martes, 27 de diciembre de 2039
San Juan, Apóstol y Evangelista
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (Eccli. 15, 1-6)
Lectio libri Sapiéntiæ Qui timet Deum, fáciet bona: et qui cóntinens est justítiæ, apprehéndet illam, et obviábit illi quasi mater honorificáta. Cibábit illum pane vitæ et intelléctus, et aqua sapiéntiæ salutáris potábit illum: et firmábitur in illo, et non flectétur: et continébit illum, et non confundétur: et exaltábit illum apud próximos suos, et in médio ecclésiæ apériet os ejus, et adimplébit illum spíritu sapiéntiæ et intelléctus, et stola glóriæ véstiet illum. Jucunditátem et exsultatiónem thesaurizábit super illum, et nómine ætérno hereditábit illum, Dóminus, Deus noster.
El que teme a Dios hará buenas obras; y quien observa exactamente la justicia, poseerá la sabiduría; porque ella le saldrá al encuentro cual madre respetable, y cual virgen desposada lo recibirá. Lo alimentará con pan de vida y de inteligencia, y le dará a beber el agua de ciencia saludable, y fijará en él su morada, y él le será constante. Y la sabiduría será su sostén, y no se verá jamás confundido, sino que será ensalzado entre sus hermanos, y en medio de la comunidad le abrirá la boca, llenándolo del espíritu de sabiduría y de inteligencia, y revistiéndole de un manto que lo cubrirá de gloria. Le colmará de consuelo y alegría, y le dará en herencia un eterno renombre. [Torres Amat]
Comentario patrístico · Comentario al Eclesiástico, cap. 15 — Cornelio a Lápide
EL QUE TEME A DIOS HARÁ EL BIEN (v. 1). Hará las obras buenas y santas ya mencionadas en el capítulo precedente (vers. 11, 17, 21, 23 y siguientes), para agradar con ellas a Dios y merecer su gracia; a saber, meditará la justicia y pensará en la mirada providente de Dios, esto es, en las obras de beneficencia, de justicia y de búsqueda de la sabiduría; pero sobre todo en lo dicho en el vers. 22, donde los Complutenses leen: «bienaventurado el que meditará en la sabiduría los bienes, y con su inteligencia disertará cosas santas», pues a ello alude. Estos son los bienes que hará quien teme a Dios. Por eso, en lugar de «bienes» (bona), el griego tiene «auta» (nuestro texto lee «agatha»), es decir, esas mismas cosas ya dichas. Este versículo es como una recapitulación y sumario de todo el capítulo precedente; de ahí que algunos latinos lean «hará aquello», esto es, lo ya expresado.
Y EL QUE ES DUEÑO DE LA JUSTICIA, LA APREHENDERÁ (v. 1), a saber, la sabiduría, de la que se trató en todo el capítulo anterior. Muestra cuáles son las huellas por las que dijo que había de rastrearse la sabiduría, y enseña que son el temor de Dios y las obras de justicia; y así, los que temen a Dios y obran la justicia aprehenden la sabiduría con todos sus dones ya dichos, de modo que, protegidos por ella, vivan seguros una vida quieta, alegre, santa y abundante en todo bien. El griego tiene: «el que teme al Señor hará estas cosas, y el que es dueño de la ciencia de la ley la comprenderá»; la Tigurina: «el que reverencia al Señor hará esto, y el que ha alcanzado el conocimiento de la ley lo aprehenderá»; el Siríaco: «el que teme a Dios hará así, y el que enseña la ley andará en ella». En lugar de «continens», el griego pone ἐγκρατής, esto es, dueño, o el que retiene la justicia; y en un códice antiguo se lee: «el que recibió el conocimiento de la ley, la hallará», es decir, la sabiduría. El sentido es: quien teme a Dios y cumple su ley (que es hacer la justicia, lo justo prescrito por la ley), ese aprehende la sabiduría; pues no con la sola especulación y el conocimiento, sino con la práctica y ejecución de la ley conocida, se adquiere esta sabiduría verdadera y práctica. Repite lo que dijo en el cap. 1, 33: «Deseando la sabiduría, guarda la justicia, y Dios te la dará.»
A ello le hace eco Ananías en Pirké Abot (Sentencias de los Padres, cap. III): «Todo hombre que tiene más obras que sabiduría, su sabiduría permanece; mas el que al contrario tiene más sabiduría que obras, su sabiduría no puede ser duradera ni estable»; y allí mismo R. Eleazar compara al que abunda en sabiduría más que en obras con el árbol de muchas ramas y pocas raíces, que el viento derriba de raíz; y al que abunda en buenas obras más que en sabiduría, con el árbol de pocas ramas pero muchas raíces, que ninguna tempestad mueve de su lugar (Jer. XVII, 6-8). Y así, cuanto más crecemos en la justicia, tanto más aprehendemos la sabiduría y participamos de sus bienes; pues el verbo «aprehenderá» significa un acto no sólo comenzado, sino creciente y perfecto. De todo ello es causa el temor de Dios, que es, como dice S. Bernardo (serm. De los dones del Espíritu Santo), «la primera gracia», raíz y guarda de todos los bienes, así como la seguridad y la desidia son madre de todos los delitos; y S. Efrén enseña que quien teme a Dios está siempre vigilante y sobrio, aguardando la venida de su Señor.
Y SALDRÁ A SU ENCUENTRO COMO MADRE HONRADA, Y COMO MUJER DESPOSADA EN LA VIRGINIDAD LO RECIBIRÁ (v. 2), esto es, no tomada de la viudez, sino de la virginidad: virgen dada por esposa y hecha mujer, es decir, cónyuge, que por eso se conforma dócilmente a las costumbres del marido y es tiernamente amada. El griego no tiene «honrada», sino sólo: «como madre saldrá a su encuentro, y como mujer de virginidad lo recibirá»; la Tigurina: «lo recibirá como esposa desposada virgen». Como quiere decir: con cuanto honor, amor, dulzura y gozo recibe la virgen esposa a su esposo recién desposado, con tanto recibirá la sabiduría a quien la busca y ambiciona su trato. El Siríaco: «como mujer de la juventud, que es desposada en su juventud, se le acercará».
Significa la prontitud y benevolencia con que la sabiduría sale al encuentro de quienes la buscan, mediante dos semejanzas, la de la madre honrada y la de la esposa virgen; y esto por cuatro razones: primera, porque no hay amores tan intensos en el mundo como el de la madre hacia el hijo y el de la virgen esposa hacia el esposo, y aún mayores los mostrará la sabiduría divina a su huésped, cuanto mayor es el espíritu que la carne y Dios que el hombre; segunda, porque en uno y otro se mezcla el honor con el amor, de suerte que ni el amor mengua la reverencia ni la reverencia el amor; tercera, porque uno y otro amor contiene las delicias que llenan el alma de consuelo, según aquello de Isaías LXVI, 13: «Como aquel a quien su madre acaricia, así os consolaré yo»; cuarta, según Rabano: «con razón la sabiduría se llama madre por la gracia del alimento, y virgen por la hermosura de su forma y la santidad de su castidad, pues nada hay en ella inmundo ni manchado, siendo resplandor de la luz eterna y espejo sin mancha de la majestad de Dios». Y así se cumple lo del cap. VI, 13: «Clara es y jamás se marchita la sabiduría, y fácilmente la ven quienes la aman.» La razón última es que la sabiduría de Dios es su bondad, y es propio de la bondad comunicarse; pues el bien es difusivo de sí, y la bondad infinita infinitamente desea difundirse.
