sábado, 25 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

lunes, 3 de octubre de 2039

Santa Teresa del Niño Jesús, Virgen

Vida del santo de hoy, redactada al estilo del Año Cristiano sobre fuentes tradicionales.

Fué santa Teresa del Niño Jesús y del Santo Rostro, á quien la piedad de los fieles llamó con dulzura la Florecilla de Jesús, una de aquellas almas que el Señor levanta en los últimos tiempos para confundir la soberbia del mundo con la pequeñez de un corazón enamorado. Nació en la ciudad de Alençon, en la Normandía de Francia, el día 2 de enero del año 1873, novena y última hija de Luis Martín, relojero de oficio, y de Celia Guérin, que labraba los encajes de aquella tierra. Fueron entrambos padres tan cristianos y tan cabales en la virtud, que la Iglesia los ha honrado después sobre los altares; y bien puede decirse que en aquel hogar humilde y trabajador escogió la Providencia el suelo donde había de florecer esta azucena.

Cuidaron sus padres de criarla en el santo temor de Dios, y bien presto dió la niña muestras de aquella ternura de alma que había de ser toda su vida. Mas quiso el Señor probarla desde temprano: no contaba aún cuatro años cuando le arrebató la muerte á su santa madre, el 28 de agosto de 1877, con que la familia hubo de trasladarse á la villa de Lisieux, á la casa que llamaron Les Buissonnets. Allí, entre el desvelo del padre y el cariño de sus hermanas mayores, se crió la niña delicada de cuerpo y sensibilísima de corazón. Refiérese que, hallándose gravemente enferma de un mal de nervios en la Pascua de Pentecostés de 1883, se vió de repente sana al sonreírle la imagen de la Santísima Virgen, aquella á quien llamó siempre la Virgen de la Sonrisa; y jamás olvidó tan singular beneficio, pues esa misma imagen había de asistirla en la hora de la agonía.

Hizo su primera comunión el 8 de mayo de 1884, con fervor de serafín; pero Dios, que la quería toda suya, le tenía guardada mayor gracia. En la noche de Navidad del año 1886, volviendo de la Misa del gallo, obró en ella el Niño recién nacido lo que la santa llamó su conversión completa y la noche más hermosa de su vida: de un solo golpe la libró de aquella flaqueza y escrúpulo infantil que la tenían encogida, y le trocó el corazón pusilánime en un ánimo varonil y esforzado. ¿Quién dirá lo que puede la gracia, cuando el Señor quiere de veras apoderarse de un alma? Desde aquella noche corrió Teresa por el camino de la perfección como un gigante.

Encendióse entonces en su pecho una sed ardentísima de las almas, y quiso el Cielo darle luego la primera prenda de su celo. Supo la doncella, que no pasaba de los catorce años, que un desdichado llamado Pranzini, condenado á muerte por horrendos homicidios, iba á morir impenitente y endurecido; y tomándole por suyo, á quien llamaba con maternal osadía su primer hijo, ofreció por él los méritos infinitos de Nuestro Señor y los tesoros de la Iglesia, hizo decir una Misa y pidió á Dios con humildad una señal del arrepentimiento del reo, aunque confiaba en su salvación aun sin señal alguna. Ejecutado el reo, leyó al día siguiente que, ya en el cadalso, se había vuelto de improviso, había asido el crucifijo que le tendía el sacerdote y había besado tres veces las llagas sagradas. Con esto tuvo por cierta la señal pedida, y ni aun después, siendo ya carmelita, dejó de mandar decir Misas por aquella alma. Así aprendió que el amor á Jesús se prueba en el celo por rescatar á los pecadores.

Llamábala Dios entre tanto al claustro del Carmelo, donde ya la habían precedido dos de sus hermanas; mas se oponía á sus deseos la corta edad, que no consentían las leyes. No se arredró por eso aquel corazón animoso. En la peregrinación diocesana á Roma, el 20 de noviembre de 1887, hallándose en audiencia pública ante el papa León XIII, rompió la etiqueta que mandaba callar y, arrojándose á los pies del Pontífice, le pidió licencia para entrar en el Carmelo á los quince años. Terció el Vicario general: «Santísimo Padre, se trata de una niña que desea entrar en el Carmelo á los quince años; pero los superiores están estudiando la cuestión». Respondió el Papa: «Bueno, hija mía, haz lo que te digan los superiores». Y como ella, puestas las manos sobre las rodillas del Pontífice, todavía insistiese, díjole León XIII, mirándola de hito en hito y recalcando cada sílaba: «Vamos... vamos... Entrarás si Dios lo quiere». Hubo la guardia de retirarla; mas ella se llevaba en el alma la certeza de que Dios lo quería.

Y en efecto lo quiso, pues alcanzada la dispensa, entró Teresa en el Carmelo de Lisieux el 9 de abril de 1888, á los quince años apenas cumplidos. Vistió el santo hábito el 10 de enero de 1889 é hizo su profesión religiosa el 8 de septiembre de 1890. No fué su vida en la Religión de aquellas que el mundo admira con hazañas de fundadora ó de predicadora, sino un martirio escondido de amor en la fidelidad de cada instante: la obediencia puntual, la caridad callada con las hermanas que la mortificaban, el abandono filial en las manos de Dios. Tuvo por libros predilectos la Sagrada Escritura, á san Juan de la Cruz y la Imitación de Cristo, que llegó á saber casi de memoria.

De aquella vida oculta sacó la santa la doctrina que ha edificado á la Iglesia entera, y que ella llamó su caminito ó pequeña vía de la infancia espiritual: no subir al cielo por la escala de las grandes obras, que no es para los pequeños, sino dejarse tomar en brazos de Dios como un niño en los de su madre, haciendo las cosas menudas con grandísimo amor y confiando sin medida en la misericordia divina. Escribió por obediencia, entre 1895 y 1897, la historia de su alma, que su hermana la madre Inés dió á la luz un año justo después de su muerte, y que corrió con pasmosa presteza por todo el orbe. Buscando su lugar en el Cuerpo místico de la Iglesia, halló al fin el que Dios le tenía señalado, y lo dejó escrito con palabras que son ya su mejor retrato: «He encontrado mi puesto en la Iglesia... En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor... ¡Así lo seré todo!». ¡Su vocación era el amor!

Fué su piedad tiernísima para con el Niño Jesús y para con el Santo Rostro del Salvador, de donde tomó su doble título de religión; y grande su devoción á la Sagrada Eucaristía, que deseaba recibir á menudo. El 9 de junio de 1895 se ofreció á sí misma como víctima de holocausto al Amor Misericordioso de Dios, entregándose sin reserva para que el Señor derramase en ella el amor que los pecadores desechaban. ¿Qué mayor grandeza que hacerse holocausto del Amor?

Mas quiso el Señor coronar su vida con la más pura de las pruebas. En la noche del Viernes Santo, 3 de abril de 1897, sintió en la boca la primera sangre de la tuberculosis que había de llevarla al sepulcro; y con el mal del cuerpo vino á juntarse otro más recio para el alma, pues padeció en aquellos últimos meses una durísima tentación contra la fe y contra la esperanza, sintiendo como cerrado el cielo y ofreciendo aquella tiniebla por los incrédulos y por cuantos viven sin la luz de la fe. No fué esto pecado, sino prueba y merecimiento; y en medio de ella no dejó de amar ni de confiar, mostrando cuánto puede el abandono en las manos de Dios aun cuando parece que Dios se esconde.

Consumida por el mal y por el amor, entró en su preciosa agonía, y el 30 de septiembre de 1897, á los veinticuatro años de su edad, voló su alma al cielo. Refiérese que, alzando los ojos á lo alto como quien contempla algo invisible, dió el postrer aliento diciendo: «¡Dios mío, os amo!». Según la piadosa tradición recogida por sus hermanas, había prometido antes de morir pasar su cielo haciendo bien en la tierra y hacer caer sobre el mundo una lluvia de rosas de gracias y favores; y en verdad que el Señor ha querido glorificar á su sierva multiplicando por su intercesión los prodigios de su misericordia.

Fué tan pronta y universal la fama de su santidad, que se introdujo su causa apenas diecisiete años después de su muerte. Beatificóla el papa Pío XI el 29 de abril de 1923, y la inscribió en el catálogo de los santos el 17 de mayo de 1925 en la basílica de San Pedro de Roma; y el mismo Pontífice la declaró en 1927 patrona universal de las Misiones al lado de san Francisco Javier, que ella, sin salir jamás de su celda, había ganado más almas con el amor y el sacrificio que muchos misioneros con sus fatigas. Aprendamos, pues, de esta Florecilla de Jesús que no está la santidad en hacer cosas grandes, sino cosas pequeñas con grande amor, y confiemos, como ella, sin medida en la misericordia del Señor, que jamás abandona á los que se abandonan en sus brazos.

Amén.

Vida redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (Butler, Enciclopedia Católica, hagiografía clásica).