Diálogos en Piedrasanta
En este diálogo:
[Domingo 30 de agosto de 2026, decimocuarto después de Pentecostés. La Casa del Peregrino a media tarde, con las dos ventanas de la sala abiertas y la puerta también, porque el calor de la semana no ha roto. Huele a hierba segada, a madera caliente y al café que Lucía Vidal ha dejado en la mesa larga; en el hogar no hay más que la ceniza gris de junio. Por el oeste se está armando una tormenta que lleva tres días prometida y no llega. La reunión del domingo por la tarde —cada familia ha comido en su casa, como siempre; aquí solo hay café— está casi completa: Miguel Mendoza en la cabecera, con los antebrazos sobre la mesa; Elena y las mujeres en el banco de la pared; Blas Ortega de pie junto a la puerta, con la espalda en la jamba; Pedro Sánchez en su sitio, con la gorra en la rodilla; Asunción al fondo, con el rosario, ochenta y cinco años; Tomás Mendoza, veinte, sentado en el suelo contra la piedra, como siempre. Blanca está junto a Ricardo, de ocho meses, con la mano en el costado; Buenaventura, que anda desde junio, va de un banco a otro agarrándose a las rodillas de quien pilla, y Ana María, que cumple tres en septiembre, duerme en el regazo de su abuela Asunción con la boca abierta. El padre Raita, que dijo la misa a las once, está sentado en el banco junto a Asunción, con las dos manos sobre el bastón: tiene ochenta y dos años y no se pierde la reunión de la tarde cuando está en el pueblo.
El visitante es Nicolás Argüelles, veinticuatro años, seminarista diocesano en un seminario del norte, segundo curso de teología. Es de Gijón: sobrino de Isabel Ortega, hijo de su hermana. Subió el jueves con Sebas en el Patrol, duerme y come en casa de sus tíos, y baja el martes. Alto, delgado, con gafas redondas y una camisa de cuadros remangada; educado, de sonrisa fácil, y con esa manera de escuchar inclinando la cabeza que enseñan en los cursos de acompañamiento. Ha oído la misa de la mañana desde el último banco. La epístola era la de las obras de la carne; el evangelio, el de los dos señores; y el padre Raita, en la homilía, leyó despacio dos versículos de la carta a los Romanos y otro de la primera a los Corintios, nombró a Letrán III, y habló, con esa voz que ya no levanta, de la «corrupción de la secta»: de un cardenal de Tokio que aplaude la propaganda de su gobierno, de otro de Múnich que manda bendecir parejas de hombres, de una misa en Londres por las bodas de oro de dos varones, y de los nombramientos de este mes en Roma.1 Nicolás ha llegado con los Ortega y no ha abierto la boca. Isabel lo mira de reojo.]
1. La palabra que hirió
NICOLÁS. —¿Puedo decir una cosa? Llevo desde la misa dándole vueltas y, si no la digo, me voy el martes con ella atragantada.
MIGUEL. —Para eso estamos aquí.
NICOLÁS. —Es sobre la homilía. Y lo digo con respeto, porque el padre Raita es un hombre de Dios, eso se ve; y porque estoy en casa de mis tíos y no quiero disgustar a nadie. Pero no puedo con lo que he oído esta mañana. «Sodomitas.» «Secta.» «Corrupción.» Eso no es lenguaje de Iglesia. Eso es lenguaje que hiere. Yo tengo en mi parroquia un grupo de acompañamiento donde vienen personas homosexuales que llevan años sin pisar un templo porque un cura les habló así; y si uno de ellos hubiese estado hoy en ese banco, no habría vuelto.
[Isabel Ortega ha bajado los ojos al delantal. Blas, en la puerta, no se ha movido. El padre Raita levanta la cabeza despacio.]
RAITA. —Hijo, te contesto yo, que soy el que ha predicado. Las tres palabras. «Sodomitas» la he leído, no la he dicho: estaba en la Biblia que tenía en la mano, en la carta a los Corintios, y la he leído entera para que se oyera de dónde viene.2 «Corrupción» es de la epístola de hoy, la de las obras de la carne: «de las cuales os prevengo, como ya os dije antes, que quienes tales cosas hacen no heredarán el reino de Dios».3 La única mía es «secta», y esa te la explicará Ricardo mejor que yo si llegáis a ella. Pero quiero que sepas una cosa: lo que has oído esta mañana lo he dicho todos los años desde 1967, en latín y en castellano, y durante mucho tiempo nadie me dijo que hería. Los primeros que me lo dijeron no fueron los fieles: fueron mis compañeros de curso, hacia el año setenta. Piensa en eso un momento. Y ahora hablad vosotros, que yo ya he predicado hoy.
NICOLÁS. —Padre, con respeto: hieren las tres, las lea o las diga.
BLANCA. —Y si no hiere más el silencio. Perdona, Nicolás, pero llevas cinco minutos diciendo «personas homosexuales», «personas LGTB», «personas en esa situación». Rodeos. ¿De qué estamos hablando exactamente? Porque si no lo nombramos, aquí vamos a estar hasta la noche hablando de nada.
NICOLÁS. —(sonríe, incómodo) Ya me habían dicho que la tía Blanca no se andaba con rodeos.
BLANCA. —No soy tu tía. Y no.
NICOLÁS. —Hablamos de personas que sienten atracción por las de su mismo sexo, y de cómo la Iglesia las trata.
RICARDO. —No. Eso es lo que hablas tú. El padre Raita esta mañana ha hablado de un acto. Un acto concreto, que tiene nombre desde el Génesis, que la Ley castiga con la muerte, que San Pablo pone en una lista con el adulterio y el robo, y que la Iglesia contó entre los cuatro pecados que claman al cielo. Tú hablas de una atracción y de un trato. Son dos conversaciones. Y todo el pleito de los últimos cincuenta años consiste en haber sustituido la primera por la segunda sin que nadie lo notara. Y fíjate en lo que has hecho con las palabras: has tomado dos de la Escritura y una nuestra, y las has metido en el mismo saco con la etiqueta de «lenguaje que hiere». Claro que hieren. También hiere «no poseerán el reino de Dios». La pregunta no es si hiere. Es si es verdad. Así que, si te parece, hagamos las dos conversaciones, pero por orden.
2. «Todos, todos, todos»
NICOLÁS. —Por orden, entonces. Y empiezo yo por lo que para mí es lo primero, que no es una lista de pecados: es Jesús. Jesús comía con publicanos y prostitutas. No echó a nadie. A la adúltera no la lapidó. Al leproso lo tocó. La Iglesia es un hospital de campaña, no una aduana. «Todos, todos, todos», dijo Francisco en Lisboa, y León lo ha repetido: todos están invitados. Y a mí me duele que aquí arriba, en un pueblo donde se hace la caridad de verdad —lo he visto estos días—, se predique como si Jesús hubiera dicho «algunos».
RICARDO. —A la adúltera no la lapidó. Termina la frase.
NICOLÁS. —«Yo tampoco te condeno.»
RICARDO. —Y después.
NICOLÁS. —«Vete y no peques más.»4
RICARDO. —Ahí está el Evangelio entero, y ahí está la diferencia entera. Cristo no condena a la mujer: condena el adulterio, lo llama pecado y le manda dejarlo. Las dos cosas, en la misma frase. Lo que tú llamas «todos, todos, todos» se ha quedado con la primera mitad y ha borrado la segunda. Y sin la segunda, la primera no es misericordia: es indiferencia. Al leproso lo tocó, sí: para curarlo. No lo tocó para decirle que la lepra era una forma de piel.
NICOLÁS. —Nadie dice eso.
RICARDO. —Luego te enseño quién lo dice, con fecha. Ahora quédate con esto: «acoger» no es palabra de San Pablo. La palabra de San Pablo es la contraria. «¿No sabéis que los injustos no poseerán el reino de Dios? No os engañéis.» No os engañéis. El Apóstol no habla de acoger: habla de quedar fuera. Y lo dice a los corintios, que habían sido eso mismo —«y esto erais algunos»— y habían sido lavados.5 Esa es la buena noticia: que se puede salir. Si le quitas la salida, le quitas la noticia.
NICOLÁS. —«¿Quién soy yo para juzgar?»
RICARDO. —«No juzguéis según las apariencias; juzgad con juicio recto.»6 Son las dos del mismo Cristo, y no se contradicen: la primera prohíbe juzgar el corazón, la segunda manda juzgar el acto. Yo no sé qué hay en el corazón de nadie. Sí sé lo que es un acto, porque me lo dice el Libro. Y Bergoglio, cuando dijo eso en el avión, hablaba de una persona que «busca al Señor y tiene buena voluntad»7: eso es el corazón. Nadie discute que Dios lo mire. Lo que se discute es si el acto es bueno. Y a eso, «¿quién soy yo?» no responde nada, porque no es una respuesta: es una manera de no darla.
[Buenaventura ha llegado hasta las rodillas de Nicolás y se ha quedado mirándolo. Nicolás le pone la mano en la cabeza, distraído. Blanca lo llama con un chasquido y el niño vuelve.]
3. Lo que está escrito
NICOLÁS. —Vale. Vamos al Libro, ya que lo pones en el centro. Porque yo también lo he leído, y no es tan sencillo. Jesús no dijo una palabra sobre la homosexualidad. Ni una. Habló del divorcio, del dinero, de la hipocresía; de esto, nada. Lo que hay son seis o siete textos —los famosos clobber passages, los llaman los exégetas americanos—, y todos tienen problemas. El Levítico está en medio de normas sobre tejidos mezclados y mariscos. Romanos 1 habla de idólatras paganos que van «contra su naturaleza», es decir, de heterosexuales que hacen lo que no les sale, no de personas cuya naturaleza es esa. Y la palabra de Corintios, arsenokoîtai, nadie sabe exactamente qué significa: puede ser la prostitución de muchachos, la pederastia, el abuso. Traducirla por «homosexuales» es una decisión del siglo XX, no de San Pablo.
RICARDO. —Has estudiado. Me alegro, porque así podemos hablar de verdad. Vamos por partes, y empiezo por la que más se repite: «Jesús no dijo nada». Tampoco dijo nada del incesto, ni de la violación, ni del maltrato a los niños. ¿Concluyes algo de ese silencio?
NICOLÁS. —No es lo mismo.
RICARDO. —Es exactamente lo mismo, y por la misma razón: Cristo no repitió lo que en Israel nadie discutía. Predicaba a judíos, y en Israel la cuestión estaba cerrada desde Moisés. Cuando habla del matrimonio, dice «varón y hembra los creó» y «los dos serán una sola carne»8: eso es toda su doctrina sobre el sexo, y no deja hueco. Y sobre Sodoma sí habló: dijo que a Cafarnaúm le iría peor que a Sodoma en el día del juicio,9 y puso «los días de Lot» como figura de su venida.10 No discute el pecado de Sodoma: lo da por sabido y lo usa como medida. Eso no es silencio.
NICOLÁS. —El Levítico.
RICARDO. —El Levítico distingue él mismo lo que tú mezclas. Los tejidos y los mariscos están en las leyes de pureza ritual. La prohibición del varón con varón está en el capítulo dieciocho, en la lista de las abominaciones por las que «la tierra vomitó» a los cananeos11: el incesto, el adulterio, el sacrificio de niños a Moloc, la bestialidad. ¿Quieres decirme que el sacrificio de niños a Moloc era ley ceremonial derogada por Cristo? Porque está en la misma lista, con la misma palabra: to’ebah. O cae toda la lista o no cae ninguna. Y ninguna cayó: San Pablo la recoge entera.
NICOLÁS. —Ahí está: Pablo. Romanos 1 habla de paganos idólatras.
RICARDO. —Habla de paganos idólatras, sí, y dice de ellos algo mucho más grave de lo que tú crees: que el vicio es el castigo. «Los entregó Dios a pasiones vergonzosas.»12 Tres veces lo repite: tradidit illos Deus. Primero abandonaron a Dios; después Dios los abandonó a eso. La sodomía no es en Romanos una falta entre otras: es la paga de la idolatría, lo que le pasa a un pueblo cuando cambia la verdad de Dios por la mentira. Y eso es lo que da miedo de nuestro tiempo, no que haya pecadores. Lo de «contra su naturaleza» lo has leído al revés: Pablo no dice que fueran contra su naturaleza individual, dice «dejando el uso natural de la mujer»: el uso natural es el que corresponde al cuerpo del varón, no a las inclinaciones de cada uno. Si fuera lo otro, el adúltero que «por naturaleza» es promiscuo tampoco pecaría. Y es el único lugar de toda la Escritura que menciona a las mujeres entre sí: «sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra la naturaleza». No hay ahí prostitución ni pederastia que valga.
NICOLÁS. —Y la palabra de Corintios.
RICARDO. —Arsenokoîtai. Dices que nadie sabe lo que significa. Sí se sabe, y se sabe cómo se fabricó. Abre el Levítico en griego, en los Setenta, que era la Biblia de Pablo. Dieciocho, veintidós: meta ársenos ou koimethése koíten gynaikós. Veinte, trece: hos an koimethê meta ársenos koíten gynaikós. Ársenos… koíten. Pablo pega las dos palabras del Levítico y hace una: arsenokoítes, «el que se acuesta con varón». No está inventando una categoría griega: está citando la Ley en hebreo con letras griegas.13 Y la pone al lado de malakoí, los blandos, los que hacen de mujer, para cubrir a los dos. Que en el siglo XX alguien haya decidido no saber lo que significa no es un problema del texto.
NICOLÁS. —Eso es una lectura. Hay otras.
RICARDO. —Hay otras desde 1955, que es cuando un exégeta anglicano, Bailey, se puso a buscarlas.14 Antes no había ninguna, en ninguna lengua, en ninguna Iglesia, en mil novecientos años. Y eso, para un católico, es un dato: la lectura unánime de los Padres es regla de interpretación. Si Pablo hubiera querido decir «pederastia», tenía la palabra griega, paiderastía, y no la usó. Usó la del Levítico.
4. El pecado de Sodoma
NICOLÁS. —Queda Sodoma, que es de donde viene la palabra que me hirió. Y ahí sí que la exégesis es clara, y no la mía: la de la Pontificia Comisión Bíblica. En 2019 publicó un estudio sobre antropología bíblica, con prólogo del cardenal Ladaria, prefecto de la Doctrina de la Fe, y dice que el relato del Génesis «no pretende presentar la imagen de una ciudad dominada por irrefrenables ansias homosexuales», sino denunciar a una ciudad que no acoge al extranjero.15 Falta de hospitalidad. Y lo funda en los profetas: Ezequiel dice que el pecado de Sodoma fue «soberbia, hartura de pan y mucha ociosidad», y no socorrer al pobre.16 Eso no lo dice un blog: lo dice Roma.
RICARDO. —Lo dice Roma en 2019. En 1986 la misma congregación, con el mismo Ratzinger al frente, decía lo contrario: «no cabe duda del juicio moral allí formulado contra las relaciones homosexuales».17 Entre 1986 y 2019 no hubo ningún descubrimiento. No apareció ningún papiro. Cambió el bando. Pero dejemos eso, que es lo de menos, y vamos al texto, que es lo de más. Has citado Ezequiel dieciséis, cuarenta y nueve. Lee el cincuenta.
NICOLÁS. —(saca el móvil, recuerda que no hay cobertura, lo guarda) No lo tengo aquí.
BLAS. —(desde la puerta, sin moverse) «Se ensoberbecieron y cometieron abominación delante de mí, y las quité de en medio cuando lo vi.» Cincuenta.
RICARDO. —Gracias, Blas. «Cometieron abominación.» To’ebah. La palabra técnica del Levítico dieciocho. El versículo que la Comisión cita para la hospitalidad tiene, un versículo más abajo, el nombre del pecado. Y no hace falta ni ir a Ezequiel: en el mismo capítulo diecinueve del Génesis, cuando Lot ofrece a sus hijas, dice de ellas «que no han conocido varón».18 El mismo verbo, «conocer», en el mismo pasaje, cuatro versículos después de que los hombres de la ciudad pidan a los huéspedes «para que los conozcamos». Si en el versículo ocho es carnal, en el cinco también. Y luego está lo que no puedes saltarte, porque es Escritura inspirada como el Génesis: San Judas. «Sodoma, Gomorra y las ciudades vecinas, que de igual modo habían fornicado, yéndose tras los vicios contra naturaleza, fueron puestas para escarmiento, sufriendo la pena del fuego eterno.»19 Y San Pedro: libró a Lot, «acosado por la conducta de los desenfrenados en su lascivia».20 Dos apóstoles nombran el pecado. Ninguno dice hospitalidad. Para leer el Génesis contra la carta de Judas hay que querer.
NICOLÁS. —Judas es un versículo.
RICARDO. —Un versículo inspirado vale más que un volumen de la Comisión Bíblica, que desde Montini no tiene autoridad ninguna: ella misma lo dice en su web.21 Y no es un versículo: es Judas, Pedro, Ezequiel dieciséis cincuenta, el Génesis diecinueve ocho, los Jueces diecinueve, que repiten la escena en Guibeá con violación consumada, Filón, Josefo, y todos los Padres sin una sola excepción. El Catecismo de Trento ya citaba tu Ezequiel dieciséis, cuarenta y nueve, hace cuatrocientos sesenta años, y lo leía como causa: la ociosidad «llevó a los sodomitas al más sucio pecado de lascivia».22 Sabían de la soberbia y de la hartura de pan. Lo que no se les ocurrió es que la soberbia fuera el pecado en vez de la lascivia, porque tenían el versículo cincuenta delante.
[Pedro Sánchez ha dado con la palma en la mesa.]
PEDRO SÁNCHEZ. —¡Y bajó fuego del cielo! ¡Azufre y fuego! Eso es lo que está escrito, y eso es lo que va a volver a bajar, porque lo de ahora es peor que Sodoma: en Sodoma no había obispos.
RICARDO. —Pedro, no. El fuego lo manda Dios cuando quiere y no lo administramos nosotros. Lo que dice la Escritura no es que vaya a bajar fuego sobre Múnich. Es algo más serio: que los que hacen eso no poseerán el reino. El fuego de Sodoma es la figura; lo figurado es la exclusión del reino, que no se ve y es peor. Si nos ponemos a anunciar azufre, hacemos de Nicolás un profeta y de nosotros unos locos, y tendría él razón en lo del lenguaje.
MIGUEL. —Sigue.
5. «Nadie elige su condición»
NICOLÁS. —Voy a concederte el texto, para avanzar, porque no he venido a discutir de griego. Pongamos que el acto está condenado. Yo no digo que no: el Catecismo lo dice. Lo que digo es otra cosa, y es lo que ha cambiado de verdad en la Iglesia, y para bien: que hoy sabemos que nadie elige su orientación. Que hay personas que se descubren así a los trece años, que rezan durante una década para dejar de serlo, que no lo eligieron ni lo quieren, y que la Iglesia les dice: «con respeto, compasión y delicadeza».23 Eso no es modernismo. Eso es haber entendido algo sobre la persona que en el siglo XII no se sabía: que hay gente que es así. La ciencia lo dice. Y cuando el padre Raita habla de «sodomitas» está mezclando a esa persona con el acto, como si fueran lo mismo.
RICARDO. —Es el mejor argumento que tienes, y te lo voy a tomar en serio. Pero fíjate primero en la fecha, porque las fechas son mi oficio. «Nadie elige su condición» no es de 1992: es de 1975. Ese año la Congregación para la Doctrina de la Fe —el antiguo Santo Oficio— publicó una declaración sobre ética sexual, Persona humana, firmada por su prefecto, el cardenal Šeper, y aprobada por Montini. Condena los actos en un párrafo y en el mismo párrafo introduce, por primera vez en un documento romano, la distinción entre homosexuales «transitorios» y homosexuales «irremediablemente tales por una especie de instinto innato o de constitución patológica, juzgada incurable».24 Es la puerta. Por ella entra la «condición». Antes de 1975, la Escritura, los Padres, Santo Tomás y los catecismos hablaban de un acto que un hombre comete. Desde 1975, se habla de algo que un hombre es. Y desde el momento en que es algo que se es, condenar el acto suena a condenar a la persona, que es exactamente lo que tú sientes.
NICOLÁS. —Porque es así. La ciencia lo dice.
RICARDO. —La ciencia no dice eso, y te lo resumo en tres frases para no marearte con cifras, que las tengo si las quieres. Primera: no hay nada en la biología que determine que un hombre sea homosexual. Ni gen, ni hormona, ni forma del cerebro. Se ha buscado con medio millón de genomas y con todos los gemelos de Suecia, y lo que se ha encontrado no sirve para predecir la conducta de nadie; dos gemelos con el mismo ADN, criados en la misma casa, en la mayoría de los pares discrepan.25 Segunda: lo que hay, como mucho, son factores que aparecen estadísticamente en una parte de los homosexuales —más hermanos varones mayores, ciertas variantes, cierta exposición hormonal en el útero— y que tampoco están ausentes en los que no lo son; ningún médico puede mirar a un hombre y decir «este lo es». Y esos factores, cuando se miran de cerca, no describen un diseño sino un accidente: el mejor establecido es que la madre fabrica anticuerpos contra una proteína del cerebro del hijo.26 Tercera: el factor que sale con más fuerza en los datos no es biológico: es social. Se declaran «LGBTQ+» el veintitrés por ciento de los nacidos después de 1997 y el tres por ciento de los nacidos antes de 1965; entre las chicas jóvenes, casi el treinta.27 Ningún gen se multiplica por ocho en cincuenta años. Lo que se ha multiplicado es la oferta de identidad. Y por debajo de lo social está lo único que a la postre decide: la voluntad libre de cada hombre, que es la que hace o no hace el acto.
NICOLÁS. —Pero la palabra «homosexual» no la ha inventado la propaganda. Existe.
RICARDO. —Existe desde 1868: la inventa un húngaro y la medicaliza un psiquiatra alemán al año siguiente. Antes, en todas las lenguas y todas las leyes, había un acto y un pecador; no había una especie de persona. Y ahí te voy a citar a un testigo que no es mío, con la advertencia de quién es: Foucault, homosexual él mismo, que construyó toda su obra para justificarlo, y que precisamente por eso lo dijo sin tapujos y hasta con gusto: «el sodomita era un reincidente; el homosexual es ahora una especie».28 Él lo celebraba como una liberación. Pero el hecho que reconoce es el que importa: la «especie» tiene ciento cincuenta años y la inventó la ciencia del siglo XIX, no el Génesis.
BLAS. —(desde la puerta) Y aunque fuera de nacimiento. Yo tengo una cabra que nació con una pata torcida. Nació así. No por eso digo que las cabras tengan cuatro maneras de tener las patas.
RICARDO. —Eso lo dijo Santo Tomás con otras palabras, y con setecientos años de adelanto sobre 1975. En la primera parte de la segunda, cuando trata de los placeres, se pregunta si hay placeres contra naturaleza, y dice que sí, y explica cómo puede ser que a un hombre le resulte connatural lo que va contra su naturaleza: «sucede que lo que es contra la naturaleza del hombre se hace connatural a un determinado hombre a causa de alguna corrupción natural existente en él», y esa corrupción, sigue, «puede ser por parte del cuerpo, por enfermedad, como a los que tienen fiebre las cosas dulces les parecen amargas; o por mala complexión, como algunos se deleitan comiendo tierra o carbón; o por parte del alma, por costumbre», y pone los ejemplos: comer hombres, el coito con bestias «o con varones».29 Fíjate: Tomás admite que la inclinación puede venir del cuerpo —enfermedad, complexión, lo que hoy llamaríamos anticuerpos u hormonas— y no le cambia el juicio: «lo que es contra la naturaleza de la especie llega a ser natural accidentalmente a tal individuo, como es natural al agua que ha sido calentada el que caliente». El agua caliente calienta. No por eso es la naturaleza del agua. Aristóteles ya lo había escrito: de esas inclinaciones, unas vienen «por naturaleza» y otras «por costumbre», y ni unas ni otras dejan de ser contra naturaleza.30 Que la inclinación venga del cuerpo no es un descubrimiento de 1975: es un caso previsto en 1270.
NICOLÁS. —Y aun así, la persona que siente eso no lo eligió.
RICARDO. —Ni tú eliges que te guste una mujer. Ningún hombre de esta sala eligió eso. Y a todos, sin excepción, la Iglesia nos pide castidad: al casado, la del matrimonio; al soltero, la total. A mí me pidió la total hasta los treinta y tres años, y no me preguntó si la inclinación la había elegido. La moral católica nunca ha juzgado las inclinaciones: ha juzgado los actos, y ha llamado concupiscencia a la inclinación desordenada que todos llevamos desde Adán. Que una inclinación no se elija no la hace buena: el que nace con más ira que otro no tiene licencia para pegar, y el hijo de alcohólico, que lleva la mitad de la carga en la sangre, no tiene licencia para beber. Lo que ha cambiado no es la ciencia. Es que se ha convertido una inclinación en una identidad, y una identidad no se corrige: se respeta. Ahí está el truco, y no es tuyo: es de cincuenta años, y lo escribieron dos publicistas americanos en 1989: había que convencer al público de que los homosexuales «nacen así», aunque ellos mismos admitían que no lo sabían, porque hablar de elección «abre la lata de gusanos de la elección moral y el pecado».31
NICOLÁS. —Pero reconocerás que hay una diferencia entre una inclinación desordenada y una perversión monstruosa, que es lo que sonaba esta mañana.
RICARDO. —Te voy a decir lo que dice Santo Tomás, y luego me dices si suena peor o mejor. En la Suma, el vicio sodomítico —«de varón con varón o de mujer con mujer, como dice el Apóstol»— es una de las cuatro especies del vicio contra naturaleza, y este es el más grave de los pecados de lujuria: más que el adulterio, más que el estupro.32 ¿Por qué más que el adulterio, si el adulterio hace daño a un tercero y esto, dices tú, no hace daño a nadie? Porque, dice Tomás, «así como el orden de la recta razón procede del hombre, así el orden natural procede de Dios; por eso en los pecados contra la naturaleza se comete una injuria contra Dios, ordenador de la naturaleza». Es una injuria contra Dios. No una cuestión de sensibilidad social. Y eso lo dice el santo más sereno que ha tenido la Iglesia, sin levantar la voz.
NICOLÁS. —Tomás tenía la biología de Aristóteles.
RICARDO. —Tomás tenía el Génesis: «varón y hembra los creó». Y la biología de hoy dice lo mismo que la de Aristóteles en lo único que importa aquí: que la sexualidad se define por la generación, que por eso hay dos sexos y no uno, y que un acto que no puede la función para la que existe la facultad no es una variante, como los ojos verdes: es una anomalía, como la anosmia. Y aquí te voy a dar la fecha que de verdad importa, porque no es la mía: es de una filósofa católica inglesa, Anscombe, en 1972: «Si los actos contraceptivos son lícitos, no veo cómo se puede mantener que los actos homosexuales son ilícitos. Ambos son actos sexuales intrínsecamente estériles, y elegidos como tales».33 Lo dijo cuatro años después de Humanae vitae, cuando media Iglesia decidió que la píldora era cosa de conciencia. Y tenía razón: en cuanto se acepta que el acto conyugal puede cerrarse a la vida por decisión propia, no queda ningún argumento contra el acto que está cerrado por naturaleza. Vuestros seminarios no han perdido la doctrina sobre la sodomía. La perdieron sobre el matrimonio en 1968, y lo demás vino solo.
[Elena se levanta a cerrar una de las ventanas: el viento ha empezado a entrar del oeste con olor a tierra mojada de lejos. Asunción cambia a Ana María de brazo sin despertarla.]
6. Puentes, ¿hacia dónde?
NICOLÁS. —Voy a hablarte de una persona, porque llevamos una hora hablando de textos. Se llama… da igual cómo se llama. Tiene cuarenta y dos años, está en el grupo de mi parroquia, vive con otro hombre desde hace once, cuida a su madre con alzhéimer, viene a misa todos los domingos y se sienta atrás. Cuando lo conocí no comulgaba y no se atrevía ni a persignarse. Ahora ayuda en Cáritas. El padre James Martin, que es a quien tú vas a llamar hereje dentro de un momento, escribió un libro que se titula Tender un puente34, y dice una cosa sencilla: que la Iglesia y las personas LGTB llevan décadas sin hablarse, y que alguien tiene que cruzar primero. Yo he cruzado. Y no te voy a pedir perdón por eso.
RICARDO. —No te lo pido. Te pregunto una sola cosa, y es la única que importa: ¿hacia dónde va el puente?
NICOLÁS. —Hacia Cristo.
RICARDO. —¿Y qué le vas a decir a ese hombre cuando llegue al otro lado?
[Silencio.]
RICARDO. —Porque un puente tiene dos orillas. Si en la otra orilla está Cristo, está el «vete y no peques más». Si no está, no es un puente: es un paseo. Tu amigo de cuarenta y dos años, que cuida a su madre y ayuda en Cáritas —y que Dios se lo pague—, ¿sabe por ti que lo que hace con el hombre con quien vive lo excluye del reino de Dios? ¿Se lo has dicho?
NICOLÁS. —No se lo he dicho así.
RICARDO. —¿Se lo has dicho de alguna manera?
NICOLÁS. —Le he dicho que Dios lo ama.
RICARDO. —Eso ya lo sabía: por eso volvió. Lo que no sabe, porque nadie se lo dice, es lo otro. Y ahí está toda la cuestión, Nicolás: el puente de Martin no lleva a ninguna parte porque no tiene segunda orilla. Martin nunca ha escrito, en ningún libro, que el acto sea pecado. Se lo han preguntado cien veces y cien veces ha dicho que él «no es teólogo moral». Un cura que no es teólogo moral para eso y sí para todo lo demás. Ese silencio es el método. No se niega la doctrina: se deja de decir. Y a los diez años nadie la recuerda, y al que la dice se le llama hiriente.
NICOLÁS. —¿Y qué propones? ¿Que le diga el primer día que va al infierno y que no vuelva?
RICARDO. —Propongo lo que hacía un confesor español del siglo pasado, que tenía un manual para la reja: «Por Dios, hermano mío, no cometa más un delito tan infame, porque Dios le castigaría ya en este mundo, por ser uno de aquellos pecados que piden venganza delante de Dios, y después le castigaría con las penas eternas del infierno».35 Hermano mío. Por Dios. Eso es lo que decía un cura a un sodomita en el confesionario, en España, hace ciento cincuenta años. Con ternura y sin mentirle. Y el que salía de ahí sabía dos cosas: que era un hermano y que tenía que dejarlo. Tu amigo sabe la primera. Le habéis robado la segunda, que es la que le salva.
TOMÁS. —Ricardo, ¿y si no puede dejarlo?
RICARDO. —Entonces lucha, cae, se confiesa y vuelve a luchar, como tú y como yo con lo nuestro. Eso es un cristiano. Lo que no puede hacer es sentarse en la situación y pedir que se la bendigan. Que es exactamente lo que viene ahora.
7. Lo que se bendice cuando se bendice a una pareja
NICOLÁS. —Fiducia supplicans. Ya sabía que llegaríamos. Y te digo lo que dice, no lo que dice la prensa: no bendice la unión. Lo dice cinco veces. No hay rito, no hay vestiduras, no coincide con la boda civil, dura diez segundos. Bendice a dos personas que se acercan a pedir la ayuda de Dios. ¿Vas a negarle a alguien la bendición de Dios?
RICARDO. —Sí. A quien no quiere dejar el pecado, sí se le niega, y se le ha negado siempre, y no por dureza: por obediencia a una orden expresa de Cristo. «Si tu hermano pecare, ve y corrígele a solas. Si no te escucha, toma contigo una o dos personas. Y si tampoco a ellos los escuchare, díselo a la Iglesia. Y si no escuchare a la Iglesia, tenle como un gentil y un publicano.»36 Eso es una gradación de la caridad que termina en una puerta cerrada, y la pone el Señor. Por eso el Código de 1917 mandaba apartar de la Eucaristía a los públicamente indignos, y por eso San Pablo entregó al incestuoso de Corinto «para que su espíritu se salve». A tu amigo, si viene aquí queriendo dejarlo, lo bendice el padre Raita y lo confiesa. Si viene con el otro, de la mano, a que les bendigan lo que tienen, no; y decirle que no es lo único que todavía puede salvarlo. Y ahora lo que dice Fiducia supplicans en el número treinta y uno, que no es eso. Dice, y lo cito: «la posibilidad de bendiciones de parejas en situaciones irregulares y de parejas del mismo sexo».37 Parejas. No dos individuos: la pareja. Y una pareja es la unión. Cuando dos hombres se ponen juntos delante del cura y piden que los bendiga como pareja, lo que hay delante del cura no son dos hijos de Dios con sus pecados: es el vínculo. Eso es lo que se bendice, porque eso es lo que se presenta. Decir «bendigo a la pareja pero no a la unión» es como decir «bendigo el matrimonio pero no el vínculo conyugal». Es una frase sin objeto.
NICOLÁS. —Es una distinción pastoral.
RICARDO. —Es una distinción que la misma congregación había declarado imposible dos años y nueve meses antes. Marzo de 2021, Responsum de la Doctrina de la Fe: «No es lícito impartir una bendición a relaciones o parejas, incluso estables, que implican una praxis sexual fuera del matrimonio… Dios no bendice ni puede bendecir el pecado».38 Firmado con la aprobación de Bergoglio. Diciembre de 2023: lo contrario, con la misma firma. ¿Qué cambió en dos años? Ni la Escritura, ni la Tradición, ni la teología moral. Cambió el prefecto. Y eso te demuestra una cosa que a ti debería importarte más que a mí: que la línea no se sostenía por doctrina, se sostenía por voluntad. Cuando la voluntad cambió, la doctrina no la sujetó. Porque ya no había doctrina: había un papel.
NICOLÁS. —Y León ha dicho que no se va más allá. Lo dijo en el avión de África, en abril: que la Santa Sede no está de acuerdo con la bendición formalizada de parejas, y que el tema divide más que une.39 Tú mismo lo citaste esta mañana… bueno, el padre Raita.
RICARDO. —Lo dijo, y hay que reconocérselo, porque no lo dice Bergoglio. Pero léelo entero. Dijo que no a la bendición formalizada, la de Marx en Múnich con folleto y cursillo; y lo dijo en nombre de Fiducia supplicans, «lo que Francisco permitió». Es decir: no al ritual, sí a la pareja. Y Marx sigue coordinando el Consejo de Economía, confirmado el once de este mes.40 Y en la misma respuesta añadió la frase que de verdad importa: que «la unidad o división de la Iglesia no debería girar en torno a asuntos sexuales… hay cuestiones mucho mayores y más importantes, como la justicia, la igualdad, la libertad». ¿Sabes lo que es esa frase, Nicolás? Es Gálatas cinco al revés. La epístola de hoy pone la fornicación, la impureza y la lujuria las primeras de la lista, antes que la idolatría, y dice que por ellas no se hereda el reino. Prevost dice que no giremos en torno a eso. Uno de los dos se equivoca de jerarquía. Y en septiembre del año pasado ya había dicho la otra: «tenemos que cambiar las actitudes antes de pensar siquiera en cambiar lo que la Iglesia dice».41 Primero la práctica; el texto, después. Eso no es prudencia. Es el método. Es exactamente lo que ha pasado desde 1970.
NICOLÁS. —¿Qué pasó en 1970?
RICARDO. —Que en Holanda se celebraron liturgias de unión de homosexuales y hasta una Missa pro homophilis, y el órgano oficial de la reforma litúrgica, Notitiae, tuvo que deplorarlo en marzo de aquel año.42 A los cinco años del Concilio. Y no pasó nada. Luego, 1975, la «condición». Luego, 1983, el Código nuevo borró los cánones que castigaban la sodomía: es el primer código de la historia de la Iglesia que no la nombra. Luego, 2019, Sodoma fue falta de hospitalidad. Luego, 2023, la bendición. Cada paso «no cambia la doctrina». Y al final de los pasos la doctrina está escrita en un papel que nadie lee, y en las parroquias hay misas del Orgullo. Eso es cambiar las actitudes antes que los textos. Prevost lo describió; no lo inventó.
[Blas Ortega ha entrado por fin en la sala y se ha sentado en el extremo del banco, frente a su sobrino político.]
BLAS. —Nicolás, una cosa. Yo he leído los documentos del Concilio, todos, porque en Gijón me dijeron que los leyera antes de irme y los leí. Y en ninguno sale la palabra. Ni una vez. Pero en Gaudium et spes sale otra cosa: que el amor conyugal es lo primero del matrimonio y los hijos vienen después.43 Lo cambiaron de orden. Y yo, que soy carpintero, sé que cuando cambias el orden de las piezas, la mesa se cae aunque las piezas sean las mismas. Lo que dice Ricardo de la inglesa esa es eso. Si el matrimonio es primero amor y luego hijos, dos hombres que se quieren tienen lo primero. Ya está. No hace falta que ningún papa lo diga.
NICOLÁS. —Tío, eso es una lectura muy…
BLAS. —Es la lectura de un carpintero. Pero la mesa se cae igual.
8. Lo que la Iglesia mandó
NICOLÁS. —Voy a decir lo que no he dicho todavía, porque me parece que aquí se está idealizando un pasado. La Iglesia, sobre esto, tiene mucho que pedir perdón. Quemó gente. Letrán III, que el padre Raita citó esta mañana con orgullo, manda excomulgar y expulsar. Pío V mandó entregar a los sodomitas al brazo secular, y el brazo secular los quemaba. La «doctrina de siempre» de la que habláis se aplicó con hoguera. Y yo no quiero esa Iglesia. Y no creo que Cristo la quisiera.
RICARDO. —No. No hay nada que pedir perdón, y te voy a decir por qué sin esconderme detrás de tecnicismos, aunque los tecnicismos también cuentan. Primero, el hecho: la Iglesia no ejecutó a nadie. Ecclesia abhorret a sanguine: Letrán IV prohibió a los clérigos dictar o ejecutar sentencias de sangre; el tribunal eclesiástico juzgaba, degradaba al clérigo si lo era, y entregaba al reo al brazo secular, que aplicaba su propia ley.44 Y la sodomía, en concreto, fue delito civil antes que eclesiástico: las Partidas, la pragmática de los Reyes Católicos de 1497, los estatutos de las ciudades italianas la castigaban con la muerte sin que interviniera ningún obispo; la Inquisición solo la juzgó donde la Corona le dio competencia, en Aragón, y en Castilla nunca. Segundo, y esto es lo que importa: no me refugio en que «lo hacía el príncipe», porque el príncipe tenía derecho a hacerlo y la Iglesia lo enseñó. La pena de muerte es un derecho de la ley: «no en vano lleva la espada; es ministro de Dios, vengador para castigo del que obra mal», dice San Pablo del magistrado pagano.45 Y Cristo a Pilatos, que iba a matarlo injustamente: «no tendrías poder alguno sobre mí si no te hubiera sido dado de arriba»46: ni siquiera al poder que lo crucificaba le negó que el poder de la espada viene de Dios. El Catecismo de Trento lo enseña a los párrocos en el quinto mandamiento; Santo Tomás lo demuestra; y cuando Lutero dijo que quemar herejes era contra la voluntad del Espíritu, León X condenó la proposición.47
NICOLÁS. —Por herejía. Por un pecado.
RICARDO. —Por los delitos más graves. Dios tiene la muerte por castigo proporcionado al asesinato, y la Ley se la dio a este pecado con la misma palabra que al homicidio. ¿Por qué? Porque hay algo peor que matar un cuerpo: matar almas. El hereje y el que corrompe a los jóvenes en el vicio nefando llevan a la perdición eterna a muchos, y un príncipe cristiano que castigaba eso con la muerte no hacía una barbaridad medieval: hacía lo que hoy hace cualquier Estado con el que envenena un pozo. Que ahora nos parezca monstruoso no dice nada de ellos; dice que hemos dejado de creer que el alma se pierde. Y una cosa más, para que no te lleves la caricatura: los tribunales de la Iglesia daban garantías que los civiles de su tiempo no daban —defensor, actas, apelación—, y los historiadores que menos nos quieren reconocen que fueron mucho menos letales que la justicia del rey. La Iglesia defendía a sus hijos del poder secular. A los que se ponían fuera de ella, no; y eso no es un fallo de la caridad: es su límite. Ahora mira lo que dice Letrán III, que es concilio ecuménico, no un obispo de Castilla: «Todos los que sean hallados culpables de aquel vicio contra naturaleza por el que la ira de Dios cayó sobre los hijos de la desobediencia y destruyó las cinco ciudades con fuego: si son clérigos, sean expulsados del clero o encerrados en monasterios a hacer penitencia; si laicos, incurran en excomunión».48 Fíjate en la razón que da: no «porque escandaliza», no «porque es indecente»: porque es aquello por lo que Dios quemó Sodoma. La Iglesia en 1179 sabía exactamente qué pecado era el de Sodoma. No lo aprendió del rumor: lo puso en un canon.
NICOLÁS. —Y la excomunión.
RICARDO. —La excomunión no es la hoguera. Es lo que San Pablo hizo con el incestuoso de Corinto: «sea quitado de en medio de vosotros… para que su espíritu se salve».49 Se excomulga para curar. Y esa lógica duró hasta anteayer. El Código de 1917, el que rigió hasta el Concilio, tenía la sodomía en el libro de los delitos, entre los que van contra el sexto mandamiento, con tres escalones. Al laico condenado por ella, el canon 2357 lo declaraba infame por el hecho mismo, sin esperar sentencia, además de lo que el obispo quisiera añadir; y la infamia de derecho lo inhabilitaba para las órdenes, para todo oficio y beneficio y para los actos legítimos de la Iglesia: ser padrino de bautismo o de confirmación, testigo cualificado; y solo la Santa Sede podía levantarla. Al clérigo menor, el 2358 lo castigaba hasta con la expulsión del estado clerical. Y al clérigo de órdenes mayores, secular o religioso, el 2359: «sean suspendidos, declarados infames, privados de todo oficio, beneficio, dignidad o cargo, y en los casos más graves depuestos».50 Si el pecado era público había que apartarlo además de la comunión. Ahora compara: en 2023 la Doctrina de la Fe dijo que un hombre que vive con otro puede ser padrino de bautismo.51 A quien la Iglesia no dejaba sostener a un niño en la pila, la estructura de hoy le entrega el niño. No es que la pena se haya suavizado, Nicolás. Es que se ha invertido el signo.
NICOLÁS. —Porque se ha entendido que la fe del padrino no se mide por su vida sexual.
RICARDO. —Se ha entendido lo contrario de lo que entendió la Iglesia durante mil novecientos años, y lo que entendió San Pablo. Eso no es entender: es cambiar de religión. Y como no se puede decir que se ha cambiado, se dice que se ha «entendido». Es la palabra de Prevost: cambiar las actitudes. La actitud del padrino cambió; el canon 765 sigue en el libro, muerto.
[Un trueno, todavía lejos. Nadie mira a la ventana salvo Buenaventura, que se ha quedado quieto.]
9. Por qué el padre Raita dijo «secta»
NICOLÁS. —Y ahora la palabra que es vuestra. «Secta.» Yo puedo aceptar que discutáis Fiducia supplicans: la discuten cardenales. Puedo aceptar que os parezca mal James Martin. Lo que no puedo aceptar es que un cura, en una misa, llame secta a la Iglesia católica. A mi obispo. A mi seminario. A mis compañeros. A mí. Eso no es una discusión teológica: es una excomunión desde un pueblo de treinta habitantes.
RICARDO. —Cuarenta y tantos, con los Velasco. Y no es una excomunión: no tenemos poder para eso. Es un juicio, y los juicios se dan con razones. Te doy la mía en tres pasos, y luego la discutes por donde quieras.
Primero. Letrán III, en 1179, un concilio ecuménico, excomulga por la sodomía y da por razón el fuego de Sodoma. San Pío V, en 1568, manda que al sacerdote que la comete se le quite todo cargo y beneficio, se le prive del estado clerical y se le entregue al juez civil. El Código de 1917 declara infame al que la comete. Los catecismos, hasta 1965, la enseñan a los niños entre los cuatro pecados que claman al cielo. Eso es la Iglesia católica: enseñanza constante, universal, con concilio, con papa santo, con ley y con catecismo.
Segundo. La estructura que hoy ocupa los edificios bendice a la pareja, la deja apadrinar, publica que quizá el pecado no esté en la relación, lleva a mil cuatrocientas personas con una cruz arcoíris por la Puerta Santa en el calendario oficial del Jubileo,52 nombra obispos que lo celebran y responde, cuando se le pregunta, que la unidad no debería girar en torno a eso.
Tercero. Un mismo sujeto no puede sostener las dos cosas. Y aquí es donde está la fe, no la política. Si un papa enseña una cosa como de fe, con concilio y con canon, y viene otro después y enseña lo contrario, la Iglesia no ha cambiado de opinión, porque la Iglesia es infalible en materia de fe y costumbres: Cristo se lo prometió. Lo que ha pasado es que el segundo se ha puesto fuera. Es hereje, y lo que él llame «corrección» o «desarrollo» no vale nada, porque el que está fuera no enseña por la Iglesia. Y no me digas que la de 1179 es el error, porque es la de San Pablo, y si San Pablo se equivocó en esto se equivocó en todo y cerramos el libro. Eso es lo que quiere decir «secta»: una comunidad que enseña otra cosa que la Iglesia y ocupa su sitio. No es un insulto. Es una conclusión. Si está mal sacada, dime dónde.
NICOLÁS. —Está mal sacada porque la Iglesia no ha cambiado la doctrina. El Catecismo sigue diciendo «intrínsecamente desordenados». Lo dice hoy.
RICARDO. —Lo dice hoy, y el número 1867 del mismo catecismo conserva todavía «el pecado de los sodomitas» entre los que claman al cielo.53 Como un fósil. Pero que la frase siga impresa no la convierte en doctrina de quien la desactiva. Repite lo que la Iglesia enseñaba antes: la autoridad está en San Pablo y en Letrán III, no en quien copia la frase en la página 500 y bendice lo contrario en la puerta. Y tú mismo me lo has demostrado hace un rato: llevas una hora defendiendo que el acto está condenado «en el Catecismo» y que a tu amigo no hay que decírselo. Eso es exactamente la situación: doctrina en el escaparate, práctica en la trastienda. El padre Raita no ha llamado secta a tus compañeros. Ha llamado secta al sistema que les enseña a callar.
[El padre Raita ha golpeado dos veces el suelo con la contera del bastón, sin fuerza, como quien pide la palabra en una clase.]
RAITA. —Una cosa, Ricardo, y os la devuelvo. (a Nicolás) Hijo, lo del sistema que enseña a callar lo he visto yo empezar. Entré en el seminario en 1963 y me ordenaron en el 67, antes de la reforma. Cuando entré, esto que tú llamas hiriente lo decían todos los profesores de moral sin que nadie parpadeara. Cuando salí, ya había uno que decía que había que «comprender». Cuatro años. No hizo falta más. Seguid.
10. El seminario
TOMÁS. —Nicolás, ¿puedo preguntarte una cosa que no es de teología?
NICOLÁS. —Claro.
TOMÁS. —¿Cómo es el seminario? Por dentro. Cómo se vive.
[Nicolás mira a Tomás, después a Ricardo, después a su tía. Tarda.]
NICOLÁS. —¿Por qué lo preguntas?
TOMÁS. —Porque yo quiero ser cura y no sé todavía dónde. Y tú estás en uno.
NICOLÁS. —Se vive… bien. Se estudia, se reza, hay comunidad. Hay gente muy buena. Tengo un formador que es un santo.
BLANCA. —Eso no es lo que ha preguntado.
NICOLÁS. —(se quita las gafas, se frota los ojos, se las vuelve a poner) Vale. Lo voy a decir porque me lo ha preguntado un chaval que quiere ser cura y porque, si no lo digo yo, lo va a decir Ricardo con un libro en la mano, y prefiero decirlo yo. En mi seminario hay mucha… de eso. Mucha. No es un rumor: es la vida. Hay un grupo. No es secreto, es un grupo; se saben quiénes son, tienen su manera de hablar y sus bromas y se protegen. Hay parejas. Hay uno de mi curso que se fue a Pascua porque no aguantaba las insinuaciones de otro de quinto y no se atrevió a decir por qué se iba; lo dijo después, fuera. Los formadores lo saben. Uno de ellos… mejor no. Y la instrucción esa de 2005 que dice que no se admite a quien practica o tiene la tendencia arraigada,54 la conocemos todos y no la aplica nadie: si se aplicara, el seminario se quedaría en la mitad. Cuando entré me lo dijo un compañero el primer mes: «Aquí hay dos seminarios, y tú tienes que elegir a cuál de los dos vas». Yo elegí el otro. Pero el primero existe, y es más grande de lo que os pensáis. Ya está. Eso es lo que hay.
[Nadie habla. Isabel Ortega se ha llevado la mano a la boca. Pedro Sánchez, por una vez, no ha dado en la mesa.]
RICARDO. —Gracias.
NICOLÁS. —No me des las gracias, que no lo digo por ti. Lo digo por Tomás. Y no cambia nada de lo que he defendido: que haya pecadores en el seminario no hace falsa la misericordia.
RICARDO. —No cambia nada de lo que has defendido. Cambia todo lo que has negado. Porque lo que acabas de describir no es «que haya pecadores», que los ha habido siempre y los habrá. Es un sistema: un grupo, una protección, unos formadores que saben, una instrucción que no se aplica, un chico que se va y no puede decir por qué. Y ese sistema no salió de la nada. Ratzinger lo escribió en 2019, cuando ya no era nada: «en varios seminarios se establecieron grupos homosexuales que actuaban más o menos abiertamente y que cambiaron significativamente el clima».55 Lo dice quien fue veinticuatro años prefecto de la Doctrina de la Fe sin cortarlo. Michael Rose lo documentó en 2002 con nombres de seminarios americanos. Un rector de seminario americano lo llamó «subcultura» en 2000 y calculó porcentajes. Un periodista homosexual, Martel, que no es enemigo de nadie, estimó que en el Vaticano son la mayoría.56 Tú acabas de añadir el tuyo. Y la pregunta que te dejo no es de teología: ¿de dónde crees que sale la «pastoral de puentes»? ¿Del Evangelio, o del primero de los dos seminarios, que necesita que nadie nombre el acto para poder seguir?
NICOLÁS. —Eso es una insidia.
RICARDO. —Es una hipótesis, y te la formulo como tal. Cuando una doctrina se vacía justo en la materia en que la mitad de quienes deberían enseñarla la practican, la explicación más simple no es que hayan comprendido mejor la persona humana. Es la de siempre: nadie predica contra su propio pecado. Un hombre puede engañarse sobre muchas cosas; sobre esta, la explicación más caritativa es la más sencilla. Y por eso el padre Raita dijo «corrupción» y no «error». El error se discute. La corrupción se protege, y protege a los suyos, y calla, y llama hiriente al que habla. Tú has visto lo primero en tu seminario y has llamado hiriente al que habla en esta iglesia. Junta las dos cosas.
RAITA. —Nicolás. Te lo he dicho antes de pasada y te lo digo ahora entero. En el 63, cuando yo entré, esto empezaba. No era un grupo todavía: eran dos o tres, y aquel profesor de moral que decía que había que «comprender». En el 67, cuando salí, ya era una manera de estar. Yo he visto nacer lo que tú describes, hijo. No te lo digo para ofenderte aún más. Te lo digo para que sepas que no es lo normal. Que hubo un tiempo en que no existía, y ese tiempo no es una leyenda: soy yo.
NICOLÁS. —(al cabo) ¿Y qué hago?
RICARDO. —Lo que le dirías a tu amigo si le dijeras la verdad: lo que Dios te dé. Yo no te voy a decir que te vayas ni que te quedes, porque no es mío. Te voy a decir lo que sí es mío, porque es de todos: que no hay dos seminarios. Hay uno, que es el de Cristo, donde se sabe qué es el pecado y se le dice al pecador que lo deje porque se le quiere; y hay otra cosa, que se llama de otra manera. Y te digo también qué es el amor, porque toda la tarde has hablado de él y no lo has definido. Amar al hermano no es apoyarle el mal ni buscarle justificaciones: es denunciárselo, y si no escucha, apartarse de él para que caiga en la cuenta; eso es lo que manda Cristo en Mateo dieciocho y lo que hizo San Pablo en Corinto, y lo hicieron por amor. «Odia a su hijo el que da paz a la vara; el que le ama se apresura a corregirle», dice la Escritura57; y «el Señor corrige al que ama». El padre que no usa la vara no ama a su hijo: lo abandona con buenas palabras. Tú has estado tres días oyendo aquí la vara y te ha dolido. Piensa por qué te ha dolido más la vara que lo que acabas de contar.
[Cae el primer agua, gorda y separada, sobre las losas de fuera; entra el olor a polvo mojado. Elena y Lucía se levantan a cerrar. Nicolás se queda sentado, con las manos entre las rodillas, mirando la ceniza del hogar. Miguel Mendoza, que no ha dicho nada en dos horas, se levanta, pasa por detrás de él y le pone la mano en el hombro un momento, sin pararse, y sale a meter la leña que había fuera. Isabel se acerca a su sobrino y le habla bajo. Tomás sigue contra la piedra, con la cabeza apoyada en la pared y los ojos abiertos. Blanca coge la mano de Ricardo por debajo de la mesa y se la aprieta, y él entiende que es por el niño que viene, y por el que ya anda, y por el que se les ha sentado esta tarde en el banco de enfrente con veinticuatro años: que todo lo que se puede hacer es decir la verdad y dejar lo demás en las manos de quien manda la lluvia cuando quiere.]
Notas
Piedrasanta
La novela y los diálogos
La novela de la comunidad católica en tiempos de apostasía. — Miguel Echeverría
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