viernes, 7 de octubre de 2039
Ntra. Sra. del Rosario
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (Prov. 8, 22-24; 8, 32-35)
Léctio libri Sapiéntiæ Dóminus possédit me in inítio viárum suárum, ántequam quidquam fáceret a princípio. Ab ætérno ordináta sum et ex antíquis, ántequam terra fíeret. Nondum erant abýssi, et ego jam concépta eram. Nunc ergo, fílii, audíte me: Beáti, qui custódiunt vias meas. Audíte disciplínam, et estóte sapiéntes, et nolíte abjícere eam. Beátus homo, qui audit me et qui vígilat ad fores meas cotídie, et obsérvat ad postes óstii mei. Qui me invénerit, invéniet vitam et háuriet salútem a Dómino.
El Señor me tuvo consigo al principio de sus obras, desde el principio , antes que crease cosa alguna. Desde la eternidad tengo yo el principado de todas las cosas, desde antes de los siglos, primero que fuese hecha la tierra. Todavía no existían los abismos o mares, y yo estaba ya concebida; aún no habían brotado las fuentes de las aguas, Ahora, pues, ¡oh hijos!, escuchadme: bienaventurados los que siguen mis caminos. Oíd mis documentos, y sed sabios, y no queráis desecharlos. Bienaventurado el hombre que me escucha, y que vela continuamente a las puertas de mi casa, y está de observación en los umbrales de ella. Quien me hallare hallará la vida, y alcanzará del Señor la salvación. [Torres Amat]
Comentario patrístico · Comentario a los Proverbios, cap. 8 — Cornelio a Lápide
EL SEÑOR ME POSEYÓ EN EL PRINCIPIO DE SUS CAMINOS, ANTES DE HACER COSA ALGUNA DESDE EL PRINCIPIO. — En lugar de «me poseyó», el hebreo dice kanani, esto es, me poseyó o me adquirió; aquí, sin embargo, es preferible verter «me poseyó», porque la sabiduría estuvo siempre con Dios, y Dios siempre la poseyó.
Preguntarás: ¿qué sabiduría se entiende aquí? Los rabinos ineptamente entienden la ley de Moisés. Respondo: en primer lugar, con Tertuliano, se entiende la sabiduría increada esencial, que es común a toda la Santísima Trinidad. En segundo lugar, puede tomarse de la sabiduría increada nocional o personal, esto es, del Hijo de Dios, que es la Sabiduría engendrada y el Verbo del Padre. Dice san Epifanio (herejía 73, contra los semiarrianos): «Cuando la sabiduría dijo: El Señor me creó como principio de sus caminos, no pienses en una creación, sino en la eterna generación del Hijo por el Padre.»
Dirás: ¿cómo puede decirse del Hijo de Dios «El Señor me creó»? De aquí concluían los arrianos que el Hijo de Dios no es Dios, sino criatura. Responden san Basilio, san Epifanio y san Jerónimo: primero, que el ektise de los Setenta no sólo significa «creó», sino también «fundó, hizo, obró»; segundo, que el hebreo kanani propiamente significa «me poseyó», no «me creó»; tercero, que estas palabras pueden referirse a la naturaleza humana de Cristo, que en verdad fue creada; cuarto, que el hebreo resit significa no sólo «principio», sino también «principado» y primacía. De donde san Cirilo, san Atanasio y otros observan sabiamente que no se dice absolutamente «El Señor me creó como principio», sino «como principio de sus caminos», esto es, que Cristo es el principio y el ejemplar de todas las obras de Dios.
En quinto lugar, muchos Padres estiman que aquí se señala la generación del Hijo de Dios, no la divina y eterna, sino la humana y temporal, esto es, la Encarnación. San Epifanio (herejía 69): «El Señor me creó, es decir, me edificó en el seno de María, como principio de sus caminos hacia sus obras.» En tercer lugar, la sabiduría puede aquí tomarse como creada y participada, pues Dios la poseyó desde la eternidad, ya que desde la eternidad quiso y decretó comunicarla a las criaturas. En cuarto lugar, puede entenderse aquí la sabiduría encarnada, esto es, Cristo hombre, a quien Dios creó y produjo en el tiempo según su decreto, como principio de todas sus obras. Místicamente, el Señor creó y poseyó a la Bienaventurada Virgen como madre de Cristo, como principio de sus caminos, es decir, de sus obras; pues ella fue la primera y más excelente de todas las obras de Dios, predestinada desde la eternidad para ser la primera, príncipe y señora de todas ellas.
DESDE LA ETERNIDAD FUI ORDENADA, Y DESDE ANTIGUO, ANTES DE QUE LA TIERRA FUESE HECHA. — El hebreo nasach propiamente significa derramar, verter, libar, pues en la libación se derramaba aceite o vino sobre la víctima. Así que «fui ordenada» significa: primero, que la sabiduría fue ordenada y constituida por Dios como príncipe de todas las cosas que habían de ser creadas; segundo, que fue derramada, esto es, comunicada y difundida por Dios a todas las criaturas; tercero, que fue consagrada y libada, es decir, dedicada al servicio y a la gloria de Dios. Muchos toman «fui ordenada» por «fui predestinada». Los Setenta vierten «Fui fundada», pues lo que está ordenado está también fundado y firmemente establecido. Místicamente, aplica todo esto a la Bienaventurada Virgen, ordenada desde la eternidad, ordenadísima y por ello santísima en todos sus pensamientos, palabras y obras; por lo cual es llamada «ejército ordenado en batalla» (Cant. vi, 9), ya que ella ordena la hueste de los santos para vencer al demonio, al mundo y a la carne.
AÚN NO EXISTÍAN LOS ABISMOS, Y YO YA ESTABA CONCEBIDA (Pagnino y la Tigurina, «formada»; los Setenta y el árabe, «antes de que hiciese los abismos»). — Entiende por abismos las inmensas simas y profundidades de las aguas creadas al principio del mundo, de las que hablé en Génesis I, 2. NI HABÍAN BROTADO LAS FUENTES DE LAS AGUAS. — En hebreo, «no había fuentes graves», o cargadas de aguas; Pagnino, «aún no había fuentes cargadas de aguas», pues las fuentes parecen como preñadas y grávidas de aguas para parirlas y derramarlas; los Setenta, «antes de que procediesen las fuentes de las aguas» (el árabe, «fuesen emitidas»); Vatablo, «aún no rebosaban las fuentes de aguas».
AÚN NO SE HABÍAN ASENTADO LOS MONTES CON SU GRAVE MOLE. — En hebreo, «antes de que los montes fuesen hundidos, sumergidos, hincados»; Pagnino, «fundados»; y, según Vatablo, más bien que sus raíces se sumergiesen e hincasen en la tierra, como los cimientos de las casas y templos se hunden y afirman en ella. ANTES DE LOS COLLADOS ERA YO ENGENDRADA. — En hebreo cholalti, que Nuestra Vulgata vierte «estaba concebida»; Vatablo, «fui formada»; Áquila y Teodoción, «irrumpí por parto»; Símaco, «fui conformada como por obra de comadrona»; los Setenta, «antes de todos los collados me engendra»; san Cipriano, «me engendró». Así también san Agustín (De Trinitate, cap. XII): «Antes de todos los collados me engendró, esto es, antes de todas las alturas de las criaturas.»
Explica lo que dijo en el v. 22 («El Señor me poseyó en el principio de sus caminos... desde la eternidad fui ordenada») diciendo que antes de los abismos, de las fuentes, de los montes y de los collados, esto es, antes de la creación del mundo, fue desde la eternidad concebida y formada por Dios. Es una miosis: dice menos, pero significa más; significa que la sabiduría estuvo en la mente de Dios desde la eternidad de modo que le dio la idea de los abismos, fuentes, montes, collados y de todas las cosas que habían de crearse en el tiempo, y en el tiempo dirigió la creación de Dios para producirlas y formarlas sabiamente; pues dice «Aún no existían los abismos, fuentes y montes» porque éstos fueron creados por la sabiduría y sin ella no podían ser creados. Se entiende aquí la sabiduría esencial, común a toda la Santísima Trinidad; y puede también tomarse la nocional, esto es, el Verbo o Hijo de Dios, engendrado del Padre y por quien igualmente fueron hechos los siglos (Hebr. I, 2).
Así entienden este lugar de la eterna generación del Hijo san Cirilo, san Hilario, san Epifanio, san Fulgencio y otros que escriben contra los arrianos, de modo que el sentido es: «Aún no existían los abismos, y yo ya estaba concebida», a saber, por el Padre mediante el entendimiento; y porque aquella concepción perfectísima fue siempre íntegra, indivisible y toda a la vez, añade en seguida: «Antes de todos los collados era yo engendrada». Pues es concepción en la misma naturaleza divina, y por ello generación y parto, dice santo Tomás (I part., cuest. XXVII, art. 1, ad 2). De donde Mercurio Trismegisto, hablando de la divina generación del Verbo, dice: «Aquella Inteligencia, que es Dios, teniendo en sí la virtud de varón y de hembra, y siendo vida y luz, engendró el Verbo, esto es, otra mente artífice.» Y los poetas fingieron que Minerva, diosa de la sabiduría, nació del cerebro de Júpiter, para significar que la sabiduría y el Verbo, engendrado del solo Padre, es su idea primaria, conforme a la cual Él lo arquitectó todo.
El término «era engendrada» significa: primero, que la sabiduría como que desde la eternidad aguijoneaba a Dios a parir y crear las cosas en el tiempo, como la mujer que da a luz es impelida a alumbrar el fruto; segundo, que la sabiduría y sus obras son cosas arduas y laboriosas, que en sí requieren un parto, esto es, larga meditación, esfuerzo y operación, aunque para Dios sean llanas y fáciles por su infinita potencia, con que en un solo instante, por su mandato, creó el cielo y la tierra; tercero, que la mente de Dios, como grávida y preñada de la sabiduría desde la eternidad, la parió en el tiempo al crear sus obras. Y como el hebreo cholalti es de tiempo pretérito, en Dios es lo mismo engendrar y haber engendrado, ser engendrado y haber sido engendrado; por lo cual el Hijo, en el mismo instante de la eternidad, siempre es engendrado y ha sido engendrado, siempre nace y ha nacido. Así lo enseñan san Hilario (De Trinitate, lib. VII), san Agustín (sobre el Salmo II) y clarísimamente Orígenes (hom. 6 sobre Jeremías): «El Hijo recibe continuamente su ser y mana del Padre, como el resplandor del sol.» Y santo Tomás (IV Contra Gentes, cap. XI) enseña que en el parto corporal, por hacerse con movimiento y sucesión, hay primero concepción, luego parturición, después parto y por fin la presencia de lo parido; pero en Dios, que carece de movimiento y sucesión, el parto fue desde la eternidad pleno y perfecto, y por ello a la vez fueron la concepción, la parturición, el parto y la presencia del Verbo ante el Padre que lo engendra.
Místicamente, adapta todo esto a la Bienaventurada Virgen; por lo cual la Iglesia lo lee como Epístola en el sacrificio de la Misa de su Concepción y de su Natividad. Pues la Concepción y la Natividad de la Madre de Dios fue el principio de las obras de Dios en orden a la redención de los hombres, en la cual estaba el gran Sacramento de la piedad, esto es, la encarnación del Verbo que pronto había de cumplirse. Ella es el tálamo y el trono de nuestro verdadero Salomón, en quien Dios quiso mostrar su omnipotencia y magnificencia; por eso la hizo, en su concepción y nacimiento, más noble y hermosa que todos los ángeles, aun que los serafines, idea de perfección, de virtud y de santidad, imagen de la divinidad; océano de hermosura, fuente del paraíso, templo y sagrario de Dios, «abismo de humildad, de gracia y de sabiduría» (san Ildefonso y san Bernardo), más aún «abismo de milagros» (san Juan Damasceno). Predestinada desde la eternidad no sólo para ser santa, sino para ser madre de los santos, más aún idea de la santidad, según la cual formaría a los demás santos. La Virgen fue concebida quince años antes del parto y natividad de Cristo, pues lo dio a luz a los quince años de su edad.
AHORA, PUES, HIJOS, OÍDME: BIENAVENTURADOS LOS QUE GUARDAN MIS CAMINOS. OÍD LA ENSEÑANZA, SED SABIOS Y NO LA DESECHÉIS. BIENAVENTURADO EL HOMBRE QUE ME OYE Y QUE VELA A MIS PUERTAS CADA DÍA. QUIEN ME HALLARE, HALLARÁ LA VIDA Y SACARÁ LA SALUD DEL SEÑOR; PERO QUIEN PECARE CONTRA MÍ, DAÑARÁ SU ALMA. TODOS LOS QUE ME ABORRECEN, AMAN LA MUERTE. — La sabiduría concluye con solemne exhortación y doble sentencia: bendición sobre los que la oyen y la siguen, maldición sobre los que la rechazan y la aborrecen. «Bienaventurado el hombre que me oye» no sólo con los oídos del cuerpo, sino con los oídos del corazón, esto es, que obedece y ejercita lo que la sabiduría enseña. «Y que vela a mis puertas cada día», es decir, que busca la sabiduría diligente y perseverantemente, no de modo ocasional y tibio, sino cada día, con vigilancia constante y ávido deseo, aguardando a las mismas puertas de la casa de la sabiduría como el siervo fiel aguarda a la puerta de su señor. «Quien me hallare, hallará la vida», tanto la temporal, larga y feliz, cuanto la eterna, bienaventurada y gloriosa, «y sacará la salud del Señor», porque la sabiduría conduce a Dios, fuente de toda salud. «Quien pecare contra mí, dañará su alma», porque, pecando contra la sabiduría, esto es, contra la virtud y contra Dios, el hombre no daña a la sabiduría ni a Dios, que son impasibles e inmutables, sino sólo a sí mismo, hiriendo y destruyendo su alma. «Todos los que me aborrecen, aman la muerte», porque aborrecer la sabiduría es amar la necedad, el vicio y el pecado, que son muerte espiritual, la cual lleva a la muerte eterna del infierno: terribilísima admonición, pues quienes rechazan la sabiduría no sólo padecen pasivamente la muerte, sino que activamente la eligen y la aman, abrazando aquello mismo que los destruye. Místicamente, estas palabras convienen a la Bienaventurada Virgen, Sede de la Sabiduría: quien la hallare, hallará la vida, pues ella conduce a todos sus devotos a su Hijo, que es «el Camino, la Verdad y la Vida» (Juan xiv, 6); y quien pecare contra ella, esto es, quien descuidare su veneración e invocación, se priva de un potentísimo patrocinio ante Dios y así daña su propia alma.
Comentario a los Proverbios, cap. 8, Cornelio a Lápide · Traducción del editor, del latín (Gran Comentario, dominio público) · fuente: lapide.org (dominio público)