lunes, 26 de septiembre de 2039
Santos Cipriano y Justina Virgen, Mártires
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
Nació san Cipriano en Antioquía de Siria, de una familia distinguida por su nobleza, por sus riquezas, por su reputación, pero sobre todo, por su ciega adhesión á todas las supersticiones del gentilismo. Dedicáronle sus padres á los demonios desde la edad de siete años, y dispusieron que se educase en todas las ciencias de los sacrificios, de la astrología judiciaria, de los encantamientos y de la magia. Hallaron sus maestros en Cipriano un genio superior para estas facultades, con una inclinación tan viva hacia este arte diabólico, que en breve tiempo fue uno de los más hábiles magos entre todos ellos. Muy resuelto á no ignorar secreto alguno de cuantos pudiese adquirir en la escuela de los astrólogos, de los hechiceros y de los adivinos, pasó á Atenas, después á Argos, y desde allí á Frigia, adelantándose mucho á todos los facultativos, de suerte que, reconocido universalmente por el mago más hábil de toda la Grecia, era buscado para presidir á los sacrificios que se ofrecían á los demonios. No contento con lo que ya tenía aprendido en aquel infernal arte, pasó á Egipto, y penetró hasta la India para aprender más y más.
Noticioso de que los Caldeos eran muy sobresalientes en la astrología judiciaria, se encaminó á ellos; inicióse en sus infames misterios y en el ejercicio de todo género de sortilegios, se hizo el mago más famoso y el más familiar con los demonios que habían conocido los siglos. Horroriza solo el leer las abominaciones en que aquel arte le precipitó. No hubo infamia, no hubo hediondez abominable en que no se revolcase y de que no hubiese hecho vanidad. No se conocía á Cipriano por otro nombre que por el del gran maestro del arte de los demonios. Para el uso de sus operaciones mágicas se valía de cuerpos humanos; hombres, mujeres y niños, á todos los degollaba secretamente, ofreciendo su sangre á los demonios, buscando en sus entrañas los presagios de lo futuro, y medios para asegurar el suceso de sus encantamientos. Solamente en los cristianos experimentaba que nada podía con ellos, y por esta maravilla no los podía sufrir. Hacía todo lo posible para desacreditarlos y para perseguirlos: injurias, calumnias atroces, afrentas dolorosas, burlas sangrientas de su virtud y sátiras bufonas para hacer ridículos sus más sagrados misterios, de todo se valía para perderlos.
Tal era Cipriano hasta la edad de treinta años, cuando el Padre de las misericordias le escogió como á otro Saulo para hacer de él un vaso de elección, y para animar con su ejemplo la confianza de los mayores pecadores. Después de todas aquellas excursiones se restituyó Cipriano á Antioquía, donde fué considerado como jefe de todos los magos. Había en la misma ciudad una doncella llamada Justina, hija de padres gentiles. Su padre Edesio y su madre Cledonia la habían educado cuidadosamente en las supersticiones del paganismo; pero como Justina era de mucho entendimiento, luego que oyó los sermones de Prailio, diácono de Antioquía, renunció las extravagancias de la gentilidad; y convirtiéndose ella á la fe de Jesucristo, convirtió también á sus padres á la misma. Desde el punto que se hizo cristiana fué una de las esposas más ilustres de Jesucristo, consagrándole su virginidad, y aplicándose á adquirir todas las demás virtudes que fomentan y conservan esta delicada virtud. No había en toda Siria hermosura más peregrina. Era la modestia su virtud favorecida, por lo que rarísima vez se dejaba ver en público, y siempre cubierta con su manto ó con su velo.
Pero todo su cuidado en que ninguno la viese no bastó para que dejase de lograrlo un joven llamado Agladio, el cual quedó tan ciegamente prendado de su belleza, y se encendió en su corazón un fuego tan infernal y tan impuro, que formó en él una violentísima pasión. No perdonó medio alguno el idólatra joven para satisfacerla; pero experimentando inútiles todas sus diligencias, recurrió á Cipriano, no teniendo duda que sus mágicos hechizos le facilitarían el medio de lograr sus perniciosos intentos. Hallábase el mismo Cipriano furiosamente abrasado en igual ó en mayor lascivo fuego por Justina; pero disimulándolo, se ofreció desde luego á trabajar en la empresa con tanto empeño como quien trabajaba para sí. Valióse de los más poderosos medios de la magia para hechizar á la virgen de Jesucristo; pero todo inútilmente. Ofreció á los demonios los más abominables sacrificios, invocólos, y ellos se lo prometieron todo, sintiéndose con efecto la castísima doncella asaltada de horribles tentaciones, y atemorizada con visiones horrorosas; pero sostenida de la gracia que mereció con sus continuas oraciones, con sus espantosas penitencias, y sobre todo, con la confianza en la poderosa protección de la santísima Virgen, de quien era muy devota desde su conversión, llamándola su querida madre, salió siempre triunfante y victoriosa.
En vano ponían en movimiento los demonios cuantos malignos artificios podían inventar para derribarla; en vano la intentaban atemorizar poniéndosele delante en figuras horrorosas; en vano la golpeaban hasta ponerla en peligro de la vida; solo con hacer la señal de la cruz se desvanecían todas aquellas ilusiones, y ponía en vergonzosa fuga á todas las potestades del infierno. Observa san Gregorio que mientras duraban aquellos violentos combates no cesaba de invocar á la santísima Virgen, suplicándola favoreciese á otra virgen, cuya castidad corría tanto peligro; y que la purísima Señora la aseguró de la victoria.
Agitado Cipriano del furor de su pasión, y lleno de indignación por considerarla sin remedio, se volvió colérico contra el demonio, y dándole en cara con la pobreza de sus fuerzas, le dijo: «Pues qué, ¿es tan limitado tu poder que no le tienes para rendir á una tierna doncellita? Tú que tanto ponderas la irresistible fuerza de tu brazo, y que en tantas ocasiones has hecho tan portentosas maravillas, ¿qué mudanza es esta? ¿de dónde nace esta novedad? ¿quién protege á esa tierna doncella contra tí? ¿de qué armas se vale para burlarse de todos tus esfuerzos?» Forzado entonces el demonio por una virtud superior, le confesó la verdad, y le dijo: Que el Dios de los cristianos era el soberano señor del cielo, de la tierra y del infierno; que ningún demonio podía resistir á la señal de la cruz que Justina hacía continuamente; y que con esta señal, luego que alguno se le acercaba para tentarla, le ponía en precipitada fuga.
Según eso, replicó Cipriano, muy loco he sido yo en no haberme dedicado á servir á un Señor que es más poderoso que tú. Si sola la señal de la cruz en que murió ese Dios de los cristianos puede tanto, ¿qué poder no tendrá el mismo Dios? No, no quiero ya creer en tus prestigios; renuncio tus sortilegios, y espero que desde este mismo punto el Dios de Justina será también el mío. Irritados los demonios de que se les escapase aquel por cuyo medio habían conquistado á tantos, se apoderaron al punto de su cuerpo; pero presto dejaron la posada, dice san Jerónimo, compelidos de la gracia de Jesucristo, que se hizo dueño de aquel corazón. Muchos y muy violentos combates tuvo que sufrir contra los enemigos de su salvación y contra sí mismo para romper sus inveteradas costumbres en el pecado; pero el Dios de Justina, al cual no cesaba de invocar desde que conoció su poder, le sacó victorioso de todo.
Tenía Cipriano un amigo llamado Eusebio que era cristiano, y muchas veces le había amonestado que dejase aquella infame profesión. Buscóle Cipriano, y deshaciéndose en lágrimas, le dijo: Ya en fin, amado amigo, reconocí mis errores y palpé mis descaminos. Dime claramente si tu Dios, á quien desde luego confieso por único Dios verdadero, se dignará recibir en el número de sus siervos á un hombre tan malvado como yo; y si podrá alentarse mi esperanza á tener alguna parte en sus misericordias. Gozosamente sorprendido Eusebio en vista de tan milagrosa mudanza, le dió mil enhorabuenas, y le animó á esperarlo todo de la misericordia del Señor, cuyos efectos experimentaba ya en aquella misma conversión.
Sirvióle mucho aquel buen amigo en los primeros días de prueba; porque los demonios, viendo que Cipriano perseveraba firme en su resolución, pusieron en ejecución todos sus enredos, todas sus tentaciones y todos sus artificios para perderle. Irritaron todas sus pasiones aquellos espíritus orgullosos, impuros y hediondos, poniendo verdaderamente en terribles pruebas su generosa resolución; pero fortalecido Cipriano con la divina gracia, sostenido y alentado con los buenos consejos de su amigo Eusebio, resistió á todos los esfuerzos del infierno. Hacía incesantemente sobre sí la señal de la cruz; tenía de continuo en la boca y en el corazón el sagrado nombre de Jesucristo, y no cesaba un punto de implorar la asistencia de la santísima Virgen.
Viendo los demonios que les salían mal todos los demás artificios, acordaron tentarle por el camino de su desesperación; tentación que no fué la menor, sino quizá la más peligrosa de todas. Representáronle que el Dios de los cristianos era á la verdad el único verdadero Dios; pero que era un Dios de pureza, un Dios que castigaba con extrema severidad las menores culpas, de cuyo excesivo rigor ellos mismos eran la prueba más convincente, pues por un solo pecado de orgullo eran víctima de su eterna cólera; que no había perdón para él, para quien ya estaba preparado un lugar en lo más profundo del infierno por la enormidad de sus pecados; y pues ya no tenía que esperar misericordia, el único y mejor partido que le restaba era divertirse y dar gusto á sus pasiones mientras le durase la vida.
En gran peligro puso á la salvación de Cipriano esta terrible y apretada tentación. Su amigo Eusebio le sostuvo muchas veces para que no desconfiase de la misericordia de Dios; y temiendo que al cabo le rindiese, le llevó consigo á Antimo, obispo de Antioquía. Al principio recéló el santo prelado que se ocultase alguna superchería bajo aquellas apariencias de conversión, y desconfió mucho así de las palabras como de las lágrimas del famosísimo mago; pero instruido bien de todo lo que había pasado, del motivo de su conversión y de la generosidad con que había resistido á todas las pruebas, le esforzó, le catequizó y le dispuso para recibir el bautismo. Informada ya por este tiempo santa Justina de todo lo que pasaba, y de la conversión milagrosa de Cipriano, no cesaba de implorar para él la misericordia del Señor con rigurosas penitencias y con fervientes oraciones.
Hallándose Cipriano suficientemente instruido y cada día más confirmado en su resolución, llevó todos sus libros de magia al santo obispo; y para convencer á todo el mundo de la sinceridad de su conversión, él mismo quiso quemarlos por su propia mano en presencia de todos los fieles. Reengendrado ya á la gracia por el santo bautismo, fue después tan celoso cristiano como antes había sido hábil y pernicioso mago, haciendo su conversión tanto fruto como ruido; y trasformado en defensor y predicador de la fe de Jesucristo, convirtió un prodigioso número de gentiles.
Tuvo santa Justina tanto gozo de esta insigne conversión, que, en testimonio de su reconocimiento al autor de ella, encendió, dice san Cipriano, una lámpara, se cortó los cabellos para consagrarlos á Dios, vendió todas sus galas, joyas y muebles, con todo lo que tocaba á su dote, y repartió el precio entre los pobres. Su padre y su madre también ofrecieron á Dios la casa, y se la cedieron para que se convirtiese en iglesia. Eusebio fue reconocido desde entonces como el ángel del Señor, y á instancia de todos los fieles fue ordenado de presbítero. Agladio, en cuyo favor había cometido Cipriano tantos y tan abominables pecados, reconoció la flaqueza y los embustes de los demonios, se hizo cristiano, y distribuyó toda su hacienda entre los pobres.
Hizo san Cipriano maravillosos progresos en los caminos de Dios. Desde entonces fue su vida un continuo ejercicio de la más rigurosa penitencia. Dejábase ver algunas veces á la puerta de la iglesia con la cabeza desnuda, cubierta de ceniza, postrado en tierra, y pidiendo á todos los fieles que implorasen la misericordia de Dios por aquel miserable pecador. Para humillarse más y para abatir su natural orgullo, consiguió á fuerza de grandes ruegos que le encargasen el cuidado de limpiar y de barrer la iglesia. Vivía en compañía del presbítero Eusebio, á quien siempre consideró y veneró como á su padre en Jesucristo; y aquel Señor, que se complace en derramar los tesoros de su misericordia sobre los humildes y sobre los mayores pecadores verdaderamente arrepentidos, le concedió el don de milagros.
Como estaba dotado de una elocuencia natural y persuasiva, empleó sus talentos en convertir á los idólatras. Fué en esto extraordinariamente feliz, y aumentó tan considerablemente el rebaño de Jesucristo, que se asegura que después de la muerte de Antimo todos los fieles le escogieron unánimemente por su pastor, y que fué sucesor suyo en la silla de Antioquía. El que había sido fervoroso cristiano y santo presbítero, fué después modelo de prelados, reconociendo luego todo su rebaño que tenía en Cipriano un nuevo apóstol. Impelido de su humildad, divulgó su confesión, y esta confesión, en que no disimulaba ninguna de sus culpas, animó la confianza de los mayores pecadores, y contribuyó mucho á la conversión de los infieles.
Hacía mucho ruido en el mundo el nombre de san Cipriano, sus extrañas aventuras, su celo y las conquistas que hacía diariamente extendiendo el reino de Jesucristo; por lo que no podía menos de llegar á noticia de los emperadores. Hallábase á la sazón Diocleciano en Nicomedia; é informado así de las maravillas de Cipriano, como de la eminente santidad de la virgen Justina, los mandó prender. Eutolmio, gobernador de la Fenicia, cuya ordinaria residencia era la ciudad de Cira, hizo que se le condujesen al mismo tiempo que fué arrestada santa Justina en Damasco, donde se había retirado con un crecido número de otras santas doncellas.
Habiendo comparecido ambos en presencia del juez, respondieron con tanta constancia y con tanta generosidad, confesando la fe de Jesucristo con tanta resolución, que Eutolmio quedó sorprendido; mas no queriendo creyese alguno que favorecía á los cristianos, mandó despedazar á azotes á santa Justina, y al mismo tiempo hizo suspender en el aire á san Cipriano, y que le desollasen y surcasen el cuerpo hasta los huesos con uñas de acero y garfios puntiagudos, de modo que causaba horror aun á los mismos paganos. Pero como este terrible tormento no debilitase un punto su firmeza, mandó que los encerrasen en prisiones separadas; y viendo que ni sus amenazas ni sus promesas hacían impresión en el ánimo ni en el corazón de los generosos mártires, ordenó que cada uno de ellos fuese metido en una caldera de cobre llena de pez, grasa y cera derretida. Por la alegría que manifestaban en sus semblantes y en sus palabras se conoció que los santos mártires no sentían dolor alguno en aquel tormento. Hasta se notó que no tenía fuerzas ni calor el fuego que estaba debajo de la caldera.
Hallábase presente un sacerdote de los ídolos llamado Atanasio, grande mago, y en otro tiempo compañero y discípulo de Cipriano, el cual se persuadió que todo aquello era efecto de los hechizos y encantamientos de su antiguo maestro. Vínole la gana de hacer lo mismo con el fin de desacreditar las maravillas de san Cipriano, y luego hacerse hombre famoso y recomendable á todo el pueblo. Habiendo hecho, pues, sus invocaciones á los demonios, sus imprecaciones y sus ceremonias mágicas, se arroja precipitadamente en una caldera; pero no bien entró en el fuego cuando quedó reducido á ceniza. Con este suceso quedaron nuevamente aplaudidas y estimadas las maravillas de nuestro santo, de modo que faltó poco para que se sublevase en su favor toda la ciudad.
Intimidado el juez, tomó el partido de remitir los santos mártires á Diocleciano, que á la sazón se hallaba en Nicomedia, y le escribió todo lo sucedido. Luego que Diocleciano leyó la carta, mandó que sin otra formalidad ni proceso les cortasen la cabeza, lo que se ejecutó inmediatamente el día 26 de setiembre á la orilla del río Gallo que pasa cerca de la ciudad. Otro cristiano, llamado Teoctisto, que había declarado bastantemente su profesión, acercándose á la oreja de san Cipriano para hablarle en secreto, recibió la misma corona que ellos, siendo condenado por la propia sentencia. Era un marinero que acababa de desembarcar en Bitinia, y venía de las costas de Toscana.
Noticiosos sus compañeros de lo que había pasado, acudieron á llevarse los santos cuerpos á pesar de los guardias apostados para estorbar que se les diese sepultura. Fueron llevadas á Roma estas preciosas reliquias, y allí estuvieron ocultas mucho tiempo en casa de una virtuosa señora, hasta que otra señora no menos piadosa, llamada Rufina, descendiente del emperador Claudio II, les mandó edificar una pequeña iglesia en tiempo del emperador Constantino, de donde en fin fueron trasladadas á la iglesia de San Juan de Letrán, por otro nombre la basílica de Constantino. Venérase en Tolosa una porción de estas santas reliquias.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.