domingo, 6 de noviembre de 2039
XXIII Domingo después de Pentecostés
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (Phil. 3, 17-21; 4, 1-3)
Léctio Epístolæ beáti Pauli Apóstoli ad Philippénses Fratres: Imitatóres mei estóte, et observáte eos, qui ita ámbulant, sicut habétis formam nostram. Multi enim ámbulant, quos sæpe dicébam vobis - nunc autem et flens dico - inimícos Crucis Christi: quorum finis intéritus: quorum Deus venter est: et glória in confusióne ipsórum, qui terréna sápiunt. Nostra autem conversátio in cœlis est: unde étiam Salvatórem exspectámus, Dóminum nostrum Jesum Christum, qui reformábit corpus humilitátis nostræ, configurátum córpori claritátis suæ, secúndum operatiónem, qua étiam possit subjícere sibi ómnia. Itaque, fratres mei caríssimi et desideratíssimi, gáudium meum et coróna mea: sic state in Dómino, caríssimi. Evódiam rogo et Sýntychen déprecor idípsum sápere in Dómino. Etiam rogo et te, germáne compar, ádjuva illas, quæ mecum laboravérunt in Evangélio cum Cleménte et céteris adjutóribus meis, quorum nómina sunt in libro vitæ.
¡Oh hermanos!, sed imitadores míos, y poned los ojos en aquellos que proceden conforme al dechado nuestro que tenéis. Porque muchos andan por ahí, como os decía repetidas veces, (y aún ahora lo digo con lágrimas) que se portan como enemigos de la cruz de Cristo , el paradero de los cuales es la perdición; cuyo Dios es el vientre, y que hacen gala de lo que es su desdoro y confusión, aferrados a las cosas terrenas. Pero nosotros vivimos ya como ciudadanos del cielo, de donde así mismo estamos aguardando al salvador Jesucristo Señor nuestro, el cual transformará nuestro vil cuerpo, y lo hará conforme al suyo glorioso, con la misma virtud eficaz, con que puede también sujetar a su imperio todas las cosas y hacer cuanto quiera de ellas. Por tanto, hermanos míos carísimos y amabilísimos, que sois mi gozo y mi corona, perseverad así firmes en el Señor, queridos míos. Yo ruego a Evodia, y suplico a Sintique, que tengan unos mismos sentimientos en el Señor. También te pido a ti, ¡oh fiel compañero!, que asistas a ésas que conmigo han trabajado por el Evangelio con Clemente y los demás coadjutores míos, cuyos nombres están en el libro de la vida. [Torres Amat]
Comentario patrístico · Homilía 12 + Homilía 13 sobre Filipenses — San Juan Crisóstomo
Vers. 17. Hermanos, sed imitadores míos, y observad a los que así caminan según el ejemplo que en nosotros tenéis.
Había dicho antes: guardaos de los perros; de tales los había apartado; ahora los acerca a aquellos que deben imitar. Si alguno, dice, quiere imitarme, si alguno quiere caminar por el mismo camino, atienda a ellos; aunque yo no esté presente, conocéis la manera de mi caminar, esto es, mi conducta en la vida. Pues no sólo con palabras enseñaba, sino también con obras; como en el coro y en el ejército los demás deben imitar al corifeo o al caudillo, y así avanzar en buen orden. Porque puede suceder que el orden se disuelva por la sedición.
Porque muchos caminan, de los cuales muchas veces os hablé, y ahora aun llorando os lo digo, que son enemigos de la cruz de Cristo: cuyo fin es la perdición, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria está en su confusión, que gustan de las cosas de la tierra. Mas nuestra ciudadanía está en los cielos; de donde también esperamos al Salvador, nuestro Señor Jesucristo: el cual reformará el cuerpo de nuestra humillación, para hacerlo conforme al cuerpo de su gloria, según la operación con que puede aun sujetar a sí todas las cosas.
Nada hay tan impropio del cristiano, y tan ajeno a su carácter, como buscar la comodidad y el descanso; y estar absorto en la vida presente es extraño a nuestra profesión y a nuestro alistamiento. Vuestro Maestro fue crucificado, ¿y vosotros buscáis la comodidad? Vuestro Maestro fue traspasado con clavos, ¿y vosotros vivís entre delicias? ¿Conviene esto a un noble soldado? Por eso dice Pablo: Muchos caminan, de los cuales muchas veces os hablé, y ahora aun llorando os lo digo, que son enemigos de la cruz de Cristo. Como había algunos que hacían ostentación de cristianismo, y sin embargo vivían en la comodidad y el lujo, y esto es contrario a la Cruz, por eso habló así. Porque la cruz pertenece a un alma que está en su puesto para el combate, deseosa de morir, sin buscar nada semejante al reposo, mientras que la conducta de ellos es de la clase contraria. De suerte que, aunque digan que son de Cristo, son con todo como enemigos de la Cruz. Pues si amaran la Cruz, se esforzarían por vivir la vida crucificada. ¿No fue tu Maestro colgado del madero? Imítale tú de otra manera. Crucifícate a ti mismo, aunque nadie te crucifique. Crucifícate a ti mismo, no para matarte, líbreme Dios, pues eso es cosa impía, sino como dijo Pablo: El mundo me está crucificado a mí, y yo al mundo. Si amas a tu Maestro, muere su muerte. Aprende cuán grande es el poder de la Cruz; cuántos bienes ha obrado, y aún obra; cómo es la salvación de nuestra vida. Por ella se hacen todas las cosas. El Bautismo es por la Cruz, pues hemos de recibir aquel sello. La imposición de manos es por la Cruz. Si vamos de camino, si estamos en casa, dondequiera que estemos, la Cruz es un gran bien, la armadura de la salvación, un escudo que no puede ser abatido, un arma para oponerse al diablo; llevas la Cruz cuando estás en enemistad con él, no simplemente cuando te sellas con ella, sino cuando padeces las cosas propias de la Cruz. Cristo tuvo a bien llamar a nuestros padecimientos con el nombre de la Cruz. Como cuando dice: El que no toma su cruz y me sigue, es decir, el que no está dispuesto a morir.
Pero éstos, siendo viles, y amadores de la vida, y amadores de sus cuerpos, son enemigos de la Cruz. Y todo el que es amigo del lujo y de la seguridad presente, es enemigo de aquella Cruz de la que Pablo se gloría: la cual abraza, y con la cual desea incorporarse. Como cuando dice: Estoy crucificado para el mundo, y el mundo para mí. Mas aquí dice: Ahora os lo digo llorando. ¿Por qué? Porque el mal apremiaba, porque tales hombres merecen lágrimas. En verdad los que viven entre delicias son dignos de lágrimas, pues engordan lo que les rodea, es decir, el cuerpo, y no toman ningún cuidado de aquella alma que ha de dar cuenta. Mira: vives entre delicias, mira: te embriagas, hoy y mañana, diez años, veinte, treinta, cincuenta, cien, lo cual es imposible; pero, si quieres, supongámoslo. ¿Cuál es el fin? ¿Cuál la ganancia? Ninguna en absoluto. ¿No merece, pues, lágrimas y lamentos llevar semejante vida? Dios nos ha traído a esta carrera para coronarnos, y nosotros partimos sin haber hecho ninguna acción noble. Por eso llora Pablo, allí donde otros ríen y viven en el placer. Tan compasivo es: tanto cuidado toma de todos los hombres. Cuyo dios, dice, es el vientre. ¡Para esto tienen un dios! Es decir: comamos y bebamos. ¿Veis cuán grande mal es el lujo? Para unos su riqueza, y para otros su vientre es un dios. ¿No son también éstos idólatras, y peores que los comunes? Y su gloria está en su confusión. Algunos dicen que se trata de la circuncisión. No lo creo así, sino que éste es su sentido: se glorían de aquellas cosas de las que debieran avergonzarse. Cosa temible es hacer acciones vergonzosas; mas hacerlas y avergonzarse es sólo la mitad de terrible. Pero donde uno hasta se gloría de ellas, es excesiva insensatez.
Cuyo Dios, dice, es su vientre. Veamos cómo sirvió Pablo a Dios; veamos cómo los glotones sirven a su vientre. ¿No sufren acaso diez mil muertes semejantes? ¿No temen desobedecer a cuanto él ordena? ¿No le prestan cosas imposibles? ¿No son peores que esclavos? Pero nuestra ciudadanía, dice, está en los cielos. No busquemos, pues, aquí la comodidad; allí resplandecemos, donde también está nuestra ciudadanía. De donde también, dice, esperamos al Salvador, nuestro Señor Jesucristo, el cual reformará el cuerpo de nuestra humillación, para hacerlo conforme al cuerpo de su gloria. Poco a poco nos ha ido elevando. Dice: de los cielos, y nuestro Salvador, mostrando, por el lugar y por la Persona, la dignidad del asunto. El cual reformará el cuerpo de nuestra humillación, dice. El cuerpo padece ahora muchas cosas: es cargado de cadenas, es azotado, sufre innumerables males; pero el cuerpo de Cristo padeció lo mismo. Esto, pues, insinuó cuando dijo: Para hacerlo conforme al cuerpo de su gloria. Por lo cual el cuerpo es el mismo, mas se reviste de incorrupción. Reformará. Por lo cual la forma es distinta; o quizá ha hablado figuradamente del cambio.
Dice: el cuerpo de nuestra humillación, porque ahora está humillado, sujeto a la destrucción, al dolor, porque parece de ningún valor y no tener nada más que los demás animales. Para hacerlo conforme al cuerpo de su gloria. ¿Qué? ¿Este cuerpo nuestro será hecho semejante al de Aquel que se sienta a la diestra del Padre, a Aquel que es adorado por los Ángeles, ante quien están en pie las Potestades incorpóreas, a Aquel que está sobre todo principado y potestad y virtud? Si, pues, el mundo entero se pusiera a llorar y a lamentarse por los que han caído de esta esperanza, ¿podría llorar dignamente? Porque, habiéndosenos dado la promesa de que nuestro cuerpo será hecho semejante al suyo, con todo parte con los demonios. Ya no me cuido del infierno de aquí en adelante; dígase lo que se diga, habiendo caído de tan grande gloria, ahora y en adelante tengo el infierno por nada en comparación de esta caída. ¿Qué dices, oh Pablo? ¿Ser hecho semejante a Él? Sí, responde; luego, para que no lo dudes, añade una razón: Según la operación con que puede aun sujetar a sí todas las cosas. Tiene poder, dice, para sujetar a sí todas las cosas, por lo cual también la destrucción y la muerte. O más bien, esto lo hace con el mismo poder. Pues dime, ¿qué requiere mayor poder, sujetar a los demonios, y a los Ángeles, y a los Arcángeles, y a los Querubines, y a los Serafines, o hacer el cuerpo incorruptible e inmortal? Ciertamente lo segundo mucho más que lo primero; mostró las mayores obras de su poder, para que creyeses también éstas. Por lo cual, aunque veáis a estos hombres regocijándose y honrados, permaneced firmes, no os escandalicéis de ellos, no os conmováis. Estas nuestras esperanzas bastan para levantar aun al más perezoso e indolente.
Cap. IV, vers. 1. Por lo cual, dice, hermanos míos, amados y anhelados, gozo y corona mía, así estad firmes en el Señor, amados míos.
Así. ¿Cómo? Inconmovibles. Ved cómo añade la alabanza tras la exhortación: gozo y corona mía; no simplemente gozo, sino también gloria; no simplemente gloria, sino también corona mía. A la cual gloria nada puede igualarse, pues es la corona de Pablo. Así estad firmes en el Señor, amados míos, esto es, en la esperanza de Dios.
Vers. 2, 3. Ruego a Evodia y ruego a Síntique que sientan lo mismo en el Señor. Sí, te ruego también a ti, fiel compañero, ayuda a estas mujeres.
Algunos dicen que Pablo exhorta aquí a su propia esposa; mas no es así, sino a alguna otra mujer, o al marido de una de ellas. Ayuda a estas mujeres, porque trabajaron conmigo en el Evangelio, con Clemente también, y los demás colaboradores míos cuyos nombres están en el libro de la vida. ¿Veis cuán grande testimonio da de su virtud? Pues así como Cristo dice a sus Apóstoles: No os alegréis de que los espíritus se os sujetan, sino alegraos de que vuestros nombres están escritos en el libro de la vida; así Pablo les da testimonio, diciendo: cuyos nombres están en el libro de la vida. Estas mujeres me parece que eran las principales de la Iglesia que allí había, y las encomienda a algún varón notable a quien llama su compañero, a quien quizá solía encomendarlas, como a colaborador, y compañero de armas, y hermano, y camarada, como lo hace en la Epístola a los Romanos, cuando dice: Os recomiendo a Febe, nuestra hermana, que es diaconisa de la Iglesia que está en Cencreas. Compañero: o algún hermano de ellas, o el marido de una. Como si dijera: Ahora eres verdadero hermano, ahora verdadero marido, porque te has hecho miembro. Porque trabajaron conmigo en el Evangelio. Esta protección venía de casa, no de la amistad, sino de las buenas obras. Trabajaron conmigo. ¿Qué dices? ¿Mujeres trabajaron contigo? Sí, responde, también ellas contribuyeron con no pequeña parte. Aunque muchos eran los que obraban juntamente con él, sin embargo también estas mujeres obraron con él entre los muchos. No poco, pues, se edificaban las Iglesias, porque muchos buenos fines se alcanzan cuando los que son probados, sean varones o sean mujeres, disfrutan de los demás semejante honra. Porque, en primer lugar, los demás eran llevados a un celo semejante; en segundo lugar, también ellos ganaban con el respeto mostrado; y en tercer lugar, hacían más celosos y diligentes a aquellos mismos. Por lo cual veis que Pablo en todas partes tiene cuidado de esto, y recomienda a tales hombres para que sean tenidos en consideración. Como dice en la Epístola a los Corintios: los cuales son las primicias de Acaya. Algunos dicen que la palabra compañero (Sícigo) es un nombre propio. Pues bien, ¿qué? Sea así, o no lo sea, no es menester inquirirlo con exactitud, sino observar que da la orden de que estas mujeres disfruten de mucha protección.
Todo lo que tenemos, dice, está en los cielos, nuestro Salvador, nuestra ciudad, cuanto se pueda nombrar: de donde, dice, esperamos al Salvador, nuestro Señor Jesucristo. Y esto es un acto de su bondad y de su amor para con el hombre. Él mismo de nuevo viene a nosotros; no nos arrastra allá, sino que nos toma, y así parte con nosotros. Y esto es señal de grande honra; pues si vino a nosotros cuando éramos enemigos, mucho más ahora que nos hemos hecho amigos. No encomienda esto a los Ángeles, ni a los siervos, sino que Él mismo viene a llamarnos a su mansión real. Ved: también nosotros seremos arrebatados en las nubes, tributándole honor.
Homilía 12 + Homilía 13 sobre Filipenses, San Juan Crisóstomo · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1889) · fuente: newadvent.org
Evangelio (Matt. 9, 18-26)
Sequéntia sancti Evangélii secúndum Matthǽum In illo témpore: Loquénte Jesu ad turbas, ecce, princeps unus accéssit et adorábat eum, dicens: Dómine, fília mea modo defúncta est: sed veni, impóne manum tuam super eam, et vivet. Et surgens Jesus sequebátur eum et discípuli ejus. Et ecce múlier, quæ sánguinis fluxum patiebátur duódecim annis, accéssit retro et tétigit fímbriam vestiménti ejus. Dicébat enim intra se: Si tetígero tantum vestiméntum ejus, salva ero. At Jesus convérsus et videns eam, dixit: Confíde, fília, fides tua te salvam fecit. Et salva facta est múlier ex illa hora. Et cum venísset Jesus in domum príncipis, et vidísset tibícines et turbam tumultuántem, dicebat: Recédite: non est enim mórtua puélla, sed dormit. Et deridébant eum. Et cum ejécta esset turba, intrávit et ténuit manum ejus. Et surréxit puélla. Et éxiit fama hæc in univérsam terram illam.
En esta conversación estaba, cuando llegó un hombre principal o jefe de sinagoga, y adorándole, le dijo: Señor, una hija mía está a punto de morir; pero ven, impón tu mano sobre ella, y vivirá. Levantándose Jesús , le iba siguiendo con sus discípulos; cuando he aquí que una mujer que hacía ya doce años que padecía un flujo de sangre, vino por detrás y tocó el ruedo de su vestido. Porque decía ella entre sí: Con que pueda solamente tocar su vestido, me veré curada. Mas volviéndose Jesús y mirándola, dijo: Hija, ten confianza. Tu fe te ha curado. En efecto desde aquel momento quedó curada la mujer. Venido Jesús a la casa de aquel hombre principal, y viendo a los tañedores de flautas, o música fúnebre, y el alboroto de la gente, decía: Retiraos, pues no está muerta la niña, sino dormida. Y hacían burla de él. Mas echada fuera la gente, entró, la tomó de la mano, y la niña se levantó. Y se divulgó el suceso por todo aquel país. [Torres Amat]
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Mateo 9, 18-26 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 31,1. Después de las palabras, siguió la acción, que debía cerrar por completo la boca a los fariseos, puesto que el mismo Jefe de la sinagoga se había acercado a Jesús para pedirle un milagro. Grande era su tristeza, porque era hija única la difunta, tenía doce años y estaba en los primeros albores de la vida y por eso dice: "Mientras El les hablaba estas cosas: He aquí que se le aproximó uno de los principales".
San Agustín, de consensu evangelistarum, 2, 28. San Marcos y San Lucas refieren el mismo hecho, aunque no en el mismo orden, porque colocan este hecho después de su salida del país de los Gerasenos, cuando atravesó el lago después de haber arrojado a los demonios que se posesionaron del cuerpo de los cerdos. Según San Marcos, debió acontecer este hecho después que Jesús atravesó por segunda vez el lago, aunque no se sabe cuánto tiempo después. Debió indudablemente haber algún intervalo, porque de otra manera no tendría lugar en la narración de San Mateo la permanencia de Jesús en el convite de la casa de Mateo: a continuación de este hecho, sigue inmediatamente el de la hija del jefe de la sinagoga. Porque si el referido jefe se hubiera acercado a Jesús en el momento en que estaba haciendo las comparaciones de la pieza de paño nuevo y del vino nuevo, no hubiera habido interposición alguna entre sus acciones y palabras. Pero en la narración de San Marcos, existe un espacio donde se pudieron interponer otras cosas. San Lucas no contradice a San Mateo cuando dice: "He aquí que un hombre llamado Jairo" ( Lc 8,41) . No debe colocarse este hecho a continuación, sino después de lo que refiere San Mateo, sobre el convite de los publicanos, en los términos siguientes: Mientras El les decía estas cosas, he aquí, que un príncipe (es decir, Jairo, príncipe de la sinagoga) se acercó a El y le adoró diciéndole: "Señor, mi hija acaba de morir". Se debe tener presente (para evitar toda aparente contradicción), que los otros dos evangelistas no dicen que estuviera muerta, sino próxima a morir. Hasta afirman que vinieron después a anunciarle la muerte, a fin de no incomodar al Maestro. Es preciso admitir, que San Mateo, para mayor brevedad, se contentó con referir la petición, dirigida al Señor, de que hiciera lo que realmente ejecutó, es decir, de que resucitara a una difunta. Porque en este pasaje no debemos fijarnos en las palabras del padre sobre su hija, sino (y esto es lo esencial) en la voluntad. Estaba él tan desesperado de que pudiera resucitar, que no se imaginaba encontrar viva a la que dejó difunta. Dos evangelistas, pues, dan testimonio de lo que dijo Jairo mientras que San Mateo de lo que deseó y lo que pensó. Evidentemente, si uno de los primeros hubiera dicho que el mismo padre dijo que no se molestase a Jesús, porque su hija estaba ya muerta, semejantes palabras estarían en contradicción con las de San Mateo. Pero no se expresa en la narración que estuviera conforme con las noticias que le daban sus criados. De aquí la absoluta necesidad en que estamos de no dar a las palabras de cada uno más valor que el que les da su propia voluntad, a quien están subordinadas las palabras y de no inventar mentiras por haber dicho en otros términos lo que realmente quiso decir, aunque con palabras distintas.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 31,1. O también: Lo que el príncipe dijo de la muerte de su hija, no es más que una exageración propia del que anuncia una desgracia. Porque es natural en todos los que piden algo presentar sus males como mayores y decir más de lo que realmente es, con el objeto de interesar más a aquellos a quienes suplican. De aquí aquellas palabras: "Pero ven, impón tu mano sobre ella y vivirá". Ve aquí su confianza. Exige dos cosas de Cristo: el que vaya a su casa y el que ponga su mano, precisamente lo que el Sirio Naaman exigió del profeta ( 2Re 5). Porque necesitan ver y apreciar las cosas de una manera sensible los que sólo tienen disposiciones vulgares.
Remigio. Admirable e igualmente digna de imitación es la humildad y la mansedumbre del Señor, porque en seguida que fue suplicado, siguió al que le suplicó: por eso se dice: "Y levantándose le seguía". De esta manera enseña lo mismo a los súbditos que a los superiores: a los súbditos les dejó el ejemplo de la obediencia y manifestó a los superiores la solicitud y la prontitud que deben tener en la enseñanza: de suerte que deben acudir en seguida a cualquier parte donde hubiere una persona muerta en su alma.
Remigio. Sigue: Iban con El sus discípulos.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 31,1. San Marcos y San Lucas dicen, que llevó consigo tres de sus discípulos, esto es, a Pedro, Santiago y Juan. A Mateo no le llevó para estimular más su deseo y a causa de la imperfección de sus disposiciones. Honra con esta distinción a aquellos, a fin de que los otros se hagan iguales a ellos y en cuanto a San Mateo, le era suficiente el haber visto la curación de la mujer que padecía el flujo de sangre, de la cual se dice: He aquí que una mujer, que padecía un flujo de sangre, se acercó por detrás y tocó la orla del vestido del Señor.
San Jerónimo. Esta mujer, que padecía un flujo de sangre, no se acerca al Señor ni en su casa, ni en la ciudad (porque según la ley no podía habitar en las ciudades) sino en el camino por donde pasaba el Señor, de suerte que el Señor, cuando iba a curar a una, curó también a otra.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 31,1. Por eso no se acerca en público al Señor, porque tenía vergüenza a causa de la enfermedad que padecía y por la que ella, apoyada en la ley, se tenía por muy impura; por eso se esconde y se oculta.
Remigio. Debemos en esta acción alabar la humildad de la mujer, que no se acerca de frente al Señor, sino por detrás, juzgándose indigna de tocar los pies del Señor. No toca todo el vestido, sino solamente su franja, porque el vestido del Señor tenía una franja conforme con el precepto de la ley. Llevaban los fariseos en sus vestidos unas franjas, que ellos estimaban mucho, en las que colocaban unas espinas; pero las de la franja del vestido del Señor no eran para herir, sino para curar y por eso decía la mujer en su interior: "Si tan sólo tocare su vestido, quedaré curada". Admirable es su fe, porque desesperando de los médicos, en los que había gastado su capital (como dice San Marcos) comprendió que había un médico celestial, puso en El toda su esperanza y mereció ser curada según las palabras: Mas volviéndose Jesús y viéndola, dijo: "Confía, hija, tu fe te ha salvado".
Rábano. ¿Por qué mandó que tuviera confianza aquella mujer, que si no la hubiera tenido no hubiera buscado en El la salud? Exigió de ella fuerza y perseverancia en la fe, a fin de que llegara a tener una salud segura y verdadera.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 31,2. O bien porque la mujer era tímida, le dijo: "Confía" y la llama hija, porque con la fe se hizo hija.
San Jerónimo. Y no dijo: porque tu fe te ha de sanar, sino te sanó porque en el acto mismo de creer fue curada.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 31,1. Aun no tenía ella un conocimiento exacto acerca de Cristo, pues creía que podía permanecer oculta a sus miradas. Pero no le permitió Cristo que se escondiese, no porque El ambicionase gloria alguna, sino por varios motivos: Primeramente, calma su temor para que no le remordiera la conciencia de haber arrebatado un don; en segundo lugar, la reprende de haber querido permanecer oculta; en tercer lugar, pone su fe a la vista de todos, para que a todos sirva de estímulo. Mostrando, en fin, que sabe todas las cosas, nos da una señal de su divinidad, no menor que la que nos dio con el derramamiento de su sangre: "Y esta mujer fue curada en aquel instante".
Glosa. Por aquella palabra: "desde aquella hora", debe entenderse no desde aquella en que Jesús se volvió hacia la mujer, sino desde el momento en que ella tocó la franja: como expresamente dicen otros evangelistas ( Mc 5,29; Lc 8,44) y hasta de las mismas palabras del Señor se colige claramente.
San Hilario, in Matthaeum, 3. Debemos admirar en este acontecimiento el gran poder del Señor, puesto que, permaneciendo ese poder dentro de un cuerpo, comunica a las cosas inanimadas la virtud de sanar, hasta el extremo de comunicarse la operación divina por la franja de los vestidos. No estaba Dios limitado en el estrecho límite de un cuerpo y su unión con el cuerpo no tenía por objeto encerrar en él todo su poder, sino elevar la fragilidad de nuestra carne hasta la obra de la redención.
San Hilario, in Matthaeum, 3. Se entiende en sentido místico, por el príncipe de la sinagoga a la ley, que suplica al Señor devuelva la vida al cadáver de este pueblo, a quien la misma ley había estado alimentando con la esperanza de la venida de Cristo.
Rábano. También representa a Moisés y se le llama Jairo, esto es, el que ilumina o es iluminado, porque él recibió las palabras de la vida eterna para trasmitírnoslas a nosotros y hacerlas brillar de esta manera en los demás, al mismo tiempo que él mismo es iluminado por el Espíritu Santo. La hija, pues, del príncipe de la sinagoga, esto es, la sinagoga, de edad de doce años, es decir, de la pubertad, está abatida por la gangrena de los errores, en el momento que está obligada a engendrar hijos para Dios. Por eso el Verbo de Dios corre hacia esta hija del príncipe para salvar a los hijos de Israel; la Iglesia santa formada por las naciones, que perdían sus fuerzas por los crímenes interiores que las corroían, consiguió salvarse por la fe que estaba preparada para otros. Es digno de notarse, que la hija del príncipe estaba en la edad de los doce años y la mujer curada del flujo de la sangre estuvo padeciendo esta enfermedad durante doce años. Así que, cuando aquella nació, principió ésta a padecer, casi al mismo tiempo en que la sinagoga nació de entre los patriarcas y las naciones extrañas comenzaron a afearse con el corrompido veneno de la idolatría. El flujo de sangre puede tomarse en dos sentidos: por la corrupción y mancha de la idolatría, o también por todas las maldades practicadas bajo el imperio del placer de la carne y de la sangre. De ahí que, cuando la sinagoga tuvo vigor, luchó la Iglesia y sus pecados fueron la causa de que pasara la salud a otras naciones ( Rom 11). La Iglesia se acerca al Señor, lo toca, cuando se aproxima a El por la fe.
Glosa. Creyó, dijo, tocó; porque con estas tres cosas, la fe, la palabra y la obra, se consigue la salud.
Rábano. Y se acercó por detrás, según aquellas palabras: "Si alguno me quiere servir, sígame" ( Jn 12,26). O bien, porque no viendo ella en la carne a la persona de Dios, llega a conocerlo después que fueron cumplidos los misterios de su Encarnación. Por eso toca la franja del vestido, figura del pueblo gentil, que no habiendo visto a Cristo en su carne, recibió sus palabras de la Encarnación. Porque el vestido representa el misterio de la Encarnación, en la que se cubrió la divinidad y las palabras que siguen a la Encarnación, representan la franja del vestido. Toca, no el vestido, sino la franja, porque no vio a Dios en la carne, sino que recibió por los Apóstoles la palabra de la Encarnación. ¡Dichoso el que toca con su fe, aun cuando no sea más que las extremidades del Verbo! No recupera la salud en la ciudad, sino en el camino por donde iba el Señor; por esta razón dijeron los Apóstoles: "porque por vuestra conducta os hacéis indignos de la vida eterna; por eso nos volvemos a los gentiles" ( Hch 13,46). Los gentiles comenzaron a gozar la salvación desde la llegada del Señor.
Glosa. A la curación de la mujer que padecía el flujo, sigue la resurrección de la niña difunta, según aquellas palabras: "Y habiendo llegado Jesús a la casa del príncipe".
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 31,2. Debemos considerar en este pasaje, lo mucho que se detiene Jesús hablando con la mujer curada, con el objeto de dar tiempo a que muriera la niña y resaltara más la señal de su resurrección. Lo mismo hizo con Lázaro, que permaneció muerto hasta el tercer día. Sigue: Y cuando vio a los flautistas y a la muchedumbre que se agolpaba, prueba evidente de la muerte.
San Ambrosio, in Lucam, 6,62. Según costumbre antigua solían asistir a los entierros hombres que iban tocando flautas a fin de mover al llanto.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 31,2. Pero Cristo arrojó a todos los flautistas, e hizo entrar a los parientes de la niña, a fin de que no pudieran atribuir a causas diferentes la resurrección de la niña. Antes de la resurrección, los anima a que tengan esperanza con estas palabras: "Retiraos; porque no está muerta la niña, sino dormida".
Rábano. Como si dijera: Para vosotros está muerta, pero para Dios, que puede resucitarla, tanto en el cuerpo como en el espíritu, está dormida.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 31,2. Estas palabras, que levantaron una gran agitación en los que se hallaban presentes, demuestran lo fácil que es para Cristo el resucitar a los muertos: como sucedió con Lázaro : "Nuestro amigo Lázaro duerme" ( Jn 11,11). Nos enseñan, además, que no debemos tener miedo a la muerte. El mismo había de morir también y valiéndose de la muerte de otros hombres inspira confianza a sus discípulos y les enseña a sufrir con valor la muerte. Porque desde su venida, la muerte no es ya más que un sueño. Al oír los que se hallaban presentes este lenguaje del Señor se burlaban de El. Pero Jesús despreció esta burla, a fin de que la misma burla de los flautistas y los demás circunstantes fuera una prueba evidente de la realidad de la muerte. Muchas veces no creen los hombres en los milagros y se les convence con sus mismas contestaciones: como aconteció con Lázaro cuando dijo Jesús: "¿Dónde le pusisteis?" ( Jn 11,34), a lo que contestaron ellos: "Ven y ve cómo ya huele (porque ya han pasado cuatro días)" ( Jn 11,39). Ante esta confesión, no podían menos de creer que efectivamente estaba muerto y que resucitó a un muerto.
San Jerónimo. No eran dignos de presenciar el hecho misterioso de la resurrección aquellos que cubrían de oprobios y de injurias al que tales cosas hacía. Por eso se dice: "Y como hubiese echado fuera a las turbas, entró, tomó la mano de la niña y ésta resucitó".
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 31,2. El no le da una nueva vida, sino que le devuelve la misma que había perdido y la saca como de un sueño, para de este modo prepararla a que creyera (como si lo viera) en su resurrección. Y no sólo resucita a la niña, sino que, como dicen otros evangelistas, mandó que le dieran de comer, con el objeto de que vieran no era una ilusión lo que acababa de hacer. Y sigue: "Y se extendió su fama por todo el país".
Glosa. A fin de que no se tuviera por una ficción la grandeza y la novedad de este milagro y que su realidad se extendiera entre el público.
San Hilario. En sentido místico, entra el Señor en casa del príncipe (es decir, en la sinagoga), en el momento en que los cantores cantaban el himno del duelo según prevenía la ley.
San Jerónimo. Hasta hoy permanece en la casa del príncipe la niña difunta y los que parecen maestros, no son más que músicos de flauta que tocan composiciones fúnebres. La turba de los judíos no es la del pueblo que cree, sino la del pueblo que se agita; pero una vez que hubieren entrado todas las naciones, todo Israel conseguirá su salvación ( Rom 11).
San Hilario, in Matthaeum, 9. A fin de que podamos comprender que era limitado el número de los creyentes, fue arrojada toda la muchedumbre que burlándose con sus palabras y sus acciones se hizo indigna de asistir a la resurrección, a pesar de que el Señor deseó salvarla.
San Jerónimo. Y tomó la mano de la niña y ésta se levantó; porque no se levantará la sinagoga, que es un cadáver de los judíos, hasta que éstos no purifiquen primero sus manos, que están llenas de sangre ( Is 1).
San Hilario, in Matthaeum, 9. La fama que se extendió por todo aquel país, nos hace ver que Cristo fue elegido para dar la salud y publica de un modo claro sus dones y sus obras.
Rábano. En sentido moral, la niña difunta en su casa figura al alma muerta en sus pensamientos. Y dice el Salvador, que la niña no hace más que dormir; porque los que pecan en esta vida, aun pueden resucitar mediante la penitencia: los tocadores de flauta no hacen más que adular y ensalzar a la muerta.
San Gregorio Magno, Moralia, 18. Con el objeto de resucitar a la difunta, echa fuera a la muchedumbre. Porque no resucitará el alma que interiormente está muerta, si no arroja antes de lo más íntimo de su corazón la multitud de cuidados temporales.
Rábano. La niña es resucitada en su casa en presencia de unos cuantos testigos, el hombre joven fuera de la puerta y Lázaro delante de mucha gente; porque el que falta públicamente necesita dar una reparación pública y al que comete una falta ligera, se le puede borrar con una penitencia suave y oculta.
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena