe, y sin fe es imposible conocerle. ¿Cómo así? Por ella hemos de conocer la virtud de su resurrección. Pues ¿qué razón puede demostrarnos la Resurrección? Ninguna, sino sólo la fe. Porque si la resurrección de Cristo, que fue según la carne, se conoce por la fe, ¿cómo podrá comprenderse por el razonamiento la generación del Verbo de Dios? Pues la resurrección es menor que la generación. ¿Por qué? Porque de aquélla ha habido muchos ejemplos, mas de ésta ninguno jamás; pues muchos muertos resucitaron antes de Cristo, aunque después de su resurrección murieron, mas nadie nació jamás de una virgen. Si, pues, hemos de comprender por la fe lo que es inferior a la generación según la carne, ¿cómo podrá comprenderse por la razón lo que es mucho mayor, inmensa e incomparablemente mayor? Estas cosas obran la justicia; esto hemos de creer que Él pudo hacerlo, mas cómo pudo no lo podemos probar. Pues de la fe procede la participación de sus padecimientos. Mas ¿cómo? Si no hubiéramos creído, tampoco habríamos padecido; si no hubiéramos creído que, si con Él sufrimos, con Él también reinaremos, no habríamos soportado los padecimientos. Tanto la generación como la resurrección se comprenden por la fe. ¿Veis que la fe no ha de ser sola, sino por medio de las buenas obras? Pues cree singularmente que Cristo ha resucitado quien de igual modo se entrega a los peligros, quien tiene comunión con Él en sus padecimientos. Porque tiene comunión con Aquel que resucitó, con Aquel que vive; por lo cual dice: Y para ser hallado en Él, no teniendo justicia propia, la que viene de la ley, sino la que es por la fe en Cristo, la justicia que viene de Dios por la fe; para conocerle a Él, y la virtud de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, haciéndome conforme a su muerte, si de algún modo puedo alcanzar la resurrección de entre los muertos. Dice: hecho conforme a su muerte, esto es, teniendo comunión; como Él padeció de parte de los hombres, así también yo; por lo cual dijo: haciéndome conforme; y de nuevo en otro lugar: y cumplo en mi carne lo que falta de las tribulaciones de Cristo. Es decir, estas persecuciones y padecimientos obran la imagen de su muerte, pues Él no buscó lo suyo propio, sino el bien de muchos.
Por tanto, las persecuciones, las aflicciones y los aprietos no deben turbaros, antes deben aun alegraros, porque por ellas somos hechos conformes a su muerte. Como si dijera: Somos moldeados a su semejanza; como dice en otro lugar donde escribe: llevando siempre en el cuerpo la mortificación del Señor Jesús. Y también esto proviene de una gran fe. Pues no sólo creemos que Él resucitó, sino que también después de su resurrección tiene gran poder; por lo cual recorremos el mismo camino que Él recorrió, esto es, venimos a ser hermanos suyos también en esto. Como si dijera: Venimos a ser de Cristo en esto. ¡Oh cuán grande es la dignidad de los padecimientos! ¡Creemos que somos hechos conformes a su muerte por los padecimientos! Pues como en el bautismo fuimos sepultados con la semejanza de su muerte, así aquí, con su muerte. Allí dijo con razón: la semejanza de su muerte, pues allí no morimos enteramente, no morimos en la carne, al cuerpo, sino al pecado. Puesto que se habla de una muerte y de otra muerte; mas Él en verdad murió en el cuerpo, mientras que nosotros morimos al pecado, y allí murió el Hombre que Él asumió, el que estaba en nuestra carne, mas aquí el hombre del pecado; por esta causa dice: la semejanza de su muerte; mas aquí, ya no la semejanza de su muerte, sino su muerte misma. Pues Pablo, en sus persecuciones, ya no moría al pecado, sino en su propio cuerpo. Por lo cual soportó la misma muerte. Si de algún modo, dice, puedo alcanzar la resurrección de entre los muertos. ¿Qué dices? Todos los hombres tendrán parte en ella. Pues no todos dormiremos, mas todos seremos transformados, y todos tendremos parte no sólo en la Resurrección, sino en la incorrupción. Unos, en verdad, para honra, mas otros como medio de castigo. Si, pues, todos tienen parte en la Resurrección, y no sólo en la Resurrección, sino también en la incorrupción, ¿cómo dijo: Si de algún modo puedo alcanzar, como quien va a tener parte en algo especial? Por esta causa, dice, soporto estas cosas, si de algún modo puedo alcanzar la resurrección de entre los muertos. Pues si no hubieras muerto, no resucitarías. ¿Qué es, pues? Parece insinuarse aquí alguna gran cosa. Tan grande era, que no se atrevió a afirmarla abiertamente, sino que dice: Si de algún modo. He creído en Él y en su resurrección, más aún, padezco por Él, y con todo no puedo estar seguro acerca de la Resurrección. ¿De qué resurrección habla aquí? De aquella que conduce a Cristo mismo. Dije que había creído en Él, y en la virtud de su resurrección, y que tengo comunión con sus padecimientos, y que soy hecho conforme a su muerte. Y sin embargo, después de todas estas cosas, en modo alguno estoy seguro; como dijo en otra parte: El que cree estar en pie, mire no caiga. Y de nuevo: Temo que, habiendo predicado a otros, yo mismo venga a ser reprobado.
Vers. 12. No que ya lo haya alcanzado, o que ya sea perfecto; mas prosigo, por si de algún modo alcanzo aquello para lo cual también fui alcanzado por Cristo Jesús.
No que ya lo haya alcanzado. ¿Qué significa: ya lo haya alcanzado? Habla del premio; mas si quien había soportado tales padecimientos, quien fue perseguido, quien llevaba en sí la mortificación del Señor Jesús, aún no estaba seguro acerca de aquella resurrección, ¿qué podremos decir nosotros? ¿Qué significa: por si alcanzo? Lo que antes dijo: por si logro llegar a la resurrección de los muertos. Por si alcanzo, dice, su resurrección; es decir, si soy capaz de soportar cosas tan grandes, si soy capaz de imitarle, si soy capaz de hacerme conforme a Él. Por ejemplo, Cristo padeció muchas cosas: fue escupido, fue golpeado, fue azotado, al fin padeció cuanto padeció. Éste es el curso entero. A través de todas estas cosas es menester que los hombres soporten el combate entero, y así lleguen a su resurrección. O quiere decir esto: si soy juzgado digno de alcanzar la gloriosa resurrección, lo cual es materia de confianza, en orden a su resurrección. Pues si soy capaz de soportar todos los combates, seré capaz también de tener su resurrección, y de resucitar con gloria. Porque aún no, dice, soy digno, sino que prosigo, por si de algún modo alcanzo. Mi vida es todavía de combate, estoy todavía lejos del fin, estoy todavía distante del premio, todavía corro, todavía persigo. Y no dijo: corro, sino: persigo. Pues sabéis con qué ahínco persigue un hombre. A nadie ve, aparta con gran violencia a cuantos interrumpirían su persecución. Reúne juntamente su mente, y su vista, y su fuerza, y su alma, y su cuerpo, sin mirar a otra cosa que al premio. Mas si Pablo, que así perseguía, que había padecido tantas cosas, dice con todo: por si alcanzo, ¿qué diremos nosotros, que hemos aflojado nuestros esfuerzos? Luego, para mostrar que la cosa es de deuda, dice: para lo cual también fui alcanzado por Cristo Jesús. Yo era, dice, del número de los perdidos, jadeaba por respirar, estaba próximo a la muerte, Dios me alcanzó. Pues Él nos persiguió con toda presteza, cuando huíamos de Él. De modo que señala todas aquellas cosas; pues las palabras: fui alcanzado, muestran el ahínco de Aquel que quiere alcanzarnos, y nuestra gran aversión a Él, nuestro extravío, nuestra huida de Él.
Homilía 11 sobre Filipenses, San Juan Crisóstomo · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1889) · fuente: newadvent.org
Evangelio (Luc. 12, 32-34)
Sequéntia sancti Evangélii secúndum Lucam.
Continuación del santo Evangelio según san Lucas.
In illo témpore: Dixit Jesus discípulis suis: Nolíte timére, pusíllus grex, quia complácuit Patri vestro dare vobis regnum. Véndite quæ possidétis, et date eleemósynam. Fácite vobis sácculos, qui non veteráscunt, thesáurum non deficiéntem in cœlis: quo fur non apprópiat, neque tínea corrúmpit. Ubi enim thesáurus vester est, ibi et cor vestrum erit.
No tenéis vosotros que temer, pequeñito rebaño, porque ha sido el agrado de vuestro Padre daros el reino. Vended, si es necesario, lo que poseéis, y dad limosna. Haceos unas bolsas que no se echen a perder; un tesoro en el cielo que jamás se agota, adonde no llegan los ladrones, ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro, allí también estará vuestro corazón. [Torres Amat]
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Lucas 12, 32-34 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
Glosa. Después que el Señor separó el cuidado de las cosas temporales de los corazones de sus discípulos, ahora los libra del temor que procede de los cuidados por las cosas superfluas, diciendo: "No temáis", etc.
Teofilato. El Señor llama pequeña grey a los que quieren hacerse discípulos suyos, ya porque en esta vida los santos aparecen pequeños en virtud de su pobreza voluntaria, ya porque son aventajados por la multitud de ángeles que nos son incomparablemente superiores.
Beda. El Señor también llama pequeña grey a los escogidos, ya comparándolos con el mayor número de réprobos, o más bien por su amor a la humildad.
San Cirilo, in Cat. graec. Patr. Manifiesta por qué no deben temer, añadiendo: "Porque a vuestro Padre plugo", etc, como diciendo: ¿Cómo aquél que concede gracias tan extraordinarias, dejará de tener clemencia con vosotros? Aun cuando aquí esta grey sea pequeña -por su naturaleza, su número y su gloria-, sin embargo la bondad del Padre ha dispensado a este pequeño rebaño la suerte de los espíritus celestiales, es decir el reino de los cielos. Por tanto, para que poseáis el reino de los cielos debéis despreciar las riquezas de la tierra. Así dice: "Vended lo que poseéis", etc.
Beda. Como diciendo: no temáis que falten las cosas necesarias a los que en esta vida trabajan por el reino de Dios. Más aún, vendan también lo que poseen y denlo de limosna. Esto se hace dignamente cuando alguno, una vez que ha dejado todos sus bienes por el Señor, no obstante gana con el trabajo de sus manos por el reino, lo necesario para el alimento y para dar limosna.
Crisóstomo, In Matthaeum hom. 26. No hay pecado que no pueda borrar la limosna que es remedio contra toda llaga. Pero la limosna no se hace sólo con dinero, sino también por las obras, como cuando alguno protege a otro, cuando un médico cura, o cuando un sabio aconseja.
San Gregorio Nacianceno, orat. 16. De pauperum amore, versus finem. Pero temo que penséis que la piedad no es necesaria, sino libre. Yo también lo creía así, pero me espantan los machos cabríos colocados a la izquierda no por haber robado, sino por no haber asistido a Cristo cuando los necesitaba.
Crisóstomo, in Cat. graec. Patr., ex homil. in Matth. Sin la limosna es imposible ver el reino, porque así como se corrompen las aguas detenidas en una fuente, así sucede a los ricos cuando guardan para sí sus riquezas.
San Basilio, in Cat. graec. Patr., ex Asceticis, id est, Regulis brevioribus, ad interrogat. 92. Alguno preguntará: ¿en virtud de qué consideración es conveniente vender lo que se posee? ¿Acaso porque es naturalmente dañoso, o por la tentación que ofrece al hombre? A esto debe contestarse, en primer lugar, que si cada una de las cosas que existen en el mundo fuese mala por sí misma, no habría creatura de Dios, porque toda creatura de Dios es buena ( 2Tim 4). En segundo lugar, que el precepto del Señor no nos ha enseñado a arrojar como malo lo que poseemos sino a distribuirlo, porque dice: "Y dad limosna".
San Cirilo, ubi sup. Este precepto molesta acaso a los ricos pero no es inútil para los que son prudentes, porque atesoran para sí el reino de los cielos. Por esta razón prosigue: "Haceos bolsas, que no se envejecen", etc.
Beda. Esto es, dando limosna, cuya recompensa dura eternamente. Pero este precepto no debe entenderse en el sentido de que los santos no puedan reservarse ningún dinero -ni para su uso ni para el de los pobres-, ya que el mismo Dios, a quien servían los ángeles ( Mt 4), tenía una bolsa en la que conservaba lo que le daban los fieles ( Jn 12). Ha de entenderse más bien en el sentido de que no debe servirse a Dios por estas cosas, ni abandonarse la justicia por temor de la pobreza.
San Gregorio Niceno, in Cat. graec. Patr. Mandó también colocar las riquezas materiales y terrenas en el cielo, a donde no alcanza la fuerza de la corrupción. Así añade: "Tesoro que jamás falta".
Teofilato. Como diciendo: Aquí destruye la polilla, pero no en los cielos. Y como la polilla no puede destruirlo todo, añade lo del ladrón. El oro no es destruido por la polilla, pero el ladrón lo roba.
Beda. Debe entenderse sencillamente en esto que el dinero que se guarda desaparece y que dado al prójimo produce un fruto eterno en los cielos. O bien que el tesoro de las buenas obras, si se coloca en asunto de interés mundano, se corrompe y desaparece fácilmente. Pero si se ahorra, no para merecer exteriormente la aprobación de los hombres -como el ladrón que roba de fuera- ni para buscar interiormente la vanagloria -como la polilla que destruye en lo interior- sino con santa intención, no se corrompe.
Glosa. O bien los ladrones son los herejes y los demonios -que se proponen despojarnos de los bienes espirituales- y la polilla que roe poco a poco los vestidos es la envidia, que destruye el celo o el fruto bueno y rompe el lazo de la unidad.
Teofilato. Pero como no todo se quita por el robo, da una razón más poderosa y que no admite réplica diciendo: "Porque donde está vuestro tesoro está vuestro corazón". Como diciendo: supongamos que la polilla no destruya, ni el ladrón robe, ¿cuán digno de suplicio no será tener el corazón aprisionado en un tesoro oculto y hundir en la tierra una obra divina como el alma?
San Eusebio, in Cat. graec. Patr. Porque todo hombre depende naturalmente de aquello de que está apasionado y fija toda su alma en aquello que cree que puede darle todo lo que le conviene. Por tanto, si alguno fija toda su atención y su afecto -lo que llamó corazón- en las cosas de la vida presente, únicamente se ocupa de las cosas de la tierra. Pero si se fija en las cosas del cielo, allí tendrá también su corazón. De modo que parecerá que trata con los hombres sólo por el cuerpo, pero que su alma ha alcanzado ya las mansiones del cielo.
Beda. Esto debe entenderse no sólo respecto del dinero, sino de todas las pasiones. Los festines son el tesoro para el lujurioso, las fiestas para el lascivo y la liviandad para aquél a quien domina el amor.
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena