sábado, 25 de julio de 2026 Santa Ana, Madre de la Bienaventurada Virgen María · Comm. IX Domingo después de Pentecostés

martes, 29 de mayo de 2040

Santa María Magdalena de Pazzi, Virgen

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

Santa María Magdalena, de la ilustre casa de Pazzis en el ducado de Toscana, tan recomendable por su religiosa vida, como por su santidad, fue hija de Camilo de Geri de Pazzis, y de María Lorenza de Bondelmont. Nació en Florencia el día 2 de abril del año 1566, y recibió en el bautismo el nombre de Catalina. Muy presto se conoció que Dios la había prevenido con su particular bendición desde la cuna. Fue niña, pero nunca lo pareció; anticipóse la razón a la edad, y la gracia, por decirlo así, se anticipó a la razón. Exenta de las ordinarias inclinaciones de los niños, para ella no había otro entretenimiento que la oración. Si la querían divertir, era menester llevarla a la iglesia, o leerla la vida de algún santo. Cansaba a su aya tanta devoción; pero al mismo tiempo la admiraba como a todos sus parientes. Debió al cielo un natural apacible, un genio dócil, pero acompañado de una seriedad, y de una reserva tan grata y tan atractiva, que sin libertad la amaban y la veneraban cuantos la conocían. Parecía haber nacido con un ardiente amor a Jesucristo, y con una ternura singular a la santísima Virgen, según se hacía sensible a todos la devoción que profesaba al Hijo y a la Madre.

Favorecióla Dios con el don de oración antes de saber leer, ni tener edad para aprenderlo; pasaba en ella horas enteras, y preguntada qué hacía en el oratorio, respondía: Pido a mi buen Dios que me enseñe lo que debo hacer para agradarle. Entre los siete y ocho años de su edad la comenzó a confesar el padre Rosi, de la Compañía de Jesús, que fue después de toda su confianza, y desde entonces la encontró ya diestra en el ejercicio de la oración. En este comercio espiritual que tenía con su Dios, aprendió sin duda las pequeñas industrias de que se valía para mortificarse, tan imperceptibles, que se escapaban a toda la atención de su aya. De la sobriedad que comenzó a practicar, pasó muy presto a la abstinencia: era menester hacerla observaciones para que interrumpiese los ayunos. Ni su madre, ni su director, tenían otra cosa que hacer en su gobierno sino moderar sus penitencias. Nada afligía tanto a la santa niña como el no verse admitida a la sagrada mesa de Jesucristo, a causa de su corta edad, sin poder disimular la santa envidia con que miraba a las otras que por sus años gozaban este privilegio. Atendiendo el confesor a sus ansias, a su virtud y a su razón despejada, se determinó finalmente a consolarla, y a los diez años la permitió la sagrada comunión. Conseguida esta gracia, juzgó que no había en el mundo dicha comparable con la suya, y no sabiendo cómo agradecerla, resolvió consagrar a Dios su virginidad, como lo hizo con voto, y desde entonces se consideró como esposa suya.

Esta nueva prerrogativa la inspiró nuevos deseos de padecer. Para hacerse más agradable a su divino Esposo, comenzó desde los doce años de su edad a dormir sobre la desnuda tierra, y a macerar su delicado cuerpo con todo género de penitencias. La vista de Cristo crucificado la inspiraba cada día alguna nueva invención para mortificarse. Además del cilicio que continuamente traía, hizo una corona de espinas muy puntiagudas, que se apretó fuertemente a la cabeza, y pasó toda una noche en este cruel tormento. Era muy ingenioso el amor de Dios en esta tierna doncellita para inventar industrias con que mortificar sus sentidos, encontrando en todas partes materia para algún sacrificio.

Por este tiempo el gran duque de Toscana hizo gobernador de la ciudad de Cortona a Camilo, padre de la santa niña, con cuya ocasión, por consejo del padre Blanca, rector del colegio de jesuitas, pidió y obtuvo esta el consentimiento de sus padres para quedarse por educanda en el monasterio de San Juan Bautista de Florencia. Creció su fervor con el retiro; y la comodidad que tenía de adorar a todas horas a su celestial Esposo en el santísimo Sacramento, la hacía llamar al convento el paraíso terrenal. Por su gusto hubiera pasado todas las noches en el coro, de donde nunca la arrancaban sin hacerla mucha violencia, porque tenía todas sus delicias en hacer continuamente la corte a Jesucristo. Por eso cuando la buscaban, ya se sabía que la habían de encontrar en la iglesia.

Pero habiendo vuelto sus padres a Florencia, se vio precisada a dejar aquella dulce habitación. Costó muchas lágrimas la separación, tanto a las religiosas, como a la niña; pero nada la afligió más que la resolución que tomaron sus padres de casarla. Aunque tenía solos quince años, era ya muy pretendida, aun mucho más por su virtud, que por sus muchos bienes, por su nobleza y por su hermosura. Pero quedaron iguales todos los pretendientes, porque declaró a sus padres el voto que tenía hecho de ser religiosa, y de no admitir otro esposo que Jesucristo. Como aquellos eran muy virtuosos, y su vocación tenía tantas pruebas de verdadera, no ocurrió embarazo que la detuviese. Dejóse a su arbitrio la elección del convento, y prefirió el de las carmelitas a todos los demás, precisamente porque comulgaban todos los días.

Entró, pues, en el convento de Santa María de los Ángeles, el año de 1582, casi a los diez y seis años y medio de su edad; y pasadas las primeras pruebas, cuando se juzgaba ya en vísperas de tomar el hábito, fue llevada otra vez a la casa de sus padres, donde padeció por tres años grandes y terribles combates; pero saliendo victoriosa de todos ellos, la restituyeron al convento. Luego que se vio en él, olvidó enteramente todo lo que olía a carne y sangre, dejando hasta el propio nombre de Catalina, que trocó en el de Magdalena; y resuelta a no dejarse ver de persona alguna de fuera, hizo del claustro su sepulcro, enterrándose en vida dentro de él.

Al despojo universal de todos los bienes exteriores acompañó el sacrificio de su propia voluntad. Por larga y laudable que fuese la costumbre que tenía en el mundo de hacer grandes penitencias y pasar muchas horas en oración, no deliberó un instante cuando fue menester reducirse a la vida común de las novicias; sometió a la regla todas sus devociones particulares, y huyó cuidadosamente de toda singularidad. Ninguna novicia comenzó la vida religiosa con mayor fervor, y ninguna en menos tiempo hizo mayores progresos. En menos de seis meses era ya una religiosa perfecta por su devoción, por su íntima unión con Dios, por su puntualidad y por su mortificación. Desmayaba el fervor de las más ancianas a vista de su virtud; y no siendo más que novicia, a todas la proponían por modelo para la imitación.

Suspiraba cada instante por el dichoso día en que había de consumar el sacrificio; apresuróse la ceremonia por una grave enfermedad que la puso a las puertas de la muerte. Profesó, pues, el día 27 de mayo, fiesta de la santísima Trinidad, y profesó con tanta devoción, y tan abrasada del divino amor, que por muchas horas estuvo arrebatada en éxtasis. Este fue el preludio de aquellas gracias tan extraordinarias, de aquellos raptos tan frecuentes con que Dios la favoreció.

En los dos años inmediatos a su profesión, se pasaban pocos días sin estar arrebatada por cuatro y por seis horas en amorosos éxtasis, el cuerpo inmoble, los ojos levantados al cielo, o clavados fijamente en la imagen de un crucifijo, el rostro inflamado por el fuego del divino amor, tan apacible, tan risueño, que mostraba bien los deliciosos consuelos en que se inundaba su alma. En esta postura se la oía exclamar frecuentemente: ¡Oh amor, oh divino amor! ¿Será posible que las criaturas te conozcan, y no te amen? Las continuas lágrimas que vertían sus ojos en estas ocasiones, eran indicios de que su corazón ardía en aquel divino fuego que vino el Salvador a encender en el mundo.

Muchas veces salía como fuera de sí corriendo por los tránsitos del convento, y por las calles del huerto, y diciendo toda arrebatada con la esposa de los Cantares: Buscando voy al que ama mi corazón. ¿Habéis visto al amado de mi alma? No dejaré de buscarle hasta que le encuentre. Y otras exclamaba: Yo vivo, pero ya no vivo yo; Jesucristo vive en mí. Con dificultad se habrán visto efectos más sensibles del amor de Dios, que los que se notaban en aquella alma feliz, siendo preciso muchas veces obligarla a que tuviese metidas las manos en el hielo para templar sus ardores.

Parece que el Señor tenía sus delicias en instruirla por sí mismo durante aquellas íntimas comunicaciones. Al volver un día de un éxtasis muy dilatado, la ordenaron el confesor y la prelada que dijese lo que Dios la había dado a entender en aquel rapto, y que declarase lo que la había enseñado. «Enseñóme, dijo, mi divino Maestro a guardar con un sumo cuidado, y con una extrema vigilancia, la pureza del corazón y la santa simplicidad; infundióme tan elevado concepto de la virginidad, que no acierto a explicarlo con palabras. Ordenóme que hiciese cada obra particular como si fuese la última de mi vida; que nunca indagase lo que hacían las demás, ocupándome única y totalmente en lo que me tocaba a mí; que conservase siempre un humor inalterable, tratando con sumo agrado a toda suerte de personas, y que jamás se me escapase palabra alguna que oliese a lisonja ni a vanidad; que procurase ardientemente servir a mis hermanas, considerándome como si fuese criada de todas; que hiciese infinito aprecio hasta de las reglas más menudas, persuadida que todas eran de suma importancia, y que en la exacta observancia de todas ellas consistía la perfección religiosa; que jamás hablase de los favores que me hacía, ni de las cosas de mi interior, sino con las personas que tenían a su cargo mi dirección; que nunca perdiese de vista la pasión de Jesucristo, y en fin, que tuviese una insaciable hambre de la divina Eucaristía, llegándome cada día con nuevo fervor a la sagrada mesa, y visitando todos los días treinta y tres veces el santísimo Sacramento, a menos que me lo impidiese la obligación de la obediencia.»

Dijo un día a la prelada que la ordenaba el Señor que en adelante solo se mantuviese con pan y agua: desaprobó la superiora esta singularidad, y la ordenó que comiese lo que comían las demás: obedeció la santa, pero desde entonces no la fue posible tragar ni un solo bocado, y en lo restante de su vida solo se sustentó con lo que Dios la había ordenado. Consiguió licencia para andar con los pies descalzos, y nunca se dispensó en esta penitencia, por riguroso que fuese el invierno. A pesar de la delicadeza de su cuerpo, consumido por las continuas enfermedades, dormía constantemente en la dura tierra, sin quitarse jamás un áspero cilicio y una cadenilla de hierro que traía siempre ceñida a su inocente cuerpo.

Pero no fueron estas mortificaciones las que más la dieron que padecer. Quería el Señor purificar todavía aquella alma en el fuego de la tribulación, y aumentar mucho por este camino sus merecimientos. Entregada por espacio de cinco años a las más violentas tentaciones y a las más terribles pruebas, parecía haberla dejado su divino esposo enteramente a merced del furor de los demonios. Cesaron de repente los continuos favores con que el Señor la regalaba, tan olvidada al parecer de ellos, como si jamás los hubiera recibido; hallóse su espíritu poseído de una desolación, de una aridez, de una sequedad extrema: una violencia, un total disgusto a todos los ejercicios de devoción; un tedio insoportable a la oración; un levantamiento general de todas las pasiones, y de muchas muy humillantes que hasta entonces había ignorado; una especie de horror involuntario a su vocación, y un torbellino de pensamientos terribles, de imaginaciones congojosas, todo con tentaciones de blasfemias y de desesperación, con dolores universales y agudísimos en todo el cuerpo; fantasmas horribles que no la permitían un instante de reposo, ni de día ni de noche, sin intermisión y sin consuelo; desolada, despreciada, abandonada, con razón se puede dudar si era posible martirio más cruel.

Sosteníala verdaderamente la gracia; pero apenas se hacía sensible en tan doloroso estado. Con todo eso en nada se desmintió a sí misma la fidelísima Magdalena; después de su continuo recurso a Dios, todo su consuelo era su confianza en la santísima Virgen. Viósela muchas veces, durante aquellos excesos de desolación y desamparo, correr apresurada a los oratorios y capillas reservadas del convento, y deshaciéndose en lágrimas, abrazarse estrechamente con alguna imagen o estatua de esta Señora. Pero la prueba mayor de la magnanimidad de aquella alma fue el oírla exclamar en medio de sus trabajos: «Señor, aunque me sería tan dulce la muerte para librarme de tantos tormentos, no, mi Dios, no me dejéis morir tan presto para que se me dilate el padecer; Non mori, sed pati.»

Cuanto más crecían sus penas, su sequedad y sus congojas, más puntual y más exacta era en todos los ejercicios espirituales. Había pedido y había conseguido licencia para hacer los más bajos oficios de la casa, y todos los hacía con la mayor exactitud. Ni de día ni de noche se apartaba, en cuanto podía, de la cabecera de las enfermas, sirviéndolas en las cosas más humillantes, y tenía particular gusto en ayudar a las hermanas legas en todas las ocupaciones correspondientes a su humilde estado. Honraba y veneraba tanto a todas las monjas, que muchas veces se postraba y besaba devotamente el suelo donde ellas habían puesto los pies. Parece que no podía ascender a más alto grado la caridad, la mortificación y la humildad de nuestra santa; por lo que quizá tampoco habrá dispensado el Señor a otra alma más insignes favores.

Sucedió la calma a la tempestad, y la luz hermosa y alegre a las tristísimas tinieblas. Apareciósela el Señor, acompañando su presencia sensible con tan celestiales consuelos, que en un instante la hicieron olvidar todos los tormentos pasados. Desde allí en adelante todo fue éxtasis, todo excesos de amor, estando abrasada continuamente en él de un modo muy sensible. Su grande máxima era esta: Amar a Dios, y aborrecerse a sí misma; y añadía: En esto consiste la perfección. No obstante el ardiente deseo que tenía de hacer grandes cosas por su Dios, el Señor la ordenó que en lo sucesivo huyese de toda singularidad, y se redujese en todo a la vida común. Hízolo; pero al mismo tiempo daba realce a las obras más ordinarias, haciéndolas por motivos tan puros y tan perfectos, que a cada instante crecía en gracia y en merecimientos.

Exclamaba frecuentemente en la oración y en sus ordinarios éxtasis: ¿Quién me separará del amor de Jesucristo? ¿La tribulación, la tentación, las angustias? Todas las cosas del mundo me parecen estiércol por ganar a Jesucristo. El Señor me enseña con sus lecciones, y vela por mi conversión, ¿quién me podrá hacer daño? Arrebatada un día en estos extáticos excesos, corrió acelerada a un altar de la santísima Virgen, inflamado el rostro por aquel celestial fuego que abrasaba su corazón; y postrada en tierra, hizo esta tierna oración: «Purísima Virgen, madre de Dios, yo me ofrezco y me sacrifico toda a vos para siempre y sin reserva; desde este día en adelante vos seréis mi madre; después de Dios en vos pongo toda mi confianza; dignaos mirarme como a la menor de vuestras hijas, no por eso dejaré de ser la menor de vuestras humildes siervas. Jesús y María, este es todo mi tesoro y todo mi consuelo.»

Ninguna religiosa tuvo mayor ni más justo concepto de la felicidad del estado religioso; besaba muchas veces al día las paredes del convento, y decía que si se conocieran bien la dulzura, la felicidad y las ventajas de la religión, se despoblaría el siglo. Devorábala el celo de la salvación de las almas; todos los días hacía oración y varias penitencias por la conversión de los pecadores; pero la cuaresma con especialidad era para ella el tiempo de las lágrimas y del martirio.

Aunque tan joven, y siempre enfermiza, la encomendaron los principales oficios de la casa; fue por mucho tiempo directora de las jóvenes profesas y novicias, y al cabo superiora de la comunidad, por elección de toda ella. No se puede dignamente admirar la vigilancia, la exactitud, la discreción, la suavidad y la caridad con que desempeñaba las obligaciones de tan diferentes empleos; haciendo conocer a todos que reina muy presto en una comunidad religiosa el fervor y la observancia, cuando los que la gobiernan mandan más con el ejemplo que con las palabras. Siendo los superiores santos, todo va bien en los conventos.

Favoreció el Señor a su sierva con los dones más singulares; tuvo el de milagros y el de profecía. Luego que espiró en Roma san Luis Gonzaga, de la Compañía de Jesús, vio Magdalena en un éxtasis el sublime grado de gloria que gozaba en el cielo. Entre tanto iban creciendo cada día sus dolores y sus enfermedades, sin que se pudiese comprender cómo un cuerpo tan delicado podía resistir a tantos males. Aumentóse la violencia en la postrera enfermedad; padecía excesivos dolores en todo el cuerpo, sin que con ningún remedio pudiese recibir el menor alivio. Espero morir en la cruz (decía ella) a ejemplo de mi divino Salvador. ¡Cierto que sería buena gracia el que bajase de ella! decía a una monja que quería consolarla. Solamente cuando recibía la divina Eucaristía se la aliviaban por algunos instantes sus vivos dolores; pero en medio de ellos nunca perdió su apacibilidad, su tranquilidad, ni su paciencia.

Consumida en fin aquella bienaventurada víctima, más por la fuerza de los incendios del divino amor, que por el rigor de la enfermedad, rindió el espíritu a su Criador, para recibir el gran premio que la estaba destinado, el día 25 de mayo del año de 1607, a los cuarenta y uno de su edad, después de haber vivido veinte y cinco en el monasterio. Inmediatamente después de su muerte dio el cielo grandes señales de la gloria que gozaba, no solo por los muchos milagros que obró y está obrando aun en el día de hoy en su sepulcro, sino por la incorruptibilidad del santo cuerpo que pasó a ser objeto de la pública veneración, principalmente desde que Urbano VIII la beatificó en el año de 1626, y que Alejandro VII la puso solemnemente en el catálogo de los santos en el de 1669, con las ceremonias acostumbradas.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.