sábado, 25 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

domingo, 16 de octubre de 2039

XX Domingo después de Pentecostés

Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.

Epístola (Ephes. 5, 15-21)

Léctio Epístolæ beáti Pauli Apóstoli ad Ephésios Fratres: Vidéte, quómodo caute ambulétis: non quasi insipiéntes, sed ut sapiéntes, rediméntes tempus, quóniam dies mali sunt. Proptérea nolíte fíeri imprudéntes, sed intellegéntes, quæ sit volúntas Dei. Et nolíte inebriári vino, in quo est luxúria: sed implémini Spíritu Sancto, loquéntes vobismetípsis in psalmis et hymnis et cánticis spirituálibus, cantántes et psalléntes in córdibus vestris Dómino: grátias agéntes semper pro ómnibus, in nómine Dómini nostri Jesu Christi, Deo et Patri. Subjecti ínvicem in timóre Christi.

Y así mirad, hermanos, que andéis con gran circunspección, no como necios, sino como prudentes, recobrando en cierto modo el tiempo perdido, porque los días de nuestra vida son malos. Por tanto, no seáis indiscretos e inconsiderados, sino atentos sobre cuál es la voluntad de Dios. Ni os entreguéis con exceso al vino, fomento de la lujuria, sino llenaos del Espíritu Santo, hablando entre vosotros y entreteniéndoos con salmos, y con himnos, y canciones espirituales, cantando y loando al Señor en vuestros corazones, dando siempre gracias por todo a Dios Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, subordinados unos a otros por el santo temor de Cristo . [Torres Amat]

Comentario patrístico · Homilía XIX sobre la Epístola a los Efesios — San Juan Crisóstomo

Mirad, pues, con diligencia cómo andáis, no como necios, sino como sabios, aprovechando el tiempo, porque los días son malos. Por lo cual, no seáis imprudentes, sino entended cuál sea la voluntad del Señor.

Todavía sigue extirpando la raíz de amargura, todavía sigue cortando el fundamento mismo de la ira. Pues ¿qué dice? «Mirad con diligencia cómo andáis.» Son ovejas en medio de lobos, y les manda ser también como palomas. Porque «seréis sencillos —dice— como palomas» (Mateo 10,16). Estando, pues, entre lobos, y habiéndoseles además mandado que no se defendieran, sino que soportaran el mal, necesitaban esta amonestación. No que aquello no bastara para hacerlos más fuertes; pero ahora que se añaden estas dos cosas, considerad cuánto se acrecienta. Observad, pues, también aquí con cuánto cuidado los asegura, al decir: «Mirad cómo andáis.» Ciudades enteras estaban en guerra contra ellos; más aún, esta guerra penetró también en las casas. Estaban divididos: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre. ¿Y qué? ¿De dónde estas divisiones? Habían oído decir a Cristo: «El que ama al padre o a la madre más que a mí, no es digno de mí» (Mateo 10,37). Por tanto, para que no pensaran que sin razón introducía guerras y contiendas —pues era probable que se produjera mucha ira, si ellos por su parte devolvían el mal—, para evitarlo dice: «Mirad con diligencia cómo andáis.» Es decir: fuera del mensaje del Evangelio, no deis ningún otro motivo, por causa alguna, para el odio que habréis de atraer sobre vosotros. Sea este el único motivo de odio. Que nadie tenga contra vosotros otra acusación que hacer; antes bien, mostrad toda deferencia y obediencia, siempre que no dañe al mensaje, siempre que no se oponga a la piedad. Porque está escrito: «Dad a todos lo que debéis: a quien tributo, tributo; a quien impuesto, impuesto» (Romanos 13,7). Pues cuando, en medio del resto del mundo, nos vean pacientes, quedarán avergonzados.

No os aconseja esto por deseo de que seáis astutos y versátiles. Lo que quiere decir es esto: el tiempo no es vuestro. Al presente sois extranjeros y peregrinos, forasteros y advenedizos; no busquéis honores, no busquéis gloria, no busquéis autoridad ni venganza; soportadlo todo, y de este modo aprovechad el tiempo; ceded en muchas cosas, en todo cuanto os exijan. Imaginad ahora, digo, que un hombre tuviese una casa magnífica, y que algunos entraran en ella con el fin de matarle, y él diera una gran suma y así se rescatara a sí mismo. Diríamos entonces que se ha rescatado. Así también vosotros tenéis una casa grande y una fe verdadera en vuestra custodia. Vendrán a quitároslo todo. Dad cuanto os pidan, con tal de conservar lo principal, es decir, la fe.

