viernes, 16 de octubre de 2026 ✠ Santa Eduvigis, Viuda Abstinencia

El racismo es paganismo

Diálogos en Piedrasanta

Primera jornada. El alma y la sangre

La escena. Domingo 27 de septiembre de 2026, decimoctavo después de Pentecostés, a media tarde. Coloquio en la Casa del Peregrino, con las ventanas abiertas: ha llovido de madrugada y entra olor a tierra mojada. En el hogar no hay fuego todavía. Está casi todo el pueblo, y también el padre Raita, que ha subido para su semana y ha dicho la misa por la mañana. Blanca, que sale de cuentas a primeros de octubre, está sentada junto a Ricardo; Ana María, que cumple tres años este mes, juega en el suelo, y Buenaventura, de dieciséis meses, duerme en el regazo de Asunción.

El visitante es Rodrigo Valdivieso, cuarenta y siete años, abogado en Burgos, casado y padre de cuatro hijos. Oye misa en la capilla de la Fraternidad y se escribe con Ricardo desde julio. Ha subido el sábado con Sebas, duerme arriba, en la Casa del Peregrino, come con los Mendoza y baja el martes. A la salida de misa, mirando a los niños que corrían por la plaza, le ha dicho a Miguel que «aquí se conserva lo que en las ciudades ya se ha perdido: la fe y la sangre». Miguel no le ha contestado. Ahora Rodrigo deja la taza en la mesa.

1. ¿Qué hace católico a un pueblo, la fe o la sangre?

RODRIGO. —Quiero agradeceros la acogida, y quiero decir por qué he venido, porque Ricardo y yo llevamos todo el verano dándole vueltas en las cartas sin llegar al fondo. Lo que tenéis aquí es lo que hay que defender: un pueblo católico, de familias numerosas, con la misa de siempre. En mi ciudad, en el colegio de mis hijos, la mitad de la clase ya no es de aquí. No digo que no sean personas. Digo que no son de los nuestros, y que un pueblo que no defiende su sangre desaparece. Esta mañana se lo he dicho a Miguel a la salida de misa: aquí se conservan la fe y la sangre.

MIGUEL. —Y yo no te he contestado.

RODRIGO. —No. Y me he quedado con las ganas.

MIGUEL. —(señala a Ricardo con la barbilla) Para eso está él.

[Risas cortas. Pedro Sánchez se echa hacia delante con los codos en la mesa.]

RICARDO. —Miguel no te ha contestado porque has puesto juntas dos cosas que no se pueden poner juntas, y él lo ha notado antes que nadie. Has dicho «la fe y la sangre» como quien dice «el pan y el vino». Yo te pregunto lo primero que hay que preguntar. Cuando miras a esos niños de la plaza, ¿qué es lo que tienen de católicos? ¿La fe o la sangre?

RODRIGO. —La fe, evidentemente. Pero la fe se transmite en una sangre. Se transmite en familias, en pueblos, en una herencia. Mis hijos son católicos porque mis padres lo eran, y los suyos.

RICARDO. —Tus hijos son católicos porque los bautizaron. Tus padres los llevaron a la pila, y eso es una gracia enorme que no tiene todo el mundo. Pero la pila no la llena la sangre de tus padres. La llena el agua. Y si un día uno de tus hijos pierde la fe, Dios no lo quiera, seguirá teniendo tu sangre entera, gota a gota. Luego la sangre no es lo que lo hace católico.

RODRIGO. —No digo que lo haga católico. Digo que lo hace de un pueblo. Y que los pueblos tienen un fundamento natural, que es la raza, y otro sobrenatural, que es la fe. Los dos se defienden. No veo la contradicción.

RICARDO. —Entonces vamos a buscarla juntos, porque la hay, y es más honda de lo que parece. Tú y yo estamos de acuerdo en muchas cosas: que hay una invasión, que Europa se muere, que estos pueblos hay que defenderlos. No vamos a discutir eso. Vamos a discutir una sola cosa, y si nos ponemos de acuerdo en ella, lo demás cae solo. ¿Qué es lo esencial en el hombre? Porque el que dice que un pueblo se defiende por la sangre está diciendo, sin darse cuenta, que lo esencial del hombre es su sangre.

RODRIGO. —Yo no he dicho eso.

RICARDO. —No lo has dicho. Pero lo has supuesto. Si lo esencial fuera el alma, defenderías las almas, y la sangre te daría igual. Te preocupa la sangre porque crees que en ella va algo que importa. Y eso es lo que hay que mirar despacio. Te lo digo desde ahora, para que veas por dónde voy y me pares cuando quieras: yo creo que el racismo, en cualquiera de sus grados, es una manera pagana de ver al hombre. No una exageración del patriotismo, no un exceso de celo: otra religión. Y que ningún católico puede tenerlo sin dejar de pensar como católico en el punto más hondo, que es qué cosa es un hombre.

RODRIGO. —(sonríe) Fuerte empiezas.

RICARDO. —Empiezo por donde hay que empezar. Si me equivoco en esto, no tengo nada que decirte en todo lo demás.

2. Lo esencial del hombre es el alma, no la sangre

RICARDO. —Primera pregunta, y es de catecismo. ¿Qué hace hombre al hombre?

RODRIGO. —El alma racional.

RICARDO. —¿Y qué es el alma respecto del cuerpo?

RODRIGO. —Su forma. Eso lo sé.

RICARDO. —Lo sabes, y no es una opinión de escuela: está definido. El Concilio de Vienne, en 1312, declara hereje al que diga que el alma racional no es por sí misma y esencialmente forma del cuerpo humano.1 Tomás, ¿qué quiere decir que el alma sea la forma?

TOMÁS. —Que es lo que hace que el cuerpo sea lo que es. El cuerpo es la materia, y el alma lo que la determina. Sin alma no hay cuerpo humano: hay un cadáver, que se parece a un hombre y ya no lo es.

RICARDO. —Eso es. Un cadáver tiene la misma sangre, el mismo color, la misma nariz que el hombre vivo una hora antes. Todo lo que tú, Rodrigo, llamarías la raza de ese hombre está ahí, intacto, encima de la mesa. Y no es un hombre. Lo que se ha ido es lo que lo hacía hombre, y no tiene color.

[Asunción se santigua despacio. Ana María, en el suelo, ha dejado las piñas y mira a los mayores.]

RICARDO. —Ahora la segunda pregunta, que es la que decide. Entre el alma y el cuerpo, ¿quién manda? ¿El alma está hecha a la medida del cuerpo, o el cuerpo a la medida del alma? Santo Tomás lo dice en una frase que me sé de memoria, porque es la llave de todo esto. Dice que la forma no es para la materia, sino la materia para la forma, y que por eso la razón de que la materia sea como es hay que tomarla de la forma, «et non e converso».2 Y no al revés.

RODRIGO. —Lo conozco. Pero el mismo Santo Tomás, en otro sitio, dice que un hombre entiende mejor que otro porque tiene el cuerpo mejor dispuesto. Que cuanto mejor dispuesto está el cuerpo, mejor alma le cabe.3 Luego el cuerpo cuenta. Y si hay pueblos con cuerpos mejor dispuestos, la raza cuenta para el alma. No es nazismo: es el Doctor Angélico.

RICARDO. —Es la mejor objeción que se puede hacer, y me alegra que la traigas tú. Vamos a verla bien. ¿De qué disposición habla ahí Santo Tomás?

RODRIGO. —De la del cuerpo.

RICARDO. —De la de los sentidos que sirven al entendimiento: el tacto, la imaginación, la memoria. Y habla de este hombre y de aquel: de individuos, no de pueblos. Dos hermanos, de la misma sangre, del mismo padre y de la misma madre, uno listo y otro corto. ¿Lo has visto?

RODRIGO. —En mi propia casa.

RICARDO. —Luego esa disposición no la reparte la raza. La reparte Dios a cada uno, y también la reparten el pan, la leche que cada uno tomó de niño, las fiebres que pasó y si alguien le enseñó a leer. Pregúntale a Elena, que ha enseñado a leer a todos los niños de este pueblo.

ELENA. —(sin levantar la voz) El niño que llega a la escuela sin desayunar no aprende nada, por listo que sea. El que ha tenido una madre que le contaba cuentos por la noche lo aprende todo a la primera. Y los he tenido hermanos, de la misma sangre: el mayor, criado cuando en aquella casa había hambre, y el pequeño, cuando ya no la había.

RICARDO. —Ahí lo tienes. El cuerpo condiciona, Rodrigo; nadie lo niega. Pero condicionar no es determinar. Y aquí está lo que quería que vieras. El racista no dice que el cuerpo condiciona. Dice que el cuerpo determina: que de la sangre salen la inteligencia, el carácter, la moral. Y eso es exactamente lo que en 1938 Roma mandó refutar en todas las facultades católicas. La Congregación de Seminarios mandó una carta con ocho proposiciones que había que enseñar que eran falsas, y la tercera dice que de la sangre, sede de los caracteres de la raza, derivan todas las cualidades intelectuales y morales del hombre.4 Eso es poner el cuerpo encima del alma. Es dar la vuelta a la frase de Santo Tomás: sacar de la materia la razón de la forma.

RODRIGO. —Yo no digo «todas». Digo «algunas».

RICARDO. —Y yo te pregunto cuáles. ¿La fe? ¿La caridad? ¿La fidelidad a tu mujer? ¿El valor de morir por Cristo? ¿Cuál de esas sale de la sangre?

RODRIGO. —(tarda) Ninguna de esas.

RICARDO. —Ninguna de las que importan. Y las que se reparten con el cuerpo, la vista, el oído, la fuerza, la memoria, no las reparte la raza, sino la familia y el individuo. Así que lo que te queda en la mano, cuando dices «algunas», es muy poco. Es tan poco que no da para fundar nada. Y menos un pueblo.

BLAS. —(desde la puerta) El que más sabía de latín de mi taller, en Gijón, era un aprendiz hijo de un minero que no sabía firmar.

RICARDO. —Y no lo habría aprendido nunca si el cura del barrio no se lo hubiera enseñado. Eso es lo que hace al hombre: lo que entra por el alma.

3. La raza es un accidente

RODRIGO. —De acuerdo: el alma manda. Pero no me negarás que las razas existen. Basta mirar. Y lo dijo Pío XI, que no era sospechoso: la raza, el pueblo y el Estado tienen en el orden natural un puesto esencial. Esencial, Ricardo. No accidental.

RICARDO. —Termina la frase, que la tienes en el bolsillo.

RODRIGO. —(saca un papel de la cartera, lee) «…con todo, quien los arranca de esta escala de valores terrenales elevándolos a suprema norma de todo, aun de los valores religiosos, y divinizándolos con culto idolátrico, pervierte y falsifica el orden creado e impuesto por Dios».5

RICARDO. —Ahí está todo. Pío XI pone la raza junto al pueblo y al Estado, que son cosas que tienen su sitio y que el cuarto mandamiento protege. Lo que condena en la misma frase es sacarlas de su sitio y ponerlas encima de todo. Y fíjate en la palabra que usa: «culto idolátrico». No dice que el racismo sea un error de biología. Dice que es una idolatría. Volveremos a eso al final, porque es la tesis entera. Pero antes quiero que veas qué cosa es lo que llamamos raza, en filosofía, que es la ciencia de llamar a las cosas por su nombre. Tomás, ¿qué es un accidente?

TOMÁS. —Lo que está en una cosa sin ser lo que la cosa es. Lo que puede estar o no estar sin que la cosa deje de ser lo que es.

RICARDO. —Ahora oíd esto, que tiene gracia. El libro con el que se enseñó lógica en todas las escuelas de Europa durante mil años es la Introducción de Porfirio, un filósofo griego del siglo III. Porfirio era pagano, y además enemigo declarado de los cristianos: escribió quince libros contra ellos. Pues bien: cuando ese pagano quiere poner un ejemplo de accidente, ¿sabéis cuál pone? El negro del etíope. Dice que el accidente es lo que puede estar o faltar sin que se corrompa el sujeto; que dormir es un accidente separable, y que ser negro es un accidente inseparable del cuervo y del etíope; y añade que se puede pensar un cuervo blanco y un etíope que pierda el color sin que el sujeto se corrompa.6

PEDRO. —(golpea la mesa con la palma) ¡Un etíope que pierde el color y sigue siendo el mismo hombre! ¡Eso lo sabía un pagano!

RICARDO. —Lo sabía un pagano, y los frailes lo enseñaron durante mil años a todos los estudiantes de Europa, con ese mismo ejemplo, en la primera lección de lógica. El color de la piel es el ejemplo de manual de lo que no hace a nadie ser lo que es. No es una idea moderna ni una concesión a nadie. Es lo más viejo de la escuela.

ANDRÉS. —(desde el extremo del banco) Yo en agosto me pongo como un tizón, y en febrero estoy blanco como la leche. Y Lucía me sigue conociendo.

[Risas. Lucía le da un codazo.]

RICARDO. —Andrés lo ha dicho mejor que Porfirio. El color sube y baja con el sol, y el hombre sigue ahí. Y lo que vale del color vale de la nariz, del pelo, de la estatura y de todo lo que se ve. Los manuales de teología anteriores al Concilio lo decían sin rodeos. Ott, que es el que estudiaban los seminaristas: las diferencias raciales entre los pueblos solo se refieren a características externas. Y la Summa de los jesuitas españoles: no son diferencias de calidad, sino de cantidad, de más o de menos; y mayores son las que hay entre los perros o los caballos de distinta raza.7

RODRIGO. —Accidental, de acuerdo. Pero un accidente heredado. No se me quita como el moreno de Andrés.

RICARDO. —Heredado, sí. Inseparable, como dice Porfirio. Pero mira lo que dice a continuación: que aun el inseparable se puede pensar ausente sin que el sujeto deje de ser. Eso es lo que hace a un accidente accidente: que no entra en la definición. Defíneme al hombre, Rodrigo.

RODRIGO. —Animal racional.

RICARDO. —¿Dónde está el color en esa definición? ¿Dónde está la sangre? Si algo de eso entrara en la definición, el hombre de otro color sería otra especie. Y eso es lo que dice la primera de las proposiciones de 1938: que las razas son de tal modo distintas que la más baja está más lejos de la más alta que del mono más alto.8 Eso ya no es un accidente: es hacer del accidente una esencia. Y Pío XI, cuatro meses después de mandar refutarla, habló a los estudiantes de Propaganda Fide y les dijo que el género humano, todo el género humano, es una sola, grande, universal raza humana; y que dentro de ella hay razas especiales «como tantas variaciones».9 Variaciones de una sola cosa. Esa es la palabra justa: variación. Lo que tú llamas razas son variaciones de la única raza humana, como el moreno de agosto y el blanco de febrero son variaciones de Andrés.

RODRIGO. —Entonces admites que existen.

RICARDO. —Admito lo que dice Pío XI, que es más exacto que lo que dices tú y que lo que dicen muchos de los que están de mi lado. Hay variaciones físicas que se heredan; tengo ojos. Lo que niego es que sean esenciales, que determinen el alma o que se puedan poner en una escala. Una variación no funda nada. Lo que funda es la forma.

4. Todos los hombres descienden de Adán

RODRIGO. —Pero las variaciones vienen de algún sitio. Llevan miles de años separadas. Los perros vienen todos del lobo, y hay razas de perros.

RICARDO. —A los perros llegaremos mañana, que Andrés tiene mucho que decir. Hoy quédate con el lobo, porque es justo lo que quiero: un origen. Tomás, Hechos 17, 26, en latín.

TOMÁS. —Fecitque ex uno omne genus hominum inhabitare super universam faciem terrae.

RICARDO. —«Hizo de uno solo todo el linaje de los hombres, para que habitasen sobre toda la faz de la tierra». San Pablo se lo dice a los atenienses, que se tenían por nacidos de su propia tierra y llamaban bárbaros a todos los demás.10 De uno solo. Y no es un dato de genealogía, Rodrigo: es un dogma que sostiene otros. Trento define que el pecado de Adán, que es uno solo en su origen, pasa a todos por propagación, no por imitación.11 Si hubiera hombres que no vinieran de Adán, no tendrían pecado original y no necesitarían a Cristo. Por eso Pío XII dice que los fieles no pueden admitir que después de Adán hubiera hombres verdaderos que no procedieran de él por generación natural.12

RODRIGO. —Todo eso lo acepto. Soy católico.

RICARDO. —Lo sé. Pero fíjate en quiénes no lo aceptaron, porque es la primera pista de lo que te decía al principio. Los primeros que hicieron de las razas una ciencia, en el siglo XIX, en América, lo hicieron precisamente negando a Adán. Decían que Dios, o la naturaleza, había creado muchas parejas en muchas regiones, una para cada raza.13 Y tenían razón en una cosa: si las razas son algo esencial, Adán estorba. Si todos somos hijos de una pareja, todo lo que nos distingue es lo que se ha añadido después, por el camino; o sea, accidente. Para hacer de la raza una esencia había que tener muchos Adanes.

BLAS. —O ninguno.

RICARDO. —O ninguno, que es lo que vino después con Darwin. Pero eso es mañana. Ahora mira a San Agustín, que no conocía a ningún poligenista y ya les contestó. En la Ciudad de Dios se pregunta por los pueblos extraños de los que hablaban los viajeros, y dice que cualquiera que nazca hombre, es decir, animal racional y mortal, por rara que nos parezca su forma, su color, su movimiento o su voz, ningún fiel dudará que trae su origen del primer hombre.14 Seu colorem. Agustín, que era africano, nombra el color por su nombre y dice que no saca a nadie del linaje de Adán.

RODRIGO. —Pero todos venimos de Adán, y después nos diferenciamos. Eso no lo niega nadie.

RICARDO. —No. Y lo que se diferencia después de un origen común, ¿es esencia o es accidente?

RODRIGO. —(despacio) Accidente.

RICARDO. —Ahí tienes el segundo paso. Primero: lo esencial del hombre es el alma, que es una y de la misma especie en todos. Segundo: el cuerpo de todos viene de uno solo, y lo que cambió por el camino es variación. No hay ninguna rendija por la que la sangre se pueda colar en lo esencial. Salvo una, y esa es la que te quiero enseñar ahora, porque es la que más me importa.

[Buenaventura se ha despertado y protesta. Asunción lo mece sin dejar el rosario. Blanca hace ademán de levantarse y Elena le pone la mano en el hombro y va ella a coger al niño.]

5. El bautismo hace nacer de nuevo sin cambiar el cuerpo

RICARDO. —Hay una cosa, Rodrigo, que el racista no puede explicar nunca, y que nosotros tenemos delante todos los domingos. ¿Qué pasa en el bautismo?

RODRIGO. —Se borra el pecado original. Se recibe la gracia. Se entra en la Iglesia.

RICARDO. —Se nace. Nicodemo se lo preguntó a Cristo: ¿cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede entrar otra vez en el seno de su madre? Y Cristo le contestó que el que no renace del agua y del Espíritu Santo no puede entrar en el reino de Dios; y añadió: «lo que nace de la carne es carne, y lo que nace del Espíritu es espíritu».15 Un nacimiento nuevo. Ahora dime: el que se bautiza, ¿cambia de cuerpo?

RODRIGO. —No.

RICARDO. —¿Cambia de sangre? ¿De color? ¿De estatura?

RODRIGO. —No.

RICARDO. —Sale de la pila con el mismo cuerpo con el que entró. La misma sangre, el mismo color, la misma cara. Y es otro hombre: hijo de Dios, hermano de Cristo, heredero del cielo. Lo que ha cambiado, que es lo más grande que le puede pasar a un hombre en este mundo, no ha tocado la sangre. Luego la sangre no es lo que decide. Si lo esencial del hombre estuviera en la sangre, el bautismo no cambiaría nada esencial. Y la Iglesia enseña que es lo más esencial que hay.

