domingo, 25 de septiembre de 2039
XVII Domingo después de Pentecostés
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (Ephes. 4, 1-6)
Léctio Epístolæ beáti Pauli Apóstoli ad Ephésios Fratres: Obsecro vos ego vinctus in Dómino, ut digne ambulétis vocatióne, qua vocáti estis, cum omni humilitáte et mansuetúdine, cum patiéntia, supportántes ínvicem in caritáte, sollíciti serváre unitátem spíritus in vínculo pacis. Unum corpus et unus spíritus, sicut vocáti estis in una spe vocatiónis vestræ. Unus Dóminus, una fides, unum baptísma. Unus Deus et Pater ómnium, qui est super omnes et per ómnia et in ómnibus nobis. Qui est benedíctus in sǽcula sæculórum. Amen.
Yo, pues, que estoy entre cadenas por el Señor, os conjuro que os portéis de una manera que sea digna del estado o dignidad a que habéis sido llamados, con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándoos unos a otros con caridad, solícitos en conservar la unidad del espíritu con el vínculo de la paz, siendo un solo cuerpo y un solo espíritu, así como fuisteis llamados a una misma esperanza de vuestra vocación. Uno es el Señor, una la fe, uno el bautismo ; uno el Dios y el Padre de todos, el cual es sobre todos, y gobierna todas las cosas, y habita en todos nosotros, [Torres Amat]
Comentario patrístico · Homilía 9 + Homilía 10 + Homilía 11 sobre Efesios — San Juan Crisóstomo
Yo, pues, prisionero en el Señor, os ruego que andéis de una manera digna de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, con longanimidad, soportándoos los unos a los otros en caridad, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz.
Por estas razones dice: Yo, prisionero en el Señor, os ruego que andéis de una manera digna de la vocación con que fuisteis llamados. Mas ¿cuál es esta vocación? Fuisteis llamados como cuerpo suyo. Tenéis a Cristo por cabeza; y aunque erais enemigos y habíais cometido maldades sin número, con todo os resucitó juntamente con Él y os hizo sentar con Él. Alta es esta vocación, y a altos privilegios; no sólo porque fuimos llamados de aquel estado anterior, sino porque somos llamados a tales privilegios, y por tal medio.
Mas ¿cómo es posible andar dignamente de ella? Con toda humildad. El que así obra, anda dignamente. Éste es el fundamento de toda virtud. Si eres humilde, y consideras lo que eres y cómo fuiste salvado, tomarás este recuerdo como estímulo para toda virtud. No te ensoberbecerás ni con las cadenas ni con aquellos mismos privilegios que he mencionado, sino que, sabiendo que todo es de gracia, te humillarás. El de ánimo humilde puede ser a la vez siervo generoso y agradecido. Porque ¿qué tienes —dice— que no hayas recibido? Y de nuevo, oíd sus palabras: He trabajado más que todos ellos; mas no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo.
Con toda humildad, dice; no la que está en las palabras, ni la que está sólo en las obras, sino aun en el mismo porte y tono de voz: no humilde con uno y áspero con otro; sé humilde con todos los hombres, sea amigo o enemigo, sea grande o pequeño. Ésta es la humildad. Aun en tus buenas obras sé humilde; porque oíd lo que dice Cristo: Bienaventurados los pobres de espíritu; y esto lo pone en primer lugar. Por lo cual también el mismo Apóstol dice: Con toda humildad, y mansedumbre, y longanimidad. Porque puede uno ser humilde y, con todo, pronto e irascible, y así todo resulta en vano; pues muchas veces se dejará dominar por la ira y lo echará todo a perder.
Soportándoos —prosigue— los unos a los otros en caridad.
¿Cómo es posible sobrellevarse, si uno es colérico o dado a censurar? Por eso nos ha indicado el modo: en caridad, dice. Si tú —viene a decir— no sobrellevas a tu prójimo, ¿cómo te sobrellevará Dios a ti? Si no soportas a tu consiervo, ¿cómo te soportará el Señor? Dondequiera que hay caridad, todo se sobrelleva.
Solícitos —prosigue— en guardar la unidad del Espíritu. ¿Qué es esta unidad del Espíritu? En el cuerpo humano hay un espíritu que todo lo mantiene unido, aunque en miembros diversos. Así también aquí; pues para esto fue dado el Espíritu: para unir a los que están separados por raza y por diversas costumbres; porque viejos y jóvenes, ricos y pobres, niño y mancebo, mujer y varón, y toda alma vienen a hacerse en cierto modo uno, y más plenamente que si fueran un solo cuerpo. Porque esta relación espiritual es mucho más alta que aquella otra natural, y la perfección de la unión más entera; pues la conjunción del alma es más perfecta, por cuanto es a la vez simple y uniforme. ¿Y cómo se conserva esta unidad? En el vínculo de la paz. No es posible que ésta exista en la enemistad y la discordia. Porque si hay entre vosotros —dice— envidias y contiendas, ¿no sois carnales y andáis según los hombres? Pues como el fuego, cuando halla leños secos, los aúna todos en una sola hoguera ardiente, mas si están húmedos no obra en modo alguno ni los une; así también sucede aquí. Nada que sea de naturaleza fría puede realizar esta unión, mientras que lo que es cálido las más de las veces lo logra. De ahí, al menos, procede el ardor de la caridad; por el vínculo de la paz quiere Él unirnos a todos. Porque del mismo modo —viene a decir— que, si quisieras unirte a otro, no podrías hacerlo sino uniéndolo a ti; y si quisieras hacer doble el lazo, es preciso que él a su vez se una a ti; así también aquí quiere que estemos atados los unos a los otros; no simplemente que estemos en paz, no simplemente que nos amemos unos a otros, sino que todos seamos una sola alma. Glorioso es este vínculo; con este vínculo atémonos los unos con los otros y con Dios. Éste es un vínculo que no magulla ni oprime las manos que ata, sino que las deja libres, y les da amplio juego, y mayor arrojo que a las que están sueltas. El fuerte, si es atado al débil, lo sostendrá y no permitirá que perezca; y si, por el contrario, es atado al indolente, más bien lo despertará y animará. El hermano ayudado por el hermano —está escrito— es como una ciudad fuerte. A esta cadena ninguna distancia de lugar la puede interrumpir, ni el cielo, ni la tierra, ni la muerte, ni ninguna otra cosa, sino que es más poderosa y fuerte que todas las cosas. Ésta, aunque brote de una sola alma, es capaz de abrazar a muchos a la vez; porque oíd lo que dice Pablo: No estáis estrechos en nosotros, sino que estáis estrechos en vuestras propias entrañas; ensanchaos también vosotros.
Mas ¿cuál es este único cuerpo? Los fieles de todo el orbe, los que son, los que han sido y los que serán. Y también los que antes de la venida de Cristo agradaron a Dios son un solo cuerpo. ¿De qué modo? Porque también ellos conocieron a Cristo. ¿De dónde consta esto? Abraham, vuestro padre —dice—, se regocijó por ver mi día; y lo vio, y se alegró. Y de nuevo: Si creyerais a Moisés —dice—, me creeríais a mí, porque de mí escribió él. Y tampoco los profetas habrían escrito de Uno de quien no supieran lo que decían; antes bien, le conocieron y le adoraron. Así, pues, también ellos eran un solo cuerpo.
La caridad que Pablo nos exige no es una caridad común, sino la que nos cimenta juntos y nos hace adherirnos inseparablemente los unos a los otros, y obra una unión tan grande y tan perfecta como si fuera entre miembro y miembro. Porque ésta es la caridad que produce grandes y gloriosos frutos. Por eso dice: hay un solo cuerpo; uno, tanto por la compasión, como por no oponerse al bien de los demás, y por compartir su gozo, expresándolo todo a la vez con esta figura. Luego añade hermosamente: y un solo Espíritu, mostrando que del único cuerpo habrá un solo Espíritu; o bien que es posible que haya, ciertamente, un solo cuerpo, y sin embargo no un solo Espíritu; como, por ejemplo, si algún miembro de él fuese amigo de los herejes; o bien, con esta expresión, los avergüenza para llevarlos a la concordia, diciendo como quien dice: Vosotros, que habéis recibido un solo Espíritu y habéis sido abrevados en una sola fuente, no debéis estar divididos en el ánimo; o bien por espíritu entiende aquí su fervor. Después añade: Así como fuisteis llamados en una sola esperanza de vuestra vocación; es decir, Dios os ha llamado a todos en las mismas condiciones. Nada ha concedido a uno más que a otro. A todos ha dado gratuitamente la inmortalidad, a todos la vida eterna, a todos la gloria inmortal, a todos la fraternidad, a todos la herencia. Él es la Cabeza común de todos; a todos resucitó y los hizo sentar consigo. Vosotros, pues, que en el orden espiritual tenéis tan grande igualdad de privilegios, ¿de dónde viene que os ensoberbezcáis? ¿Acaso de que uno es rico y otro fuerte? ¡Cuán ridículo sería esto! Porque decidme: si un día tomara el emperador a diez hombres, y a todos los vistiera de púrpura, y los sentara en el trono real, y a todos otorgara el mismo honor, ¿osaría alguno de ellos, pensáis, reprochar a otro ser más rico o más ilustre que él? Ciertamente jamás. Y aún no lo he dicho todo; porque no es tan grande la diferencia en el cielo cuanto aquí abajo nosotros diferimos. Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo. He ahí la esperanza de vuestra vocación. Un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, y por todas las cosas, y en todos nosotros. Pues ¿acaso sois llamados con el nombre de un Dios mayor, y otro con el de un Dios menor? ¿Que vosotros sois salvados por la fe, y otro por las obras? ¿Que vosotros habéis recibido la remisión en el bautismo, mientras que otro no? Hay un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, y por todas las cosas, y en todos nosotros. Que está sobre todos, esto es, Señor y por encima de todos; y por todas las cosas, esto es, proveyendo a todo, ordenándolo todo; y en todos vosotros, esto es, que habita en todos vosotros. Ahora bien, esto reconocen ellos que es atributo del Hijo; de suerte que, si fuera argumento de inferioridad, jamás se habría dicho del Padre.
Homilía 9 + Homilía 10 + Homilía 11 sobre Efesios, San Juan Crisóstomo · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1889) · fuente: newadvent.org
Evangelio (Matt. 22, 34-46)
Sequéntia sancti Evangélii secúndum Matthǽum In illo témpore: Accessérunt ad Jesum pharisǽi: et interrogávit eum unus ex eis legis doctor, tentans eum: Magíster, quod est mandátum magnum in lege? Ait illi Jesus: Díliges Dóminum, Deum tuum, ex toto corde tuo et in tota ánima tua et in tota mente tua. Hoc est máximum et primum mandátum. Secúndum autem símile est huic: Díliges próximum tuum sicut teípsum. In his duóbus mandátis univérsa lex pendet et prophétæ. Congregátis autem pharisǽis, interrogávit eos Jesus, dicens: Quid vobis vidétur de Christo? cujus fílius est? Dicunt ei: David. Ait illis: Quómodo ergo David in spíritu vocat eum Dóminum, dicens: Dixit Dóminus Dómino meo, sede a dextris meis, donec ponam inimícos tuos scabéllum pedum tuórum? Si ergo David vocat eum Dóminum, quómodo fílius ejus est? Et nemo poterat ei respóndere verbum: neque ausus fuit quisquam ex illa die eum ámplius interrogáre.
Pero los fariseos, informados de que había tapado la boca a los saduceos, se unieron; y uno de ellos, doctor de la ley, le preguntó por tentarle: Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley? Respondió Jesús : Amarás al Señor Dios tuyo de todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente: -- el segundo es semejante a éste, y es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos está cifrada toda la ley y los profetas. Estando aquí juntos los fariseos, Jesús les hizo esta pregunta: ¿Qué os parece a vosotros del Cristo , o Mesías? ¿De quién es hijo? Y le dijeron: De David. Les replicó: ¿Pues cómo David en espíritu profético le llama su Señor, cuando dice: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, mientras tanto que yo pongo tus enemigos por peana de tus pies? Pues si David le llama su Señor, ¿cómo cabe que sea hijo suyo? A lo cual nadie pudo responder una palabra; ni hubo ya quien desde aquel día osase hacerle más preguntas. [Torres Amat]
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Mateo 22, 34-46 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
San Jerónimo. Como los fariseos habían sido confundidos en la presentación de la moneda, y vieron que se había levantado una facción en la parte contraria, debían con esto haberse decidido a no presentar nuevas asechanzas. Pero la malicia y la envidia fomentan muchas veces el atrevimiento. Por esto dice: "Mas los fariseos cuando oyeron que había hecho callar", etc.
Orígenes, homilia 23 in Matthaeum. Jesús impuso silencio a los saduceos, queriendo demostrar que la luz de la verdad había hecho enmudecer la voz de la mentira. Así como es propio del hombre justo callar cuando es tiempo de callar, y hablar cuando se debe hablar, pero nunca enmudecer, así también es propio de los doctores de la mentira, enmudecer en cuanto a la cuestión, pero no callar.
San Jerónimo. Los fariseos, por lo tanto, y los saduceos que eran enemigos entre sí, están conformes en cuanto se trata de tentar a Jesucristo, unidos por un mismo fin.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 42. Sin duda se pusieron de acuerdo los fariseos para vencer por medio del número a quien no habían podido vencer por medio de razones y se confiesan destituidos de verdad cuando apelan a la muchedumbre. Decían, pues, entre sí: que hable uno solo por nosotros, y nosotros hablemos por medio de él, y si vence, apareceremos como que hemos vencido todos. Y si queda confundido, lo será él solo. Por esto sigue: "Y le preguntó uno de ellos", etc.
Orígenes, homilia 23 in Matthaeum. Todo el que pregunta a algún sabio, no para aprender, sino para examinarlo, debemos creer que es hermano de aquel fariseo, según lo que dice por San Mateo: "Lo que hicisteis con uno de mis pequeñuelos, lo hicisteis conmigo" ( Mt 25,40).
San Agustín, de consensu evangelistarum, 2,73. No llame la atención que San Mateo diga aquí que hubo un tentador que interrogó a Jesús. San Marcos omite esta parte, pero al final del pasaje concluye diciendo que el Señor Jesús le dijo con toda sabiduría: "No estás lejos del reino de Dios" ( Mt 12,34). Pues puede suceder muy bien que, aun cuando alguien se aproxime al Señor con intención de tentarlo, obtenga de El una respuesta que le aproveche. Y verdaderamente no debemos mirar a la tentación como mala e hija de uno que quiere engañar a su enemigo, sino más bien como causa con que se quiere examinar a quien no se conoce; no en vano está escrito: "Que el que cree fácilmente, es porque tiene un alma ligera" ( Ecle 18,4). Lo que pregunta, es lo que se dice a continuación: "Maestro, ¿cuál es el grande mandamiento de la ley?"
Orígenes, homilia 23 in Matthaeum. Decía Maestro, como tentándolo, porque no pronunciaba estas palabras como discípulo del Salvador. Por lo tanto, si alguien no aprende algo del divino Verbo, ni se entrega a El con toda su alma, aunque le dice Maestro, es hermano del fariseo, que tienta a Jesucristo. Cuando se leía la ley antes de la venida del Salvador, quizá se inquiría cuál era el mandamiento grande en ella; y no lo hubiese preguntado el fariseo si no se hubiese cuestionado esto mucho tiempo, no habiéndole encontrado solución hasta que viniese Jesucristo a enseñarlo.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 42. Le preguntaba acerca del mandato grande quien no cumplía ni aun el más pequeño. Debe preguntar acerca del progreso de la santidad, aquel que ya viene observando algo que pueda conducir a ella.
