martes, 22 de noviembre de 2039
Santa Cecilia, Virgen y Mártir
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (Eccli. 51, 1-8; 51, 12)
Léctio libri Sapiéntiæ Confitébor tibi, Dómine, Rex, et collaudábo te Deum, Salvatórem meum. Confitébor nómini tuo: quóniam adjútor et protéctor factus es mihi, et liberásti corpus meum a perditióne, a láqueo línguæ iníquæ et a lábiis operántium mendácium, et in conspéctu astántium factus es mihi adjutor. Et liberasti me secúndum multitúdinem misericórdiæ nóminis tui a rugiéntibus, præparátis ad escam, de mánibus quæréntium ánimam meam, et de portis tribulatiónum, quæ circumdedérunt me: a pressúra flammæ, quæ circúmdedit me, et in médio ignis non sum æstuáta: de altitúdine ventris inferi, et a lingua coinquináta, et a verbo mendácii, a rege iníquo, et a lingua injústa: laudábit usque ad mortem ánima mea Dóminum: quóniam éruis sustinéntes te, et líberas eos de mánibus géntium, Dómine, Deus noster.
Oración de Jesús , hijo de Sirac. Te glorificaré, ¡oh Señor y rey!; a ti alabaré, ¡oh Dios salvador mío! Gracias tributaré a tu Nombre, porque tú has sido mi auxiliador y mi protector; y has librado mi cuerpo de la perdición, y del lazo de la lengua maligna, y de los labios que urden la mentira; y delante de mis acusadores te has manifestado mi defensor. Y por tu gran misericordia, de la cual tomas nombre, me has librado de los leones que rugían, ya prontos a devorarme; de las manos de aquellos que buscaban cómo quitarme la vida, y del tropel de diversas tribulaciones que me cercaron; de la violencia de las llamas entre las cuales me vi encerrado, y así es que en medio del fuego no fui abrasado; del profundo seno del infierno o sepulcro, y de los labios impuros, y del falso testimonio, de un rey inicuo, y de la lengua injusta. Mi alma alabará al Señor hasta la muerte. y de cómo salvas, Señor, a los que en ti esperan con paciencia, y los libras de las naciones enemigas. [Torres Amat]
Comentario patrístico · Comentario al Eclesiástico, cap. 51 — Cornelio a Lápide
1. ORACIÓN DE JESÚS HIJO DE SIRAC. «Oración», esto es, himno y salmo con que da gracias a Dios por haber sido librado de tantos peligros y males, y le alaba y glorifica; porque la oración es un género amplio que significa toda elevación, coloquio y unión de la mente con Dios, y comprende bajo sí muchas especies, una de las cuales es la himnodia y salmodia, es decir, la alabanza y la acción de gracias, como consta por I Tim. II, 1. A la letra escribió Siracides este himno para sí mismo, para dar gracias a Dios por su liberación y por los beneficios recibidos; pero el Espíritu Santo quiso por él dar a toda la Iglesia y a todos los fieles una fórmula de acción de gracias a Dios por la liberación de cualesquiera peligros y males. Por eso la Iglesia lo usa y aplica a Santa Inés y a las demás santas Vírgenes y Mártires, y lo lee en su Oficio y en su Misa; así Rábano. Siracides, pues, prescribe aquí a todos los Santos, y en especial a las Vírgenes y Mártires, el modo de dar gracias a Dios por la salud del alma y del cuerpo, y sobre todo por la castidad siempre conservada por Dios en medio de tantas tentaciones y violencias.
«TE CONFESARÉ, SEÑOR REY, Y TE ALABARÉ, DIOS SALVADOR MÍO.» Donde dice «te confesaré», el griego tiene ἐξομολογήσομαι, esto es: haré mi confesión, para que verdadera y sinceramente confiese y profese delante de todo el mundo que, rodeado de innumerables males y casi oprimido, escapé sano y salvo de todos, no por virtud mía ni humana, sino sólo por el auxilio de Dios. Llama a Dios «rey» para oponerlo a Ptolomeo, el rey que le afligía, como si dijera: el rey Ptolomeo me afligió; pero Dios, que es Rey de reyes y Señor de los que dominan, me libró de su mano y de su tiranía. Y le llama σωτῆρα, esto es, salvador, ya para aludir al nombre de Jesús Cristo Salvador, cuya figura él llevaba (pues en hebreo Jesús es lo mismo que en griego σωτήρ y en latín Salvador, Mat. I); ya para aludir a Ptolomeo Lagos, su perseguidor, apellidado Sóter, mas falsamente, según atestigua Josefo (lib. XII Antig., cap. 1), como si dijera: Ptolomeo no fue mi salvador, sino mi opresor; Dios óptimo máximo y mi Cristo fue el verdadero salvador, que poderosa y clementemente me arrancó de todas las aflicciones de Ptolomeo.
Imita Siracides a los Profetas, como a Isaías, que tras la liberación del pueblo prorrumpe en doxología (cap. XII, 1): «Te confesaré, Señor, porque te airaste conmigo: mas se apartó tu furor, y me consolaste.» Lo mismo hicieron los tres jóvenes al ser preservados ilesos en el horno de Babilonia (Dan. III, 51 y 57); lo mismo Habacuc (cap. III), y con frecuencia David en los Salmos (Sal. IX, 2; LVI, 10; CV, 1). Con estos ejemplos nos enseña el Espíritu Santo que debemos perpetuamente dar gracias a Dios por los innumerables beneficios con que nos libra de muchísimos peligros, aun ocultos, y por los muchos dones que cada día nos concede sin que los conozcamos o advirtamos, como enseña San Crisóstomo en la fórmula de acción de gracias.
2. TE CONFESARÉ POR TU NOMBRE, PORQUE TE HAS HECHO MI AYUDADOR Y PROTECTOR. También aquí el griego tiene ἐξομολογήσομαι, esto es: confesaré mi flaqueza y mis males, y la virtud y beneficencia de Dios, con que de todos los males me arrancó; porque la humilde y agradecida confesión de nuestra flaqueza y de la virtud y bondad divina es la suma alabanza de Dios y acción de gracias. Imita a David, que suele llamar e invocar a Dios «ayudador» y «protector»; pues Dios es «ayudador» —dice Jansenio— para vencer los males ya presentes, y «protector» para que no nos abrumen los males futuros: ayudador para bien obrar, protector para evitar los males.
3. Y LIBRASTE MI CUERPO DE LA PERDICIÓN, DEL LAZO DE LA LENGUA INICUA, Y DE LOS LABIOS DE LOS QUE OBRAN LA MENTIRA. Para entender esto conviene notar, según Josefo (XII Antig., 1), que Ptolomeo Lagos, bajo quien floreció Siracides, poco después de Alejandro Magno ocupó con engaño Jerusalén, entrando en ella en sábado como por causa de religión, cuando los judíos, sin sospechar nada hostil, guardaban aquel día en reposo; y la trató con dureza, despojando a unos, matando a otros y llevando cautivos a muchísimos. Parece, pues, que Siracides, siendo varón principal en aquella ciudad e ilustre por su sabiduría, se halló en esta calamidad y fue no pequeña parte de ella; y que, buscado con otros para la muerte, fue arrancado por auxilio divino de las espadas, fuegos y tormentos de los egipcios. «Del lazo de la lengua inicua», esto es, calumniadora, como vierte Vatablo. Es de creer, dice Palacio, que algún delator le acusó ante Ptolomeo, y que se fraguaron contra él mentiras; llevado ante el rey y sus capitanes, oyó falsedades contra sí, pero, orando en tan dudosa causa, Dios le ayudó para que no fuese muerto.
Parece también que la causa de la calumnia fue que Siracides, como escriba y doctor de la ley patria, enseñaba a los judíos —sobre todo a los que iban a ser llevados a Egipto— a guardarse de los ídolos y costumbres de los egipcios y a perseverar constantes en la religión y fe paternas dadas por Dios a Moisés; y por esto le acusaron como enemigo de los egipcios y de Ptolomeo, según suelen los políticos arrastrar la religión a la política e interpretar a los religiosos en la fe como adversarios no sólo de su perfidia, sino también de su gobierno. Si es así, debe tenerse a Siracides por mártir, pues, padeciendo por la ley y la fe de Dios, con su paciencia preludió el martirio de Jesucristo y llevó su figura tanto en el nombre como en la predicación, y en la tolerancia de las persecuciones y tormentos. Y ciertamente la Iglesia lee esto en el Oficio divino en las fiestas de las santas Vírgenes y Mártires.
4 y 5. Y ME LIBRASTE, SEGÚN LA MUCHEDUMBRE DE LA MISERICORDIA DE TU NOMBRE, DE LOS QUE RUGÍAN DISPUESTOS A DEVORAR, DE LAS MANOS DE LOS QUE BUSCABAN MI ALMA, Y DE LAS PUERTAS DE LAS TRIBULACIONES QUE ME RODEARON. Como si dijera: me libraste, no por mis méritos, sino por tu inmensa misericordia, de los enemigos furiosos en el asolamiento de la ciudad, que rugían a modo de leones ávidos de presa y de matanza, y que buscaban perder mi «alma», esto es, mi vida. Por las «puertas de las tribulaciones» entiende Palacio a los jueces, porque los hebreos solían ejercer los juicios en las puertas; Dionisio, las tribulaciones mismas, que son puertas y caminos hacia la muerte y hacia la vida futura, y aun hacia la vida bienaventurada, si con ecuanimidad se sufren por Dios; y más aptamente, las densas irrupciones de las tribulaciones, aludiendo a las irrupciones de los soldados de Ptolomeo en Jerusalén por las puertas abiertas con dolo o por fuerza. También en las puertas se significa la fuerza casi insuperable de las tribulaciones, pues las puertas de las ciudades suelen ser fortísimas. Llama «misericordia del nombre» de Dios porque Dios lleva la misericordia por nombre suyo: se le llama «compasivo, misericordioso, de mucha misericordia, padre de las misericordias, Dios de toda consolación» (Éxod. XXXIV, 6; Sal. CX, 4; II Cor. I).
6. DE LA OPRESIÓN DE LA LLAMA QUE ME RODEÓ, Y EN MEDIO DEL FUEGO NO ME ABRASÉ. El Siríaco: de la llama del fuego; esto es, no fui quemado, como si dijera: me libraste de la áspera tribulación y del ardor de la violenta persecución, que a modo de fuego me cercaba y quemaba por todas partes, es decir, cruelmente me atormentaba; pues «fuego» y «llama» se toman con frecuencia, por catacresis, por cualquier dolor y tormento agudo, como en el Salmo XVI, 3: «Me probaste con fuego.»
7. DE LA PROFUNDIDAD DEL VIENTRE DEL INFIERNO, Y DE LA LENGUA MANCHADA, Y DE LA PALABRA MENTIROSA, DEL REY INICUO, Y DE LA LENGUA INJUSTA. Repítase: me libraste. «De la profundidad», esto es, de lo más hondo, que es lo que significa el griego βάθους: de lo profundísimo de los infiernos, de donde, hallándome ya en el umbral de la muerte y del infierno, Él mismo, por su infinita misericordia, me sacó y arrancó. De lo dicho se ve que aquí «infierno» no se toma rectamente por la muerte y el sepulcro, pues los sepulcros, estando junto a la extrema superficie de la tierra, no pueden llamarse «profundidad del vientre del infierno». Anagógicamente, Hugo expone esto proféticamente de los Padres que habían de ser librados del limbo por Cristo. Tropológicamente lo expone de los peligros del pecado y de la condenación, como si Siracides y todo piadoso alabaran a Dios por haberle preservado o librado durante toda su vida de los pecados más graves y, por consiguiente, de los suplicios de la gehena, a los cuales se acercaba el alma, agravada por este cuerpo e incitada por la concupiscencia; pero la gracia de Dios la retenía y afirmaba en el bien. «De la lengua manchada» —en griego ἀκαθάρτου, impura—: así llama a las lenguas de los que calumnian y falsamente acusan por odio, envidia u otro afecto impuro; y moralmente se aprende que la lengua del detractor se llama contaminada, porque la detracción esconde bajo la lengua del detractor, como bajo la de una serpiente, todas las inmundicias, esto es, los pecados y defectos, del prójimo. «Y de la palabra mentirosa» (señala a los testigos que dieron falso testimonio contra él), «del rey inicuo» (a saber, Ptolomeo Lagos, como dije en el v. 3), «y de la lengua injusta» —de los que asistían a Ptolomeo y le inflamaban a la injusta muerte de Siracides, dice Palacio.
8 y 9. ALABARÁ MI ALMA AL SEÑOR HASTA LA MUERTE, Y MI VIDA SE ACERCABA AL INFIERNO ABAJO. El Siríaco: llegó mi alma a los infiernos, y mi espíritu se acercó a la muerte. Nuestro Intérprete lee ᾔνεσεν, esto es, alabó, es decir, «alabará»; otros leen ἤγγισεν, esto es, se acercó, de donde vierten: se acercó mi alma hasta la muerte, y mi vida estaba cerca del infierno más hondo. Nuestro Intérprete lee mejor ᾔνεσεν, «alabó», pues da la causa por la que tanto alaba a Dios; porque la partícula «y», al modo hebreo, es causal y significa «porque», como si dijera: mientras viva, mientras aliente, hasta la muerte alabaré continuamente a Dios desde lo más íntimo del alma.
10. ME RODEARON POR TODAS PARTES, Y NO HABÍA QUIEN AYUDASE; MIRABA AL AUXILIO DE LOS HOMBRES, Y NO LO HABÍA. Exagera la tribulación para exaltar el auxilio de Dios, y con ello su gozo y acción de gracias. Véase San Agustín (VIII Confes., 3), donde establece este axioma: «Siempre a un gozo mayor precede una molestia mayor», y lo prueba por inducción: el vencedor triunfa, y no habría vencido si no hubiese peleado, y cuanto mayor el peligro en la batalla, tanto mayor el gozo en el triunfo; la tempestad zarandea a los navegantes y amenaza naufragio, y todos palidecen ante la muerte, mas serenados el cielo y el mar, se alegran sobremanera porque en sobremanera temieron. Véase Santo Tomás (I-II, q. XXXII, art. 4), donde enseña que la tristeza pasada es causa del deleite.
11-12. ME ACORDÉ DE TU MISERICORDIA, SEÑOR, Y DE TU OBRA, QUE SON DESDE EL SIGLO; PORQUE TÚ SACAS A LOS QUE TE ESPERAN, SEÑOR, Y LOS LIBRAS DE MANOS DE LAS GENTES. Como si dijera: cercado por todas partes de enemigos y tribulaciones, miraba si algún hombre podía y quería auxiliarme, y no hallé ninguno, pues unos podían y no querían, otros querían y no podían; por lo cual, destituido de todo auxilio humano, acudí a Dios, único refugio y asilo de los desamparados, acordándome de tu misericordia y de la obra que desde el principio del mundo sueles mostrar a tus fieles afligidos, obrando grandes maravillas por su liberación; porque, por tu infinita piedad, sueles sacar a los que «te esperan» —en griego ὑπομένοντας, los que aguardan tu auxilio invocándolo con paciencia y ardor— y librarlos de la mano de las gentes que persiguen a tus adoradores. Nótese aquí que es propio de Dios prestar auxilio divino cuando falta el humano, y que tiene singular providencia y cuidado de los huérfanos, viudas, pobres y desamparados de los hombres, según aquello: «A ti se encomienda el pobre; tú serás el amparo del huérfano» (Sal. X, 14). Esto es lo que vulgarmente se dice «Deus ex machina», es decir, que aparece de improviso; pues en las cosas del todo intrincadas y como desesperadas suele Dios mostrarse y socorrer, y allanar todas las dificultades, sobre todo si es invocado por sus fieles con devoción y ardor.
Comentario al Eclesiástico, cap. 51, Cornelio a Lápide · Traducción del editor, del latín (Gran Comentario, dominio público) · fuente: lapide.org (dominio público)