sábado, 25 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

martes, 27 de septiembre de 2039

Santos Cosme y Damián, Mártires

Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.

Epístola (Sap. 5, 16-20)

Léctio libri Sapiéntiæ Iusti autem in perpétuum vivent, et apud Dóminum est merces eórum, et cogitátio illórum apud Altíssimum. Ideo accípient regnum decóris, et diadéma speciéi de manu Dómini: quóniam déxtera sua teget eos, et bráchio sancto suo deféndet illos. Accípiet armatúram zelus illíus, et armábit creatúram ad ultiónem inimicórum. Induet pro thoráce justítiam, et accípiet pro gálea judícium certum. Sumet scutum inexpugnábile æquitátem.

Al contrario, los justos vivirán eternamente, y su galardón está en el Señor, y el Altísimo tiene cuidado de ellos. Por tanto recibirán de la mano del Señor el reino de la gloria y una brillante diadema; los protegerá con su diestra, y con su santo brazo los defenderá. Se armará de todo su celo, y armará también las criaturas para vengarse de sus enemigos. Tomará la justicia por coraza, y por casco el juicio infalible. Alzará por escudo impenetrable la rectitud. [Torres Amat]

Comentario patrístico · Comentario a la Sabiduría, cap. 5 — Cornelio a Lápide

Vers. 16. LOS JUSTOS, EN CAMBIO, VIVIRÁN ETERNAMENTE, Y JUNTO AL SEÑOR (en griego, «en el Señor», esto es, junto al Señor, o más propiamente: la bienaventuranza de los justos está puesta en la visión y posesión del Señor Dios) ESTÁ SU RECOMPENSA, Y SU PENSAMIENTO JUNTO AL ALTÍSIMO. Vuelve a la antítesis y enseña cuánto la dichosa suerte de los justos aventaja a la desdichada de los impíos: los justos, pues, vivirán eternamente una vida feliz y bienaventurada; los impíos, en cambio, aunque hayan de vivir en la gehena, como vivirán en perpetuos tormentos, su vida ha de llamarse más bien muerte que vida. «Junto al Señor está su recompensa», decretada y reservada a su trabajo y paciencia, para dársela después de la muerte. Y de nuevo «junto al Señor», como diciendo: no el hombre, sino Dios otorgará a los justos esta recompensa, a saber, divina, celestial, inmensa, perpetua, más aún, a sí mismo, según aquello dicho a Abrahán (Gén. XV, 1): «Yo soy tu protector, y tu recompensa sobremanera grande». La palabra «recompensa» arguye que los justos merecen la gloria eterna con sus buenas obras, pues la recompensa es correlativa del mérito; a esto ayuda aquello de Cristo (Apoc. XXII, 12): «Conmigo está mi recompensa, para dar a cada uno según sus obras».

Y SU PENSAMIENTO JUNTO AL ALTÍSIMO. En griego, φρόντισμα, esto es, pensamiento, cuidado, que puede tomarse tanto en sentido activo como pasivo. En sentido activo, como diciendo: Dios es la recompensa de los justos porque ellos dirigen todos sus pensamientos y cuidados a Dios; pues no piensan en otra cosa sino en cómo podrán agradarle más y amarle y honrarle más. Y además, los justos no piensan ni se cuidan ni andan solícitos de sí mismos, sino que arrojan toda su solicitud en Dios, como dice san Pedro, porque saben que Dios cuida de ellos, y dicen con el Salmista (Sal. XXII, 1): «El Señor me rige (en hebreo, el Señor es mi pastor, que me apacienta y rige como a oveja suya), y por tanto nada me faltará: en lugar de pastos allí me colocó». Así san Buenaventura, Hugo, Dionisio y Holcot. En sentido pasivo, como diciendo: «el pensamiento de ellos», esto es, la solicitud y cuidado de los justos, está junto al Altísimo: pues no un rey ni un pontífice, sino el mismo Dios cuida las cosas de los justos y piensa cómo adornarlos de gracia y de gloria, y protegerlos contra todos los enemigos y todos los males, y darles digna, más aún, sobreeminente recompensa por sus trabajos y aflicciones. Ambos sentidos, sin embargo, están enlazados: pues Dios piensa en los justos y los cuida porque los justos han apartado de sí todos sus pensamientos, esperanzas y cuidados y los han puesto en Dios, según aquello de Cristo a santa Catalina de Siena: «Hija, piensa asiduamente en mí, y yo pensaré en ti». Denota la seguridad y perpetuidad de la recompensa de los justos, pues Dios los ha tomado en su pensamiento y cuidado, según aquello de Cristo (Juan X, 27): «Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy la vida eterna, y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano».

Vers. 17. POR ESO RECIBIRÁN EL REINO DEL HONOR (Vatablo: un reino preclaro) Y LA DIADEMA DE LA HERMOSURA (en griego, κάλλους, esto es, de la belleza; por lo cual mal leen algunos «de la esperanza» [spei] en vez de «de la hermosura» [speciei]) DE LA MANO DEL SEÑOR. El Siríaco: por eso recibirán un reino glorioso y una corona de hermosuras de la mano del Señor; el Árabe: por eso serán ceñidos con el reino del honor de la mano de Dios, y con la corona de la belleza de la gloria. Como diciendo: porque la recompensa de los justos está junto al Señor, de Él recibirán un «reino», no cualquiera, sino del honor, esto es, decentísimo, opulentísimo y ornatísimo; y una diadema de la hermosura, es decir, hermosísima, bellísima, elegantísima. La diadema es la insignia real, a saber, aquella cinta blanca con que los reyes ceñían la cabeza, a la que los romanos añadían el laurel; en su lugar sucedió después la corona tejida de oro y piedras preciosas. Es palabra griega, de δέω, esto es, ceñir, coronar. Por tanto, la diadema denota que los justos serán reyes en el cielo, porque obtendrán el reino celestial de Cristo y toda su gloria como vencedores del mundo, de la carne y del diablo: pues la diadema es insignia tanto del rey como del vencedor. Alude a aquello de Isaías (LXII, 3): «Y serás corona de gloria en la mano del Señor, y diadema del reino en la mano de tu Dios».

Y la gloria de este reino de los bienaventurados la describe gráficamente san Agustín (serm. 1 Sobre las palabras del Apóstol): «Cuál sea la gloria futura, y con qué riquezas florezca, podemos alabarlo, pero no explicarlo, porque leemos: Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni subió al corazón del hombre lo que Dios preparó para los que le aman. ¿Quién es, pues, este Dios que tales y tantas cosas preparó? ¿Qué sino inestimable, inefable, incomprensible, por encima de todo, fuera de todo, más allá de todo? Si buscas grandeza, es mayor; si hermosura, más hermoso; si dulzura, más dulce; si esplendor, más fúlgido; si justicia, más justo; si fortaleza, más fuerte; si piedad, más clemente». Poseen, pues, los bienaventurados un reino del honor y de la hermosura, esto es, hermosísimo, opulentísimo, esplendidísimo, quietísimo, felicísimo; mientras que los reyes en la tierra poseen un reino molestísimo, misérrimo, infelicísimo, en el que se atormentan y consumen entre continuos cuidados, molestias y peligros. Por lo cual el rey Antígono, viendo a su hijo insolente por el reino, le dijo: «¿Acaso no sabes, hijo, que nuestro reino es una noble servidumbre?» (Eliano, lib. II de las Historias varias); semejante fue el dicho del cardenal Belarmino: «No sabéis qué espinas se ocultan bajo esta púrpura».

POR CUANTO SU DIESTRA LOS CUBRIRÁ, Y CON SU SANTO BRAZO LOS DEFENDERÁ. El «con su santo [brazo]» ya no está en el griego. La palabra «por cuanto» es causal, pues da la causa de por qué el reino que Dios ha de dar a los justos será del honor y hermoso: a saber, porque Dios, colocándolos a su diestra en el día del juicio, los cubrirá, para que ningún enemigo ni mal alguno pueda sobrevenirles; más aún, Dios combatirá a los enemigos de ellos, esto es, a los impíos, y los abatirá con todos los dardos de su ira, de modo que los justos gocen en paz y con alegría de su reino de gloria por toda la eternidad, sin temor alguno de enemigos ni de males, y aun se gocen y exulten por la justa venganza de los enemigos, según aquello (Sal. LVII, 11): «Se alegrará el justo cuando viere la venganza, lavará sus manos en la sangre del pecador». En vez de «defenderá», el griego tiene ὑπερασπιεῖ, esto es, defenderá con vigor, protegerá y combatirá como oponiendo el escudo; pues ἀσπίς es escudo, y ὑπερασπιστής el que con su escudo cubre y defiende a otro. Así dice Dios a Abrahán (Gén. XV, 1): «Yo soy tu protector» (en griego, ἐγὼ ὑπερασπίζω σου); y David dice a Dios (Sal. XXX, 5): «Porque tú eres mi protector» (ὑπερασπιστής); y en el Sal. XVII, 3: «Mi protector (en hebreo מגן magen, esto es, escudo) y el cuerno de mi salvación». Así, la palabra «defenderá» significa una guerra de Dios contra los impíos no sólo defensiva sino también ofensiva: defenderá, es decir, vengará, abatirá y castigará duramente; como Nabucodonosor «juró que se defendería», esto es, se vengaría, de todas aquellas regiones (Judit I, 12); y como dice el Apóstol (Rom. XII, 19): «No defendiéndoos a vosotros mismos», es decir, no tomando venganza.

Vers. 18. TOMARÁ POR ARMADURA SU CELO, Y ARMARÁ A LA CRIATURA PARA LA VENGANZA DE LOS ENEMIGOS. Declara cómo Dios, egregiamente armado, ha de ser en el día del juicio defensor y protector (hyperaspistes) de los justos: pues irritado por la áspera ofensa de los impíos y por la injuria que éstos infligieron a los justos, se armará del celo de la venganza, se vestirá de todo género de armas, más aún, incitará y aguijará a toda criatura para tomar venganza de los impíos. En griego es λήψεται πανοπλίαν τὸν ζῆλον αὐτοῦ, esto es, tomará por armadura su celo. Pero mejor lee el Nuestro, en vez del acusativo ζῆλον, el nominativo ζῆλος, esto es, «el celo»: pues el celo de la justicia y de la justa venganza que ha de tomarse de los impíos en favor de los piadosos no es la panoplia de Dios, sino que mueve a Dios a vestir la panoplia y a armarse con ella. La panoplia de Dios se enumera en lo que sigue, cuando dice: «se vestirá de la justicia como de coraza», etc. El celo denota la suma indignación de Dios: pues tres son los grados de la ira, a saber, ira, furor y celo. Describe aquí a Dios antropopáticamente, esto es, a modo humano, como a un rey poderosísimo provisto de todo género de armas, que marcha con su ejército a vengarse de los enemigos por quienes ha sido gravemente injuriado.

Y ARMARÁ A LA CRIATURA. No saldrá el mismo Dios armado al combate, dice Cantacuzeno, pues eso sería indigno de Dios, como si necesitara de armas para derrotar a los enemigos; en lugar de armas, pues, se servirá de las criaturas. Interiormente, esto es, en su mente, Dios vestirá la panoplia de las virtudes que le mueven a la venganza, cuales son la justicia, la equidad, el juicio certero, etc.; exteriormente se servirá de todo género de criatura para ejecutar esta venganza con obra. La razón la da san Jerónimo (sobre Mateo, cap. VIII): «Que todas las criaturas sienten a su Creador, no por el error de los herejes que juzgan animadas todas las cosas, sino por la majestad del Hacedor, de suerte que lo que entre nosotros es insensible, para Él es sensible». Toda cosa creada, pues, siente por sentido natural a su Creador, y por eso desea vengar la injuria de Él, y lo haría con apetito racional si lo tuviera; por lo cual, permitiéndolo, más aún, obrándolo e incitándolo Dios, desplegará contra los impíos todas sus fuerzas en el día del juicio. Semejante panoplia da a Dios Isaías (LIX, 17): «Se vistió de justicia como de coraza, y con el yelmo de la salvación en su cabeza; se vistió con vestidura de venganza, y se cubrió como con manto de celo».

Vers. 19. SE VESTIRÁ DE LA JUSTICIA COMO DE CORAZA, Y TOMARÁ POR YELMO UN JUICIO CERTERO. En vez de «certero», mal leen algunos «recto»: pues el griego es ἀνυπόκριτον, esto es, sincero, no fingido, no hipócrita, carente de toda simulación y disimulación, así como de acepción de personas, de modo que no se deje corromper por ruego ni precio de nadie, ni por favor, temor o respeto se aparte del recto juicio. La coraza de Dios se pone rectamente como la justicia, con la cual Dios vengará justamente las injurias infligidas a los justos por los impíos, y castigará y penará sus crímenes según sus merecimientos, para que así se restituya a la justicia su honor. La razón es que la coraza cubre el pecho y el vientre, y allí está el corazón y las entrañas, donde tiene su sede la compasión y la misericordia. Por tanto, para que Dios no se doblegue por alguna compasión, viendo tan horrendos suplicios infligidos a los impíos, arma el pecho, el corazón y las entrañas con la coraza de la justicia, que no admita ningún sentimiento de misericordia y no permita que se decrete ni haga nada sino lo justo. En esta vida Dios templa la justicia con la misericordia, de donde se dice de Él (Hab. III, 2): «Cuando estés airado, te acordarás de la misericordia»; pero en la vida futura argüirá a los impíos con furor y juicio (Sal. VI, 2), pues allí habrá juicio sin misericordia (Sant. II, 13).

Y a la cabeza congruentemente se le da como yelmo un juicio certero, esto es, simple, sincero, íntegro: porque como el juicio de la cabeza fácilmente se corrompe por dádivas, favores, amistades, temores y respetos humanos, para excluirlos se arma de sinceridad, integridad e incorrupción, a fin de que, al dar sentencia de suplicio contra los impíos, no atienda a nada sino a la magnitud de los deméritos, y a ella iguale justamente el suplicio. Pues «certero» (certum), según Sipontino, se dice de cerno, esto es, ver, y es lo mismo que claro e indudable, de suerte que la verdad misma de la cosa sea manifiesta y como vista con los ojos, sin afeite, velo ni cobertura; de donde «certero» se opone a la simulación y a la hipocresía, como se llama amor cierto al no fingido, y amigo cierto al que no simula sino que de veras se muestra amigo.

Vers. 20. TOMARÁ POR ESCUDO INEXPUGNABLE LA EQUIDAD, en griego ὁσιότητα, esto es: primero, la santidad; segundo, la equidad, el derecho, lo lícito; tercero, la religión y el culto y observancia de la divinidad; cuarto, la expiación: pues Dios en el día del juicio expiará la tierra y el mundo, y por eso barrerá de ella como inmundicia a los impíos que la contaminaron con sus crímenes, y, abriéndose la tierra, los absorberá como purgaciones y expiaciones y los precipitará al tártaro como a la más profunda y hedionda cloaca. La santidad, pues, esto es, la plena inocencia y pureza, arma aquí la izquierda de Dios como un escudo inexpugnable, para que, revestido de ella, por nadie pueda ser acusado de crueldad contra los impíos: pues los impíos y condenados, por desesperación y furor, como perros rabiosos lanzarán maldiciones contra Dios, y le llamarán cruel, verdugo y tirano, porque los atormenta tan duramente; pero Dios recibirá y rechazará todas estas acusaciones y maldiciones con el escudo de la santidad, pues mostrará que no le mueve la pasión, sino la santidad, a esta tan atroz venganza de los impíos, y que obra santa y religiosamente la causa de cada uno. Así la santidad de Cristo al reprender y castigar a los pecadores, sobre todo a los escribas y fariseos, era tan grande que Él mismo se ofrecía con sus obras al juicio de sus enemigos: «¿Quién de vosotros —dijo— me argüirá de pecado?» (Juan VIII, 46). Grande en verdad e impenetrable es el escudo que se toma de la inocencia y santidad de vida. Menos rectamente Dionisio Cartujano entiende por «equidad» la ἐπιείκειαν o moderación con que Dios modera los suplicios y castiga a los réprobos por debajo de lo que merecen: pues todo aquí respira severidad, ira y áspera venganza de Dios contra los impíos.

Comentario a la Sabiduría, cap. 5, Cornelio a Lápide · Traducción del editor, del latín (Gran Comentario, dominio público) · fuente: lapide.org (dominio público)

Evangelio (Luc. 6, 17-23)

Sequéntia sancti Evangélii secúndum Lucam In illo témpore: Descéndens Jesus de monte, stetit in loco campéstri, et turba discipulórum ejus, et multitúdo copiósa plebis ab omni Judæa, et Jerúsalem, et marítima, et Tyri, et Sidónis, qui vénerant, ut audírent eum et sanaréntur a languóribus suis. Et, qui vexabántur a spirítibus immúndis, curabántur. Et omnis turba quærébat eum tángere: quia virtus de illo exíbat, et sanábat omnes. Et ipse, elevátis óculis in discípulos suos, dicebat: Beáti, páuperes: quia vestrum est regnum Dei. Beáti, qui nunc esurítis: quia saturabímini. Beáti, qui nunc fletis: quia ridébitis. Beáti éritis, cum vos óderint hómines, et cum separáverint vos et exprobráverint, et ejécerint nomen vestrum tamquam malum, propter Fílium hóminis. Gaudéte in illa die et exsultáte: ecce enim, merces vestra multa est in cœlo.

Y al bajar con ellos, se paró en un llano, con la compañía de sus discípulos, y de un gran gentío de toda la Judea, y en especial de Jerusalén , y del país marítimo de Tiro y de Sidón, que habían venido a oírle y a ser curados de sus dolencias. Asimismo los molestados de los espíritus inmundos eran también curados. Y todo el mundo procuraba tocarle; porque salía de él una virtud que daba la salud a todos. Entonces levantando los ojos hacia sus discípulos, decía: Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis. Bienaventurados seréis cuando los hombres os aborrezcan, y os separen, y os afrenten, y abominen de vuestro nombre como maldito, en odio del Hijo del hombre; alegraos aquel día, y saltad de gozo; porque os está reservada en el cielo una gran recompensa; tal era el trato que daban sus padres a los profetas. [Torres Amat]

Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino

San Lucas 6, 17-23 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.

San Cirilo. Una vez realizada la reunión de los apóstoles, y congregados otros varios de entre los judíos, y de la región marítima de Tiro y de Sidón, -que eran idólatras-, los constituyó en doctores de todo el mundo, para libertar a los judíos de la servidumbre de la ley y apartar a los idólatras del error gentil, llevándolos al conocimiento de la verdad; por lo que dice: "Y bajando con ellos, se paró en un llano, y la turba de discípulos y un gran gentío de toda la Judea, y de Jerusalén, y de la marina", etc.

Beda. No dice marina a causa del mar de la Galilea, que estaba próximo, lo cual no sería extraordinario, sino que quiere hablar del gran mar -en el cual ponían también a Tiro y Sidón-, de quienes se dice: "Y de Tiro, y de Sidón", cuyas ciudades, como estaban ocupadas por gentiles, con razón se las llama por su nombre, para que se vea cuánto se había extendido ya la fama y el poder del Salvador, el cual, como había venido a predicar a todas las ciudades, quería enseñar a todas a recibir y a aceptar su doctrina; y así prosigue: "Que habían venido a oírle".

Teofilacto. Esto es, a curar sus almas, y a sanar de todas sus enfermedades, o sea del cuerpo.