RODRIGO. —Eso es la gracia. Es otro orden.

RICARDO. —Es otro orden, y precisamente por eso. La gracia no destruye la naturaleza: la supone y la eleva. Pero ¿qué eleva? ¿El cuerpo o el alma? La gracia se recibe en el alma. Si la naturaleza del hombre estuviera en la sangre, la gracia tendría que entrar por la sangre. Y no entra por ahí. Entra por el agua, en el alma, y luego el cuerpo resucitará porque el alma lo ha llevado consigo. El orden es siempre el mismo: primero el alma, después el cuerpo. Y no al revés. Tomás, el prólogo de San Juan, el versículo trece.

TOMÁS. —(sin buscarlo) «Quotquot autem receperunt eum, dedit eis potestatem filios Dei fieri, his qui credunt in nomine eius: qui non ex sanguinibus, neque ex voluntate carnis, neque ex voluntate viri, sed ex Deo nati sunt.»

RICARDO. —«A cuantos lo recibieron les dio poder de ser hijos de Dios; a los que creen en su nombre, que no han nacido de la sangre, ni de voluntad de la carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios»16 Non ex sanguinibus. No de las sangres, en plural, dice el texto. San Juan lo escribió en la primera página de su Evangelio, para que nadie se equivocara: los hijos de Dios no nacen de la sangre. El cristiano es el hombre cuyo nacimiento decisivo no viene de la sangre. Y tú quieres fundar un pueblo cristiano en la sangre. ¿Ves ahora la contradicción que te decía?

RODRIGO. —(no contesta enseguida) La veo. Pero sigue habiendo pueblos.

RICARDO. —Los hay, y la Iglesia los bendice. Pero mira cómo entran los pueblos en la Iglesia. Hechos de los Apóstoles, capítulo ocho. Un hombre va en un carro por el camino de Gaza, leyendo a Isaías en voz alta. Es etíope, ministro de la reina Candace, el tesorero. Felipe sube al carro, le explica el texto, y al pasar junto a un agua el etíope le dice: «Aquí hay agua: ¿qué impide que yo sea bautizado?».17 ¿Qué le impide? Felipe no le pregunta de qué raza es. Le pregunta si cree. Y lo bautiza allí mismo. Antes que al centurión Cornelio, el libro de los Hechos cuenta cómo se bautiza un africano, y ni siquiera nos dice su nombre: solo de dónde era y lo que leía. En cuanto salieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe, porque ya no hacía falta nada más.

ISABEL. —(a Blas, en voz baja) No me había fijado nunca en que era africano.

RICARDO. —Nadie se fija, porque al texto no le importa. Lo dice de pasada, igual que dice que iba en carro. Y San Pablo, a los gálatas, que andaban preocupados por quién era hijo de Abraham por la carne: «Todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo. Ya no hay judío ni griego, ni siervo ni libre, ni varón ni mujer, porque todos sois uno en Cristo Jesús. Y si sois de Cristo, luego sois descendencia de Abraham».18 Descendencia de Abraham sin una gota de la sangre de Abraham. Eso es lo que hace el bautismo: cambia el linaje sin cambiar la sangre.

RAITA. —(desde el banco, sin levantar la voz) Y el Bautista ya se lo había dicho a los fariseos: no digáis «tenemos por padre a Abraham», porque Dios puede sacar de estas piedras hijos de Abraham.19

RICARDO. —De las piedras, padre. Ni siquiera de otra sangre: de las piedras. El linaje que importa no se hereda: se recibe.

RODRIGO. —Pero eso no lo niega nadie que sea católico. Ningún católico dice que el bautismo no valga por la raza.

RICARDO. —¿Seguro? Te voy a leer lo que dijeron unos que se llamaban cristianos. (Saca una cuartilla de la carpeta.) Diciembre de 1941, Alemania. Los dirigentes de varias iglesias evangélicas regionales, en plena guerra, firman una declaración. Dice: «Por el bautismo cristiano nada cambia en la peculiaridad racial de un judío, en su pertenencia al pueblo y en su ser biológico. Una Iglesia evangélica alemana ha de cuidar y fomentar la vida religiosa de los compatriotas alemanes. Los cristianos de raza judía no tienen en ella lugar ni derecho».20

[Silencio. Pedro Sánchez se ha quedado con la mano levantada, sin golpear. Asunción ha dejado de pasar las cuentas.]

RICARDO. —Bautizados, Rodrigo. Hombres que habían recibido el mismo bautismo que tú y que yo, echados de su iglesia por su sangre. «Nada cambia.» Eso es lo que sale cuando la sangre se pone en lo esencial. Si la sangre es lo que decide, el bautismo no puede nada. Y una religión en la que el bautismo no puede nada ya no es el cristianismo. Es otra cosa con el nombre de Cristo.

RODRIGO. —(en voz baja) Eso es una barbaridad.

RICARDO. —Es una barbaridad. Y es la conclusión lógica de tu premisa, no de la mía. Yo no te acuso de pensarlo. Te digo que si dices que un pueblo se defiende por la sangre, ya has puesto el primer pie en el camino que acaba ahí. El segundo pie lo pone otro, más tarde, y no le hace falta pensar mucho.

6. ¿Por qué unos pueblos levantaron catedrales y otros no?

RODRIGO. —Has ganado lo del hombre, lo reconozco. Pero los pueblos no son hombres sueltos. Si la sangre no cuenta, explícame por qué unos pueblos levantaron catedrales, escribieron la Suma y descubrieron América, y otros, en los mismos siglos, no salieron de la choza. No es odio. Es mirar el mundo.

RICARDO. —Es la objeción más seria, porque es la que más gente tiene en la cabeza y menos dice en voz alta. Te contesto con una pregunta. Los que levantaron las catedrales de Burgos y de León, ¿qué sangre tenían?

RODRIGO. —La nuestra. Hispanorromanos, godos.

RICARDO. —Godos. ¿Y qué hacían los godos cuatrocientos años antes de levantar catedrales?

RODRIGO. —(después de un momento) Saquear Roma.

RICARDO. —Y adorar a sus dioses del bosque, y luego ser arrianos. Con la misma sangre. Los escandinavos degollaban monjes en Lindisfarne en el año 793, con la misma sangre que tienen ahora sus nietos, que no matan una mosca. Y los mismos pueblos que construyeron Chartres y Colonia, con la misma sangre, hoy no saben llenarlas un domingo. ¿Qué ha cambiado en esos pueblos? ¿La sangre?

RODRIGO. —La fe.

RICARDO. —La fe. Y ahora mira lo que pasa con un pueblo cuando se le aplica la frase de Santo Tomás. Lo que el alma es para el cuerpo, eso es el culto para un pueblo: lo que le da forma. Los clásicos españoles lo sabían sin necesidad de filosofía. Fray Antonio de Guevara distinguía los reinos «en lenguas, en costumbres, en leyes, y sobre todo en dioses y templos».21 Sobre todo en dioses y templos. Fíjate en la palabra: colere, cultivar, da cultus, el culto, y cultura. La cultura sale del culto, no de la sangre. Un pueblo cambia de forma sin cambiar de sangre cuando se convierte, o cuando apostata; y pueblos de sangres distintas comparten una sola forma cuando adoran al mismo Dios.

RODRIGO. —Pero la cultura también se hereda. Va con la sangre.

RICARDO. —Va con ella por coincidencia, no por causa. Cuando un pueblo vive aislado siglos, acaba teniendo a la vez una lengua, un culto y un tipo físico, y parece que lo uno sale de lo otro. Pero los hijos de unos emigrantes hablan la lengua del sitio en una generación, sin cambiar de cuerpo. Y los mexicas, que sacrificaban hombres a Huitzilopochtli, en dos generaciones rezaban el rosario y levantaban iglesias, sin cambiar de sangre. Lo que cambió fue el Dios. La fe rehace a un pueblo; la sangre no rehace nada.

BLAS. —Eso en Asturias lo sabemos. Covadonga no la ganó una raza.

RICARDO. —La ganó un culto. Y te diré una cosa, Rodrigo, que te va a parecer dura pero que es justa. La pregunta de las catedrales, hecha por un europeo de hoy, es la pregunta de un hombre que ha olvidado para qué se hicieron. Se hicieron para la Misa. El pueblo que las hizo no se tenía por superior a nadie por la sangre: se tenía por deudor de una gracia que le había venido de fuera, de Palestina, por unos judíos que se convirtieron, y que había que llevar a los demás. El que hoy se enorgullece de las catedrales por su sangre hace exactamente lo contrario de lo que hicieron los que las levantaron. Se queda con la piedra y tira el altar.

PEDRO. —Como los turistas.

RICARDO. —Como los turistas, Pedro. Pagan la entrada para ver lo que sus abuelos hicieron gratis de rodillas.

7. El racismo, vuelta a los dioses de la tribu: de Darwin a Rosenberg

[El sol ha bajado detrás de la casa de los Ortega y la sala se ha quedado de pronto en penumbra; entra un aire frío por la ventana del oeste. Miguel se levanta, la cierra, y se queda un momento mirando el hogar apagado, pero no enciende.]

RODRIGO. —Has dicho al principio que el racismo es paganismo. Lo has repetido. Explícamelo, porque me parece una frase bonita y nada más. Los paganos no sabían lo que era la genética.

RICARDO. —No hace falta la genética para adorar la sangre. Piensa en lo que era la religión de un pagano antiguo. ¿A quién adoraba un romano en su casa?

TOMÁS. —A los lares y a los penates. A los antepasados.

RICARDO. —A sus muertos, a los dioses de su casa y de su linaje. Cuando Eneas huye de Troya en llamas, carga a su padre a hombros y le pone en las manos los objetos sagrados y los penates de la patria.22 Los dioses van con la sangre: se heredan, se llevan en brazos, son de una familia y de una ciudad. Cada ciudad tenía los suyos, y su culto era cosa de los de la ciudad, no del extranjero. La religión pagana es una religión de la sangre: el dios es el antepasado, el culto es el linaje, la ciudad es la tribu. Y el hombre vale lo que vale su sangre. Ahí lo esencial del hombre es su cuerpo y su ascendencia, porque no hay otra cosa por encima.

RODRIGO. —Eso era Roma. No lo veo en Burgos.

RICARDO. —Espera. ¿Qué hizo el cristianismo con eso? Rompió el altar de la tribu. Abrió el altar a todos: al etíope del carro, al griego, al bárbaro, al esclavo. Dijo que hay un solo Dios, Padre de todos los bautizados, miembros de su Iglesia, y que se le adora en espíritu y en verdad, no en el monte de los samaritanos ni en el templo de los judíos.23 El culto dejó de ser de una sangre. Por eso la Iglesia se llama católica: universal. Lo que distingue a un pueblo de otro sigue existiendo, la lengua, las costumbres, la tierra; pero lo que los une o los separa en lo más hondo ya no es la sangre: es el altar.

BLAS. —Y cuando se vuelve a poner la sangre en el altar…

RICARDO. —Se vuelve a la religión de antes. Eso es lo que te digo, Rodrigo, y no es una frase. Mira lo que pasó en cuanto Europa empezó a perder la fe. Primero vinieron los que dijeron que el hombre no viene de arriba, de un alma creada por Dios, sino de abajo, de la materia que se ordena sola. Darwin tituló su libro de 1859 El origen de las especies por medio de la selección natural, o la conservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida.24 Y en el libro sobre el hombre escribió que las razas civilizadas exterminarían algún día a las salvajes, y que entonces la distancia entre el hombre y el mono sería mayor, porque ahora está «entre el negro o el australiano y el gorila».25 Si el hombre sale de la materia, la materia es lo esencial; y si la materia es lo esencial, la sangre manda. Es el inmanentismo: todo sale de dentro del mundo, nada viene de arriba. Y lo que no viene de arriba tiene que buscarse un dios abajo.

RODRIGO. —Darwin no adoraba nada.

RICARDO. —Darwin no. Pero fíjate dónde se puso su idea en práctica por primera vez, porque no fue en Alemania. Fue en su casa. Otro inglés, Herbert Spencer, le dio la fórmula de «la supervivencia del más apto», y Darwin la metió en su libro.26 Su primo Francis Galton inventó en 1883 una palabra, eugenesia, y la definió como la ciencia de dar a las razas y estirpes de sangre más adecuadas la ocasión de imponerse cuanto antes a las menos adecuadas.27 De ahí salió un racismo científico de cátedra y laboratorio, inglés y norteamericano, que se enseñó en las mejores universidades del mundo protestante. Y no se quedó en los libros. En 1907 Indiana dio la primera ley del mundo para esterilizar a la fuerza; la siguieron una treintena de estados, y en 1927 el Tribunal Supremo de los Estados Unidos lo bendijo por boca del juez Holmes, que dejó escrito que «tres generaciones de imbéciles ya son bastantes».28

BLAS. —¿Y Roma?

RICARDO. —Roma habló en 1930, en la Casti connubii, cuando en Alemania todavía no se había hecho nada. Pío XI dijo que el Estado no tiene poder directo sobre los cuerpos de sus súbditos, y que no puede mutilarlos ni por razones de eugenesia ni por ninguna otra.29 La ley alemana de esterilización llegó en julio de 1933, y seguía el modelo que había redactado un norteamericano, al que la universidad de Heidelberg hizo doctor honoris causa tres años después.30 Los alemanes no inventaron el racismo científico, Rodrigo: lo aprendieron de los ingleses y de los yanquis. Lo que hicieron fue llevarlo hasta el final y decir en voz alta lo que los otros dejaban implícito: que la sangre es un dios. Alfred Rosenberg, el ideólogo del partido nazi, escribió en 1930 un libro que llamó El mito del siglo XX. Y en él dice, cito casi al pie de la letra, que hoy surge una fe nueva, la fe mítica de la sangre, y que la sangre nórdica representa el misterio que ha sustituido y superado a los antiguos sacramentos.31 Los sacramentos sustituidos por la sangre. No es un comentario mío: es lo que el Santo Oficio copió de su libro en 1934, al condenarlo. Y dice en otro sitio, contra la Iglesia de Roma, que ella quiere obligarnos a todos, blancos, amarillos o negros, a un solo camino, a una sola forma, bajo un solo dogma, y que por eso envenenó nuestras razas europeas.32

PEDRO. —(golpea la mesa) ¡Nos acusaba de lo que somos! ¡De católicos!

RICARDO. —De católicos, Pedro, exactamente. De universales. Rosenberg había entendido mejor que muchos católicos cuál es el enemigo de la religión de la sangre: la Iglesia que bautiza a todos. Y Hitler, en su libro, escribió que el pecado contra la sangre y la raza es el pecado original de este mundo.33 El pecado original ya no es el de Adán, que nos alcanza a todos y nos hermana en la culpa, sino el de mezclarse con otros hijos de Adán. Hay un paraíso, que es la sangre pura; una caída, que es la mezcla; una salvación, que es la sangre conservada. Es una teología entera, con cada pieza puesta del revés. Por eso Pío XI no habló de un error científico. En la misma encíclica que tú has leído denuncia a los que hablan de «un Dios nacional», encerrado en los límites de una sola raza, y habla del llamado «mito de la sangre y de la raza».34 Mito: lo que se cuenta de los dioses.

RODRIGO. —Eso es el nazismo. Yo no defiendo el nazismo. Ya te lo dije en julio.

RICARDO. —Ya lo sé, y te lo agradezco, y no te lo voy a echar en cara. Pero piensa en lo que hemos visto esta tarde, de abajo arriba. El racista moderado, el de «algunas» cualidades, no adora a nadie. Solo cree que la sangre cuenta en lo esencial. El nazi saca la conclusión: si cuenta en lo esencial, hay que adorarla. Uno pone la premisa y el otro el altar. El nazismo no es una exageración del racismo: es el racismo que ha llegado a su término. Y su término es una religión, porque lo que se pone en el centro del hombre acaba siendo su dios. Si en el centro está el alma, el dios es el que la creó. Si en el centro está la sangre, el dios es la tribu.

[Silencio largo. Rodrigo dobla el papel de la cartera y no lo guarda. Blas descruza los brazos.]

RODRIGO. —Me queda una cosa, y la digo porque si no me la llevo a Burgos. Todo esto es verdad en los libros. Pero yo veo lo que veo. Veo el colegio de mis hijos, veo mi barrio. Y si no hablo de raza, no puedo ni nombrar lo que pasa.

RICARDO. —Eso lo hablaremos mañana, con calma, porque es la mitad de lo que te tengo que decir. Mañana veremos de dónde vienen las razas en el tiempo, lo que sabe de ellas la genética, y qué hicieron con todo esto los pueblos católicos y los que dejaron de serlo. Pero te dejo una pregunta para que la duermas. Los que llegan a tu barrio, ¿son de una raza o de muchas?

RODRIGO. —(tarda) De muchas. Marroquíes, senegaleses, paquistaníes…

RICARDO. —¿Y qué tienen en común?

RODRIGO. —…

RICARDO. —Duérmelo. Mañana.

RAITA. —(golpea dos veces el suelo con la contera del bastón) Dejadme decir una cosa a mí, que mañana estaré más cansado. Yo me ordené en 1967 y he dado la comunión a gente de todos los colores que caben en un mapa: a gitanos en Madrid, a dos filipinas que servían en una casa de la calle Serrano, a un ingeniero nigeriano que vino a verme a Oviedo porque se había enterado de que yo decía la misa de siempre. El nigeriano se sabía el Confiteor mejor que la mitad de mis compañeros de seminario. Cuando el que comulga abre la boca, no le miro la piel: le miro la lengua, para no dejar caer la Forma. Y en todas he puesto el mismo Cuerpo. (Pausa.) Hijo, eso que te preocupa del barrio te preocupa con razón. Pero si lo llamas raza, te equivocarás de enemigo y de amigo. Y el que se equivoca de enemigo pierde la guerra, y el que se equivoca de amigo la pierde dos veces.

RODRIGO. —(con respeto) Gracias, padre.

RICARDO. —Ahí lo tienes resumido, y mejor que yo. Hoy hemos visto lo que es el hombre. Que lo hace hombre el alma, y que el alma manda en el cuerpo y no al revés. Que lo que llamamos raza es un accidente, el ejemplo de manual del accidente. Que todos venimos de uno solo. Que el bautismo nos hace nacer otra vez sin tocarnos la sangre. Y que el que pone la sangre en el centro vuelve, lo sepa o no, a los dioses de la tribu.

RODRIGO. —Mañana te traeré la historia. Ahí te espero.

RICARDO. —Y yo a ti. Mañana, después de cenar, aquí. Si Miguel enciende el fuego.

MIGUEL. —Mañana lo enciendo. Ya va siendo hora.

[Se levantan. Las mujeres recogen las tazas. Blanca tarda en ponerse de pie; Ricardo le da las dos manos, y ella se apoya en él con todo el peso un instante, sin decir nada, y luego coge a Ana María de la mano. Elena lleva en brazos a Buenaventura, dormido. Rodrigo se queda junto a la mesa, guardando su papel en la cartera, y cuando todos salen se acerca a la ventana que ha cerrado Miguel y mira afuera. En la plaza, los hijos de los Mendoza y de los Vidal juegan a algo que consiste en correr detrás de un balón deshinchado. Por la pista sube, despacio, el último sol. Ricardo, desde la puerta, piensa que el hombre que se ha quedado mirando a esos niños los quiere de verdad, y que se los quiere defender con un arma que, si la usara, se volvería contra ellos; y que la única manera de quitársela es la paciencia, y lo demás es de Dios.]


Segunda jornada. La ciencia y la historia

La escena. Lunes 28 de septiembre de 2026, víspera de San Miguel, después de cenar. Miguel ha cumplido su palabra: en el hogar de la Casa del Peregrino arde el primer fuego del otoño, y la sala está a media luz, con dos quinqués. Son menos que ayer, porque mañana se madruga. El padre Raita está en el sillón de mimbre junto al fuego, con una manta sobre las rodillas. Blanca se ha quedado en casa, porque sale de cuentas dentro de unos días; los niños ya duermen, y Elena, que ha bajado a acompañarla, va y viene. Ricardo ha subido con una carpeta y dos libros atados con un cordel.

Rodrigo ha cenado con los Mendoza. Ha pasado el día apuntando cosas en un cuaderno nuevo; por la mañana ha bajado al hayedo con Tomás y ha visto de lejos la cabaña de Luis. Se sienta frente a Ricardo, al otro lado de la mesa, y abre el cuaderno.

1. En la cronología de la Escritura no caben razas hondas

RODRIGO. —He dormido la pregunta, Ricardo, y te la contestaré al final, si me dejas. Pero antes te quiero devolver la pelota. Ayer me ganaste con la filosofía; lo reconozco y lo he pensado. El alma manda, el color es accidente, el bautismo no toca la sangre. Bien. Pero un accidente que dura cuarenta mil años ya no es un accidente cualquiera. Las razas son muy antiguas. Llevan separadas desde mucho antes de que hubiera historia, cada una en su continente, y en ese tiempo se han hecho lo que son. Eso no lo arregla Porfirio.

RICARDO. —¿Cuarenta mil años según quién?

RODRIGO. —Según la ciencia. Según todo el mundo.

RICARDO. —Según una manera de contar el tiempo que no es la de la Iglesia. Vamos a ver cuál es la de la Iglesia, y después veremos que ni con la otra te salen las cuentas. Tomás, la calenda de Navidad.

TOMÁS. —(se incorpora un poco) «Anno a creatione mundi, quando in principio Deus creavit caelum et terram, quinquies millesimo centesimo nonagesimo nono…»

RICARDO. —El año cinco mil ciento noventa y nueve de la creación del mundo. Eso se cantaba en todas las iglesias del rito romano la víspera de Navidad, en el Martirologio, desde el siglo XVI hasta después de Pío XII.35 Y un concilio ecuménico, el segundo de Nicea, fecha la Encarnación en el año del mundo cinco mil quinientos uno.36 La cifra exacta no está definida, y los cómputos difieren porque siguen textos distintos de la Escritura; pero el orden de magnitud es ese. Del Génesis a Cristo, unos cinco mil años y medio; de Cristo acá, dos mil. Siete mil y pico; ni siquiera ocho mil.

RODRIGO. —Eso es lectura literal de las genealogías.

RICARDO. —Es la lectura de los Padres, de la liturgia y de un concilio. No es un dogma definido, pero expresa un consenso muy claro en la fe de la Iglesia. Y ahora haz la cuenta de abogado. Siete mil doscientos años, a veinticinco años por generación, ¿cuántas generaciones son?

RODRIGO. —(apunta en el cuaderno) Unas doscientas noventa.

RICARDO. —Doscientas noventa generaciones desde Adán. Desde Noé, bastantes menos. En ese tiempo, ¿qué puede cambiar en un linaje?

RODRIGO. —Lo que haya cambiado.

RICARDO. —Lo que se pueda cambiar en ese tiempo, que es lo de fuera. Y eso es lo que vemos: el color, el pelo, la nariz, la estatura. Cosas que cambian deprisa, con el sol y con el aislamiento, y que se reparten entre los pueblos a lo largo de un camino. Lo de dentro, lo que hace a un hombre hombre, no ha tenido tiempo de cambiar. Y aunque lo hubiera tenido, no cambiaría, porque el alma no se hereda. Esa es mi primera respuesta: en la cronología de la Iglesia no hay sitio para razas hondas. Lo que hay son variaciones de superficie.

RODRIGO. —Bueno, eso si admitimos que sea de verdad un consenso de fe, y habría que discutirlo.

RICARDO. —¿Discutir lo que la Iglesia ha repetido durante dos mil años y lo que un concilio ha confirmado? Pero fíjate: aun suponiendo que no fuera de fe, aquí está la segunda respuesta. Imagina que tienes razón y que son cuarenta mil, o cien mil. ¿Qué dicen los mismos que cuentan con cien mil? Que en todo ese tiempo los grupos humanos apenas se han separado. Que dos hombres cogidos al azar, uno de Burgos y otro de Dakar, se diferencian en una letra de cada mil y pico de su genoma, y que casi toda esa diferencia la tienes también con tu vecino de escalera.37 Es decir: ni con su reloj, que es mucho más largo que el nuestro, les salen razas de fondo. Si con cien mil años no ha dado tiempo, con siete mil, menos.

PEDRO. —(golpea la mesa) ¡Ni con trampa les sale!

RICARDO. —Ni con trampa, Pedro. Y hay una tercera cosa, que a mí me hizo mucha gracia cuando la leí. ¿Sabes cómo era hace siete mil años un cazador de León?

RODRIGO. —Supongo que como nosotros, más o menos.

RICARDO. —En una cueva de La Braña, en la montaña de León, encontraron los huesos de un hombre de hace unos siete mil años, y le sacaron el genoma. Tenía la piel oscura y, probablemente, los ojos azules.38 Y otros estudios han visto que la variante de piel clara que hoy tienen casi todos los europeos era rara entre los europeos antiguos.39 Es decir: el europeo blanco, ese del que tú hablas como si fuera la raza de siempre, es mucho más reciente de lo que crees. Cabe de sobra en los siete mil años de la Escritura. Y cabe precisamente porque es superficial.

RODRIGO. —(despacio) El cazador de León, oscuro.

RICARDO. —Oscuro, en la provincia de Andrés. Y todavía hay más, y esto lo dicen ellos con sus modelos. Si se hace la cuenta de cuándo vivió el último antepasado común de todos los hombres que hoy viven, no por una sola línea, sino por todas las líneas a la vez, sale que vivió hace solo unos pocos miles de años; y un poco más atrás, todos los hombres de hoy tienen exactamente los mismos antepasados.40 No es Adán, que está mucho más lejos; pero mira lo que quiere decir: que tú y el senegalés de tu barrio tenéis los mismos bisabuelos, si se sube lo bastante, y no hace falta subir tanto.

[Andrés, que ha oído «la provincia de Andrés», levanta la vista y sonríe sin decir nada.]

2. Del chihuahua al mastín: lo que enseñan las razas de perros

RODRIGO. —Ayer me dijiste que hoy hablaríamos de perros. Yo sigo con lo mío: los perros vienen todos del lobo, y hay razas de perros distintísimas. Un chihuahua y un mastín. Con los hombres pasa igual.

RICARDO. —Por eso lo dejé para hoy, para que lo dijera quien sabe. Andrés, tú has criado perros toda la vida. ¿Un mastín es otra cosa que un perro?

ANDRÉS. —Un mastín es un perro. Grande, eso sí.

RICARDO. —¿Y si cruzas un mastín con un perro de ganado de los de tu pueblo, qué sale?

ANDRÉS. —Un perro. Y si es buen perro, mejor que los dos. En Villafría mi abuelo cruzaba lo que tenía, y si salía bueno para las ovejas se quedaba, y si no, no. Las razas esas de los papeles son cosa de ahora. Antes había perros de ganado, perros de caza y perros de casa.

RICARDO. —¿Y cuánto se tarda en hacer una raza?

ANDRÉS. —Pues… si apartas siempre los que tienen lo que quieres y los cruzas entre ellos, en unas pocas camadas ya se parecen todos. Lo difícil no es hacerla. Lo difícil es que no se te estropee.

RICARDO. —¿Y si dejas a los perros sueltos, sin escoger?

ANDRÉS. —Se mezclan, y en unos años son todos iguales: perros pardos, de tamaño mediano, orejas así. Perros de pueblo.

RICARDO. —(a Rodrigo) Ahí lo tienes. Unas pocas camadas para hacer una raza, unos pocos años para deshacerla. Eso que dice Andrés con cuatro palabras es lo que dicen los zoólogos con cuatrocientas. Grassé, un zoólogo francés que no era creacionista, escribe que la selección reúne las variedades que un genoma es capaz de producir, pero no crea nada.41 Una raza de perros es una combinación de lo que ya estaba en la especie, apartada y fijada por el hombre. Y se puede deshacer: hay ganaderos que, cruzando razas de vacas domésticas, entre ellas la sayaguesa de Zamora, están reconstruyendo algo muy parecido al uro, el toro salvaje que se extinguió en el siglo XVII.42 La selección nunca añade. Solo reparte lo que había.

RODRIGO. —Precisamente. Los perros son de razas distintas aunque vengan del lobo. Me das la razón.

RICARDO. —Te la doy en que una raza así es una combinación pasajera de lo que había en el origen, y por eso es superficial. Pero mira lo que pasa cuando lo llevas al hombre. En los perros hubo un ganadero que escogía, durante siglos, y que no dejaba cruzar a cualquiera. En los hombres no ha habido ganadero, y los pueblos no han dejado nunca de mezclarse. Y aun así, con su ganadero y todo, las razas de perros están más separadas entre sí que los grandes grupos humanos.43 Si un chihuahua y un mastín son el mismo perro, ¿qué va a ser un sueco y un congoleño?

ANDRÉS. —(a Rodrigo, sin malicia) Lo de fuera cambia enseguida. Lo de dentro es lo que cuesta.

RICARDO. —Y lo de dentro, en el hombre, no lo pone el criador. Lo pone Dios, uno por uno.

3. La genética encuentra parentescos, no razas

RODRIGO. —Eso son analogías. Vamos a la ciencia de verdad. La genética moderna distingue a un africano de un europeo sin equivocarse. Lo he leído: con unos cientos de marcadores se acierta la raza de una persona en el noventa y nueve coma ocho por ciento de los casos. Eso no es una construcción social, Ricardo. Eso es un laboratorio.

RICARDO. —No es una construcción social, y no te voy a decir lo contrario. Te voy a decir qué es. ¿Qué acierta ese estudio?

RODRIGO. —La raza.

RICARDO. —La raza que la propia persona había puesto al rellenar el cuestionario.44 La casilla la pone el hombre, no el genoma. El laboratorio compara el genoma de uno con el de otros que se han declarado blancos, negros o asiáticos, y dice a cuáles se parece más. ¿Y qué ha encontrado entonces?

RODRIGO. —De dónde vienen sus antepasados.

RICARDO. —Eso. El parentesco. Y con el mismo método, si se afina, se distingue a un vasco de un andaluz, a un sardo de un toscano, a uno de Villafría de uno de Gijón. ¿Son razas?

BLAS. —(antes que Rodrigo) Más quisieran en Gijón.

[Risas.]

RODRIGO. —No, no son razas.

RICARDO. —Entonces lo que detecta el laboratorio no es la raza: es la ascendencia. La genética te puede decir que tus abuelos eran de Burgos y los de tu vecino de Dakar. Lo que no te puede decir nunca es dónde empieza una raza y dónde acaba otra, porque eso no está en el genoma: lo tiene que poner alguien antes. El programa que agrupa los genomas por continentes los agrupa en dos, en tres, en cuatro, en cinco o en seis, según cuántos grupos le pidas.45 Ninguno de esos números es el verdadero, porque el número lo decides tú.

RODRIGO. —Pero las diferencias están ahí.

RICARDO. —Están, y son de grado, y van cambiando poco a poco por el camino. Si en vez de coger un nigeriano, un noruego y un chino, que son los extremos, coges gente a lo largo de todo el camino, de Lagos a Oslo pasando por El Cairo y por Estambul, no hay ningún punto donde la gente deje de ser negra y empiece a ser blanca. Cambia poco a poco, y cada rasgo con su propio mapa: el color con el sol, la leche con las vacas, la sangre con la malaria. Y lo más curioso es que el que inventó las cinco razas, Blumenbach, un médico alemán, lo reconoce en su propio libro, en 1795: que las variedades se funden unas en otras por una transición insensible, y que por eso no cabe entre ellas más que una división arbitraria. Y titula la sección: cinco variedades principales del género humano, «pero una sola especie».46

RODRIGO. —El padre de las razas…

RICARDO. —El padre de las razas te dice que la frontera la pone él. Y hoy lo dicen sus nietos: la asociación de antropólogos físicos de los Estados Unidos, que no son precisamente de Piedrasanta, declaró hace unos años que los hombres no están divididos biológicamente en tipos continentales distintos ni en grupos raciales genéticos.47 Y la mayor parte de la diferencia que hay entre los hombres está dentro de cada pueblo, no entre unos pueblos y otros: entre tú y tu vecino de Burgos hay casi tanta como entre tú y el de Dakar.48

RODRIGO. —Pero el color se hereda. Eso no me lo negarás.

RICARDO. —Se hereda, y depende de un puñado de genes. Tan pocos, y tan sueltos del resto, que la piel oscura de los africanos se debe a las mismas variantes que la de los melanesios o la de los del sur de la India, que no son parientes cercanos.49 El color sigue al sol, no al linaje. Si el color marcara una raza, el melanesio sería africano. Y mira qué cosa: lo que tú llamas raza, en la genética, se queda en un puñado de genes de la piel, del pelo y de la cara. Es decir, en lo que se ve. En el accidente. La genética ha venido a darle la razón a Porfirio.

[Elena entra sin hacer ruido, con el chal sobre los hombros, se acerca a Miguel y le dice algo al oído. Miguel asiente. Elena se queda un momento junto al fuego, con las manos tendidas a la lumbre, y vuelve a salir.]

RODRIGO. —(cierra el cuaderno a medias) De acuerdo. Te concedo la biología. Pero la historia no me la vas a ganar tan fácil. Explícame España.

4. La Hispanidad, un imperio que la Iglesia enseñó a no ser racista

RODRIGO. —Tú dices que la Iglesia separa por la fe y no por la sangre. Entonces explícame los estatutos de limpieza de sangre, que duraron trescientos años. Explícame las castas de la América española, con sus cuadros: de español e india, mestizo; de español y negra, mulato; y así hasta dieciséis. Eso no lo hizo Calvino: lo hizo la España católica. Y eso es raza.

RICARDO. —Me alegra que empieces por ahí, porque es lo que yo habría preguntado en tu lugar. Y te concederé lo que hay que concederte. La limpieza de sangre, en la Península, ¿qué pedía probar?

RODRIGO. —Que no se tenía sangre de judío ni de moro.

RICARDO. —¿Y de negro? ¿De indio? ¿De gitano?

RODRIGO. —(piensa) No recuerdo que se nombrara.

RICARDO. —No se nombraba. Se pedía no descender de judíos ni de moros, ni de condenados por la Inquisición. ¿Por qué esos dos? Porque eran los conversos de los que se sospechaba que seguían en su ley a escondidas: el judaizante y el morisco. Mira cómo define la palabra «raza» Covarrubias, en el primer diccionario de nuestra lengua, en 1611: «Raza en los linages se toma en mala parte, como tener alguna raza de Moro, o Judío».50 En castellano, «raza» nace como una mancha en el linaje, y la mancha es haber tenido en la familia a alguien de otra ley. Era una sospecha de fe heredada. Que con los siglos degenerase en orgullo de linaje, te lo concedo, y fue un abuso, y un abuso feo. Pero la Iglesia nunca la hizo impedimento de nada sacramental.

RODRIGO. —Pero en América la limpieza se aplicó a los indios.

RICARDO. —¿Se aplicó? Escucha a Solórzano Pereira, el gran jurista de las Indias, en 1648: «jamás hallamos que la descendencia de Gentiles o Infieles, que no haya sido Judíos o Moros, y que voluntariamente recibieron la Fe de Christo, haya sido notada, ni tenida por manchada».51 El indio que se bautizaba no manchaba a nadie. Su gentilidad se lavaba con el agua. Y cuando en 1578 una cédula prohibió ordenar sacerdotes a los mestizos, ciento sesenta y cinco mestizos del Perú y de Chile recurrieron al rey con un argumento: que por la madre no tenían infamia ninguna, porque la gentilidad desaparece con el bautismo, al revés que la ascendencia de moros y judíos. Y ganaron: diez años después el rey derogó la cédula.52

BLAS. —Ese argumento es el tuyo de ayer.

RICARDO. —Es el de ayer, en boca de unos mestizos del siglo XVI: el bautismo cambia el linaje sin cambiar la sangre. Y ahora vamos a lo que mandaba la Corona, que es lo que de verdad me importa. (Desata el cordel, saca una cuartilla.) Marzo de 1503. Instrucción de los Reyes Católicos a fray Nicolás de Ovando, gobernador de La Española. Manda que «procure que algunos cristianos se casen con algunas mujeres indias, y las mujeres cristianas con algunos indios, porque los unos y los otros se comuniquen y enseñen, para ser doctrinados en las cosas de nuestra Santa Fe Católica».53

RODRIGO. —La Reina mandaba casarse con indias.

RICARDO. —Mandaba procurarlo, que es lo que se puede mandar sobre un sacramento libre. Y fíjate en las tres cosas. En los dos sentidos: el español con la india y la española con el indio. Por la fe, no por la población ni por la conveniencia: «para ser doctrinados». Y luego, en 1515, Fernando deroga una ordenanza que lo estorbaba, «porque mi voluntad es que las dichas indias e indios tengan entera libertad para se casar con quien quisieren, así con indios como con naturales destas partes».54 Eso pasó a la ley de Indias y no se derogó nunca. Cuando unos virreyes pidieron después prohibir a los encomenderos casarse con indias, la Corona, dice Konetzke, «siguió aferrada al principio de que españoles e indios tenían plena libertad para casarse con quien quisieran».55

RODRIGO. —¿Y la Iglesia?

RICARDO. —La Iglesia ni siquiera tenía de qué preocuparse. Repasa los impedimentos del matrimonio en el Código de 1917, el último de la Iglesia: hay uno por la religión, la disparidad de cultos, que hace nulo el matrimonio de un católico con un no bautizado; y ni uno por la raza.56 Konetzke, que fue el historiador que más estudió el mestizaje en los archivos de Sevilla, lo resume así: el derecho matrimonial canónico solo conocía el impedimento de disparidad de religiones, pero no el de diferencia de razas.57 El único muro es el del altar. Siempre el mismo.

RODRIGO. —Eso no quita que la sociedad colonial despreciara la mezcla.

RICARDO. —No lo quita, y te lo doy entero. Muchos colonos tenían a menos casarse con india, y la mayoría de los primeros mestizos fueron hijos de concubinato, no de sacramento. Y con el negro la Corona fue mucho más cerrada que con el indio: hay una ley de Carlos V que manda procurar que los negros se casen con negras.58 Esos son los límites, y hay que decirlos. Pero mira la diferencia: el pecado era de los hombres, contra la ley de la Iglesia y del rey; la ley iba en la otra dirección. Y ninguna ley de Indias anuló jamás el matrimonio de un negro con una india o con una española. Y la nobleza india era nobleza: el hijo de Hernán Cortés y de doña Marina fue legitimado por el Papa y armado caballero de Santiago, y en 1806 el Consejo de Indias declaró que los descendientes de los caciques participaban de todos los honores que corresponden a los hidalgos de Castilla.59 Un cacique era un hidalgo.

PEDRO. —(golpea la mesa) ¡Y dentro de dos semanas es el doce de octubre, y lo llamaban la Fiesta de la Raza! ¡Mi padre lo llamaba así!

RICARDO. —Y el mío, Pedro, y el padre Raita también, seguro. Y fíjate qué quería decir la palabra en boca de quien la defendía. Maeztu, en 1934: «El 12 de octubre, mal titulado el Día de la Raza, deberá ser en lo sucesivo el Día de la Hispanidad». Mal titulado. Y explica por qué: «La Hispanidad, desde luego, no es una raza»; los españoles no damos importancia a la sangre ni al color de la piel, porque lo que llamamos raza está hecho de lo que es luz del espíritu, «como el habla y el credo». Y termina: «La Hispanidad está compuesta de hombres de las razas blanca, negra, india y malaya, y sus combinaciones».60 Y el cardenal Gomá, primado de España, ese mismo año, en Buenos Aires, la noche del doce de octubre: España hizo con los aborígenes lo que ninguna nación del mundo hiciera con los pueblos conquistados; el español, que en su solar había negado su sangre a judíos y árabes, «no tuvo empacho de amasarla con la sangre india».61

RODRIGO. —Maeztu…

RICARDO. —Maeztu, al que mataron dos años después por eso mismo que escribía. La Hispanidad es eso, Rodrigo: la Iglesia enseñando a un imperio a no ser racista. No porque los españoles fueran mejores que nadie, que no lo eran; sino porque tenían encima una Iglesia que les decía que el indio tenía alma, que el indio bautizado era su hermano y que con su hermana se podía casar. Lo que separaba era la fe, y la fe se podía recibir. Muchas sangres, una sola forma. Eso es lo que quería decir la Fiesta de la Raza cuando la decía un católico.

ISABEL. —(a Blas, en voz baja, pero se oye) Eso no nos lo contaron en el colegio.

RICARDO. —A nadie, Isabel. Porque la historia la escribieron otros. Y ahora vamos a ver qué hacían los otros mientras tanto.

5. El racismo de la América anglosajona

RICARDO. —Antes de hablarte de los ingleses, te leo a un testigo que no esperas. Hitler, en Mein Kampf, quiere probar que la mezcla de sangres hunde a los pueblos. Y pone un ejemplo. ¿Sabes cuál?

RODRIGO. —No.

RICARDO. —América. Dice que Norteamérica, poblada sobre todo de germanos que apenas se mezclaron con pueblos de color, tiene otra humanidad y otra cultura que Centroamérica y Sudamérica, donde los inmigrantes latinos se mezclaron a gran escala con los indígenas.62 Para Hitler, lo que hicieron los colonos del norte es el modelo, y lo que hizo España es el pecado. Vio la diferencia entre las dos Américas mejor que muchos católicos. Solo que la vio al revés.

[Silencio. Pedro, que tenía la mano levantada, la baja despacio.]

RICARDO. —(saca otra cuartilla) Ahora vamos a los ingleses. En 1691, la asamblea de Virginia, colonia anglicana, aprueba una ley para impedir lo que llama «esa abominable mezcla y descendencia espuria». El blanco libre que se case con un negro, un mulato o un indio será desterrado de la colonia para siempre.63 Compáralo con lo que vimos antes. La reina Isabel mandaba procurar esos matrimonios en 1503; Virginia los castiga con el destierro en 1691. El hijo de la india, que el rey de España legitimaba, en Virginia era espurio. Y leyes como esa duraron en los Estados Unidos hasta 1967.64

RODRIGO. —Los ingleses tenían otra mentalidad.

RICARDO. —Tenían otra religión. Y hay una prueba que lo decide: el converso. Si la frontera es la fe, el indio que se bautiza entra. Si la frontera es la sangre, se queda fuera aunque se bautice. Pues bien: en 1763, en Pensilvania, unos colonos presbiterianos mataron a veinte indios cristianos que vivían en paz. Los llamaban cananeos: había que exterminarlos, como hizo Josué. Benjamin Franklin, que no era católico ni mucho menos, escribió sobre aquella matanza. Escucha, porque es él quien lo dice: «Habrían estado más seguros entre españoles papistas, aun siendo enemigos». Y añade cuál fue su único delito: «que tenían la piel de un pardo rojizo y el pelo negro».65

TOMÁS. —Entre españoles papistas.

RICARDO. —Entre papistas, que para Franklin eran idólatras. Esa fama tenían los dos mundos entre quienes los conocían. Y la misma prueba vale para el esclavo. El Code Noir francés, de 1685, mandaba bautizar a todos los esclavos en la religión católica.66 En las colonias holandesas, calvinistas, los amos pensaban que al esclavo bautizado ya no se le podía vender, y por eso no lo bautizaban. El mundo católico metía al esclavo en la Iglesia. El reformado lo dejaba fuera para poder seguir vendiéndolo.

RODRIGO. —(levanta el cuaderno) Espera, que esto lo he preparado esta mañana. En 1452, antes de que hubiera un solo calvinista, el papa Nicolás V autorizó al rey de Portugal a someter a los sarracenos y paganos y a reducirlos a servidumbre perpetua. Portugal y Brasil, católicos, embarcaron casi seis millones de africanos, diez veces más que los holandeses. Y en 1866 el Santo Oficio todavía decía que la esclavitud, en sí misma, no es contraria al derecho natural. No me digas que la Iglesia estaba fuera de esto.

RICARDO. —Los hechos son ciertos, y no te los discuto. Pero mira lo que prueban. ¿A quién autoriza la bula a someter? Léelo.

RODRIGO. —A los sarracenos, paganos y otros infieles, enemigos de Cristo.

RICARDO. —Infieles. Es una guerra de religión, un año antes de que los turcos tomaran Constantinopla. El criterio es la fe, como siempre. La bula no dice «negros». Y el Santo Oficio, en 1866, dice que la servidumbre puede ser lícita, pero solo con un título justo, y prohíbe comprar al que fue hecho esclavo injustamente.67 ¿Y cuáles eran esos títulos? La guerra justa, el delito, venderse uno mismo, nacer de madre esclava. ¿Alguno es el color de la piel?

RODRIGO. —No.

RICARDO. —Ninguno. Por eso Gregorio XVI pudo condenar en 1839 la trata de negros, que los trataba como animales y no como hombres, y prohibir que nadie la defendiera.68 La esclavitud entre católicos fue un mal, y muchas veces un pecado grave del amo. Pero no tocaba el alma del esclavo. Se le bautizaba por ley, era hermano en la Iglesia, se casaba con quien quería aunque el amo no quisiera, y sus hijos se mezclaban.69 Virginia inventó otra cosa: una casta hereditaria por el color, cerrada con leyes contra el matrimonio. Por eso el número de esclavos no mide el racismo. El esclavo de Bahía estaba bautizado, y muchos de sus nietos fueron mulatos libres. El de Surinam ni siquiera estaba bautizado.

BLAS. —¿Y por qué? Siempre se dice que es la predestinación: los blancos elegidos y los negros réprobos.

RICARDO. —Eso se dice mucho, pero no lo he podido probar, así que no lo afirmo. No he encontrado en Calvino ni en sus discípulos un argumento para la esclavitud sacado de la predestinación. Hay que ser exactos, Blas, también con los herejes. Lo que yo veo son dos causas. La primera es que no tienen una Iglesia que defina. Mira lo que pasó en el Cabo. En 1829, el sínodo calvinista declaró que la comunión de los fieles de color con los blancos era «un principio inquebrantable fundado en la Palabra infalible de Dios».70 Treinta años después, como a los colonos no les gustaba comulgar con los de color, el mismo sínodo aceptó iglesias separadas. Sin Roma, la Escritura acaba sirviendo a la costumbre.

BLAS. —¿Y la segunda?

RICARDO. —La manera de leer el Antiguo Testamento: el colono se ve a sí mismo como Israel, y al indio o al negro como Canaán. Y de ahí viene, Rodrigo, tu argumento de Babel, que te prometí ayer.

RODRIGO. —El de la herejía babeliana.

RICARDO. —Ese. En 1944, un teólogo calvinista sudafricano, Jakob du Toit, al que llamaban Totius, habló ante un congreso afrikáner. Presentó a Dios como «el que separa». Leyó Babel como una condena de la unificación de los pueblos. Y de Hechos 17, 26 subrayó «los límites de su habitación» y dejó en segundo plano «de uno solo».71 De ahí salió la teología del apartheid. Y antes, en 1898, el gran teólogo del calvinismo moderno, Abraham Kuyper, dijo en Princeton que solo los hijos de Sem y de Jafet han hecho avanzar a la humanidad, y que de los hijos de Cam no ha salido jamás ningún impulso hacia una vida más alta.72 El tradicionalista que usa Babel contra el mestizaje repite, sin saberlo, un argumento calvinista.

RODRIGO. —(tarda) No lo sabía. Lo he leído en autores que se dicen tradicionales.

RICARDO. —Lo sé, y por eso te lo digo. Resumo. Las dos Américas contestaron de forma distinta a la misma pregunta: ¿quién es de los nuestros? La hispana contestó con la Iglesia: el bautizado. La inglesa, sin una Iglesia que la frenara, contestó con la sangre, y la escribió en sus leyes: el voto solo para los blancos, el indio sin derecho a declarar contra un blanco, el matrimonio mixto prohibido. Nada de eso lo encontrarás en las Leyes de Indias.

6. Del Talmud al racismo moderno: el pueblo hecho linaje

[Tomás echa otro tronco al fuego. Raita ha cerrado los ojos. Nadie sabe si duerme.]

RODRIGO. —Has hablado de los paganos, de Darwin y de los calvinistas. Pero ayer dijiste que el racismo viene también de la herejía, y dejaste caer que hay un modelo más antiguo. ¿Cuál?

RICARDO. —El del pueblo que rechazó a Cristo. Voy despacio, porque hay que decirlo con exactitud. En el Antiguo Testamento, la fe y la sangre van juntas en Israel, pero solo hasta Cristo, y aun entonces la puerta está abierta. Rut era moabita, y entra en la genealogía de David porque dice a su suegra: «tu Dios será mi Dios».73 Cuando llega Cristo, el pueblo de Dios se abre a todas las naciones.

RODRIGO. —¿Y los judíos que no lo aceptaron?

RICARDO. —Hicieron lo contrario: cerraron el pueblo de Dios y lo convirtieron en un linaje. Lo puedes leer en el Talmud de Babilonia. Comenta un versículo de Ezequiel que dice «vosotras, ovejas de mi pasto, sois hombres», y concluye: vosotros sois llamados hombres, y los gentiles no. Alguien le objeta que en otros pasajes la Escritura sí llama hombres a los gentiles. Y el Talmud responde que allí se les llama así solo para distinguirlos de los animales que se nombran a continuación.74

PEDRO. —¡Para distinguirlos de los animales!

RICARDO. —Es lo mismo que la primera proposición condenada en 1938, Pedro: el otro está más cerca del animal que de mí. Y del Talmud sale también la idea de que la piel negra es un castigo de Cam. Cuenta que en el arca tres no guardaron continencia, el perro, el cuervo y Cam, y que los tres fueron castigados; Cam, «en su piel».75 Esa idea pasó a otros y acabó en las notas de las Biblias protestantes inglesas. Y fíjate en lo que dice de verdad el Génesis: Noé no maldice a Cam, sino a Canaán.

RODRIGO. —(despacio) El pueblo de Dios convertido en un linaje.

RICARDO. —Eso. Y ahora verás cómo enlaza con lo demás. El racismo europeo moderno copió ese esquema y cambió de sujeto. No es una interpretación mía: lo dijeron ellos. Disraeli, judío bautizado de niño que llegó a primer ministro de Inglaterra, puso en boca de un personaje suyo, en 1847, una frase que se hizo famosa: «Todo es raza; no hay otra verdad».76 Y Houston Stewart Chamberlain, el inglés que escribió la gran obra del racismo germánico, dice que hay que aprender de Disraeli que toda la fuerza del judaísmo está en la pureza de su raza, y admira «con qué maestría» los judíos aplican la ley de la sangre.77 El antisemita racial aprendió de aquel a quien odiaba. Le tomó la ley de la sangre y se la aplicó a los germanos.

RODRIGO. —Entonces el antisemita…

RICARDO. —Le hace el juego al que combate. Si ser judío es una cuestión de raza, el judío que se convierte sigue siendo judío, y el bautismo no sirve de nada: es la declaración de 1941 que leímos ayer. Si ser judío es una religión que rechaza a Cristo, el judío que se bautiza es mi hermano, como lo fueron los apóstoles, que eran todos judíos de sangre. San Pablo lo dijo antes que nadie: no es judío el que lo es por fuera, sino el que lo es por dentro, y la circuncisión verdadera es la del corazón.78 Y no todos los que descienden de Israel son Israel.79 Un pensador español, Elías de Tejada, lo resumió en una frase que te regalo: con San Pablo, la idea del judío se sustituye por la idea del hombre, y con eso la teoría racista había muerto.80

RODRIGO. —Y la resucitaron.

RICARDO. —La resucitaron los que dejaron a San Pablo. Ahí tienes las tres fuentes del racismo, Rodrigo, y ninguna es católica. El paganismo, que adora la sangre de la tribu. La Sinagoga que rechazó a Cristo y convirtió el pueblo de Dios en un linaje. Y las herejías modernas: la Reforma, que dejó la Escritura sin Iglesia, y después el inmanentismo de Darwin, que dejó al hombre sin alma. La Iglesia no tiene un problema de raza con nadie. Tiene un problema de fe con todos los que no creen. Y por eso los quiere a todos bautizados.

7. Los que llegan tienen en común la religión, no la raza

RICARDO. —(a Rodrigo) Te debo la pregunta de ayer. Los que llegan a tu barrio. ¿Qué tienen en común?

RODRIGO. —(cierra el cuaderno) Lo he pensado toda la mañana en el hayedo. Tomás me ha preguntado lo mismo, el muy… (mira a Tomás, que sonríe en el suelo). Tienen en común el islam. No todos. Pero los que me preocupan, sí.

RICARDO. —¿Y de raza, son lo mismo?

RODRIGO. —No. Marroquíes, argelinos, senegaleses, malienses, paquistaníes, afganos, sirios, turcos. Blancos casi como yo, negros como el carbón, morenos de la India.

RICARDO. —Es decir: una invasión homogénea por la religión y heterogénea por la raza. Si el criterio fuera la sangre, el paquistaní no tendría nada que ver con el senegalés, ni el turco con el somalí. Y sin embargo rezan juntos, ayunan juntos y se defienden juntos, porque su comunidad se define por la fe, no por la sangre. El mismo Corán dice que los hombres fueron hechos pueblos y tribus, y que el más noble es el más piadoso.81 Ellos lo han entendido. Somos nosotros los que lo hemos olvidado. Lo que tienes delante no es una raza: es otra religión, con otra ley, que viene de muchos colores. Y es la prueba de todo lo que llevamos dos días diciendo: lo que une y separa a los pueblos es el culto.

RODRIGO. —Pero eso no cambia el problema. Siguen viniendo.

RICARDO. —Cambia cómo lo ves, y eso lo cambia todo. Si lo llamas raza, no ves al enemigo entero: el turco te parece de los tuyos, y el converso europeo del barrio, rubio y con barba, no te parece peligroso, y es el más fanático de todos. Si lo llamas raza, te equivocas de amigo: el filipino que sirve en una casa de tu calle, el ecuatoriano de la obra, el nigeriano católico que ha huido de los que queman iglesias en su país, están de tu lado y no del otro, aunque no tengan tu color. Y si lo llamas raza, la respuesta que buscas es pagana, y pierdes, porque la raza no tiene altar, ni sacramentos, ni hijos. Mira las estadísticas: los pueblos de Europa son de los que menos hijos tienen del mundo. La sangre no ha impedido que se mueran. Lo que hacía tener hijos y defender la tierra era la fe. Europa se defenderá, si se defiende, como lo que fue: como Cristiandad. Y la Cristiandad tiene sitio para el filipino y el nigeriano católicos, y no lo tiene para el europeo apóstata que cree que su sangre lo salva.

[Pedro Sánchez no ha golpeado la mesa. Mira el fuego con los labios apretados. Andrés se ha quedado dormido con la espalda contra la pared, y Lucía no está para darle con el codo.]

RAITA. —(abre los ojos; no dormía) Hijo, te voy a decir una cosa de viejo. Yo he visto en mi vida tres cosas que se llamaban defensa de la raza, y ahora estoy viendo la cuarta. La de los alemanes la conocí de niño, contada por los mayores, cuando todavía se hablaba de la guerra en voz baja. La de los americanos y la de los sudafricanos la leí de seminarista, en los periódicos. Y la cuarta la estoy viendo de viejo, en jóvenes que se dicen católicos y llevan en la solapa una cruz que no es la de Cristo. Las tres primeras acabaron sin raza y sin Dios, y esta acabará igual. Porque el que adora la sangre adora una cosa que se muere. Y la Iglesia, que no ha adorado nunca la sangre de nadie más que la de su Señor, sigue aquí. (Se golpea suavemente la rodilla.) Esa Sangre sí que hace un linaje. Genus electum, dice San Pedro: linaje escogido, pueblo santo. Y no se entra en él naciendo, sino renaciendo.

RODRIGO. —(en voz baja) «Vos autem genus electum, regale sacerdotium, gens sancta.»82

RAITA. —Eso. Y eso es lo único que yo le pediría a un hombre que quiere defender a sus hijos: que los defienda con eso.

[Un silencio largo. El fuego ha bajado; Tomás echa el último tronco. Rodrigo abre la cartera, saca el papel de ayer —el número 12 de* Mit brennender Sorge *copiado a mano— y lo dobla en cuatro.]

RODRIGO. —Me voy mañana, Ricardo. Te seré franco, porque tú lo has sido. No me has convertido del todo. Sigo pensando que entre los pueblos hay diferencias que no son solo de cultura, y sigo pensando que en mi ciudad pasan cosas que nadie se atreve a nombrar. Pero me has quitado dos cosas. La primera, el derecho a llamar católico a lo que yo llamaba raza: eso era otra cosa, y lo he visto en Virginia, en el Cabo y en lo que escribía Hitler de las dos Américas. La segunda, la palabra. Ya no me sirve para nombrar lo que me preocupa, porque lo que me preocupa no tiene un color, tiene un credo. Y esa palabra, la de la fe, me la habían quitado sin que me diera cuenta.

RICARDO. —Con eso me basta. Lo demás no te lo he quitado yo, ni te lo voy a quitar. Lo hará la Misa, si vuelves a ella pensando en esto.

RODRIGO. —Volveré. A la Misa, y aquí, si me dejáis.

MIGUEL. —La puerta no se le cierra a nadie que venga a lo que se viene aquí.

[Se levantan. Miguel apaga un quinqué y deja el otro. Rodrigo le besa la mano al padre Raita, que le da un golpecito en la cabeza. Elena baja la primera, con el chal, para volver con Blanca. Ricardo ata los libros con el cordel. Fuera la noche está clara y fría, con todas las estrellas que en las ciudades no se ven; huele a humo y a escarcha que no ha caído todavía. Ricardo vuelve a su casa, en la parte baja del pueblo, despacio, porque no ve bien la pista y porque no tiene prisa: en la ventana de la cocina hay una vela encendida, y detrás duermen su mujer, que va a dar a luz cualquier día de estos, y dos hijos que tienen la sangre de un madrileño y de una vallisoletana, y que no son de nada de eso, sino del bautismo que recibieron. Piensa en el que viene, que no sabe todavía si será niño o niña, y en que lo único que de verdad le podrá dar, además de pan, es lo que no se hereda por la sangre. Y da gracias a Dios, que hizo a todos los hombres de uno solo y los quiere hacer a todos sus hijos por adopción.]


Notas

De la editorial
Cubierta de Piedrasanta

Piedrasanta

La novela y los diálogos

La novela de la comunidad católica en tiempos de apostasía. — Miguel Echeverría

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