sábado, 25 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

lunes, 19 de septiembre de 2039

San Jenaro y compañeros, Mártires

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

Fué san Januario natural de Benevento, de una de las más antiguas familias del país, como descendiente de aquellos antiguos samnitas que tuvieron guerra con los Romanos, cuando aquellos eran dueños del ducado de Benevento, de la tierra de Labor, de la Capitanata y del Abruzo. No se sabe cosa segura de los primeros años de nuestro santo; solo es cierto que su familia era más ilustre por la pública profesión que hacía del cristianismo, que por el esplendor de su antiquísima nobleza, al mismo tiempo que los emperadores tenían declarada la más cruel guerra á los cristianos. Es muy probable que la educación correspondió á su religión y á su nacimiento. Lo que no admite duda es, que Januario era venerado como el eclesiástico más santo y más sabio de todo el clero cuando sucedió la vacante de la silla episcopal de Benevento. Dejaron poco que deliberar á la elección su virtud y su sabiduría, por lo que unánimemente le aclamaron por obispo los votos uniformes del pueblo y clero. La dificultad estuvo en vencer su humildad y su modestia, siendo preciso un expreso precepto del sumo pontífice, que á la sazón lo era san Cayo ó san Marcelino, para rendirle á prestar su consentimiento.

Apenas se sentó Januario en la silla episcopal, cuando toda la diócesis conoció el particular cuidado que tenía la divina Providencia de su pueblo, dándole, en tiempos tan críticos, un pastor tan digno y tan benemérito. A esfuerzos de su inmensa caridad, de su infatigable zelo y de su solicitud pastoral se desterró luego la indigencia, quedaron consolados los afligidos, y socorridos todos los necesitados. Iba el santo prelado á buscar en lo más retirado de los bosques á los que por la cruel persecución huían de las poblaciones, resplandeciendo tanto su abrasada caridad, que la admiraban hasta los mismos gentiles; y hechizados de su prudencia, de su generosidad y de su mansedumbre, tenían particular gusto en conversar con él, descubriéndole con franqueza sus necesidades. Aprovechóse tan oportunamente su zelo de la estimación y de la confianza con que le trataban los idólatras, que convirtió un gran número de ellos.

Encendido el fuego de la persecución en todos los estados del imperio por los edictos que los emperadores Diocleciano y Maximiano habían publicado contra los cristianos, tuvo nuestro santo muchas y bellas ocasiones de señalar su zelo y su valor, no solo en los términos de su diócesis, sino en todas las ciudades comarcanas, que continuamente andaba visitando, ya para socorrer á los fieles despojados de sus bienes por la codicia de los ministros, ya para alentar á los expuestos á la crueldad de los tiranos, ya para ejercer sus funciones pastorales. Andando en estas excursiones, verdaderamente apostólicas, encontró en Misena un joven diácono, llamado Sosio, que estaba en servicio de aquella iglesia, y era un mozo de extraordinario mérito, con quien estrechó grande amistad. Leyendo un día el santo diácono el evangelio delante de todo el pueblo, vió nuestro santo revolotear una resplandeciente llama al rededor de su cabeza, y en vista de este presagio dijo desde luego que sería coronado con la corona del martirio, lo que se verificó muy presto.

Pocos días después fué denunciado Sosio por cristiano ante el tribunal de Draconcio, gobernador de la Campania, que le mandó prender. Examinóle acerca de su religión, y quedó tan prendado de su aire, de su entendimiento y de su modestia, que no perdonó promesas ni amenazas para pervertirle; pero viendo su invencible constancia en confesar á Jesucristo, y su heroica fe, superior á toda prueba, le mandó azotar cruelmente, y aplicar á la cuestión, hasta que, cansado con la experiencia de la burla y de la risa que hacía de sus tormentos, ordenó que le llevasen á las cárceles de Puzzol con ánimo de sustanciar su causa, y sentenciarla en la primera audiencia. Luego que se supo en la ciudad que el santo mártir había llegado á ella, pasaron á visitarle todos los fieles, especialmente el diácono Próculo, y dos ciudadanos llamados Eutiques y Acucio. Informado Draconcio de la generosa caridad de los tres últimos, los mandó traer delante de sí, juntamente con san Sosio; y habiéndolos hecho despedazar á azotes con la mayor crueldad, dió orden para que todos cuatro fuesen encerrados en la cárcel para quitarles la vida el primer día que se abriese el tribunal.

Noticioso san Januario de que el diácono Sosio estaba preso, y de que había confesado la fe en medio de los tormentos como verdadero héroe cristiano, partió á Puzzol, no solo para alentarle á él y á sus compañeros á que despreciasen todos los tormentos por amor de Jesucristo, sino también para asistirlos en sus necesidades con heroica caridad. Presto logró el precio de ella. Retirado Draconcio del gobierno, le sucedió en él Timoteo. Hallándose en Nola el nuevo gobernador, recibió varias delaciones contra los cristianos, y le dieron noticia de que un hombre de Benevento, llamado Januario, hacía muchos viajes á Puzzol para asistir á los que su predecesor tenía en las cárceles por causa de religión; y no contento con confirmarlos en la fe, encantaba de tal manera con sus hechizos á los mismos gentiles, que había persuadido á muchos á abrazar el cristianismo.

Encendido en cólera Timoteo con esta deposición, dió orden de que prendiesen á Januario, y se le trajesen atado de pies y manos. Mandóle el gobernador que luego sacrificase á los dioses; y como el santo se horrorizase de semejante proposición, dió orden de que al instante le arrojasen en un horno encendido. Ejecutóse la orden sin dilación; pero quiso Dios renovar en favor de nuestro santo el milagro de los tres niños de que se habla en la Escritura. En lugar del fuego abrasador halló Januario en las llamas refrigerio, saliendo de ellas sin la más mínima lesión de sus vestidos, y sin que le faltase un solo cabello de la cabeza. Sorprendió á todos los asistentes esta maravilla, y hasta el mismo tirano quedó como cortado y aturdido; pero atribuyéndola á arte mágica, que era el recurso común de los gentiles para despreciar los prodigios que observaban en los cristianos, se enfureció mucho más; y mandando que tendiesen al santo en el potro, le hizo arrancar los nervios, y ordenó que le llevasen á la cárcel con resolución de hacerle padecer más crueles suplicios.

Sobresaltáronse los fieles de Benevento con la noticia de lo que había sucedido á su santo obispo; y al punto partieron á visitarle y asistirle en nombre de toda su iglesia el diácono Festo y el lector Desiderio. Pero Timoteo los mandó prender luego que tuvo noticia de su arribo; y haciéndolos comparecer en su tribunal, les preguntó sobre su estado, su religión, y el motivo de su viaje. Respondiéronle con igual modestia que constancia, que eran cristianos, ministros del santo prelado, que habían venido para asistirle en la prisión, y esperaban que Dios les hiciese la gracia de que fuesen también sus compañeros en los suplicios. Confrontólos el tirano con san Januario, que ni temió reconocerlos, ni se detuvo en declarar que eran los individuos de su clero. En virtud de esta declaración mandó que les pusiesen grillos, y los obligó á que caminasen delante de su carroza hasta Puzzol para ser echados á las fieras con los demás que había sentenciado.

Asombraba á los paganos la alegría que manifestaba toda aquella gloriosa tropa de mártires. Luego que llegaron nuestros santos, los sacaron al anfiteatro, y volviéndose entonces san Januario á sus compañeros, les dijo: Ánimo, hermanos míos, este es el día de nuestro triunfo: combatamos generosamente por la fe de Jesucristo, y derramemos con valor nuestra sangre por aquel Señor á quien debemos la vida. Este Señor me ha enviado aquí para que el pastor no estuviese sin su rebaño, y para que el obispo no ofreciese el sacrificio de su vida sin sus ministros. No hagan impresión en nuestros corazones las promesas ni las amenazas: guardemos á nuestro divino Maestro una inviolable fidelidad: pongamos en él toda nuestra confianza, y con su ayuda no temamos los tormentos, ni la misma muerte.

No bien había acabado de hablar el santo mártir, cuando soltaron todas las fieras contra ellos en presencia de una prodigiosa multitud de gente que había concurrido al espectáculo. Corrieron furiosos hacia los santos mártires los leones, los tigres y los leopardos, á los cuales no habían dado de comer en muchos días; pero en vez de despedazarlos se postraron á sus pies, comenzaron á lamérselos como por respeto, haciéndoles muchas fiestas con la cola, sin que ni uno solo se atreviese á tocarlos. Quedó atónita la muchedumbre en vista de aquella maravilla, y se oyó un sordo murmullo en todo el anfiteatro, diciendo que no había otro verdadero Dios que el Dios de los cristianos, no siendo posible que tan palpable milagro fuese efecto del arte mágico, puesto que ningún sacerdote de los ídolos con todos sus encantamientos había sabido hacer jamás cosa que se le pareciese. Oyó el gobernador este murmullo; y temiendo que se levantase contra él alguna sedición, mandó que sin perder tiempo sacasen del anfiteatro á todos los mártires, y que, conducidos á la plaza pública, los degollasen á todos.

Al tiempo de conducirlos, como Januario pasase delante del gobernador, pidió á Dios que quitase al tirano la vista corporal para confundir su obstinación. En el mismo punto quedó ciego Timoteo, y aturdido con aquel milagroso castigo, comenzó á hacer las reflexiones que había ahogado á vista de tantos otros prodigios. Reconoció el poder de Jesucristo: suspendió la ejecución de la sentencia que había pronunciado contra ellos, y mandando traer á su presencia á nuestro santo, le dijo en tono humilde y lastimoso: Januario, tú que adoras al Dios todopoderoso, haz oración por mí, y pídele que me restituya la vista de que me ha privado en castigo de mis culpas. Queriendo el santo mostrar el poder del verdadero Dios por otro nuevo milagro, hizo segunda oración en favor del gobernador, y fué tan eficaz como la primera. En el mismo instante recobró Timoteo la vista, cuya maravilla convirtió á cinco mil gentiles.

Pero son pocos los corazones ambiciosos que se convierten con los milagros. Temiendo Timoteo perder la gracia del emperador si perdonaba á los santos mártires, dió secreta orden á sus oficiales para que sin dilación ejecutasen la sentencia. Cuando llevaban al santo á la plaza Vulcana para ser degollado, un buen viejo cristiano de profesión se arrojó á sus pies, y deshaciéndose en lágrimas, le suplicó que le diese alguna alhajuela de su uso para guardarla en su casa como preciosa reliquia. Movido el santo de la devoción del buen viejo, le dijo: No tengo otra cosa que darte sino mi pañuelo, que me hace falta para vendarme los ojos; pero no te desconsueles, yo te empeño mi palabra de dártele después de muerto, y fíate de mí.

Luego que llegó el santo á la plaza pública con sus amados compañeros, se vendó él mismo los ojos con su pañuelo, y pronunciando en voz alta aquellas palabras del Salmo 30, In manus tuas, Domine, commendo spiritum meum: en tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu, le cortaron la cabeza como á todos los demás, que fueron los santos Sosio, Fausto y Próculo, diáconos; Desiderio, lector; Eutiques y Acucio, ciudadanos; sucediendo su martirio el día 19 de setiembre hacia el fin del tercer siglo.

Inmediatamente enviaron por los cuerpos de los santos mártires los cristianos de las ciudades de donde eran naturales. Los de los santos Próculo, Eutiques y Acucio se quedaron en Puzzol: los de san Fausto y san Desiderio fueron llevados á Benevento: el de san Sosio á Misena: el de san Januario por entonces fue conducido á Benevento, después al monasterio de Monte Vírgen, y con el tiempo, en el pontificado de Alejandro IV, fué trasladado á Nápoles, y colocado en la iglesia catedral, donde es reverenciado con gran devoción, habiéndole tomado la ciudad por uno de sus patronos, y continuando Dios en honrarle todos los días con gran número de milagros, especialmente con la protección que se experimenta contra los furiosos incendios del monte Vesuvio.

Dista este monte solas dos leguas y media de la ciudad de Nápoles, y arroja rios de fuego que muchas veces hacen grandes y lastimosos estragos. Antes del imperio de Augusto se habían experimentado cinco avenidas de lava, y el año 81 de Cristo rompió una que arruinó dos ciudades enteras, abrasando y talando una muy dilatada extensión de terreno; y según se dice, llegaron las cenizas agitadas por el viento hasta el Africa, la Siria y el Egipto. Repitiéronse después muchas veces estas inundaciones de fuego, y una de ellas especialmente fue tan violenta, que se temió quedase reducida á pavesas toda la ciudad de Nápoles. Acudieron los Napolitanos á la protección de su patrono, llevaron procesionalmente sus preciosas reliquias, y las pusieron delante de las llamas que amenazaban estragos á la ciudad. Apenas se acercaron á aquellos torbellinos de fuego, cuando de repente se los vió detenerse como por respeto, y retrocediendo después hacia la boca del volcán, se apagaron sobre el monte, cubriéndole de un humo denso, que se desvaneció pocas horas después. Otras muchas veces ha vomitado el Vesuvio cantidad de llamas envueltas en gruesas nubes de ceniza que llenan de terror á todo el país; pero desde que la ciudad de Nápoles posee el cuerpo de san Januario, se considera con viva confianza libre de estos incendios.

Auméntase el culto que se tributa á san Januario en la iglesia de Nápoles con el perpetuo milagro que se renueva siempre que su santa cabeza se pone cerca de una ampolla llena de su preciosa sangre, porque, estando esta coagulada y como formando una especie de argamasa con la tierra de que está mezclada, apenas se coloca junto á la cabeza, cuando comienza á calentarse, á liquidarse y á hervir á la vista de todo el pueblo como si fuera sangre viva. La fiesta de san Januario y de sus compañeros no solo se celebra en la iglesia latina, es también muy solemne en la iglesia griega; y en todas partes se ven templos muy antiguos dedicados á Dios en honor de san Januario.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.