Alegóricamente, la Bienaventurada Virgen, madre de la Sabiduría eterna, es decir, de Cristo Señor, sale al encuentro de los justos que la invocan «como madre honrada», según la llaman S. Ildefonso (serm. 1 De la Asunción) y S. Buenaventura (en el Salterio de la Virgen). Y con razón: primero, porque es Madre de Dios, o Deípara, que después de Dios es el más alto título de honor; segundo, porque la honró su Hijo Dios, sujetándose a ella en la tierra como a su madre y colocándola en el cielo a su diestra —cuyo tipo fue Salomón, que honró así a su madre Betsabé (III Reyes II, 19)—; tercero, porque es madre de todos los fieles y de los santos, por lo cual los Padres la llaman «madre de los vivientes», como Eva es «madre de los que mueren», pues, según S. Epifanio (herej. 78), «de María fue engendrada esta vida para el mundo».
LO ALIMENTARÁ CON PAN DE VIDA Y DE INTELIGENCIA, Y LE DARÁ A BEBER EL AGUA DE LA SABIDURÍA SALUDABLE (v. 3). Las palabras «de vida» y «saludable» faltan en el griego, que dice: «lo alimentará con pan de inteligencia (συνέσεως), y con agua de sabiduría lo abrevará». Es el primer efecto de aquel encuentro: que lo alimenta y da de beber como la madre a los hijos pequeños y la esposa dispone la mesa al esposo. Pues en las cosas espirituales, como en la mente, uno mismo es el manjar y la bebida, así como una misma es la mente que contiene eminentemente todos los sentidos; y así el sentido es: la sabiduría apacienta las almas de los suyos con pan y bebida espiritual, esto es, consigo misma y con sus dogmas, institutos y preceptos, que les confieren la vida de la gracia y de la gloria. Alegóricamente, Cristo, que es sabiduría del Padre y nuestra, se nos da realmente como pan divino en la Eucaristía y así nos vivifica y hará resucitar (Juan VI, 33. 35. 51); y el agua de la sabiduría saludable es el Espíritu Santo con sus dones (Juan IV, 13). Figura de ello fue el maná que sustentó a los hebreos cuarenta años en el desierto, y el pan cocido bajo la ceniza dado por el ángel a Elías, con cuya virtud caminó cuarenta días hasta el monte Horeb (III Reyes XIX, 8).
Y SE AFIRMARÁ EN ÉL, Y NO SERÁ CONMOVIDO; Y LO SOSTENDRÁ, Y NO SERÁ CONFUNDIDO (vv. 3-4). Es el segundo efecto de la sabiduría que sale al encuentro de su discípulo: que no lo apacienta de paso, sino que se afirma y permanece en él, lo confirma en lo verdadero y bueno, y no lo deja doblegar hacia lo falso y lo malo; lo contiene en la virtud para que no caiga en el vicio ni quede avergonzado. La sabiduría, pues, apuntala y fortalece la mente como la triaca al cuerpo contra la peste, y como el bálsamo preserva de corrupción los cuerpos muertos penetrando todas sus venas; así la sabiduría, penetrando con su fuerza todos los senos del alma, los conserva íntegros e incorruptos en el bien. La razón es triple: primera, que la sabiduría sugiere a la mente y por ella a la voluntad razones y motivos de constancia y fortaleza, como que no son dignas las penas de este tiempo respecto de la gloria futura, y que es noble padecer por la virtud y por Dios; segunda, que la sabiduría es la misma prudencia y virtud, y «virtud» viene de «varón», y propiamente significa fortaleza (Cicerón, Tuscul. II); tercera, que la sabiduría sugiere el modo de alcanzar la gracia que corrobora la mente por los sacramentos, sobre todo por el pan eucarístico.
LO ENSALZARÁ ENTRE SUS PRÓJIMOS (v. 4). El griego, παρὰ τοὺς πλησίον αὐτοῦ, que otros vierten «sobre sus prójimos». Pues la sabiduría hace que el sabio sobresalga entre los ignorantes y necios como el sol entre los planetas, que de él reciben la luz; como el ojo entre los miembros que ilumina; como el rey entre el pueblo; como el maestro entre los discípulos. Así ensalzó la sabiduría a S. Pedro, para que los fieles lo veneraran como intérprete de Dios; y a S. Pablo, para que los licaonios lo adoraran como a un dios y lo llamaran Mercurio (Hech. XIV, 11); y a los demás Apóstoles y varones apostólicos, de suerte que reyes y príncipes los veneraran como hombres celestiales, según aquello: «Serán reyes tus ayos, y reinas tus nodrizas; con el rostro inclinado a tierra te adorarán» (Isaías XLIX, 23).
Y EN MEDIO DE LA IGLESIA ABRIRÁ SU BOCA (v. 5). Es la tercera dote y fruto de la sabiduría: que hace a sus devotos no sólo sabios, sino también maestros de los demás. Oye a Rabano: «Elegantemente expresó la forma de los Apóstoles y predicadores del santo Evangelio, a quienes la divina Sabiduría, es decir, Cristo, virtud y sabiduría de Dios, puso al frente de toda la Iglesia... iluminándolos por dentro con la gracia de su espíritu y dándoles por fuera abundancia de elocuencia, para que expusieran a los demás con palabra fecunda el bien que ellos entendían.» Por eso lee la Iglesia estas palabras del Sirácida en el oficio divino de S. Juan Apóstol y en el Introito de la Misa de los Doctores; pues S. Juan, reclinado sobre el pecho de Cristo, bebió de allí una eximia sabiduría con que superó no sólo a los demás fieles, sino aun a los Apóstoles, e iluminó como sol a todas las iglesias de Asia, sobre todo al entonar al principio del Evangelio aquel arcano tres veces sagrado de la Divinidad y la Trinidad: «En el principio era el Verbo.» Y CON ESPÍRITU DE SABIDURÍA E INTELIGENCIA LO LLENARÁ, Y LO VESTIRÁ CON ESTOLA DE GLORIA (versículo que ya falta en el griego y en el siríaco): la sabiduría llena de plenitud el corazón del discípulo para que la vierta por la boca; pues los sofistas ostentan por la boca la sabiduría que no tienen en el corazón, como los canales que nada retienen del agua, mientras que los sabios son como las conchas, que primero se llenan y luego comunican lo que sobra sin daño propio (S. Bernardo, serm. 18 sobre el Cantar): «Si eres sabio, muéstrate concha y no canal.»
GOZO Y ALEGRÍA ATESORARÁ SOBRE ÉL, Y LE HARÁ HEREDAR UN NOMBRE ETERNO (v. 6). Como si dijera: amontonará sobre él, a manera de tesoro, un gozo copioso, y hará que le toque un nombre eterno, esto es, fama y celebridad perpetua, como herencia, tanto en la tierra como en el cielo; pues «la virtud es el sostén de la buena fortuna». Se goza el sabio en su sabiduría como en un tesoro preciosísimo, y se goza en su doctrina, con que instruye a los discípulos y los hace sabios y santos; porque «en memoria eterna estará el justo» (Salmo CXI, 7). Alude a Isaías LVI, 5: «Les daré en mi casa y dentro de mis muros lugar, y un nombre mejor que el de hijos e hijas; les daré un nombre sempiterno que no perecerá.» Esta es la quinta dote y fruto de la sabiduría: que alegra al sabio y eterniza su nombre, según aquello de Sab. VIII, 13: «Alcanzaré por ella la inmortalidad, y dejaré memoria eterna.»
Comentario al Eclesiástico, cap. 15, Cornelio a Lápide · Traducción del editor, del latín (Gran Comentario, dominio público) · fuente: lapide.org (dominio público)
Evangelio (Joann. 21, 19-24)
Sequéntia sancti Evangélii secundum Joánnem In illo témpore: Dixit Jesus Petro: Séquere me. Convérsus Petrus vidit illum discípulum, quem diligébat Jesus, sequéntem, qui et recúbuit in cena super pectus ejus, et dixit: Dómine, quis est qui tradet te ? Hunc ergo cum vidísset Petrus, dixit Jesu: Dómine, hic autem quid? Dicit ei Jesus: Sic eum volo manére, donec véniam, quid ad te? tu me séquere. Exiit ergo sermo iste inter fratres, quia discípulus ille non móritur. Et non dixit ei Jesus: Non móritur; sed: Sic eum volo manére, donec véniam: quid ad te? Hic est discípulus ille, qui testimónium pérhibet de his, et scripsit hæc: et scimus, quia verum est testimónium ejus.
Esto lo dijo para indicar con qué género de muerte había Pedro de glorificar a Dios. Y después de esto, añadió: Sígueme. Volviéndose Pedro a mirar, vio venir detrás al discípulo amado de Jesús , aquel que en la cena se reclinara sobre su pecho, y había preguntado: Señor, ¿quién es el que te hará traición? Pedro, pues, habiéndole visto, dijo a Jesús : Señor, ¿qué será de éste? Le respondió Jesús : Si yo quiero que así se quede hasta mi venida, ¿a ti qué te importa? Tú sígueme a mí. Y de aquí se originó la voz que corrió entre los hermanos, de que este discípulo no moriría. Mas no le dijo Jesús : No morirá, sino: Si yo quiero que así se quede hasta mi venida, ¿a ti qué te importa? Este es aquel discípulo que da testimonio de estas cosas, y las ha escrito; y estamos ciertos de que su testimonio es verdadero. [Torres Amat]
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Juan 21, 19-24 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 87. Después que el Señor habló a Pedro del amor que éste le tenía, le predice el martirio que deberá sufrir por El, enseñándonos el modo cómo se le debe amar. Por eso dice: "En verdad, en verdad, te digo, que cuando eras joven, te ceñías e ibas a donde querías". Le recuerda su primera juventud, porque en las cosas del mundo el joven es útil, pero el que envejece se inutiliza, lo que no sucede en las cosas divinas, porque en la ancianidad es más esclarecida la virtud y más industriosa, a pesar de la edad. Como Pedro siempre quería hallarse en los peligros con Cristo, le dice: Confía, porque yo satisfaré tu deseo de tal modo, que padecerás siendo anciano lo que no padeciste de joven. Por eso sigue: "Cuando envejecieres", por lo que se da a entender que a la sazón no era joven ni viejo, sino varón perfecto.
Orígenes, super Mat. Observa que no es fácil encontrar que los que son aptos para esta obra, pasen de pronto de esta vida a la otra, pues aquí se le dice a Pedro: "Cuando envejecerás extenderás tus manos".
San Agustín, in Ioannem, tract., 123. Esto es, serás crucificado, pues a esto vendrás para que otro te ciña y te lleve donde tú no quieras. Primero dijo lo que sucedería, y después el modo, pues no sólo fue crucificado, sino que fue conducido a donde él no quería para crucificarle. El quería verse desembarazado de su cuerpo mortal y estar con Cristo. Pero (si era posible) deseaba la vida eterna sin las molestias de la muerte, las que sufrió contra su voluntad, triunfando de ellas voluntariamente. Este sentimiento de repugnancia a la muerte es inherente a la naturaleza, y la misma ancianidad no pudo librar a Pedro. Pero sean cuales fueren las agonías de la muerte, debe superarlas a fuerza del amor por Aquel que, siendo nuestra vida, quiso morir por nosotros. Porque si la muerte fuera de poca importancia, no sería tan grande la gloria del martirio.
Crisóstomo, ut supra. Dice, pues, "Adonde tú no quieras", por el natural sufrimiento del alma, que no quiere separarse del cuerpo, disponiéndolo Dios así, para que muchos no se quiten la vida. Después, para levantar el espíritu del oyente, continuó el Evangelista: "Esto lo dijo para significar con qué género de muerte glorificaría a Dios". El no dijo qué clase de suplicio sufriría, para que aprendas que el padecer por Cristo es gloria y honor para el paciente. Si el alma de un mártir no tuviese la seguridad de que realmente existe Dios, no soportaría de ningún modo la consideración de la muerte, por la que se revela la certeza de la gloria divina.
San Agustín, ut supra. Este es el fin que encontró aquel que negó y amó, dando su vida con perfecto amor por aquel a quien había prometido en una precipitación culpable que daría su vida. Convenía, pues, que Cristo muriera por la salvación de Pedro, y que después Pedro muriera por la predicación de Cristo.
San Agustín, in Ioannem, tract., 124. Después de haber anunciado el Señor a Pedro con qué género de muerte le glorificaría, le invita a seguirle, y por eso dice: "Sígueme". ¿Por qué se dice a Pedro "Sígueme", y no se dice a los demás, que estaban presentes, y que como discípulos seguían al Maestro? Y si se trata del martirio, ¿acaso sólo Pedro le padeció? Estaba también allí Santiago, que se sabe fue muerto por Herodes. Pero dirá alguno que Santiago no fue crucificado, y con razón sólo se le dijo a Pedro "Sígueme", porque no sólo sufrió la muerte, sino muerte de cruz.
Teofilacto. Oyendo Pedro que había de morir por Cristo, quiere saber si Juan ha de morir. Por eso sigue: "Volviéndose Pedro vio al discípulo que Jesús amaba", etc.
San Agustín, ut supra. Se llama a sí mismo el discípulo a quien amaba Jesús, porque el Salvador le distinguía de los demás con un cariño más familiar, de tal modo, que en la cena le hizo reclinar sobre su pecho. Yo creo que de este modo recomendó la divina excelencia del Evangelio que había de predicar. Piensan algunos de los más acreditados intérpretes de la Sagrada Escritura, que Juan fue más amado de Cristo, porque desde su infancia vivió castísimamente.
San Agustín, ut supra. Sigue: "Habiéndole, pues, visto Pedro, dijo a Jesús: ¿Señor, éste qué?"
Teofilacto. Esto es, como exponen algunos: ¿Acaso éste no morirá?
Teofilacto. Sigue: "Jesús le dijo: Así quiero que permanezca hasta que yo venga, ¿a ti que te va?"
San Agustín, ut supra. Repetidamente ha dicho: "Tú, sígueme". Como si no debiera seguirle, por cuanto debía permanecer hasta que venga. Hay quién cree fácilmente que dijera otra cosa diferente de lo que creyeron los hermanos que estaban presentes. Sigue, "Corrió, pues, entre ellos la voz de que aquel discípulo no muere", pero esta opinión la refuta el mismo San Juan, diciendo: "Y no dijo Jesús no muere; sino que quiero que permanezca así hasta que yo venga, ¿a ti qué te va?" Pero si se quiere, aun se puede replicar, diciendo que es verdad lo que dice San Juan, de que el Señor no hubiese dicho que aquel discípulo no muere; pero que esto se entiende en el sentido que él explica.
Teofilacto. También puede decirse que Cristo no negó que Juan había de morir (porque todo lo que nace, muere), sino que dijo: "Quiero que él permanezca", esto es, que viva hasta el fin del mundo y entonces padecerá martirio por mí. Por tanto, pues, confiesan que aun vive, y que deberá ser muerto por el anticristo, y que entonces, juntamente con Elías y Enoch, predicará en nombre de Cristo. Y que si bien se enseña su sepulcro, entró en él vivo y salió después.
San Agustín, ut supra. Tal vez dirá alguno que en aquel sepulcro que cerca de Epheso se enseña como suyo, más bien descansa como dormido que como muerto, aceptando el rumor de que allí se siente rugir y como hervir la tierra, asegurando pertinazmente que es efecto de su respiración. ¿Pero cómo Jesús, habría dado como gran premio a su amado discípulo, la duración de un sueño tan largo a su cuerpo, cuando al bienaventurado San Pedro, para librarle del peso de su cuerpo, le concedió la inmensa gloria del martirio, y también a San Pablo la gracia que ansiaba, cuando decía, deseo morir y estar con Cristo ( Flp 1,23)? Pues si verdaderamente está allí en donde atestigua la fama, o es para glorificar su preciosa muerte que no gozó del martirio, o porque se nos oculta algún misterio. Pero siempre queda en pie la duda de por qué dijo el Señor de un hombre mortal: "Quiero que permanezca así hasta que yo venga".
San Agustín, ut supra. También interesa saber por qué el Señor amó más a Juan cuando Pedro amó más al mismo Señor. A mi entender, es mejor el que más ama a Cristo, pero más feliz aquél a quien Cristo más ama; yo respondería fácilmente si tuviese el encargo de defender la justicia de nuestro Salvador, pero acometeré la empresa de dar solución a cuestión tan grande. La Iglesia conoce dos vías que le han sido enseñadas por la divina predicación: la una está en la fe y la otra en la vista de la naturaleza. Esta está significada por el Apóstol Pedro, a causa de su primacía en el apostolado; aquella por Juan. Esta es la razón por qué al primero se dice: "Sígueme", y al segundo "Yo quiero que éste permanezca aquí, hasta que yo venga". Como si dijera: Tú sigue imitándome, sobrellevando los males temporales; aquél permanezca hasta que yo venga a premiar con los bienes eternos. Lo que puede decirse más claramente con estas palabras: Sígueme por el perfecto modelo de mi pasión, y aquel permanezca en la contemplación, para perfeccionarla cuando yo venga. Es necesario explicar, que estar y permanecer es como si dijera esperar, porque quiere significarse que se completará cuando viniere Cristo. En esta vida activa, cuanto más amamos a Cristo más fácilmente nos libramos del mal, y El nos ama menos en nuestro actual estado, y nos libra para que no seamos siempre lo mismo; pero allá nos ama más, porque nosotros no tendremos nada de lo que le disgusta y nos aleja. Amele, pues, Pedro, para que nos veamos libres de esta vida mortal, y sea Juan amado por El, para que nos veamos, para siempre, en aquella inmortalidad. ¿Por qué, pues, Juan amaba a Jesús menos que Pedro, si es figura de aquella vida en que se ama mucho más, sino porque se ha dicho: "Quiero que él permanezca (esto es, espere) hasta que yo venga", y cuando el mismo amor, que será mucho mayor entonces, aun no lo tenemos, sino que esperamos tenerle cuando él mismo venga? Esto, pues, de que Pedro, amando más es menos amado, significa que Cristo nos ama menos en esta vida miserable que en la eterna, así como nosotros amamos menos la contemplación de la verdad, tal como será entonces, porque aun no la vemos ni la poseemos. Entre tanto nadie separe a estos insignes Apóstoles, porque ambos estaban en la vía significada en Pedro, y ambos habían de estar en lo que significaba Juan.
Glosa. O de otro modo: "Así quiero que permanezca", es decir: yo no quiero que acabe su vida por el martirio, sino que espere en tranquila libertad de su cuerpo, hasta que cuando venga le reciba en la eterna bienaventuranza.
Teofilacto. O de otra manera: con estas palabras que el Señor dice a Pedro, "Sígueme", le constituye prelado de todos los fieles. Es preciso que por seguir entiendas la imitación en todo, en las palabras y en las obras, manifestando de este modo su amor al mismo, porque deseamos que nos sigan aquellos que nos son más adictos.
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 87. Pero si alguno preguntase "¿Por qué Santiago ocupó la silla de Jerusalén?", contestaré, que porque Pedro había recibido la de todo el mundo. Sigue: "Volviéndose Pedro vio a aquel discípulo a quien Jesús amaba, quien se recostó en la cena sobre su pecho, y dijo: Señor, ¿quién es el que te entregará?". No sin motivo recordó aquella situación, sino para demostrar la gran confianza que Pedro había recobrado después de su negación, pues al que en la cena no se atrevía a preguntar sino por medio de Juan, es a quien se le ha confiado ser prelado para sus hermanos. Y ya no se vale de otro para preguntar lo que a él atañe, sino que en adelante pregunta al Maestro sobre lo que conviene a los demás. Y como el Señor le había profetizado grandes cosas, le había sometido todo el mundo y anunciado el martirio, y asegurándole mayor amor, queriendo Pedro hacer partícipe de estas gracias a Juan, dijo: "¿Y éste qué?" Como si dijera: ¿No vendrá con nosotros por el mismo camino? Mucho amaba Pedro a Juan, y se ve por el mismo Evangelio su intimidad y también en los Hechos de los Apóstoles. Así es como Pedro paga a Juan a su vez, preguntando por él lo que éste desea preguntar de sí mismo y no se atreve. Como habían de encargarse del gobierno del mundo, y no convenía que estuviesen juntos (porque sería perjudicial), el Señor le responde, según el texto griego: "Si yo quiero que permanezca hasta que yo venga, ¿a ti qué te importa?" Tú, sígueme. Tú, cuida de la obra que se te ha encargado y complétala, pero si yo quiero que éste permanezca aquí, ¿a ti qué te va?
Teofilacto. Las palabras "Hasta que yo venga", deben entenderse, según algunos, como si dijera: Hasta que yo venga contra los judíos que me crucificaron, hiriéndoles con las armas de los romanos. Y añaden que este Apóstol vivió en aquel país hasta el tiempo de Vespasiano, cuando Jerusalén fue tomada. O bien: "Hasta que yo venga", esto es: hasta que yo quiera dirigir la predicación. Entre tanto yo te envío al pontificado universal, y en esto sigue mi ejemplo, pero que éste permanezca aquí hasta que yo le lleve como a ti.
Crisóstomo, ut supra. Después el Evangelista expone y enmienda la opinión de los discípulos como se ha dicho arriba.
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 87. Como San Juan había escrito con gran certidumbre, no rehusa aducir su propio testimonio, y por esto dice: "Este es aquel discípulo que da testimonio de estas cosas, y que las ha escrito". Es costumbre no ocultar nuestro testimonio cuando estamos seguros de la verdad, y mucho más aquel que escribía inspirado por el Espíritu Santo. Esta es la razón por qué los Apóstoles decían: "Nosotros somos testigos de estas cosas" ( Hch 2,32), y sigue: "Y él escribió esto". Lo que no sólo dice él, porque escribió el último bajo la inspiración de Cristo, por cuya razón insinúa con frecuencia que ésta fue la causa de escribir, dando de este modo a su Evangelio la importancia de su dignidad. "Y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero", porque había estado presente en todo, ni se apartó de la cruz cuando Jesús fue crucificado; y recibió a la Madre que Cristo le encargó en señal de su amor, todo lo cual sabe con plena certidumbre. Y si alguno no creyere, indúzcale a creer lo que después sigue: "Hay otras muchas cosas que hizo Jesús". De lo que se deduce manifiestamente que yo no escribí para dar preferencia a la causa de Cristo, habiendo dejado de escribir muchas cosas que dijeron los demás, y haciendo resaltar los ultrajes e injurias; cuando el que escribe en alabanza de otro, pasa en silencio lo que es denigrante para exponer lo que es más glorioso.
San Agustín, in Ioannem, tract., 124. Lo que después añade "Que si se escribiesen una por una, ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir", no se ha de entender que en cuanto al espacio de lugar no podrían caber en este mundo, sino que no podrían ser comprendidas en la capacidad de los lectores. Sucede con frecuencia que las palabras exceden a la veracidad de las cosas, lo que no sucede cuando se esclarece lo que parecía oscuro o dudoso, sino cuando lo que es manifiesto se aumenta o atenúa. La verdad, sin embargo, no padece en su esencia, aunque las palabras excedan a lo que significan de modo que el que habla no quiera engañar. Esta es la manera de expresarse que los griegos llamaron hyperbole, figura que se halla con frecuencia en la Escritura.
Crisóstomo, ut supra. O bien esto hace referencia a aquel poder que obraba en El, pues con la misma facilidad que nosotros hablamos, así y aun mucho más, El hacía lo que quería; porque es sobre todas las cosas Dios bendito por los siglos de los siglos.error!
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena