domingo, 11 de agosto de 2047
X Domingo después de Pentecostés
Introito (Ps. 54, 17-20; 54, 23)
Dum clamárem ad Dóminum, exaudívit vocem meam, ab his, qui appropínquant mihi: et humiliávit eos, qui est ante sǽcula et manet in ætérnum: jacta cogitátum tuum in Dómino, et ipse te enútriet. Exáudi, Deus, oratiónem meam, et ne despéxeris deprecatiónem meam: inténde mihi et exáudi me.
Pero yo he clamado a Dios, y el Señor me salvará. Tarde y mañana y al mediodía contaré y expondré al Señor mis necesidades, y él oirá benigno mi voz. Sacará a paz y salvo mi vida de los que me asaltan, conjurados en compañía de muchos para perderme. Dios me oirá; y aquel que existe antes de todos los siglos los humillará. Ellos están obstinados, y no tienen temor de Dios. Ha extendido el Señor la mano para darles su merecido. Profanaron su alianza; Arroja en el seno del Señor tus ansiedades, y él te sustentará; no dejará al justo en agitación perpetua. [Torres Amat]
Colecta
Deus, qui omnipoténtiam tuam parcéndo máxime et miserándo maniféstas: multíplica super nos misericórdiam tuam; ut, ad tua promíssa curréntes, cœléstium bonórum fácias esse consórtes. Per Dóminum nostrum Jesum Christum, Fílium tuum: Qui tecum vivit et regnat in unitáte Spíritus Sancti Deus, per ómnia sǽcula sæculórum. Amen.
Oh Dios, que manifestáis vuestra omnipotencia sobre todo perdonando y compadeciéndoos: multiplicad sobre nosotros vuestra misericordia; para que, corriendo hacia vuestras promesas, nos hagáis partícipes de los bienes celestiales. Por nuestro Señor Jesucristo, vuestro Hijo, que con Vos vive y reina en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por todos los siglos de los siglos. Amén.
Epístola (1 Cor. 12, 2-11)
Léctio Epístolæ beáti Pauli Apóstoli ad Corínthios Fratres: Scitis, quóniam, cum gentes essétis, ad simulácra muta prout ducebámini eúntes. Ideo notum vobisfacio, quod nemo in Spíritu Dei loquens, dicit anáthema Jesu. Et nemo potest dícere, Dóminus Jesus, nisi in Spíritu Sancto. Divisiónes vero gratiárum sunt, idem autem Spíritus. Et divisiónes ministratiónum sunt, idem autem Dóminus. Et divisiónes operatiónum sunt, idem vero Deus, qui operátur ómnia in ómnibus. Unicuíque autem datur manifestátio Spíritus ad utilitátem. Alii quidem per Spíritum datur sermo sapiéntiæ álii autem sermo sciéntiæ secúndum eúndem Spíritum: álteri fides in eódem Spíritu: álii grátia sanitátum in uno Spíritu: álii operátio virtútum, álii prophetía, álii discrétio spirítuum, álii génera linguárum, álii interpretátio sermónum. Hæc autem ómnia operátur unus atque idem Spíritus, dívidens síngulis, prout vult.
Bien sabéis vosotros que cuando erais paganos, os ibais en pos de los ídolos mudos, según erais conducidos. Ahora, pues, yo os declaro que ningún verdadero profeta, ningún hombre que habla inspirado de Dios, dice anatema a Jesús . Ni nadie puede confesar que Jesús es el Señor, sino por el Espíritu Santo. Hay, sí, diversidad de dones espirituales, mas el Espíritu es uno mismo. Hay también diversidad de ministerios, mas el Señor es uno mismo. Hay así mismo diversidad de operaciones sobrenaturales, mas el mismo Dios es el que obra todas las cosas en todos. Pero los dones visibles del Espíritu Santo se dan a cada uno para la utilidad. Así el uno recibe del Espíritu Santo el don de hablar con profunda sabiduría; otro recibe del mismo Espíritu el don de hablar con mucha ciencia; a éste le da el mismo Espíritu una fe o confianza extraordinaria; al otro la gracia de curar enfermedades por el mismo Espíritu; a quién el don de hacer milagros, a quién el don de profecía, a quién discreción de espíritus, a quién don de hablar varios idiomas, a quién el de interpretar las palabras, o razonamientos. Mas todas estas cosas las causa el mismo indivisible Espíritu, repartiéndolas a cada uno según quiere. [Torres Amat]
Gradual (Ps. 16, 8; 16, 2)
Custódi me, Dómine, ut pupíllam óculi: sub umbra alárum tuárum prótege me. De vultu tuo judícium meum pródeat: óculi tui vídeant æquitátem. Allelúja, allelúja. Te decet hymnus, Deus, in Sion: et tibi reddétur votum in Jerúsalem. Allelúja.
De los que resisten el poder de tu diestra, guárdame Señor, como a las niñas de los ojos. Ampárame bajo la sombra de tus alas, contra los impíos que me persiguen. Han cercado mis enemigos mi alma. Salga de tu benigno rostro mi sentencia; miren tus ojos la justicia de mi causa. [Torres Amat]
Evangelio (Luc. 18, 9-14)
Sequéntia sancti Evangélii secúndum Lucam In illo témpore: Dixit Jesus ad quosdam, qui in se confidébant tamquam justi et aspernabántur céteros, parábolam istam: Duo hómines ascendérunt in templum, ut orárent: unus pharisǽus, et alter publicánus. Pharisǽus stans, hæc apud se orábat: Deus, grátias ago tibi, quia non sum sicut céteri hóminum: raptóres, injústi, adúlteri: velut étiam hic publicánus. Jejúno bis in sábbato: décimas do ómnium, quæ possídeo. Et publicánus a longe stans nolébat nec óculos ad cœlum leváre: sed percutiébat pectus suum, dicens: Deus, propítius esto mihi peccatóri. Dico vobis: descéndit hic justificátus in domum suam ab illo: quia omnis qui se exáltat, humiliábitur: et qui se humíliat, exaltábitur.
Dijo asimismo a ciertos hombres que presumían de justos, y despreciaban a los demás, esta parábola: Dos hombres subieron al templo a orar, el uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba en su interior de esta manera: ¡Oh Dios!, yo te doy gracias de que no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces a la semana; pago los diezmos de todo lo que poseo. El publicano, al contrario, puesto allá lejos, ni aun los ojos osaba levantar al cielo; sino que se daba golpes de pecho, diciendo: Dios mío, ten misericordia de mí, que soy un pecador. Os declaro, pues, que éste volvió a su casa, justificado, mas no el otro; porque todo aquel que se ensalza, será humillado; y el que se humilla, será ensalzado. [Torres Amat]
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Lucas 18, 9-14 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
San Agustín, De verb. Dom. serm. 36. Como la fe no es propia de los soberbios, sino de los humildes, añadió a todo lo dicho anteriormente la parábola de la humildad en contra de la soberbia. Por esto dice: "Y dijo también esta parábola a unos que confiaban en sí mismos", etc.
Teofilacto. Como la soberbia atormenta las mentes de los hombres más que las otras pasiones, aconseja respecto de ella con el mayor interés. La soberbia es el menosprecio de Dios. Cuando alguno se atribuye las buenas acciones que ejecuta y no a Dios, ¿qué otra cosa hace más que negar a Dios? La causa que tienen para confiar en sí mismos, consiste en no atribuir a Dios lo bueno que hacen, por cuya razón el Señor propone esta parábola, para los que le menosprecian por los demás. Así queda claro la justicia, aun cuando aproxime los hombres a Dios, si va acompañada de la soberbia, arroja al hombre al abismo, por lo que sigue: "Dos hombres subieron al templo a orar", etc.
Griego o Asterio, in Cat. graec. Patr. Con la viuda y el juez el Señor nos enseñó la diligencia de la oración. Ahora nos enseña por el fariseo y el publicano el modo de dirigirle nuestras súplicas, para que no sea infructuosa la oración. El fariseo fue condenado porque oraba sin atención. Y prosigue: "El fariseo estando en pie, oraba en su interior de esta manera".
Teofilacto. Cuando dice que está de pie indica el orgullo de su alma, porque aparecía muy soberbio aun en su actitud.
San Basilio. Dice también: "Oraba en su interior", como si no orase delante de Dios; porque se volvía a sí mismo por el pecado de la soberbia. Sigue pues: "Dios mío, gracias te doy".
San Agustín, ut sup. No es reprendido porque da gracias a Dios, sino porque no deseaba ya nada para sí. Luego ya estás lleno ya abundas, no hay para qué digas ( Mt 6,12): perdónanos nuestras deudas. ¿Qué sucederá, pues, al impío que se opone a la gracia, cuando es reprendido el que las da con soberbia? Oigan los que dicen: Dios me ha hecho hombre y yo me hago justo. ¡Oh fariseo, el peor y el más detestable, que se llamaba a sí mismo justo, con soberbia y después daba gracias a Dios!
Teofilacto. Observa el orden de la oración del fariseo. En primer lugar citó lo que le faltaba; después añade lo que tenía; sigue, pues: "Porque no soy como los demás hombres".
San Agustín, ut sup. Si solamente dijese "como muchos hombres"; pero ¿qué quiere decir los demás hombres, sino todos, excepto él mismo? "Yo, dijo, soy justo, los demás hombres son pecadores".
San Gregorio, Moralium 23,7. De cuatro maneras suele demostrarse la hinchazón con que se da a conocer la arrogancia. Primero, cuando cada uno cree que lo bueno nace exclusivamente de sí mismo; luego cuando uno, convencido de que se le ha dado la gracia de lo alto, cree haberla recibido por los propios méritos; en tercer lugar cuando se jacta uno de tener lo que no tiene y finalmente cuando se desprecia a los demás queriendo aparecer como que se tiene lo que aquéllos desean. Así se atribuye a sí mismo el fariseo los méritos de sus buenas obras.
San Agustín, ut sup. Y como el publicano estaba cerca de él, se le presentaba ocasión para aumentar su orgullo. Prosigue: "Así como este publicano". Como diciendo: Yo soy único, éste es como los demás.
Crisóstomo, serm. De fariseo et De publicano. Toda la naturaleza humana no bastó a su menosprecio, sino que se refirió también al publicano. Su falta habría sido menor si le hubiese exceptuado, pero en esta ocasión con una sola palabra ofende a los ausentes y lacera la herida del que está presente. Porque la acción de gracias no es una agresión en contra de los demás. Cuando das gracias a Dios, sólo El debe bastar para ti. No te dirijas a los demás hombres ni condenes a tu prójimo.
San Basilio. El orgulloso se diferencia del calumniador sólo en la apariencia. Este se ocupa de ofender a los demás y aquél de ensalzarse a sí mismo por su excesivo orgullo.
Crisóstomo, ut sup. El que calumnia a los demás hace muchos males para sí y para otros. En primer lugar hace mal a quien le oye, porque si es pecador, hace que se alegre, porque ha encontrado un compañero de culpabilidad, y si es justo hace que se enorgullezca, porque al ver las faltas ajenas se cree aun mejor. También ofende en segundo lugar a toda la Iglesia, porque todos los que le oyen no sólo censuran al que faltó, sino que también incluyen en su menosprecio a la religión cristiana. En tercer lugar, da ocasión a que se blasfeme de Dios; porque así como el nombre de Dios es alabado cuando obramos bien, así también es blasfemado cuando pecamos. En cuarto lugar confunde a aquél que oyó la ofensa, haciéndole más petulante y enemigo suyo. Y en quinto lugar hace ver que merece castigo por las palabras pronunciadas.
Teofilacto. Conviene, pues, no sólo evitar el mal, sino también obrar el bien. Por tanto, habiendo dicho: "No soy como los otros hombres, robadores, injustos, adúlteros", añade en contraposición: "Ayuno dos veces en la semana". La palabra sábado en latín representa aquí toda la semana a partir desde el último día de descanso. Los fariseos, pues, ayunaban los lunes y los jueves. Opuso los ayunos al crimen del adulterio; porque de la voluptuosidad viene la lascivia. A los ladrones y a los injustos opuso las décimas; porque dice: "Doy el décimo de todo lo que poseo". Como diciendo: Rehuyo los robos y las malas acciones y doy mis propios bienes.
San Gregorio, Moralium 19,17, super Iob 29,14. Con esto abrió la ciudad de su corazón, por su orgullo, a los enemigos que la sitiaban, la que en vano cerró por la oración y el ayuno; que son inútiles todas las fortificaciones, cuando carece de ellas un punto por el que puede entrar el enemigo.
San Agustín, ut sup. Observa sus palabras y no encontrarás en ellas ruego alguno dirigido a Dios. Había subido en verdad a orar, pero no quiso rogar a Dios, sino ensalzarse a sí mismo, e insultar también al que oraba. Entre tanto el publicano, a quien alejaba su propia conciencia, se aproximaba por su piedad. Por esto sigue: "Mas el publicano, estando lejos".
Teofilacto. Aun cuando se dice que el publicano estaba de pie, se diferenciaba del fariseo no sólo en las palabras y en su actitud, sino también en la contrición de su corazón. Porque se avergonzaba de levantar sus ojos al cielo, creyendo que eran indignos de ver lo de lo alto, aquellos ojos que prefirieron buscar y mirar las cosas de la tierra. Por esta razón se daba golpes de pecho. Sigue, pues: "Sino que hería su pecho", como para castigar su corazón por sus malos pensamientos y despertarle de su sueño, por lo que no pedía que otro se apiadase de él sino Dios. Por esto sigue: "Diciendo: Dios mío, muéstrate propicio a mí, pecador".
Crisóstomo, ut sup. Había oído decir: "porque no soy como este publicano" ( Lc 11), y este no se había indignado, antes bien se había movido más a la contrición. El primero había descubierto su herida, pero éste busca su medicina. Por tanto, que ninguno diga aquellas palabras frías: no me atrevo, tengo vergüenza, no puedo pronunciar palabra. Este respeto es propio del diablo. El diablo quiere cerrarte las puertas que dan acceso a Dios.
San Agustín, ut sup. ¿Por qué te admiras si Dios le perdona, cuando él mismo lo sabe? Estaba lejos y, sin embargo, se acercaba a Dios, y el Señor le atendía de cerca. El Señor está muy alto y, sin embargo, mira a los humildes ( Sal 137,6). Y no levantaba sus ojos al cielo y no miraba para que se le mirase. Su conciencia le abatía; pero su esperanza le elevaba. Hería su pecho y se castigaba a sí mismo. Por tanto, el Señor le perdonaba, porque se confesaba. Habéis oído al acusador soberbio y al reo humilde, oid ahora al Juez que dice: "Os digo que éste y no aquél, descendió justificado a su casa".
Crisóstomo, ut sup. En este sermón propone dos conductores y dos carros en un sitio. En uno la justicia unida a la soberbia, en el otro el pecado con la humildad. El del pecado se sobrepone al de la justicia, no por sus propias fuerzas, sino por la virtud de la humildad que lo acompaña. El otro queda vencido, no por la debilidad de la justicia, sino por el peso y la hinchazón de la soberbia. Porque así como la humildad supera el peso del pecado y saliendo de sí llega hasta Dios, así la soberbia, por el peso que toma sobre sí, abate la justicia. Por tanto, aunque hagas multitud de cosas bien hechas, si crees que puedes presumir de ello perderás el fruto de tu oración. Por el contrario, aun cuando lleves en tu conciencia el peso de mil culpas, si te crees el más pequeño de todos, alcanzarás mucha confianza en Dios. Por lo que señala la causa de su sentencia cuando añade ( Sal 50,19): "Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla, será ensalzado". El nombre de humildad tiene diferentes significados. La humildad es cierta virtud, según las palabras de David: "Oh Dios, no desprecies el corazón contrito y humillado". La humildad está junta con los trabajos, según aquellas palabras ( Sal 142,3): "Humilló en la tierra mi vida". Hay también humillación en el pecado de la soberbia y de la insaciabilidad de riquezas. ¿Qué cosa hay más humillante que esclavizarse, envilecerse y rebajarse por las riquezas, considerando grandes estas cosas?
San Basilio. También existe un orgullo laudable, que consiste en que, no pensando en lo vil, se haga el alma magnánima, elevándose en la virtud. Tal elevación del alma consiste en dominar las tristezas y en soportar las tribulaciones con noble fortaleza, en el menosprecio de las cosas terrenas y el aprecio de las del cielo y se observa que esta grandeza de alma se diferencia de la arrogancia que nace del orgullo, como se diferencia la robustez de un cuerpo sano de la obesidad del que está hidrópico.
Crisóstomo. Esta fastuosa hinchazón puede privar del cielo al que no se prevenga contra ella, mientras que la humildad saca al hombre del abismo de sus pecados. Ella fue la que salvó al publicano con preferencia al fariseo; al buen ladrón le dio el paraíso antes que a los apóstoles. El orgullo, en cambio, ha entrado incluso en las potestades incorpóreas. Si la humildad acompañada del pecado corre tan fácilmente que adelanta a la soberbia, ¿cuánto más no adelantará si va unida a la justicia? Ella se presentará con gran confianza ante el tribunal de Dios en medio de los ángeles. Por otra parte, si el orgullo unido a la justicia puede deprimirla, ¿en qué infierno no habrá de precipitarnos si lo juntamos con el pecado? Digo esto no para que menospreciemos la justicia, sino para que evitemos el orgullo.
Teofilacto. Pero quizá llame la atención de algunos la condenación del fariseo, que dijo tan pocas palabras en alabanza propia, en tanto que Job, que había dicho muchas más, es coronado. La razón es que el fariseo decía aquellas cosas recriminando a los demás, sin obligarlo a ello razón alguna; y Job, obligado por sus amigos y por las penas que le afligían, tuvo necesidad de publicar sus propias virtudes para mayor gloria de Dios, con el fin de que los hombres no dejasen de marchar por el camino de la virtud.
Beda. El fariseo, en realidad, es el que representa al pueblo judío, el cual ensalzaba sus méritos por la justicia de la ley; y el publicano al pueblo gentil, que estando lejos de Dios, confiesa sus pecados. El uno se retira humillado por su orgullo y el otro mereció acercarse y ser ensalzado por lamentar sus faltas.
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena
Ofertorio (Ps. 24, 1-3)
Ad te, Dómine, levávi ánimam meam: Deus meus, in te confído, non erubéscam: neque irrídeant me inimíci mei: étenim univérsi, qui te exspéctant, non confundéntur.
A ti, ¡oh Señor!, he levantado mi espíritu. En ti, ¡oh Dios mío, tengo puesta mi confianza: no quedaré avergonzado. En ti, ¡oh Dios mío, tengo puesta mi confianza: no quedaré avergonzado. Ni se burlarán de mí mis enemigos; porque ninguno que espere en ti quedará confundido. [Torres Amat]
Secreta
Tibi, Dómine, sacrifícia dicáta reddántur: quæ sic ad honórem nóminis tui deferénda tribuísti, ut eadem remédia fíeri nostra præstáres. Per Dóminum nostrum Jesum Christum, Fílium tuum: Qui tecum vivit et regnat in unitáte Spíritus Sancti Deus, per ómnia sǽcula sæculórum. Amen.
A Vos, Señor, sean devueltos los sacrificios que os han sido consagrados: los cuales así nos concedisteis presentar en honor de vuestro nombre, que hicisteis que se tornasen remedio nuestro. Por nuestro Señor Jesucristo, vuestro Hijo, que con Vos vive y reina en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por todos los siglos de los siglos. Amén.
Comunión (Ps. 50, 21)
Acceptábis sacrificium justítiæ, oblatiónes et holocáusta, super altáre tuum, Dómine.
Entonces aceptarás el sacrificio de justicia, las ofrendas y los holocaustos; entonces serán colocados sobre tu altar becerros para el sacrificio. [Torres Amat]
Poscomunión
Quǽsumus, Dómine, Deus noster: ut, quos divínis reparáre non désinis sacraméntis, tuis non destítuas benígnus auxíliis. Per Dóminum nostrum Jesum Christum, Fílium tuum: Qui tecum vivit et regnat in unitáte Spíritus Sancti Deus, per ómnia sǽcula sæculórum. Amen.
Os rogamos, Señor, Dios nuestro, que a quienes no cesáis de renovar con los divinos sacramentos, no los privéis benigno de vuestros auxilios. Por nuestro Señor Jesucristo, vuestro Hijo, que con Vos vive y reina en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por todos los siglos de los siglos. Amén.
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Conmemoración · devoción tradicional
Además del oficio del día, la piedad tradicional venera hoy a Santa Filomena, Virgen y Mártir, cuyo culto —promovido por el santo Cura de Ars y aprobado por Gregorio XVI— no figura en el calendario romano universal, pero se conserva como devoción. Su Misa se toma del Común de una Virgen Mártir.
Vida de Santa Filomena, Virgen y Mártir
Reserva muchas veces la divina Providencia sus más escondidos tesoros para los tiempos en que la fe parece enflaquecer, y saca a luz, cuando menos se piensa, los huesos de sus mártires para reanimar la piedad de los fieles. Así plugo al Señor honrar en nuestra edad a una virgen que por espacio de quince siglos había yacido ignorada en las entrañas de la tierra, y hacer que, no bien descubierta, corriese su nombre por toda la cristiandad y se obrasen a su intercesión maravillas sin cuento. Es santa Filomena, virgen y mártir, gloria de la Iglesia romana y consuelo de los devotos.
Fue hallado su sepulcro el día veinticuatro de mayo del año de mil ochocientos y dos, excavándose el cementerio de santa Priscila en la vía Salaria de Roma. Cerraban el nicho tres lápidas de barro cocido, y en ellas, entre símbolos que declaraban el martirio y la virginidad de la sepultada —un áncora, tres saetas, una palma, una azucena y un azote—, se leía grabada esta inscripción: LUMENA / PAX TE / CUM FI. Colocadas al parecer con priesa o por mano poco diestra en el latín, hubieron de restituirse a su orden verdadero, y entonces dijeron con toda claridad: PAX TECUM FILUMENA, esto es: «La paz sea contigo, Filomena».
Halláronse asimismo dentro del sepulcro los huesos de una doncella y una ampolla de vidrio con reliquias de su sangre; la cual, al trasladarse a vaso transparente, refieren los testigos que resplandecía con visos de oro, de diamantes y de piedras preciosas. No dudó la santa Iglesia, a vista de la palma y de la ampolla, de que era aquella mártir de Jesucristo; y el mismo nombre de Filumena, que en la lengua griega vale tanto como «hija de la luz» o «la muy amada», pareció como anuncio de la claridad con que había Dios de glorificarla.
De la vida y linaje de esta bienaventurada virgen nada dejaron escrito los antiguos; mas refiérese, según piadosa tradición, que se dio a conocer por revelación a una religiosa de Nápoles, terciaria de la seráfica Orden, llamada sor María Luisa de Jesús, a la cual descubrió por menudo las circunstancias de su nacimiento y de su martirio. Créese, pues, que fue hija de un príncipe de Grecia, el cual, siendo antes idólatra y sin sucesión, alcanzó de Dios aquella hija después de haber recibido con su esposa la luz de la fe; y que por eso la llamaron Filumena, hija de la luz.
Créese asimismo que, llegada a la edad de trece años, consagró de todo corazón su virginidad al celestial Esposo, con voto que ninguna promesa de la tierra fue después poderosa a quebrantar. Refiérese que, habiendo pasado con sus padres a Roma, puso el emperador Diocleciano los ojos en la peregrina hermosura de la doncella y la quiso para sí por esposa; a lo cual respondió ella con generosa constancia que estaba ya desposada con Jesucristo y que no había de trocar al Rey del cielo por rey ninguno de la tierra. ¿Qué mucho que se encendiese en ira el tirano, viéndose desairado de una niña, y que la cárcel y el tormento fuesen la paga de tan noble firmeza?
Cuéntase en aquella misma tradición que padeció la santa niña larga prisión y crudelísimos azotes; que, atada un áncora al cuello, fue arrojada a las aguas del Tíber, de donde la sacaron los ángeles a la ribera; que la asaetearon, y que las saetas, vueltas contra los mismos que las despedían, no la ofendieron; y que al cabo, no pudiendo el furor del enemigo rendir aquella alma, mandó el tirano que la degollasen, y así, cortada la cabeza, voló al tálamo del Cordero para no apartarse jamás de Él. Todo lo cual, como fundado en revelación particular y no en historia averiguada, propónese a la piadosa devoción de los fieles, y no a la certidumbre de la fe.
Lo que consta con toda seguridad es la insigne providencia con que quiso Dios sacar del olvido estas reliquias. Impetradas por un sacerdote napolitano, don Francisco de Lucia, fueron trasladadas con solemne pompa a la villa de Mugnano del Cardenal, cerca de Nola, donde entraron el día diez de agosto del año de mil ochocientos y cinco; y refieren que, hallándose los campos secos por larga sequía, sobrevino con la llegada de la santa una lluvia bienhechora, primicia de los muchos favores que en aquel santuario había de dispensar.
Desde entonces se derramó la devoción a santa Filomena con un ardor que tenía de maravilloso, y fue su sepulcro de Mugnano teatro de innumerables prodigios: sanidades de enfermos desahuciados, consuelo de afligidos y conversión de pecadores. Entre todos resonó por la cristiandad el de la sierva de Dios Paulina Jaricot, fundadora de la Obra de la Propagación de la Fe y del Rosario Viviente, la cual, doliente de mal de corazón y desahuciada de los médicos, sanó de repente ante las reliquias de la santa el año de mil ochocientos treinta y cinco; suceso que, sabido en Roma, movió grandemente el ánimo del Sumo Pontífice.
Tuvo santa Filomena por pregonero y devotísimo cliente al santo cura de Ars, Juan María Vianney, el cual, mirándola como su abogada del cielo y llamándola con ternura su «querida santita», levantó en su parroquia capilla en honra suya, a ella remitía los enfermos que acudían de todas partes, y a su intercesión atribuía humildemente las curaciones que Dios obraba por su ministerio. Tan gran santo hízose heraldo de esta virgen, y no es el menor de los timbres de Filomena verse honrada de tal devoto.
Movido de tantas maravillas, el papa Gregorio XVI, de feliz memoria, aprobó su culto y le concedió Misa y Oficio propios el año de mil ochocientos treinta y siete, señalándole por día el once de agosto y honrándola con el título de Patrona del Rosario Viviente. Reine, pues, en los corazones esta gloriosa virgen, a quien la piedad de los fieles llama Taumaturga por lo pronta que se muestra en socorrer a cuantos la invocan; y alcáncenos de aquel Esposo a quien guardó entera su virginidad la fortaleza en la fe, la pureza en las costumbres y la dicha de morir, como ella, en el ósculo del Señor. Amén.
Vida redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales; los pormenores del martirio proceden de piadosa tradición (revelación privada).