San Jerónimo. No le pregunta acerca de los mandamientos, sino cuál sea el mandato primero y más grande. Porque como todo lo que Dios manda es grande, cualquier cosa que responda servirá para calumniarle.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 42. El Señor, para humillar con su primera contestación la conciencia engañosa del que le preguntaba, respondió así: "Amarás al Señor tu Dios", etc. Amarás, dijo, y no temerás, porque amar es más que temer; temer es propio de los siervos, y amar es propio de los hijos. El temor procede de la necesidad, el amor, de la libertad; el que sirve a Dios por temor, evita el castigo, es verdad, pero no tiene la gracia de la santidad, puesto que obligado, practica el bien por miedo. No quiere el Señor que le teman los hombres de un modo servil, y como a amo, sino que se le ame como padre, puesto que ha concedido a los hombres el Espíritu de adopción. Amar a Dios de todo el corazón, es tanto como no tener su corazón inclinado al amor de alguna cosa, sino al amor de Dios. Amar a Dios con toda el alma, es tanto como tener un conocimiento ciertísimo de la verdad, y estar firme en la fe; por lo tanto, una cosa es el amor del corazón, y otra el amor del alma. El amor del corazón, es carnal en cierto sentido; en tal concepto amamos a Dios de una manera carnal, lo que no podemos hacer sin abstenernos del amor de las cosas terrenas; por lo tanto, el amor del corazón se siente en el corazón. Pero el amor del alma no se siente, sino que se comprende, porque consiste en el juicio del alma. El que cree que todo bien está en Dios, y que nada bueno está fuera de El, éste le ama con toda su alma. Amar a Dios con toda la mente, es tanto como consagrarle todos los sentidos, y aquél cuyo entendimiento sirve a Dios, y cuya sabiduría se fija en Dios, y cuya inteligencia se ocupa de las cosas de Dios, cuya memoria recuerda lo bueno, puede decirse que ama a Dios con toda su mente.
San Agustín, de doctrina christiana, 1,22. Se te manda que ames a Dios de todo corazón, para que le consagres todos tus pensamientos; con toda tu alma, para que le consagres tu vida; con toda tu inteligencia, para que consagres todo tu entendimiento a Aquel de quien has recibido todas estas cosas. No deja parte alguna de nuestra existencia que deba estar ociosa, y que dé lugar a que quiera gozar de otra cosa. Por lo tanto, cualquier otra cosa que queramos amar, conságrese también hacia el punto donde debe fijarse toda la fuerza de nuestro amor. Un hombre es muy bueno, cuando con todas sus fuerzas se inclina hacia el bien inmutable.
Glosa. De todo tu corazón, esto es, con tu entendimiento; con tu alma, esto es, con tu voluntad; con tu inteligencia, esto es, con tu memoria, a fin de que nada quieras, sientas ni recuerdes, que pueda contrariarle.
Orígenes, homilia 23 in Matthaeum. Con todo tu corazón, esto es, con toda tu memoria, todas tus acciones y todos tus deseos. Con toda tu alma, esto es, que estén preparados a ofrecerla por la gloria de Dios. Con toda tu inteligencia, esto es, no profiriendo más que lo que pertenezca a Dios. Y ve si puedes someter tu corazón a tu entendimiento por medio del cual conocemos las cosas inteligibles; también tu inteligencia, para manifestarlas, pues con ella las explicamos todas. Por cada una de estas cosas que se dan a conocer, como que crecemos y avanzamos en nuestra mente.
Orígenes, homilia 23 in Matthaeum. Si el Señor, no hubiese contestado al fariseo que le tentaba, podríamos creer que un mandamiento no es mayor que el otro. Pero el Señor le responde: "Este es el mayor y el primer mandamiento"; en lo que comprendemos que hay diferencia entre los mandamientos, que hay uno mayor y otros inferiores hasta el último. Le responde el Señor, no sólo que éste es el mandamiento grande, sino también el primero: no según el orden con que está escrito, sino según su mayor importancia. Unicamente reconocen la magnificencia y el primado de este mandamiento, aquellos que no sólo aman al Señor su Dios, sino que también le aman con aquellas tres condiciones, a saber: con todo su corazón, con toda su alma y con todo su entendimiento. Le enseñó que no sólo es grande y el primero, sino que también tiene un segundo que se parece a éste. Por esto sigue: "Y el segundo semejante es a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo". Por lo tanto, si el que ama la iniquidad aborrece su alma ( Sal 10,6), claro está que no ama a su prójimo como a sí mismo, porque ni aun a sí mismo se ama.
San Agustín, de doctrina christiana 1,30. Debe tenerse en cuenta que se ha de considerar como prójimo a todo hombre y que por lo tanto con nadie se debe obrar mal. Si se llama propiamente nuestro prójimo aquel a quien se debe dispensar o de quien debemos recibir oficios de caridad, se demuestra por medio de este precepto de qué modo tenemos obligación de amar al prójimo, y aun comprendiendo también a los santos ángeles, de quienes recibimos tantos oficios de caridad, como podemos ver fácilmente en las Escrituras. Así, el mismo Dios quiso llamarse nuestro prójimo, cuando Nuestro Señor Jesucristo se nos presenta como aquel tullido que se encontraba medio muerto y tendido en el camino ( Lc 10).
San Agustín, de Trinitate, 8,6. El que ama a los hombres, debe amarlos, ya porque son justos, o ya para que lo sean. De este modo debe amarse al prójimo, y así es como se ama al prójimo como a sí mismo, sin peligro alguno; ya porque es justo, o ya para que sea justo.
San Agustín, de doctrina christiana, 1, 22. Si debes amarte a ti mismo, no es por ti, sino por aquél a quien debe encaminarse tu amor, como a fin rectísimo; no se extrañe nadie, si le amamos también por Dios. El que ama con verdad a su prójimo, debe obrar con él de modo que también ame a Dios con todo su corazón.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 42. El que ama al hombre es semejante al que ama a Dios, porque como el hombre es la imagen de Dios, Dios es amado en él como el rey es considerado en su retrato. Y por esto dice que el segundo mandamiento es semejante al primero.
Orígenes, homilia 23 in Matthaeum. El hecho de ser semejante el segundo mandamiento al primero, demuestra que es uno mismo el proceder y el mérito de uno y de otro: no hay pues, amor que aproveche para salvarse como aquel que se tiene a Dios en Jesucristo, y a Jesucristo en Dios.
Orígenes, homilia 23 in Matthaeum. Prosigue: "De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas".
San Agustín, de consensu evangelistarum, 1,33. Dijo que depende; esto es, esta referida allí a donde tiene su cumplimiento.
Rábano. Todo el decálogo está comprendido en estos dos mandamientos: los preceptos primeros afectan al amor de Dios, y los segundos al del prójimo.
Orígenes, homilia 23 in Matthaeum. Aquel que cumplió todo lo que está mandado, respecto del amor de Dios y del prójimo, es digno de recibir gracias divinas, para que comprenda, que toda la Ley y los Profetas dependen de un solo principio: a saber, del amor de Dios y del prójimo.
San Agustín, de Trinitate, 8, 7. Siendo, pues, dos los preceptos de los cuales dependen la Ley y los Profetas -el amor de Dios y del prójimo- con razón la sagrada Escritura los presenta muchas veces como uno solo. Ya como amor de Dios, según aquello de San Pablo: "Sabemos que a los que aman a Dios todo les sale bien" ( Rom 8,28), ya como amor del prójimo, como dice el mismo Santo; "Toda la ley está comprendida en un solo punto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo" ( Gál 5,14). Por lo tanto, como el que ama a su prójimo consiguientemente amará también a Dios, amamos a Dios y al prójimo con la misma caridad, aunque debemos amar a Dios por sí mismo, y al prójimo por Dios.
San Agustín, de doctrina christiana, 1,30,26. Mas, como la esencia divina es mucho más excelente que nuestra naturaleza, se le ama de una manera diferente a como amamos al prójimo, según está mandado. Y si te comprendes a ti mismo y si comprendes también a tu prójimo (esto es, alma y cuerpo), verás que no hay diferencia alguna entre estos dos preceptos: cuando va primero el amor de Dios y está circunscrito al modo con que se le puede amar, le sigue el amor del prójimo para que le ames como a ti mismo; por lo tanto, tu amor a ti no queda excluido de la cooperación a uno y otro amor.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 42. Los judíos, creyendo que Jesús era únicamente hombre, le tentaban; no le hubiesen tentado si hubiesen conocido que era Hijo de Dios. Queriendo Jesucristo manifestar que conocía las torcidas intenciones de los judíos y que a pesar de ser El Dios, no quería decir claramente la verdad, para evitar que tomándolo los judíos como blasfemia se enfurecieran más; ni tampoco callar en absoluto, porque había venido a enseñar la verdad. Por esto, les preguntó de tal manera que la misma pregunta les manifestase quién era El; prosigue: "Y estando juntos los fariseos, les preguntó Jesús, diciendo: ¿Qué os parece del Cristo?, etc.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 71,2. Primero había interrogado a sus discípulos, sobre qué decían otros del Cristo, y ahora les pregunta qué es lo que ellos dicen. Pero a éstos no les preguntaba del mismo modo, porque hubiesen dicho que era seductor y malo, como a El le consideraban, porque le creían únicamente hombre, le dijeron que era hijo de David. Y esto es lo que sigue: "Dícenle: de David". Y el Salvador, reprendiendo esto, cita al Profeta, manifestando su dominio y la propiedad de la filiación y el testimonio de autoridad procedente del Padre; por esto añade: "Díceles: ¿pues cómo David, en espíritu, lo llama Señor, diciendo: Dijo el Señor a mi Señor?", etc.
San Jerónimo. Este testimonio ha sido tomado del Salmo 109 (v.1): es llamado Señor por David, no por haber nacido de él, sino porque nacido del Padre subsistió siempre, anticipándose a su padre según la carne. Y le llama su Señor, no por error de duda, ni por su propia voluntad, sino porque así se lo dicta el Espíritu Santo.
Remigio. Cuando dice: "Siéntate a mi derecha", no debe entenderse que Dios tenga cuerpo para que pueda tener derecha e izquierda, sino que estar sentado a la diestra de Dios, es tanto como tener un honor igual a aquél.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 42. Creo también, que esta pregunta no la hizo contra los fariseos únicamente, sino también contra los herejes, porque según la carne, era hijo de David; pero era Dios, según la divinidad.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 71,2. No se contenta con esto, sino que para que le teman, añade: "Hasta que ponga tus enemigos por peana de tus pies"; sin duda para que los guíe.
Orígenes, homilia 23 in Matthaeum. Dios ciertamente no pone precisamente a sus enemigos por peana a los pies de Cristo para su perdición, sino para su salvación.
Remigio. Cuando dice hasta, se refiere a lo infinito, como desde luego da a conocer: siéntate siempre, y tus enemigos estarán sujetos bajo tus pies eternamente.
Glosa. Que los enemigos sean sometidos por el Padre al Hijo, no manifiesta que haya debilidad en el Hijo, sino unidad de esencia: pues el Hijo sujeta sus enemigos al Padre, porque da a conocer al Padre sobre la tierra ( Jn 17). Concluye hablando de este testimonio con estas palabras: "Pues si David le llama Señor, ¿cómo es hijo suyo?"
San Jerónimo. Esta pregunta nos aprovecha hasta hoy contra los judíos; porque los que dicen que el Cristo ha de venir, afirman que es un simple hombre, aunque Santo, de la descendencia de David. Preguntémosles, por lo tanto, como nos enseñó el Señor: si es únicamente hombre, y tan sólo hijo de David, ¿cómo es que David le llama su Señor? Los judíos, para desvanecer la verdad de la pregunta, forjan muchas frivolidades asegurando que procedía de Abraham, cuyo hijo fue Damasco Eliezer ( Gén 14 y 15), y acerca de su persona está escrita en el Salmo, que después de la muerte de los cinco reyes, el Señor Dios había dicho a Abraham: "Siéntate a mi derecha hasta que ponga", etc. Preguntémosles cómo dijo a Abraham, lo que sigue: de qué modo habría sido engendrado Abraham antes que Lucifer, y cómo hubiese sido sacerdote, según el orden de Melquisedec, por quien Melquisedec habría ofrecido el pan y el vino, y de quien además habría recibido los diezmos del botín.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 71,2. Esto dio por terminadas aquellas cuestiones, cerrando así sus bocas; por esto sigue: "Y nadie le podía responder palabra, ni alguno desde aquel día fue osado más a preguntarle". Callaron por entonces aunque contra su voluntad, porque no tenían ya qué decir.
Orígenes, homilia 23 in Matthaeum. Si la pregunta de los fariseos hubiese sido hija del deseo de saber nunca les hubiese propuesto tales cuestiones para que no volvieran a atreverse a preguntar.
Rábano. Por esto comprendemos que el veneno de la envidia puede ser vencido pero que difícilmente será extinguido.
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena