
La torre más alta de la cristiandad: Prevost, los drones y el kitsch coronado
El 10 de junio de 2026, centenario exacto de la muerte de Antoni Gaudí, el señor Robert Prevost —León XIV— inauguró y bendijo la torre de Jesucristo de la Sagrada Familia: con sus 172,5 metros, la iglesia más alta del mundo, por encima del Münster de Ulm (161,5 m). Hubo misa solemne, ocho mil asistentes, los reyes de España, el presidente del Gobierno y el de la Generalitat. Y hubo, sobre todo, el remate: un enjambre de drones que dibujó en el cielo el rostro de Gaudí —con la divisa «Primero el amor, después la técnica»— seguido de fuegos artificiales y la orquesta del Liceu.
Conviene detenerse en ese detalle, porque lo dice todo. En la consagración de un templo dedicado a Jesucristo, el cielo no se llenó del rostro de Cristo, sino del rostro del arquitecto. La inversión es exacta y no necesita comentario.
El estilo Disney de Gaudí
Tenemos que reconocer que aborrecemos el arte moderno como manifestación de una civilización en caída libre y sin paracaídas. Y la expresión perfecta de tal caída es lo que llamamos arte moderno, que se mueve entre la tomadura de pelo de un Picasso y el pastiche kitsch de Gaudí. Porque Gaudí es solo el reflejo de una burguesía catalana cuyo materialismo monetarista y cuyas tripas demasiado llenas financiaban este «arte» hortera y de mal gusto, más propio del mundo Disney que de una gran iglesia católica.
Hoy en día existe un consenso casi universal sobre el genio artístico de Gaudí. Pero ese consenso solo se ha alcanzado en los últimos años, a costa de olvidar juicios todavía más duros que el nuestro sobre el mal gusto del «arte» de Gaudí, verdadera coz en la tradición estética de Occidente. Por ejemplo, Orwell, en Homenaje a Cataluña, califica la Sagrada Familia de «uno de los edificios más feos del mundo». Por su parte, Nikolaus Pevsner la despachó como una arquitectura que crece «como panes de azúcar y hormigueros», en el «mal gusto». Y el arquitecto catalán Oriol Bohigas la tildó de «vergüenza mundial» y «barbaridad cultural». Y en 1965 y 1971, dos manifiestos firmados por Le Corbusier, Zevi, Miró, Tàpies y un centenar de arquitectos pidieron parar la obra. Y todavía una crítica reciente la describe como «monstruo sagrado», atracción de circo y kitsch de Disney.
Y a ese kitsch acumulado durante un siglo, la ceremonia del 10 de junio, con la presencia del señor Prevost, le añadió la coronación lógica: una liturgia de drones y pirotecnia, un son et lumière donde lo sagrado se disuelve en espectáculo. No es exagerado decir que superó en mal gusto y en barbarie cultural a la anterior y tristemente célebre vigilia de Madrid, y eso era difícil, porque el listón estaba muy alto. Lo estético y lo cúltico aquí son una sola cosa: la liturgia secular de la luz sustituye a la liturgia del altar. Es la religión del hombre en estado puro.
El arte masónico
La pertenencia o no de Gaudí a grupos masónicos y gnósticos es, en realidad, una pérdida de tiempo, porque, de ser así, parece que no podemos documentarla. Pero lo que no se puede negar es que el simbolismo básico de la obra de Gaudí, más que cristiano, es gnóstico. Y pongo, en la inauguración de esa torre de la Sagrada Familia, dos ejemplos: el de la altura de la torre y el de la «cruz» que la corona.
Jesucristo por debajo de la naturaleza
Gaudí fijó deliberadamente la cima del templo por debajo de la montaña de Montjuïc —de unos 177 metros— porque, según escribió, la obra del hombre no debe superar a la de Dios. De ahí los 172,5 metros: la criatura, un palmo por debajo de la creación.
Con eso establece que la Iglesia —la Sagrada Familia, en este caso— es una obra de hombres, mientras que la obra de Dios es la naturaleza. Y eso significa una exaltación de la naturaleza —siempre presente en Gaudí— hasta hacerla lo divino en el mundo, cosa que no ocurre con la Iglesia. Ahora bien, esa divinización de la naturaleza remite claramente a una posición pagana ante el mundo.

La cruz que corona la torre «Jesucristo» no es cristiana
La torre la remata una cruz tridimensional de cuatro brazos —«creu de quatre braços»—, de 17 metros de alto por 13,5 de ancho, de doble torsión, de cerámica y vidrio blancos, pensada para brillar día y noche. La basílica le da lectura cristológica: Cristo «luz del mundo».
Ahora bien, como esa cruz no puede ser el instrumento en el que se crucifica a un reo, se puede decir con seguridad que no es la cruz cristiana. Y, de hecho, nunca existió en la tradición iconográfica nada parecido a esa cruz. Donde sí existe es en toda la obra de Gaudí, y aparece no solo en la Sagrada Familia, sino en la mayoría de las obras profanas de Gaudí —incluido el masónico Parque Güell—, hasta el punto de que ha sido bautizada como «cruz gaudiniana» e identificada como la firma de Gaudí.
La cruz tridimensional no tiene precedente en el arte cristiano. Lo que sí lo tiene es otra cosa: es la cruz cósmica, el axis mundi —los cuatro vientos, los cuatro elementos, el eje que enlaza cielo y tierra— de las tradiciones paganas. Coronar el templo con el axis mundi donde debía ir el crucifijo es sincretismo sin más.
Súmese la altura —el templo por debajo de Montjuïc, «porque la obra del hombre no debe superar a la naturaleza»— y el patrón se cierra: una piedad cósmica y naturalista, no la del Calvario. La cruz y la cota señalan, juntas, a un Gaudí esoterista y pagano bajo la forma católica.
Un templo fuera del canon — y elevado a los cielos vía dron
De modo que el escándalo no es solo el feísmo. Es un templo levantado fuera de toda la tradición artística de la Iglesia: ni en sus formas ni en su cruz responde al canon del arte sacro. Un templo cargado de un simbolismo de ascendencia hermética y pagana, obra de un hombre formado en un medio masónico-anticlerical que sus propios postuladores admiten. Un templo que, en la fachada de la Pasión, exhibe además el Cristo desnudo de Subirachs, que convierte a la Sagrada Familia en un templo blasfemo y sacrílego, en el que el empeño de ofender a la fe católica —y, por tanto, a Dios mismo— es explícito.
Y sobre ese edificio la cadena conciliar ha hecho su obra. Bajo Francisco, Gaudí fue declarado Venerable (abril de 2025), un peldaño de la «fábrica de santos» posconciliar —el proceso venía de atrás (1992-2000), pero es la firma de Bergoglio la que lo encumbra—. Y bajo Prevost el templo se corona y el arquitecto es, literalmente, elevado a los cielos —aunque sea vía dron—, con su rostro dibujado en el firmamento sobre el lugar donde debería estar el de Cristo.
La iglesia más alta del mundo: en lo más alto, el símbolo de Gaudí y no el del Crucificado; luz sin altar, y en el cielo el rostro del arquitecto. El emblema perfecto, en piedra y en drones, de la religión del hombre.