viernes, 16 de octubre de 2026 ✠ Santa Eduvigis, Viuda Abstinencia

El racismo es paganismo: catálogo de sus errores

Este catálogo amplía, punto por punto, el diálogo de Piedrasanta El racismo es paganismo: lo que allí queda en una frase o en una nota está aquí entero, con la cita del error y lo que la Iglesia le opone.

No hay más que una raza humana. Todos los hombres descienden de Adán y Eva, tienen una sola naturaleza y llevan una sola herencia. Las diferencias de color y de rasgos son variaciones accidentales del cuerpo: continuas, mudables y ajenas a lo que hace hombre al hombre. Lo que de verdad distingue a los pueblos es lo que la Escritura usa para contarlos en la tabla de las naciones: la lengua, la familia, la tierra y, sobre todo, el dios al que sirven. En un pueblo, como en un hombre, hay algo que determina y algo que es determinado. En el hombre, el alma es la forma del cuerpo, como definió el Concilio de Vienne. En el pueblo, lo formal es la cultura, y la cultura sale del culto.

El racismo invierte ese orden: pone la sangre, que es la materia, en el lugar del culto, que es la forma. Hace de lo determinado lo determinante y, cuando lleva la inversión hasta el final, la convierte en religión. Pío XI lo dijo así en Mit brennender Sorge (14-III-1937): quien eleva la raza o el pueblo a «suprema norma de todo», incluso de los valores religiosos, y los diviniza «con culto idolátrico», «pervierte y falsifica el orden creado e impuesto por Dios».1 Eso es el paganismo: la vuelta a los dioses de la tribu, a la sangre y al suelo, a la comunidad de nacimiento en lugar de la comunidad de fe. Por eso este catálogo se titula «El racismo es paganismo»: no es un insulto, es la definición del error.

Un año después, el 13 de abril de 1938, la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades mandó a las facultades católicas de todo el mundo refutar ocho proposiciones racistas. Entre ellas, que las razas, «por sus caracteres naturales e inmutables», son de tal modo diferentes que la más baja está más lejos de la más alta que de la especie animal más alta; y que de la sangre, «sede de los caracteres de la raza», derivan todas las cualidades intelectuales y morales del hombre.2 El 28 de julio del mismo año, Pío XI dio a los alumnos de Propaganda Fide la fórmula positiva: el género humano, «tutto il genere umano, è una sola, grande, universale razza umana».3

Hay que precisar qué se niega. La teología manual anterior a 1958 llama «razas» a las variedades accidentales hereditarias de una sola especie, y Pío XI, en el mismo discurso, admite dentro de la raza universal «razas especiales» como «variaciones». Ese sentido débil no se discute aquí: es un modo de nombrar la variación física, que nadie niega. Lo que se niega es el sentido fuerte, el del racismo: grupos humanos naturalmente separados, de caracteres inmutables, jerarquizables, de los que dependerían la inteligencia y la moral. Es lo que Roma mandó refutar, y en ese sentido las razas no existen.

El catálogo reúne veintiocho errores del racismo en seis bloques. Los cuatro primeros son errores contra la fe y la razón: contra la unidad del género humano, contra la naturaleza del hombre, contra la Escritura y contra la Iglesia y sus sacramentos. El quinto recoge el racismo en obra: la esclavitud racial y el exterminio. El sexto, su término: la religión de la sangre. Cada error se cita literalmente de su autor o de su ley. Lo contradicen la Escritura, los Padres y el magisterio anterior a la muerte de Pío XII (9-X-1958). Los apéndices recogen la prueba de la historia (la Cristiandad hispánica frente a la América inglesa), las objeciones que se hacen desde dentro de la Iglesia, las corrientes acatólicas de las que salió el racismo moderno y el presente.

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Índice

I. Contra la unidad del género humano

II. Contra la naturaleza del hombre: el alma, forma del cuerpo

III. Contra la Escritura: la sangre leída en la Biblia

IV. Contra la Iglesia y sus sacramentos

V. El racismo en obra: la esclavitud racial y el exterminio

VI. El término: la religión de la sangre

Apéndices: A. La prueba de la historia: muchas sangres, una sola fe · B. Las objeciones que se hacen desde dentro de la Iglesia · C. Las corrientes acatólicas del racismo moderno · D. El presente


I. Contra la unidad del género humano

Todos los hombres descienden de una sola pareja. Eva es «madre de todos los vivientes» (Gn 3,20); de los tres hijos de Noé «se pobló toda la tierra» (Gn 9,19); y San Pablo predica en el Areópago que Dios «hizo de uno todo el linaje de los hombres para que habitase sobre toda la faz de la tierra» (Hch 17,26: fecitque ex uno omne genus hominum). El dogma del pecado original lo supone: Trento define que el pecado de Adán, «por su origen uno solo», se transmite a todos «por propagación, no por imitación» (ses. V, Dz 790). La Comisión Bíblica (30-VI-1909) prohibió poner en duda el sentido literal histórico de «la unidad del linaje humano» (Dz 2123). Pío XII, en Humani generis (12-VIII-1950), declaró que los fieles no pueden abrazar la teoría de que después de Adán hubo verdaderos hombres no procedentes de él por generación natural, ni la de que Adán signifique una multitud de primeros padres (Dz 2328). El Vaticano I había preparado un canon con anatema: «Si quis universum genus humanum ab uno protoparente Adam ortum esse negaverit; anathema sit». No se votó, porque el Concilio se suspendió en 1870, pero prueba que la doctrina se tenía por definible.4

San Agustín sacó la consecuencia que importa aquí: cualquiera que nazca hombre, «por más rara y extraña que nos parezca su forma, color, movimiento o voz», viene del primer hombre, y ningún fiel lo duda (De civitate Dei XVI, 8).5 El color no saca a nadie del linaje de Adán.

El racismo fuerte nació contra esta doctrina. Para hacer de las razas especies había que negar a Adán, y eso hicieron sus primeros teóricos.

I.1. Hombres que no vienen de Adán

1. Hubo hombres antes de Adán, y Adán es solo el padre de los judíos

«Iudaei formati a Deo in Adamo. Gentiles creati a Deo. Et creati verbo Dei sicuti caetera animantes, nec non eadem die qua caetera animantes. […] Adam primus pater Iudaeorum. Iudaei filii Adam vocantur». («Los judíos, formados por Dios en Adán. Los gentiles, creados por Dios; y creados por la palabra de Dios como los demás animales, y el mismo día que los demás animales. […] Adán, primer padre de los judíos. Los judíos se llaman hijos de Adán».) — Isaac La Peyrère, Systema theologicum ex Praeadamitarum hypothesi (1655), lib. II, cap. X, p. 103.

Lo contradice. Hch 17,26: Dios hizo «de uno todo el linaje de los hombres». Trento, ses. V: el pecado de Adán se transmite a todos por propagación (Dz 790). Pío XII, Humani generis: no puede sostenerse que después de Adán hubiera verdaderos hombres no procedentes de él (Dz 2328). San Agustín, De civitate Dei XVI, 8: si son hombres, «descienden de Adán» (aut ex Adam sunt, si homines sunt).

Isaac La Peyrère, calvinista de Burdeos, fue el primero en Europa que negó por escrito el origen común de los hombres. Su tesis tiene la estructura de todo el racismo posterior: hay un linaje sagrado, el de Adán, que coincide con un pueblo (los judíos), y fuera de él hay otros hombres de otro origen. El libro se quemó en París; el autor fue detenido en Bruselas en 1656 y abjuró ante Alejandro VII. La tesis, sin embargo, sobrevivió a su autor: es la que dos siglos después recogieron los poligenistas norteamericanos para dar a la esclavitud un fundamento «científico».6

2. Las razas humanas fueron creadas por separado, en provincias zoológicas distintas

«We, on the contrary, contend, that many primitive types of mankind were created in distant zoological provinces». («Nosotros, por el contrario, sostenemos que muchos tipos primitivos de la humanidad fueron creados en provincias zoológicas distantes».) — J. C. Nott y G. R. Gliddon, Types of Mankind, Filadelfia, 1854.

«We maintain, that, like all other organized beings, mankind cannot have originated in single individuals, but must have been created in that numeric harmony which is characteristic of each species; men must have originated in nations, as the bees have originated in swarms». («Sostenemos que, como todos los demás seres organizados, el género humano no puede haberse originado en individuos aislados, sino que debe haber sido creado en esa armonía numérica característica de cada especie; los hombres deben haberse originado en naciones, como las abejas se originaron en enjambres».) — Louis Agassiz, «The Diversity of Origin of the Human Races», Christian Examiner 49 (1850), p. 128.

Lo contradice. Gn 3,20 y 9,19; Hch 17,26. Pío XII, Summi Pontificatus (20-X-1939): el género humano está unificado «por la unidad de su origen común en Dios» y «por la unidad de naturaleza, que consta de cuerpo material y de alma espiritual e inmortal» (n. 30); de la primera unión matrimonial «proceden todos los demás hombres, los cuales […] se dividieron después en varias tribus y pueblos» (n. 29). Pío XII, Humani generis (Dz 2328).

Nott y Gliddon escriben expresamente contra la doctrina del «one primitive Adamic stock» que defendía el monogenista Prichard, y apoyan su tesis en el naturalista Louis Agassiz. Es la forma más pura del racismo científico: si cada raza fue creada en su provincia, como las especies animales de cada continente, entre ellas no hay fraternidad, y la esclavitud del negro es tan natural como la doma del caballo. El poligenismo norteamericano fue el brazo intelectual del Sur esclavista.

Un matiz los delata. Los mismos autores ridiculizan a quienes «talk about the curse of Canaan in connexion with Negroes»: la maldición de Noé no les servía, porque suponía a Noé como padre común de amos y esclavos. El racismo «científico» necesitaba negar a Adán, y lo sabía.7 Los clasificadores ilustrados que inventaron las «razas» eran, en cambio, monogenistas: Kant pone a todos los hombres en «una y la misma especie natural» porque engendran entre sí hijos fecundos, y Blumenbach, el autor de las cinco razas, titula su sección varietates quinae principes, species vero unica y reconoce que entre ellas no cabe más que una división arbitraria.8

3. El hueco entre el hombre y el mono está hoy entre el negro y el gorila

«The break between man and his nearest allies will then be wider, for it will intervene between man in a more civilised state, as we may hope, even than the Caucasian, and some ape as low as a baboon, instead of as now between the negro or Australian and the gorilla». — Charles Darwin, The Descent of Man, 2.ª ed. (1874), cap. VI.

Lo contradice. Pío XII, Humani generis 36 (1950): reprueba a quienes obran «como si el origen del cuerpo humano de una materia viva preexistente fuese ya absolutamente cierto y demostrado», y enseña que las almas «son creadas inmediatamente por Dios» (Dz 2327). Concilio provincial de Colonia (1860), aprobado por Roma: es «completamente contraria a la Sagrada Escritura y a la fe» la opinión de que el hombre, en cuanto al cuerpo, se originó por cambio espontáneo de la naturaleza imperfecta en la perfecta.9 Comisión Bíblica (1909): el sentido literal histórico de «la peculiar creación del hombre» (Dz 2123).

El darwinismo no negó a Adán con una creación múltiple, como Agassiz, sino con una evolución gradual. El resultado para la raza es el mismo, y Darwin lo escribió sin rodeos: si los hombres vienen del mono por grados, hay hombres más cerca del mono que otros, y el «eslabón» está entre el negro o el australiano y el gorila. La jerarquía de las razas no es un añadido de los darwinistas sociales: está en la teoría. El título completo de la obra de 1859 lo anunciaba: On the Origin of Species by Means of Natural Selection, or the Preservation of Favoured Races in the Struggle for Life.10

La teoría, además, no está demostrada. Lo que se observa es la variación dentro de la especie: por selección artificial se va del lobo al chihuahua y al dóberman, y se puede volver, porque la selección «reúne todas las variedades que un genoma es capaz de producir», pero no produce especies nuevas.11 Pío XII dejó a la investigación una sola hipótesis, el origen del cuerpo de Adán, con la advertencia expresa de que no estaba demostrada. Todo lo demás que el darwinismo necesita (el alma salida de la materia, una población en lugar de una pareja, Eva formada de otra cosa que de Adán, el azar sin designio) es contrario a la fe.

I.2. Hombres más cerca del animal que del hombre

4. La raza más baja está más lejos de la más alta que de la especie animal más alta

«Que las razas humanas, por sus caracteres naturales e inmutables, son de tal modo diferentes entre sí que la más humilde de ellas está más lejos de la más encumbrada que de la especie animal más alta». — Proposición 1 de las ocho que la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades mandó refutar (13-IV-1938).

«Diese Naturmenschen (z. B. Weddas, Australneger) stehen in psychologischer Hinsicht näher den Säugethieren (Affen, Hunden), als dem hochcivilisirten Europäer; daher ist auch ihr individueller Lebenswerth ganz verschieden zu beurtheilen». («Estos hombres naturales (por ejemplo, los vedas y los negros australianos) están, en el aspecto psicológico, más cerca de los mamíferos (monos, perros) que del europeo altamente civilizado; por eso también el valor de su vida individual ha de juzgarse de manera completamente distinta».) — Ernst Haeckel, Die Lebenswunder, Stuttgart, 1904, cap. XVII, pp. 449-450.

Lo contradice. La propia Congregación, que manda a todas las facultades católicas refutar la proposición como contraria a la fe y a la razón. San Agustín, De civitate Dei XVI, 8: cualquiera que nazca hombre, sea cual sea su color, desciende del primer hombre. Pío XI, discurso del 28-VII-1938: el género humano es «una sola, grande, universale razza umana». Pío XII, Summi Pontificatus 30: «unidad de naturaleza».

La proposición es el núcleo del racismo fuerte, y Roma la formuló con exactitud para condenarla. No la inventó para la ocasión: es casi a la letra la de Haeckel, que ya en 1868 explicaba en el frontispicio de su Historia natural de la creación que «los hombres más bajos» están «mucho más cerca de los monos más altos que del hombre más alto», y que en 1904 sacó la consecuencia: el valor de la vida de esos hombres se juzga de otro modo.12 No dice solo que las razas sean desiguales: dice que la distancia entre ellas es mayor que la distancia entre el hombre y el animal. Es decir, que la frontera de la especie humana no pasa entre el hombre y el mono, sino por dentro del género humano. Si eso fuera verdad, unos hombres serían animales con forma humana y otros serían propiamente hombres, y el mandamiento del amor al prójimo dejaría de obligar más allá de la propia raza.

La doctrina católica responde con la definición del hombre: animal racional. Lo que lo separa del animal es el alma espiritual, y esa alma es de la misma especie en todos (Humani generis; Santo Tomás, I-II q. 81 a. 1: todos los hombres participan «la misma naturaleza»). Entre el hombre más rudo y el más culto hay diferencias de grado en el ejercicio de la razón; entre el hombre y el animal más alto hay una diferencia de naturaleza. La teología manual lo dice con la comparación de los perros: «mayores diferencias que las que se dan entre hombres de distintas razas son las que se dan entre […] los perros y los caballos».13 La genética lo confirma por su lado: dos hombres cualesquiera difieren en torno a una base de cada 1.250, y la mayor parte de la variación humana (entre el 85 y el 95 %, según el método) se da dentro de cada población, no entre las llamadas razas.14

5. Solo Israel se llama hombre; los gentiles se llaman hombres para distinguirlos de los animales

«Vosotros [Israel] sois llamados adam, y los gentiles no son llamados adam». Y donde la Escritura llama adam a los gentiles, es «para distinguirlos de los animales» que el versículo menciona a continuación. — Talmud de Babilonia, Yevamot 61a; misma deducción en Keritot 6b (de Ez 34,31).

Lo contradice. Gn 1,27: Dios creó al hombre (adam) a su imagen. Hch 17,26. Mt 3,9: «de estas piedras puede Dios suscitar hijos a Abraham». Rm 9,6-8: «no todos los que descienden de Israel son Israel […] no los hijos de la carne son hijos de Dios, sino los hijos de la promesa». Rm 2,28-29: «no es judío el que lo es en lo exterior». Gal 3,28: en Cristo «no hay judío ni griego».

El texto es halájico: trata de si las tumbas de los gentiles transmiten impureza, y en Keritot 6b de si ungir a un gentil con el óleo santo es pecado (no lo es, como no lo es ungir a un animal o un cadáver). Pero la consecuencia jurídica sale de una tesis sobre el hombre: el adam del versículo es el hombre, y la Guemará tiene que explicar por qué la Escritura llama hombres a los gentiles. Su respuesta, «para distinguirlos de los animales», es la proposición 4 de este catálogo vista desde el otro lado: la frontera de la humanidad plena pasa por dentro del género humano, y coincide con un linaje.15

Es el modelo que el racismo moderno de Occidente reconoció y copió (ficha 28). El Antiguo Testamento unía fe y sangre en Israel provisionalmente, hasta Cristo, y aun así admitía a Rut la moabita en la genealogía de David y a la mujer etíope de Moisés. El judaísmo que rechazó a Cristo absolutizó esa unión. San Pablo hizo lo contrario: según Elías de Tejada, sustituyó «la ley racista antigua, transmitida de padres a hijos en el pueblo judío en tradición mixta de fe y sangre», por la ley nueva, y con ello «la idea del judío se sustituye por la idea del hombre, y con ello la teoría racista había muerto».16

Síntesis del bloque I

El racismo fuerte necesita que los hombres no tengan un solo origen, o que, teniéndolo, unos estén más cerca del animal que otros. La Peyrère, Agassiz y Nott negaron el origen; Darwin lo diluyó en una escala; el Talmud y la proposición condenada en 1938 trazan la frontera de la humanidad por dentro del género humano. La Iglesia responde con el dogma: un solo Adán, un solo pecado transmitido por generación, una sola Redención para todos. Sin unidad de origen no hay pecado original universal, y sin pecado original universal no hay Redentor universal. Por eso el Vaticano I quiso anatematizar la negación del origen común, y por eso Pío XII, que no la anatematizó, la declaró inconciliable con la fe.


II. Contra la naturaleza del hombre: el alma, forma del cuerpo

El Concilio de Vienne (1312) definió que debe tenerse por hereje a quien sostenga «que el alma racional o intelectiva no es por sí misma y esencialmente forma del cuerpo humano» (Dz 481), y el V de Letrán (1513) lo reiteró, añadiendo que el alma se multiplica en cada hombre (Dz 738). El alma no es un huésped del cuerpo: es lo que hace que ese cuerpo sea un cuerpo humano. Determina; el cuerpo es determinado. Lo que hace hombre al hombre (la inteligencia, la voluntad, la capacidad de conocer y amar a Dios) está en la forma, y la forma es de la misma especie en todos.

Las diferencias de color, de cabello o de cráneo están del lado de la materia: son accidentes del cuerpo. Ott lo resume en una línea: las diferencias raciales «únicamente se refieren a características externas».17 La Summa de los jesuitas españoles las llama «cuantitativas, esto es en cuanto a la frecuencia o el grado», no «cualitativas».18 Hacer del cuerpo lo que determina al hombre es invertir el orden de la naturaleza. Ese es el materialismo del racismo, y de él se siguen los errores de este bloque.

6. De la sangre, sede de los caracteres de la raza, derivan todas las cualidades intelectuales y morales del hombre

«Que de la sangre, sede de los caracteres de la raza, derivan […] todas las cualidades intelectuales y morales del hombre». — Proposición 3 de las ocho que la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades mandó refutar (13-IV-1938).

Lo contradice. Concilio de Vienne (Dz 481) y V de Letrán (Dz 738): el alma racional es por sí y esencialmente la forma del cuerpo. Pío XII, Humani generis 36: las almas «son creadas inmediatamente por Dios» (Dz 2327). La Congregación de Seminarios, que manda refutar la proposición.

Si las cualidades intelectuales y morales derivan de la sangre, la sangre es la forma y el alma es, a lo sumo, un efecto suyo. Es exactamente la negación de Vienne. Y como la sangre se transmite por generación, la virtud y el vicio se heredarían como el color de los ojos: habría pueblos buenos y pueblos malos por naturaleza, y la gracia no tendría qué hacer con ellos. La doctrina católica dice lo contrario: el alma de cada hombre es creada inmediatamente por Dios, no transmitida por los padres; lo que se hereda por la sangre es el cuerpo y el pecado original, que es común a todos.

Hay una objeción tomista que conviene no esquivar. Santo Tomás enseña que, «cuanto mejor dispuesto está el cuerpo, mejor alma le cabe» (quanto corpus est melius dispositum, tanto meliorem sortitur animam, I q. 85 a. 7). Pero habla de la disposición individual de los órganos que sirven a la imaginación y a la memoria, no de grupos, linajes ni colores; la piel no es órgano de ninguna potencia. Y la disposición del cuerpo depende a su vez de la nutrición, la salud y la educación. Condicionar no es determinar: el alma sigue siendo la forma, y de la misma especie en todos (Apéndice B).

7. La desigualdad de las razas decide el destino de las civilizaciones

«J’ai dû me pénétrer de cette évidence, que la question ethnique domine tous les autres problèmes de l’histoire, en tient la clef, et que l’inégalité des races dont le concours forme une nation, suffit à expliquer tout l’enchaînement des destinées des peuples». («Hube de penetrarme de esta evidencia: que la cuestión étnica domina todos los demás problemas de la historia, tiene su clave, y que la desigualdad de las razas cuyo concurso forma una nación basta para explicar todo el encadenamiento de los destinos de los pueblos».) — Arthur de Gobineau, Essai sur l’inégalité des races humaines (1853-1855), dedicatoria a Jorge V de Hannover.19

Lo contradice. Pío XII, Summi Pontificatus 34: los pueblos «van desarrollando formas más perfectas de civilización y, de acuerdo con las condiciones de vida y de medio se van diferenciando unos de otros», sin que por eso deban «romper la unidad de la familia humana». La Congregación de Seminarios (1938), prop. 3.

Gobineau es el primero que hizo de la historia un capítulo de la biología. Para él, un pueblo «degenerado» es el que «ya no tiene en las venas la misma sangre», y una civilización muere cuando su elemento étnico primordial queda «ahogado en aportes de razas extranjeras». La caída de los imperios no se debe al pecado, a la herejía ni a la corrupción de las costumbres: se debe a la mezcla. Es una teología de la historia sin Dios, en la que la sangre ocupa el lugar de la Providencia.

Con la Escritura usa un recurso que se repetirá. No niega a Adán de frente: admite que Adán es «el autor de nuestra especie blanca», pero añade que nada prueba que los redactores de las genealogías contaran a los no blancos dentro de la especie, y concluye que las diferencias físicas y morales «más esenciales» entre las razas existirían igualmente «con independencia de la unidad o multiplicidad del origen primero». La unidad de origen queda en pie como palabra y vaciada como doctrina. Elías de Tejada señaló la consecuencia religiosa: para Gobineau el cristianismo es indiferente, porque «ni crea ni transforma una aptitud para la civilización, que depende exclusivamente de la sangre».20 Es la negación exacta de Summi Pontificatus 34 y de la historia de Europa, cuyos pueblos levantaron catedrales después de bautizarse, no después de cambiar de sangre (ficha 9).

8. La raza es lo decisivo en el espíritu y en la moral de los pueblos

«Aus dieser Betrachtung des römischen Völkerchaos ersehen wir nämlich, dass Rasse — und die die Rassenbildung ermöglichende Nation — nicht allein eine physisch-geistige, sondern auch eine moralische Bedeutung besitzt. […] Dieses Gesetz lehrt uns nun die physische Beschaffenheit als die Grundlage jeder Veredelung erkennen. Was ist denn auch ein vom Physischen getrenntes Moralische? was wäre eine Seele ohne Leib? Ich weiss es nicht». («De esta consideración del caos de pueblos romano deducimos, en efecto, que la raza —y la nación que hace posible la formación de la raza— posee un significado no solo físico-intelectual, sino también moral. […] Esta ley nos enseña a reconocer la constitución física como el fundamento de todo ennoblecimiento. ¿Qué es, en efecto, lo moral separado de lo físico? ¿Qué sería un alma sin cuerpo? No lo sé».) — Houston Stewart Chamberlain, Die Grundlagen des neunzehnten Jahrhunderts, Múnich, 1899, t. I, p. 310.21

Lo contradice. Concilio de Vienne (Dz 481). Pío XI, Mit brennender Sorge 12: la raza y el pueblo tienen en el orden natural un puesto «digno de respeto», pero quien los arranca de esa escala de valores terrenos para elevarlos a «suprema norma de todo», incluso de los valores religiosos, «pervierte y falsifica el orden creado e impuesto por Dios».

Francisco Elías de Tejada, en su historia de las doctrinas racistas (c. 1944), resumió así la obra de Houston Stewart Chamberlain: da a las peculiaridades raciales «una importancia que excede a los límites de la física y de la historia para afincarse en los del espíritu y de la moral».22 Es el paso del materialismo al paganismo. Mientras la raza es un dato físico, se discute con la antropología. Cuando se le atribuye el espíritu y la moral, se convierte en norma suprema, y entonces ya no hay más que un paso a darle culto (bloque VI).

La confesión final lo delata: «¿qué sería un alma sin cuerpo? No lo sé». La Iglesia sí lo sabe. El alma es forma del cuerpo, pero forma subsistente: sobrevive a la muerte, y el V Concilio de Letrán definió su inmortalidad contra quienes la hacían depender de la materia (Dz 738). Quien no sabe qué es un alma sin cuerpo ha hecho del cuerpo el principio, y entonces la moral tiene que salir de la cría. Chamberlain lo dice sin rodeos: la raza «eleva al hombre por encima de sí mismo», le da facultades «casi sobrenaturales», y el genio es el hombre edelgezüchtet, «noblemente criado», con el verbo que se usa para el ganado de raza.23 Lo que la Iglesia atribuye a la gracia, él lo atribuye a la selección.

9. Los pueblos que no levantaron civilizaciones son por naturaleza inferiores

«This applies more strongly still to the life of the coloured races on the coast and in the interior of Africa — a far lower form of existence, reminding us not even of a lake but rather of pools and marshes». («Esto se aplica con más fuerza aún a la vida de las razas de color en la costa y en el interior de África: una forma de existencia muy inferior, que no recuerda siquiera un lago, sino más bien charcas y pantanos».) — Abraham Kuyper, Calvinism. Six Lectures, Princeton, 1898 (lección I).

Lo contradice. Pío XII, Summi Pontificatus 34: los pueblos se diferencian «de acuerdo con las condiciones de vida y de medio». Perujo, Diccionario de ciencias eclesiásticas, voz «Unidad de la especie humana»: la unidad de la especie ha sido negada por «naturalistas noveleros […] que han querido hallar en ella pretextos para enseñar la superioridad natural y sustantiva de unas razas, y la inferioridad y esclavonía de otras».24

Es la objeción que más fácilmente se convierte en racismo práctico: si la naturaleza es la misma, ¿por qué unos pueblos levantaron catedrales y otros no? La respuesta católica es que la civilización depende del culto. Los pueblos que levantaron catedrales lo hicieron cuando eran cristianos. Los mismos pueblos, con la misma sangre, adoraban a Odín antes y adoran al dinero después. Los germanos de Tácito no eran los de Colonia, y los de Colonia no son los de hoy, sin que la sangre haya cambiado. Lo que cambió fue la fe.

Kuyper, el teólogo del neocalvinismo holandés, escribe en las mismas lecciones que el calvinismo «condemns not merely all open slavery and systems of caste». Y a la vez traza una jerarquía de pueblos en la que África es un pantano y el progreso es cosa de los hijos de Sem y de Jafet (ficha 12). Igualdad proclamada ante Dios y desigualdad de naturaleza entre los pueblos: es la contradicción que su escuela resolvió en Sudáfrica a favor de la segunda.25

Síntesis del bloque II

El racismo es materialismo antes que paganismo. Pone en la sangre lo que está en el alma, y por eso tiene que negar, aunque no lo diga, la definición de Vienne. La doctrina católica no desprecia el cuerpo: es criatura de Dios y resucitará, este cuerpo y no un tipo racial. Lo que niega es que el cuerpo ordene al alma. Las diferencias entre los pueblos son reales, pero son diferencias de cultura, y la cultura sale del culto. Cuando un pueblo cambia de dios, cambia de forma sin cambiar de sangre.


III. Contra la Escritura: la sangre leída en la Biblia

La Escritura no clasifica a los hombres por el cuerpo. La tabla de las naciones (Gn 10) los distribuye «cada uno según su lengua, sus familias y sus naciones» (unusquisque secundum linguam suam et familias suas in nationibus suis, 10,5), y en otro lugar «según sus familias, sus lenguas, sus tierras y sus gentes» (10,31): lengua, familia, territorio y nación, sin un solo criterio físico. Los comentaristas católicos anteriores a 1958 la leen como tabla «etnográfica», cuyos nombres «más que personas, representan frecuentemente naciones, tribus o ciudades» (Nácar-Colunga, 1944).26 Babel (Gn 11) separa por la confusión de las lenguas. Y cuando la Ley prohíbe a Israel casarse con los pueblos de Canaán, da la razón: «porque ellas desviarían a tus hijos de en pos de mí, y los arrastrarían a servir a otros dioses» (Dt 7,3-4). El muro es el culto, no la sangre. Moisés se casa con una mujer etíope (Nm 12,1: uxorem aethiopissam), y es castigada con la lepra María, que la usa para murmurar de él; Rut la moabita entra en la genealogía de David y de Cristo (Mt 1,5).

El Nuevo Testamento habla de «gentes, tribus, pueblos y lenguas» (Ap 7,9), nunca de colores. Y llama al pueblo nuevo, hecho de todos ellos, «linaje escogido, sacerdocio real, nación santa» (1 Pe 2,9): un genus constituido por la elección y el bautismo, no por la sangre.

El racismo que se dice cristiano tuvo que leer en la Biblia lo que no está. Lo hizo en tres lugares: la maldición de Noé, la bendición de Sem y de Jafet, y Babel.

III.1. La maldición de Cam

10. Cam fue castigado en su piel: la piel negra es la marca de una maldición

«Tres tuvieron relaciones en el arca, y los tres fueron castigados: el perro, el cuervo y Cam. […] Cam fue herido en su piel». — Talmud de Babilonia, Sanhedrin 108b (la traducción de Steinsaltz glosa: «su piel se volvió negra»).

Lo contradice. Gn 9,25: Noé maldice a Canaán, no a Cam: «Maldito sea Canaán; siervo de siervos será para sus hermanos». San Agustín, De civitate Dei XVI, 8: el color no saca a nadie del linaje de Adán. Sal 67,32 (Vulgata): Aethiopia praeveniet manus eius Deo, «Etiopía se adelantará a tender sus manos a Dios». Hch 8,26-39: el primer gentil bautizado que cuentan los Hechos es un etíope, el eunuco de la reina Candace.

La ecuación «Cam = negro = esclavo» no está en la Escritura. Su texto más antiguo es este pasaje talmúdico, que convierte el color de la piel en castigo hereditario de un pecado sexual. El historiador David Goldenberg la rastrea en la exégesis judía tardoantigua y en la islámica medieval, donde sirvió para justificar la esclavitud de los africanos mucho antes de la trata atlántica.27 En la Europa moderna, según David Whitford, el eslabón entre Canaán, Cam y África lo puso una falsificación erudita de 1498 (las antigüedades inventadas de Annio de Viterbo), y la difundieron predicadores y Biblias anotadas protestantes inglesas de los siglos XVI y XVII; la Self-Interpreting Bible (1778) del presbiteriano escocés John Brown de Haddington aplicaba Gn 9,25 a los africanos. Hacia 1830 era en el Sur de Estados Unidos un arma común de los esclavistas de todas las denominaciones.28

Calvino, en cambio, no la aplica a los africanos: refiere la maldición a Canaán y a su cumplimiento en la conquista israelita, y en su comentario a ese capítulo no aparecen África, Etiopía ni la palabra negro.29 La lectura racial no es exégesis de ninguna confesión: es la sangre leída en la Biblia.

11. La profecía de Noé se cumple en la servidumbre de los negros

«Conviene observar que la predicción de Noé se verifica en el día por la esclavitud del Egipto bajo soberanos extranjeros, y por la servidumbre de los negros. Las palabras de Noé son una profecía, y no una imprecación». — Nicolas-Sylvestre Bergier, Diccionario de teología, voz «Cam» (trad. española del siglo XIX).

«Se cree que también gran parte de los pueblos de África, siempre tratados como esclavos, son descendientes de Cam». — Juan Straubinger, nota a Gn 9,25, La Santa Biblia (Antiguo Testamento).

Lo contradice. Gn 9,25-27: la profecía nombra a Canaán. El propio Straubinger, en la misma nota: la maldición «se cumplió en la conquista del país de Canaán en tiempos de Josué, cuando los cananeos fueron subyugados por los israelitas». Gregorio XVI, In supremo apostolatus (3-XII-1839): condena el tráfico de los negros, tratados «como si no fueran hombres, sino animales», y prohíbe defenderlo «bajo cualquier pretexto».30

Este error no es de un racista, sino de dos autores católicos, y por eso conviene situarlo con exactitud. Bergier y Straubinger cometen un error de exégesis, no formulan una doctrina: ninguno niega a los africanos la naturaleza humana ni el alma, y el mismo Bergier llama «quimera», en la voz «Caín», a la idea de que la raza negra venga de Caín, porque «en la época del diluvio universal toda la raza humana se formó de la posteridad de Noé».31 Pero el error es real. El texto sagrado maldice a Canaán, y los cananeos no eran africanos subsaharianos: eran los pueblos de la tierra que Israel conquistó, y de lengua semítica. Leer en Gn 9 la servidumbre de los negros es tomar un hecho del siglo XVIII (la trata atlántica) y proyectarlo sobre la Escritura como si fuera su cumplimiento.

Hay un dato que lo desautoriza desde fuera. Los poligenistas norteamericanos, que querían fundar la esclavitud en la naturaleza, despreciaban este argumento: se burlaban de quienes hablaban «of the curse of Canaan in connexion with Negroes». La maldición de Noé suponía un padre común, y por eso no les servía (ficha 2). Un argumento que solo funciona dentro de la unidad de origen no puede fundar una diferencia de naturaleza.

III.2. Sem, Jafet y los demás

12. Solo los hijos de Sem y de Jafet han llevado el progreso de la humanidad; de los camitas no ha salido nada

«In entire conformity to the prophetic blessing of Noah the children of Shem and of Japheth have been the sole bearers of the development of the race. No impulse for any higher life has ever gone forth from the third group». («En entera conformidad con la bendición profética de Noé, los hijos de Sem y de Jafet han sido los únicos portadores del desarrollo de la raza. Ningún impulso hacia una vida más alta ha salido nunca del tercer grupo».) — Abraham Kuyper, Calvinism. Six Lectures, Princeton, 1898 (lección I).

Lo contradice. Gn 9,26-27: la bendición de Sem es que su Dios es el Señor, y la de Jafet, que «habitará en las tiendas de Sem»: es la promesa de que las naciones entrarán en la fe de Israel, no un reparto de capacidades. Hch 8,26-39 (el etíope) y Hch 13,1 (Simeón, «llamado el Negro», entre los profetas y doctores de Antioquía). Col 3,11: en Cristo no hay «griego ni judío, circunciso ni incircunciso, bárbaro ni escita». Rm 10,12: «no hay distinción entre judío y griego, porque uno mismo es el Señor de todos».

Kuyper fue el mayor teólogo reformado de su tiempo y primer ministro de los Países Bajos. Lo que hace en esta frase es convertir una bendición mesiánica en una ley de la historia: Sem y Jafet son los pueblos aptos para el progreso, y Cam, el «tercer grupo», queda fuera. Es la misma operación que la ficha 11, pero ya no como error de un comentarista, sino como filosofía de la historia de una escuela teológica. Según el estudioso sudafricano Naudé, que cita a Strauss, en su De Gemeene Gratie (1902-1904) Kuyper llega a sostener que los descendientes de Cam carecen de la gracia común y de la especial y deben ser «subservient».32 Sus discípulos de Potchefstroom llevaron esa escuela a Sudáfrica, y de ella salió la teología del apartheid (ficha 13 y Apéndice C).

La Iglesia cuenta la historia de otro modo. Entre los primeros cristianos hay etíopes y libios (Hch 2,10; 8,27), y entre los Padres, africanos: Tertuliano, Cipriano, Agustín. La Iglesia de Etiopía es más antigua que la de casi toda Europa. Los pueblos no entran en la historia de la salvación por su sangre, sino por la fe.

III.3. Babel

13. Babel es voluntad de Dios de separar a las razas, y mezclarlas es rebelarse contra ella

«[…] a favor del mestizaje de las razas humanas, lo cual va en contra de la voluntad de Dios en Babel». — Acusación de «herejía babeliana» contra los hermanos Dimond, en el blog tradicionalista Copvs (marzo de 2015).

Lo contradice. Gn 11,7-9: Dios confunde las lenguas para castigar el orgullo de una unidad hecha sin Él. Hch 2,1-11: en Pentecostés, los apóstoles hablan y cada uno los oye «en su propia lengua»; la Iglesia reúne lo que Babel dispersó, sin abolir las lenguas. Hch 17,26: Dios fija los «términos de la habitación» de los pueblos, pero los ha hecho a todos ex uno, de uno solo. Gal 3,28. Dt 7,3-4: el único impedimento bíblico de mezcla es religioso.

La acusación se presenta como tradicional, y no lo es. Lo que Dios separó en Babel fueron las lenguas; la separación física de los pueblos vino después, como consecuencia del aislamiento que producen las lenguas. Si la separación fuera de sangre y perpetua, la Iglesia no podría ser católica, y San Pablo no habría podido escribir que en Cristo no hay judío ni griego.

El argumento tiene, además, una genealogía precisa, y no es católica. Es la exégesis con que la teología reformada afrikáner fundó el apartheid. En el Volkskongres de Bloemfontein (septiembre de 1944), el poeta y teólogo Totius (J. D. du Toit) presentó a Dios en Génesis 1 como el «Skeidingmaker», el que separa; leyó Babel como condena del «Babiloniese gees van eenmaking», el espíritu babilónico de unificación; y de Hch 17,26 se quedó con los «límites» de la habitación de los pueblos por encima del «de uno solo».33 Él mismo reconoció que no tenía un texto que probara la segregación: «No tengo un texto, pero tengo la Biblia, la Biblia entera. Mi argumentación iría del Génesis al Apocalipsis».34 Cuando una tesis no tiene texto y pretende tener la Biblia entera, lo que tiene es una clave de lectura previa: aquí, la del pueblo elegido por la sangre. El informe sinodal de la Iglesia Reformada Holandesa Ras, Volk en Nasie (1974) confirmó esa lectura. El tradicionalista católico que acusa de «herejía babeliana» a quien acepta el mestizaje está usando, sin saberlo, un argumento calvinista.

Síntesis del bloque III

La Escritura cuenta a los hombres por lenguas, familias, tierras y dioses. Las lecturas racistas de la Biblia tienen todas la misma forma: toman una bendición o una maldición sobre pueblos concretos (Canaán, Sem, Jafet) o un castigo sobre las lenguas (Babel) y lo convierten en una ley de la sangre. El texto más antiguo de la etiología del color es talmúdico; su difusión moderna, protestante; su sistema teológico, neocalvinista. Los católicos que la repitieron (Bergier, Straubinger) cometieron un error de exégesis que su propia nota desmiente.


IV. Contra la Iglesia y sus sacramentos

La Iglesia es católica, es decir, universal: Cristo mandó bautizar a «todas las gentes» (Mt 28,19), y en ella «no hay judío ni griego, no hay siervo ni libre» (Gal 3,28). El bautismo hace al hombre miembro del Cuerpo de Cristo sea cual sea su sangre, y el matrimonio une a dos bautizados sean cuales sean sus pueblos. El derecho de la Iglesia conoce impedimentos de religión, y solo de religión: la disparidad de cultos, que hace nulo el matrimonio de un no bautizado con un bautizado en la Iglesia católica (CIC 1917, c. 1070), y la mixta religión, que prohíbe «severísimamente» el matrimonio con un bautizado acatólico (c. 1060). En la lista de los impedimentos (cc. 1067-1080) no hay ninguno de raza.35 El historiador alemán Richard Konetzke, que estudió el mestizaje en los archivos de Indias, lo resumió así: «El Derecho matrimonial canónico sólo conocía el impedimento de disparidad de religiones, pero no el de diferencia de razas».36

El racismo, donde tuvo poder, levantó en la Iglesia y en el matrimonio el muro que la Iglesia no conoce.

IV.1. El matrimonio

14. El matrimonio entre razas es una mezcla abominable que la ley debe castigar

«For prevention of that abominable mixture and spurious issue which hereafter may encrease in this dominion, as well by negroes, mulattoes, and Indians intermarrying with English, or other white women […] whatsoever English or other white man or woman being free shall intermarry with a negroe, mulatto, or Indian man or woman bond or free, shall within three months after such marriage be banished and removed from this dominion forever». («Para prevenir esa abominable mezcla y descendencia espuria que en adelante pueda aumentar en este dominio, tanto por negros, mulatos e indios que se casen con mujeres inglesas u otras blancas […], cualquier hombre o mujer inglés u otro blanco que, siendo libre, se case con un negro, mulato o indio, hombre o mujer, esclavo o libre, será desterrado y expulsado de este dominio para siempre en el plazo de tres meses desde el matrimonio».) — Asamblea General de Virginia, Act for Suppressing Outlying Slaves, abril de 1691.

Lo contradice. CIC 1917, cc. 1060, 1067-1080 y 1070: los únicos impedimentos que separan a los pueblos son de religión. Dt 7,3-4 y Nm 12,1-10. La Instrucción de los Reyes Católicos a Nicolás de Ovando (Alcalá, 20-III-1503): «procure que algunos cristianos se casen con algunas mujeres indias, y las mujeres cristianas con algunos indios, porque los unos y los otros se comuniquen y enseñen, para ser doctrinados en las cosas de nuestra Santa Fe Católica». Real Cédula de Valbuena (19-X-1514): licencia para que los castellanos «libremente se puedan casar con mujeres naturales desa dicha isla sin caer ni incurrir por ello en pena alguna». Real Cédula de Valladolid (3-II-1515): «mi voluntad es que las dichas indias e indios tengan entera libertad para se casar con quien quisieren, así con indios como con naturales destas partes».37

Virginia era una colonia anglicana. Su ley nombra la mezcla como abominación y a los hijos como «descendencia espuria», y castiga al blanco que se case con un indio o un negro con el destierro perpetuo. La revisión de 1705 quitó a los indios y cambió el destierro por cárcel y multa. Massachusetts, puritana, fue más lejos en 1786: declaró esos matrimonios «null and void», indios incluidos, y los hijos quedaron ilegítimos por ley hasta 1843. Las leyes contra el matrimonio mixto duraron en Estados Unidos hasta 1967.38

En el mismo continente y en los mismos siglos, la Corona católica hacía lo contrario. No impuso los matrimonios: Fernando el Católico mandó en 1511 favorecerlos «syn escandalizar a los que no quisieren casarse», porque en la cristiandad «a los que no se quieren casar nadie los apremia para ello». Pero los declaró lícitos, los protegió y los mantuvo contra sus propios virreyes: cuando el del Perú pidió en 1562 prohibir a los encomenderos casarse con indias, porque los mestizos serían un peligro, la Corona «no se decidió a adoptar tal medida y siguió aferrada al principio de que españoles e indios tenían plena libertad para casarse con quien quisieran».39 La diferencia es exacta: el derecho católico separa por la fe, y el derecho protestante inglés separó por la sangre (Apéndice A).

15. El Estado puede prohibir y anular el matrimonio entre personas de raza distinta

«Durchdrungen von der Erkenntnis, daß die Reinheit des deutschen Blutes die Voraussetzung für den Fortbestand des Deutschen Volkes ist […]. § 1 (1) Eheschließungen zwischen Juden und Staatsangehörigen deutschen oder artverwandten Blutes sind verboten. Trotzdem geschlossene Ehen sind nichtig». («Penetrado del conocimiento de que la pureza de la sangre alemana es la condición de la pervivencia del pueblo alemán […]. § 1 (1) Quedan prohibidos los matrimonios entre judíos y súbditos de sangre alemana o afín. Los matrimonios contraídos a pesar de ello son nulos».) — Gesetz zum Schutze des deutschen Blutes und der deutschen Ehre (Núremberg, 15-IX-1935), preámbulo y § 1.40

«Il matrimonio del cittadino italiano di razza ariana con persona appartenente ad altra razza è proibito. Il matrimonio celebrato in contrasto con tale divieto è nullo». («Queda prohibido el matrimonio del ciudadano italiano de raza aria con persona perteneciente a otra raza. El matrimonio celebrado contra esta prohibición es nulo».) — Real decreto-ley de 17-XI-1938, n. 1728, Provvedimenti per la difesa della razza italiana, art. 1.41

Lo contradice. CIC 1917, c. 1016: el matrimonio de los bautizados se rige no solo por el derecho divino, sino también por el canónico, «quedando a salvo la competencia de la potestad civil sobre los efectos meramente civiles del mismo matrimonio». Pío IX, Syllabus (8-XII-1864), proposición 68, condenada: «La Iglesia no tiene potestad de establecer impedimentos dirimentes del matrimonio, sino que esa potestad compete a la autoridad civil» (Dz 1768). Pío XI, alocución al Sacro Colegio (24-XII-1938): la ley italiana es «la ferita inferta al Nostro Concordato, e proprio in ciò che va a toccare il santo matrimonio» («la herida infligida a Nuestro Concordato, y precisamente en lo que toca al santo matrimonio»).42

Las dos leyes hacen lo que la Iglesia nunca hizo: convierten la raza en impedimento dirimente. Y como el Estado definió la raza por la sangre y no por la fe, la prohibición alcanzó a los bautizados. El reglamento de noviembre de 1935 fijó que es judío quien desciende de tres abuelos judíos «por la raza», y que la pertenencia de los abuelos a la comunidad religiosa judía solo sirve para probar esa sangre.43 Un católico con tres abuelos judíos no podía casarse con una católica alemana: la ley declaraba nulo lo que el derecho canónico tenía por matrimonio válido entre dos bautizados. En Italia la Santa Sede lo vio con precisión, y lo que pidió fue el mínimo católico: que el matrimonio fuera lícito al menos cuando los dos contrayentes, aun de raza distinta, profesaran la fe. Fue lo que no se le concedió.

Es la frontera de este catálogo dibujada en el derecho positivo. El canon separa por el culto (disparidad de cultos, c. 1070), y el bautismo la cruza. Núremberg separa por la sangre, y el bautismo no la cruza nunca (ficha 27).

IV.2. La comunión y el bautismo

16. A causa de la debilidad de algunos, los fieles de color pueden recibir la comunión aparte

El sínodo declara «deseable y conforme a la Escritura» integrar a los conversos en las congregaciones existentes; pero donde, «ten gevolge van de zwakheid van sommigen» («a causa de la debilidad de algunos»), eso estorbe la misión, los conversos gozarán de sus privilegios cristianos «in een afsonderlijke gebouw» («en un edificio aparte»). — Sínodo de la Iglesia Reformada Holandesa del Cabo (NGK), 1857.

Lo contradice. 1 Cor 10,17: «porque el pan es uno, somos un solo cuerpo los muchos, pues todos participamos de un solo pan». Sant 2,1-4: «no mezcléis la acepción de personas con la fe de nuestro Señor Jesucristo»; si en la asamblea se da el buen sitio al que lleva anillo de oro y se manda al pobre quedarse en pie o sentarse en el suelo, «¿no hacéis distinciones entre vosotros, y os hacéis jueces de pensamientos perversos?». Gal 3,28.

Lo que hace grave esta resolución es que contradice a la misma Iglesia que la dictó. En 1829 el sínodo de la NGK había declarado que la comunión de los fieles de color «juntamente con los cristianos de nacimiento» era «un principio inquebrantable fundado en la Palabra infalible de Dios» (onwrikbaren stelregel op het onfeilbaar Woord van God gegrond).44 Veintiocho años después, por la «debilidad» de los blancos que no querían comulgar con sus antiguos esclavos, admitió la excepción. El historiador Hermann Giliomee la llama «fatal mistake», y cuenta cómo se convirtió en regla: en Swartland, pronto «the “may enjoy” of the 1857 resolution had become “have to enjoy”», el «podrán gozar» pasó a «tendrán que gozar». En 1881 nació la Iglesia Misionera separada para los no blancos.45

Los autores de la fórmula no eran racistas doctrinarios, sino evangélicos del avivamiento, y la propusieron sin citar Escritura, por pragmatismo misionero. Es lo que la hace instructiva. Sin un magisterio que pudiera decir que la división de la mesa del Señor por el color es intrínsecamente mala, la Escritura quedó al servicio de la costumbre local: lo que en 1829 era Palabra infalible de Dios, en 1857 era negociable. Es el fruto del libre examen.

17. Más vale no bautizar al esclavo, porque el bautizado es más difícil de vender

«Slaves who were not baptised were more marketable». («Los esclavos sin bautizar se vendían mejor».) — Razonamiento de los amos del Cabo tras el Sínodo de Dort, según el historiador Hermann Giliomee (2003).

Lo contradice. Mt 28,19: «id y enseñad a todas las gentes, bautizándolas». 1 Tm 2,4: Dios «quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad». Mc 8,36: «¿de qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?». Paulo III, Sublimis Deus (2-VI-1537): los indios y todos los pueblos que en adelante se descubran son verdaderos hombres, capaces de la fe, y han de ser invitados a ella con la predicación y el buen ejemplo.46

El Sínodo de Dort (1618-1619) trató, a petición de los ministros de las Indias Orientales, el bautismo de los esclavos y de los hijos de paganos acogidos en casas cristianas. Lo admitió con catequesis y confesión previas, y aconsejó no vender a esos niños bautizados. Amos y ministros entendieron que el bautizado no podía venderse, o que había que manumitirlo, y la consecuencia fue que los amos dejaron de bautizar.47 En Surinam, el primer bautismo reformado de un esclavo adulto varón no llegó hasta 1747. En 1742 un africano ordenado ministro reformado, Jacobus Capitein, defendió en Leiden que la servidumbre no es contraria a la libertad cristiana, y su disertación tuvo cinco reimpresiones en un año: tranquilizaba a los amos.

El contraste con el mundo católico no está en la licitud de la servidumbre, que ambas confesiones admitían, sino en el sacramento. El Code Noir francés (1685), en su artículo 2, mandaba que todos los esclavos fueran bautizados e instruidos «dans la religion catholique, apostolique et romaine». El mundo católico metía al esclavo en la Iglesia por ley; el reformado lo dejó fuera durante generaciones, para no comprometer la propiedad. Poner el precio del esclavo por encima de su alma es la forma más cruda del materialismo racista.

18. El indio cristiano sigue siendo indio: su fe no le da derecho a la ciudadanía

«Always living in separate and isolated communities, adhering to primitive modes of life, largely influenced by superstition and fetichism, and chiefly governed according to the crude customs inherited from their ancestors, they are essentially a simple, uninformed, and inferior people. Upon the termination of the Spanish sovereignty they were given enlarged political and civil rights by Mexico, but it remains an open question whether they have become citizens of the United States». — Tribunal Supremo de los Estados Unidos, United States v. Sandoval, 231 U.S. 28 (1913), sobre los indios de pueblo de Nuevo México.

Lo contradice. Ef 2,19: «ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios». Gal 3,28. Paulo III, Sublimis Deus. Las Leyes Nuevas (Barcelona, 20-XI-1542): ningún indio puede ser hecho esclavo «por ninguna causa de guerra ni otra alguna», porque son «vasallos nuestros de la Corona de Castilla, pues lo son».48

Los indios de pueblo eran católicos desde el siglo XVII, con una iglesia en cada pueblo. El Plan de Iguala (1821) los había hecho ciudadanos mexicanos, y bajo México votaban y ocupaban cargos. En 1876 el mismo Tribunal Supremo los había descrito como católicos, laboriosos y honrados, «Indians only in feature, complexion, and a few of their habits» («indios solo en los rasgos, el color y algunas costumbres»), y aun así dejó su ciudadanía para otro caso.49 En 1913 los llamó pueblo «inferior», citó con aprobación a un agente federal que lamentaba que «the Catholic clergy is unable to put a stop to this evil», y declaró su ciudadanía «una cuestión abierta». Miguel Trujillo, de Isleta, veterano de los marines en la Segunda Guerra Mundial, no pudo votar en Nuevo México hasta que un tribunal federal le dio la razón en 1948.

Es la prueba del converso (Apéndice A). En la Cristiandad hispánica el bautismo daba pertenencia: el indio era vasallo libre, su nobleza era hidalguía y, como escribió Solórzano, la descendencia de gentiles que recibieron la fe no era «notada, ni tenida por manchada». En la república angloamericana, el catolicismo de los pueblos no les sirvió de título: se citó como superstición mal reprimida. Donde la fe deja de ser la frontera, la frontera pasa a ser la sangre.

Síntesis del bloque IV

El racismo, cuando gobierna, choca con los sacramentos. Separa lo que el matrimonio une (Virginia, Massachusetts, Núremberg), divide la mesa del Señor (la NGK de 1857), regatea el bautismo para no perder la propiedad (los amos del Cabo) y niega al bautizado la pertenencia que la fe le da (Sandoval). En todos los casos sustituye el criterio de la Iglesia, que es el culto, por el de la sangre. Los Estados y las iglesias que lo hicieron no eran católicos, y la Iglesia católica, donde tuvo poder, hizo lo contrario: casó lo que Virginia desterró.


V. El racismo en obra: la esclavitud racial y el exterminio

La doctrina católica sobre la servidumbre debe exponerse con exactitud, porque se la acusa en falso. La Iglesia toleró la servidumbre por justo título: la guerra justa, la condena por delito, la venta de sí mismo, el nacimiento de madre esclava. La Instrucción del Santo Oficio de 1866 lo dice así: la esclavitud, considerada en sí, no es contraria al derecho natural y divino, y puede haber varios justos títulos de ella.50 Ninguno de esos títulos es el color. Por eso la misma Iglesia que admitía la servidumbre condenó la trata de los negros: Gregorio XVI, en 1839, prohibió reducir a servidumbre a «indios, negros u otros semejantes» y comerciar con ellos «como si no fueran hombres, sino animales».51 Y por eso Paulo III había declarado en 1537 que los indios, y «todos los demás pueblos que en adelante se descubran», no pueden ser privados de su libertad ni de sus bienes aunque estén fuera de la fe.

La esclavitud racial es otra cosa: la servidumbre que tiene por título la raza, hereditaria por el color y sellada con la prohibición del matrimonio. Es la que se teorizó en el Sur protestante de Estados Unidos, y su consecuencia lógica, cuando la raza dominada no servía para el trabajo, fue el exterminio.

V.1. La esclavitud como destino de una raza

19. Para la raza africana, tal como la ha hecho la Providencia, la esclavitud es la única relación tolerable

«It is enough for us to say (what is capable of overwhelming demonstration) that for the African race, such as Providence has made it, and where He has placed it in America, slavery was the righteous, the best, yea, the only tolerable relation». («Nos basta con decir (cosa que admite una demostración abrumadora) que para la raza africana, tal como la Providencia la ha hecho y donde Él la ha puesto en América, la esclavitud era la relación justa, la mejor; más aún, la única tolerable».) — Robert L. Dabney, A Defence of Virginia, and through her, of the South, Nueva York, 1867, cap. I, p. 25.

Lo contradice. Gregorio XVI, In supremo apostolatus (1839). Paulo III, Sublimis Deus (1537). Gn 1,27: todo hombre es imagen de Dios. San Pablo a Filemón: que reciba a Onésimo «no ya como esclavo, sino, más que esclavo, como hermano amado» (Flm 16).

Dabney, teólogo presbiteriano de Virginia, escribe en 1867, con la esclavitud ya abolida, y por eso el verbo va en pasado. El título de la servidumbre ya no es la guerra, el delito ni la deuda: es la raza «tal como la Providencia la ha hecho». Es exactamente lo que la Instrucción de 1866 no admite: los justos títulos son causas por las que un hombre concreto pierde su libertad, y ninguno es el nacimiento en un pueblo de cierto color.

Al final del libro el teólogo cita la Escritura y la vacía en la misma frase. Cree, dice, que Dios hizo «de una sola sangre todas las naciones de los hombres» (Hch 17,26), pero «sabe» que el africano se ha convertido en «una especie distinta y fija» de la raza, separada del blanco por rasgos corporales, mentales y morales «casi tan rígidos y permanentes como los de género»; la mezcla daría una «raza híbrida», y la sangre negra es «esta vil corriente salida de las ciénagas de África».52 Es el mismo movimiento de Gobineau y de Totius: se concede el versículo y se le quita el contenido. El monogenismo queda como fórmula; la doctrina que de él se sigue, la fraternidad de todos los hombres en Adán, desaparece.

20. Dios ha encomendado a un pueblo la misión de conservar y perpetuar la esclavitud de otro

«If, then, the South is such a people, what, at this juncture, is their providential trust? I answer, that it is to conserve and to perpetuate the institution of domestic slavery as now existing». («Si, pues, el Sur es tal pueblo, ¿cuál es, en esta coyuntura, su encargo providencial? Respondo: conservar y perpetuar la institución de la esclavitud doméstica tal como existe ahora».) — Benjamin M. Palmer, Thanksgiving Sermon, Nueva Orleans, 29-XI-1860, p. 7.53

Lo contradice. Gregorio XVI, In supremo apostolatus. Pío XI, Mit brennender Sorge 12: elevar la raza o el pueblo a norma suprema «pervierte y falsifica el orden creado e impuesto por Dios». Lc 4,18: el Espíritu del Señor envió a Cristo «a predicar a los cautivos la libertad».

Palmer era el pastor de la Primera Iglesia Presbiteriana de Nueva Orleans, y predicó este sermón el día de Acción de Gracias de 1860, tres semanas después de la elección de Lincoln. Su tesis no es solo que la esclavitud sea lícita: es que un pueblo ha recibido de Dios la misión de perpetuarla, y que en esa misión está dispuesto a «mantenerse en pie o caer según Dios disponga». La servidumbre de otra raza pasa a ser la vocación religiosa del propio pueblo. El fundamento es, otra vez, la naturaleza: «todos los rasgos de su carácter» hacen a los negros aptos «para la dependencia y la servidumbre».54

Es una elección nacional trasladada del Israel de la carne a un pueblo moderno, y con un contenido que Israel no tuvo: la Ley de Moisés mandaba liberar al siervo hebreo y no conocía una servidumbre por el color. Pío XI llamó a esto elevar el pueblo a «suprema norma»: cuando un pueblo se cree depositario de un encargo divino sobre la sangre de otro, ya ha hecho de sí mismo un dios.

V.2. El exterminio

21. Las razas civilizadas exterminarán y reemplazarán a las salvajes

«At some future period, not very distant as measured by centuries, the civilised races of man will almost certainly exterminate, and replace, the savage races throughout the world». («En algún tiempo futuro, no muy lejano si se mide en siglos, las razas civilizadas del hombre casi con certeza exterminarán y reemplazarán a las razas salvajes en todo el mundo».) — Charles Darwin, The Descent of Man, 2.ª ed. (1874), cap. VI.

Lo contradice. Ex 20,13: «No matarás». Mt 28,19: las «razas salvajes» son gentes que hay que enseñar y bautizar, no que reemplazar. Paulo III, Sublimis Deus.

Darwin no lo escribe como programa, sino como previsión: describe lo que «casi con certeza» ocurrirá. Pero la previsión sale de su teoría, que hace de la lucha por la vida el motor del progreso, y en la misma página la pone en serie con el exterminio de los monos antropoides. Para un católico, el «salvaje» es un hombre que no ha recibido la fe ni la civilización que la fe produce, y el deber hacia él es la misión. Para el darwinismo es una variedad menos favorecida, y su desaparición, un paso de la evolución. Lo que la teoría prevé, los Estados de colonos lo ejecutaron, y alguno lo anunció con el mismo vocabulario (ficha 22).

22. La guerra de exterminio entre las razas continuará hasta que se extinga la raza india

«That a war of extermination will continue to be waged between the races until the Indian race becomes extinct must be expected. While we cannot anticipate this result but with painful regret, the inevitable destiny of the race is beyond the power or wisdom of man to avert». («Que una guerra de exterminio seguirá librándose entre las razas hasta que la raza india se extinga es de esperar. Aunque no podemos prever este resultado sino con doloroso pesar, el destino inevitable de la raza está más allá del poder o la sabiduría del hombre para evitarlo».) — Peter H. Burnett, gobernador de California, mensaje a la Legislatura, 6-I-1851.

Lo contradice. Ex 20,13. Lc 10,29-37: el prójimo del judío herido es un samaritano, hombre de otro pueblo. Las Leyes Nuevas (1542): los indios son «vasallos nuestros». Paulo III, Sublimis Deus.

El mensaje de Burnett explica también por qué lo espera. Unas líneas antes escribe que el colono, robado unas cuantas veces, se desespera «and resolves upon a war of extermination. This is the common feeling of our people who have lived upon the Indian frontier». Y da la razón de fondo: «The two races are kept asunder by so many causes, and having no ties of marriage or consanguinity to unite them, they must ever remain at enmity» («las dos razas están separadas por tantas causas, y, sin lazos de matrimonio ni de consanguinidad que las unan, tienen que permanecer siempre enemistadas»).55 Es la confesión más clara de lo que este catálogo sostiene: donde no hay matrimonio, solo queda la guerra. La Corona castellana mandaba casar a los españoles con las indias; California las separó por ley, y su gobernador anunció el exterminio como destino.

La ley californiana de 1850 para el «gobierno y protección de los indios» disponía que «in no case shall a white man be convicted of any offence upon the testimony of an Indian», y permitía declarar vago al indio que se encontrara vagando y alquilarlo en 24 horas «to the best bidder».56 El historiador Benjamin Madley calcula que vigilantes, milicias y soldados mataron entre 9.492 y 16.094 indios de California entre 1846 y 1873; Gary Clayton Anderson lo rebaja a unos 2.000.57

Hay que añadir un dato que el lector debe conocer: Burnett se había hecho católico en 1846, y en 1860 publicó el relato de su conversión.58 No por eso habló como católico. Gobernaba un Estado liberal angloamericano, invocó «el sentimiento común de nuestra gente de la frontera» y no ninguna doctrina de la Iglesia. Su caso muestra que lo decisivo no es la confesión de un individuo, sino el régimen que ha roto con la Cristiandad (Apéndice C).

23. Los indios son cananeos, y destruirlos es cumplir el mandato de Josué

«But God was above them, who laughed his Enemies and the Enemies of his People to Scorn, making them as a fiery Oven […] Thus did the Lord judge among the Heathen, filling the Place with dead Bodies!» («Pero Dios estaba por encima de ellos, y se reía de sus enemigos y de los enemigos de su pueblo, haciéndolos como un horno ardiente […]. ¡Así juzgó el Señor entre los paganos, llenando el lugar de cadáveres!») — John Mason, sobre la destrucción del fuerte pequot de Mystic (1637), en su Brief History of the Pequot War.

«Sometimes the Scripture declareth women and children must perish with their parents […] We had sufficient light from the word of God for our proceedings». («A veces la Escritura declara que las mujeres y los niños deben perecer con sus padres […]. Teníamos luz suficiente de la palabra de Dios para nuestro proceder».) — John Underhill, Newes from America (1638).

Lo contradice. Lc 9,54-56: cuando Santiago y Juan piden fuego del cielo sobre una aldea samaritana que no los recibió, Cristo los reprende: «no sabéis de qué espíritu sois; el Hijo del hombre no ha venido a perder las almas, sino a salvarlas». Mt 28,19. Paulo III, Sublimis Deus.

De los seiscientos a ochocientos habitantes de la aldea de Mystic sobrevivieron unos catorce.59 Los capitanes puritanos leyeron la conquista de Nueva Inglaterra como la de Canaán: el colono es Israel, el indio es el cananeo, y la matanza es sentencia de Dios. Es la aportación propiamente calvinista al racismo colonial: la tipología de la Alianza, que convierte al pueblo propio en pueblo elegido y al ajeno en enemigo de Dios. Un siglo después, en diciembre de 1763, los Paxton Boys, colonos presbiterianos de Pensilvania, mataron a veinte indios conestogas cristianos, a quienes llamaban «Canaanites». Benjamin Franklin, que no era católico, denunció que se justificaban con «the command given Joshua to destroy the heathen. Horrid perversion of scripture and of religion!», y escribió que aquellos indios habrían estado más seguros «among popish Spaniards» (Apéndice A).60

La Iglesia nunca leyó así la conquista de Canaán. El mandato de Josué fue un juicio concreto de Dios sobre pueblos concretos, en la economía antigua, y no se extiende a ningún pueblo posterior. El pueblo de la Nueva Alianza no tiene enemigos de sangre: tiene gentes a las que predicar.

Síntesis del bloque V

La servidumbre por justo título es una institución que la Iglesia toleró y humanizó; la esclavitud por la raza es una invención de las sociedades que habían roto con ella, y tiene por correlato el exterminio. Dabney y Palmer la fundaron en la Providencia; Darwin la previó como ley de la evolución; Burnett la anunció como destino; los capitanes puritanos la cumplieron como mandato de Josué. En todos los casos, el título de la servidumbre o de la muerte es la sangre. La Iglesia condenó la trata de negros, declaró a los indios verdaderos hombres y libres, y mandó casar a los conquistadores con las indias. Burnett lo dijo sin querer: sin matrimonio no hay más que enemistad.


VI. El término: la religión de la sangre

Los bloques anteriores siguen la inversión paso a paso: la sangre en el lugar del alma, leída en la Biblia, puesta como ley en el matrimonio y en la mesa del Señor, hecha título de servidumbre y de exterminio. Este último bloque recoge su término. Cuando la sangre lo determina todo, termina por ocupar el lugar de Dios, y entonces el racismo deja de ser una antropología equivocada y se convierte en una religión. Es lo que Pío XI llamó, en Mit brennender Sorge, divinizar la raza «con culto idolátrico» (n. 12), y lo que describió como una pretendida «revelación» que algunos «querrían hacer derivar del llamado mito de la sangre y de la raza» (n. 20). Llamar revelación a lo que sale de la sangre «es, en todo caso, causar desorientaciones»: son «monedas falsas» que no deben pasar al lenguaje de un cristiano (n. 27).

La Iglesia no esperó a la encíclica. El 7 de febrero de 1934 el Santo Oficio puso en el Índice Der Mythus des 20. Jahrhunderts, de Alfred Rosenberg, y en el mismo número de las Acta condenó Die deutsche Nationalkirche, de Ernst Bergmann, porque presenta «la sangre y el linaje, vulgarmente “raza”», como «único elemento del progreso cultural» y quiere instituir una religión nueva.61 Un católico español lo vio con la misma claridad: Elías de Tejada resumió la idea central de Rosenberg como la de levantar «un mito nuevo: la creencia en la propia sangre», y llamó a la cruz gamada «emblema de la nueva religión».62 Es paganismo en sentido estricto, no metafórico: un culto, unos misterios y una salvación que salen de la sangre del pueblo.

VI.1. La sangre en el lugar de los sacramentos y del pecado original

24. La sangre nórdica es el misterio que ha sustituido a los antiguos sacramentos

«Heute erwacht aber ein neuer Glaube: der Mythus des Blutes, der Glaube, mit dem Blute auch das göttliche Wesen des Menschen überhaupt zu verteidigen. Der mit hellstem Wissen verkörperte Glaube, daß das nordische Blut jenes Mysterium darstellt, welches die alten Sakramente ersetzt und überwunden hat». («Hoy, en cambio, despierta una nueva fe: el mito de la sangre, la fe de que con la sangre se defiende también la esencia divina del hombre en general. La fe, encarnada en el saber más claro, de que la sangre nórdica representa aquel misterio que ha sustituido y superado a los antiguos sacramentos».) — Alfred Rosenberg, Der Mythus des 20. Jahrhunderts (1930), libro I, cap. «Rasse und Rassenseele».63

Lo contradice. El Santo Oficio, que condenó el libro citando esta misma proposición: el Mythus «desprecia y rechaza de raíz todos los dogmas de la Iglesia católica, más aún, los fundamentos mismos de la religión cristiana», y sostiene la necesidad de «instituir una nueva religión o iglesia germánica» (AAS 26 [1934], p. 93). Concilio de Trento, ses. VII, can. 1: los sacramentos de la Nueva Ley fueron todos instituidos por Jesucristo, y son siete (Dz 844). Jn 3,5 y 6,54. Pío XI, Mit brennender Sorge 20: la revelación de Cristo «es definitiva y obligatoria para siempre» y no admite «sucesiones o sustituciones» derivadas del mito de la sangre.

Rosenberg no disimula lo que hace. No dice que la raza sea importante: dice que es un Mysterium, que es la palabra latina del sacramento, y que ese misterio ha «sustituido y superado» a los siete. La sangre ya no es la materia que el alma informa: es el lugar donde se defiende «la esencia divina del hombre». El pasaje viene precedido del elogio de los stedinger y los valdenses, herejes medievales a los que alaba por haber luchado por «su existencia propia de la especie» (arteigenes Dasein), y Tejada pudo resumir su programa en «la creencia en la propia sangre».

La forma de la fe cristiana se conserva, vaciada y llenada con otra cosa: fe, misterio, sacramento, salvación. Es lo que hace toda falsificación religiosa, y es la razón por la que el racismo llevado a su término no es una teoría política, sino una religión rival.

25. El pecado contra la sangre y la raza es el pecado original de este mundo

«Die Sünde wider Blut und Rasse ist die Erbsünde dieser Welt und das Ende einer sich ihr ergebenden Menschheit». («El pecado contra la sangre y la raza es el pecado original de este mundo y el fin de una humanidad que se entrega a él».) — Adolf Hitler, Mein Kampf, t. I, cap. 10, «Ursachen des Zusammenbruchs».64

Lo contradice. Concilio de Trento, ses. V: el pecado original es el de Adán, que por su prevaricación perdió la santidad y la justicia en que había sido constituido, y lo transmitió a todo el género humano «por propagación, no por imitación» (Dz 788-790). Rm 5,12: «por un hombre entró el pecado en el mundo». Rm 5,18: como por el delito de uno vino la condenación a todos, así por la justicia de uno vino a todos la justificación de la vida.

La frase de Hitler no es una hipérbole aislada: es una teología completa. En «Volk und Rasse» la desarrolla con todos sus elementos. Hay un paraíso: el ario, al abandonar la pureza de su sangre, «perdió la estancia en el paraíso que él mismo se había creado». Hay un pecado: provocar la mezcla «no significa otra cosa que pecar contra la voluntad del eterno Creador». Hay una muerte que sigue al pecado: la mezcla de sangre es «la única causa de la muerte de todas las culturas». Y hay una condenación: «lo que en este mundo no es buena raza es paja».65

Cada pieza es la inversión de un dogma. El pecado original deja de ser una culpa común a todos los hijos de Adán y pasa a ser la culpa de mezclarse con otros hijos de Adán; el paraíso no lo planta Dios, lo crea el ario; la redención, si la hay, no viene de la Sangre de Cristo derramada por todos, sino de la sangre propia conservada sin mezcla. El ejemplo que Hitler escoge para probar su tesis es el de América: el Norte, de población germánica que «se mezcló muy poco con pueblos de color inferiores», frente al Centro y el Sur, donde los inmigrantes «románicos» se mezclaron «a veces en gran escala con los indígenas».66 Lo que para la Corona católica fue un deber de caridad y de misión (Apéndice A), para Hitler es el pecado que explica la decadencia.

VI.2. La religión propia de la raza

26. La religión ha de ser propia de la raza, y la Iglesia universal envenenó las razas

«Das ist das vollkommene Gegenteil dessen, was die Kirche Roms (und schließlich auch Wittenbergs) uns lehrt. Sie will uns alle — ob Weiß, ob Gelb, ob Schwarz — auf einen Weg, in eine Form, unter ein Dogma zwingen, und hat deshalb, als sie Macht wurde, unsere Seele, unsere europäischen Rassen vergiftet». («Esto es lo completamente opuesto de lo que nos enseña la Iglesia de Roma (y, al fin, también la de Wittenberg). Ella quiere obligarnos a todos —blancos, amarillos o negros— a un solo camino, a una sola forma, bajo un solo dogma, y por eso, cuando llegó a ser poder, envenenó nuestra alma, nuestras razas europeas».) — Alfred Rosenberg, Der Mythus des 20. Jahrhunderts, libro I, sección «Die Religion des Blutes».67

«Denn was sind uns die Zehn Gebote? Ein ungenügender Versuch, in anderem rassischen Bereich den menschheitlichen Grundgesetzen Ausdruck zu verleihen. Wir verlangen nach heiligeren Gesetzen, die uns artgemäßer sind». («Pues ¿qué son para nosotros los Diez Mandamientos? Un intento insuficiente, en otro ámbito racial, de dar expresión a las leyes fundamentales de la humanidad. Pedimos leyes más santas, más conformes a nuestra especie».) — Jakob Wilhelm Hauer, Deutsche Gottschau (1934), cap. 5, § 4.68

Lo contradice. La Sagrada Congregación de Seminarios (13-IV-1938) mandó refutar la proposición quinta: «Que la religión está sometida a la ley de la raza y debe serle adaptada». Pío XI, Mit brennender Sorge 14: Dios ha dado sus mandamientos «independientes del tiempo y espacio, de región y raza»; n. 15: solo espíritus superficiales pueden hablar «de un Dios nacional, de una religión nacional» y querer encerrar a Dios «en la estrechez étnica de una sola raza»; n. 25: la «iglesia nacional alemana» no es otra cosa que «renegar de la única Iglesia de Cristo, una apostasía manifiesta». Mt 28,19; Ap 7,9: «una muchedumbre inmensa […] de toda nación, tribus, pueblos y lenguas».

El texto de Rosenberg tiene un mérito involuntario: nombra exactamente lo que odia. Lo que reprocha a la Iglesia de Roma no es un dogma concreto, sino que sea una para todos, que quiera llevar a blancos, amarillos y negros «a un solo camino […] bajo un solo dogma». Es decir, que sea católica. El racismo, llevado a su término, no puede convivir con la nota de catolicidad, porque la Iglesia universal es la negación práctica de que la religión salga de la sangre. Por eso los movimientos de la «fe alemana» quisieron una Iglesia nacional, y por eso Hauer, profesor de Tubinga, declaró que «alemán» debía significar «arraigado en el suelo, propio de la especie» (arteigen), y despachó el Decálogo como ley de otra raza.

En el campo protestante la misma idea entró por la vía de los Deutsche Christen, que en sus directrices de 1932 veían en «la raza, el pueblo y la nación» órdenes de vida dados por Dios, mandaban «oponerse a la mezcla de razas» y enseñaban que la fe en Cristo «no destruye la raza, sino que la ahonda y la santifica».69 La diferencia entre el neopagano y el cristiano alemán es de grado: uno sustituye a Cristo por la sangre, el otro pone a Cristo al servicio de la sangre. En los dos casos la religión se ha adaptado a la raza, que es la proposición condenada.

27. Por el bautismo nada cambia en la condición racial del judío, y los cristianos de raza judía no tienen lugar en la Iglesia

«Durch die christliche Taufe wird an der rassischen Eigenart eines Juden, seiner Volkszugehörigkeit und seinem biologischen Sein nichts geändert. Eine deutsche Evangelische Kirche hat das religiöse Leben deutscher Volksgenossen zu pflegen und zu fördern. Rassejüdische Christen haben in ihr keinen Raum und kein Recht». («Por el bautismo cristiano nada cambia en la peculiaridad racial de un judío, en su pertenencia al pueblo y en su ser biológico. Una Iglesia evangélica alemana ha de cuidar y fomentar la vida religiosa de los compatriotas alemanes. Los cristianos de raza judía no tienen en ella lugar ni derecho».) — Declaración de los dirigentes de varias iglesias evangélicas regionales alemanas, 17-XII-1941.70

Lo contradice. Gal 3,27-28: «todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos. Ya no hay judío ni griego». Ef 2,14-19: Cristo derribó el muro de separación e hizo de los dos pueblos uno solo; ya no sois extranjeros, sino «conciudadanos de los santos». Rm 10,12: «no hay distinción entre judío y griego, porque uno mismo es el Señor de todos». Concilio de Trento, ses. VII, De baptismo: el bautismo es necesario para la salvación (can. 5) e imprime carácter (can. 9 de los sacramentos en general; Dz 861, 852). CIC 1917, c. 87: por el bautismo el hombre queda constituido persona en la Iglesia de Cristo, con todos los derechos y deberes de cristiano.71

Es la prueba del converso vuelta del revés, y hecha ley eclesiástica. Las directrices de los Deutsche Christen ya rechazaban en 1932 la misión entre los judíos, porque era «la puerta de entrada de sangre extraña en nuestro cuerpo popular».72 El Estado había fijado en 1935 que es judío quien desciende de tres abuelos judíos «por la raza», y que la religión de los abuelos solo sirve para probar esa sangre: la conversión del nieto no cuenta (ficha 15). En diciembre de 1941, con la estrella amarilla ya impuesta, las iglesias regionales que firmaron la declaración suprimieron «toda comunión con los judeocristianos», y la de Turingia los excluyó por ley, «junto con sus descendientes», de toda comunión eclesiástica.73

El bautismo, que en la Iglesia hace del pagano y del judío un miembro del Cuerpo de Cristo con todos sus derechos, en una iglesia nacional ya no hace nada. Es la conclusión de todo el catálogo: si la sangre determina lo que el hombre es, el sacramento no puede cambiarlo, y la Iglesia deja de ser la familia de los bautizados para ser la de los nacidos. Lo mismo se había visto en la América inglesa con el indio de los pueblos (ficha 18), y lo contrario en la América española, donde el bautizado no era «notado, ni tenido por manchado» (Apéndice A).74

VI.3. El modelo

28. Todo es raza, y no hay otra verdad

«“All is race; there is no other truth.” “Because it includes all others?” said Lord Henry. “You have said it.”» («—Todo es raza; no hay otra verdad. —¿Porque las incluye todas? —dijo lord Henry. —Lo habéis dicho».) — Benjamin Disraeli, Tancred, or the New Crusade (1847), libro II, cap. XIV; habla Sidonia, el personaje judío sefardí de la novela.75

Lo contradice. Rm 9,6-8: «no todos los que descienden de Israel son Israel […], no los hijos de la carne son hijos de Dios, sino los hijos de la promesa». Gal 3,7.29: los que son de la fe, esos son hijos de Abraham; y si sois de Cristo, sois descendencia de Abraham. Mt 3,9. Jn 8,39: «si fuerais hijos de Abraham, haríais las obras de Abraham». Flp 3,4-8: San Pablo, «del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo hijo de hebreos», tiene todo eso por pérdida comparado con el conocimiento de Cristo.

Disraeli lo escribió seis años antes que Gobineau, y no en boca de un personaje solamente. En la biografía de lord George Bentinck (1852) lo repite en primera persona: «All is race», y en el capítulo dedicado a los judíos los presenta como prueba viva de «la falsedad de esa perniciosa doctrina de los tiempos modernos, la igualdad natural del hombre», que, si se pudiera practicar, «deterioraría las grandes razas».76 En Coningsby había llamado a la raza hebrea «raza sin mezcla» y a una raza así «la aristocracia de la Naturaleza».

El racismo germánico no ocultó de dónde tomaba el modelo. Chamberlain, en Die Grundlagen des neunzehnten Jahrhunderts, se pregunta si un pueblecillo semita habría llegado a ser una potencia mundial «si la pureza de la raza no hubiera sido su ley fundamental inquebrantable», y remite expresamente a Disraeli: «déjese uno enseñar por Disraeli». Y añade su admiración: los judíos «merecen admiración», porque nunca olvidaron «la santidad de las leyes físicas» y usaron con maestría «la ley de la sangre».77 Elías de Tejada lo resumió así: para Chamberlain, la fortaleza del judaísmo estaba en haber divinizado el valor de la raza «como palanca suprema de la vida».78

Es el cierre del círculo que se abrió en la ficha 5. El judaísmo que rechazó a Cristo convirtió la elección de Israel, que era provisional y ordenada al Mesías, en un linaje de sangre; el racismo europeo, que se tenía por su enemigo, copió el esquema y puso otra sangre en su lugar. Los dos niegan lo mismo: que la promesa se cumpla en Cristo y alcance a todas las gentes por la fe. Contra los dos vale la frase de San Pablo: la verdadera circuncisión es la del corazón, «cuya alabanza no viene de los hombres, sino de Dios» (Rm 2,29).

Síntesis del bloque VI

El racismo, llevado a su término, no se contenta con clasificar a los hombres: los salva y los condena. Tiene un misterio que sustituye a los sacramentos (Rosenberg), un pecado original que es la mezcla (Hitler), unos mandamientos propios de la especie y una iglesia nacional (Hauer, los Deutsche Christen), un bautismo que ya no cambia nada (1941) y un pueblo elegido por la sangre (Disraeli y su discípulo Chamberlain). Cada pieza es la falsificación de un dogma, y por eso la Iglesia la condenó como religión, no como opinión: el Santo Oficio puso a Rosenberg en el Índice, la Congregación de Seminarios mandó refutar que la religión deba adaptarse a la raza, y Pío XI llamó a la iglesia nacional «apostasía manifiesta». Lo que estorba al racismo no es un artículo concreto de la fe, sino la catolicidad misma: una sola Iglesia, para blancos, amarillos y negros, bajo un solo dogma.


Apéndice A. La prueba de la historia: muchas sangres, una sola fe

Los errores del catálogo no son abstracciones. Tuvieron su laboratorio en América, donde dos Cristiandades, o lo que quedaba de ella, se encontraron con los mismos pueblos en los mismos siglos. La comparación no enfrenta a un conquistador bueno con uno malo. Enfrenta dos marcos jurídicos: uno que ofrecía al conquistador un camino para casarse con la india y legitimar al hijo, y otro que se lo cerraba.

A.1. Lo que mandaba la Corona católica

La política de la Corona castellana sobre el matrimonio mixto fue constante y temprana. La Instrucción a Ovando (1503) manda procurar matrimonios entre cristianos e indias, y entre cristianas e indios, «para ser doctrinados en las cosas de nuestra Santa Fe Católica»: el fin declarado es la fe. Fernando el Católico aprueba en 1511 que se fomenten, pero sin coacción. Las cédulas de 1514 y 1515 declaran la libertad de casarse «con quien quisieren», y pasan a la Recopilación de Leyes de Indias (1680), libro VI, título 1, ley 2. Cisneros propone en 1516 casar a españoles con las cacicas herederas, de modo que «muy presto podrán ser todos los caciques españoles». Carlos V manda en 1538 a los encomenderos que se casen en tres años, y algunos lo hacen con sus concubinas indias. Cuando el virrey del Perú pide en 1562 prohibir a los encomenderos casarse con indias, la Corona se niega.79

Las otras Coronas católicas hicieron lo mismo. El alvará de Pombal (4-IV-1755) declaró que los portugueses que se casaran con indias no quedaban «com infamia alguma», que sus hijos serían «habeis e capazes de qualquer emprego, honra, ou dignidade», y castigó con el destierro llamarlos «caboucolos». Champlain prometió en 1633 a los hurones: «nos garçõs se marieront à vos filles, & nous ne serons plus qu’vn peuple».80

A.2. El mestizo, legitimable y ordenable

Las trabas que sufrieron los mestizos castigaban la ilegitimidad, no la sangre india, y tenían salida. La cédula de 1549 excluyó de encomiendas y oficios a «mulato, mestizo ni ilegítimo»; según la historiadora Berta Ares, al mestizo le afectaba si era ilegítimo, porque «su ilegitimidad era el verdadero impedimento», superable por legitimación regia o por habilitación. En 1591 la Corona facultó al virrey del Perú para legitimar y habilitar mestizos.81

El sacerdocio fue el terreno más disputado. El I Concilio mexicano (1555) excluyó de las órdenes a indios y mestizos, y una Real Cédula de 1578 prohibió ordenar mestizos en Lima. Pero Gregorio XIII había autorizado en 1576 a los obispos de Indias a dispensar la ilegitimidad. Ciento sesenta y cinco mestizos del Perú y Chile recurrieron a la Corte, y los alumnos mestizos de los jesuitas escribieron en latín al Papa (1583). Su argumento es la tesis de este catálogo: por la madre no tenían infamia, porque la gentilidad desaparecía con el bautismo, a diferencia de lo que ocurría con los descendientes de moros y judíos. La cédula de 1588 derogó la de 1578.82 Roma y la Corona abrían; los concilios provinciales y los cabildos criollos cerraban; los mestizos litigaron y ganaron.

La nobleza india fue nobleza. Martín Cortés, hijo de Hernán Cortés y Malintzin, fue legitimado por Clemente VII (1529) y armado caballero de Santiago. Los descendientes de Moctezuma recibieron el condado de su nombre (1627). La heredera inca Beatriz Clara Coya se casó con un sobrino nieto de San Ignacio, y su hija recibió el marquesado de Santiago de Oropesa. La cédula de honores de Carlos II (1697) equiparó a los caciques con los hidalgos, y el Consejo de Indias declaró en 1806 que sus descendientes «participan de todos los honores y privilegios, espirituales y temporales, que corresponden a los hidalgos de Castilla».83 Y Juan de Solórzano, el gran jurista de Indias, sentó el principio en su Política Indiana (1648): «jamás hallamos que la descendencia de Gentiles o Infieles, que no haya sido Judíos o Moros, y que voluntariamente recibieron la Fe de Christo, haya sido notada, ni tenida por manchada».84 La limpieza de sangre medía la fe de los antepasados, no el color. En castellano, la palabra «raza» nació para eso: «Raza en los linages se toma en mala parte, como tener alguna raza de Moro, o Judío» (Covarrubias, 1611).85

Ni siquiera la Pragmática de matrimonios de Carlos III (1776, extendida a Indias en 1778), que dio a los padres derecho a oponerse a los matrimonios «desiguales», sirvió contra el indio: la Audiencia de Chile resolvió, con aprobación del Consejo de Indias, que contra un indio de origen limpio «es injusto e irracional el disenso que, fundado en la calidad de indio, se oponga por parte de los padres españoles».86

A.3. La Hispanidad: una sola raza espiritual

Cuando en el siglo XX se instituyó el 12 de octubre como «Fiesta de la Raza», los católicos españoles entendieron la palabra al revés que los racistas. Ramiro de Maeztu lo escribió en Defensa de la Hispanidad (1934): el 12 de octubre está «mal titulado el Día de la Raza», y si se acepta el nombre es para «evidenciar que los españoles no damos importancia a la sangre, ni al color de la piel, porque lo que llamamos raza no está constituido por aquellas características que puedan transmitirse al través de las obscuridades protoplásmicas, sino por aquellas otras que son luz del espíritu, como el habla y el credo. La Hispanidad está compuesta de hombres de las razas blanca, negra, india y malaya, y sus combinaciones».87 El cardenal Gomá, primado de España, en el Teatro Colón de Buenos Aires el mismo año: «Fusión de sangre, porque España hizo con los aborígenes lo que ninguna nación del mundo hiciera con los pueblos conquistados».88 Y Elías de Tejada vio en las leyes de Indias, «con su tendencia a favorecer el matrimonio entre europeos e indígenas», la mejor comprobación de una postura que, «siendo cristiana, no podía dejar de ser la más humana».89

A.4. Lo que la sociedad conquistadora hizo contra la ley

El argumento solo es limpio si se dice también lo que falló. Las Casas cuenta que en La Española los españoles tenían el matrimonio con india «por grandísimo deshonor y afrenta». El Inca Garcilaso, mestizo él mismo, escribió: «Pocos ha habido en el Perú que se hayan casado con indias para legitimar los hijos naturales y que ellos heredasen». La mayoría de los mestizos de la primera generación fueron hijos naturales; en el siglo XVIII creció el orgullo de casta; y la discriminación jurídica recayó sobre todo en la ascendencia africana, unida a la condición servil: la ley de 1527 mandaba procurar que los negros se casaran con negras, y Berta Ares no ha encontrado ningún caso de habilitación de un mulato.90 Hubo también esclavitud india de hecho, contra la ley, en las fronteras y bajo la forma de encomienda y servicio personal.

Pero el concubinato es pecado del colono contra la ley de la Iglesia y del Rey, y la servidumbre del indio se hizo contra las Leyes Nuevas y fue denunciada por la Corona y por sus religiosos. La exclusión angloamericana, en cambio, estaba en la ley. Y la excusa demográfica no explica la diferencia: en el Chesapeake inglés hubo durante medio siglo tan pocas mujeres como en la emigración española de 1540-1579, y allí no hubo ni un matrimonio mixto reconocido, sino una ley contra ellos.91 La demografía explica las uniones; que la unión se bendiga y el hijo sea legítimo es cosa de derecho y de teología.

A.5. La prueba del converso

La prueba decisiva no es el trato al pagano, sino al que ya se ha convertido. Si la frontera es la fe, el bautizado entra; si es la sangre, se queda fuera aunque se bautice.

En la Nueva Inglaterra puritana, John Eliot reunió a los indios cristianos en catorce «pueblos de oración» y tradujo la Biblia a su lengua. Al estallar la guerra del rey Felipe (1675), los indios cristianos se ofrecieron a servir como exploradores; Boston los internó en Deer Island, en el puerto, donde en diciembre había más de mil y murieron muchos de hambre y frío. En 1763 los Paxton Boys mataron a los conestogas cristianos de Lancaster. En 1782 la milicia de Pensilvania mató en Gnadenhutten a noventa y seis lenapes y mohicanos moravos y pacifistas, que habían pasado la noche cantando himnos. Los cherokees, que adoptaron constitución escrita, misiones y escuelas, fueron deportados en 1838, y murieron unos cuatro mil de dieciséis mil. En 1704 la Carolina inglesa había destruido las misiones españolas de los apalaches en Florida y vendido como esclavos a unos tres mil indios cristianos.92

Benjamin Franklin, protestante deísta, escribió en 1764 sobre los conestogas asesinados: «They would have been safer, it seems, among popish Spaniards, even if enemies and delivered into their hands by a tempest. These were not enemies; they were born among us, and yet we have killed them all. But shall we imitate idolatrous papists, we that are enlightened Protestants?» («Habrían estado más seguros, al parecer, entre españoles papistas, aun siendo enemigos y entregados en sus manos por una tempestad. Estos no eran enemigos; nacieron entre nosotros, y aun así los hemos matado a todos. ¿Habremos de imitar a los papistas idólatras, nosotros que somos protestantes ilustrados?»). El único crimen de aquellos indios, añadió, parecía ser «that they had a reddish-brown skin and black hair».93

La historiadora Patricia Seed formuló la raíz jurídica de la diferencia: los ingleses fundaban la posesión en ocupar y cercar la tierra, y tenían por vacía la tierra india sin cercar; Castilla, en un acto dirigido a un pueblo al que había que evangelizar.94 Si el título exige tierra vacía, el indio sobra. Si exige un pueblo vasallo y evangelizable, el indio es el objeto mismo de la empresa. Lo que integró al indio no fue la bondad de los individuos, sino la alianza de una Iglesia sacramental universal con una Corona que se legitimaba por la evangelización.


Apéndice B. Las objeciones que se hacen desde dentro de la Iglesia

B.1. Pío XI admite «razas especiales» y un «sano racismo»

En el mismo discurso del 28-VII-1938, según la crónica de L’Avvenire d’Italia, Pío XI añadió: «Nè può tuttavia negarsi che in questa razza universale non vi sia luogo per le razze speciali, come per tante diverse variazioni, come per molte nazionalità che sono ancora più specializzate», y habló de un «vero, proprio, sano razzismo».95 Es la objeción más literal contra la tesis. La respuesta está en el propio texto: las «razas especiales» son variaciones dentro de la raza universal, puestas en serie con las nacionalidades; es el sentido débil, el accidental, que este catálogo no niega. Lo que Pío XI niega es lo que este catálogo niega: que haya razas en el sentido del racismo. Y la fórmula que propone, «una sola, grande, universale razza umana», es más exacta que el «las razas no existen» a secas. (No debe usarse la frase «non c’è posto per razze speciali», que se le atribuye en la prensa reciente: dice lo contrario de la crónica de 1938.)

B.2. Mit brennender Sorge da a la raza «un puesto esencial»

Pío XI escribe que la raza o el pueblo tienen en el orden natural «un puesto esencial y digno de respeto» (n. 12). Pero la raza va ahí junto al pueblo y al Estado, como comunidad natural de origen, y lo que el mismo párrafo condena es elevarla a «suprema norma de todo». Summi Pontificatus (1939), que llama «sagrada herencia» al modo de ser de cada pueblo, no usa la palabra «raza»: habla de pueblos, estirpes y naciones, es decir, de culturas.96 La unidad real por debajo del género humano es la nación, y la nación se define por lo que la tabla de Gn 10 dice: lengua, familia, tierra y culto.

B.3. La teología manual habla de razas

Perujo dice que las variedades accidentales «cuando se perpetúan por herencia, constituyen una raza»; Vigouroux enumera doce. Pero todos las reducen a accidente: Ott, «únicamente características externas»; Vigouroux, «accidentales y no esenciales»; la Summa, «cuantitativas»; Perujo, signos «no constantes ni precisos». Es la tesis con otra palabra. Después del siglo XX, «raza» ha quedado cargada del sentido fuerte, y por eso conviene decir «variedad», «pueblo» o «nación».

B.4. La genética detecta la ascendencia con precisión

Con muchos marcadores a la vez se reconstruye el origen geográfico de una persona con un error casi nulo. Pero lo que se detecta es parentesco: con el mismo método se distingue a un vasco de un andaluz, y nadie los llama razas. Los programas agrupan a la humanidad en tantos grupos como se les pida, y los grupos están unidos por gradaciones: no hay un punto entre el ecuador y el norte de Europa donde la gente deje de ser «negra» y pase a ser «blanca». Blumenbach, el inventor de las cinco razas, ya reconoció que las variedades se funden insensibili transitu y que entre ellas no cabe más que una división arbitraria.97 La genética puede decir de dónde vinieron los antepasados de alguien; no puede definir una raza, porque la raza en sentido fuerte no está en el genoma.

B.5. También hay razas de perros

El ejemplo prueba lo contrario de lo que pretende. Las razas de perros se hicieron por selección artificial en pocas generaciones, y son reversibles: cruzando y seleccionando se va de unas a otras sin salir de la especie, y cuando los perros se asilvestran vuelven al tipo silvestre. Lo que la selección hace es combinar lo que ya estaba en la especie, sin añadir nada. Y aun así, las razas de perros están mucho más separadas genéticamente que cualquier grupo humano. Si ni siquiera eso hace naturalezas distintas, menos aún las «razas» humanas, que nunca fueron criadas y nunca dejaron de mezclarse.98

B.6. Santo Tomás: «cuanto mejor dispuesto el cuerpo, mejor alma»

Respondida en la ficha 6: Santo Tomás habla de la disposición individual de los órganos de la imaginación y la memoria, no de grupos ni de colores, y la disposición depende de la nutrición y la educación. Condicionar no es determinar.

B.7. Hay pueblos que no levantaron civilizaciones

Respondida en la ficha 9: la civilización sale del culto. Los mismos pueblos, con la misma sangre, adoraban a Odín antes de levantar catedrales.

B.8. La mezcla con neandertales y denisovanos es desigual

Si neandertales y denisovanos dejaron descendencia fecunda en los hombres actuales, eran hombres, porque especie es el grupo cuyos miembros tienen entre sí descendencia fecunda y estable: es el criterio de Kant y el que hace de todos los perros una especie. Si eran hombres, eran hijos de Adán, y su herencia es herencia adánica. La mezcla, además, atraviesa todos los colores y no define ninguna «raza» clásica. Y el cuadro de «especies humanas» sucesivas, con sus fechas de cientos de miles de años, está construido sobre la premisa darwinista que Humani generis declaró no demostrada.

B.9. No hay tiempo, en la cronología bíblica, para que de una pareja salgan negros y blancos

La cronología de la Iglesia se deduce de las genealogías de la Escritura, que es inerrante también en lo histórico (León XIII, Providentissimus Deus, 1893, Dz 1950-1951). Las cifras difieren según el texto que se siga: el II Concilio de Nicea (787) fecha la Encarnación en el año del mundo 5501, el Martirologio Romano tradicional en el 5199; todas dan unos cinco milenios y medio hasta Cristo.99 Hay tiempo de sobra, precisamente porque lo que cambia es poco: el color depende de un puñado de genes, y la propia genética fecha la piel clara de los europeos y la persistencia de la lactasa en los últimos milenios. El cazador de La Braña (León), de hace unos siete mil años, tenía la piel oscura y probablemente los ojos azules.100 Lo que hoy se llama «raza europea» es en buena parte posterior a la cronología de los Setenta. El argumento de que «no hay tiempo» se vuelve contra el poligenismo.

B.10. Los papas autorizaron la esclavitud de los africanos

Nicolás V concedió al rey de Portugal (Dum diversas, 1452; Romanus Pontifex, 1455) facultad para someter a «sarracenos y paganos y cualesquiera otros infieles» y reducir sus personas a servidumbre perpetua. La Instrucción del Santo Oficio de 1866 admitía justos títulos de servidumbre. Portugal y Brasil embarcaron muchos más africanos que los Países Bajos calvinistas. Y los jesuitas de Maryland vendieron en 1838 a 272 esclavos.101

Estos hechos confirman la tesis en lo que importa. El título de las bulas de Nicolás V son los «sarracenos, paganos e infieles», enemigos de la fe: la frontera es la religión, no el color. Los justos títulos de la doctrina católica son títulos de derecho, y ninguno es la raza; por eso la misma Iglesia pudo condenar la trata de negros en 1839. El volumen no mide el racismo: el esclavo del mundo católico era bautizado por ley, se casaba válidamente (la Iglesia tuvo siempre por válido el matrimonio de los siervos, aun contra la voluntad del amo) y sus hijos se mezclaban; el del mundo reformado quedaba a menudo sin bautismo y sus hijos, fuera de la ley. La venta de Maryland separó familias contra las condiciones que había puesto el general de la Compañía: es pecado de hombres, no doctrina.


Apéndice C. Las corrientes acatólicas del racismo moderno

El racismo moderno no salió de la Iglesia, sino de lo que rompió con ella. Cuatro corrientes lo alimentaron, y las cuatro son acatólicas. Detrás de ellas está el modelo de pueblo-linaje del judaísmo rabínico, que el racismo germánico reconoció e imitó (fichas 5 y 28).

C.1. El calvinismo

La acusación corriente («la predestinación calvinista engendró el racismo») no se sostiene en los textos: no se ha hallado ningún argumento esclavista basado en la doble predestinación, ni una doctrina reformada que haga del color un signo de reprobación. Calvino no racializó la maldición de Cam y llamó a la esclavitud antigua «a horrible and near brutal thing».102 Lo que la tradición reformada aportó al racismo salió de otro sitio: de su eclesiología, sin un magisterio capaz de declarar algo intrínsecamente malo, y de su lectura de la Alianza, que hacía del pueblo propio un Israel y del ajeno un Canaán. De ahí salieron la «espiritualidad de la Iglesia» con que los presbiterianos del Sur blindaron la esclavitud frente a la disciplina eclesiástica (Thornwell, 1861), el «encargo providencial» de Palmer (ficha 20), la jerarquía de pueblos de Kuyper (fichas 9 y 12), la exégesis de Totius (ficha 13), el bautismo regateado al esclavo (ficha 17), la comunión separada (ficha 16) y la tipología de Canaán (ficha 23). La cronología sudafricana es nítida: práctica segregadora (1857-1881), teoría misionera (1929-1935), justificación bíblica y neocalvinista (años cuarenta), política de Estado (1948) y confirmación sinodal (1974). La teología siguió a la práctica.

Hubo también calvinistas abolicionistas, y de los primeros: el Reformed Presbytery excluyó de la comunión a los esclavistas en 1800, y el presbiteriano George Bourne publicó en 1816 The Book and Slavery Irreconcilable. Pero eso confirma el diagnóstico. La misma Confesión de Westminster sirvió a Bourne y a quienes lo depusieron; la misma escuela produjo a Jonathan Edwards, que compró esclavos, y a Samuel Hopkins, que pidió liberarlos. Sin un magisterio que defina, la Escritura queda en manos del sínodo local y del interés local.103

C.2. La esclavitud racial anglosajona

La casta hereditaria por el color, sellada con la prohibición del matrimonio, es una creación de las colonias inglesas: Virginia (1691), Massachusetts (1786), Carolina del Norte (1715). La «excepción Pocahontas» de la ley de integridad racial de Virginia (1924) la resume: eran blancos quienes tuvieran «one-sixteenth or less American Indian blood», para salvar a las familias de la élite que decían descender de Pocahontas, mientras el registrador del Estado reclasificaba como «de color» a los indios vivos. Se admitía una gota de sangre india de 1614 y se negaba la condición de indio a los contemporáneos: es la lógica de la sangre en estado puro.104

C.3. El darwinismo y el poligenismo

El racismo «científico» del siglo XIX tuvo dos brazos: el poligenismo norteamericano, que negaba a Adán (ficha 2), y el darwinismo, que lo diluía en una escala (fichas 3 y 21). Sobre los dos se construyó la eugenesia del siglo XX. Los dos chocan con la doctrina de la creación del hombre y con la unidad del género humano.

C.4. El Estado liberal de colonos

En el siglo XIX, el indio fue destruido en las dos Américas, y no solo en la protestante. La secularización mexicana de 1833-1834 convirtió las misiones de California en parroquias y repartió sus tierras: los ranchos se quedaron con en torno al 90 %, y los neófitos «emancipados» acabaron en la indigencia, catorce años antes de que llegara Estados Unidos. Argentina, en la Conquista del Desierto (1878-1885), registró 14.172 indios «muertos, reducidos o prisioneros». Chile ocupó la Araucanía (1861-1883).105 Pero estos Estados eran repúblicas liberales que en esos mismos años rompían con la Iglesia: México secularizó las misiones (1833) y desamortizó los bienes eclesiásticos (1856); Chile y Argentina dictaron entonces sus leyes laicas. Con las misiones se le quitó a la Iglesia la tutela del indio. Lo que lo destruyó no fue la confesión de los pueblos, sino la ruptura liberal con la Cristiandad.

Solo Estados Unidos, además, escribió la raza en la ley: voto reservado a los «white», exclusión del testimonio del indio, alquiler al mejor postor de los indios «vagos». Nada de eso está en el Plan de Iguala (1821), que declaró a todos los habitantes de México, «sin otra distinción que su mérito y virtudes», ciudadanos idóneos para cualquier empleo.

C.5. El comercio de esclavos

Se dice a menudo que el comercio de esclavos estuvo en manos judías, y se replica que es una invención antisemita. Los hechos, examinados por épocas y en las obras de referencia, dan una respuesta distinta de las dos.106 El comercio dirigido al mundo musulmán en la alta Edad Media (siglos VI-X) y el dirigido a la América ibérica en el periodo de los asientos portugueses (1595-1640) y del Brasil holandés (1630-1654) estuvieron en buena parte en manos judías o judaizantes, y lo dicen historiadores judíos (Ariel Toaff, Arnold Wiznitzer, la Jewish Encyclopedia de 1906) y la obra de referencia española (Enriqueta Vila Vilar, CSIC, 1977). La trata británica y norteamericana del siglo XVIII, la de mayor volumen, no: allí la llevaron mercaderes protestantes, y los registros dan una participación judía minoritaria. Lo que explica que no hubiera reparo en traficar con los gentiles en las épocas de control es el modelo escrito de la ficha 5: considerarlos fuera del nombre de hombre.


Apéndice D. El presente

D.1. Una invasión homogénea por la religión y heterogénea por la raza

Occidente, que fue cristiano, recibe hoy una inmigración musulmana masiva que procede de pueblos de sangres muy distintas: subsaharianos, magrebíes, árabes, turcos, paquistaníes, bangladesíes, afganos, iraníes. Lo que hace de ellos un solo cuerpo no es la sangre, que no comparten, sino el culto, que sí comparten: la umma se define por la fe. Es la prueba, en la historia presente, de la tesis de este catálogo: lo que une y separa a los pueblos es la religión.

El racismo no ve esa realidad, porque la mira por el color. Y confunde a los aliados: el filipino, el hispanoamericano o el africano católicos están del lado de la Cristiandad, aunque no tengan el color del europeo. La respuesta proporcionada es religiosa y cultural, como lo fue la Reconquista, que se hizo contra árabes y bereberes, gentes de sangres distintas unidas por el islam, y cuyo límite fue la fe y no el color.107

D.2. Lo posterior a 1958, como objeto de examen

Los textos de la estructura conciliar no hacen autoridad en esta materia, pero conviene examinarlos, porque muestran la inversión. Sacrosanctum Concilium 37 asume «el genio y las cualidades peculiares de las distintas razas y pueblos» como base de la inculturación litúrgica: hace de la raza una fuente de culto, que es justo lo que este catálogo llama paganismo. El Documento de Abu Dabi (4-II-2019) pone la raza entre las diversidades que serían «expresión de una sabia voluntad divina», junto al «pluralismo y la diversidad de religión»: asume a la vez la categoría racial y el indiferentismo.108 Y Magnifica Humanitas (2026), § 176, pide perdón «en nombre de la Iglesia» porque habría tardado dieciocho siglos en condenar la esclavitud: confunde la servidumbre por justo título, que la Iglesia toleró, con la esclavitud racial, que inventaron quienes rompieron con ella.109


Conclusión

El racismo es paganismo porque invierte el orden de la naturaleza y luego le da culto. Pone la sangre, que es materia, en el lugar del culto, que es forma; hace de lo determinado lo determinante; y cuando la inversión llega al final, levanta un dios de la tribu, como dijo Pío XI, y una religión de la sangre, como escribió Rosenberg. Los veintiocho errores de este catálogo son los pasos de esa inversión: negar el origen común, poner las cualidades del alma en la sangre, leer la sangre en la Biblia, levantar en la Iglesia y en el matrimonio el muro que la Iglesia no conoce, esclavizar y exterminar por la raza, y, por último, adorarla.

La doctrina católica responde con una sola verdad en todos los frentes: un solo Adán, una sola naturaleza, una sola Redención, una sola Iglesia para todas las gentes. Entre los hombres hay diferencias de lengua, de costumbre y de culto, y son reales; las de color y de rasgos son accidentes del cuerpo. La frontera que la Iglesia reconoce entre los pueblos es la misma que la Escritura traza en Dt 7,3-4 y que el derecho canónico conserva en la disparidad de cultos: la fe. Se cruza con el bautismo, que está al alcance de todo hombre. La raza, en el sentido del racismo, no se cruza nunca, y por eso no es una frontera cristiana.

La historia lo prueba. Donde la Iglesia tuvo poder, se mandó casar a los unos con los otros «para ser doctrinados en las cosas de nuestra Santa Fe Católica», el mestizo pudo ser sacerdote y el cacique, hidalgo. Donde se rompió con ella, en la Reforma, en el Estado liberal, en el darwinismo y en el neopaganismo, se prohibió el matrimonio, se separó la mesa del Señor, se regateó el bautismo y se anunció el exterminio. Un gobernador de California lo dijo sin querer en 1851: sin lazos de matrimonio, las razas «must ever remain at enmity». Contra eso, la Iglesia no opone una teoría de las razas, sino el sacramento que las hace una sola familia.