¿Cuál es el mal del día? El mal del día debe pertenecer al día. ¿Cuál es el mal de un cuerpo? La enfermedad. ¿Y cuál, a su vez, el mal del alma? La maldad. ¿Cuál es el mal del agua? El amargor. Y el mal de cada cosa en particular tiene relación con aquella naturaleza suya que es afectada por el mal. Si, pues, hay un mal en el día, debe pertenecer al día, a las horas, a la luz del día. Así también dice Cristo: «Basta al día su propio afán» (Mateo 6,34). Y por esta expresión entenderemos la otra. ¿En qué sentido, pues, llama malos a los días? ¿En qué sentido malo al tiempo? No es la esencia de la cosa, no son las cosas tal como fueron creadas, sino las cosas que en ellas se obran. Del mismo modo que solemos decir: «He pasado un día desagradable y desdichado.» Y sin embargo, ¿cómo podría ser desagradable, sino por las circunstancias que en él acaecieron? Ahora bien, los sucesos que en él tienen lugar son bienes de parte de Dios, pero males de parte de los hombres malvados. Así, pues, de los males que acaecen en los tiempos, los hombres son los autores, y de ahí que se diga que los tiempos son malos. Y así también nosotros llamamos malos a los tiempos.

Por lo cual —añade— no seáis insensatos, sino entended cuál sea la voluntad del Señor; y no os embriaguéis con vino, en el cual hay lujuria.

Pues, en efecto, la intemperancia en esto vuelve a los hombres apasionados y violentos, arrebatados, irritables y feroces. El vino nos ha sido dado para la alegría, no para la embriaguez. Y sin embargo, ahora parece cosa poco viril y despreciable que un hombre no se embriague. ¿Qué esperanza de salvación hay entonces? ¿Despreciable, dime, no embriagarse, cuando embriagarse debería ser lo más despreciable del mundo? Porque conviene aun al hombre particular mantenerse lejos de la embriaguez; pero cuánto más al soldado, hombre que vive entre espadas, sangre y matanzas; mucho más, digo, al soldado, cuando su ánimo se aguza además por otras causas: por el poder, por la autoridad, por hallarse de continuo en medio de asechanzas y batallas. ¿Queréis saber dónde es bueno el vino? Oíd lo que dice la Escritura: «Dad la bebida fuerte a los que perecen, y el vino a los que están en amargura de alma» (Proverbios 31,6). Y con razón, porque puede mitigar la aspereza y la tristeza y ahuyentar las nubes de la frente. «El vino alegra el corazón del hombre» (Salmo 103,15), dice el Salmista. ¿Cómo, pues, produce el vino la embriaguez? Porque no puede ser que una misma cosa obre efectos contrarios. La embriaguez, pues, no proviene ciertamente del vino, sino de la intemperancia. El vino nos es concedido con no otro fin que la salud del cuerpo; pero también este fin se frustra por el uso inmoderado. Mas oíd además lo que nuestro bienaventurado Apóstol escribe y dice a Timoteo: «Usa de un poco de vino a causa de tu estómago y de tus frecuentes enfermedades» (1 Timoteo 5,23).

Antes bien, llenaos del Espíritu, hablándoos unos a otros con salmos, himnos y cánticos espirituales, cantando y salmodiando en vuestros corazones al Señor; dando gracias siempre por todas las cosas en el nombre de nuestro Señor Jesucristo a Dios y Padre; sometiéndoos los unos a los otros en el temor de Cristo.

¿Queréis —dice— estar alegres? ¿Queréis emplear bien el día? Os doy una bebida espiritual; porque la embriaguez hasta corta el sonido articulado de nuestra lengua; nos hace balbucir y tartamudear, y desfigura los ojos y todo el cuerpo a una. Aprended a cantar salmos, y veréis la delicia de esta ocupación. Porque los que cantan salmos se llenan del Espíritu Santo, como los que cantan cánticos satánicos se llenan de un espíritu inmundo.

¿Qué significa «en vuestros corazones al Señor»? Significa: con atención esmerada y con entendimiento. Pues los que no atienden de cerca, solo cantan, profiriendo las palabras, mientras su corazón vaga en otra parte.

Es decir: «Sean presentadas vuestras peticiones a Dios con acción de gracias» (Filipenses 4,6); porque no hay nada tan agradable a Dios como que el hombre sea agradecido. Pero seremos capaces de dar gracias a Dios de la mejor manera apartando nuestras almas de las cosas antes mencionadas y purificándolas del todo por los medios que Él nos ha indicado.

¿Y está, pues, este Espíritu dentro de nosotros? Sí, en verdad, dentro de nosotros. Porque cuando hayamos ahuyentado de nuestras almas la mentira, la amargura, la fornicación, la impureza y la codicia; cuando nos hayamos vuelto benignos, compasivos, perdonándonos unos a otros; cuando no haya chocarrería; cuando nos hayamos hecho dignos de Él, ¿qué habrá que impida al Espíritu Santo venir y posarse sobre nosotros? Y no solo vendrá a nosotros, sino que llenará nuestros corazones; y cuando tengamos encendida dentro de nosotros tan gran luz, entonces el camino de la virtud ya no será difícil de alcanzar, sino fácil y sencillo.

«Sometiéndoos —dice— los unos a los otros en el temor de Cristo.» Porque si te sometes por causa de un gobernante, o por dinero, o por respeto, cuánto más por el temor de Cristo. Haya un intercambio de servicio y de sumisión. Porque entonces no habrá servidumbre servil. No se siente el uno en el rango de hombre libre y el otro en el de esclavo; antes bien, mejor sería que amos y siervos se sirvieran los unos a los otros; mucho mejor ser esclavo de este modo que libre de cualquier otro, como se verá por lo siguiente. Suponed el caso de un hombre que tuviera cien esclavos y en nada los sirviera; y suponed otro caso distinto, el de cien amigos que se sirvieran los unos a los otros. ¿Cuál llevará vida más feliz? ¿Cuál con mayor placer, con mayor gozo? En el uno no hay ira, ni provocación, ni cólera, ni ninguna otra cosa semejante; en el otro todo es temor y recelo. En el uno, además, todo es forzado; en el otro, de libre elección. En el uno se sirven unos a otros porque a ello son forzados; en el otro, con mutua complacencia. Así lo quiere Dios; pues por esto lavó los pies a sus discípulos. Más aún, si tenéis a bien examinar la cosa con exactitud, hay también de parte de los amos una devolución de servicio. Pues ¿qué importa que la soberbia no consienta que aparezca esa devolución de servicio? Si el siervo, por una parte, presta su servicio corporal, y tú, por otra, mantienes ese cuerpo y lo provees de alimento, vestido y calzado, esto es un intercambio de servicio; porque si tú no prestas también el tuyo, tampoco él prestará el suyo, sino que quedará libre, y ninguna ley le obligará a hacerlo si no se le sostiene. Si esto es así en los siervos, ¿qué hay de absurdo en que también se dé entre hombres libres? «Sometiéndoos —dice— en el temor de Cristo.» ¡Cuán grande es, pues, la obligación, cuando además tendremos recompensa! Pero él no quiere someterse a ti. Con todo, sométete tú; no simplemente cedas, sino sométete. Abriga este sentimiento hacia todos, como si todos fueran tus amos. Pues así tendrás pronto a todos por siervos tuyos, sometidos a ti con la más rendida servidumbre. Porque los harás más seguramente tuyos cuando, sin recibir nada de lo suyo, tú de ti mismo les des de lo tuyo. Esto es «someteos los unos a los otros en el temor de Cristo», a fin de que dominemos todas las pasiones, seamos siervos de Dios y conservemos el amor que nos debemos mutuamente. Y entonces podremos también ser hallados dignos de la benignidad que viene de Dios, por la gracia y las misericordias de su Hijo unigénito, con quien, al Padre, juntamente con el Espíritu Santo, sea la gloria, el poder, el honor, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Homilía XIX sobre la Epístola a los Efesios, San Juan Crisóstomo · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1889) · fuente: newadvent.org

Evangelio (Joannes. 4, 46-53)

Sequéntia sancti Evangélii secúndum Joánnem In illo témpore: Erat quidam régulus, cujus fílius infirmabátur Caphárnaum. Hic cum audísset, quia Jesus adveníret a Judǽa in Galilǽam, ábiit ad eum, et rogábat eum, ut descénderet et sanáret fílium ejus: incipiébat enim mori. Dixit ergo Jesus ad eum: Nisi signa et prodígia vidéritis, non créditis. Dicit ad eum régulus: Dómine, descénde, priúsquam moriátur fílius meus. Dicit ei Jesus: Vade, fílius tuus vivit. Crédidit homo sermóni, quem dixit ei Jesus, et ibat. Jam autem eo descendénte, servi occurrérunt ei et nuntiavérunt, dicéntes, quia fílius ejus víveret. Interrogábat ergo horam ab eis, in qua mélius habúerit. Et dixérunt ei: Quia heri hora séptima relíquit eum febris. Cognóvit ergo pater, quia illa hora erat, in qua dixit ei Jesus: Fílius tuus vivit: et crédidit ipse et domus ejus tota.

Y fue Jesús nuevamente a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había en Cafarnaúm un señor de la corte que tenía un hijo enfermo. Este señor habiendo oído decir que Jesús venía de Judea a Galilea, fue a encontrarle, suplicándole que bajase desde Caná a Cafarnaúm a curar a su hijo, que estaba muriéndose. Pero Jesús le respondió: Vosotros, si no veis milagros y prodigios, no creéis. Le rogaba el de la corte: Ven, Señor, antes que muera mi hijo. Le dijo Jesús : Anda, que tu hijo está bueno. Creyó aquel hombre en la palabra que Jesús le dijo, y se puso en camino. Yendo ya hacia su casa, le salieron al encuentro los criados, con la nueva de que su hijo esta ya bueno. Les preguntó a qué hora había sentido la mejoría. Y le respondieron: Ayer a la una de la tarde le dejó la fiebre. Reflexionó el padre que aquella era la hora misma en que Jesús le dijo: Tu hijo está bueno; y así creyó él, y toda su familia. [Torres Amat]

Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino

San Juan 4, 46-53 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.

Crisóstomo, In Ioannem hom., 34. En primer lugar, el Señor (como ya se ha dicho antes) había venido a Caná de Galilea llamado a unas bodas. Ahora va a esta ciudad por su propia voluntad, y dejando su patria, a fin de atraerlos más a la fe. Para que la fe, que ya había penetrado en ellos desde su primer milagro, se hiciese más fuerte con su presencia.

San Agustín, In Ioannem tract., 16. Allí, pues, creyeron en El sus discípulos cuando convirtió el agua en vino. Y estando la casa llena de invitados, y siendo el milagro tan grande, no creyeron en El sino los discípulos. Por esta causa retorna a aquella ciudad, a saber: para que ahora crean los que no creyeron por las razones primeras.

Teofilacto. Nos recuerda el evangelista el milagro realizado en Caná de Galilea, del agua convertida en vino, para dar más fuerza a la predicación de Cristo. Porque los galileos recibieron a Jesús, no sólo por los milagros hechos en Jerusalén, sino también por los llevados a cabo entre ellos, aduciendo al mismo tiempo la razón de que en El hubiese creído, sin conocer la dignidad de que Jesús estaba revestido, un cortesano. De donde prosigue: "Y había allí un cortesano cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaúm".

Orígenes, ut supra. Pensará acaso alguno que ese cortesano era uno de los generales de Herodes, o alguno de los de la familia del César que ejerciera por aquel tiempo un cargo en Judea; porque no se dice que fuera judío.

Crisóstomo. Llámase "cortesano", o porque fuese de familia real, o porque tuviese dignidad de príncipe, por lo que recibía tal denominación. Por ello creen algunos que éste fue el mismo centurión que se cita en San Mateo. Pero se manifiesta por otra parte que era distinto de aquel otro. Porque aquel otro, cuando Jesús quería ir a su casa, le ruega que no se moleste; pero éste no le ofrecía nada, y lo llevaba hacia su casa. Mas aquél salió al encuentro de Jesús bajando de un monte, y entró en Cafarnaúm; y éste se unió con Jesús cuando venía a Caná. El hijo de aquél estaba paralítico, mas el hijo de éste padecía fiebre. Acerca de este cortesano se dice: "Este, habiendo oído que Jesús venía de la Judea a la Galilea, fue a El y le rogaba", etc.

San Agustín, ut supra. El que rogaba, ¿aún no creía? ¿Qué esperas oír de mí? Pregunta al Salvador qué opinaba de él. Por esto sigue: "Y Jesús le dijo: si no viereis milagros y prodigios, no creéis". Reprende a aquel hombre como perezoso y frío en la fe, o de que no tenía fe alguna pero deseando probarle quién era Cristo, cuál era y cuánto podía, lo tienta por medio de la salud de su hijo. Se llamó prodigio como cosa dicha de lejos, porque "que se dice de lejos" significa la cosa con prioridad, y se extiende a lo futuro.

San Agustín, De cons. evang, 4, 10. Tanto desea el Señor ensalzar el alma del que cree sobre todas las cosas mudables, que no quiere que los fieles duden acerca de aquellos milagros que se hacen por el divino poder, en la mutabilidad de los cuerpos.

San Gregorio, In Evang. hom., 28. Pero acordaos también de lo que pide, y conoceréis claramente que dudó acerca de la fe. Porque pidió que bajase a sanar a su hijo. Por esto sigue: "Le dice el Cortesano: Señor, ven antes que muera mi hijo". Por lo tanto, no había creído en El, porque no creyó que podría darle la salud si no estaba presente de una manera material.

Crisóstomo, ut supra. Véase cómo aun trae a Jesucristo de una manera física, como si no pudiese resucitar a su hijo después de muerto. Mas que viniese aun cuando no creía y le rogase, nada tiene de particular, porque los padres acostumbran, efecto de su gran cariño, no sólo a hablar a los médicos en quienes confían, sino también en quienes desconfían, no queriendo callar nada de cuanto pueda contribuir a la salud de sus hijos. Pero si hubiese creído realmente en el poder de Jesucristo, no hubiese dejado de ir a Judea.

San Gregorio, ut supra. Pero como el Señor es rogado para que vaya, nos indica que no asiente a la invitación, y con sólo mandarlo, le devuelve la salud El que creó todas las cosas por su propia voluntad. Por esto sigue: "Y Jesús le dijo: ve, que tu hijo vive". Aquí se reprende nuestra soberbia; porque en tanto precio tenemos los honores y las riquezas los que cuidamos poco de nuestra verdadera naturaleza (en virtud de la cual hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios). Mas nuestro Redentor, para manifestar que las cosas más apreciables entre los hombres son despreciadas por los santos, no quiso ir a casa del hijo del Cortesano, siendo así que estaba dispuesto a ir a casa del siervo del centurión.

Crisóstomo, ut supra. Porque allí estaba la fe bien asegurada y, por lo tanto, ofreció ir para que conozcamos la piedad de aquel hombre; mas éste aun era imperfecto y, por lo tanto, aún no conocía claramente que podría curarle estando lejos; pero como Jesús no fue, añade esto. Prosigue: "Creyó el hombre a la palabra que le dijo Jesús y se fue". Sin embargo, no se iba muy contento ni tranquilo.

Orígenes, In Ioannem tom., 14. Se manifestó desde luego su alta posición y su cargo, porque salieron los criados a encontrarle. Por esto sigue: "Y cuando se volvía, salieron a él sus criados", etc.

Crisóstomo, ut supra. Los que le salieron al encuentro no vinieron sólo para anunciarle, sino porque creyeron que ya era inútil la presencia de Jesucristo, quien esperaban que vendría. Y que el cortesano no había creído perfectamente ni de buena fe, se conoce de un modo terminante por lo que sigue: "Y les preguntó la hora en que había comenzado a mejorar". Por lo tanto, quería saber si esta mejoría se debía a la casualidad o al precepto de Jesucristo. Sigue: "Y le dijeron: ayer, a las siete, le dejó la fiebre" 1. Véase aquí cómo se demuestra el milagro, porque no de una manera sencilla, ni como sucede con el que se libra del peligro, sino que de repente y a un mismo tiempo. Para que se vea que lo sucedido no era efecto de la naturaleza, sino del poder de Jesucristo. Por esto sigue: "Conoció, pues, el padre, que era la misma hora en que Jesús le dijo: Tu hijo vive, y creyó él y toda su casa".

San Agustín, In Ioannem tract., 16. Por tanto, si creyó porque se le dijo que su hijo había sido curado y comparó la hora de los que se lo decían con la del que se lo vaticinaba, cuando rogaba, no creía.

Beda. En esto se da a conocer que hay grados en la fe como en las demás virtudes, en las cuales hay principio, desarrollo y perfección. El principio de la fe de éste estuvo cuando pidió la salud de su hijo; su incremento, cuando creyó en la palabra del Salvador, que le dijo: "Tu hijo vive"; y obtuvo la perfección cuando se lo anunciaron sus criados.

San Agustín, ut supra. Con la sola palabra creyeron muchos samaritanos, mas con aquel milagro sólo creyó la casa donde tuvo lugar. Después añade el Evangelista: "Este segundo milagro hizo Jesús otra vez cuando vino de la Judea a la Galilea".

Crisóstomo, In Ioannem hom., 35. Y no añadió esto sin falta de misterio, sino dando a entender que, habiendo hecho este segundo milagro, todavía no habían llegado los judíos a la altura de los samaritanos, que no habían visto ninguna señal.

Orígenes, In Ioannem tom., 18. Esta frase encierra una anfibología 2, porque en primer término manifiesta que, cuando Jesús venía de Judea a Galilea hizo dos milagros, de los cuales el segundo fue el del hijo del cortesano. Y por otra parte, existiendo dos milagros que Jesús hizo en Galilea, hizo el segundo viniendo de Judea a Galilea, y éste es el verdadero sentido.

Orígenes, In Ioannem tom., 18. En sentido místico puede decirse como Jesús vino a Galilea dos veces, manifestando en ello las dos venidas del Salvador al mundo: la primera, llena de misericordia, como sucedió con el milagro del vino, para alegrar a los convidados; y la segunda, resucitando al hijo del cortesano, que ya estaba casi muerto, o lo que es lo mismo, al pueblo judío, el cual, después que hayan entrado todos los gentiles, vendrá a salvarse cuando el mundo esté próximo a su fin. Grande es el Rey de los reyes, que ha sido constituido por Dios en la cumbre de su monte santo de Sión ( Sal 2). Y los que vieron el día de Este y se alegraron son reconocidos como los de la corte ( Jn 8). Y nosotros creemos que el cortesano representaba a Abraham; que su hijo enfermo era la imagen del pueblo de Israel, debilitado respecto del culto divino, pero que se calentó tanto, quemadas las espigas de su enemigo, y que, por ello, se cree que empezó a enfervorizarse. Y también aparece que, estando los santos por delante después que dejaron el vestido de la carne, salvaron a su pueblo. Por esto se lee en el libro de los Macabeos, después de la muerte de Jeremías: "Este es Jeremías, el profeta de Dios, que ruega mucho por el pueblo" ( Mac 15,14). Luego, Abraham ruega que el pueblo enfermo sea favorecido por el Salvador. Y en verdad que la palabra del poder nació de Caná, en donde se dijo: "Tu hijo vive"; pero la realización de la palabra tuvo lugar en Cafarnaúm, porque allí fue donde el hijo del cortesano se curó, como si viviese en el campo del consuelo. Esto representa a cierto género de hombres débiles, no del todo privados, sin embargo, de acciones buenas. Y aquellas palabras: "si no veis milagros y prodigios no creéis", se le dijo a aquél, que se refieren a muchos de sus hijos, y a él mismo en cierto modo. Y así como San Juan esperaba que se realizase la señal que se le había dado, a saber: "Sobre aquél en que vieres que baja el Espíritu Santo" ( Jn 1,33), así los santos que ya habían muerto, esperaban que se daría a conocer la venida de Jesucristo en nuestra carne mortal por medio de milagros y de prodigios. Mas este cortesano tenía, no sólo aquel hijo, sino también criados, por medio de los que se significa cierta clase de personas que creen poco y con poca firmeza. Y no dejó la fiebre al hijo en la hora séptima por una casualidad, sino que este número siete representa el día del descanso 3.

Alcuino. También puede decirse que, por medio de los siete dones del Espíritu Santo se concede el perdón de los pecados. Y el número siete, partido en tres y en cuatro, significa la Santísima Trinidad y las cuatro estaciones del año, o las cuatro partes del mundo, los cuatro elementos.

Orígenes, ut supra. También pueden representar 4 las dos venidas de Jesucristo al alma. La primera, cuando hizo el vino del agua, dando esta alegría al alma del convite espiritual. Y la segunda, cuando destruya todas las consecuencias de las tristezas y de la muerte.

Teofilacto. Mas el cortesano es todo hombre, no sólo porque se acerca al Rey de todas las cosas, en cuanto al alma, sino porque él tiene el dominio de todo, cuyo hijo (esto es, la mente) tiene fiebre por todas las malas pasiones y deseos. Y se acerca a Jesús rogándole que baje, esto es, que use de la condescendencia de su misericordia y perdone los pecados, antes que sea muerto por la debilidad de sus pasiones. Pero el Señor le dice: "Ve", esto es: "manifiesta tu marcha continua en dirección del bien, porque entonces tu hijo vivirá; pero si cesas de andar, te mortificará tu conciencia acerca de la ejecución del bien".

Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena