sábado, 25 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

domingo, 11 de septiembre de 2039

XV Domingo después de Pentecostés

Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.

Epístola (Gal. 5, 25-26; 6, 1-10)

Léctio Epístolæ beáti Pauli Apóstoli ad Gálatas. Fratres: Si spíritu vívimus, spíritu et ambulémus. Non efficiámur inanis glóriæ cúpidi, ínvicem provocántes, ínvicem invidéntes. Fratres, et si præoccupátus fúerit homo in áliquo delícto, vos, qui spirituáles estis, hujúsmodi instrúite in spíritu lenitátis, consíderans teípsum, ne et tu tentéris. Alter alteríus ónera portáte, et sic adimplébitis legem Christi. Nam si quis exístimat se áliquid esse, cum nihil sit, ipse se sedúcit. Opus autem suum probet unusquísque, et sic in semetípso tantum glóriam habébit, et non in áltero. Unusquísque enim onus suum portábit. Commúnicet autem is, qui catechizátur verbo, ei, qui se catechízat, in ómnibus bonis. Nolíte erráre: Deus non irridétur. Quæ enim semináverit homo, hæc et metet. Quóniam qui séminat in carne sua, de carne et metet corruptiónem: qui autem séminat in spíritu, de spíritu metet vitam ætérnam. Bonum autem faciéntes, non deficiámus: témpore enim suo metémus, non deficiéntes. Ergo, dum tempus habémus, operémur bonum ad omnes, maxime autem ad domésticos fídei.

Si vivimos por el Espíritu de Dios, procedamos también según el mismo Espíritu. No seamos ambiciosos de vana gloria, provocándonos los unos a los otros, y recíprocamente envidiándonos. Hermanos míos, si alguno, como hombre que es, cayere desgraciadamente en algún delito, vosotros los que sois espirituales, al tal amonestadle e instruidle con espíritu de mansedumbre, haciendo cada uno reflexión sobre sí mismo, y temiendo caer también en la tenta-ción. Comportad las cargas unos de otros, y con eso cumpliréis la ley de Cristo . Porque si alguno piensa ser algo, se engaña a sí mismo, pues verdaderamente de suyo es nada. Por tanto, examine bien cada uno sus propias obras, y así si halla que son rectas tendrá entonces motivo de gloriarse en sí mismo solamente, y no respecto de otro. Porque cada cual, al ir a ser juzgado, cargará con su propio fardo. Entretanto, aquel a quien se le instruye en las cosas de la fe, asista de todos modos con sus bienes al que le instruye. No queráis engañaros a vosotros mismos: Dios no puede ser burlado. Así es que lo que un hombre sembrare, eso recogerá. Por donde quien siembra ahora para su carne, de la carne recogerá después la corrupción y la muerte; mas el que siembra para el espíritu, del espíritu cogerá la vida eterna. No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque si perseveramos, a su tiempo recogeremos el fruto. Así que, mientras tenemos tiempo, hagamos bien a todos, y sobre todo a aquellos que son, mediante la fe, de la misma familia del Señor que nosotros. [Torres Amat]

Comentario patrístico · Comentario sobre la Epístola a los Gálatas, Homilías V y VI — San Juan Crisóstomo

«Si vivimos por el Espíritu, caminemos también según el Espíritu», esto es, siendo gobernados por sus leyes. Pues tal es la fuerza de las palabras «caminemos»: contentémonos con el poder del Espíritu y no busquemos auxilio alguno en la Ley. Después, dando a entender que quienes pretendían introducir la circuncisión obraban movidos por la ambición, añade:

«No nos hagamos codiciosos de la vanagloria», que es causa de todos los males, «provocándonos unos a otros» a contiendas y disensiones, «envidiándonos mutuamente»; porque de la vanagloria nace la envidia, y de la envidia todos estos innumerables males.

«Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta.» Por cuanto, bajo capa de reprensión, daban satisfacción a sus propias pasiones y, aparentando hacerlo por las faltas cometidas, promovían su propia ambición, dice: «Hermanos, si alguno fuere sorprendido.» No dijo «si alguno cometiere», sino «si fuere sorprendido», esto es, si fuere arrastrado.

«Vosotros, que sois espirituales, corregid al tal.» No dice «castigad» ni «juzgad», sino «enderezad». Y no se detiene ahí, sino que, para mostrar cuán mansos debían ser con los que habían perdido pie, añade: «con espíritu de mansedumbre.» No dice «con mansedumbre», sino «con espíritu de mansedumbre», significando con ello que esto es grato al Espíritu, y que saber administrar la corrección con dulzura es un don espiritual. Después, para que el uno no se ensoberbezca por tener que corregir al otro, lo somete al mismo temor diciendo: «considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado.» Disculpa al que ha caído: primero, al decir «si fuere sorprendido»; luego, empleando un término que indica gran flaqueza; por último, con las palabras «no sea que tú también seas tentado», acusando así más a la malicia del demonio que a la negligencia del alma.

«Llevad los unos las cargas de los otros.» Siendo imposible que el hombre esté sin faltas, los exhorta a no escudriñar con severidad los pecados de los demás, sino aun a soportar sus flaquezas, para que las suyas propias sean a su vez soportadas por otros. Como en la edificación de una casa no ocupan todas las piedras el mismo lugar, sino que una es apta para el ángulo y no para los cimientos, y otra para los cimientos y no para el ángulo, así sucede en el cuerpo de la Iglesia. Lo mismo acontece en la contextura de nuestra propia carne; y con todo, un miembro sobrelleva al otro, y no exigimos todo de cada uno, sino que lo que cada cual aporta en común constituye a la vez el cuerpo y el edificio.

«Y así cumpliréis la ley de Cristo.» No dice «cumplir», sino «completar»; esto es, complétadla todos en común, por medio de aquello en que os soportáis los unos a los otros. Por ejemplo: éste es iracundo, tú eres tardo de ánimo; sobrelleva, pues, su vehemencia, para que él a su vez sobrelleve tu lentitud; y así ni él prevaricará, sostenido por ti, ni tú faltarás en aquello en que flaqueas, por la paciencia de tu hermano contigo. De este modo, tendiéndoos la mano unos a otros cuando estáis a punto de caer, cumplid en común la Ley, supliendo cada uno con su propia paciencia lo que falta a su prójimo. Mas si no obráis así, sino que cada uno escudriña las faltas de su prójimo, nada haréis jamás como conviene. Porque, así como en el cuerpo, si alguno exigiese la misma función de cada miembro, el cuerpo no podría subsistir, así también habrá gran discordia entre los hermanos si exigimos todo de todos.

«Porque si alguno se estima ser algo, no siendo nada, a sí mismo se engaña.» De nuevo aquí censura su soberbia. El que se estima ser algo es nada, y da desde luego, con tal disposición, prueba de su propia vaciedad.

«Mas pruebe cada uno su propia obra.» Aquí muestra que debemos ser examinadores de nuestra vida, y no a la ligera, sino sopesando cuidadosamente nuestras acciones; por ejemplo: si has hecho una buena obra, considera si no fue por vanagloria, o por necesidad, o por malevolencia, o con hipocresía, o por algún otro motivo humano. Porque, así como el oro parece brillante antes de ser puesto en el horno, mas cuando se entrega al fuego es probado a fondo y se aparta todo lo espurio de lo genuino, así también nuestras obras, si son examinadas de cerca, quedarán claramente manifiestas, y advertiremos que nos hemos expuesto a mucha reprensión. «Y así tendrá su gloria en sí mismo solamente, y no respecto de otro.» Esto lo dice, no como quien establece una regla, sino a modo de concesión; y su sentido es éste: gloriarse es insensato; pero si has de gloriarte, no te gloríes contra tu prójimo, como el fariseo. Porque quien así es instruido pronto abandonará del todo la jactancia; y por eso le concede una parte, para extirpar poco a poco el todo. El que suele gloriarse solamente respecto de sí mismo, y no contra los demás, pronto corregirá también este defecto.

«Porque cada cual llevará su propia carga.» Parece dar una razón que prohíbe gloriarse contra otro; pero al mismo tiempo corrige al jactancioso, para que no vuelva a tener altos pensamientos de sí, trayéndole a la memoria sus propios yerros y grabando en su conciencia la idea de una carga y de ir pesadamente agobiado.

«El que es instruido en la palabra, comunique en todos sus bienes al que lo instruye.» Aquí pasa a hablar de los maestros, para que sean atendidos con gran solicitud por sus discípulos. Mas ¿por qué mandó Cristo tal cosa? Porque esta ley, que los que anuncian el Evangelio vivan del Evangelio, está establecida en el Nuevo Testamento; y asimismo en el Antiguo muchas rentas venían a los levitas de parte del pueblo. ¿Por qué, digo, lo ordenó así? ¿No fue para poner de antemano un fundamento de humildad y de amor? Pues como la dignidad de maestro suele engreír a quien la posee, Él, para reprimir su altivez, le impuso la necesidad de pedir auxilio a manos de sus discípulos. Y a éstos, a su vez, les dio ocasión de cultivar sentimientos de bondad, ejercitándolos, mediante la generosidad debida a su maestro, en la mansedumbre también hacia los demás. Con esto se engendra en ambas partes no pequeño afecto. Por eso dice: «comunique en todos sus bienes», esto es, muéstrele toda generosidad. Que el discípulo, dice, nada guarde para sí, sino que todo lo tenga en común, porque lo que recibe es mejor que lo que da, tanto mejor cuanto las cosas celestiales son mejores que las terrenas.

Aquí señala la diferencia entre esta clase de ambición y los negocios temporales, diciendo: «No os engañéis: Dios no puede ser burlado; pues lo que el hombre sembrare, eso mismo segará. Porque el que siembra en su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra en el espíritu, del espíritu segará la vida eterna.» Como en las semillas quien siembra legumbre no puede segar trigo, pues lo que se siembra y lo que se siega ha de ser de un mismo género, así en las obras: el que planta en la carne lascivia, embriaguez o deseo desordenado, cosechará los frutos de estas cosas. ¿Y cuáles son estos frutos? Castigo, retribución, vergüenza, escarnio, ruina. Mas el fruto del Espíritu es de naturaleza no semejante, sino en todo contraria a éstos. Porque considera: ¿has sembrado limosna? Te aguardan los tesoros del cielo y la gloria eterna. ¿Has sembrado templanza? Te aguardan honor y recompensa, el aplauso de los ángeles y una corona de manos del Juez.

«Y no nos cansemos de hacer el bien; que a su tiempo segaremos, si no desfallecemos. Por tanto, mientras tenemos tiempo, obremos el bien para con todos, y mayormente para con los domésticos de la fe.» Para que nadie pensase que sólo a los maestros se había de cuidar y sustentar, y que a los demás cabía descuidarlos, hace general su discurso y abre a todos la puerta de este celo caritativo; más aún, lo lleva a tal punto que nos manda usar de misericordia así con judíos como con gentiles, guardando ciertamente la debida gradación, pero usando siempre de misericordia. ¿Y en qué consiste esta gradación? En prodigar mayor cuidado a los fieles. Luego, habiendo exigido una gran obra, pone su recompensa muy a la mano y hace mención de una nueva y admirable cosecha; porque el sembrador y el segador padecen mucho trabajo, luchando con la sequía y el polvo, mas en este caso nada de esto hay, como lo muestra con las palabras: «a su tiempo segaremos, si no desfallecemos.» Y los apremia también con otro motivo, diciendo: «mientras tenemos tiempo, obremos el bien.» Porque así como no siempre está en nuestra mano sembrar, tampoco lo está usar de misericordia; pues cuando hayamos sido sacados de aquí, aunque mil veces lo deseemos, ya nada podremos hacer.

Comentario sobre la Epístola a los Gálatas, Homilías V y VI, San Juan Crisóstomo · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1889) · fuente: newadvent.org

Evangelio (Luc. 7, 11-16)

Sequéntia sancti Evangélii secúndum Lucam In illo témpore: Ibat Jesus in civitátem, quæ vocátur Naim: et ibant cum eo discípuli ejus et turba copiósa. Cum autem appropinquáret portæ civitátis, ecce, defúnctus efferebátur fílius únicus matris suæ: et hæc vídua erat, et turba civitátis multa cum illa. Quam cum vidísset Dóminus, misericórdia motus super eam, dixit illi: Noli flere. Et accéssit et tétigit lóculum. - Hi autem, qui portábant, stetérunt - Et ait: Adoléscens, tibi dico, surge. Et resédit, qui erat mórtuus, et cœpit loqui. Et dedit illum matri suæ. Accépit autem omnes timor: et magnificábant Deum, dicéntes: Quia Prophéta magnus surréxit in nobis: et quia Deus visitávit plebem suam.

Sucedió después que iba Jesús camino de la ciudad llamada Naím, y con él iban sus discípulos y mucho gentío. Y cuando estaba cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que sacaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda; e iba con ella gran acompañamiento de personas de la ciudad. Así que la vio el Señor, movido a compasión, le dijo: No llores. Y se arrimó y tocó el féretro. (Y los que lo llevaban, se pararon). Dijo entonces: Mancebo, yo te lo mando, levántate. Y luego se incorporó el difunto, y comenzó a hablar. Y Jesús lo entregó a su madre. Con esto quedaron todos penetrados de temor, y glorificaban a Dios, diciendo: Un gran profeta ha aparecido entre nosotros, y Dios ha visitado a su pueblo. [Torres Amat]

Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino

San Lucas 7, 11-16 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.

San Cirilo. El Señor obra prodigio sobre prodigio. Y mientras que antes había venido llamado, ahora viene sin que lo llamen. Por lo que se dice: "Y aconteció después que iba a una ciudad llamada Naim".

Beda. Naim es una ciudad de Galilea que dista dos leguas 1 del monte Tabor. Por permisión divina acompañaba una gran turba al Señor para que presenciase el milagro tan grande que iba a hacer. Por lo que sigue: "Y sus discípulos iban con El, y una grande muchedumbre de pueblo".

San Gregorio Niceno Tract. de anima et resurrectione, post medim. Aprendamos del Salvador la experiencia de la resurrección no tanto en las palabras como en sus obras. Empieza por milagros menores a fin de preparar nuestra fe para otros mayores. Empieza a ejercer el poder de la resurrección en la enfermedad desesperada del siervo del centurión. Después, con un acto de mayor poder conduce a los hombres a la fe de la resurrección, resucitando al hijo de una viuda que era llevado al sepulcro. Por lo que se dice: "Y cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que sacaban fuera a un difunto, hijo único de su madre".

Tito Bostrense. Podría decirse del siervo del centurión que no había de morir. Pero para reprimir ese lenguaje temerario, Jesucristo salió al encuentro de aquel joven que ya era difunto, hijo único de una viuda. Por lo que sigue: "La cual era viuda. Y venía con ella mucha gente de la ciudad".

San Gregorio Niceno De homini opificio. Estas pocas palabras expresan la intensidad de su dolor. Era madre viuda y ya no esperaba tener más hijos ni tenía otro a quien mirar en lugar del difunto. Solamene había criado a éste, y él solo constituía la alegría de la casa. El solo era toda la dulzura y todo el tesoro de la madre.

San Cirilo. Digno era de compasión este dolor y bien capaz de excitar el llanto y las lágrimas. Por lo que sigue: "Y luego que la vio el Señor, movido de misericordia por ella, le dijo: No llores".

Beda. Como diciendo: No le llores ya como muerto porque dentro de muy poco lo verás resucitar.

San Crisóstomo. Consolando así la tristeza y haciendo cesar las lágrimas nos enseña a consolarnos de la pérdida de nuestros difuntos esperando su resurrección. Toca, pues, el féretro, saliendo la vida al encuentro de la muerte. Por lo que sigue: "Y se acercó", etc.

San Cirilo. No hizo este milagro con sólo la palabra, sino que también tocó el féretro, para que comprendamos la eficacia del sagrado Cuerpo de Jesús para la salud de los hombres. Es, en efecto, el cuerpo de vida y la carne del Verbo omnipotente, de quien viene la virtud. Pues así como el hierro unido al fuego produce los efectos del fuego, así la carne, una vez unida al Verbo que da vida a todas las cosas, se hace también vivificadora y expulsiva de la muerte.

Tito Bostrense. El Señor no era semejante a Elías, que lloraba la muerte del hijo de la viuda de Sarepta ( 1Re 17), ni como Eliseo, que aplicó su mismo cuerpo al cuerpo de un difunto, ( 2Re 4) ni como San Pedro, que rogó por Thabita ( Hch 9), sino que El es quien llama a lo que no existe como a lo que existe ( Rom 4); que puede hablar a los muertos como a los vivos. Por lo que sigue: "Y dijo: Mancebo", etc.

San Gregorio Niceno. Esta palabra "mancebo" indica la flor de la edad, cuando empieza a apuntar la barba. Aquel que poco antes era la alegría y la dulzura de las miradas de su madre la cual suspiraba ya por la alegría de sus esponsales, y le contemplaba como el propagador de su raza, el vástago de su posteridad y el báculo de su vejez.

Tito Bostrense. Inmediatamente se levanta aquel a quien se dirige esa orden. Al poder de Dios nada resiste; no hay ninguna tardanza, ni tampoco oraciones. Por lo que sigue: "Y se sentó el que había estado muerto, y comenzó a hablar. Y le dio a su madre". Indicios son éstos de verdadera resurrección, pues un cuerpo muerto no puede hablar ni tampoco la mujer hubiese llevado a su casa un hijo muerto e inanimado.

Beda. Dice el evangelista que el Señor se movió primero a misericordia cuando vio a la madre y que después resucitó al hijo para darnos, por un lado, un modelo de misericordia y, por el otro, un motivo de creer en su poder maravilloso. Por lo que sigue: "Y tuvieron todos grande miedo, y glorificaban a Dios", etc.

San Cirilo. Este gran milagro se obró en un pueblo insensible e ingrato; porque poco tiempo después no creía que fuese profeta, ni que sirviera para utilidad del pueblo. Sin embargo, este milagro no se ocultó a ningún habitante de la Judea. Por lo que sigue: "Y la fama de este milagro corrió por toda la Judea", etc.

Ambrosio. Es oportuno notar que se cuentan siete resurrecciones antes de la de Jesucristo. De las cuales la primera es la del hijo de Sarepta ( 1Re 17); la segunda es la del hijo de la Sunamitis ( 2Re 4); la tercera es la que se verificó con las reliquias de Eliseo ( 2Re 3); la cuarta, la que se verificó en Naim, como aquí se dice; la quinta es la de la hija del príncipe de la sinagoga ( Mc 5); la sexta, la de Lázaro ( Jn 50); la séptima, en la pasión de Cristo, durante la cual resucitaron muchos cuerpos de santos ( Mt 27); la octava es la de Jesucristo, el cual, vencedor de la muerte, permanece siempre, para significar que la resurrección general que ha de tener lugar en la octava edad, no estará sujeta a la muerte sino que permanecerá indisoluble.

Beda. El difunto que se levantó a la vista de muchos fuera de las puertas de la ciudad, representa al hombre adormecido en el féretro de mortales culpas, y la muerte del alma, que no yace aun en el lecho del corazón, pero que se exhibe a noticia de muchos por sus palabras y sus obras (como por las puertas de la ciudad). Cada uno de los sentidos de nuestro cuerpo es como la puerta de una ciudad. El cual se llama hijo único de su madre, porque la Iglesia, compuesta de muchas personas, es sin embargo única madre. Que la Iglesia es viuda, lo reconoce toda alma que ha sido rescatada con la muerte del Señor.

San Ambrosio. Esta viuda, rodeada por una multitud de pueblo, nos parece algo más que una mujer; ella ha obtenido por sus lágrimas la resurrección del adolescente, su hijo único, el que es llamdo a la vida desde el cortejo fúnebre. A Ella se le prohibe llorar al que se le reservaba la resurrección.

Beda. O se confunde el dogma de Novato, el cual, queriendo abolir la purificación de los penitentes, niega que la Iglesia nuestra madre, llorando sobre la muerte espiritual de sus hijos, deba consolarse con la esperanza de devolverles la vida.

San Ambrosio. Este muerto era llevado en las cuatro materias elementales, sin embargo tenía la esperanza de resucitar porque iba al sepulcro en un lecho de madera -esta madera, aunque antes no nos aprovechaba, después de que Jesucristo murió sobre ella, empezó a darnos la vida-, para que sirviese de señal de que había de darse la salud al pueblo por medio del sacrificio de la cruz. En efecto, nosotros aisladamente yacemos sin vida, cuando el fuego de una pasión inmoderada nos consume, o el agua helada de la indiferencia nos inunda, o un estado perezoso de nuestro cuerpo terrestre amortigüa el vigor de nuestro espíritu.

Beda. O el féretro, en que es llevado muerto, representa la conciencia del pecador, que desconfía de la enmienda; los que le llevan al sepulcro son los deseos inmundos o las adulaciones de sus amigos, los cuales se detienen en cuanto Jesús toca el féretro. Su conciencia, tocada por el temor del juicio divino, vuelve sobre sí, refrenando sus pasiones, rechazando las alabanzas, y respondiendo al Salvador cuando le llama.

San Ambrosio. Si es tu pecado grave y no puedes lavarlo con las lágrimas de la penitencia, que llore por ti nuestra madre la Iglesia; que la turba te asista, y resucitarás de la muerte, dirás palabras de vida, todos temerán (con el ejemplo de uno se corrigen muchos), y también alabarán al Señor porque se ha dignado concedernos tan grandes remedios para evitar la muerte.

Beda. El Señor ha visitado a su pueblo no una vez sola revistiendo de carne a su Verbo, sino enviándole con frecuencia a los corazones de los hombres.

Teofilacto. Por esta viuda se puede también entender el alma que pierde a su esposo; esto es, la divina palabra. Su hijo es el entendimiento que es llevado fuera de la ciudad de los que viven. El lecho es su propio cuerpo a quien algunos han llamado sepulcro. Pero cuando el Señor lo toca, se levanta, se rejuvenece y, levantándose del pecado, empieza a hablar y a enseñar a otros, pues sin eso no se le creería.

Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena