jueves, 20 de octubre de 2039
San Juan Cancio, Confesor
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (Jac. 2, 12-17)
Léctio Epístolæ beáti Jacóbi Apóstoli Carissimi: Sic loquímini, et sic fácite sicut per legem libertátis incipiéntes judicári. Judícium enim sine misericórdia illi, qui non fecit misericórdiam: superexáltat autem misericórdia judícium. Quid próderit, fratres mei, si fidem quis dicat se habére, ópera autem non hábeat? Numquid poterit fides salváre eum? Si autem frater et soror nudi sint, et indígeant victu quotidiáno, dicat autem áliquis ex vobis illis: Ite in pace, calefacímini et saturámini: non dedéritis autem eis, quæ necessária sunt córpori, quid próderit? Sic et fides, si non hábeat ópera, mórtua est in semetípsa.
Así habéis de hablar y obrar, como que estáis a punto de ser juzgados por la ley evangélica o de la libertad. Porque aguarda un juicio sin misericordia al que no usó de misericordia; pero la misericordia sobrepuja al rigor del juicio. ¿De qué servirá, hermanos míos, el que uno diga tener fe, si no tiene obras? ¿Por ventura la fe podrá salvarle? Caso que un hermano o una hermana estén desnudos y necesitados del alimento diario, ¿de qué les servirá que alguno de vosotros les diga: Id en paz, defendeos del frío y comed a satisfacción, si no les dáis lo necesario para reparo del cuerpo? Así la fe, si no es acompañada de obras, está muerta en sí misma. [Torres Amat]
Comentario patrístico · Comentario a Santiago, cap. 2 — Cornelio a Lápide
12. «Así hablad y así obrad.» — Concluye Santiago exhortándolos a que pongan por obra lo ya dicho: que no hagan acepción de las personas de los ricos, sino que cumplan la ley regia del amor al prójimo, tanto pobre como rico, acordándose del juicio divino, en el cual serán condenados con mayor gravedad los cristianos que la hayan violado, por cuanto ellos mismos recibieron de Cristo la ley de la libertad y, abusando ingratamente de ella, más aún, la traspasaron. El sentido es, pues, este: cuanto hasta aquí os he enseñado, sobre todo acerca de evitar la acepción de personas y de seguir el amor a todos que se le opone —es decir, que la acepción de personas repugna a la fe y a la religión cristiana, y por tanto no es lícito al fiel despreciar a los pobres y ensalzar a los ricos, sino que respecto de unos y otros se ha de cumplir la ley que ordena: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo»—; esto, digo, recibidlo como dicho no mío, sino de Cristo, y así creedlo, y así habladlo cuando de ello se trate, y así obradlo, poniendo por obra la fe y la palabra cuando la cosa reclame obra.
El estímulo que os propongo para ello es la memoria y el temor del juicio divino, en el cual Dios os pedirá cuenta exacta tanto de las palabras como de cada uno de los hechos; y tanto mayor cuanto que os dio la ley evangélica, que es regia y de perfecta libertad, como ya dije: de este modo, a vuestra vez, seréis amados de Dios y alcanzaréis misericordia en su juicio. Así Beda. Explica también la «ley de la libertad» que nombró en el versículo 12, esto es, la evangélica: aquella no hace a los cristianos libres de tal suerte que, sueltos de toda ley, puedan hacer libremente cuanto les plazca, como si bastara la fe con que creen en Cristo Salvador; error que enseñaban en aquella época Simón Mago (según Ireneo y Teodoreto), y tras él Valentín, Basílides, Eunomio y Aecio, a quienes siguen nuestros herejes como tapa digna de tal olla, pues enseñan que para la salvación basta la fe con que creas que Cristo murió por ti, satisfizo por tus pecados y te mereció la gracia y la gloria, y que por tanto no se requieren las obras buenas.
13. «Porque juicio sin misericordia (suple: será) para aquel que no hizo misericordia.» — Esto enlaza bien con lo precedente. Pues había dicho Santiago que debemos hablar y obrar todo de modo que, siempre memoriosos del juicio divino, nos lo hagamos favorable y propicio. Ahora enseña el modo de conciliárnoslo: la misericordia, conforme a la promesa de Cristo: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (Mt 5, 7). Por el contrario, quien no hizo misericordia experimentará aquel juicio riguroso y «sin misericordia», es decir, despiadado. Por «juicio» entiéndase, por metonimia, la condenación misma, que por el juicio divino se infligirá a los impíos y a los que no tuvieron misericordia (Mt 25, 42). Lo mismo enseña Cristo con aquella parábola del siervo despiadado, a quien el señor le revocó toda la deuda ya perdonada de diez mil talentos, por no haber querido perdonar a su consiervo cien denarios (Mt 18, 34). En griego hay una elegante paronomasia: «pues juicio sin misericordia para el que no hizo misericordia». La causa la da san Gregorio (hom. 13 sobre los Evangelios): «Considerad, hermanos, que la piedad de Dios ha cercado nuestra dureza; ya no le queda al hombre excusa que hallar. Dios es despreciado y espera; se ve menospreciado y llama; recibe injuria de su desprecio y, con todo, promete premios a los que se vuelven: por eso, después que Santiago dijo que la misericordia se sobrepone al juicio, con razón añadió que sufrirá riguroso juicio quien no hubiere imitado esta inefable misericordia.» Quien, pues, no hace misericordia con los necesitados, se excluye a sí mismo de la misericordia de Dios, dice Ecumenio.
«Mas la misericordia se sobrepone al juicio.» — Puede tomarse aquí «misericordia» o por la divina o por la humana. De la divina lo entienden muchos con san Gregorio, ya citado, como si dijera: la misericordia de Dios vence a su justicia y a su juicio, porque es propio de Dios compadecerse y perdonar. Por eso, caído el género humano al pecar Adán, queriendo el juicio castigar y condenar a todos, acudió la misericordia y venció, decretando que el hombre fuese redimido por la encarnación y pasión del Verbo. Pues aunque en Dios todos los atributos sean iguales, y tan grande sea la justicia como la misericordia, sin embargo usa y ejerce más la misericordia que la justicia; porque, como dice el Salmista: «Sus piedades (las de Dios) están sobre todas sus obras» (Sal 144, 9).
En segundo lugar, otros —como Damasceno, Catarino y Salmerón— toman esto de la misericordia humana, de suerte que haya antítesis con el hemistiquio precedente, como si dijera: juicio riguroso y sin misericordia habrá para el que no hizo misericordia; mas quien hace misericordia tendrá un juicio mezclado con mucha misericordia, y así la misericordia superará al juicio y doblegará y ablandará su severidad. Por eso Vátablo traduce: «la misericordia no teme al juicio»; y el siríaco claramente: «sois exaltados por las misericordias sobre el juicio». Pues los misericordiosos alcanzan, por la misericordia y la limosna, la remisión o mitigación de la pena debida a sus pecados; y si están en pecado mortal, por la limosna se disponen a recibir de Dios la misericordia, la gracia y la justicia, y de congruo la merecen e impetran; de donde resulta que en el juicio no han de ser condenados por ese pecado, sino absueltos. La misericordia, pues, vence y anula el rigor del juicio, y arranca de la mano del juez como la vara y el azote, para que el reo, que había de ser azotado, se vaya inmune y libre.
En tercer lugar, pleno y adecuado será el sentido si juntas el primero con el segundo, tomando aquí «misericordia» tanto por la humana como por la divina, como si dijera: la misericordia del hombre misericordioso provoca la misericordia de Dios y se la gana por abogada y patrona; y una y otra son tan poderosas y eficaces ante Dios que resisten a su juicio y a su justicia, y lo vencen y anulan. Es una prosopopeya: el juicio y la misericordia se fingen como dos personas que litigan ante Dios acerca del hombre pecador y reo; el juicio, como acusador, le imputa y pide su condena; la misericordia lo defiende y excusa, e impetra y consigue que sea absuelto y se vaya libre. Así se apareció a san Juan Limosnero la misericordia como una hermosísima doncella, espléndidamente vestida, ceñida de corona de olivo, que le movía a la limosna diciéndose hija del sumo Rey y familiarísima suya, y que cuanto quisiese lo alcanzaría de Él.
Sopesemos ahora las palabras mismas. «Sobrepónese la misericordia al juicio», esto es, la misericordia se levanta sobre el juicio, lo vence y quebranta su rígida sentencia de condenación a que está sujeto el pecador, haciendo que los misericordiosos se salven según la misericordia y no sean condenados por el rigor del juicio. Es como la apelación que se hace del juicio a la misericordia, así como de los cardenales al Papa, o de una curia menor a otra mayor; pues así como es lícito apelar de la curia de la justicia a la curia de la misericordia, quienes en el juicio estaban cabizbajos y temerosos por sus pecados, en el tribunal de la misericordia, por la misericordia que hicieron, alzan la cabeza y esperan cierta la sentencia de absolución. San Cirilo (o más bien Clictoveo) dice: «Sobre el juicio se exalta la misericordia, como el aceite sobre el agua»; así como el aceite sobrenada sobre el agua, así la misericordia supera al juicio. Los griegos leen hoy «se gloría la misericordia contra el juicio», como quien, venciendo el pleito, se gloría de la victoria contra la parte adversa; y algunos, como Erasmo y Gañeyo, sospechan que ha de leerse «se sobre-regocija» (superexultat), como leyó san Agustín, y expone Beda: «Así como en el juicio se dolerá quien no hizo misericordia, así quien la hizo, remunerado, exultará y se gozará.» Este sentido pide la antítesis con el hemistiquio precedente y es el verdadero y genuino: de él aprendemos cuán grande es la fuerza de la misericordia, cuán grata es a Dios, y cuánto debemos abrazarla y ejercerla si queremos salvarnos, pues en ella consiste nuestra salvación.
14. «¿De qué aprovechará, hermanos míos, si alguno dice que tiene fe, pero no tiene obras?» — Esta es la tercera parte del capítulo, en la cual, contra la herejía que entonces surgía, enseña que para la salvación no basta la fe, sino que se requieren también las obras buenas. A esto pasa Santiago con ocasión de las obras de misericordia que poco antes recomendó diciendo: «La misericordia se sobrepone al juicio.» De ellas se remonta, como de la especie al género, a la necesidad de toda obra buena, y explica lo que dijo en el cap. 1, 22: «Sed hacedores de la palabra, y no solamente oidores», enseñando que no basta la fe de la palabra, sino que se requiere que la palabra se traduzca en obras; y explica la «ley de la libertad», es decir, la evangélica: que ella no hace a los cristianos libres de suerte que, sueltos de toda ley, puedan hacer cuanto quieran, como si bastara la fe con que crean en Cristo Salvador. Esto enseñaba Simón Mago, y a él siguen nuestros herejes como tapa digna de tal olla, que enseñan que para la salvación basta la fe con que creas que Cristo murió por ti, satisfizo por tus pecados y te mereció la gracia y la gloria, y que por tanto no se requieren las obras buenas. Lo probaban por la Epístola de san Pablo a los Romanos, en la cual Pablo, contra los judíos que se gloriaban en Moisés y en las obras de la ley y despreciaban la fe de Cristo, deprime las obras de la ley y ensalza la fe de Cristo. Para desbaratar este error, san Pedro, Santiago y san Juan escribieron sus Epístolas canónicas, en las que explican la mente de Pablo y encarecidamente recomiendan y exigen el afán de las buenas obras, como afirma expresamente san Agustín.
De donde consta que Pablo, al decir (Rom 3, 28) que somos justificados por la fe sin las obras de la ley, no contradice a Pedro, Santiago y Juan, que dicen que somos justificados no por sola la fe, sino también por las obras. Pues Pablo entiende las obras de la ley hechas con las solas fuerzas de la naturaleza, sin la fe y la gracia de Cristo, tales como las jactaban los judíos; mas Pedro, Santiago y Juan entienden las obras de la fe, esto es, hechas por la fe y la gracia de Cristo, las cuales Pablo comprende bajo el nombre de fe. Así san Agustín: Pablo entiende las obras que preceden a la fe; Santiago, las obras que siguen a la fe. Hay, además, doble justificación: la primera, por la cual el hombre de injusto se hace justo; la segunda, por la cual de justo se hace más justo y más santo, que no es otra cosa que aumento de la justicia. Y advertí «el rico que puede socorrer», pues el pobre da al pobre una gran limosna si le muestra no el efecto, pero sí el afecto de la compasión, y le desea el bien; que por eso dice san Agustín (sobre el salmo 125): «Si te compadeces de corazón, aunque no tengas qué alargar con la mano, acepta Dios tu limosna.»
15-16. «Lo que es necesario para el cuerpo.» — Porque el cuerpo necesita alimento para sustentarse y vestido para cubrir su desnudez: da a entender Santiago que los cristianos en esta vida no deben buscar sino lo necesario para la vida, y no ambicionar delicias ni lujo de vestidos. Lo mismo enseñó san Pablo: «Grande granjería es la piedad con lo suficiente. Porque nada trajimos a este mundo, y sin duda nada podremos sacar de él. Teniendo, pues, alimento y con qué cubrirnos, contentémonos con esto. Porque los que quieren hacerse ricos caen en tentación y en lazo del diablo, y en muchos deseos inútiles y nocivos, que hunden a los hombres en la ruina y perdición. Porque raíz de todos los males es la codicia» (1 Tim 6, 6). De donde severamente san Basilio: «¿Acaso no eres despojador tú, que reputas por propio lo que recibiste para distribuir? Del hambriento es el pan que retienes; del desnudo la túnica que guardas en el arca; del descalzo el calzado que se pudre en tu casa; del necesitado la plata que posees enterrada. Por lo cual haces injuria a tantos pobres cuantos podrías socorrer.»
17. «Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma.» — «Como que no tiene alma, esto es, la caridad misma, por la cual sea vivificada y movida a las obras», dice san Bernardo. Tal fe es, pues, como cadáver exánime, y cuerpo muerto, que sin embargo es verdadero cuerpo, así como la fe sin obras es verdadera fe (lo cual falsamente niega Calvino), pero desmayada, exangüe, floja, vana, ociosa y como muerta: así se dice muerta la raíz de la que no germinan hojas, flores ni frutos; así el agua estancada, porque se detiene y no corre, se dice muerta, porque carece de movimiento, que en los vivientes es índice y efecto de la vida. Así se dicen muertas las virtudes si falta la caridad, pues esta es como su forma y su vida, no física sino moral, porque con su presencia les confiere dignidad y estado de virtud, y fuerza de merecer, para que el hombre sea tenido delante de Dios por dotado de virtud, justo, amigo, hijo, y cuyas obras sean dignas y meritorias de la vida eterna. Con razón san Crisóstomo: «Los vivos no se diferencian de los muertos solo en que ven el sol y el aire, sino en que hacen algún bien; pues si esto falta a los vivientes, en nada son mejores que los difuntos.»
«Es muerta en sí misma.» — Esto es, según sí misma, por sí sola y solitaria, porque está apartada de la caridad y de sus obras; pues aunque la fe y el acto de fe en sí sean vivos —naturalmente, por ser acto que procede vitalmente de la potencia vital, y sobrenaturalmente, por ser acto de la fe, que es virtud sobrenatural y gracia incoada—, en cuanto está privada de la caridad, que da la plena y perfecta vida sobrenatural tanto a la fe como al hombre, en tanto se dice muerta; a la manera del brazo entumecido, que se dice muerto porque del alma recibe la vegetación y nutrición, mas no el movimiento ni la sensación. Muy bien san Bernardo: «Muerte de la fe es la separación de la caridad. ¿Crees en Cristo? Haz las obras de Cristo, para que viva tu fe. Anímela la caridad, pruébela la acción.» Vida y lengua de la fe son las obras, pues las obras hablan, dice san Agustín; hablan, digo, diciendo que es verdadera y probada la fe que engendra obras tan buenas. Entiéndase esto de los adultos: la fe que rehúsa obrar cuando la ley de la caridad u otra manda alguna obra es la que se dice muerta; pues el adulto que descuida obrar bien pierde la gracia de Dios, que es la vida del alma, y así su fe ya no es viva, sino muerta (concordando el concilio de Trento, ses. VI, cap. X). Mas en los párvulos y en los adultos justificados que mueren luego del bautismo o de la justificación, consta que se salvan sin obras.
Comentario a Santiago, cap. 2, Cornelio a Lápide · Traducción del editor, del latín (Gran Comentario, dominio público) · fuente: lapide.org (dominio público)