San Cirilo. Después que hubo escogido los apóstoles, hizo muchos y grandes milagros, para que los judíos y los gentiles, que habían venido, conociesen que ellos habían sido distinguidos por Jesucristo con la dignidad del apostolado; y que El no era como los demás hombres, sino más bien Dios, como Verbo encarnado; y prosigue: "Y todas las gentes procuraban tocarle; porque salía de El virtud y los sanaba a todos". Cristo no recibía la virtud de otro, sino que, siendo Dios por naturaleza, curaba a todos los enfermos, derramando sobre ellos su propia virtud.

San Ambrosio. Observese todo diligentemente: de qué manera también asciende con los apóstoles y desciende hacia la muchedumbre, de qué modo lo seguía la muchedumbre hacia lo alto; luego, a donde descendía, llegaban los enfermos: pues, en las alturas no pueden estar los enfermos.

Beda. Rara vez se observará que las turbas hayan seguido a Jesús a las alturas, ni que haya curado algún enfermo en la cumbre de un monte; sino que una vez curada la fiebre de las pasiones, y encendida la luz de la ciencia, ha hecho subir a cada uno hasta la cumbre de la perfección evangélica. Las gentes, que pudieron tocar al Salvador, se curaron por la virtud de Este, como ya hemos visto que el leproso se curó, cuando le tocó el Señor. El tacto del Salvador equivale a la curación, porque el tocarle es tanto como el creer en El, y aquel por quien es tocado se cura en virtud de la gracia del Señor.

San Cirilo. Después de la reunión de los apóstoles a la nueva vida evangélica, el Salvador renovó a sus discípulos.

San Ambrosio. Empieza a ser sublime al anunciar los oráculos de la Divinidad. Aun cuando estaba en lo llano, sin embargo, elevó sus ojos; por lo que se dice: "Y El, alzando sus ojos hacia sus discípulos". ¿Qué quiere decir levantar los ojos, sino encender la luz interiormente?

Beda. Y aun cuando hablaba generalmente con todos, especialmente fijaba sus ojos en sus discípulos. Y prosigue: "Sobre sus discípulos". Para que aquellos que oyen la palabra con atención del corazón, reciban más gracia interior y más luz.

San Ambrosio. San Lucas puso tan sólo cuatro bienaventuranzas, San Mateo ocho; pero en aquellas ocho se comprenden estas cuatro, y en aquellas cuatro estas ocho. Este puso cuatro bienaventuranzas, representando las cuatro virtudes cardinales, y aquél explicó en estas ocho un orden místico -o número-, porque la octava, que es la perfección de nuestra esperanza, es también la más grande de las virtudes. Que la pobreza es la primera de las bienaventuranzas, lo dicen igualmente los dos evangelistas; en cuanto al orden es la primera de todas, y como la madre de las demás virtudes; porque el que despreciare las cosas del mundo merecerá las eternas; ni puede nadie alcanzar la gloria, si poseído del amor del mundo no llega a desprenderse de él. De donde prosigue: "Decía: bienaventurados los pobres".

Crisóstomo. En el Evangelio de San Mateo, dijo que eran bienaventurados los pobres de espíritu, para que comprendamos que el ser pobres de espíritu es tanto como tener una inteligencia modesta y humilde en cierto sentido. Por lo que dice el Salvador: "Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón" ( Mt 11,29). Aquí dice: Bienaventurados los pobres -sin añadir de espíritu- para designar a los que desprecian las riquezas. Convenía, pues, que cuando predicasen el Evangelio, no pensasen en la codicia, sino que tuviesen su espíritu predispuesto para cosas más elevadas.

San Basilio. No puede llamarse bienaventurado a todo el que es afligido por la pobreza, sino solamente al que prefiere el precepto de Jesucristo a las riquezas mundanas. Hay muchos pobres de bienes, pero que son muy avaros por el afecto; a éstos no los salva la pobreza, pero los condena su deseo. Ninguna cosa que no sea voluntaria aprovecha para la salvación, por la sencilla razón de que toda virtud está basada en el libre albedrío. Es bienaventurado el pobre que imita a Jesucristo, quien quiso sufrir la pobreza por nuestro bien; porque el mismo Señor todo lo hacía para manifestarse como nuestro modelo y podernos conducir a la eterna salvación.

San Eusebio. Pero como el reino de los cielos se alcanza por grados, el primero porque pasan los que suben a él es el de la pobreza; por esto Jesucristo eligió sus primeros discípulos de entre los pobres, y les dice: "Porque de vosotros es el reino de los cielos"; dando a entender que esto se refería a los que tenía presentes, hacia los cuales elevara sus ojos.

Crisóstomo. Después que mandó practicar la pobreza, glorifica las cosas que acompañan a la indigencia. Sucede, pues, que los que viven en la pobreza carecen hasta de lo más necesario, y apenas pueden adquirir su alimento. Pero el Señor no quiere que sus discípulos teman sobre esto; por eso les dice: "Bienaventurados los que ahora tenéis hambre".

Beda. Esto es, bienaventurados los que castigáis vuestro cuerpo y lo reducís a la esclavitud, que en el hambre y la sed os entregáis al ministerio de la palabra, porque habréis de gozar de la abundancia de los goces celestiales.

San Gregorio Niceno, De beatitudinibus, Orat. 4. En un sentido más elevado, del mismo modo que para el alimento del cuerpo, se prefieren diversos manjares, así también, para el alimento del alma, los unos desean un bien imaginario, y otros lo que es naturalmente bueno. Por lo que, según San Mateo, son beatificados los que consideran la justicia como una comida y una bebida; no diré la justicia que es una virtud particular, sino la justicia que es una virtud general; el que tiene hambre de la cual será bienaventurado.

Beda. Nos da a conocer terminantemente el Señor, que no debemos considerar como bueno a cualquiera, sino que hemos de ver que constantemente procure adelantar en el camino de la perfección, a cuya perfección no puede llegarse en esta vida, sino en la otra, como lo dice el Salmista: "Yo me saciaré cuando vea tu gloria" ( Sal 16,15). De aquí prosigue: "Porque seréis hartos".

San Gregorio Niceno. Promete la abundancia a los que desean la justicia; ninguna de las cosas que se encuentran en esta vida puede saciar suficientemente a los que buscan la justicia; solamente el deseo de la virtud es seguido de una recompensa que inspira en el alma una alegría indeficiente.

San Cirilo. Sigue a la pobreza, no sólo la falta de las cosas deleitables, sino también la depresión del semblante por la tristeza. Por lo que sigue: "Bienaventurados los que lloráis". Considera como bienaventurados, no precisamente a los que derraman lágrimas -porque esto es propio de todos, tanto fieles como infieles, cuando experimentan alguna contrariedad- sino solamente a aquellos que hacen una vida mortificada, se preservan de los vicios y de las afecciones carnales, menospreciando las complacencias de la vida y llorando porque aborrecen las cosas de la tierra.

Crisóstomo, hom 18, ad prop. Antioch. Cuando la tristeza se experimenta por causa de Dios, ella nos alcanza la gracia de hacer penitencia para poder obtener la salvación. Esta tristeza es el fundamento de la alegría. Por lo que sigue: "Porque reiréis". Cuando nada podemos hacer en bien de aquellos por quienes lloramos, el beneficio recae sobre nosotros. El que llora de este modo los males ajenos, no dejará de llorar sus propios pecados; más aún, no caerá tan fácilmente en el pecado. No nos fijemos en las cosas de esta vida breve, sino suspiremos por las de la eterna; no busquemos las delicias de donde nace muchas veces el llanto y el dolor, sino entristezcámonos con la tristeza que nos alcanza el perdón. Suele suceder que encuentra al Señor el que llora; pero el que ríe no lo encuentra nunca.

San Basilio. Por eso promete la risa a los que lloran, no precisamente el sonido emitido con estrépito, sino la alegría pura y libre de cualquier tristeza.

Beda. Es bienaventurado el que por las riquezas de la herencia celestial, por el pan de la vida eterna, por la esperanza de las alegrías celestiales, desea sufrir el llanto, el hambre y la pobreza, y aun mucho más bienaventurado aquel que no teme guardar estas virtudes en medio de la adversidad. Por ello sigue: "Seréis bienaventurados, cuando os aborreciesen los hombres". Aun cuando aborrezcan los hombres con un corazón malvado, no pueden hacer daño al que es amado por Cristo. Prosigue: "Y cuando os apartaren de sí, apartarán tamibién al Hijo del hombre". Porque El resucita para sí a los que mueren con El, y les hace descansar en la eterna bienaventuranza. Prosigue: "Y cuando desecharen vuestro nombre como malo". En esto se refiere al nombre de cristiano, que fue tan ultrajado por los judíos y por los gentiles, cuantas veces se acordaron de El, y también fue despreciado por los hombres, sin que para ello hubiese otro motivo que el odio que tenían al Hijo de Dios, a saber, porque los fieles quisieron tomar su nombre de Cristo. Luego enseña que habrán de ser perseguidos por los hombres, pero que serán bienaventurados, como más que hombres. De aquí prosigue: "Gozaos en aquel día y regocijaos: porque vuestro galardón grande es en el cielo", etc.

Crisóstomo. Se considera una cosa grande o pequeña según la importancia de la persona que la concede. Examinemos ahora quién es el que promete una gran recompensa. Un profeta o un apóstol, que no son más que hombres, hubiesen dado como mucho lo que es poco; pero aquí es el Señor, que posee los tesoros eternos y las riquezas superiores a toda comprensión, quien ha prometido una grande recompensa.

San Basilio, in Cat. graec. Patr. Unas veces se dice grande en un sentido absoluto, como el cielo es grande, la tierra es grande; otras veces es por comparación, como un gran caballo, un gran buey, comparándolos con otros de su especie; así creo que será grande la recompensa reservada a aquellos que sufren oprobios por Cristo, no por comparación a las cosas que están entre nosotros y conocemos, sino grande en sí mismo y como dada por Dios.

San Juan Damasceno, in lib. De lógica, cap. 49. Todas aquellas cosas, que pueden medirse y contarse, se conceden de una manera limitada; pero lo que por cierta excelencia excede toda medida y número, se dice intencionadamente grande y mucho, como cuando decimos que es mucha la misericordia de Dios.

San Eusebio. Después, queriendo fortalecer a sus discípulos para pelear contra sus enemigos cuando predicasen el Evangelio por todo el mundo, les añade: "Porque de esta manera trataban a los profetas los padres de ellos".

San Ambrosio. Los judíos habían perseguido a los profetas hasta el punto de quitarles la vida.

Beda. Los que dicen la verdad son ordinariamente perseguidos; no obstante, los antiguos profetas no dejaban de predicar la verdad por temor a la persecución.

San Ambrosio. En esto que dice: "Bienaventurados los pobres", tiene la templanza, que se abstiene del mal, holla con los pies el siglo y no busca los placeres. "Bienaventurados los que tenéis hambre". He ahí la justicia; pues el que tiene hambre se compadece del que la tiene; compadeciéndose de él, le favorece; favoreciéndole, se hace justo, y su justicia permanece eternamente. "Bienaventurados los que ahora lloráis"; aquí tenemos la prudencia, que llora lo de todos los días y busca las cosas que son eternas. "Bienaventurados seréis cuando os aborrezcan los hombres". Aquí tenemos la fortaleza; pero no aquella que merece el odio por sus crímenes sino la que sufre persecución por la fe. Así es como se llega a la corona del sufrimiento, si se desprecia la gracia de los hombres, y se sigue la divina. Luego, la templanza produce la limpieza del corazón; la justicia la misericordia; la prudencia la paz; y la fortaleza la mansedumbre. Las virtudes están reunidas de tal modo, que cuando se tiene una parece que se tienen todas. Cada santo tiene una virtud propia; pero la más abundante es la más recompensada. Cuánta caridad tenía Abraham. ¡Cuánta humildad! Pero como sobresalía entre todas su fe, ésta fue la que obtuvo la primacía. Por tanto, cada uno tendrá muchos premios, cuando practique muchas virtudes; pero como siempre se distingue en alguna, por ella obtendrá un premio mayor.

Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena