sábado, 25 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

domingo, 9 de octubre de 2039

San Juan Leonardi, Confesor

Vida del santo de hoy, redactada al estilo del Año Cristiano sobre fuentes tradicionales.

Fué san Juan Leonardi, ilustre no por la sangre sino por la virtud, insigne fundador de los Clérigos Regulares de la Madre de Dios y precursor de aquella santa obra que había de propagar la fe por todo el orbe, natural de Diécimo, humilde aldea del valle del Serchio en la república de Luca, donde vió la luz del mundo el año de mil quinientos cuarenta y uno. Nacido en familia de mediana condición, el menor de siete hermanos, aprendió desde la cuna, en aquel hogar numeroso y piadoso, que la verdadera riqueza no está en los bienes que perecen, sino en el santo temor de Dios; y bien presto dió el niño muestras de aquella caridad y de aquel celo que habían de hacerle, andando el tiempo, uno de los grandes reformadores de la Iglesia en los días de la Contrarreforma.

No quiso la Providencia, que por caminos ocultos conduce á los suyos, que entrase Juan luego en el santuario, sino que le dispuso primero por senda bien humilde. A los diez y siete años entró de aprendiz en el arte de la especiería, y por espacio de casi diez años trabajó en la botica hasta alcanzar el título de boticario. ¿Quién dijera que de aquel oficio, todo de yerbas y de remedios para el cuerpo, había de salir un médico de las almas? Mas nada pueden los esfuerzos ni los cálculos de los hombres cuando el Señor quiere apoderarse de un corazón. Hacia los veintiséis años, sirviendo aún en la farmacia, sintió el joven que le llamaba Dios á curar dolencias más graves que las del cuerpo; y guiado por su director espiritual, dejó el mortero y la balanza por los estudios sagrados, tomando desde entonces por divisa aquella palabra que la tradición le atribuye y que resume toda su vida: «¡O Cristo, ó nada!».

Ordenado de sacerdote —créese que el año de mil quinientos setenta y uno, pues las memorias señalan su primera Misa en la Epifanía de aquel año, si bien otros retrasan la ordenación al siguiente—, no buscó el nuevo levita ni honras ni descanso, sino el trabajo más ingrato y la viña más abandonada. Viendo la ignorancia de la doctrina cristiana en que yacían los niños y los pobres, juntó en torno suyo un grupo de piadosos seglares, llamados los Colombinos, para enseñar el catecismo á la niñez y servir en los hospitales y en las cárceles de Luca. Tanto fruto dió aquel celo, que el obispo le confió la enseñanza de la doctrina en todas las iglesias de la ciudad; y de aquella semilla brotó con el tiempo la Cofradía de la Doctrina Cristiana, que el papa Clemente VIII aprobó el año de mil seiscientos cuatro.

Pero la obra que el Cielo tenía reservada para su mayor gloria fué la fundación de una congregación de sacerdotes reformados. El primero de septiembre de mil quinientos setenta y cuatro estableció Juan la Fraternidad de Sacerdotes de la Santísima Virgen, para que, viviendo en obediencia y penitencia y santificándose á sí propios, atrajesen á los demás por el buen ejemplo á la reforma que el santo concilio de Trento había mandado. Porque estaba persuadido este varón de Dios de que sólo una vida intachable, y no las palabras solas, tiene fuerza para mover los corazones á la conversión. Aprobóla el obispo de Luca en mil quinientos ochenta y uno, y el papa Gregorio XIII la confirmó en mil quinientos ochenta y cuatro; y muerto ya el fundador, tomó aquella familia el nombre glorioso de Orden de los Clérigos Regulares de la Madre de Dios, bajo cuyo amparo maternal quiso siempre cobijarla.

No faltó, empero, á tan santa empresa la señal más cierta de las obras de Dios, que es la contradicción. Opusiéronse las autoridades civiles de Luca, por miras de política y por recelos humanos, á que se levantase orden nueva y á que resonase por sus calles la predicación reformadora; de suerte que hubo el siervo de Dios de pasar fuera de su propia patria la mayor parte de los años que le restaban, y fijar su morada principalmente en Roma. ¡Rara suerte la de los santos, ser desterrados de la tierra que los vió nacer, como si el mundo no supiera sufrir la presencia de la virtud! Mas él, lejos de amargarse, hizo de aquel destierro instrumento de mayor bien, llevando á la ciudad de los Apóstoles el tesoro de su celo.

En Roma dispuso la Providencia que hallase por director de su alma nada menos que á san Felipe Neri, aquel apóstol de la ciudad santa, que le tuvo en gran estima y le honró con singular confianza. Cuenta la tradición que, al dejar Felipe su aposento de San Jerónimo de la Caridad, lo cedió á Juan Leonardi, y le encomendó juntamente con la casa el cuidado de su gato; menudencia que, referida por la piedad de los fieles, muestra bien la llaneza y la ternura con que se amaban entre sí dos tan grandes siervos de Dios. Y no paró aquí la confianza de la Sede Apostólica, que le encargó restaurar la disciplina en varios monasterios y congregaciones relajados, tarea que cumplió, según las memorias, con prudencia y con caridad admirables.

Ardía asimismo en el pecho de Juan el celo de la salvación de los infieles; y viendo cuán mal instruidos partían muchos á las misiones lejanas, concibió el año de mil seiscientos tres, juntamente con el sacerdote español Juan Bautista Vives y con el jesuita Martín de Funes, la traza de un seminario donde se formasen en la filosofía y en la teología los futuros misioneros. De aquel pensamiento nació con el tiempo la Congregación de Propaganda Fide y el Colegio Urbano, por donde con razón se le llama precursor de la propagación de la fe. Así, quien había sido desterrado de una sola ciudad extendía en espíritu su celo hasta los últimos confines de la tierra.

Fué toda su vida esclarecida devoción á la Madre de Dios, en cuyo nombre puso su Orden entera, y ardentísimo amor al Santísimo Sacramento del altar, pues promovió con desvelo la comunión frecuente y la piadosa devoción de las Cuarenta Horas, para que Jesús Sacramentado tuviese siempre adoradores. En esta doble devoción, mariana y eucarística, halló la fuente de su fortaleza y el modelo de aquella caridad que había de coronar su tránsito.

Llegó por fin la hora dichosa en que el Señor quiso premiar á su siervo. Habiéndose declarado en Roma una recia epidemia de peste el año de mil seiscientos nueve, no se contentó Juan con enviar socorros, sino que él mismo acudió á asistir á los apestados, sin reparar en el peligro de su propia vida; y así, sirviendo á Jesucristo en sus enfermos, contrajo el mal que le llevó al sepulcro. Murió el nueve de octubre de aquel año, víctima de su caridad, dejando dos casas de su Orden, una en Luca y otra en Roma, y en toda la Iglesia olor de santidad. ¿Qué muerte más preciosa que la de quien expira por haber dado la vida por sus hermanos, á imitación del Buen Pastor?

Confirmó Dios la santidad de su siervo, y andando los siglos le glorificó su Iglesia: beatificóle el papa Pío IX el diez de noviembre de mil ochocientos sesenta y uno, y le inscribió en el catálogo de los santos el papa Pío XI el diez y siete de abril de mil novecientos treinta y ocho. Celebra la Iglesia su fiesta el nueve de octubre. Aprendan de él los fieles que ninguna condición, ni aun la más humilde y apartada del altar, cierra el camino de la santidad á quien de veras busca á Dios; y que el celo de las almas, la firmeza en la fe y la caridad con los pobres y los enfermos son la escala segura por donde se sube desde la botica de Luca hasta el trono del Cordero.

Vida redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (Butler, Enciclopedia Católica, hagiografía clásica).